AÑO 2019 Año 15. Nro 4, 2019

Una mirada cristiana al cambio de época

por Rodrigo Guerra

Muchas gracias a todos los que están involucrados en la organización de este encuentro.

Me han pedido (1) que me centre en cuestiones de tipo más sociopolítico, no al modo del analista político, sino al modo de un cristiano que, mirando esta realidad social, económica, política, cultural, novísima, trata de responder a la luz de la fe. En otras palabras, tal vez la gran hipótesis que vamos a estar manejando a lo largo de las siguientes reflexiones es que la fe es un método de conocimiento. Lo voy a repetir porque esto es muy importante, clave: la fe es un método de conocimiento. ¿Qué significa esto? Que la fe no es un añadido extrínseco que algunas sensibilidades pueden llegar a tener en el momento en que se encuentran con Jesús y con la Iglesia, sino que justamente la fe, entendida como la certeza estrictamente racional que reconoce la presencia de alguien que desborda a la propia razón humana, me permite potenciar el uso de mi razón al máximo de sus posibilidades y mirar realidades que todos vemos, como las sociales, económicas y políticas de América Latina, no simplemente haciendo el juicio propio del analista, sino tratando de capturar el significado que está más allá del propio análisis político, reconociendo en los signos de los tiempos un especial llamado de Dios que nos interpela a través de la realidad. Esto es complejo porque significa superar la idea de que la fe es un sentimiento o que la fe es una especie de creencia irracional.

Si algo nos ha dejado claro el papa Benedicto XVI es que la fe no es algo desligado de la razón, sino que la razón humana es realmente una capacidad distinta de los sentidos que nos permite decodificar semióticamente el mundo, que nos permite capturar el significado de lo que sentimos. No es lo mismo sentir que entender lo que estoy sintiendo. Cuando yo capto el significado de lo que experimento con mis sentidos, cuando capto el significado de una rosa, de una sonrisa, de un beso, y no me quedo simplemente en la sensación, sino empiezo a entender que más allá de la sensación algo se me quiere decir, por ejemplo, con un beso, empiezo a usar la razón humana, que tiene ciertas capacidades, cierta amplitud, pero que también tiene ciertos límites si es fiel a ella misma. Si es fiel a su estructura y a su naturaleza, está siempre estructuralmente abierta a todo tipo de realidad. En otras palabras, ser racional es principalmente vivir enamorado de la idea de que nada debe ser censurado, de que debo de estar abierto a todo aspecto de la realidad, aun lo que yo no pueda prever, porque en eso consiste ser racional: en no escoger a priori unos lentes de cierto color para mirar el mundo con cierto matiz, sino estar siempre abierto a aquello que los griegos llamaban thaumasein, es decir estar dispuestos al asombro, a que la realidad me rebase y me desborde. Digo esto porque la clave para entender el cristianismo no es simplemente haber tenido una cierta conmoción estética o sentimental delante de ciertos gestos. Significa que a través de un gesto, de una compañía, de una presencia sensible, empiezo a descubrir una certeza más allá de lo emotivo y de lo sensible. Porque no estoy solo en medio de la historia. Mi historia personal y la de mi pueblo no están abandonadas a sus propias fuerzas, sino que hay algo que acompaña al hombre, que no es el hombre, pero al mismo tiempo enlaza al máximo con el hombre, que conoce la condición humana hasta lo más profundo de su entraña y al mismo tiempo la rebasa: esa es la hipótesis cristiana.

Tener fe en buena medida es tener la certeza de que la razón humana no es la última palabra, sino que existe la posibilidad de que una razón más grande que la humana me interpele. En griego la palabra razón se puede decir de varias maneras: Ratzinger solía explicarla, solía usar la palabra griega logos, que como ustedes saben significa idea, palabra, conocimiento racional. Cuando en nuestros estudios más elementales aprendemos que la antropología es el estudio del hombre, que la psicología es estudio de la psique, de la mente, del espíritu humano, y la sociología es el estudio de la sociedad, usamos la palabra logos no para decir que es conocimiento puramente sensorial sino conocimiento racional estricto. La palabra logos significa racionalidad en griego. Justamente cuando yo me descubro que soy racional y que a veces me equivoco, que a veces no entiendo todo, que mi razón es limitada, sé que soy racional, pero mi razón se escribe con «r» minúscula. Ser fiel a la experiencia de ser racional me abre a la posibilidad de que exista una razón con «R» mayúscula que me interpele. Si así lo desea, por supuesto, él, no yo. Yo puedo estar un poco desorientado, un poco desconcertado en la vida, pero si soy fiel a mi razón, me puedo abrir a la posibilidad de que una razón más grande que yo me busque y me pregunte «¿quién eres tú?» «¿Qué quieres ser?» Y por eso Ratzinger dice que la relación entre el hombre y Dios es un dia-logo, diálogo, en donde el logos del hombre y el logos de Dios entran en relación. Diálogo significa que dos seres racionales se interpelan mutuamente, se van conociendo y construyen una amistad. Muchos de ustedes comparten experiencias católicas de distinto tipo y saben que el catecismo nos enseña que la fe es una certeza de la razón ante una verdad revelada más grande que nosotros. Pero al mismo tiempo a Ratzinger le gustaba otra definición, no muy catequética que digamos, pero sí muy descriptiva del tipo de relación que se establece en el ámbito de la fe. Él decía que la fe es esa clase de amistad a la que hemos sido confiados. Esta pequeñísima definición presupone que la relación que llamamos fe no es la relación de mi mente con la Enciclopedia Británica, o con no sé qué hipnosis ilustrada, llena de silogismos y fórmulas matemáticas, no. Es la relación de mi razón pequeñita, a la que le gustan las matemáticas y los razonamientos, con una Razón con mayúscula, que se identifica con el amor. El secreto más profundo de la razón que descubro en el acto de fe, de la experiencia de fe, es que con mi propia cabeza, con mi razón, descubro que alguien me está amando, que a alguien le importa mi vida, y que ese alguien no es una mera metáfora, sino alguien presente en la experiencia. Si yo no descubro esto experiencialmente, por supuesto que la fe me suena a embuste doctrinario, a teoría ideológica, a construcción artificial, a proyección de la subjetividad humana —como decía Feuerbach—, o alguna cosa por el estilo.

Voy a explicar esto mismo de otra manera, porque es muy importante entenderlo. Las ciencias empírico-descriptivas como la física, la sociología, la historia, todas son ciencias descriptivas, van describiendo cómo ocurren los hechos en la naturaleza. Explican el cómo. Un grueso tratado de biología describe los procesos: cómo nacen las cosas, cómo se desarrollan, cómo mueren. Igual la astronomía: cómo nace una estrella, como se transforma la energía. Ese es el horizonte de las ciencias. Pero ni la suma de todos los cómos sustituye el más modesto de los por qués, ni la suma de todos los cómos que puede proveer, no solamente esta o aquella ciencia, sino todas las ciencias, sustituye al más modesto de los por qués. Es decir, el sentido último de las cosas del mundo, de las estrellas, de la biología, de tu vida y de la mía no la proveen la biología, la medicina, la economía, la sociología, la política. Lo que tú y yo somos, el misterio de nuestra vida, que a veces nosotros mismos no entendemos, solo se esclarece a la luz de un logos, es decir de una verdad que se hace carne y que entra en la historia y me dice a mí quién soy porque me comprende más a mí que yo mismo. Aquellos de ustedes que ya han estudiado algo de nuestra fe, seguramente identifican esta expresión: Dios es más íntimo a mí que yo mismo. El autor es san Agustín. Es decir, que a Dios no lo encuentro en no sé qué paraíso más allá, sino lo encuentro aquí. Es contemporáneo mío y lo encuentro cuando asumo con toda seriedad mi condición humana, no cuando me fugo de ella, sino cuando asumo las preguntas más profundas de mi corazón y descubro que el único que les puede dar respuesta ya está de alguna manera presente en mi vida, dándome mi consistencia y mi definición más fundamental.Cuando descubrimos que la fe es la certeza de una presencia en nuestra vida, la razón humana empieza a abrir más los ojos. Voy a poner un ejemplo. Es una analogía imperfecta, pero tal vez ayude. Es como cuando nos enamoramos. Conocemos a muchas personas atractivas, pero de repente una mirada nos cautiva y decimos: «esta es la mujer de mi vida». Estos ojos, no cualesquiera ojos, sino estos ojos, son los que han conquistado mi corazón, y de repente notamos que una realidad en blanco y negro la empezamos a ver en colores. Hay aspectos de la realidad que empiezan a destacarse y aun cosas sumamente sencillas, como una pequeña nota en un papelito, o una pequeña flor, adquieren un significado enorme si acontecen en la atmosfera de esta nueva relación que ha conmovido mi vida. Cuando entendemos esto en el plano del amor humano podemos, entender el meollo de la experiencia de la fe. La fe es un método de conocimiento porque amplifica la capacidad de la razón para observar la realidad capturando su significado último. El significado último de la realidad no lo da la ciencia, y lo dice alguien que se dedica fundamentalmente a la investigación científica. El significado último de la realidad no lo provee toda nuestra investigación científica, utilizando la física, la sociología, la economía, etcétera.

