La poesía fija imaginarios y reacciona ante males cíclicos. Se podría hablar del eterno retorno solo con el motivo histórico del abuso de poder y la contradicción poética. En las letras españolas destacan, en sus inicios, los versos que describen las crueldades de los reyes medievales. Los «Romances del Rey Don Pedro»1 narran cómo un monarca despiadado, para agenciarse las tierras de su hermano Don Fadrique, lo invita a su castillo y una vez en él, lo desarma y le manda a cortar la cabeza, que luego sirve en un plato. También, por esta misma línea, está el «Romance del Conde Alarcos»,2 en el cual, a puro capricho, un reyezuelo dispone que uno de sus caballeros mate a su esposa, madre de hijos pequeños, para que posteriormente pueda casarse con la hija del poderoso.

Jorge Manrique (1440?-1479) en el legendario poema «Coplas» (Por la muerte de su padre) refleja cómo el dominio o mando sobre un territorio no es imperecedero y, como la propia vida humana, tendrá su fin ineluctable:

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar
que es el morir:
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir.3

Uno de los primeros vates castellanos que afirma como terrible mal la recurrencia de los tiranos y avaros sobre la tierra es Lupercio Leonardo de Argensola (1559-1613), quien, a partir de un soneto, expresa que la muerte se aleje de su persona y marche presta a la casa de estas execrables figuras:

Imagen espantosa de la muerte,
sueño cruel, no turbes más mi pecho
mostrándome cortado el nudo estrecho
consuelo solo de mi adversa suerte.

Busca de algún tirano el muro fuerte,
de jaspe las paredes, de oro el techo,
o el rico avaro en el angosto lecho
haz que temblando con sudor despierte.

El uno vea el popular tumulto
romper con furia las herradas puertas,
o al sobornado siervo el hierro oculto;

el otro sus riquezas descubiertas
con llave falsa o con violento insulto;
y déjale al amor sus glorias ciertas.4

José Martí, en cierto modo, fue seguidor de esta idea de Argensola, especie de imprecación contra estos viles seres y en su poesía llegó a decir: «¡Maldiga Dios a dueños y tiranos / Que hacen andar los cuerpos sin ventura / Por do no pueden ir los corazones!».5

Sobre esta confrontación del poder con los poetas, quizás, el más esquivo y prudente es Luis de Góngora (1561-1627) quien en sus «Letrillas» se aferra a las pequeñas cosas, alejadas lo más posible del gobernante que compromete y ensucia a quien lo rodea o se acerca a su órbita:

Ándeme yo caliente y ríase la gente.
Traten otros del gobierno
del mundo y sus monarquías;
mientras gobiernan mis días,
mantequillas y pan tierno,
y las mañanas de inviern
o naranjada y aguardiente,
y ríase la gente.

Coma en dorada vajilla
el príncipe mil cuidados,
como píldoras dorados;
que yo en mi pobre mesilla
quiero más una morcilla
que en el asador reviente,
y ríase la gente.6

Este espíritu clásico de aprovechar el día y disfrutar la cotidianidad sin envidiar ni pretender estar cerca de los círculos de poder, también está presente en Martí, específicamente cuando traduce a Anacreonte en su Cuadernos de Apuntes número 2:

No las cosas de Gijes, el rey de los Sardios, importa a mí
ni el oro me arrastra,
ni envidio los tiranos.
El remojar la barba con perfumes importa a mí.
El rodear la cabellera de rosas importa a mí. El hoy me importa.
¿Quién supo, pues, el mañana?7

En los Siglos de Oro, el más certero odio a los tiranos en verso lo realiza Francisco de Quevedo a través de su soneto «Desengaño»:

¿Miras este gigante corpulento,
que con soberbia y gravedad camina?
Pues por de dentro es trapos y fajina,
y un ganapán le sirve de cimiento.

Con su alma vive y tiene movimiento,
y adonde quiere su grandeza inclina;
mas quien su aspecto rígido examina,
desprecia su figura y ornamento.

Tales son las grandezas aparentes
de la vana ilusión de los tiranos:
fantásticas escorias eminentes.

