A esos transportes que en estas noches de carnaval, a la hora del Cañonazo, se les ve pasar por la calle 23 rumbo al Malecón nadie les tira serpentinas ni confetis ni fotografías; transitan en silencio y en sus cubiertas no se ven bellas coristas, ni sonrientes mulatas adornadas de ropajes multicolores y con colorete en las mejillas, sino humildes individuos mal vestidos, muchos de ellos de avanzada edad, posiblemente alcohólicos y, lo sabemos bien, que arrastran antecedentes penales. Marchan en silencio, en camiones y en carretas tiradas de tractores, con las manos colocadas en el borde superior de las rejas del transporte, mirando, no sin envidia, supongo yo, a los que están afuera sentados en una terraza disfrutando de un Cuba Libre o, al menos, de la brisa tropical. Van a su destino.

Y cuando llegan a su lugar de destino, no desembarcan con farolas llenas de colorido, ni en plan de bailoteo ni entregados a la misión de contribuir a las arcas maltrechas del país con el pago de cervezas a un precio exorbitante. Son seres humildes que arriban a la fiesta anual multitudinaria con escobillones y recogedores de basura y la misión de sanear lo que otros, que sí se han divertido a lo grande, han ensuciado. Y entonces también empieza, a lo grande, pero de otra manera, la tarea de estos héroes anónimos que con rapidez deben dejar limpia la zona que otros muchos han convertido en un estercolero.

Reza un viejo proverbio: «Para que unos se diviertan, otros tienen que sacrificarse». Y ese parece ser el destino de los que, tras cada jornada de los carnavales habaneros, deben ir, de noche o de madrugada, a higienizar toda la inmensa área que otros, muy divertidos, ensuciaron.

Los reporteros de la radio o de la prensa escrita no van a hacerles entrevistas ni sus rostros aparecen en la pantalla de los televisores. Esos trabajadores, tan anónimos y abnegados como necesarios, no reciben mensajes de felicitación en twiter, ni muestras de agradecimiento por parte de los integrantes de las comparsas, ni una sonrisa de las rumberas o solistas, ni una mirada de los que disfrutan del espectáculo sentados en las gradas. Al margen de esos reconocimientos, que resultan muy estimuladores, pero quizás para ellos innecesarios, no podemos dejar a un lado el agradecimiento a la tarea que realizan esos individuos humildes que, cuando otros muchos concluyen su diversión y se retiran a descansar en sus casas, asumen la tarea de limpiar lo que se ha ensuciado. Aunque después regresen a sus hogares con el alba, cansados y en silencio, sin que nadie les haya tirado una serpentina.

La Habana, 24 de agosto de 2019