El libro El pensamiento filosófico en Cuba en el siglo XX (1900-1960), dedicó su último capítulo a la recepción de la filosofía en las principales publicaciones del período. Apenas cinco líneas se refieren a Revista de Avance: «La presencia de las ideas filosóficas se expresan [sic.] fundamentalmente a través de la estética, y algunas propiamente filosóficas. Lo típico en la revista son artículos como “El futuro artista” de Eduardo Abela, “La nueva estética” de Jorge Mañach, “Arte y política” de Juan Marinello, “Estética del tiempo” de Hernández Catá, etc.»1 Esta breve nota pasa por alto el rol desempeñado por la publicación en el campo de la filosofía. A profundizar en ello se dedicará este artículo, uno más entre los homenajes debidos al noventa aniversario del proyecto avancista.

La revista habanera en cuestión no fue en verdad una publicación de perfil filosófico, sino artístico y literario; sin embargo, su relación con la filosofía fue mucho más abarcadora que lo que reconoce el mencionado libro. Los contenidos de tipo filosófico vieron la luz de tres maneras: los artículos, las reseñas y las traducciones.

Sobre estas últimas fue meritoria la labor de Jorge Mañach, graduado de Harvard cuyo excelente dominio del inglés hizo posible que los lectores conocieran valiosas obras, como fue el caso del ensayo de Bertrand Russell «La filosofía en el siglo XX». Así lo anunciaban: «Por primera vez —que sepamos— se traduce al español, expresamente para “1927”, este importantísimo ensayo […] del eminente filósofo y matemático inglés y, seguramente, uno de los más altos valores del pensamiento europeo contemporáneo».2 El texto se publicó de forma seriada —en los números 14, 15, 16 y 17—, y se dividió en las siguientes temáticas: La filosofía en el siglo xx, Los pragmáticos, Bergson, El neorrealismo y La nueva filosofía pluralista.

También apareció la traducción príncipe de un ensayo de Jorge Santayana, filósofo de origen español que escribió su obra en lengua inglesa y apenas era conocido fuera del mundo anglosajón. Este fue durante veinte años catedrático de Historia de la Filosofía en la Universidad de Harvard, donde lo debió conocer Mañach, que ofreció a los lectores de Revista de Avance, su texto «La sabiduría de Avicena (Diálogo en el limbo)».3 Por su parte las reseñas, desde la sección «Letras», contribuían a promocionar libros y artículos de Filosofía que circulaban en Cuba. Ejemplo de ello es la dedicada por Medardo Vitier a El mundo que nace, del conde de Keyserling, traducido del alemán y publicado por la madrileña Revista de Occidente.4 En el número 36 apareció una de Juan Marinello sobre Teorías pragmáticas, de Mariano Aramburo, un conjunto de ensayos de filosofía y ciencia jurídica.5 Dicha sección se abría también a los libros de editoriales extranjeras; en esa línea se recomendaba Platonism and the spiritual life, de la autoría de Jorge Santayana, que fuera publicado por la editorial neoyorquina Charles Scribner’s Sons.6

En cuanto a los artículos, este fue el género que más visibilizó en la revista las inquietudes de índole filosófica. El matancero Fernando Lles es el primer autor en ver publicado un trabajo de ese perfil, su «Elogio de la malicia», especie de manifiesto descartiano, tan necesario para los jóvenes intelectuales que ya desconfiaban de las promesas políticas incumplidas, los caminos trillados de la ciencia decimonónica y la anquilosada cultura que aún se reivindicaba como hispana, se temía norteamericanizada y se comenzaba a aprehender como afrocubana. El consejo era harto elocuente: «Un credo es el mejor de los lechos para dormir a pierna suelta, con la simplicidad de un bienaventurado. Sospecha, si quieres conocerte; malicia, si quieres superarte».7

Desde sus inicios la revista había dado muestras de malicia, y con cada número aumentaba la suspicacia de los editores. Sus argumentos develaban el debate en torno a la necesidad de la pluralidad, de la contrastación de ideas, y del rechazo a la republicana tesis que asumía que con la independencia de España la isla había dado la espalda al absolutismo. La sección «Directrices» alertaba: «La conciencia de un pueblo no puede madurar si se le tiene de continuo sujeta a una tutela, ni mejorará su salud porque se le prescriban dietas de información. Tenemos que cultivar nuestra facultad de discriminar, y para ello es menester que se nos dé acceso al mayor volumen posible de elementos de juicio —justos o errados, bien o mal intencionados».8

