A cargo de Jorge Domingo Cuadriello

Lo del patriotismo a todo trapo y para no importa qué menester, es cosa que va dando asco. Voltaire dijo que todos los bribones se amparan en la patria; y nunca las palabras del genial francés pudieran aplicarse con mayor razón que en los actuales momentos.

No es sólo de Cuba ese vicio, esa enfermedad espiritual; pero entre nosotros toma ya aspectos aterradores. Llega al punto de hacer que los hombres honrados se sitúen, por reacción defensiva, en el extremo opuesto y se proclamen apátridas. Porque, efectivamente: del patriotismo en boga, del que más grita y gesticula, no puede participar ninguna persona honesta.

Marcelo Salinas

Marcelo Salinas

Nada extraña que tomen la bandera patriótica, para cobijar sus mentiras, los políticos de toda laya, los escritores a sueldo, los demagogos sin convicciones, pero es que lo mismo vienen haciendo los negociantes sin conciencia, los industriales carentes de todo escrúpulo, los más ínfimos salteadores de las peores inmoralidades. Y se encuentra uno con que para anunciar un producto averiado, para buscar clientela a un establecimiento en derrota, para sostener una empresa de inversiones obscuras, se agarra el patriotismo y se le agita y se le exulta, asociándolo a todas esas pudrideras.

Hace algunos años existió, por la Calzada del Monte, una huevería que se llamaba, con la mayor impudicia, «La Idea de Martí». Aquella irreverencia, que pudo ser expresión torpe de un sincero afán veneratriz, no puede compararse, pese a lo estúpido del medio escogido, a las mil referencias empequeñecedoras comprobables hoy, a cada momento, por los modos y circunstancias menos dignificantes.

En las páginas de los periódicos, el tópico patriotero se prodiga a chorro, lo mismo para defender los intereses más sucios o para exaltar los valores más ruines que para combatir ideas nobles, actitudes generosas. Se le maneja y reparte con los pretextos más fútiles, en las ocasiones menos pertinentes. En la vida social se le utiliza indiscriminadamente para el peor de los fregados como para el más puerco de los barridos.

¿Y el arte, eso que llaman arte sus mantenedores y que no es sino mercantilismo de pluma, pincel o gubia…? Sin importarles un comino lo trascedente de la invocación, quienes medran con tales bajos menesteres, juntan al nombre de patria y a la exaltación de las virtudes patrióticas, las composiciones más detestables, los gestos más chabacanos, el lenguaje más irrespetuoso.

Para toda esa gente desaprensiva, el patriotismo resulta algo así como una pieza de tela fácil que se corta y recorta a voluntad, sirviendo aquí para un remiendo, allá para tapar una deformación.

Tanto uso abusivo, tanto manoseo ensuciador, van convirtiendo el sentimiento de amor al suelo nativo, a sus tradiciones, a sus costumbres y su lengua, en instrumento de odio y disociación, en vehículo de división y envidia, en amenaza de horror y estrago.

Porque, falseando todo eso, pervirtiéndolo hasta convertirlo en sólo una máscara escarnecedora, los mismos que ignoran el íntimo estremecimiento de ternura ante los recuerdos venerables y al contacto con la belleza de lo autóctono, siembran un falso fervor de conveniencia, pretendiendo pasar por las aduanas de tal mentirosa devoción el contrabando de sus interesadas tropelías.

Y ¡con qué impudor echan mano de ésta y la otra cita, para apoyar su aviesa actitud! Especialmente a Martí, por vario y extenso, lo saquean, pretendiendo emparejarlo a ellos.

¿No dijo él «Nuestro vino es agrio, pero es nuestro vino»? Pues ahí está la declaración particularista, de particularismo cerrado y cerril. Ahí la preferencia ciega a lo propio, sin cuidar de mejorarlo. Allí aquello de «A los tuyos con razón o sin ella», sobreponiendo lo tribal a lo justo…

No se cuidan de advertir cómo y cuándo pronunciara Martí (¡tan universalista, tan justo!) esa frase; no se cuidan de advertir cómo va en ella comprendido el reconocimiento de una agrura que nos pide esfuerzo y voluntad para borrarla. ¡Qué han de advertir ellos! Su pretensión es hacernos tragar el vino de palma por superior a todos los caldos conocidos y, con eso, ahogar todo empeño por lograrlo tan bueno como el que más lo sea; sujetarnos el sentimiento a lo provinciano, a lo campaneril, cuando el Apóstol nos quiso siempre incorporados, sin dejación de la propia personalidad, a las grandes faenas del mundo. Nos quiso, si asentados en casa nuestra independiente y honrada, prestos a recibir lo bueno y digno que desde fuera nos pudiera llegar. Porque: «La patria no es sino la porción de la humanidad en que nos ha tocado nacer»…

Pero no: todo eso (¡tan claro, tan luminoso!) es idioma extraño a los usufructuantes del patriotismo. Esa gente va a lo suyo, que es vivir ancho sobre las espaldas de la patria, que es vocearla a cada instante, para que los pobres de espíritu y también los que por bondadosos y sinceros suponen bondad y franqueza en los otros, les dejen gozar tranquilos de sus prebendas, mascar a toda muela sus latrocinios.

Frente a ellos y hasta contra ellos, repetiremos las evangélicas palabras escritas para los hombres todos, de todos los pueblos y todas las razas:

«Fustas recogerá quien siembra fustas, besos recogerá quien siembra besos».

Marcelo Salinas (Batabanó, 1889 ­ Miami, 1976). Narrador, dramaturgo y combatiente anarquista. De origen social muy humilde, desde pequeño se vio obligado a desempeñar humildes labores y trabajó durante varios años como tabaquero. Logró superarse educacionalmente y desde joven militó activamente en el movimiento libertario. Por sus luchas sociales a favor de la clase obrera sufrió prisión en los Estados Unidos y en España, países en los que residió algún tiempo, así como en Cuba. Su drama Charito o Alma guajira obtuvo en 1928 premio en el concurso convocado por la Secretaría de Educación y fue llevado a escena y al cine. También publicó la novela Un aprendiz de revolucionario (1937) y numerosos cuentos en diversas revistas cubanas, y dirigió varios órganos de prensa de carácter anarquista. Aproximadamente en 1972 emigró a los Estados Unidos, donde continuó su activismo político. El presente artículo apareció publicado en el mensuario La Rosa Blanca Año VIII Nro. 81. La Habana, abril de 1955, pp. 9­11.