Hace un tiempo escuché la noticia acerca del fallecimiento a los 94 años del diseñador de armas Mijaíl Kaláshnikov, inventor del fusil AK-47, el cual resulta en la actualidad –según la comunicación por el suceso- el arma más utilizada del mundo. La televisión nacional hizo toda una apología del valor intrínseco de ese instrumento de muerte como el gran defensor de “las patrias”.

Vuelvo entonces a recordar a la filósofa Hannah Arendt cuando en su texto Eichmann en Jerusalén escribió sobre el concepto “la banalidad del mal” . La autora alemana analizó en ese texto cómo el oficial nazi encargado de enviar a los judíos a los campos de trabajo forzado y a los de exterminio masivo pensaba que cumplía con su obligación, solo que resultó ser el cumplimiento de un trabajo espeluznante, si es que se puede nombrar lo innombrable. Kaláshnikov declaró: “Mi vida es mi trabajo y mi trabajo es mi vida. Inventé este fusil de asalto para defender a mi país. Hoy en día estoy orgulloso de que para muchos signifique un sinónimo de libertad” .