AÑO 2020 Año 16. Nros 3-4, 2020

Bobby Fischer en Cuba

por Miguel Ángel Sánchez , Jesús Suárez Suárez

» Introducción:

Durante su accidentada vida, Robert «Bobby» James Fischer estuvo directamente relacionado con Cuba 1 en tres ocasiones. En la primera, cuando arribó por barco a La Habana el sábado 25 de febrero de 1956, dos semanas antes de cumplir 13 años de edad. Este fue su primer viaje al extranjero. La segunda ocasión ocurrió en agosto de 1965, cuando el estadounidense, ya con 22 años, jugó por teletipo desde el distante Marshall Chess Club de Nueva York en el torneo en memoria del ex campeón mundial de ajedrez José Raúl Capablanca, que se celebró en la capital cubana.

En la madrugada del 24 de octubre de 1966, 10 años y casi ocho meses después de su primer viaje a la Isla, Fischer volvió a pisar tierra cubana procedente de México como integrante del equipo de los Estados Unidos a la 17ma. Olimpiada de Ajedrez, celebrada en La Habana. En ésta, su última visita a Cuba, ya contaba con 23 años.

Este libro recoge las peripecias de Fischer en Cuba, incluyendo todos sus encuentros oficiales tanto en el torneo Capablanca in Memoriam de 1965, como en la Olimpiada de 1966. También se analiza la única partida suya de su viaje a Cuba en 1956 que ha sobrevivido el paso de los años.

La obra cuenta con dos importantes introducciones de los Grandes Maestros Leinier Domínguez Pérez y Andrew Soltis, en que los mismos dejan, respectivamente, esclarecedores comentarios e interesantes impresiones en sus puntos de vista sobre la obra. Por otra parte, podemos aseverar que muchos de los detalles narrados en este libro eran desconocidos hasta ahora. Su reconstrucción se basó en entrevistas con fuentes confiables e identificadas que tuvieron relaciones con las actividades del estadounidense.

Uno de los testimonios más sorprendentes fue el de Miguel Angel Masjuán Salmón, un periodista y funcionario del organismo deportivo cubano que acompañó a Fischer en una mini excursión por Cuba en 1966. Según el periodista cubano Jesús González Bayolo, que lo entrevistó para su programa de ajedrez en la televisión, Masjuán Salmón dijo que después del final de la Olimpiada, el Gran Maestro estadounidense notificó al gobernante cubano Fidel Castro su deseo de residir en la Isla. Castro tal vez consideró a Fischer demasiado conflictivo y optó por archivar su petición. De haber accedido, la historia del ajedrez, y de Fischer, hubieran tomado rumbos totalmente imprevisibles.

Para el comentario de las partidas hemos recibido la estrecha colaboración del Maestro Internacional cubano Luis Sieiro, quien tiene un profundo conocimiento, tanto de las partidas de Fischer como de los cambios que ha sufrido la teoría de las aperturas desde la época en que el estadounidense las jugó.

Es necesario agregar que la colaboración de Sieiro no se limitó a la esfera técnica, sino que también, entre otras varias tareas, rastreó datos e imágenes de las visitas de Fischer a las ciudades centrales cubanas de Santa Clara y Cienfuegos después de terminada la Olimpiada de 1966. Por todo ello queremos expresarle nuestros más sinceros agradecimientos y nuestra complacencia por su esfuerzo.

Gracias a la invaluable ayuda del Maestro Internacional John A. Donaldson fue posible conseguir la partida celebrada en La Habana en 1956 entre Fischer y José R. Florido. Donaldson nos sugirió contactar al Sr. Gary Robert Forman, ex gobernador de la junta directiva del Marshall Chess Club que de manera muy gentil consiguió que esa institución nos permitiera usar de su archivo una de las copias de ese encuentro, la de la planilla de anotación del propio Florido. Gracias a la ayuda de ambos, pero de manera muy especial del Sr. Forman, es que esa partida, la primera que Fischer ganó a un jugador conocido, pudo formar parte de este libro.

Un anexo se encuentra al final de cada partida, a fin de facilitar a los lectores un acercamiento al desarrollo de la fase inicial del juego, así como a las similitudes y diferencias en su tratamiento. También esa selección de encuentros adicionales refleja las líneas estratégicas utilizadas en situaciones parecidas, tanto por Fischer como por otros Grandes Maestros.

Igualmente, se ha incluido al inicio de las partidas jugadas por el estadounidense una breve biografía de sus rivales para que los lectores puedan ver la fuerza de los contrarios de Fischer. Para la elaboración de este libro también hemos contado con la ayuda del profesor Daniel Martínez, quien representó a Cuba en la Olimpíada Estudiantil de Ajedrez celebrada en Sinaia, Rumania, en 1965. Daniel estuvo a cargo de la corrección estilística del texto, tanto en español como en inglés. Sus atildadas recomendaciones mejoraron sin dudas la narrativa del texto.

Jesús González Bayolo, decano de los periodistas de ajedrez de Cuba, puso en nuestras manos sus amplios conocimientos y archivos. También brindaron sus testimonios el profesor Francisco Acosta, ex vicedecano de la de la Facultad de Ingeniería del Instituto Superior Politécnico de La Habana; así como Orlando Peraza, ambos residentes en La Habana, quienes en 1965 y 1966, siendo jóvenes, atendieron las partidas de Fischer en diferentes funciones. Acosta, por ejemplo, fue el encargado en 1965 de recibir desde el teletipo las jugadas de Fischer que eran transmitidas desde Nueva York y llevar hasta las máquinas las respuestas de sus adversarios, mientras que Peraza trabajó como muralista y juez de mesa de esos encuentros. Ambos conservan vívidos recuerdos de aquellos momentos.

Otros dos testigos capitales de los viajes de Fischer a Cuba fueron Pedro Urra, quien navegó en el mismo ferry que llevó a Fischer a la capital de la Isla; y Gaspar González-Lanusa, quien como funcionario del Ministerio de Cultura recibió y acompañó a Fischer durante su breve estancia de dos días en Cienfuegos. Ambos ofrecieron cortésmente sus testimonios en entrevistas realizadas en La Habana durante el transcurso de 2017.