La fe me da certezas que desbordan las verdades —también verdaderas— de las ciencias puramente empírico-descriptivas. La fe me da una sabiduría, un enfoque, una mirada sobre la realidad que desborda la mera descripción, que está en el reino del sentido, de lo profundo, del significado último de la verdad más fundamental que espera mi corazón y que no es simplemente una descripción empírico-descriptiva. Cuando yo le digo a mi mejor amigo que estoy enamorado, si me describe todos los procesos neurológicos y fisiológicos del amor humano, pues yo me quedo como si tal cosa. Pues sí, estoy enamorado, no me entiendo muy bien, pero lo que espero de ti como amigo no es que me digas cómo tal glándula está operando en este momento, sino que me ayudes con tu experiencia humana a entender de dónde brota esto que estoy viviendo en mi corazón. Este pobre ser miserable que soy yo de repente empieza a experimentar un contacto con lo eterno, con lo valioso, con lo bello de la vida, a través del encuentro con una persona que me ha fascinado. Esa explicación, si se lleva a sus últimas consecuencias, encontrará su misterio y su significado más profundo en que alguien nos ha amado primero. Antes que yo me enamore de la chica o la chica se enamore de mí hay un amor más grande que nos abraza y nos sostiene y que explica hasta el milagro de un encuentro, de un encuentro que no estaba planeado y que de repente me sorprende en la vida.

Perdón por comenzar así. Esto ameritaría obviamente reflexiones más amplias, pero es clave porque vamos a entrar en cuestiones sociales, económicas y políticas muy importantes y es fácil creer que entonces todo el discurso es meramente sociopolítico, y no es así. Lo importante es tratar de entender qué pide Dios, cuál es el sentido último del drama que está viviendo América Latina en los últimos años, porque es importante entender que si en algo la Iglesia ha madurado en materia de diagnóstico, es que no vivimos en una época de cambios sino en un verdadero cambio de época, que exige un esclarecimiento radical y ese esclarecimiento radical se logra cuando miramos el cambio de época a la luz de la fe.

Primer ingrediente de nuestro argumento: lo que hoy sucede en América Latina se inscribe en un cambio global más amplio y profundo que lo que sucede en América Latina. Lo podemos decir igual de Cuba. Por su naturaleza insular, los que viven en Cuba creen que lo que sucede en Cuba es cubano y nada más que cubano: «Cuba es muy especial, muy extraña, somos sui generis». Todos los cubanos dicen cosas de este tipo. Y es verdad que hay cosas muy raras y muy peculiares aquí, pero hasta las más raras y peculiares están conectadas con un gran contexto. Una de las corrientes más prometedoras y potentes en el psicoanálisis, en la psicología contemporánea, en la sociología, en la filosofía, en la biología, es la teoría de sistemas. No nos vamos a meter en escuelas y en modalidades, sino simplemente: ¿cuál es la afirmación fundamental para entender la teoría de sistemas? Que todo está conectado, que hay una mutua implicación de las partes en la constitución del todo, que el todo es mayor que la suma de las partes. Si han estudiado a Aristóteles, este tipo de afirmaciones pueden sonarles conocidas, porque Aristóteles es realmente el padre de la teoría de sistemas: él fue el que afirmó por primera vez que el todo es mayor que las partes. Hoy, más allá de autores y de corrientes, el punto es mirar que es lógico que el universo entero está conectado de muy diversas maneras, no solo gravitacionalmente, no solo por las cuatro fuerzas del universo, sino porque todo tiene relación con todo. Y hoy hasta los procesos humanos y sociales que pueden darse en Cuba y en América Latina están conectados y se explican mirando el todo.

Mirando el todo vemos múltiples cosas que han estado sucediendo a nivel global y que afectan nuestra propia posición modesta en el universo. Hay un cambio profundo, no en esta o en aquella tecnología, no en este o en aquel lenguaje, sino en el paradigma global que explica y le da la certeza a las personas y los pueblos. En otras palabras, cuando hablamos de cambio de época lo que queremos decir es que las certezas acríticamente acogidas por cada uno de nosotros, y que nos dan seguridad en la vida, se están modificando. ¿A qué me refiero con certezas acríticamente acogidas? Voy a poner un ejemplo absolutamente banal: el color verde del semáforo significa siga adelante, camine, y el color rojo significa deténgase, peligro, cuidado. Es algo que aceptamos acríticamente y que le da seguridad a nuestra vida. Nadie se pone a cuestionar por qué el verde significa camine y el rojo significa deténgase. Nadie se pone a cuestionar eso y, gracias a que nadie lo cuestiona, no morimos atropellados. Es muy útil tener un paquete de certezas de esa naturaleza en la cabeza. A los científicos nos corresponde examinar eso críticamente y al examinarlo nos damos cuenta de que es sano, es bueno, es útil funcionalmente en la sociedad que haya ciertas certezas que nos permiten maniobrar en el mundo. La modernidad racionalista nos ha ofrecido un paquete de certezas muy fuertes, tanto por la derecha como por la izquierda, derechos del lenguaje que no han existido desde siempre, han nacido en el seno de la modernidad ilustrada. Fue la Ilustración la que generó, por ejemplo, la clasificación de derechas e izquierdas, de conservadores y liberales y cosas parecidas. Las certezas que ampararon esa cosmovisión hoy se están revisando críticamente, no solo a nivel académico por parte de algún gran profesor, sino que el lugar principal de revisión de esas certezas es aquí abajo, en el lugar que los filósofos llaman levens, que es un término pedante para referirse al mundo vital, el mundo ordinario de todos los días.

Aquí abajo, donde tú y yo estamos instalados, es el escenario en donde realmente el paradigma se está revisando. ¿Por quién? ¿Quiénes son los autores de este nuevo paradigma, de esta revisión? ¿Los grandes intelectuales? No. Las nuevas generaciones. Cualquier joven normal en América Latina nacido después del 68, más aún si nació después del 78, del 88 o del 98. Me explico: cuanto más joven, más dramático se es; más claro y más evidente: las complicaciones ilustradas no le convencen. De derecha, de izquierda, de centro, o lo que sea. Porque los racionalismos se han agotado, han prometido todo y no han cumplido nada y entonces un joven normal, sin necesidad de andar estudiando cosas raras, simplemente abriendo los ojos, descubre con gran sorpresa que las grandes explicaciones teóricas no logran abarcar el drama puntual que hoy yo estoy viviendo. En otras palabras, un joven normal descubre que la realidad tiene primacía sobre la idea y que las ideas pueden ser útiles, pero que son siempre torpes aproximaciones a lo real. Lo real siempre es más grande que lo que yo entiendo de lo real, lo real siempre desborda y sorprende más. Y es justamente esta mirada la que hoy nos permite decir algo muy fuerte: todo está conectado y las certezas que antes explicaban el mundo hoy se están revisando. ¿Por quién? Por las nuevas generaciones. Por eso, si quiero ver por dónde está caminando el mundo y entrar en contacto con la realidad, no hay nada mejor que hablar con un joven, con mi hijo, con el joven seminarista. Aquí hay sacerdotes que seguramente son profesores importantes del Seminario y, oh, sorpresa, la brecha generacional entre padres e hijos, entre rector y seminaristas, que siempre hay, es hoy más grande que nunca. Porque aunque haya poca distancia entre hijos y padres el cambio de paradigma es muy fuerte.

Yo fui educado todavía en el mundo racionalista de derechas, izquierdas, buenos, malos, blancos, negros, y cuando mi hijo y mi hija me oyen hablar me dicen: «¡Ay, papá, tú y tus problemas absolutamente racionalistas, conceptuales; te gusta la filosofía, pero la vida real, no es como tú hablas, papá!». Una manera muy bonita, muy útil, muy pedagógica, muy educativa, es entender que la sensibilidad —como dicen algunos filósofos y sociólogos, la nueva sensibilidad—, emergente en los más jóvenes, es método pedagógico para entender lo real, es camino educativo. Tenemos que aprender a entender qué está pasando ahí, por qué hoy hay unos acentos nuevos en los modos de procesar la realidad por parte de los jóvenes, que a mí mismo me cuesta trabajo entender. Yo quiero forzar la realidad para que encaje con lo que yo entendí de ella en los años 70 y 80, por amor de Dios. Es decir, soy un retrógrado absoluto; yo nací antes del 68 y eso significa que soy un viejecito que no entiende el mundo, entender que no entiendo ya es un avance, pero normalmente las personitas que nacimos antes del 68 nos cuesta trabajo entender que las ideologías racionalistas de derecha o de izquierda no responden a lo real, que lo real hoy está demandando ser interpretado a la luz de un significado más radical que el que proveían las ideologías.

El Concilio Vaticano II justamente empezó a denunciar esto. En los primeros renglones de la Constitución Apostólica Gaudium et Spes se reconoce que el mundo está teniendo un proceso acelerado de cambio, pero que ese cambio no es meramente de transporte, por los aviones, por las telecomunicaciones. No, no, no, dice el Concilio Vaticano II, y acuérdense que el Concilio Vaticano II terminó a mediados de los años 60, y la Iglesia, mirando más allá de la coyuntura, logró ver el proceso y ver cosas que las ideologías a mediados de los años 60 no veían; nadie decía esto a mediados de los años 60. Los análisis convencionales de la derecha y de la izquierda expresaban la naturaleza del mundo en otros términos. Era la Guerra Fría y no importaba la ideología que tuvieran. Miren cómo era el discurso a mediados de los años 60, cómo se interpretaba el mundo, y vean cómo lo interpretaba la Iglesia. La Iglesia decía a mediados de los años 60: el género humano se halla en un período nuevo de su historia caracterizado por cambios profundos y acelerados que progresivamente se extienden al universo entero. Y los provoca el hombre con su inteligencia y su dinamismo creador, pero recaen luego sobre el hombre, sobre sus juicios y deseos individuales y colectivos, sobre sus modos de pensar y sobre su comportamiento con las realidades y los hombres con quienes conviven. Tan es así que se puede ya hablar de una verdadera metamorfosis social y cultural que redunda también en la vida religiosa. ¿Cuál es el plus de este análisis? ¿Cuál es la fuerza de su novedad? Que la Iglesia no trata de interpretar el mundo en clave ideológico-política, cosa que estaba muy de moda en los años 60. Todos los que nos quedamos atorados en los años 60, todos los viejecitos mentales de hoy, como su servidor, nos cuesta trabajo entender este texto. Y la Iglesia trata de rebasar el esquema de las ideologías, es decir, el problema no es que exista derecha o izquierda, el problema es más profundo, el problema es que la cultura misma está lastrada, la matriz cultural que ha generado tanto la izquierda como la derecha tiene un error de raíz, de fondo, eso es lo que hay que revisar. El drama radica principalmente en una metamorfosis social y cultural.