Los artículos filosóficos abordaban mayoritariamente asuntos de naturaleza ética y estética, lo que coincidía con las inquietudes cívicas y artísticas de los editores. Algunos de ellos fueron: «Vanguardismo» (no. 1, 15 de marzo de 1927, pp. 2-3), «Vanguardismo. La fisonomía de las épocas» (no. 1, 30 de marzo de 1927, pp. 18-20), «Vanguardismo. El imperativo personal» (no. 3, 15 de abril de 1927, pp. 42-44), todos de Jorge Mañach; «Una nueva doctrina moral», por Roberto Agramonte (no. 22, mayo 15 de 1928, pp. 123-126, 132); «Estética del tiempo. Lo nuevo, lo viejo y lo antiguo», por Hernández Catá (no. 23, 15 de junio de 1928, pp. 141-145, sigue en el número 24). A estos se suman los citados en la obra de Guadarrama y Rojas.

Otros artículos enfilaban hacia el campo del pensamiento, la utilidad de la filosofía, y evidenciaban el conocimiento de determinados filósofos entre la intelectualidad isleña; ejemplos son: «Hermann Keyserling, universitario», de Jorge Núñez Valdivia (no. 13, 15 de octubre de 1927, pp. 12-13 y 25); «Antonio Caso», de Jorge Cuesta (no. 14, 30 de octubre de 1927); «Ortega y Gasset, gitano», por Rafael Suárez Solís, (no. 23, 15 de junio de 1928, pp.154-156, 167); «Max Scheler», por Armando Donoso (no. 27, 15 de octubre de 1928, pp. 270-274); y «La filosofía y la oratoria», por Manuel Herrera y Lasso (no. 28, 15 de noviembre de 1928 pp. 321-322, 335).

La publicación vanguardista entrevistó a importantes personalidades del arte y la cultura, pero solo en una ocasión se dedicó a dialogar con un filósofo; se trató de «Una conversación con Varona», encuentro de Mañach con el pensador, ya retirado de su cátedra en la Universidad de La Habana. El avancista se detiene mucho en aclarar que es una conversación y no una entrevista la que sostendrá con Varona, pues la segunda implica «una sumisión externa», mientras la primera es «dualidad, antagonismo, dialéctica». Aun cuando se reconoce explícitamente la obra del filósofo, trasciende de la conversación un claro mensaje de distanciamiento:

Las nuevas revistas insulares (salvo esta hereje de «1927») siempre se estrenan con una carta alentadora de Varona.

Resulta, pues, casi bochornoso pasar mucho tiempo sin ir a ver a Varona. Con todo, es lo que suele acaecernos, pues ya se sabe que los nativos y residentes de una ciudad son los más desconocedores de sus timbres de celebridad. Nada aleja tanto como ciertas proximidades.

Varona sonríe con ironía. Yo también sonrío con ironía. Entre la de él y la mía, media la mitad de un siglo.9

El filósofo positivista más influyente de Cuba y el joven intelectual se hallaban situados a gran distancia, pero no era esta exclusivamente temporal. Los editores de Avance, y la generación a la que se dirigía esa revista, se habían formado bajo la influencia teórica e ideológica del Positivismo, corriente filosófica que se manifestó en América desde los años sesenta del siglo xix, aunque fue en las últimas décadas de ese siglo, y durante los primeros años del XX, que su predominio resultó evidente en casi todos los terrenos de la vida intelectual del continente. Esta filosofía desempeñó en América latina una función progresista, dada su confianza en el desarrollo de las ciencias, la cultura y la sociedad; el énfasis en el papel de la educación y su apego a las concepciones del liberalismo. Sin embargo, había un elemento que la tornaba conservadora; era su concepción del desarrollo, que estuvo signada por la casi reverencial admisión de una especie de fatal e inexorable destino humano hacia el progreso, que hacía innecesaria la ruptura violenta del orden.