Los propios autores de este libro, en sus condiciones de árbitros auxiliares de la Olimpiada de 1966, observaron de cerca al Gran Maestro estadounidense durante ese evento y sus recuerdos se incorporaron a la obra. En ese sentido es destacable mencionar los relatos del finado Alberto García, subdirector técnico de los torneos Capablanca y de la Olimpíada de 1966, ya que él constantemente hablaba sobre el primer viaje de Fischer a Cuba en 1956, del cual fue un testigo excepcional por su condición de jefe de competencias del Club Capablanca de La Habana.

Otros muchos amigos, familiares o colegas, como el Dr. Rogelio González Sánchez, el periodista y escritor Alex Fleites, el Maestro Internacional José Luis Vilela, el abogado Emiliano Manresa, el Árbitro Internacional Serafín Chuit y el historiador de ajedrez Romelio Milián nos hicieron interesantes sugerencias al texto, nos ayudaron a rastrear materiales o ponernos en contacto con viejos testigos de los hechos. A todos ellos nuestro más profundo agradecimiento.

Miguel A. Sánchez y Jesús S. Suárez Miami, enero de 2018

 

» 1956

A Pedro Urra no se le iba de la mente la imagen del niño que durante la travesía no apartaba la vista de su pequeño ajedrez imantado. Ese tipo de islamiento le pareció muy inusual al empleado de la tienda de suvenires del transbordador City of Havana. Urra, de 27 años de edad, escondía detrás de su fachada laboral a un miembro del Movimiento Revolucionario 26 de Julio (muy conocido por sus siglas en español M-267), el más importante grupo armado clandestino que se oponía en Cuba al gobernante Fulgencio Batista y Zaldívar.

No era común que un hecho en apariencia trivial, como el de un niño totalmente ensimismado en un tablerito de ajedrez, captara la atención de los ojos adiestrados de Urra, un experto en detectar agentes encubiertos y cumplir arriesgadas misiones secretas. Su instinto le decía que detrás de esa estampa inocente, un misterio luchaba por revelársele. No fue hasta años después que logró descifrar el temprano aviso, cuando comprendió que el niño y el genio de ajedrez Robert James Fischer eran la misma persona.

El transbordador City of Havana parecía una embarcación turística más, repleta de los llamados snowbirds (pájaros de la nieve), los residentes de los estados del norte que viajaban al sur de los Estados Unidos y Cuba en busca de un clima cálido. Pero tras esta postal idílica la nave ocultaba un centro de espionaje y contrabando y, servía además como el transporte clandestino por excelencia de los líderes urbanos de la insurrección contra el régimen de Batista.

En los primeros años de la década de 1930, Batista se apoderó del gobierno de Cuba tras una asonada militar que lideró cuando apenas era un sargento taquígrafo. Con excepción del período 1944-1952, su presencia fue desde entonces, desproporcionada en ese país, hasta que su figura se vio borrada en 1959 por Fidel Castro Ruz, líder del M-26-7, quien lo relegó al exilio y al ostracismo por el resto de su vida.

La labor primordial de Urra en el transbordador era llevar y traer la correspondencia confidencial que mantenía el flujo de comunicación entre los grupos armados oposicionistas en la Isla y las células que operaban en el exterior. Pero también introducir armas de pequeño calibre y municiones en Cuba, así como ocultar en compartimentos secretos a jefes insurreccionales que salían o entraban al país.

El antiguo buque militar británico de desembarco, aunque construido en los Estados Unidos, participó en la invasión de Normandía, Francia, en 1944, con el nombre HMS Northway y se convirtió tras la Segunda Guerra Mundial en un transbordador de pasajeros destinado a la ruta Cayo Hueso-La Habana. En 1956 era como una película Casablanca sobre las olas, con sus reproducciones de Rick Blaine e Ilsa Lund. Para cada miembro importante de la resistencia como el Victor Laszlo del filme, la policía cubana trataba de contrarrestarlo con su Heinrich Strasser, o cuando menos su Louis Renault.

El viaje de seis horas se convertía en muchas ocasiones en un drama de sigilo y vigilancia que pasaba inadvertido para los pasajeros. El propio Urra no logró escapar de tal acoso, y finalmente se le descubrió y torturó para que revelara sus contactos, lo que no hizo. Tras el derrocamiento de Batista en 1959, el antiguo conspirador no volvió a tener en su vida las mismas intensas aventuras de su juventud y su rostro se diluyó entre la muchedumbre.

A veces las partes en pugna dirimían sus asuntos a tiro limpio dentro del barco. En otras ocasiones éstos llegaban a su clímax como en la película Havana (1990), en la que el jugador profesional de cartas Jack Weil (interpretado por Robert Redford) recibe el encargo de sacar del transbordador un automóvil con material de comunicaciones dirigido a los rebeldes.

El servicio del City of Havana desde su base en Stock Island en Cayo Hueso (Key West en inglés), Florida, a La Habana era cada martes, jueves y sábado. Partía hacia Cuba a las 10:00 AM y arribaba a las 4:00 PM al Muelle de Hacendados, un alejado bolsón de la bahía en la Ensenada de Atarés. La embarcación regresaba los lunes, miércoles y viernes a su punto de origen.

Esto ocurrió ininterrumpidamente hasta el martes 31 de octubre de 1960, cuando con 287 pasajeros y 86 automóviles partió en su último viaje desde La Habana poco antes de que los Estados Unidos rompieran sus relaciones diplomáticas con Cuba.

En Cuba, las historias de policías y revolucionarios se reproducían con insistencia. Previo al City of Havana, otro transbordador, el Governor Cobb, había servido tres décadas antes de escenario a personajes duros y decididos que interpretaron papeles similares cuando esos caracteres tenían otros nombres e ideologías, como Ramiro Capablanca, del que las autoridades sospechaban era un peligroso integrante del grupo ABC, uno de los equivalentes en la década de 1930 al Movimiento 26 de Julio.