¿Verlos arder en púrpura, y sus manos
en diamantes y piedras diferentes?
Pues asco dentro son, tierra y gusanos.8

Ya posteriormente, en los siglos XVIII y XIX, destaca la idea de Félix María Samaniego (1745-1801) de llevar a verso español la legendaria fábula de Esopo «Las ranas pidiendo rey»,9 o los sendos poemas de Juan Nicasio Gallego (1777-1853) y José de Espronceda (1808-1842) que describen los tremendistas sucesos del 2 de Mayo de 1808 en España.10

El poeta cubano José María Heredia también escribió sobre aquella espontánea resistencia popular al opresor extranjero, aunque, uno de los primeros textos suyos donde refleja su vocación anti-represora es de 1823, aprovechando un breve momento de libertad de imprenta decretada por la colonia en Cuba, que le hace escribir y publicar el poema «A la insurrección de la Grecia en 1820». Este hecho recuerda la manera en que el adolescente Martí se sirve igualmente del brevísimo permiso de libre expresión, año 1869 en La Habana, para publicar su famoso soneto «¡10 de Octubre!».11

Martí y Heredia son a su vez dos poetas que, a pesar de las tristezas del destierro, optan vivir fuera de la isla, antes de padecer la injusticia, las arbitrariedades y falta de derechos del poder colonial. Esta convicción queda fijada poéticamente en el «Himno del desterrado» con los versos:

Mas, ¿qué importa que truene el tirano?
Pobre, sí, pero libre me encuentro,
solo el alma del alma es el centro;
¿qué es el oro sin gloria ni paz?
Aunque errante y proscrito me miro,
y me oprime el destino severo,
por el cetro del déspota ibero
no quisiera mi suerte trocar.12

En este gran poema se expresa la fatalidad de que siendo Cuba de un brillo de colores y una belleza natural privilegiada, sea paradójicamente una tierra propensa a sostener tiranías:

¿Ya que importa que al cielo te tiendas,
de verdura perenne vestida,
y la frente de palmas ceñida
a los besos ofrezcas del mar,
si el clamor del tirano insolente,
del esclavo el gemir lastimoso,
y el crujir del azote horroroso
se oye solo en tus campos sonar?13

Martí en el discurso conmemorativo que le dedicó en Nueva York al primer gran poeta romántico de Cuba, recuerda esta idea de la sistemática resistencia del pueblo cubano a sus opresores y, para ilustrar mejor la necesidad de zafar el yugo colonial, cita los versos de Heredia: «Que si un pueblo su dura cadena / no se atreve a romper con sus manos, / puede el pueblo mudar de tiranos / pero nunca ser libre podrá».14 En el «Himno del desterrado» se tilda de «necios» a aquellos que con su complicidad y acomodo ayudan a mantener el poder español:

Y mil necios, que grandes se juzgan
con honores al peso comprados,
al tirano idolatran, postrados
de su trono sacrílego al pie.15

Bajo este mismo calificativo de «necios» Martí define a los que dudan de su labor unificadora e inclusiva en el Cayo Hueso de 1891, lugar que de alguna forma se convirtió en la célula de lo que él imaginaba como la Cuba futura.16

José María Heredia (1803-1839).

José María Heredia (1803-1839).

El poema más desafiante del XIX cubano contra la figura del tirano es «El Juramento» de Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido). Cuántos años calladamente padeció la raza negra y mulata de la humillación española y criolla. La voz de Plácido tiene esa ira acumulada por la discriminación y no es de dudar entonces que estos versos, a manera de catarsis, lo ayudaron a enfrentar a la muerte en el injusto proceso conocido como «La Conspiración de la Escalera»:

A la sombra de un árbol empinado
Que está de un ancho valle a la salida
Hay una fuente que a beber convida
De su líquido puro y argentado

Allí fui por mi deber llamado
Y haciendo altar la tierra endurecida
Ante el sagrado código de la vida
Extendidas mis manos he jurado:

Ser enemigo eterno del tirano,
Manchar, si me es posible, mis vestidos
Con su execrable sangre, por mi mano
Derramarla con golpes repetidos;
Y morir a las manos de un verdugo,
Si es necesario, por romper el yugo.17

En la poesía martiana aparecen versos también a favor del esclavo, especie igualmente de juramento que se hace en el monte en torno al árbol sacro (ceiba), para remarcar ese rechazo por el poder colonial que ha favorecido y sistematizado el desprecio al negro. Aunque en Martí la ira es controlada, emerge a flor de piel su sacrificio cristiano que pretende lavar la infamia con su propia vida después de contemplar toda esa crueldad en los campos de Cuba. El texto se construye a partir de un recuerdo de niño (9 años) cuando en 1862 ayudaba a su padre como amanuense en Caimito del Sur o de la Hanábana, y al parecer fue testigo del desembarco ilegal de una barco negrero.

