A cargo de Jorge Domingo Cuadriello

Cuando Unamuno quiso señalar el vicio capital de España señaló hacia el odio como el más representativo de ellos. «En esta tierra —decía el maestro de Salamanca— el precepto parece ser: odia a tu prójimo como a ti mismo». Y luego señalaba, en el prólogo de Abel Sánchez (novela toda ella articulada alrededor de la envidia) que el pueblo español era más bien demagógico que democrático.

Algo de eso nos ha tocado a nosotros también. La herencia hispana está presente en nuestra sangre y un odio infecundo parece actuar en nuestro ambiente para hacer imposible el avance que consolide la existencia nacional y que permita la conquista de los más altos logros. La rebeldía y la inconformidad son ingredientes buenos en la vida de los pueblos. Ellos llevan la marca de la grandeza y obran como estímulo y acicate para el progreso colectivo. Pero el odio es lo mezquino, lo cominero, lo patológico. Dentro de él se ahoga todo propósito constructivo. Ciega las almas. Hace problema de personas lo que debe ser tarea de pueblos. Confunde el polvo miserable con el alto ideal.

El odio se exacerba cuando se hace función de grupos. Estos pretenden imponerse a todo lo demás y eliminar al contrario rápidamente. Olvidan que la democracia implica la convivencia de las ideas más disímiles, en un plano de tolerancia y libre discusión. El odio organizado y con un plan de acción constituye un paso negativo más y un verdadero peligro de desintegración cívica. Ya Manuel Márquez Sterling, con su prosa iluminada, advertía que «el grupo es hoy negación del régimen. El grupo se hace dueño, acapara, domina, impone. Es la disciplina colonial que conturba y desequilibra, en la República, al sistema democrático».

Si alguna tarea esencialmente constructiva necesita nuestro país en estos instantes es vencer esa ponzoña maligna que nos corroe. Hay que vencer el odio canijo y enfermizo, verdadero cáncer social, poniendo de moda el nuevo estilo que la República requiere: el de la cooperación para la empresa renovadora. Los partidos nada significan en nuestro país si no se proyectan con esa dimensión de grandeza. Nada alcanzamos con la calumnia, con la diatriba insolente, con la descarga de plomo físico o verbal. Hay que esclarecer y reconstruir la patria para su alta misión histórica, y esa tarea requiere el concurso de todos los hombres de buena voluntad.

La democracia significa esencialmente cooperación. Ningún pueblo ha podido lograr grandes adelantos sin una aglutinación de propósitos y fines colectivos. La acción salvadora que pretende ser realizada solo por un grupo, no es más que demagogia para el consumo de algunos cuantos incautos, pero sin verdadera eficacia pública. Las genuinas revoluciones son las que se realizan en las entrañas de los pueblos, las que cambian sus estilos de vida y dejan firmemente establecido el bienestar general. No basta con modificar las estructuras del Estado, es necesario dejar prendidos los ideales públicos en el alma de la sociedad.

Sería bueno que asimilásemos estos conceptos ahora que celebramos -el próximo martes- un aniversario más del 12 de agosto de 1933. No fue aquello la mera caída de un régimen que llegó a reunir en sí todos los vicios y males de la República, sino el advenimiento de una nueva voluntad histórica proyectada sobre el país. Aclaremos que muchos de los postulados ideológicos entonces enunciados ya fueron preocupación de próceres cubanos anteriores a 1933. En Varona, en Sanguily, en Márquez Sterling, en la impoluta conducta de un Coyula o de un Maza y Artola, ya teníamos antecedentes de lo que buscaban los revolucionarios que combatieron a Machado. La doctrina democrática era también vieja aspiración nacional. Pero había que llevar todo ello, es decir, la lucha contra el coloniaje en sus más diversas formas, a un plano de militancia heroica, y eso lo hizo una generación de jóvenes inmolados en servicio del ideal público. Al caer Machado, aquella voluntad de renovación política tenía su oportunidad de actuación constructiva.

No resulta necesario hacer un balance de lo que se ha alcanzado y lo que falta por obtener. Todo el pueblo de Cuba conoce bien el drama revolucionario vivido a partir de 1933. Pero lo que sí conviene sobremanera es señalar la grandeza y el alto espíritu creador que inspiraban aquel movimiento, muy distantes de las pequeñeces y las miserias con que muchos quieren interpretarlo y con que otros quieren actuar en su nombre. Era la imagen de una Cuba esencialmente democrática, libre de las taras coloniales, redimida de concupiscencias y encauzada hacia altos derroteros históricos. No una nación carcomida por el odio, en perpetua guerra civil de enconos y perfidias, gobernada por grupos de audaces o demagogos, sino escenario fecundo para todas las ideas, donde triunfasen los mejores, donde al adversario se le respetara en su discrepancia, donde los poderes del Estado actuaran en colaboración patriótica, donde se acatara la voluntad del pueblo y la Constitución fuese como una Biblia patriótica para gobernantes, partidos políticos y ciudadanos. Una república hecha para la cooperación y la grandeza, que fuera digna del esfuerzo de los fundadores y que llenara de orgullo legitimo a sus hijos. Una patria, en fin, que aún no tenemos, pero que palpita en el corazón de los buenos cubanos.