El devenir histórico de Cuba se asemejaba entonces a una obra calcada de la puesta en escena del párrafo anterior, como una continua sucesión de hechos. Ernest Hemingway hubiera podido escribir a mediados de la década de 1950 la secuencia de Tener o no tener con tan sólo cambiar el nombre del capitán Harry Morgan por el de cualquier otro.

El narrador y académico cubano Antonio Benítez Rojo identificó esas duplicaciones como características de «la isla que se repite», en que cuotas uniformes reincidían en dispensar parcelas de sucesos que iban desde hechos heroicos a burdos contrabandos de heroína o mariguana; o desde oleadas de autos robados en ciudades norteamericanas a cargamentos de armas y municiones.

La repetición de hechos no se limitaba a las convulsiones políticas o a las truculencias gansteriles, pues hasta en el mundo del ajedrez los acontecimientos parecían volver a ocurrir. Antes de que un Fischer adolescente realizara la travesía de Cayo Hueso a La Habana, el joven José Raúl Capablanca, hermano mayor de Ramiro, la había emprendido varias veces desde 1912, año en que se inauguró el servicio de tren desde Nueva York a Cayo Hueso, el famoso Havana Special de Henry Morrison Flagler, que tenía una vinculación directa con el transbordador que viajaba a la capital de la Isla. Había por lo menos una diferencia notable entre ambas imágenes: nadie jamás dejó constancia de haber visto a Capablanca tan alejado del mundo exterior y tan profundamente inmerso en un tablero portátil de ajedrez como Fischer.

Pero para los interesados en la transmutación de las almas, la relación entre el cubano y el estadounidense les parece urdida en otra dimensión. Cuando Capablanca falleció, el 8 de marzo de 1942, en la ciudad de Nueva York, dejó un enorme vacío. Este se llenó con el nacimiento de Fischer al día siguiente del calendario, 9 de marzo, pero un año después, 1943. La enigmática sucesión en el tiempo de los dos grandes genios ajedrez tiene la apariencia de haber sido cuidadosamente dispuesta por fuerzas más allá de la comprensión humana.

En 1956, durante el primero de sus dos viajes a Cuba, Fischer formaba parte de una pequeña, pero estrambótica amalgama de ajedrecistas, todos ellos convocados a una excursión por carretera y barco de casi 3,500 millas (5,600 kilómetros) de recorrido que su biógrafo clásico, el historiador Frank Brady, calificó como una aventura tormentosa. El viaje a Cuba en el transbordador City of Havana formó parte de una gira por diferentes ciudades de los Estados Unidos en donde los siete miembros del Log Cabin Chess Club se enfrentaron además a aficionados al ajedrez de Tampa, Miami y Hollywood, todas en Florida; así como a los de Clinton, en Carolina del Norte. (Ver Nota 1).

Al menos tres de sus integrantes eran personajes dignos de antología: los dos primeros, el neonazi Elliot Forry Laucks y el estafador Norman Tweed Whitaker. Un tercero no era menos peculiar: Regina Wender-Fischer, quien era vigilada por la Oficina Federal de Investigación (FBI).

Laucks era un personaje fuera de lo normal, que algunos tildaban de tétrico. Las peores definiciones de su persona estaban motivadas porque solía lucir pines con la insignia nazi en la solapa de sus trajes y exhibía ostentosamente en su hogar banderolas con la cruz gamada y otras parafernalias del mismo estilo. Otros calificativos eran más generosos con él, tal como los que lo identificaban como uno de los caracteres más singulares del ajedrez norteamericano, un verdadero amante y propulsor del juego.

En el sótano de su casa en el poblado de Orange del Este, en Nueva Jersey, a solo cinco kilómetros de Orange del Oeste, donde décadas antes, exactamente en agosto de 1904, José Raúl Capablanca residió cuando arribó por primera vez a los Estados Unidos, Laucks fundó un club de ajedrez al estilo del que habilitó a comienzos del siglo 20 en Riverdale, Manhattan, el profesor Isaac L. Rice. La diferencia era que Laucks cubrió las paredes de su lugar con gruesos troncos de madera. Tal diseño, propio de una cabaña rústica de los bosques, le sirvió para nombrar así a su cofradía: Club de Ajedrez de la Cabaña de Troncos de Madera, que en inglés tiene mejor armonía acústica: Log Cabin Chess Club.

Las batallas iniciales en ese club ocurrieron en la noche del 28 de julio de 1934. Ese día Laucks no pudo refrenar sus impulsos oratorios y, no sin elegancia, dijo: «La casa club [habrá de ser] una cabaña de troncos que no sea ni demasiado palaciega, como algunos clubes de hombres ricos, ni tan pobre y tosca que le falte comodidad o un cierto grado de refinamiento…».

A juicio del historiador Frank Brady, Laucks era un millonario excéntrico que a veces daba a Regina Wender-Fischer pequeños regalos en efectivo o la ayudaba a sufragar los costos de la participación de su hijo en algún torneo. Pero tal abundancia monetaria no se vio en el medio que escogió para viajar a La Habana: una station-wagon Chrysler de seis años de uso y muchas millas recorridas. En una época en que no existían las actuales autopistas y circunvalaciones de ciudades de la costa este de los Estados Unidos, debió ser una tortura atravesar ciudades y poblados llenos de vehículos y luces de tránsito. La incomodidad se veía agravada por el exceso de pasajeros, ocho, más el porta equipajes y el techo repletos con maletas de viaje. Los miembros masculinos adultos de la expedición también tenían otra angustia, el comportamiento exasperante del joven Fischer, al que pronto identificaron como «el monstruo».

A Laucks no parecía importarle mucho que Fischer, a pesar de su origen judío, formara parte de la expedición. Pero no siempre fue así cuando se trataba de otros. Por ejemplo, las bases de la competencia en uno de sus habituales torneos estaban hechas de tal manera que Samuel Reshevsky no pudiera satisfacerlas. Específicamente, se establecían horas y días de juego imposibles de cumplir para un judío practicante.

 

La humilde revista habanera Ajedrez en Cuba también se hizo eco de la estancia de Fischer en La Habana como demuestra esta información publicada en el número de septiembre de 1956.