El rayo surca, sangriento,
El lóbrego nubarrón:
Echa el barco, ciento a ciento,
Los negros por el portón.

El viento, fiero, quebraba
Los almácigos copudos;
Andaba la hilera, andaba,
De los esclavos desnudos.

El temporal sacudía
Los barracones henchidos:
Una madre con su cría
Pasaba, dando alaridos.

Rojo, como el desierto
Salió el sol al horizonte:
Y alumbró a un esclavo muerto.
Colgado a un seibo del monte.

Un niño lo vio: tembló
De pasión por los que gimen:
¡Y, al pie del muerto, juró
Lavar con su vida el crimen!18

Sobre la relación entre estos poemas existe un meritorio y concentrado estudio de Jorge Camacho titulado «A la sombra de un árbol: un análisis comparativo de “El Juramento” de Plácido, Gabriel de la Concepción Valdés, y el poema XXX de José Martí».19

El tema del negro, visto como peldaño más bajo y vergonzoso de aquellos años de apogeo de la esclavitud, fue también valientemente representado por José Jacinto Milanés.

Siempre me ha llamado la atención la osadía de algunos versos de Plácido y Milanés escritos sin la distancia del destierro, más de dos décadas antes del inicio de las guerras de independencia y en plena efervescencia del auge económico cubano gracias a la trata de esclavos. No es extraño entonces observar cómo, terminada la represión de la Escalera en 1844, Plácido esté fusilado y Milanés loco.

Un poema de estilo tan sencillo como «El negro alzado», devela el grado de deshumanización y violencia que emerge en un régimen esclavista. En dicho texto la figura del mayoral no ve al hijo del cimarrón como un ser humano, a pesar de que tiene la estatura, la misma pobreza, desnudez y edad de sus propios hijos, sino que a sus ojos el negrito es algo más bajo que un perro (como literalmente le dice) o un mono de circo, y descarga de vez en vez el manatí (látigo) sobre el crío para que entretenga a sus niños y de paso amainar en algo su furia por ser el hijo del bozal que huyó de su mando. Y a pesar de que hablamos de un poeta que idolatra la belleza del campo nuestro, cuando poetiza a Cuba percibe que mientras exista la tristeza de la esclavitud y la tiranía será esta una isla llagada y afeada, tal como un siglo después la verá otro poeta de origen matancero, Virgilio Piñera, en «La isla en peso», cuando describe en sus versos el cáncer de la isla, similar al Milanés que en 1838 dice de Cuba:

Pero ¡ay de mí! que aunque halaga
tu hermosura tan de lleno,
en ese cándido seno
hay una espantosa llaga.
En vano, hermosa doncella,
la escondes, todos la ven,
y todos saben muy bien
que una llaga en una bella
su beldad desengalana.
¡Pobre Cuba, pobre niña,
a quien la asquerosa tiña
robó su hermosura indiana!
¿Qué vale ornarte de flores,
si en tus campos de guayabos
vagan señores y esclavos,
oprimidos y opresores?20

Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido) (1809-1844).

Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido)
(1809-1844).

Milanés representa, además, la contraparte al modelo intelectual de Heredia reflejado en el «Himno del desterrado». Es decir, ambos poetas inician dos destinos muy reiterados del intelectual cubano: marchar fuera de la isla en busca de libertad creativa o permanecer en ella —a pesar de la opresión— y compartir la suerte de la tierra patria sea cual sea las consecuencias.

José Jacinto Milanés (1814-1863).

José Jacinto Milanés (1814-1863).

En uno de sus últimos poemas antes de perder la razón: «Epístola a Ignacio Rodríguez Galván» no concibe la opción de huir del país para escribir con más libertad, sino la decisión de aferrarse a Cuba, semejante a una isla-barco que no piensa abandonar; y se opondrá al tirano (en este caso tildado de «mandarín malvado») en su propia cercanía, aunque esto signifique un naufragio o, en su caso particular, una locura:

Mas ¿qué es la voz de un vate, eco perdido
de un ave triste en tempestad horrenda?
Pula el que manda al pueblo embrutecido
y plantará la ilustración su tienda.

Pero no buscaré, como tú dices,
playa mejor en donde el libre goza,
y entre sus hijas nobles y felices
la santa independencia se alboroza.