En el año 99 los Obispos mexicanos, inspirados en el texto del Concilio Vaticano II, una Carta Pastoral muy importante porque ayudó a la transición política de México, dijeron: estamos no en una mera época de cambios sino en un verdadero cambio de época cuya naturaleza es cultural. La Carta fue publicada en el año 2000. En el 2003 los Obispos latinoamericanos recogieron ese análisis con las mismas palabras, prácticamente copiaron y pegaron y lo expusieron en un documento que no fue oficial, pero que fue muy importante y se distribuyó por toda América Latina, que se llama «Globalización y nueva evangelización. Perspectivas desde el CELAM». Como se publicó en color rojo le llamábamos «el libro rojo del CELAM». Era un gran diagnóstico sobre los desafíos de la globalización y el cambio de época en el año 2003 y sirvió para estabilizar ciertos diagnósticos, cierto lenguaje en el Episcopado Latinoamericano. Y resultó muy útil para que en el año 2007, en Aparecida, un modesto Obispo, que por cierto ama profundamente a Cuba y ha estado en esta casa muchas veces y en aquel entonces era un Obispo perfectamente desconocido, llamado Carlos Aguiar, tomara la palabra le dijera a los señores Obispos: «Ya basta de tratar de interpretar la realidad social y hasta eclesial en términos conservadores y liberales, de derechas y de izquierdas, de progresistas y tradicionalistas. Eso lo único que está haciendo es desgarrarnos porque el pensamiento ilustrado desgarra la realidad en extremos maximalistas donde los buenos siempre combaten a los malos y cada quien define quiénes son los unos y los otros». Y entonces fue cuando Carlos Aguiar citó un pequeño librito que se llama En torno a Galileo, de José Ortega y Gasset, donde dice: Detrás de estas contiendas y de estas dificultades que hemos vivido durante la Guerra Fría lo que existe es un problema de origen, el problema no es ideológico-político, el problema es cultural, estamos en un cambio de época cuya naturaleza es de orden cultural.

Hubo algunas personas que inmediatamente reaccionaron, incluso un Cardenal de la Secretaría de Estado que se hallaba presente en la sesión dijo: «No, no, usted está invitando a que la Iglesia entre a la era de Acuario, quién sabe qué cosa extraña está diciendo con esto». Y trataba de mantener el señor Cardenal la idea de que la Iglesia tiene que entrar también en una especie de combate. Todavía modelos ilustrados de derechas contra izquierdas y cosas por el estilo. Y el Obispo de Texcoco le dice: «Con todo respeto, Eminencia, pero no es así y no es porque yo lo diga sino porque la realidad misma nos lo dice. Hay una nueva cosa emergiendo que no sabemos muy bien todavía qué es y que se detecta en los más jóvenes, nuevos lenguajes, nuevos signos, nuevas consignas, nuevas cosas que movilizan la vida. Los jóvenes de hoy no son apáticos, lo que pasa es que los adultos no logramos mostrarles razones para el compromiso, para el riesgo, para el cambio, para la transformación; el problema no es de los jóvenes, el problema es de nosotros, los adultos, que todavía estamos anclados en la ideología que está en proceso de morir, sea de derecha o de izquierda por igual. No logramos convocar a la vida de los jóvenes a un nuevo compromiso». Eso dijo el Obispo de Texcoco en aquel famoso discurso en Aparecida.

Por eso la Iglesia es hoy más necesaria que nunca porque es la única entidad que puede convocar no creando enredos ideológicos, que eso ya quedó en los discursos de la Guerra Fría, sino reproponiendo el encuentro con Jesucristo. Solo la belleza de Jesucristo atrae más allá de la belleza de la sociedad de bienestar, de la seducción de las ideologías. Solo hay algo que puede rebasar el gran espejismo de las ideologías y de su atractivo, entre comillas, que es encontrar una experiencia empírica y concreta que resuelva realmente el drama de mi vida. Y eso no lo ofrece la ideología, eso solo lo ofrece la experiencia que llamamos cristianismo. Ese discurso de Carlos Aguiar fue muy importante y quedó recogido en Aparecida en varios de los diagnósticos, por ejemplo en el número 44, en donde aparece ya a nivel de magisterio latinoamericano la expresión cambio de época y que en Evangelii Gaudium la veremos también en el magisterio pontificio.

El papa Francisco nos dice: hay que ser fieles a Jesucristo, y eso implica amar profundamente todo lo humano, al ser humano en su drama, y el drama, principal del ser humano no es político. Sí hay dramas políticos, pero el más profundo no es de orden político, el drama del ser humano no se explica en términos de poder, se explica en términos religiosos y culturales, es un problema de sentido de la vida, de significado último de la realidad. Desde la fe, con esta certeza y con esta aproximación sobre el cambio de época, si miramos lo que está sucediendo en América Latina nos sentiremos interpelados. Hay algo nuevo que está emergiendo por todos lados.

Las fotografías de un puente internacional entre Guatemala y México donde ahí hay un millón de personas intentando entrar a México son elocuentes. No son 20, no son 30, no son 50, no son 100 000. Y esto se da no crean que en un día, sino en muchos momentos a lo largo del año. Hay procesos migratorios inéditos que en el fondo muestran no solamente la búsqueda de mejores condiciones de vida porque en los países como Guatemala, como Honduras, hay importantes dosis de violencia, ha habido represión, la gente no tiene con qué vivir y entonces se arriesga a dejarlo todo apostando por una esperanza que ojalá algún día llegue cruzando la frontera. No solo es eso, sino que en el fondo la energía que está detrás de todo esto es que ni por un lado ni por el otro hay respuesta, que todos los políticos que han prometido un futuro mejor terminan defraudándolos, todos. Vean la historia de Guatemala, la de Nicaragua, la de Honduras, en donde por un lado o por el otro hay continuos desengaños y tristezas. Hasta que un día el ser humano se moviliza al grado de dejarlo todo, casa, familia, todo, y salir a buscar algo nuevo. Hacen el último esfuerzo y para muchos el último esfuerzo es migrar. Son migraciones reales, empíricas, que no tienen su explicación más profunda en los procesos migratorios ordinarios, sino en el desencanto terrible y dramático en el que pueblos enteros de América Latina están hoy sumidos. La necesidad de migrar no brota simplemente del deseo de hacer turismo, de conocer Disneylandia. No, no va por ahí, radica en la desesperación de muchas personas y comunidades que no encuentran mayor horizonte para sus vidas en su propio territorio y siguen una exigencia del corazón de que debe de haber algo más.

Hoy estamos viviendo un cambio muy profundo y este es un ejemplo empírico, no el único, pero que es muy elocuente. Hay procesos migratorios monumentales que se están disparando, por ejemplo, en Centroamérica. ¿Cuál es el significado último de la migración? La hipótesis cristiana es que el hombre en el fondo está buscando una patria definitiva, un lugar donde vivir y morir, un lugar en donde todo adquiera sentido, una mayor esperanza, Aun en aquellos que no lo confiesan, en el fondo el migrar siempre ha sido, y ustedes pueden ver a los padres de la Iglesia en su literatura y en su teología como ejemplo, la búsqueda a veces hasta inconsciente del verdadero Dios por quien se vive. Es decir, de un lugar donde realmente reposar la cabeza. Aquí hay algo más allá que un mero fenómeno de movilidad humana, que tiene esa dimensión, por supuesto, pero no se agota en ella.

América Latina está viviendo cambios muy profundos desde una identidad particular; no son cambios que se presentan en medio de un vacío sino desde una historia particular que ha nacido de una manera especialísima. Fíjense que la presencia europea, no solo en América sino en muchas otras partes del mundo, siempre significó conquista, destrucción y avasallamiento, salvo en el caso de América Latina, donde hubo conquista, donde hubo mucha destrucción, pero donde apareció un ingrediente novedoso que generó algo rarísimo sociológicamente hablando, el mestizaje, no solo étnico sino cultural, lingüístico. Cuando uno visita México, Cuba, Argentina, Chile, uno encuentra distintos acentos, distintas costumbres culinarias, pero no encuentra el mundo indígena solamente, ni el mundo español solamente, sino que encuentra una mezcla, una fusión, una hibridación sui géneris, un pueblo con sus distintas modalidades. Si yo como mexicano viajo a la Patagonia me llama la atención el acento que tienen los argentinos, pero los reconozco como mis hermanos porque formamos parte de una misma gran familia. Y el cubano viaja a México y dice: pues sí, México es bonito, qué bonita es la comida, y encuentra una fraternidad, una hermandad elemental. Los pueblos latinoamericanos, no a nivel de fe sino a nivel sociológico, logramos caminar juntos y generar mestizaje, hermandad, familias, comunidades y una cultura nueva que genéricamente llamamos barroca. Al decir barroco no solamente me refiero a cierto estilo arquitectónico, el de ciertas iglesias o a algunas pinturas en lugares muy precisos de América Latina, sino barroco en sentido amplio, el de la cultura española que acogió diversas culturas indígenas. La cultura hispano-lusitana, si me permiten también incluir a los portugueses, acogió distintas comunidades autóctonas de muy diversa naturaleza en todo el continente. Así más o menos surgió una nueva gran experiencia cultural que es distinta a la europea, distinta a la indígena y, por supuesto, muy distinta a la anglosajona. A ese fenómeno cultural se le denomina nación.