 

Es difícil precisar la influencia a largo plazo de Laucks sobre Fischer. Es reconocido que tales tipos de personalidades fuertes suelen dejar una huella profunda en los jóvenes, justo cuando éstos comienzan a conocer y asimilar el mundo exterior. Las diatribas de Fischer en su adultez contra los judíos, cuando él mismo era de esa procedencia por parte de madre, y casi con toda certeza también por parte de su padre, tal vez eran un eco distante de las tiradas antisemitas de Laucks, a las que se vio expuesto cuando apenas tenía 12 años, un instante en que, al decir del refranero popular, los niños son como una esponja que lo absorben todo.

El viaje de Laucks y sus «cabañeros» a La Habana comenzó a perfilarse tras la visita al Marshall Chess Club de Manhattan, el 4 de noviembre de 1955, de un equipo del Club de Ajedrez Capablanca, de La Habana, liderado por el propio vástago de Capablanca, José Raúl hijo, un abogado de 32 años que actuaba de forma voluntaria como Director de Ajedrez en el instituto de deportes de la Isla.

Se publica aquí por primera vez la carta enviada por José R. Capablanca hijo en que los cubanos anuncian su visita:

Club de Ajedrez «Capablanca» de La Habana (Afiliado a la Federación Nacional de Ajedrez de

Cuba) Infanta y 25

VEDADO, LA HABANA

La Habana, 11 de octubre de 1955

Sra. Carolina D. Marshall

The Marshall Chess Club

23 W. 10th St New York

Estimada Sra. Marshall

Es un placer para nosotros hacerle conocer que como resultado del torneo nacional de ajedrez que ahora estamos efectuando en Cuba, los seis ganadores tendrán la oportunidad de visitar los Estados Unidos por una semana y jugar contra los más reconocidos maestros de Nueva York.

Nuestros amigos, el Sr. Luis A. Bacallao y el Sr. Edward Lasker, han arreglado —con su aprobación— el match en el Marshall Chess Club que se efectuará el 4 de noviembre. Es posible que también juguemos contra el Manhattan Chess Club, pero no estamos seguros todavía.

Para nosotros será un gran honor visitar nuevamente el Marshall Chess Club, particularmente en recuerdo del fallecido Sr. Frank J. Marshall, quien fue un gran amigo de mi padre, José Raúl Capablanca.

Sinceramente suyo, Dr. José R. Capablanca Asesor de Ajedrez de Cuba.

Lo más probable es que, durante un momento del viaje de los cubanos a los Estados Unidos, Laucks hablara con Capablanca hijo y éste le asegurara que sería bienvenido a la Isla.

Los visitantes cubanos sucumbieron ante sus rivales del Marshall Chess Club con el abrumador resultado de 5.5 a 0.5 cuando Franklin Howard venció al Dr. Juan González e igual hicieron Elliot Hearst, Carl Pilnick, Anthony A. Santasiere y Edmar Mednis (Gran Maestro desde 1980) sobre Miguel Alemán, Raúl Cárdenas, Rogelio Ortega y Rosendo Carbonell, respectivamente. El único empate alcanzado por los cubanos lo consiguió Carlos Calero contra John W. Collins. Antes de arribar a Nueva York, los cubanos se enfrentaron en Miami a siete integrantes del club local, pero los floridanos también los vencieron, en esta ocasión 5 a 2.

Entonces había un intercambio fluido de ajedrecistas de la Isla a los Estados Unidos y viceversa, de manera que la proposición de Laucks de ir a La Habana no resultó inusual. Esos contactos existían de hecho desde finales del siglo diecinueve entre los clubes de La Habana con los de Nueva York y Filadelfia, al extremo que dos cubanos, Arístides Martínez y Dionisio Martínez fueron, respectivamente, los presidentes del Manhattan Chess Club y del Franklin Chess Club por muchos años. En el caso de Arístides Martínez por más de dos décadas.

En ocasiones se realizaban pequeños torneos con jugadores de ambos países, como el de 1947 en la ciudad de La Habana, que se celebró como parte de los festejos de la inauguración del Club Capablanca de La Habana. Esta competencia la ganó el cubano Gilberto García, por delante del entonces jovencito de 17 años Donald Byrne (Maestro Internacional desde 1962); Edward Lasker (Maestro Internacional desde 1961) y los cubanos José R. Florido, Juan A. Quesada, Rosendo Romero, Carlos Calero y Juan González. (Ver Nota 2).

En octubre de 1950, los representantes del Club Capablanca de La Habana viajaron a Nueva York para oponerse a los del Manhattan Chess Club, en cuya nómina estaban los futuros Grandes Maestros Arthur Bisguier (desde 1957) y Robert Byrne (desde 1964). Los habaneros perdieron 5.5 a 2.5. En 1956, los jugadores del Club Capablanca lo hicieron mejor contra sus colegas de Miami, a los que derrotaron por 10 a 6.

En 1951, llegó a La Habana el famoso Reuben Fine (Gran Maestro desde 1950), acompañado por Edward Lasker, el Dr. Ariel Mengarini, Edgard McCormick, Alexander Bisno y el cronista de ajedrez Hans Kmoch (Maestro Internacional desde 1950) para un match que finalizó empatado a 3.5.

Los cubanos incluso viajaron en septiembre de 1951 hasta la distante ciudad de Los Ángeles, California, para enfrentarse a los miembros del Herman Steiner Chess Club, gracias a un avión que les proporcionó el entonces Ministro de Educación de la Isla, Aureliano Sánchez Arango, quien era un aficionado al ajedrez. Su influencia en los gobiernos del Partido Auténtico (que gobernaron en el período 1944-1952) fue importante para la construcción del Club Capablanca y la organización, en marzo de 1952, de un fuerte torneo internacional en La Habana.