Que aunque supe adorar por dicha mía,
la libertad augusta, pequeñuelo,
y siempre detesté la tiranía
como amo al sol, como bendigo al cielo:
aunque abomino al mandarín malvado
que a remachar mis grillos coadyuva
nunca comiendo el pan del emigrado
pensé cumplir con mi adorada Cuba.

Hijo de Cuba soy: a ella me liga
un destino potente, incontrastable:
con ella voy: forzoso es que la siga
por una senda horrible o agradable.

Con ella voy sin rémora ni traba,
ya muerda el yugo o la venganza vibre.
Con ella iré mientras la llore esclava,
con ella iré cuando la cante libre.

Buscando el puerto en noche procelosa,
puedo morir en la difícil vía;
mas siempre voy contigo ¡oh Cuba hermosa!
y apoyado al timón espero el día.21

En lo que Milanés y Heredia coinciden, además del odio común a los tiranos, es en el desprecio a los que son cómplices de ese poder despótico, especialmente a los escritores y artistas que ponen su talento al servicio de estas figuras; por ello en el poema «El poeta envilecido» —que malsanamente Del Monte consideró que eran versos en contra de Plácido— se afirma: «Y ¿qué es mirar a este vate / ser escabel del magnate, / cuando el festín; / cantar sin rubor ni seso, / y disputar algún hueso / con el mastín?».22

La opción herediana de partir de Cuba para combatir desde el extranjero la injusticia política y social prevalece por sobre la opción de Milanés. Gertrudis Gómez de Avellaneda, por ejemplo, una ferviente admiradora de Heredia como lo demuestra su gran composición: «A la muerte del célebre poeta cubano Don José María Heredia», también es una creadora del destierro y del amor en la distancia. Existe un texto suyo lleno de simbolismo titulado «A mi jilguero», en el cual el sujeto lírico intenta compararse con el pajarillo enjaulado:

Que triste, cual tú, vivo
por siempre separada
de mi suelo nativo…
¡de mi Cuba adorada!23

Lo curioso en este poema es que de súbito empezamos a leer versos entrecomillados como parte de la respuesta del jilguero a la propia poeta. Y este le advierte que la comparación no es justa, pues, aunque fuera de Cuba su talento ha florecido, la patria sigue doliente como él que enjaulado vive, mas sin libertad:

Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873).

Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873).

No, porque en extraña tierra
tus cariños te han seguido,
y allí la patria se encierra
do está el objeto querido
(…)
Eres libre, eres amada,
¡yo, solitario, cautivo…,
preso en mi jaula dorada,
para divertirte vivo!24

La escritora entonces, incapaz de poder hacer algo por la tierra de su infancia, de hecho, la España colonial es quien ha desarrollado y admirado su literatura, decide pues librar su pequeña posesión, no ser más su tirana, y en ese gesto, simbólicamente, muestra su deseo de que algún día Cuba igualmente deje de ser una isla enjaulada:

Libertad y amor te falta;
¡libertad y amor te doy!
¡Salta, pajarillo, salta,
que no tu tirana soy!25

Otro grupo de poetas significativos, seguidores de la vertiente herediana, son los que están recogidos en la antología El laúd del desterrado de 1858. Además del propio Heredia los autores reunidos en este libro son: Miguel Teurbe Tolón, Leopoldo Turla, Pedro Ángel Castellón, Pedro Santacilia, José Agustín Quintero y Juan Clemente Zenea y, según el tomo I de la Historia de la Literatura Cubana, todos «se identifican por un sentimiento superior común: el amor profundo a Cuba; un objetivo político: la derrota de la tiranía española en nuestro país».26

El ansia por una Cuba libre aparece igualmente en el poeta habanero Joaquín Lorenzo Luaces, quien muere justamente un año antes del inicio de la guerra de independencia de 1868. En su «Oración de Matatías» se devela una correlación entre el destino de nuestro pueblo con el hebreo, semejante a la que realiza la Avellaneda en su obra de teatro Baltasar. En ambos casos se trata del factor común de una congregación sumida en el poder despótico del extranjero. Luaces suplica piedad para sus compatriotas:

¡Señor, señor, el cáliz ya rebosa!
¡Piedad para tus hijos!
¡Los dardos, de tu ira temerosa
mire el tirano, en sus entrañas fijos!27

Joaquín Lorenzo Luaces (1826-1867).

Joaquín Lorenzo Luaces (1826-1867).

