En conversación con un amigo evangélico tocamos casualmente el tema de la eucaristía y el lamentable hecho de que actualmente no podemos participar juntos en ella.

Por supuesto, esto era algo que él conocía, si bien su opinión sobre el por qué era «porque dice el pastor que ustedes la ven de otra manera». Hube de recordarle que hasta la Reforma Protestante (s. XVI) el mundo cristiano, aún después de la separación de las Iglesias ortodoxas autocéfalas, veía y comprendía la eucaristía de la misma manera y con solo algunas diferencias en el rito según la tradición, de modo que fueron ellos quienes comenzaron a verla de forma diferente. El rumbo que tomó la conversación a partir de ese momento me hizo ver la necesidad de no solamente esclarecerles a los hermanos separados nuestra comprensión de la eucaristía, sino también de «refrescarnos» nosotros cosas semiolvidadas desde los lejanos tiempos de la primera comunión. Por otra parte, dados los esfuerzos que de una y otra parte se realizan desde ya hace un buen tiempo en favor del ecumenismo, es bueno que sepamos cómo comportarnos y hasta dónde podemos llegar por el momento, de modo que el entusiasmo y la buena voluntad no nos induzcan a error.

Varios son los aspectos a tener en cuenta.

» ¿Cómo pensar la eucaristía?

El significado de la eucaristía no puede ser abarcado tomando en cuenta un solo aspecto. No esperemos una explicación en dos palabras. Cual diamante, presenta múltiples facetas. Y del mismo modo que el pulido acrecienta el brillo y el lucimiento de la gema, la reflexión teológica siempre pone de relieve un nuevo aspecto a considerar.

Para empezar, la eucaristía, en tanto sacramento, pertenece a la categoría de signo. Este signo debe ser capaz de explicar el modo propio de la presencia real de Cristo sin apartarse de la sacramentalidad o «sacramento-signo».1 De hecho, no es solamente en la eucaristía donde se hace presente Cristo: ocurre en los restantes seis sacramentos, y en cada uno en su modo particular, como también en el ministerio de la palabra, en la asamblea de los fieles, en el alma de los justos…2

También tenemos que la obra de salvación de Cristo se prolonga en la Iglesia mediante la liturgia, como se recordó en el Concilio (Sacrosanctum Concilium, 5-6), y la eucaristía es fuente y cumbre de la actividad eclesial (Sacrosanctum Conclium 10; Lumen Gentium 11). Cabe aquí repetir la expresión del agudo teólogo Henri de Lubac: «La Iglesia hace la eucaristía, la eucaristía hace la Iglesia» (en su libro Meditación sobre la Iglesia) y retomada por san Juan Pablo II en su encíclica Ecclesia de Eucaristia (2003).

Otra faceta de la comprensión llama la atención sobre el hecho de que la eucaristía nace en el contexto de las comidas de Jesús; comidas que no sucedieron solo durante su vida terrenal, sino también después de su muerte en la cruz. La eucaristía resulta entonces un adelanto del banquete del Reino; no es solamente un trozo de pan que se come, sino un pan que es compartido y repartido en presencia de Cristo.3 En relación con esto el teólogo Codina, en la obra citada, nos recuerda la indignación de San Pablo por el hecho de que los corintios no compartan la mesa (I Cor 11, 20) y cuánto esto refleja la opción por los pobres, los cuales no deben ser excluidos, sino expresamente llamados.

La eucaristía tiene también un aspecto sacrificial, que se actualiza y prolonga en la Iglesia; es un sacrificio que no ha de ser entendido en el sentido de que en ella se paga una deuda a un Dios ofendido y vengativo, sino visto en su dimensión de servicio: el oficiante sacrifica, pero es Cristo quien se sacrifica en servicio del hombre. Los especialistas llaman la atención sobre la palabra griega «anámnesis» (memorial) usada en Lc 22,19, la cual remite al hebreo «zikkaron», concepto este que alude a un recuerdo que se renueva en el presente.4