Era además usual que unos pocos maestros de la isla, como Juan González, José R. Florido o Eldis Cobo, jugaran en los torneos abiertos de los Estados Unidos. González, por ejemplo, ganó el Abierto de partidas rápidas (blitz) en 1946, por lo que una fotografía suya en bata de médico ocupó la portada del número de enero de 1947 de la revista Chess Review bajo el titular «Prescription for Speed» (Receta para la velocidad). Doce años después, Cobo triunfó en el Campeonato Abierto (con tiempo de meditación regular) de los Estados Unidos de 1958 al vencer a los Grandes Maestros Arthur Bisguier y Larry Evans (ambos desde 1957). En los dos casos se trató de bien aprovechados paréntesis en los estudios de ambos: los de González en la escuela de medicina de la Universidad de Nueva York, y los de Cobo en la escuela de ingeniería de la Universidad de Columbia.

En febrero de 1952, como parte de los festejos del cincuenta aniversario del establecimiento de Cuba como un país independiente, un grupo de ajedrecistas norteamericanos viajó por avión a La Habana para una fuerte competencia internacional llamada Torneo por el Cincuentenario de la República. Fue un evento de resonancia mundial cuya primera ronda se jugó en el Palacio Presidencial. Pero su desarrollo se vio inesperadamente en aprietos por el golpe de estado que dio Batista al mandatario constitucional Carlos Prío Socarrás en la madrugada del 10 de marzo de ese año, lo que obligó al Presidente del Club Capablanca, Mario Figueredo, a buscar apoyo en figuras cercanas al nuevo gobernante para que no se suspendieran las garantías financieras para el torneo, lo que felizmente logró.

El grupo que participó en el torneo de 1952 estuvo encabezado por el estelar polaco-estadounidense Samuel Reshevsky (Gran Maestro desde 1950), quien ganó la competencia empatado con otra figura de primer orden, el también polaco, pero naturalizado argentino, Miguel Najdorf (Gran Maestro desde 1950). La competencia incluyó a otros conocidos jugadores norteamericanos como Isaac Horowitz, Edward Lasker, Herman Steiner y la nueva estrella Larry Evans, además de otras figuras importantes del ajedrez mundial como el Gran Maestro yugoslavo Svetozar Gligoric (desde 1951) y el Gran Maestro austríaco-argentino Erich Eliskases (desde 1952). También participaron otros futuros Grandes Maestros como el entonces polaco-francés Nicolas Rossolimo (desde 1953), posteriormente nacionalizado estadounidense; el argentino Carlos Guimard (desde 1960); y el niño prodigio español Arturo Pomar (desde 1962).

El otro personaje de la expedición del Log Cabin Chess Club a Cuba en 1956 era Norman Tweed Whitaker, quien acumulaba en sus espaldas algunos años de cárcel en varias prisiones, entre otras la célebre de Alcatraz, en donde tuvo una relación tumultuosa con Al Capone, quien no quiso identificarse con una huelga que Whitaker organizó. Con el típico rostro del que inspira confianza, el uso de trajes caros y una sonrisa que desarmaba, Whitaker era para muchos sencillamente un embaucador, o un tahúr de casino fluvial, como le hubiera llamado John F. Kennedy. Para sus víctimas, era un delincuente de la peor calaña, a pesar de su título de abogado, del que se le despojó como consecuencia de sus tropelías.

Con informaciones falsas, Whitaker trató de inmiscuirse en el célebre secuestro del hijo de veinte meses del famoso aviador estadounidense Charles Lindbergh en 1932, al proclamar que él tenía contacto con los captores y serviría de intermediario para negociar la libertad del bebé. Esta breve intervención suya posiblemente habría dejado en sus bolsillos la cifra de más de cien mil dólares, pero cuando se descubrió su falso gambito, la justicia lo premió con un pasaje de ida a la cárcel por intento de extorsión.

No todas las argucias fraudulentas de Whitaker tenían como trasfondo el dramatismo ni alcance universal del secuestro del hijo de Lindbergh. La mayoría eran simples pillerías «menores», como el robo de vehículos, la reducción de kilometraje en los odómetros o los envíos de morfina por correo. En una ocasión hasta se le acusó de perversión de menores con una niña de trece años. Pero los padres de la joven no testificaron en su contra.

Desde su juventud, Whitaker comenzó a tener problemas con la justicia. Todo un rosario delictivo de varias décadas de extensión se muestra en el minucioso registro de su vida y fechorías escrito por John S. Hilbert con la ayuda del conocido historiador y bibliófilo de ajedrez Dale Brandreth, que al final resultó un inmenso volumen de 481 páginas con 570 partidas.

Esto parece un esfuerzo desproporcionado acerca de un jugador de ajedrez que estuvo lejos de alcanzar algún éxito significativo).

Hilbert, sin embargo, tituló muy bien esta atípica obra: «Shady Side: The Life and Crimes of Norman Tweed Whitaker, Chessmaster» (El lado turbio: la vida y los graves delitos de Norman Tweed Whitaker, maestro de ajedrez), que se publicó en el año 2000 por Caissa, la casa editora de Brandreth. Tal vez la inspiración del título le llegó a Hilbert por el nombre de la calle en donde vivió Whitaker, «Shady Side», aunque en ese caso particular era porque sencillamente se encontraba en el lado sombreado de la vía, sin ninguna connotación perniciosa.

En la pormenorizada narración de Hilbert se cuenta que Whitaker comenzó sus incursiones al otro lado de la ley cuando evadió el servicio militar obligatorio implantado en los Estados Unidos a partir del 18 de mayo de 1917, casi 50 días después de que el presidente Woodrow Wilson pidiera al Congreso que declarara la guerra a Alemania. Pero ya antes había tenido serios tropezones con los directores del ajedrez de la ciudad de Filadelfia, al encolerizar lo suficiente a Walter Penn Shipley, una figura clásica del ajedrez de los Estados Unidos a principios del siglo 20, para que éste y los restantes directivos de la institución no sintieran por él tanto «amor fraternal» (tal como expresa el significado en latín de esa ciudad norteña) y lo vetaran formalmente de los salones del Franklin Chess Club el 6 de octubre de 1910.