Curiosamente desea, en su oración poética, la aparición de un caudillo que nos libre del extranjero opresor y que dé unidad a las tribus dispersas, especie de clarinada a la inminente guerra que habría de sobrevenir entre Cuba y España y al nacimiento de un guerre ro indomable y unificador como Antonio Maceo:

¡Dadnos, dadnos, Señor, un varón fuerte,
según nuestro deseo;
como el intenso que llevó la muerte
y el fuego y el terror al filisteo!
¡Señor, que vuele cual león hambriento
que ataca a los pastores;
que al soplo irresistible de su aliento
se postren, de Judea, los señores!
(…)
Que donde plante vencedora tienda
los invasores cieguen,
que al ronco ruido de marcial contienda
las dispersas tribus se congreguen!28

Ya propiamente en la guerra el sentimiento anti-tiránico se hizo más explícito y directo, tal es el caso de «La bayamesa» (mambisa) que comenzó a popularizarse en los campos insurrectos. De manera semejante, la letra original del «Himno Nacional de Cuba», escrito por el patriota bayamés Perucho Figueredo, contenía estrofas en su versión original de abierto carácter anti-tiránico. Sin embargo, dentro de los poetas que se antologaron en El laúd del desterrado está el caso singular de Juan Clemente Zenea, que se vinculó al movimiento independentista al comenzar la revolución de 1868. Participó desde Estados Unidos en las fracasadas expediciones de Catherine Whiting y el Lilliam y redactó el periódico La Revolución en compañía del posterior amigo de Martí, Néstor Ponce de León. Mas, quizás, por estar más involucrado que Luaces en el propio proceso independentista su poesía es más escéptica y notamos en él cierto sentimiento de desengaño en relación con nuestra posible capacidad de librarnos de un poder ambicioso. De cierta forma en las confrontaciones armadas solo existen hombres contra hombres y en estas cuestiones humanas no hay nada más natural que la aparición de mezquindades y oportunismos, aun en el bando supuestamente revolucionario. Por ello no dejan de sorprender estos versos de Zenea, tan diferentes a la oración de Luaces:

Tengo el alma, ¡Señor!, adolorida
por unas penas que no tienen nombres,
y no me culpes, no, porque te pida
otra patria, otro siglo y otros hombres;

que aquella edad con que soñé no asoma,
con mi país de promisión no acierto
mis tiempos son los de la antigua Roma,
y mis hermanos con la Grecia han muerto.29

Sin dudas estos versos son la antesala del destino final del poeta, cuyos hechos fríos aparecen reflejados en el segundo tomo del Diccionario de la Literatura Cubana:

En 1870 (Zenea) viajó clandestinamente a Cuba en circunstancias ambiguas, pues traía dos misiones, una de información, encomendada por la Junta Cubana de Nueva York, y otra del gobierno español, que proponía a los insurrectos la autonomía a cambio de la capitulación. Cuando intentaba regresar a Estados Unidos, después de una infructuosa entrevista con Carlos Manuel de Céspedes, presidente de la República en Armas, fue sorprendido por una columna española y detenido, a pesar del salvoconducto que le había entregado el embajador de España en Estados Unidos. Tras ocho meses de incomunicación en la fortaleza de La Cabaña, en La Habana, fue fusilado.30

La poesía patriótica de marcado carácter anti-tiránico floreció en vísperas y durante la Guerra de los Diez Años y Martí, que ya tenía sus propios versos encendidos desde 1869 contra la opresión española, continuó dándole un seguimiento a estos poemas; pero ya desde su labor de articulista del periódico Patria y como alma organizadora de la venidera guerra. Así lo demuestran sus estudios «Versos verdaderos» y «Prólogo al libro Los poetas de la guerra», donde menciona a un número importante de escritores, entre los que destaca a Miguel Jerónimo Gutiérrez, Antonio Hurtado del Valle, José Joaquín Palma, Luis Victoriano Betancourt, Antenor Lescano, Francisco la Rua, y Ramón Roa. Aunque el acabado de estas composiciones no es logrado, sí alcanzan a transparentar el sentimiento de esos años heroicos y, según el propio Martí, son «versos que hacen llorar, y otros que mandan montar a caballo».31 Para el prólogo y confección de ese libro fueron vitales los testimonios de Serafín Sánchez, Tomás Estrada Palma y Fernando Figueredo, y este último aporta también el indispensable humor en hechos como el ataque al poblado de Yara, donde para conocerse en la oscuridad los cubanos entraron desnudos de cintura arriba y andar con camisa puesta en aquella hora «era cosa infeliz»32 El propio Figueredo reflejó este hecho en una cuarteta:

