Como pocos dudan de la necesidad del diálogo cuyo ejercicio se opone esencialmente a esa dinámica indigna que promueve la guerra y todas las formas de violencia, quizá podamos empezar por una fábula.

Primero fue la unidad como condición de existencia donde la única posibilidad era la mejor de todas: ser en comunión. Después vino la desunión como pecado, que ahondó las diferencias…