Un ejemplo resumido de la vida y desmanes de Whitaker en su doble personalidad dentro y fuera del ajedrez se puede encontrar en 1921, cuando tras finalizar tercero en el «Octavo Congreso de Ajedrez de los Estados Unidos», celebrado del 6 al 20 de julio en Atlantic City, Nueva Jersey, urdió en esa misma ciudad el robo de un automóvil para viajar hasta San Francisco, California, en una excursión familiar y de amigos en dos vehículos, uno de ellos el robado. Con ese hurto comenzó su larga y polémica relación con la justicia.

El 30 de diciembre de 1954, tal como si se retrocediera en el tiempo 37 años, se expulsó una vez más a Whitaker del ajedrez organizado, en esta ocasión no por los filadelfios, sino por los directores nacionales de la Federación de Ajedrez de los Estados Unidos, por «ataques falsos, difamatorios y libelos contra la federación y sus oficiales».

Fue verdaderamente injusto que el escritor argentino Jorge Luis Borges no incluyera a Whitaker en su Historia universal de la infamia, pues el hombre tenía méritos para estar en tan selecto grupo. Tal vez como reflejo psicológico de su conducta humana, Whitaker era un jugador de ajedrez de estilo osado, con tendencia a colocar celadas a sus adversarios, como muestra su partida con el futuro campeón Mundial José Raúl Capablanca, en la única ocasión en que se enfrentaron en una competencia oficial.

Whitaker afirmó en un artículo de remembranzas, Sixty-five Years in American Chess, (65 Años en el ajedrez estadounidense), publicado en la revista Chess Life (diciembre de 1969), que él había urgido al joven Fischer a utilizar siempre el Peón Rey como primera jugada. Fischer nunca negó esta afirmación, aunque quizás él prefería la salida con el Peón de Rey por instinto propio, sin que mediara la tutoría de Whitaker.

Sus comentarios sobre Fischer fueron exactamente los siguientes: «A menudo me preguntan por Bobby Fischer. Lo conozco mejor que la mayoría de los demás. Pasamos tres semanas en una gira de ajedrez a través de muchos estados del sur y Cuba. El equipo de ocho (sic) votó que yo jugara en el Tablero 1, Fischer en el Tablero 2. Naturalmente, tuve una oposición más fuerte, pero al final nuestros puntajes fueron los mismos: cada uno ganó cinco, perdió uno y empató uno. Insté a Fischer a jugar 1. P-K4 (1. e4). Según recuerdo, en la docena de años transcurridos desde entonces Bobby nunca ha jugado ningún otro movimiento inicial».

De haber sido así, ¡éste sería sin dudas el mayor aporte de Whitaker a la historia del ajedrez!

Un tercer personaje del viaje también merece analizarse a fondo: Regina Wender-Fischer, la madre del joven prodigio del ajedrez, quien en esta ocasión tuvo el buen tino de no enviar solo a su hijo. Unos meses antes, en julio de 1955, Regina fue mucho más negligente al permitir a su hijo viajar solo hasta el distante estado de Nebraska para el campeonato juvenil de los Estados Unidos. De acuerdo con el relato de Frank Brady en Endgame (páginas 43-44) cuando ella trató de comprar el pasaje en la estación de trenes Pensilvania, de Nueva York, el expendedor se negó con la explicación de que no podía hacerlo pues los niños menores de 12 no podían viajar solos. Pero ella argumentó que el viaje era necesario para su chess (ajedrez en inglés) y el hombre entendió chest (pecho en inglés), por lo que le extendió el boleto al creer que se trataba de un viaje para un tratamiento médico de una enfermedad del corazón o los pulmones.

En el hermético mundo de la policía política, una bandera roja es el indicio de que algo de interés se registra en el expediente de una persona. En el caso de Regina, había una larga hilera de banderas rojas, hasta que, tras una enconada e infructuosa cacería, los agentes concluyeron que ella era como una especie de «compañera de viaje», pero no una espía soviética.

Los servicios de inteligencia de los Estados Unidos estaban seriamente preocupados de que la KGB hubiera captado a Bobby durante su viaje a Moscú en 1957. Como mostró posteriormente la historia, Fischer no tenía vocación para el sórdido rol de espía. Pero para el FBI, y todo el Washington oficial, hubiera sido muy embarazoso reconocer ante el mundo que su principal talento en el ajedrez no era más que un peón de Moscú.

El grueso del interés de la Oficina Federal de Investigación (FBI) de los Estados Unidos por Regina se remonta al 21 de mayo de 1957, pero su expediente mostraba un arresto desde junio de 1943 «por perturbar la paz», es decir que desde mucho antes ella estaba en el radar de la agencia, así como su hermano Max, cuyas primeras anotaciones por parte de la FBI se registraron en 1942.

Los motivos de la vigilancia eran que ella mantenía contactos con miembros del Partido Comunista de los Estados Unidos (incluso cuando había sido expulsada en 1953) y con el personal de las sedes diplomáticas soviéticas, con la excusa de que el motivo aparente era que su hijo Robert pudiera viajar a esa nación para poder desarrollar sus habilidades tras consagrarse en 1957 como el más joven campeón de ajedrez de los Estados Unidos, a la edad de 14 años.

Los informes desclasificados del FBI sobre Regina indican el interés de esa agencia por sus actividades y amigos. Varias de las pesquisas fueron ordenadas por el propio director de la entidad, John Edgar Hoover, lo cual puede indicar que en algún momento fue un objetivo prioritario. Uno suele tener la errónea idea de que los servicios de inteligencia tienen un lenguaje sublime en sus comunicaciones secretas y que esos despachos, no escritos para los seres humanos comunes, esconden recónditos misterios y enigmáticos cifrados. No es así; en la inmensa mayoría de las ocasiones se trata de una simple recopilación de delaciones o despachos de agentes donde lo único destacado es la pedestre monotonía del texto.

Como anteriormente se ha mencionado, uno de los primeros despachos sobre la familia Wender se le envió el 4 de octubre de 1942 a Hoover desde la sede del FBI en San Luis. Era sobre la vigilancia a Max Wender, el hermano de Regina, como un caso de ‘seguridad del tipo C’. En otro informe, del 21 de octubre de 1957, se menciona al físico de origen húngaro Paul Nemenyi como posible padre del hijo varón de Regina y se sugiere al jefe distrital de Chicago entrevistar al propio Nemenyi para aclarar el asunto.