La palabra nación no es una realidad política, es principalmente un fenómeno cultural que se construye a través del lenguaje, del estilo de vida, de la fiesta popular, de la manera de amar, de la manera de vivir, de la manera de morir. En América Latina amamos, vivimos, reímos, gozamos y festejamos de manera muy latinoamericana. Somos así y cuando viajamos a otras regiones nos dicen: «ah, tú eres latinoamericano». Puedes ser guatemalteco, puedes ser hondureño, mexicano, argentino o cubano, pero nos detectan porque hay algo peculiar en nosotros, somos parte de una realidad cultural sui géneris, somos parte de un pueblo, de una historia, de una tradición, con hibridaciones, con modalidades, pero con ethos. Hay un paquete de valores constitutivos de la gran nación latinoamericana con sus tradiciones, sus peripecias, sus aventuras históricas, sus divisiones políticas. Los Estados son construcciones políticas que intentan delimitar la identidad cultural de los pueblos, acogerla, representarla políticamente, pero que hay una cuestión importante que nos enseña la Doctrina Social de la Iglesia, la soberanía cultural de las naciones siempre tiene primacías sobre la soberanía política de los Estados. Un Estado se legitima si sirve a su nación, es decir si sirve a su cultura y a su idiosincrasia. Servir al pueblo significa servir a los verdaderos valores profundos del pueblo, a sus convicciones, a sus estilos de vida, sus acentos, sus matices, sus lenguajes.

En otras palabras, el Estado no es la nación, el Estado está al servicio de la nación, no hay que construir proyectos de nación sino proyectos al servicio de la nación. La nación no se inventa por parte del poder, se reconoce humildemente como un don que el poder recibe para custodiar, para promover, para desarrollar. Por eso es tan importante conocer la historia de nuestros países, la historia profunda, la historia del pueblo que camina, del pueblo que lucha, del pueblo que a veces fracasa y a veces triunfa, y aprender de todo ello para dar el siguiente paso histórico. La historia no queda congelada jamás en un cierto momento, sino que siempre se recibe como legado todo el pasado para dar un nuevo paso. Si el Estado se identificara con la nación, el Estado podría decir: aquí terminó la historia y ya no hay un nuevo paso. Esto que tenemos aquí es para siempre; pero como el Estado y la nación no se identifican sino el Estado está al servicio de la nación, la nación siempre podrá crear y recrear nuevos horizontes y habrá nuevos pasos que dar en la historia.

La Iglesia en América Latina vive esta situación de un cambio de época desde una identidad, desde una tradición, desde una historia muy peculiar como pueblos latinoamericanos. El sustrato católico latinoamericano existe; conocer Cuba es conocer sus pueblos, sus templos, sus tradiciones, su cosmovisión, su lenguaje. Los referentes para entender a un pueblo justamente nacen de este sustrato cultural que se expresa en poesía, en literatura, en arquitectura. Cuando tú vas a conocer a un país ¿qué es lo primero que te enseñan? A cualquier país del mundo al que vayas salvo a Estados Unidos. ¿Qué es lo primero que te enseñan? En Francia, en Italia, en Brasil, en Argentina, en Colombia, en Ecuador, te llevan al centro para que conozcas su centro histórico y al templo y te enseñan los santos. Aunque ni el guía de turismo ni tú sean muy creyentes. No importa, pero allí nos ponemos en contacto con la entraña profunda del pueblo.

¿De qué depende que el siguiente paso histórico, el cambio de época, sea exitoso? Porque ningún proceso social tiene su destino asegurado, puede ser exitoso o puede ser un fracaso, depende de tres aspectos: de la memoria, la transmisión intergeneracional y el descubrir que tenemos un destino común. Es decir, en la medida en que tú y yo descubrimos que somos herederos de un gran pasado y nos empezamos a enamorar de él. No digo que todos, pero muchos cubanos aman su historia, aman su poesía, sus grandes acontecimientos históricos, saben que eso es importante. En la medida en que hay fidelidad a la historia profunda de un pueblo hay futuro. Los psicólogos lo saben muy bien: cuando una persona por alguna patología, alguna enfermedad, algún accidente, pierde conciencia de quién ha sido no logra entender quién es y mucho menos qué debe ser. Lo que he sido de alguna manera es la plataforma desde la cual me auto-interpreto en el presente y me puedo proyectar hacia el futuro. Esto que es válido para la psicología, la psicoterapia, es también muy importante para los pueblos: la memoria.

Segundo aspecto, es muy importante la transmisión intergeneracional, y ahí tenemos un desafío no solamente como pueblo latinoamericano, sino como Iglesia. Porque estamos viviendo en América Latina la primera generación de jóvenes que ya no reciben en automático y por ósmosis la fe cristiana. «Ah, en Cuba es distinto». Sí, yo sé que en Cuba es distinto, pero estamos hablando de América Latina en su conjunto. Hasta hace muy poco la fe cristiana se transmitía principalmente no por adoctrinamiento, sino por ósmosis, espontáneamente. El niño nacía en una familia cristiana e inmediatamente acogía un conjunto de certezas que construían su paradigma y muchas de ellas eran certezas de fe. Hoy está empezando a suceder que familias cristianas muy buenas, integradas, valiosas, que hacen oraciones, y sus hijos de repente ya no heredan en automático esa misma experiencia. Entonces hay aquí un desafío que la Iglesia tiene que enfrentar. En Aparecida este fue uno de los temas más importantes de discusión. ¿Qué está pasando en materia de transmisión intergeneracional de valores y particularmente de la experiencia de fe? Hubo muchas discusiones, no las voy a repetir aquí todas, simplemente señalo el punto crucial.

¿Cuál es el problema por el que se está dificultando la transmisión intergeneracional? Porque muchos católicos de repente confundimos la experiencia de la fe con la ética. Creemos que ser católicos es ser gente muy correcta, gente de valores y entonces la hiper moralización de la experiencia de la fe sustituye a la fe. Ni todos los valores juntos, aun los más correctos, salvan. El kerigma no son los valores, el kerigma no es la ley natural, el kerigma no es la moral cristiana, lo que ayuda realmente a comunicar la fe no es tanto que yo le recete a mi hijo, a mi hija, un conjunto de mandamientos y de normas morales para ser una personita correcta. Es más, si lo hago le va a repugnar y me va a retar y me va a desafiar. La única manera posible de proponer la fe es abrazando, acogiendo, mostrando no tanto con palabras, sino con mi abrazo, que hay un amor grande que perdura y que ni siquiera viene de mi corazón generoso. Porque viene de más arriba y atraviesa mi miseria, mi incoherencia de padre que a lo mejor he traicionado tantas veces lo que mi hijo espera de mí. En el momento en que abrazo a mi hijo o a mi hija, a través de ese abrazo le digo: a pesar de que yo soy un traidor alguien nos perdona y nos ama a los dos y no estamos solos en esta vida. Eso lo que genera es transmisión intergeneracional de la fe. Como cuando mi hijo empíricamente descubre que su vida no es un absurdo porque su padre lo quiere. A esta experiencia la Iglesia le llama iglesia doméstica, esta experiencia de abrazo se le llama familia, la familia cristiana no es la familia perfecta que no peca sino la familia imperfecta que a pesar de sus múltiples traiciones y algunas muy gordas y muy feas, sabe, sin embargo, que el perdón de Dios siempre se ofrece y siempre hay posibilidad de rehacer la vida. Se los dice alguien muy traidor, yo soy un miserable traidor, pero el cristiano no da testimonio de su coherencia sino de haber sido perdonado. Y eso es lo que repropone la fe a la siguiente generación, esa experiencia.

Tercer aspecto: cosa para que nuestra identidad cultural como naciones latinoamericanas subsista no basta la memoria, no basta reproponer las razones profundas de la fe y de los valores que caracterizan al pueblo latinoamericano sino descubrir que estamos llamados a un destino común. Y este es un tema que se nos ha desdibujado, sobre todo desde mediados del siglo xx. Hubo grandes hombres, aquí en Cuba tuvieron a Félix Varela y a José Martí, por ejemplo, que no simplemente amaban su pasado sino que llamaban a cierta vocación. Así como las personas tienen vo cación, los pueblos están llamados a descubrir su voca ción. Y en distintos países, en México, en Chile, en Argentina, hubo hombres a principios del siglo xx y antes que veían en la historia peculiarísima de nuestros pueblos un llamado no meramente sociopolítico para ser de cierto modo y cumplir un cierto papel en el concierto de las naciones. Sin embargo, la Ilustración se encargó de sustituir la vocación por la utopía. No es lo mismo construir una utopía y luchar por ella que descubrir una vocación, que es un don que yo tengo que descubrir en su misterio y que en el fondo yo no invento, sino que descubro como un llamado a mi persona o a mi pueblo. Ahora vamos a volver a este tema, que es muy sutil y está muy olvidado en el pensamiento latinoamericano, pero que la Iglesia está tratando, con cierta dificultad, de recuperar. Los pueblos latinoamericanos estamos llamados a algo en la historia de la Iglesia y de las naciones. Por eso es que hoy la Iglesia a través de Aparecida, a través del papa Francisco, de Evangelii Gaudium y con todo lo que ha ocurrido en los últimos tiempos está tratando de dar un importante paso. Apoyados en la historia y tratando de difundirla lo más posible para que no caigamos en la desmemoria; buscando superar los problemas de transmisión intergeneracional de la fe e insistiendo a tiempo y a destiempo en la fe. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o por una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una persona. Esta expresión que tantas veces repite el Papa en el fondo brota de la pasión con la que se diagnosticó la realidad latinoamericana en Aparecida y la pasión de redescubrir la potencia del Evangelio, que no es una doctrina, que no es una teoría, sino una persona, una persona empírica, histórica, no solo del pasado, sino que acontece en el presente a través de la carne concreta del pueblo que lo acoge, es decir a través de la Iglesia.

