A cargo de Jorge Domingo Cuadriello

Apenas hace una semana que llegué de México, de asistir al trascendente Congreso Científico Mexicano como «invitado de honor» y, al regresar de las cumbres de Cuauhtémoc y de Juárez a las playas de Hatuey y de Martí, me encuentro en este convite con que me agasajan los compañeros del P.E.N. Club.

Me dijeron que íbamos a festejar juntos, comiendo y bebiendo, y hablando, la aparición de mi primer libro hace cincuenta años; que, al final, puesto en pie diría unas palabras el señor presidente de la agrupación; luego un joven literato de renombre leería una loa en mi obsequio y, como remate, yo tendría naturalmente, que dar las gracias. Mi corazón, víscera que en mí han descubierto los médicos, no pudo excusarse de esta expansiva camaradería, y ha llegado mi hora; la de expresaros a todos mi agradecimiento naturalmente, o sea de la manera más natural.

Ya habló el señor Presidente con frases finas como siempre y hoy muy bondadosas; ya leyó mi panegírico ese joven, uno de los primeros valores (¿por qué no decir valiente?) de la generación de ahora, que pone siempre en sus vibrantes y lúcidas prosas, como en su nombre, ecos de poesía y de amor. Y ahora me toca a mí. Para deciros mi reconocimiento os basta una palabra. ¡Gracias! Bien sabéis vosotros que ella es hondamente sincera y plena, aun cuando brotada de un corazón a menudo sin ritmo sano y palpitante con sangre a veces apesadumbrada por los almibaramientos diabéticos. Todo fraseo adicional no sería sino adorno allegadizo y ni siquiera disculpable, porque yo carezco de facultades para el retórico artificio y habría de ser baladí y rutinero, Y ya aquí terminaría, si no me sintiera obligado a deciros algo, también con sinceridad cordialísima.

Tengo mis dudas, permitidme que os lo diga, de ser yo mismo el agasajado. De mi librejo primero sé que ninguno de ustedes lo conoce, salvo quizás algún curioso rastreador de polillas; yo no lo he vuelto a leer en estos pasados cincuenta años, ni espero releerlo antes de que celebremos juntos su segundo cincuentenario, el año uno del siglo venidero. Y yo estoy aquí gozando de vuestra obsequiosa compañía solo por un privilegió, demasiado arriesgado y a menudo abusivo, que suele otorgarse a los viejos, sólo por esos prejuicios de la gerontocracia, que atribuyen a los ancianos la sabiduría y hasta el poder. Pero os engañáis, ni yo tengo autoridad ni senectud para haberla adquirido a modo de un derecho de prescripción. Por fortuna para mí esta noche no soy entre vosotros sino el pretexto para reunimos una vez más y juntar nuestros latidos cerebrales sincronizándolos con los del ambiente circunstancial, a cada hora más enrarecido como en el sofoco que precede a los huracanes.

Somos del P.E.N. Club; originaria y etimológicamente poetas por la P., ensayistas por la E., y novelistas por la N. Pero hoy día, más genéricamente, los del P.E.N. somos hombres de péñola, traduciendo así del inglés y a lo castizo esa sigla enigmática, para decirnos escritores, aún cuando no todos seamos propiamente literatos en algunos de esos tres géneros ni en otros más. Y como escritores, hombres de letras o de ideas, de artes o de ciencias, no debemos pasar esta hora sin oír la voz angustiosa de nuestros hermanos en humanidad, los pensadores de todos los países. Precisamente en estas horas que corren, en los pueblos civilizados se clama ansiosamente por la defensa de la idea, por la independencia del pensamiento, por la libertad de expresión, por la soberanía de la ciencia. En el Viejo y en el Nuevo Mundo. En todo este Nuevo Mundo que aún no percibe claramente su imperiosa necesidad de rejuvenecer, por un nuevo redescubrimiento, el de su propia potencialidad, y por una última conquista, la de sí mismo. En estos días se clama por la libertad en México, en Washington, en Montevideo, aquí. En otros muchos países, en los más de ellos, ya ni siquiera se puede pensar sin peligros. Tras la guerra por las cuatro libertades, la victoria de las cuatro bestias apocalípticas.