El FBI no creía que el físico alemán Hans-Gerhardt Fischer, que vivía entonces en Chile, era el padre del niño, aunque Regina así lo atestiguó a la trabajadora social que atendió su parto en el hospital para judíos pobres Michael Reese, en Chicago. Según el relato de Regina, ella se encontró con Hans-Gerhardt en la Ciudad de México tras varios años de separación y de ese reencuentro surgió el embarazo. Lo cierto es que los agentes de inteligencia no compartían la historia, lo que parece estar fundamentado por el extraordinario parecido de Fischer con Nemenyi, y también por declaraciones posteriores de otro hijo de Nemenyi, el estadístico Peter Nemenyi, quien atestiguó que Fischer era su hermano paterno.

De diferente parecer era la informante Helen Mahler Goldstein, quien mantenía una relación con Nemenyi. Para Mahler, aunque no lo declaró así de forma tan tajante al FBI, Regina engañaba a Nemenyi con la historia de que el pequeño Fischer era su hijo, tal vez con el fin de que él se encargara de los gastos de su mantenimiento, a pesar de que el propio Nemenyi le confesó que tenía un hijo fuera del matrimonio que entonces (1946) tenía la edad de tres años.

Nemenyi también le dijo que la madre del niño vivía en Iowa o Colorado, lo cual coincide con el itinerario de Regina. Paul Felix Nemenyi provenía de una familia judía acaudalada. Nació el 5 de junio de 1885 en la ciudad de Fiume (hoy en día Rijeka, Croacia) y se convirtió en uno de los más importantes matemáticos de Hungría y del mundo con sus estudios y teoremas en la mecánica de medios continuos.

En esta historia nadie parece dar la imagen de un ser humano común y corriente. Nemenyi tampoco la daba. Se le consideraba un niño prodigio que a los 17 años ganó la competencia nacional de matemáticas de Hungría. Su apellido original era Neumann, pero lo «hungarizó» por Nemenyi. Pese a su origen burgués, estaba catalogado por el FBI como un simpatizante marxista. Según un informante anónimo, Nemenyi no ocultaba su convicción de que el comunismo era mejor que el capitalismo. Falleció el primero de marzo de 1956, a la edad de 70 años, en Washington D.C. Hoy muchos datos apuntan a que era el padre biológico de Fischer, aunque todavía no existen pruebas de ADN que lo garanticen.

Regina Wender-Fischer tampoco era una mujer ordinaria. Hablaba al menos cuatro idiomas, (algunos testigos suben esa cifra hasta ocho) entre ellos el español, además del alemán, el inglés y el ruso. Pero tenía serios problemas de conducta, al extremo de que hasta los agentes del FBI se preguntaban cómo ella podía ser capaz de resolver los complejos problemas de su vida personal. Un perfil psicológico elaborado por esa agencia la clasificaba como «ligeramente paranoica, querulante, pero no psicótica». Su clasificación dentro del trastorno siquiátrico denominado querulomanía era bastante correcta, pues se trataba de una mujer con delirios de pleitear y que se quejaba de haber sido objeto de engaños, un síndrome que lamentablemente trasmitió a su hijo varón.

El amplio expediente suyo en el FBI mostraba los siguientes datos básicos:

Fecha de nacimiento 31/3/13.

Lugar de nacimiento Zúrich, Suiza.

Altura: 5’3” (5 pies y tres pulgadas – 1 metro 60 centímetros).
Peso: 140-lbs. (64 kilogramos).
Pelo: Castaño oscuro (con vetas grises).
Tez: Rubicunda.
Raza: Blanca.
Sexo: Femenino.
Ocupación: Enfermera.
Residencia: 560 Lincoln Place,

Brooklyn, Nueva York.

Estado marital: CASADA con GERARD

FISCHER, alias GERARDO LIEBACHER, (Nota con bolígrafo: de México, América del Sur), en Moscú, Rusia el 4 de noviembre de 1943. Se divorció de FISCHER el 14 de septiembre de 1945.

Familiares:     HIJA – JOAN FISCHER, nacida el 8 de julio de 1937 en Moscú, Rusia. HIJO – ROBERT JAMES, nacido el 9 de marzo de 1943 en Chicago, Illinois.

Desde luego, esta ficha contiene un error evidente: el 4 de noviembre de 1943, supuesta fecha de su boda con Hans-Gerhardt Fischer, pues Regina se había mudado para los Estados Unidos desde 1939. La unión efectivamente ocurrió en Moscú, pero en 1933.

La personalidad de Regina quedó cabalmente reflejada cuando en 1945 viajó hasta un pequeño poblado norteamericano también llamado Moscú, para completar su separación legal de Hans-Gerhardt Fischer. Debe de haber sido una satisfacción personal el borrarlo de su pasado con un portazo final apropiado al regresar al comienzo de esa relación matrimonial que fue en la capital de Rusia. Al menos el último acto ocurrió también en Moscú, pero uno liliputiense en medio del frío y escabroso estado de Idaho, en el noroeste de los Estados Unidos.

En otra ocasión, cuando Regina escuchó las declaraciones de admiración de su hijo sobre Richard Nixon, al que visitó en la Casa Blanca tras su victoria sobre Boris Spassky en Reikiavik, 1972, su reacción fue hacer campaña a favor del demócrata George McGovern, rival de Nixon en las elecciones presidenciales de ese año.

Durante gran parte de su vida Regina mantuvo una relación tirante con su hijo, al extremo de que éste, hastiado, declaró: «Ella se entrometía en todo lo mío y a mí no me gusta que se metan en mi vida.

Por eso tuve que quitármela de encima». De acuerdo con el obituario de Fischer aparecido en The New York Times del 18 de enero del 2008, el fallecimiento de Regina ocurrió en junio de 1997; y un año después, en junio de 1998, el de su hermana Joan. Ambos hechos luctuosos dejaron un vacío existencial en la vida de Fischer que, según especulan algunos de sus allegados, lo perturbaron seriamente y afectaron su frágil racionalidad.