¿Cuáles son los lugares en donde más claramente podemos descubrir que esto no es un embrollo? «Ay, hablaste muy bonito, pero ¿no será esto simple especulación?» El papa Francisco en un histórico discurso que dio el 4 de marzo de este año, que fue muy importante, sobre todo para los católicos que sabemos que tenemos que emprender responsabilidades políticas, preguntó: ¿cuáles son los sectores más emblemáticos, los lugares donde más claramente aparece el desafío que hoy tenemos y la fuerza para superar el desafío? ¿Dónde está el secreto? No a nivel doctrinal o teorético sino empírico, sociológico, que se pueda tocar con las manos. ¿Dónde puedo yo tocar el cambio de época y las energías para que este cambio de época tenga una dirección afortunada y no desafortunada? Preguntó el Papa: ¿cuáles son los sectores más emblemáticos o significativos en el cambio de época latinoamericano? En mi opinión, son tres a través de los cuales es posible reactivar las energías sociales de nuestra región para que sea fiel a su identidad y al mismo tiempo para que construya un proyecto de futuro: las mujeres, los jóvenes y los más pobres. Las mujeres, los jóvenes y los pobres son por diversas razones lugares de encuentros privilegiados con la nueva sensibilidad cultural emergente y con Jesucristo. Ellos son protagonistas del cambio de época y sujetos, no objetos, sujetos de esperanza verdadera. ¿Por qué estos tres sectores y no otros?

Empecemos por el tema de los jóvenes porque los viejitos, como este servidor, somos patéticos y siempre creemos ser dueños de la verdad, somos insoportablemente dogmáticos. Porque fuimos educados así: blanco, negro, bien, mal, derecha, izquierda, conservador, liberal, y no salimos de nuestra cantaleta y no superamos la ideología. Fuimos educados en la ideología y ahí estamos y ahí nos sentimos confortables, aunque el mundo cambie. Y si el mundo no es como yo lo pienso, peor para la realidad. Así decimos los viejecitos aquí presentes, y eso es gravísimo. ¿Dónde está la esperanza de que no siga esto, el predominio de la ideología sobre la realidad? Pues en los más jóvenes, no tanto porque han sido adoctrinados en nuevas ideas, sino porque los más jóvenes sí son fieles justamente a lo que hay en su corazón. Advierten, aunque no usen palabras sofisticadas de gran filósofo, que la realidad tiene primacía sobre la idea, que jamás las ideologías redimen, que solamente algo que responde a la vida real del joven real es verdadero. Hasta yo mismo estoy diciendo esto con el lenguaje de un viejecito. Prueben entrevistar a un joven para que descubran que hay esperanza, que hay futuro, que hay otra manera de entender el mundo. Y un joven auténtico no se satisface con una respuesta penúltima, intermedia, parcial. Un joven espera una respuesta total a su vida, a la verdad, al amor, a la justicia, y si no se la damos dice: «Eso que tú haces, como tú vives, no es verdadero». Por eso en los jóvenes está el cambio de época cuando vemos su lenguaje, sus aptitudes. Vemos entonces algo bien distinto, diverso, donde al mismo tiempo están las energías para redescubrir el futuro y, en clave cristiana, para redescubrir a Cristo. A mi corazón cansado de viejecito prehistórico se le dificulta encontrar a Cristo porque meto ideología, ideología, ideología, siempre, entre mi vida y la experiencia que ofrece Jesús. Pero el joven desencantado de las ideologías, desengañado de los lentes con los que sus mayores le enseñaron a ver el mundo, si encuentra a Cristo puede adherirse a él de una manera mucho más nítida y transparente que yo.

Ahora paso a las mujeres. Más que nunca antes, hoy tenemos datos empíricos extraordinarios para entender que ser persona es ser varón o ser mujer. Y que hay no solamente una diversificación somática sino una diversificación psíquica peculiarísima entre ambos seres racionales miembros de la especie humana. Pero la racionalidad se ejerce de manera distinta en el caso masculino y en el femenino. Ustedes pueden ver todos los estudios de neurología diferencial y cómo hay estructuras y funciones cerebrales diversificadas. No solo diferencias genéticas sino también estructuras y funciones cerebrales diversificadas. ¿Por qué es importante ser consciente del plus del rostro femenino del ser humano? Porque el rostro femenino del ser humano, y lo voy a decir de manera didáctica y un poco rápida, es capaz, mejor que el masculino, mejor que la sensibilidad masculina, de captar las totalidades. En otras palabras: los varones vemos fragmentos, pedacitos, entramos en relación con una persona y vemos un pedacito de ella, solo un pedacito. Vemos un problema y nos gusta partirlo en pedacitos, le regalamos un coche a un niño y lo destroza, un radio y lo desarma y luego cuando lo vuelve a armar le sobran piezas. Así somos los varones. A los varones nos gusta analizar, partir, fragmentar, mientras que una mujer te ve y te radiografía en un instante. Esto algunos le han llamado intuición y algunos creen que la intuición es como un sentimiento, como un filin. No; es una capacidad irracional de captar totalidades, gestalt, totalidades. El varón puede tener un problema en su matrimonio, en su familia, gravísimo; pero va a trabajar y se le olvida y solo por la noche, cuando regresa a su casa, se acuerda del problema.

Una mujer no se puede separar de la realidad y vive en gran unidad todo el drama de la vida. Estas diferencias permiten entender por qué la mujer hoy ofrece, simplemente por su sensibilidad femenina, una vía pedagógica para recuperar más cabalmente lo real de lo real. El genio femenino en buena medida es método para recuperar lo real de lo real. La totalidad. Ninguna mujer cree en enredos ideológicos. Cuando se sincera sabe que la totalidad es pluridimensional, que es holística, que no se puede fragmentar, que todo está relacionado. Las mujeres entienden eso mejor que los varones. Los varones cuando decimos: todo está relacionado nos quedamos como desconcertados. A una mujer le es natural relacionar todo: tú dijiste hace cinco años tal cosa y esto se conecta con esta otra y con esta otra. Y esa es la sensibilidad femenina que hoy permite decodificar mejor el mundo. Reivindicar lo específico femenino, reivindicar el rostro femenino del humano, compensa las tendencias masculinizantes, déspotas y autoritarias en las que hemos vivido sumergidos durante milenios.

En buena medida la racionalidad, el racionalismo ilustrado, la racionalidad masculinizante, la racionalidad que exalta lo masculino como paradigma de lo humano, y lo femenino, en cambio vive la racionalidad de una manera mucho más integral y hoy necesita ser reivindicado para entender dónde hay esperanzas de solución.

Y en tercer lugar los pobres; muchas veces los pobres han sido objeto de conmiseración asistencial en algunos grupillos asistenciales y hasta cristianos. Pero cuando los cristianos hablamos de los pobres no hablamos de esa manera. Porque la Iglesia nos enseña, siguiendo el Evangelio, siguiendo a Jesucristo, que los pobres no son objeto de conmiseración, sino sujeto de evangelización. Los pobres nos evangelizan a través de su dolor, de su necesidad y de sus luchas por la justicia; así los cristianos aprendemos parte de la agenda cristiana que hoy necesitamos implementar. ¿Por qué? ¿Porque hemos hecho ciertos socio-análisis de cierto tipo y hemos descubierto que las clases oprimidas merecen una especial consideración? No, sino porque Dios mismo escogió hacerse pobre entre los pobres para enriquecernos con su pobreza y desde la pobreza. Ese fue el método de Dios, hacerse humilde y solidarizarse con los más pequeños, con los más humildes, los más marginados, para mostrar desde esa pequeñez la grandeza a la que puede aspirar lo humano. El todo se hace fragmento, lo grande se hace pequeño para hacer de lo más pequeño y de lo más humilde, lo más grande.

Voy a volver a repetir esto último porque es clave para entender mi vida y entender la vida de nuestros pueblos latinoamericanos. Los pueblos latinoamericanos son vistos con desprecio por muchos europeos, por muchos anglosajones, como si fuéramos el zoológico del mundo. Al papa Francisco en buena medida le ha tocado soportar ese desprecio allá en Roma. Pobre Papa estúpido, es latinoamericano. Porque así nos ven algunos, nos tratan como a una cosita. No estudió en Alemania. No conoce Disneylandia. ¿Cómo va a ser superior si no conoce Disneylandia? Si no sonríe con Mickey Mouse. El método de Dios, si ustedes se fijan en la vida de todos los santos y del mismo Jesucristo, es escoger lo más humilde, lo más incapaz, impotente, anulado, aplastado, para escandalizar al mundo. De ahí que Dios puede más que el poder de los Estados. Lo voy a repetir porque es bien importante: Dios escoge lo miserable y lo pequeño, sobre todo a aquel que dice: «es que yo no puedo, es que esto es más grande de lo que yo puedo, porque yo soy nada, soy tonto, soy débil, no tengo recursos, estoy solo». Dios los escoge para mostrar justamente que a través de la debilidad la fortaleza de Dios es eficiente en la historia. Siempre ha sido este el método. Dios no escoge a los importantes, ni a los poderosos, ni a los que tienen grandes armamentos militares; ese no es el método de Dios. Dios escoge lo más humilde de lo humilde.