Las restricciones ilegítimas o inciviles de la libertad no se motivan solamente por las desaforadas pasiones de las polémicas políticas, o por la politiquería menuda e indecorosa de las codicias personales, o de la aún más abominable politicuchería, envilecida en el latrocinio cínico y en el crimen sangriento. No son sólo el periodista, el literato, el maestro y el poeta quienes se sienten cohibidos. La opresión alcanza a su Majestad la Ciencia, la Real Soberanía del Pensamiento Humano, que hoy se ve combatida en todo el mundo por poderosísimas fuerzas internas y ultrafronterizas.

Permitidme que os lea unos pertinentes párrafos del discurso de apertura del recientísimo Congreso Científico Mexicano, pronunciados por su presidente, uno de los primeros antropólogos del mundo: «Estamos en un momento de grave peligro para la Humanidad; la ciencia, que no puede ser sino una servidora del hombre, sino un instrumento humano, está produciendo inventos que al parecer se están convirtiendo en espantables monstruos con vida propia, que el hombre no puede ya dominar, y que serán capaces de aniquilarlo».

«Los antropólogos sabemos —dijo el sabio Alfonso Caso— que las culturas y las sociedades humanas son perecederas, como los seres vivos; que imperios que parecían indestructibles, cuya vida se prolongó durante milenios, al fin y al cabo desaparecieron, y que los descendientes de los hombres, que fueron capaces de construirlos, no tienen ya siquiera el impulso vital necesario para conservarlos. Sabemos que una sociedad y una cultura pueden morir, no sólo por la muerte lenta que produce la degeneración de sus valores culturales y morales, sino también por muerte violenta, asesinada, como tantas culturas que desaparecieron ante el paso arrollador de los ejércitos de conquistadores bárbaros que las hollaron bajo sus plantas. Pero lo que no sabemos todavía, y quizá nos está reservado a nosotros los hombres del siglo xx comprobarlo, es la muerte de una cultura por suicidio. Si nosotros no somos capaces de organizar nuestra forma de vida nacional e internacional, de tal modo que esté de acuerdo con los nuevos descubrimientos científicos, que colocan en las manos del hombre fuerzas verdaderamente cósmicas; si nosotros no somos capaces de resolver que por encima de la voluntad de poder, está la buena voluntad; nosotros o nuestros hijos veremos este caso insólito en la historia de la Humanidad, de una cultura que se mata a sí misma, creando las armas necesarias para su propia destrucción». Como allí se dijo, «toda organización social que persiga al hombre de ciencia por las ideas que expone; todo régimen político en el que la verdad sea oficial y no esté siempre abierta a la libre investigación; cualquier forma que se sugiere para obligar al hombre a tener miedo de sus propios pensamientos y cualquier sistema que trate de encauzar las investigaciones hacia resultados previamente determinados y conocidos, es incompatible con la esencia misma del pensar. Porque la libertad es para la ciencia la atmósfera que respira; sólo nutriéndose en la constante controversia con las opiniones de todos, con las verdades de todos, y diríamos más, con los errores de todos, la ciencia puede superarse; abandonar hipótesis y métodos caducos, para ofrecer al mundo nuevos caminos, nuevos posibles modos de entender al Universo y la vida».

 