» El cuerpo y la sangre de Cristo

Estas palabras, que escuchamos al recibir la hostia consagrada, expresan nuestra convicción sobre la presencia real de Cristo en ella. Esta ha sido la fe de la Iglesia desde los primeros tiempos, confiada en la palabra y la autoridad de quien nos dijo: «Esto es mi cuerpo, que será entregado por muchos para el perdón de los pecados» y que luego de ratificar la identidad de su sangre con el vino de la Última Cena nos mandó «hagan esto en memoria de mí» (Mc 14: 2224; Mt 26:26-28; Lc 22:19-20; Jn 6:51-58). Por ello los discípulos y las primeras comunidades de cristianos «perseveraban en la fracción del pan y las oraciones» (Hch 2,42). Como tantas cosas que aceptamos en la fe por la palabra y autoridad de Cristo, esto nunca se puso en duda. El Concilio de Trento (tuvo veinticinco sesiones, desde 1545 hasta 1563) que reafirmó la postura católica ante las propuestas de la Reforma, no hizo más que confirmar esto. De antiguo se tuvo claro en Occidente que la transustanciación sucedía en la plegaria eucarística en la consagración, mediante la eficacia de la palabra de Cristo en el relato de la institución —dicha por un sacerdote ordenado dentro de la sucesión apostólica— y de la acción del Espíritu Santo. Esta presencia es recogida por la Iglesia como un misterio de fe; se trata de una presencia que aun siendo real no puede ser percibida por los sentidos (Encíclica Mysterium Fidei de San Pablo VI). La afirmación bíblica de la presencia real de Cristo en la eucaristía excluye de plano toda interpretación simbólica, interpretación esta que se asume en la mayoría de las Iglesias surgidas de la Reforma. En Oriente las Iglesias Ortodoxas sostienen que la transustanciación ocurre en el momento de la epíclesis, la invocación al Espíritu santo. Esta diferencia de apreciación, si bien importante, pudiera ser salvable y no constituye motivo de especial preocupación. De hecho, desde el último Concilio se considera que tanto la epíclesis como el relato mismo son determinantes en la transustanciación. Ambas Iglesias creen firmemente en la presencia real de Cristo en la eucaristía, que es lo importante.5 También las Iglesias de la Comunión Anglicana aceptan esta presencia. En la confesión luterana se acepta esta presencia, pero bajo otro concepto, y se le atribuye, no a la intervención de un sacerdote ordenado, sino a la fe de los presentes. Otras iglesias del mundo protestante aceptan solo una presencia simbólica.

» ¿En qué forma entendemos esta presencia?

Ante todo, debemos tener claro qué significa «verdad de fe». Verdad de fe es algo que aceptamos aunque no podamos entenderlo. Algo que pertenece a lo que la Iglesia creyó y transmitió desde siempre, como le fue encomendado. La primera generación de cristianos no tenía, como no la tenemos ni tendremos jamás nosotros, una demostración matemática de cómo puede estar Cristo presente en la eucaristía. Lo aceptó con la misma confianza con que Simón Pedro echó las redes, fiado en su palabra (Lc 5,5). Si razonamos que Dios es el «totalmente otro», radicalmente distinto de su creación, se sigue que no podemos encerrarlo en las categorías que acostumbramos manejar. Si confesamos que Cristo es quien dijo ser, entonces se impone aceptar aquello que nos dijo. No hay medias tintas. Podemos o no entenderlo; podemos después debatir o no sobre cómo pueda ser posible esta presencia, pero la aceptamos si nos llamamos cristianos.

Durante mucho tiempo la concepción más elaborada sobre la transustanciación se remitía a Santo Tomás de Aquino (1225-1274). En el lenguaje y con las categorías aristotélicas de la filosofía de su época, la explicaba diciendo que si bien la apariencia y propiedades («accidentes») del pan y el vino permanecían inalterables, su sustancia (el fundamento de la realidad) pasaba a ser el cuerpo y la sangre de Cristo. En el Concilio de Trento (DS 1640; 1651) se manejan el mismo lenguaje y las mismas categorías filosóficas.

Está claro que ya no usamos ese lenguaje ni esas categorías filosóficas. El hombre actual está acostumbrado a otro tipo de argumentos, en razón del de sarrollo impetuoso de las ciencias y la tecnología. Pero el dogma no está atado a estas categorías. Sigue siendo válido, aunque haya sido enunciado hace mucho. En relación con esto vale recordar la expresión de san Juan XXIII: «La Iglesia Católica no es un museo de arqueología, sino la antigua fuente de la aldea, que da agua a las generaciones de hoy como la dio a las del pasado».6

Conviene no perder de vista que toda explicación se adecua a su época y al oyente al cual va destinada. Y una verdad puede ser explicada de muchas formas, según el grado de comprensión que hayamos logrado de ella; siempre será la misma verdad. No puede ser menos ni tampoco más verdadera, si bien es posible entenderla mejor. La historia de la evolución del dogma es ella misma desvelamiento progresivo de su misterio, nos recuerda Karl Rahner, influyente teólogo llamado como consultor durante el pasado Concilio.7 La verdad y el mandato recibidos durante la Última Cena son un claro ejemplo de esto.

Durante el último Concilio, y con la intención de hacer más asequible al hombre moderno de qué modo es posible la presencia real de Cristo en la eucaristía, algunos teólogos propusieron explicarla manejando los conceptos de «transignificación» y «transfinalización». La explicación mediante la transignificación declara en síntesis que las cosas no son necesariamente tal cuales, sino que son lo que significan para nosotros. Así, si las especies consagradas significan para nosotros el Cuerpo y la sangre de Cristo, basta con eso para que lo sean. Del mismo modo se consideraría la finalidad a que están destinadas. Ello motivó la intervención del entonces Papa, san Pablo VI, quien en la encíclica Mysterium Fidei llama a no perder de vista el verdadero entendimiento de la Transustanciación. La presencia no se da porque cambie el significado o la finalidad. Puede haber para nosotros un cambio de significado o de finalidad en el pan y el vino consagrados, pero ello son consideraciones secundarias que pueden o no hacerse después: lo esencial y verdadero es que el pan y el vino son en la eucaristía el cuerpo y la sangre de Cristo, como nos ha sido transmitido desde el principio de la Iglesia. Ciertamente, el tema no está agotado; sigue siendo campo de la reflexión teológica.

