A punto de cumplir noventa años, Rafael Morante continúa una línea activa de pensamiento y creación, modelada por el tratamiento del diseño como una reflexión más que como una pregunta.

Iniciado en el mundo de la publicidad, en los años 50, de la mano de importantes creadores como Luis Martínez Pedro, Raúl Martínez y Renilde Suárez, Morante supo enseguida encontrar una marca en su manera de hacer y decir. Sus primeros trabajos siguen teniendo la frescura de quien apuesta mucho por la innovación y el experimento, quien no se detiene si la tinta le falta o la tempera escasea, pues encuentra en un papel metálico, en una semilla o en algún pedazo de fibra hallada en la calle, el material ideal para expresar una idea o aportar un contenido.

Falín llegó a Cuba en 1940. Recién dejaban de escucharse las bombas caer sobre Almería, a donde se había mudado la familia por necesidad. Pero este madrileño, un poco andaluz, supo aplatanarse enseguida y descollar como uno de los diseñadores puntales —paradigmáticos, si se quiere— de la gráfica cubana revolucionaria y contemporánea, también diría yo.

Su línea expresiva es potente y reconocible. En sus diseños se destaca el juego inteligente entre el dibujo y la simbología, de la que no puede escapar. Para él, toda obra gráfica es una pieza de comunicación que entraña un grado de complejidad único, que está obligado, por demás, a ser atractivo visualmente —que no quiere decir «bonito»—, de fácil comprensión, pero quizás, de acuerdo con el universo al que está dirigido, sintético y con un leve toque de intriga, para que el lector potencial no crea que lo estás tratando de tonto.

Esa línea, a la que yo siempre me refiero como «la línea Morante», se ha desdoblado en otras facetas no solo dibujísticas (cercanas al estilo quebrado de Ben Shahn), sino también hacia la pintura y la ilustración menos convencional (de soluciones cercanas a las de Alberto Breccia). Son reconocibles sus ángeles y ángelas (que siempre esconden en alguna de sus rodillas un rostro), sus coposas selvas tropicales y sus paisajes isleños donde el mar vibra de nostalgia; las manchas a tinta, la figura humana y sus detalles, los brazos y las manos, las tipografías entrelazadas y la desafiante geometricidad estructural, que a veces se nos descubre erótica y contorneante.

Pero, tal vez, su marca más permanente ha sido la guerra, de la que aún no ha escapado. Morante sigue siendo un niño de la guerra, un joven contrario por completo a la injusticia y la barbarie, un hombre en el que nunca ha estado ausente el dolor y que no deja de expresarlo. Por eso, sus colores tienden al contraste más fuerte, casi violento, del rojo, el blanco y el negro, por ejemplo, en su serie de carteles de Hitchcock, en los que alude simbólicamente al movimiento, a la acción y al dramatismo. También, del mismo modo, sus figuras tienden a ser alargadas, deformadas: manieristas, por ese dolor, al que no ha sido ajeno. Son muchos los años fuera de España y todavía la siente. Pero Cuba no ha sido menos. Me ha confesado la dicha que tiene de tener dos patrias y la experiencia de decir más. Por eso dibuja todos los días y, cuando no lo hace, sueña. Soñar para él es un recurso inigualable. Sus mejores locuras le llegan en sueños y, como tiene una memoria privilegiada, casi autística o fotográfica, recupera los detalles con precisión, con los que luego diseña, compone alguna melodía o escribe. Y estas dos últimas, tal vez sean las facetas menos conocidas de Morante, quien se siente poseído por ese espíritu leonardezco del «hombre total», que sabe de todo o como él acostumbra a repetir: «un buen diseñador no tiene que conocerlo todo, pero tiene que saber de todo».

Rafael Morante, al centro. A su izquierda su esposa, la editora Teté Blanco y el autor de este artículo.

Rafael Morante, al centro. A su izquierda su esposa, la editora Teté Blanco y el autor de este artículo.

Morante es así y así seguirá porque es de espíritu sereno, porque como ya lo mencioné, sueña todos los días, porque es sincero y porque crea constantemente. Cree en el poder indiscutible del trabajo, del oficio desarrollado con esfuerzo y constancia —a diario—, y en la necesidad de superarse. Cree también en el poder incuestionable de la lectura, en lo irremisible que resulta dejar de leer para el progreso de la humanidad, en la oportunidad que se nos abre a través del cine y la imagen en movimiento. Es un ferviente admirador del cartel, en todas sus vertientes, y de la historieta, y un apasionado productor de estos géneros. Siente la necesidad de hacer más y le duele su falta, que se pierdan las pautas que una vez marcaron los mejores derroteros de estas dos artes en Cuba. Sigue apostando con todas sus fuerzas por el diseño, y no se cansa de impulsar el mejor trabajo gráfico entre los jóvenes diseñadores, artistas e investigadores que lo visitan.

Morante es un hombre que ha vivido cada uno de sus años con hidalguía; siempre erguido, altivo, veloz, de ideas y pensamientos rápidos. No ha dejado de ser así ni un solo minuto de su vida, que nos regala como una enseñanza o una moraleja para los demás. No fuma, no bebe alcohol, come frugalmente y le encanta el café con leche. Tal vez, sus únicos vicios son trabajar mucho, leer como un poseso, odiar la guerra con desespero, dejarse seducir por la buena música, amar incondicionalmente a los suyos y creer en el poder inmenso del diseño.