Sin camisas, triunfantes, entraron,
ante el mundo mostrando, orgullosos,
que aunque pobres son libres, dichosos,
siervos no de un tirano opresor.33

Lo cierto es que a través de esta poesía espontánea, o de himnos patrióticos o de himnos del destierro o de íntimos y terribles juramentos o de asociaciones con épocas pasadas —como la realizada por Luaces («Oración de Matatías»)—o a partir de una lúcida declaración de principios —como la epístola en verso a Rodríguez Galván, de Milanés— el combate al tirano se dispersa por toda la poesía cubana del XiX, lo que constituye, a su vez, una digna continuación de los versos en lengua española sobre este tema y que, en conjunto, se sintetiza en la obra de José Martí, quien más allá de leerlos, escribirlos, aprehenderlos, decide actuarlos y luchar con todas sus energías por la comunión y felicidad de un pueblo.

Notas:

  1. Juan Chabás. Antología General de la Literatura Española (prosa y verso). La Habana, Editorial Nacional de Cuba, 1962, p. 113.
  2. Ídem., p. 124. Esta composición poética sirvió de argumento para la obra teatral El Conde Alarcos (1838) de José Jacinto Milanés.
  3. Ídem., p. 80.
  4. Ídem., p. 220.
  5. José Martí. «La poesía es sagrada…». Obras Completas. La Habana, Editorial Ciencias Sociales, 1975, t.16, p. 213.
  6. Juan Chabás. Antología General de la Literatura Española Ob. cit., p. 232.
  7. José Martí. Obras Completas. cit., t.21, p.91.
  8. Juan Chabás. Antología General de la Literatura Española. cit., p. 259.
  9. Ver: Ídem., p 362.
  10. Ver: Ídem., p. 362 y p. 388.
  11. José Martí. Obras Completas. Edición Crítica. cit., 15, p. 55.
  12. José María Heredia. «Himno del desterrado». Poesía cubana de la colonia. Antología (Selección, prólogo y notas de Salvador Arias). La Habana, Letras Cubanas, 2002, p. 46.
  13. Ídem., p. 47.
  14. José Martí. «Heredia». Obras Completas. cit., t. 5, 166.
  15. Poesía cubana de la colonia. Antología. cit., p. 48.
  16. Ver: José Martí. «Carta a José Dolores Poyo». Obras Completas. cit., t. 1, p. 275.
  17. En la plaza del Cristo en la Habana Vieja existe una tarja con el fragmento contra el tirano del poema de Plácido. El texto en su totalidad fue copiado de Jorge Camacho. «A la sombra de un árbol: un análisis comparativo de «“El Juramento” de Plácido, Gabriel de la Concepción Valdés, y el poema XXX de José Martí». Letras Hispanas, Volume 4, Issue 2 Fall 2007, p. 171.
  18. José Martí. Obras Completas. cit., t. 16, pp.106-107.
  19.  Ver referencia en nota 17.
  20. José Jacinto Milanés. Antología lírica. (Selección y prólogo de Salvador Arias). La Habana, Editorial Pueblo y Educación, 1990, p. 67.
  21. Ídem., pp. 122-123.
  22. José Jacinto Milanés. «El poeta envilecido». Poesía y teatro: (Selección y prólogo de Salvador Arias) La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1981, p. 79.
  23. Gertrudis Gómez de Avellaneda. «A mi jilguero». La noche de insomnio. Antología poética (Selección y prólogo Antón Arrufat). La Habana, Letras Cubanas, 2003, p. 55.
  24. Ídem., p. 57 25
  25. Ídem., p. 58
  26. Colectivo de autores. Historia de la Literatura Cubana. La Habana, Letras Cubanas, 2005, t. I, p. 281.
  27. Joaquín Lorenzo Luaces. «Oración de Matatías» (canto bíblico). Poesía cubana de la colonia. Antología. cit., p. 113.
  28. Ídem., pp. 113 – 114.
  29. Juan Clemente Zenea «En días de esclavitud». Poesía cubana de la colonia. Antología. cit., p. 134.
  30. Colectivo de autores. Diccionario de la Literatura Cubana. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1980, t. 2, p. 1120.
  31. José Martí. «Prólogo al libro Los poetas de la guerra». Obras Completas. Ob. cit., t. 5, p. 231. 32
  32. Ídem., p. 232.
  33. Ídem., p. 233