¿Cuál es la situación en que vivimos hoy en materia política en América Latina? Lo voy a decir muy rápido: cuando salimos o intentamos al menos salir de la clave de viejecito, de derechas e izquierdas y cosas parecidas, descubrimos rápidamente que la política está mutando y su mutación es de orden cultural, no político. Hasta la política es un producto cultural y tiene que ser interpretada culturalmente para ser entendida, y cuando se interpreta así, ¡oh, sorpresa! Podemos decir hoy cabalmente y con seguridad que las democracias de un tipo o del otro no están logrando satisfacer. ¿Por qué? Porque las democracias pretendieron hacer una especie de aventura imposible, sostenerse a sí mismas, creer que los valores que la democracia genera la sostienen. En México vimos una serie muy viejecita, para poner un ejemplo prehistórico, que se llamaba La pantera Rosa. En uno de sus capítulos la pantera Rosa está aspirando su casa y de repente la aspiradora enloquece y devora el sillón, devora la lámpara, devora un cuadro. En un momento se come a la propia Pantera Rosa, pero el momento más importante de la caricatura es cuando la aspiradora se devora a sí misma y colapsa y desaparece. Parecía un dibujo animado para niños, pero en realidad es profundamente filosófico. ¿Por qué les recuerdo este dibujo? Porque eso le pasó a la democracia, que intentó construir los cimientos de sí misma y, ¡oh, sorpresa! Si yo intento ponerme de pie sin pararme en el piso, sino sosteniéndome a mí mismo, me desplomo. La democracia se desplomó y hoy estamos viendo cómo no resiste cuando una persona o un grupo antidemocrático ingresa al proceso democrático luchando por el poder. La democracia no es capaz de decir: alto, cuidado, sino que fácilmente la democracia sufre el arribo de personas antidemocráticas que terminan sacrificando al pueblo, aunque hayan triunfado democráticamente. Hoy vemos en toda América Latina, por la izquierda y por la derecha, el arribo de nuevas posiciones autoritarias por vía electoral.

Eso significa que la democracia es insuficiente para detectar cuándo hay alguien que atenta contra las mismas dinámicas democráticas. A esto hoy le llamamos populismo, y no es solamente el único rasgo del populismo, pero sí es uno de los más importantes. No es el populismo de antaño, el de Juan Domingo Perón. No, el populismo nuevo tiene como uno de sus rasgos más emblemáticos llegar democráticamente al poder con gran respaldo popular y desde el poder sacrificar al pueblo y someterlo y reprimirlo y aplastarlo. Vean en Brasil lo que está pasando: eso es populismo. «Oye, pero es en nombre de la libertad de empresa». Sí, en nombre de la libertad de empresa, pero se está lastimando al pueblo. «Oye, pero ganó democráticamente el señor Bolsonaro». Sí, ganó democráticamente, yo no lo cuestiono, pero vean lo que está haciendo con las propias instituciones democráticas: las está devorando. La única manera en que la democracia puede sobrevivir es reconociendo los fundamentos pre-políticos de la democracia. Esto, que puede sonar muy técnico, significa que los valores que realmente alimentan la democracia no los genera la democracia, los genera la familia, la escuela y las iglesias. En otras palabras, para que una democracia funcione se requiere confianza, libertad, solidaridad, respeto a la dignidad de todos, no solo de algunos que sí saben por dónde va la historia, de todos por igual. Esa confianza, esa solidaridad, no se construye desde la lógica del poder sino en el seno de la familia, en la escuela y principalmente al interior de la experiencia cristiana en sus distintas modalidades. Es decir, los fundamentos últimos de la democracia que la hacen posible no solo ética sino hasta pragmáticamente, para que funcione esta democracia, requiere de la vida, de los valores, de la sabia que proveen los cristianos. Hay fundamentos meta-políticos y trans-políticos de la democracia que sostienen a la democracia y sin ellos la democracia se colapsa como en el dibujo de La pantera Rosa.

Como ustedes saben, latino-barómetro es una institución que mide la calidad de las democracias de América Latina en muchos rubros, desde hace muchos años. Desde 1995 hasta 2019 se ha medido la situación de la democracia a través de una encuesta que se realiza más o menos con 2 000 entrevistados en 18 países de América Latina. Es realizada por las mejores encuestadoras de cada país y con una metodología rigurosísima se hacen preguntas sobre una gran cantidad de temas. Pero el objetivo es ver si las democracias están madurando o están involucionando y, ¡oh, sorpresa! Desde el año 2010, y pueden ver en el gráfico la flecha roja apuntando hacia arriba, la preferencia de los latinoamericanos por la democracia va disminuyendo porque las democracias que existen no cumplen lo que prometen y empiezan a aparecer generaciones de gente joven, sobre todo entre los más jóvenes, que simpatizan con los gobiernos autoritarios. Es curioso que a mayor edad, mayor aprecio por la democracia y a menor edad, mayor tendencia a favorecer gobiernos autoritarios. Eso es muy extraño, pero es un hecho empírico. Ahora no lo vamos a explicar, simplemente lo anotamos. Algo le está pasando a la democracia en América Latina que no logró cuajar. Las transiciones democráticas, que muchos estuvimos estudiando y analizando, no lograron cuajar; las democracias se volvieron democracias electorales no participativas. Cuando una democracia se reduce solo al voto y no a un estilo ordinario de participación del pueblo en la toma de decisiones la democracia puramente electoral termina colapsando y siendo deficiente.

En el año 2010 el 61% de los latinoamericanos eran favorables a la democracia, hoy solo el 48%. En este gráfico lo pueden ver por edades, los invito a que vean simplemente las franjitas que dicen por ejemplo autoritarismo. La barra azul es la de personas mayores de 61 años. La barra naranja es entre 41 y 60 años, la barra roja es la de 26 a 40 y la barra azul claro es la de los jóvenes de menores de 25 años. Si ustedes ven es una escalerita ahí en autoritarismo. Ustedes pueden ver también las barras que dicen indiferencia son una escalerita, es decir a menor edad mayor indiferencia a mayor edad mayor tendencia a la democracia. ¿Qué está pasando entre los jóvenes que no son favorables a la democracia sino que se inclinan por gobiernos autoritarios? El problema es de los jóvenes, ¡hay jóvenes desorientados! No, no, los jóvenes están reaccionando así porque los mayores no les damos razones ni esperanzas para creer en gobiernos democráticos justos e igualitarios.

El neopopulismo es un fenómeno muy complejo, muy neo, y tiene rasgos muy nuevos. Recientemente ha salido publicado en Roma un libro de este servidor en donde explico con mucho detalle la definición de neopopulismo. El neopopulismo es el uso demagógico que un líder carismático hace de la legitimidad democrática en el cambio de época para promover el acceso a una utopía posible y, al darse el triunfo, consolidar el poder al margen de las leyes o transformando las leyes a su conveniencia, erosionando las formas elementales de gobierno, de solidaridad y de libertad. Es decir, es engañar al pueblo en nombre del pueblo. Y eso no se vale. Eso es una traición monumental.

En materia socioeconómica también podemos ver en América Latina cosas muy novedosas, simplemente ahí pueden ver en la flecha en el año 2010 que es la famosa crisis de las hipotecas y de los subprime y de todo este asunto en los Estados Unidos que genera una crisis global a nivel económico-financiero y ustedes pueden ver que la línea roja indica el producto interno bruto de América Latina. Como ven, hacia abajo, un desplome en la productividad y la línea azul indica las esperanzas de que esta situación se recupere. Si ustedes se fijan en la percepción que la gente tiene sobre la recuperación económica de su país no va a la par de la realidad. ¿Qué indica esto? Que a los latinoamericanos nos encanta auto-engañarnos. Aunque tengamos evidencias empíricas frente a nuestras narices de que la cosa no funciona, decimos: «Pero va a funcionar porque nos dijeron allá arriba que va a funcionar». En toda América Latina caemos en esos espejismos. Necesitamos que algo nos despierte, por amor de Dios. La realidad tiene que tener primacía sobre las ideas. Esto nos muestra que seguimos creyendo en los discursos antes que en la realidad. El producto interno bruto de América Latina se ha desplomado por completo desde el año 2010. Hay países como México que en este año van a crecer 0%. Esa es una realidad empírica del tamaño de un mamut. «No, no, no es un mamut, es un ratoncito». «Oye, pero si es un animalote de este tamaño». «No, es un ratoncito de campo que yo puedo alimentar con quesito». Por favor, cuando ya no veo la realidad, aunque sea gigantesca, eso quiere decir que algo pasa.