En momentos de crisis económica, cada vez mayor dependencia al capital norteamericano y gran corrupción política, el Positivismo se había agotado en sus principales propuestas. Los revolucionarios del 95 habían envejecido, y con ellos una retórica discursiva inoperante que condujo al país a un callejón sin salida. La juventud debía romper con el monopolio político del mambisado, pero para ello debía despedazar también su filosofía epocal; precisamente en esa arista estuvo el principal aporte de Revista de Avance, al pensamiento de su época.

No obstante, como veremos, la ruptura no estaría libre de errores. El rechazo a los viejos políticos se manifestó entre los nuevos intelectuales en posturas pesimistas y apolíticas que traerían consigo una respuesta filosófica. Esta emergió, más que como una corrien te, cual un conjunto de tendencias y posiciones que tuvieron como característica común el espiritualismo o irracionalismo.10 Sus propuestas se basaban en la búsqueda de la espiritualidad; en ideas románticas sobre las culturas autóctonas del continente americano; en rescatar la sensibilidad, el misticismo, la belleza y la emotividad. Fue loable su interés en recuperar al hombre como centro de las inquietudes filosóficas, su humanismo, y los aportes que realizaron a la teoría de los valores y a la axiología en general. A estas concepciones se debió el rescate del pensamiento martiano y su verdadera difusión en Cuba.

La Revista de Occidente, dirigida por el filósofo español José Ortega y Gasset, fue responsable de la difusión en Cuba de esas ideas, en gran parte provenientes de Alemania. Aunque también se promovió el pensamiento de filósofos latinoamericanos, como los mejicanos José Vasconcelos y Antonio Caso. Todos ellos encontraron un espacio en Revista de Avance.

En la aludida reseña de Medardo Vitier, el matancero valoraba aquella época como «de crisis para el pensamiento y para la acción» y la consideraba una «época explicativa». Mencionaba también una serie de textos filosóficos que circulaban en nuestro medio y que fundamentaban el agotamiento de la vieja civilización: La rebeldía contra la civilización; La decadencia de Occidente, de Oswald Spengler; y El mundo que nace, de Hermann Keyserling. Estas ideas hallaron terreno fértil en Cuba, donde la tesis de la decadencia cubana, planteada por Fernando Ortiz, fue sustentada por la joven intelectualidad del veinte, especialmente por los editores de Avance.11

Particularmente, la influencia de la obra de Hermann Keyserling (Livonia, 1880 – Austria, 1946), fue notoria en Revista de Avance. Este filósofo y ensayista constituye una de las personalidades más distinguidas de la cultura europea de su época. Se interesó en las ciencias naturales y efectuó un periplo alrededor del mundo en 1911, del que resultó su obra más célebre, Diario de viaje de un filósofo (1925), que describía sus visitas por Asia, América y Europa del Sur, y establecía comparaciones entre pueblos, culturas y filosofías. Se le consideró en su tiempo un pacifista, pues creyó que la vieja política del militarismo alemán había fracasado y que la única esperanza de su país estaba en la adopción de principios democráticos. En el número 18, correspondiente al 15 de enero de 1928, se le dedican unos versos del peruano Carlos Alberto González

Como las cumbres te elevarás hasta las nubes en tu pregón de paz y tus ideas, marcialmente —oh Conde Keyserling—: atronarán como palillos en el tambor del sol. (p. 26)

El pensador alemán se había convertido en un crítico del materialismo occidental, al que oponía como disyuntiva más atractiva la búsqueda de la perfección interior, tan propia de las filosofías orientales. Esta premisa contó con seguidores en Cuba. El artículo publicado en Avance «Hermann Keyserling, universitario», de Jorge Núñez, argüía:

[…] No debemos esperar la reforma de los factores externos. El mal, la decadencia, está en nosotros mismos. La lucha debe entablarse contra nosotros mismos […] La revolución debe operarse en cada uno de nosotros; no en cada grupo, en cada clase […] La perfección interior se traduce mejor en individualidades que en multitudes. [pp. 12-13]. […] Nosotros no somos agnósticos. Necesitamos un nuevo mito, nuevas creencias. Nuestra fe no se limita a simples afanes científicos. Buscamos algo más hondo, más vital […] Necesitamos nuevas concepciones religiosas y éticas […] debemos tender a la perfección interior de cada uno de nosotros. Despertemos nuestro yo interior. [p. 25]

El desencanto por la república de generales y doctores, al combinarse con la idea de que «lo explicativo va predominando sobre lo agitador», y que el progreso debía entenderse como cosa «hacia dentro» y no como el despliegue de las fuerzas externas —según afirmaba Vitier en su reseña—, se convertía de este modo en una filosofía de la parálisis. Ciertamente, no existe nada tan conservador, tan sutilmente desmovilizador para las sociedades en crisis, necesitadas de cambios estructurales y de transformaciones profundas, que la apelación a un cambio de mentalidades, al rescate de valores o a la defensa de conceptos. Esto sería invertir el axioma materialista de que las personas piensan de acuerdo a como viven, y sugerir que transmutar las formas de pensamiento es suficiente para una evolución de la vida material de las sociedades.