Fernando Ortiz

Sólo la Ciencia Libre es la que puede dominar a sus propias criaturas; por eso el Congreso Científico Mexicano se abrió con una invocación a la Libertad. Y por eso se hizo eco de ella el cubano que tuvo a su cargo el discurso de clausura. «La reafirmación de este Congreso Científico ha reflejado los anhelosos apremios de la ciencia por la defensa de si misma y de sus prerrogativas y libertades. En estos tiempos equinocciales de la historia, perturbados por los desvaríos de la fiebre ciclotrónica, la ciencia es a menudo negada, escarnecida, sujeta a mordaza, privada de libertad y hasta puesta en tortura. Hoy la ciencia puede decir, como el inmortal héroe azteca: «yo no estoy en un lecho de rosas», Ciertamente, estas trágicas experiencias contemporáneas no son nuevas en la historia. Mucho tiempo ha que un rey guerrero, para ganar su batalla, pretendió nada menos que parar el curso del sol; y así, en repetidísimas ocasiones, muchos han intentado inmovilizar la ciencia en su parábola infinita y sopearla para su exclusivo servicio. No lo han logrado. ¡E pur si nuove! Pero todavía se persiste con obcecación en el insano propósito de quitarle a la ciencia su autonomía y de anublar sus luces verdaderas, tras de cortinas de hierro, o de oro, o de humo. Y se obstinan en desprestigiar a los hombres de ciencia con calumniosos vituperios, echando injustamente sobre ellos las culpas de los desasosiegos y peligros que hoy sufre la Humanidad. Ya lo dijo hace siglos quien fue, en el tiempo, el primer humanista y antropólogo de América. «Es averiguada costumbre del mundo, dijo Fray Bartolomé de las Casas, que todos aquellos que pretenden seguir y defender la verdad y la justicia sean desfavorecidos, corridos, perseguidos y mal oídos; y, como desvariados, atrevidos y monstruos entre los otros hombres tenidos; mayormente donde interviene pelea de arraigados vicios; y la más dura suele ser la que impugnan la avaricia y la codicia; y, sobre todas, la que no puede sufrirse por terribilísima, si se le allega la tiranía». Y a través de los siglos aún no ha sido corregida esta «averiguada costumbre del mundo», que tanto refrena los progresos humanos.

Es pues indispensable seguir bregando por la libertad de la ciencia, por la del pensamiento y de sus hombres, y renegarles su dependencia. Sin duda, la faena será larga y penosa. Exigirá ingentes sacrificios y esfuerzos incesantes; pero es también cosa «averiguada del mundo» que sólo así puede llegarse a una definitiva victoria.

Sólo llevando la Ciencia por guía podrá la humanidad alcanzar mejores tiempos. Sólo puede salvarnos ese neohumanismo creador que está enfocando las luces de todas las ciencias, de todas ellas, sobre los verdaderos valores humanos; los esencialmente humanos, que es decir más que materiales; los íntegramente humanos, que es decir más que espirituales; los humanos y nada más que humanos, que es decirlos todos.

Para ello es preciso que nos siga iluminando a todos la llama de la libertad. No nos adormilemos en el deleite de los recíprocos homenajes ni en las disipaciones irrespetables. Vivamos muy alertas, en razón, trabajo y estudio, y no en ese perenne y orgiástico festín que pudiera ser como el de Baltasar. El cubano que os habla desde lo alto de su pirámide de años ve horizontes muy sombríos. Y ha creído su deber aprovechar esta ocasión, de sagaz y obligado auditorio, para decirlo con franqueza. Muy pronto, 10 de octubre, sonarán de nuevo las campanadas de La Demajagua. Año tras año no han cesado de tocar en Cuba a rebato por la libertad. Y ahora vibran otra vez con nuevos timbres, como para una nueva redención. No ha perdido su actualidad el grito de ¡Viva Cuba Libre!

Nota:

1 Palabras agradeciendo el homenaje que a iniciativa del PEN Club de Cuba le ofrecieron las instituciones culturales.

Fernando Ortiz (La Habana, 1881 – Ídem., 1969). Erudito, polígrafo, etnólogo. Una de las principales personalidades de la cultura cubana. En la Universidad de Madrid obtuvo el doctorado en Derecho en 1901. Fue profesor de esta disciplina en la Universidad de La Habana. Presidió la Sociedad Económica de Amigos del País y dirigió su Revista Bimestre Cubana. En 1926 fundó la Institución Hispanocubana de Cultura. Ocupó un escaño de Representante a la Cámara y combatió la dictadura de Machado. Tomó parte en numerosos congresos internacionales sobre Derecho, Antropología y Etnología. Recibió diversos reconocimientos, entre ellos los títulos de Doctor Honoris Causa en Humanidades en la Universidad de Columbia, Estados Unidos, y de Etnografía en la Universidad de Cuzco, Perú. Autor de una extensa bibliografía, que incluye títulos fundamentales como Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940), El engaño de las razas (1946), Los instrumentos de la música afrocubana (1952-1955), en cinco volúmenes, e Historia de una pelea cubana contra los demonios (1959).

El presente discurso apareció publicado en dos partes en el diario Alerta Año XVI Nros. 250 y 251. La Habana, 22 y 23 de octubre de 1951, p. 4.