En América Latina, en América Latina nos gusta creer el discurso, tenemos que aprender a mirar la realidad y a reconocer cuándo el discurso coincide con la realidad y cuándo no. ¿Cómo se llama ese estado mental cuando lo que yo entiendo coincide con la realidad? Cuando mi mente se adecúa a la realidad, a la verdad y la verdad no es la adecuación de la mente a la realidad. Eso enseña santo Tomás. Que la verdad es la adecuación de la mente a la realidad. Otro de los desafíos que tenemos en América Latina y que para la Iglesia es importantísimo, es la pirámide poblacional. En 1990 todavía se podía decir que América Latina era un continente de jóvenes, había una base de jóvenes muy amplia. Pero en el 2016 la base ha disminuido, lo que significa que los jóvenes son menos. Luego los jóvenes de 1980, de 1990, se han vuelto adultos. Es una cuestión preocupante que tiene varias interpretaciones, pero solo voy a mencionar una, que es la más dolorosa: esto significa que no existirán recursos fiscales en América Latina para sostener a los adultos mayores en el año 2050. Los adultos mayores en 2050 van a ser sostenidos por los impuestos a una población más reducida de jóvenes. Estamos viendo en América Latina un proceso de invernación demográfica. La población se está reduciendo y hay más adultos que jóvenes. A partir del 2050 los adultos mayores serán la mayoría y no va a haber con qué atender las necesidades de salud, de educación, de soledad, de psicología y de atención general a los adultos mayores.

¿Quiénes serán los adultos mayores del 2050? Pues los aquí presentes. Tu vida va a ser una porquería en el año 2050 si no te reproduces. La única manera de salvar a América Latina es con familias numerosas que generen recursos fiscales, que permitan sostener a los adultos mayores. El problema es que América Latina creyó en los años 70 que la familia pequeña vive mejor y se le olvidó que las familias con muchos miembros generan un sistema de seguridad social muy importante. Si la gente en América Latina no muere de hambre es porque se le echa un poquito más de agua a los frijoles y se comparte. El tipo de familia que más crece en América Latina no es la familia nuclear, es la familia ampliada, la familia que incluye a papá, mamá, hijos, sobrinos, primos, tíos y hasta el que no es realmente de la familia, pero al que todos le decimos tío y lo incorporamos. Ese es el tipo de familia donde hasta el perico forma parte de ella. Por ejemplo, la familia mexicana, la guatemalteca, la hondureña, genera un sistema de seguridad social muy importante, de tipo solidario, donde el que queda desempleado no muere de hambre porque entre los demás comparten un taco. Cuando creemos que la familia pequeña vive mejor caemos en el fondo en la seducción del individualismo neoliberal, que considera que el ser humano es un ser individual, no solidario, y que si son menos los miembros que deben depender de él pues vivirá mejor porque le alcanzará para más.

Si hay un pastel y nada más somos tres en la familia, pues alcanza más para cada uno, pero, si somos cuatro bocas… No se dan cuenta los que promovieron esta política demográfica en América Latina que eso era un suicidio en materia de desarrollo a largo plazo. Vean lo que está pasando en Europa. El descenso poblacional de la población europea ha generado una debilidad demográfica monumental en esos pueblos y ahora la invasión del islam ha llegado y no hay hoy ninguna fuerza de la cristiandad para detener esa invasión. La gente cree que visitar París es encontrar francesitos y francesitas y resulta que llegas al metro de Paris y encuentras gran cantidad de gente que no nació en Paris. Allí hay una penetración de las gentes que sí creen en la reproducción y en la familia grande porque saben que a mediano o largo plazo dominaran, aunque ahora sean pobres. Entonces, moraleja: hay que reproducirse. Para la Iglesia esto es fundamental, no es por un criterio conservador, sino porque la familia genera solidaridad, genera compromiso, lealtad intergeneracional, transmisión de valores. A veces el papá no puede compartir con sus hijos y entonces lo hace el abuelo. ¿Cuántos de nosotros no recibimos grandes enseñanzas de nuestros abuelos? Esa experiencia de tener al abuelo en la casa genera una fuerza que fortalece a la sociedad. En América Latina necesitamos familias más robustas porque simplemente a nivel fiscal, a nivel sanitario, y desde otros puntos de vista es un suicidio haber propugnado políticas de natalidad que restringen el futuro de las naciones.

Del 100% de la población latinoamericana el 96% hoy tiene al menos una comida al día, solo el 4% de la población latinoamericana sufre de la falta de una comida al día; el 96% la tiene. Eso es algo muy raro en la historia de la humanidad porque casi siempre ha habido grandes segmentos de la población con hambre. Hoy el hambre se está batiendo en América Latina; esto es un hecho empírico. El 91% tiene agua potable, pero algo novedosísimo a nivel cultural es que prácticamente el 90% de la población latinoamericana tiene teléfono celular y el 47% de la población latinoamericana tiene smartphone. ¿Por qué pongo estos datos sobre la mesa? Porque es monumental el cambio cultural que están generando las nuevas tecnologías no solo en las clases pudientes y altamente industrializadas, sino en los ambientes populares en toda América Latina. Dale al pueblo un teléfono celular y acceso a internet y muchos discursos, relatos, informes verdaderos o falsos, y se abren nuevos horizontes, se hibridan costumbres, y Cuba no es la excepción. En Cuba está sucediendo una mutación cultural acelerada a través del acceso a internet. Cuba no podía estar aislada del internet. Gloria a Dios que hay internet, pero hay que entender que ese recurso va a generar un cambio cultural importantísimo, como lo ha generado en todos los países que tienen acceso a internet. En América Latina las posibilidades más usadas de internet son: primero WhatsApp y luego Facebook y YouTube.

En este contexto, las estructuras políticas se están desplomando en América Latina, donde cada día hay menos gente que realmente cree en las estructuras de poder. Del año 2010 al 2018 la confianza hacia las estructuras políticas de los gobiernos viene decayendo en todos los países de América Latina. En el año 2010 había 45% de confianza de los gobernantes y hoy la cifra está en 22%. En un periodo de solo 7 años se ha desplomado la confianza en los gobiernos, sean del signo que sean. Se está desplomando esa confianza. El latino-barómetro mide la confianza no solo de gobiernos, de partidos políticos, del ejército, y ¡oh, sorpresa! ¿Cuál es la institución más confiable en América Latina, la que la gente considera que no va a mentir? La institución con más poder cultural en América Latina hoy es la Iglesia Católica. ¿Por qué poder cultural? Porque es la institución más confiable. La confianza es un bien intangible, muy difícil de construir; cuando yo confío en alguien y pongo mi vida en sus manos eso es realmente creer en esa persona y esa persona se vuelve altamente significativa en mi vida, es la persona a la que yo le confío mi vida. Hoy solo un 13% de los partidos políticos le merecen la confianza a los latinoamericanos. Los representantes populares, diputados, senadores, como se llamen en cada país, solo el 21%. ¿El gobierno? Nadie cree en los gobiernos en América Latina, solo el 22%, o así. La institución más confiable en América Latina es la Iglesia Católica. ¿Por sus poderosas fuerzas armadas? ¿Porque hay grandes ejércitos y panzer y tanques de guerra en la Iglesia? No. Es porque a pesar de sus muchas traiciones, empezando por las mías, la Iglesia es la única institución que hoy se juega la vida por los más marginados y excluidos de América Latina. A veces no tanto, a veces en nuestras jerarquías también hay traiciones muy feas, pero la Iglesia Católica, de manera cotidiana, a veces sin reflectores, cura la herida del enfermo, lava al leproso, atiende al niño ignorante, abraza al que está desconsolado. Es allí donde se genera esto que es empírico, pero son los datos de 2018 del latino-barómetro.

Por supuesto que hay esperanza en América Latina, pero esa esperanza está puesta en nosotros, en los cristianos que fieles a su fe descubren que no están solos en el camino de la historia y nunca renuncian a la esperanza de que el cambio en la vida personal y en la vida social es posible. Y esta esperanza no es fruto de ningún discurso de poder, sino fruto de la certeza de que Dios escoge a los humildes y a los más pobres y a los más desvalidos para hacer milagros en medio de la historia. Siempre lo ha hecho así, el Dios de Israel siempre socorre a su pueblo. La Iglesia posee por eso una gran responsabilidad educativa y se requiere educar en las certezas fundamentales de la fe para no perder la esperanza. La esperanza en la vida ultraterrena y también la esperanza intrahistórica en que podemos vivir una vida más digna conforme al plan de Jesucristo para nosotros. Tenemos que educar en las razones que dan esperanzas. Por eso las instituciones que estamos aquí involucradas, cada una con su método, con su lenguaje, tratan de ofrecer razones para la esperanza, para no naufragar en la desesperanza o en la tristeza. Realmente Dios nos auxilia y jamás, ni aún en la peor de las circunstancias, nos abandona. No es a pesar de las circunstancias que Cristo actúa en la historia, sino a través de las circunstancias que Cristo nos acompaña y nos hace despertar a la realidad que él quiere que miremos para poder actuar en ella.