» ¿Y esto no lo aceptan todas las Iglesias?

Ya habíamos dicho que varias de las iglesias protestantes solo aceptan una presencia simbólica de Cristo en la eucaristía. Por otra parte, Lutero (1483-1546), tras separarse de la Iglesia Católica, elaboró para su iglesia la doctrina de la Consustanciación, la cual propone que en la Eucaristía coexisten las sustancias originales del pan y del vino, junto con el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Bautistas y calvinistas también aceptan esta doctrina. No se trataba de algo nuevo; esta concepción había sido defendida ya por Berengario de Tours (1000-1088) y condenada por varios Concilios. Esto no es aceptable para la doctrina católica. Por tanto, estamos de acuerdo con ellos en la aceptación de la presencia real de Cristo en la eucaristía, pero no en el modo en el cual se hace presente. La distinción pudiera parecer de poca importancia, pero no es así. Es un error que puede llevarnos a otros.

Tampoco es lícito para un católico tomar la eucaristía de un sacerdote que no esté ordenado debidamente dentro de la sucesión apostólica, y las Iglesias surgidas de la Reforma no la mantienen. Por otra parte, la Iglesia Católica enseña que en la Misa se renueva el sacrificio de Cristo, y no simplemente se repite, como se sostiene en varias Iglesias separadas. Tampoco es discrepancia de poca monta.

» ¿Se ha intentado encontrar una fórmula de eucaristía válida para todos?

Las esperanzas de algún día poder celebrar la eucaristía juntos se reavivaron en su momento con la llamada «Liturgia de Lima», una propuesta de celebración ecuménica con eucaristía aprobada en un evento del Consejo de Iglesias en Perú y cuya primera celebración ocurrió el 15 de enero de 1982 en Lima. Fue un buen intento, hecho con la mejor fe, pero lamentablemente la propuesta no puede ser aceptada por las Iglesias Católica y Ortodoxa; del mismo modo algunas Iglesias protestantes sienten que tal como está concebida no pueden aceptarla. En consecuencia, las celebraciones ecuménicas donde participa la Iglesia Católica ocurren sin eucaristía. En relación con esto por el momento solo podemos orar y pedir al Espíritu que nos ilumine en la búsqueda común de una solución para lograr que esto sea posible, como no dudamos que muchos hermanos separados oran.

¿Qué hacer mientras tanto? ¡Es un escándalo que siendo cristianos no podamos comulgar juntos! Sin embargo, es muchísimo lo que podemos hacer. Primero, pero no únicamente, está claro, buscar el modo de hacernos entender mejor. Defender la fe no es colocarse con mentalidad de guardameta, atento al posible intento de gol del adversario. Parafraseando la conocida frase de san Juan XXIII al inicio del Concilio Vaticano II, cuando pidió a los padres conciliares tener «unidad en lo necesario, libertad en lo dudoso, y la caridad ante todo» tengamos nosotros también la caridad ante todo. Podemos también orar juntos, dar testimonio, trabajar juntos por el bien común, dar ejemplo de misericordia, enseñar al que no sabe, ayudar al necesitado. Como dijo en su momento nuestro papa Francisco: «si un chico tiene hambre, lo primero es quitarle el hambre. Después nos pondremos de acuerdo sobre todo lo demás». Mientras las comisiones ecuménicas y los teólogos profundizan sobre lo que nos une y con la ayuda del Espíritu buscan soluciones, hagamos nosotros nuestra parte. Así el Hijo del Hombre, llegado el momento, nos pondrá a su derecha, porque como tratemos a nuestros hermanos, así lo habremos tratado a Él (Mt 25, 34-40).

Notas

  1. Alocución sobre este tema del teólogo holandés Edouard Schillebeeckx durante última sesión del Concilio Vaticano II.
  2. Encíclica Mysterium Fidei de San Pablo VI.
  3. Esta argumentación está ampliamente desarrollada en el artículo «Nuevos enfoques teológicos sobre la eucaristía», de Víctor Codina SJ. Universidad Católica Boliviana, Centro de espiritualidad Ignaciana, publicado en la Revista Latinoamericana de Teología.
  4. Remitirse al artículo mencionado en la nota anterior.
  5. Las Iglesias Católica y Ortodoxa se reconocen recíprocamente la sucesión apostólica. Ello permite que de no existir la posibilidad real de acudir a la suya, un católico puede tomar la eucaristía en una Iglesia Ortodoxa, si el sacerdote lo consiente, y viceversa.
  6. Alocución del 13 de noviembre de 1960 al final de una celebración en rito bizantino-eslavo en la basílica Vaticana (citado por Luis Marín de San Martín, OSA; ponencia «Los Papas del concilio» en la IX Jornada Agustiniana del Centro Teológico San Agustín, Madrid 2006).
  7. «Sobre el problema de la evolución del dogma», en Escritos de teología, tomo I, página 53 (Taurus Ediciones, Madrid, 1967).