La influencia de esas tesis se descubre en intelectuales progresistas como Waldo Frank, ensayista norteamericano y amigo del pensador marxista peruano José Carlos Mariátegui, que lo recomendara a la intelectualidad de la isla durante la visita del primero, a fines de 1929. El norteamericano impartió tres conferencias en la Institución Hispanocubana de Cultura; entretanto, los avancistas fueron excelentes anfitriones, le dedicaron un almuerzo y publicaron en su revista el mensaje del norteño a la juventud cubana:

Aceptad vuestra entera generación como un punto de transición, como una crisis de prueba, como un estado embrionario. […] Vivid hondamente, secreta, voluntariosa, astuta, nutriciamente, como ha de vivir el embrión. Conoceos a vosotros mismos, cultivaos, haceos mejores: preservad la semilla de la acción heroica, que está en vosotros. No la dejéis perecer porque no haya llegado aún su hora de alzarse al sol. Si persistís en vuestra vida embrionaria durante otra generación, Cuba nacerá por vosotros […].

[…] Y, sobre todo, no exijáis resultados. Los resultados están en el mañana. Vosotros sois el hoy […].12

Jorge Mañach.

Jorge Mañach.

Promesas de futuro, siempre inciertas. Nada hubiera convenido más a los dirigentes y políticos que aquella espera introspectiva. Pero los editores de Avance, que habían concebido su revista como una plataforma de intercambio y polémica, permitieron que concepciones estéticas y filosóficas de opuesto signo dialogaran en igualdad de condiciones. Solo así pueden entenderse las cavilaciones que bajo el título «Charlando con filósofos», hiciera Enrique José Varona, paradigma del Positivismo cubano. Con deliciosa mezcla de sarcasmo y precisión el anciano pensador se enfrentaba a los nuevos conceptos:

La consigna de los pensadores novísimos, como Guenon o Grousset, es volverse hacia el Oriente maravilloso, de donde nos ha venido siempre la luz. Y los cuentos de Simbad el Marino, añado yo modestamente.

[…] Eucken quiere que nuestra vida no carezca de sentido; yo también. Pero este gran metafísico entiende que para encontrarle sentido a la existencia, hay que colocarla bajo la campana resonante de un mundo espiritual superior. Aquí está el intríngulis. Soy sordo, o mi campana es neumática, y, a pesar de todo mi buen deseo, no oigo ni pizca.13

Otro interesante artículo, «Ortega y Gasset, gitano», de la autoría de Rafael Suárez Solís, cuestionaba la filosofía del intelectual español y, de hecho, a todas estas tendencias antipositivistas:

Parece ser que Ortega y Gasset […] es la columna barométrica a donde más se mira con inquietud cuando desde aquí se emprenden largas travesías intelectuales. […] yo quiero decirles a los armadores hispanoamericanos una cosa: Ortega y Gasset es un instrumento de precisión que no conviene utilizar con gran fe […]

Gran tragedia la de este nómada del pensamiento. No hay manera de seguirle en sus andanzas por la vida y las ideas. ¿A dónde va? ¿Qué quiere? ¿Por qué lo seguimos sino sabemos su destino? A algunos les basta saberse arrastrados a la inquietud. ¡Divina inquietud! Pero cuando en andas de los deseos. Más sin una finalidad los deseos para nada nos sirven.14

Desde su libro La Historia como sistema, de 1914, Ortega y Gasset había planteado su concepción de que el hombre no poseía naturaleza, sino historia; explicaba que para entender lo que somos hoy solo basta que nos cuenten lo que fuimos ayer, y que esa razón narrativa es la razón histórica. Para el filósofo, la realidad no se podía aprehender, pues la razón histórica era móvil y la misión del hombre debía ser entonces tratar de ir descubriendo nuevos horizontes. El carácter contemplativo de la tesis orteguiana era rechazado por Suárez Solís, que criticaba con justeza lo que faltaba a esa filosofía y a las tendencias afines: lo «único que interesa a una política: revolucionar y llegar». Lo interesante es que dichos juicios fueran emitidos en las páginas de una revista que se declaraba admiradora del intelectual español; aunque era evidente que su apertura a la controversia pesaba más en la ecuación.