En América Latina tenemos además una ayuda extraordinaria con resultados empíricos contundentes. En el año 1521 los españoles destruyeron la Gran Tenochtitlan, una ciudad con un millón de personas que era muchas veces más grande que Venecia y flotaba sobre el agua en el Valle del Anáhuac. El agua era transparente, había peces, la gente se transportaba en pequeñas barcas y en el centro había una pirámide varias veces más grande que la pirámide de Keops. En 1521 todo eso fue destruido a cañonazos. ¿Por qué? Porque el método era: destruyamos la idolatría, que es fruto del demonio y luego anunciemos el Evangelio. Ese era el método, no conocían otro y eso fue lo que hicieron. Murieron muchas personas, pero las enfermedades europeas que llegaron con los españoles generaron más muertes en los siguientes 10 años. Hubo entonces un colapso poblacional no solamente en México, sino en toda América Latina. La Evangelización era un fracaso absoluto. ¿Por qué? Porque los métodos de evangelización eran europeos, querían evangelizarnos con el Concilio de Trento en la mano o con métodos raros, medievales. Los pueblos indígenas de América Latina miraban con gran escepticismo a los conquistadores y a sus dioses. De hecho, en muchos países, como México y Perú, se empezaron a construir templos católicos desde 1521, y los indígenas iban y se arrodillaban en ellos, pero para adorar a sus dioses, que estaban enterrados en los cimientos, Los ídolos se habían usado como material para construir los templos católicos. Y todo apuntaba a un fracaso; el resentimiento indígena era profundísimo porque las comunidades indígenas son muy sensibles y todos los que tenemos sangre indígena lo sabemos, somos muy sensibles. Y después de haber visto a mi padre, a mi madre, a mi hermana violada o ejecutada por los españoles en el año 1531 el ambiente era totalmente adverso a la Iglesia. Pero sucedió un hecho extraordinario: María de Guadalupe se le aparece al Indio Juan Diego y se le aparece de una manera tal que lo conquista. Porque ella usa su lenguaje, sus formas, sus signos. María de Guadalupe abraza toda la experiencia indígena a través de una palabra y una imagen. Y el Indio Juan Diego descubre a la madre del verdadero Dios por quien se vive y se la muestra al Obispo, y el Obispo escéptico cae de rodillas. Y a partir de ese momento indígenas y españoles empezaron lentamente, con muchas imperfecciones, a reconocerse hijos de la misma madre; y eso generó un fenómeno sociológico, el mestizaje.

El español que había violado a la indígena recibió el regaño del fraile y la orden: ahora te casas. Y de ahí salimos todos nosotros. Y lo que no sucedió con la presencia holandesa, inglesa, francesa, en América Latina y en otras partes del mundo, empezó a suceder aquí, cuando empezó a nacer algo nuevo. Estoy haciendo esta reflexión no para generarles una particular devoción por la Virgen de Guadalupe, porque la Virgen de Guadalupe es una advocación de María, sino para que vean el significado que tiene María también en la historia del pueblo cubano. María acontece en 1531 no para promover una cierta devoción particular sino para mostrar que el cristianismo llega a estas tierras a través de una presencia femenina que abraza y no condena, que incluye y no excluye y que logra algo sociopolíticamente identificable, que dos pueblos resentidos y enemigos empiezan a abrazarse como hermanos, con traiciones y dificultades, por supuesto, siempre, pero empieza un proceso lento que generará una gran nación latinoamericana. María logró un hecho sociológico casi imposible en el siglo xvi, que fue la reconciliación social. Por eso en la Iglesia creemos profundamente que es providencial que estemos a unos cuantos años del V Centenario de las apariciones de la Virgen de Guadalupe. Esto, que en México ya ha sido asumido por los Obispos mexicanos, ha comenzado a ser asumido por el CELAM y el 4 de marzo en el mismo discurso que les mencionaba hace un rato, el papa Francisco lo ha dicho por primera vez, ya como Papa: en 2031 celebraremos el V Centenario del acontecimiento guadalupano y en 2033 el Segundo Milenio de la Redención.

Quiera Dios que desde ahora en adelante puedan todos ustedes trabajar en la difusión de la doctrina social de la Iglesia para así llegar a la celebración de estas fechas con verdaderos frutos. Basta ya de vivir la fe solo como un compromiso de vida privada. Tenemos que comprender la expansividad cultural e histórica de la fe, reaprender a vivir la fe en lo público para llegar al año 2031 con frutos y celebrar entonces que María ha llegado, ha traído a Jesucristo a nuestros pueblos no simplemente con una bonita misa, sino mostrando que el acontecimiento cristiano salva, tanto la vida interior como también la vida exterior de nuestros pueblos.

Hoy tenemos una gran oportunidad como Iglesia porque Dios está de nuestro lado; no nos va a dejar solos de aquí al año 2031, una fecha concreta en que toda América Latina le dará gracias a Dios de que llegó el cristianismo. Y en 2033 se celebrarán dos milenios de la presencia cristiana en medio de la historia de que el Verbo se hizo carne y se hizo uno con nuestro dolor, se hizo uno con nuestra esperanza, se hizo uno con nuestro deseo de cambio. Es Dios el que se encarna en nuestros deseos a través de la Iglesia. Tenemos un programa y tenemos un horizonte los cristianos, y este programa es principalmente misionero, de evangelización, de anuncio y educativo. Porque hay que reeducarnos para poder anunciar de una manera adecuada el Evangelio de siempre en el nuevo contexto. ¿Por qué insisto en el reeducarnos? Porque los métodos de antaño seguro necesitan revisión. ¿Cuál es el método que propone la Iglesia para reeducarnos? Ahí está: adaptar las formas conservando el fondo, inculturar el Evangelio, acoger todo lo que sea necesario acoger mientras no sea pecado, acogerlo todo con máxima flexibilidad, con máxima creatividad: la pintura, el arte, el lenguaje, la cocina, la fiesta, la celebración, las costumbres, la arquitectura, la política. Abrazarlo todo para anunciar desde dentro de ese abrazo, al interior de ese abrazo, que hay algo más que ese abrazo. Y entonces, con ese horizonte de inculturación, de adaptación, mostrar que el cristianismo está vivo en nuestros pueblos y darle gracias a María de Guadalupe y a todas las advocaciones marianas del continente, darle gracias a María porque gracias a ella nuevamente logramos participar en su milagro, que es reconciliarnos como pueblo y evitar las fracturas que tanto nos están lastimando en América Latina. Voy a decir esto de otra manera: san Pablo utilizó este mismo método, el método de la Encarnación. Jesús, el verbo de Dios, adoptó toda la condición humana, toda las costumbres y formas para hacer el misterio de la redención. Y san Pablo así lo hizo cuando llegó a Atenas. La llegada de san Pablo a Atenas está narra da en los Hechos de los Apóstoles. Él ingresa por una calle recta y conforme va entrando y caminando por la calle principal dice que se fue desgarrando interiormente al ver tanta idolatría. Porque cuanto más grande era el vicio más grande era el ídolo que encontraba en la Atenas antigua. Había dioses para todos los vicios, había dioses falsos que decoraban la calle principal de Atenas. Unos días después de esa situación los intelectuales de la época lo invitan a hablar en el areópago. ¿Y cuál es el método que usa san Pablo? ¿San Pablo dice algo así como: atenienses, ustedes son la bola de idólatras que se van a ir al infierno porque su idolatría es intrínsecamente perversa? ¿Eso dice San Pablo? No. Les dice: «Varones atenienses, he visto que ustedes son un pueblo muy religioso, he visto numerosos altares a la entrada de su ciudad y uno de ellos me ha llamado la atención, un altar que dice Al Dios desconocido, y de ese Dios yo les vengo a hablar». El resultado de esta proclamación no fueron grandes conversiones, se convirtió Dionisio el Areopagita y unas cuantas mujeres, es decir el éxito mundano no le llegó a san Pablo ese día, pero sí el éxito del reino de Dios, que algunos empezaron a acoger, un mensaje radicalmente nuevo, diferente al de los dioses que estaban entronizados por el poder en la Grecia antigua. San Pablo explica este método a los corintios. Corinto está a 20 kilómetros de Atenas y tenía todos los vicios de Atenas y ninguna de sus virtudes. Los corintios eran, como decimos en México, un desmadre, una cosa increíble, desordenados como ellos solos. Y les dice a los corintios: yo me he hecho todo con todos para salvar a algunos en todas partes. Me he hecho como los que siguen a la ley para salvar a los que siguen a la ley, me he hecho como los que no siguen a la ley para salvar a los que no siguen a la ley. O sea, me he hecho conservador con los conservadores, liberal con los liberales, me he hecho todos con todos para salvar a algunos en todas partes, dice san Pablo a los corintios.

Este es el método, este es el método educativo que hoy tenemos que aprender a anunciar en la Iglesia, tenemos que ser al máximo fieles a la identidad cristiana y al máximo flexibles en las formas para acoger todo lo acogible. Más vale equivocarnos en el camino y luego corregir que no arriesgar, más vale equivocarnos en el camino que no arriesgar. Porque el Papa lo dice «prefiero una Iglesia que se ensucia las manos intentando evangelizar el mundo traidor y vil que una Iglesia pura y perfecta que solamente se autoengaña al interior de los muros de los templos y no sale expansivamente a las últimas fronteras, a las últimas periferias con valor, con vigor, confiando en la gracia, no en el propio poder.» ¿Por qué no nos atrevemos a hacer cosas más grandes en los propios pueblos? Siempre la respuesta es la misma: porque confiamos demasiado en nuestras propias fuerzas. Siempre que yo confío en mis fuerzas me da miedo el reto que tengo delante porque me siento débil, porque me siento poca cosa, porque siento que voy a ser suprimido; pero si confío en Dios, Dios se vale de mi debilidad y de mi torpeza para generar milagros en la vida personal y en la vida de los pueblos. A eso es a lo que nos invita hoy la Iglesia, eso es a lo que nos invita el Evangelio y eso es lo que María de Guadalupe también nos regala cuando le dice al indio Juan Diego: «quiero que en estas tierras se edifique un templo». Es decir, quiero que en esta tierra, que es América Latina, en todo lugar se pueda adorar al verdadero Dios por quien se vive de manera enteramente libre, como si fuera un templo. Quiera Dios que todos colaboremos en este gran proyecto. Muchas gracias.

Nota:

1. Esta conferencia incluyó la exposición de algunos gráficos que no hemos podido reproducir aquí, pero cuyo significado creemos que se entiende con facilidad (N. del E.)