El contrapunteo entre las tendencias filosóficas más relevantes de aquella época en Cuba —el Positivismo y las posturas irracionalistas o antipositivistas— fue visible en los casi cuatro años que duró Revista de Avance.

Respecto al marxismo, que tomaba fuerza en los medios intelectuales en aquella etapa, su impronta fue menos ostensible y se relacionó con José Carlos Mariátegui. Este había sido un crítico de las corrientes irracionalistas desde los años finales de la década del veinte, pero sus artículos aparecieron casi todos en la revista Social. A pesar de ello, Amauta y Avance tuvieron relaciones de representación recíprocas, en la publicación vanguardista cubana la presencia del pensador peruano se limitó a un debate indirecto que tuvo con los editores a raíz de la publicación de «Oda al bidet»,15 y al hecho de que, ante su prematura muerte, los avancistas le dedicaran íntegramente el número de junio de 1930.

Revista de Avance, como hemos apreciado, no solo tuvo el mérito de haber sido la publicación insignia del vanguardismo artístico y literario en Cuba en aquellos años, sino que en sus páginas también se reflejaron las inquietudes filosóficas propias de una época de grandes polémicas para el pensamiento cubano y continental.

Notas:

  1. Pablo Guadarrama y Miguel Rojas: El pensamiento filosófico en Cuba en el siglo XX (1900-1960), Editorial Félix Varela, La Habana, 1998.
  2. Revista de Avance, 13, 15 de octubre de 1927, p. 7.
  3. Revista de Avance, 4, 30 de abril de 1927, pp. 79-81, 84. (El artículo continuó en los números 5 y 6, del 15 y el 30 de mayo del mismo año).
  4. Medardo Vitier: El mundo que nace [de] El conde de Keyserling, Revista de Avance, 19, 15 de febrero de 1927, pp. 57-58.
  5. Revista de Avance, 36, 15 de julio de 1929, p. 215.
  6. «Letras extranjeras», Revista de Avance, 6, 30 de mayo de 1927, p. 147.
  7. Revista de Avance, 15, 15 de noviembre de 1927, pp. 62-63
  8. «Directrices», Revista de Avance, 24, 15 de julio de 1928, p. 171.
  9. «Una conversación con Varona», Revista de Avance, 11, 15 de septiembre de 1927, pp. 288-291.
  10. «A este grupo se le puede considerar con razón, en sentido general, como un movimiento irracionalista, idealista, vitalista y antipositivista, aunque cada uno de ellos haya tenido posiciones diferentes ante múltiples cuestiones esenciales del saber filosófico». Ver: Pablo Guadarrama: Positivismo y antipositivismo en América Latina. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2004, p. 159.
  11. Ver Jorge Mañach: Indagación del choteo, Revista de Avance, La Habana, 1928; Francisco Ichaso: «Examen del embullo», Revista de Avance, no. 32, 15 de marzo, 1929, pp. 66-67; Juan Marinello: Juventud y vejez, Eds. Revista de Avance, 1928.
  12. «A la juventud cubana», Revista de Avance, 42, enero de 1930, pp. 5-6.
  13. Revista de Avance, 20, 15 de marzo de 1928, pp.40-42.
  14. Revista de Avance, 23, 15 de junio de 1928, pp. 154156, 167.
  15. Debido a una nota de Amauta sobre la aparición en Revista de Avance de «Oda al bidet», del español Giménez Caballero, que consideraron un ejemplo de deshumanización del arte, los editores cubanos responden: «[…] entendemos que uno de los modos de contribuir al enraizamiento de las nuevas ideas consiste en ofrecerles una oportunidad de contrastación enérgica, en someterlas a la prueba polémica, contra las ideas adversas fina y fuertemente sustentadas». (Revista de Avance: «Directrices», no. 25, agosto de 1928, p. 204).