No es de extrañar que durante la travesía de Cayo Hueso a La Habana en 1956, Regina haya preferido mantenerse alejada de su hijo, al extremo de que Pedro Urra, que se encontraba muy cerca de Fischer, ni siquiera la divisó una sola vez. Urra, en cambio, sí recuerda a Laucks, «un hombre que parecía un ruso», al que en algunas ocasiones vio en el barco junto a Fischer y al que reconoció años después en una fotografía como el único que osó penetrar la férrea pared de aislamiento del niño.

Frank Brady afirma en Endgame (Crown Publisher. Nueva York 2008, Pág. 48) que Fischer jugó varias partidas a la ciega contra Robert Houghton. Tal vez fue en el viaje de regreso, cuando el niño se le perdió de vista a Urra, a pesar de que éste tenía en el City of Havana una posición privilegiada para observar lo que ocurría en el nivel principal del transbordador, pues la tienda de suvenires, rodeada toda ella de cristales, se encontraba en el medio del salón principal climatizado que se hallaba bajo cubierta. Fischer estaba a unos 15 pies de distancia de él, hacia proa, al lado de uno de los ventanales.

En el momento en que Laucks y sus «cabañeros» viajaban a La Habana, el país caribeño estaba envuelto en un intento por lograr que Batista abandonara el poder mediante el llamado a una componenda política. La persona que se ocupó de esa tarea fue Cosme de la Torriente, el ex ministro de Relaciones Exteriores que dio en 1913 a Capablanca su primer trabajo en el servicio exterior cubano. Sin embargo, las gestiones de Cosme de la Torriente fracasaron y el drama de la Isla prosiguió.

Pero no todo eran tensiones políticas. En el Cabaret Tropicana la vedete Dorothy Dandridge, quien se había convertido en una celebridad tras su nominación a un Oscar por su actuación en el filme de 1954 Carmen Jones, deleitaba a los asistentes, al tiempo que se anunciaba la próxima aparición de Nat King Cole. Mientras tanto, Marlon Brando ganaba una apuesta simplemente al subirse a un avión rumbo a la capital cubana. Cuando un periodista le preguntó al actor por el motivo de su viaje a La Habana, éste respondió: «Vengo a bailar la rumba, a practicar el toque de las tumbadoras y a comprar un par de bongós». (Ver Nota 5).

En el mismo avión en que Brando viajó de súbito a Cuba, también volaba el actor Gary Cooper para visitar a su amigo Ernest Hemingway, quien vivía en el cercano vecindario de San Francisco de Paula, en el municipio de San Miguel del Padrón, en una colina llamada La Vigía, desde donde se divisaba una vista majestuosa de la Bahía de La Habana.

En el ajedrez, el conocido cronista del juego Carlos A. Palacio escribía en la revista Carteles un obituario del Maestro polaco-francés Savielly Tartakower, fallecido pocas semanas antes, el 4 de febrero, en París. En el estadio de béisbol capitalino, el lanzador Camilo Pascual, nacido en San Miguel del Padrón, donde vivía el novelista norteamericano, guiaba a su equipo, los Elefantes de Cienfuegos, a la victoria en el torneo invernal de la isla. Posteriormente Pascual también ayudó a ganar la llamada Serie del Caribe, que ese año se efectuó en Puerto Rico.

Cuando el City of Havana tiró ancla en el Muelle de Hacendados, cerca del Castillo de Atarés, una fortaleza española construida en 1767, una delegación de ajedrecistas de la isla esperaba a los visitantes. Entre otros, se encontraban el fundador y presidente del Club Capablanca, Mario Figueredo; su vice presidente Ramón Bravo Alcántara; el legendario José A. Gelabert, amigo y primer biógrafo de Capablanca; Alberto García, miembro de la directiva de la institución; José Raúl Capablanca hijo, con quien Laucks posiblemente pactó la visita tres meses antes en Nueva York, así como el campeón nacional Dr. Juan González, que ayudó al traslado de los visitantes a sus alojamientos en su recién adquirido Pontiac Catalina de 1956.

El Muelle de Hacendados era el único sitio en la Bahía de La Habana con una explanada suficientemente amplia para recibir los vagones de ferrocarril, camiones y automóviles que cargaba el transbordador, pues el resto del puerto estaba rodeado de escarpadas colinas por la parte noreste, y el litoral del sureste por el avance urbano, la aduana, los almacenes o la planta eléctrica de la ciudad. Durante el recibimiento, Bravo le ofreció a Regina y a su hijo residir en su vivienda particular, en el número 1162 de la calle Belascoaín, entre la Calzada del Monte y Cristina, justo en la popular intersección conocida como Cuatro Caminos, que tenía acceso cercano al «Muelle de Hacendados» por medio de la Avenida de Atarés. Además de su casa, ubicada en el segundo piso del edificio, Bravo tenía en la planta baja de ese inmueble su negocio y laboratorio de fotografía, llamado Foto Bravo.

El resto de los jugadores se alojó en el Hotel Bruzón, un inmueble modesto pero funcional que ofrecía importantes descuentos a los viajeros del City of Havana. El establecimiento se hallaba situado en la Calle Bruzón No. 123, casi esquina a Pozos Dulces, a unos 10 minutos en automóvil del Club Capablanca, donde esa noche se efectuó la primera parte del match entre ambos equipos.

Ni los pocos detalles ofrecidos en la prensa sobre la visita de los «cabañeros», ni los que contó Alberto García a los autores, mencionan si Laucks decidió llevar a La Habana su «pisicorre», versión humorística de la ya simpática expresión «pisa y corre», que es como identificaban en Cuba a un vehículo station-wagon. Lo más probable es que no lo haya hecho, debido al alto costo del viaje para los automóviles y la corta estancia de menos de dos días en La Habana.

Tras comer en el Hotel Bruzón, los viajeros fueron directamente hasta el Club Capablanca de La Habana, una instalación inaugurada nueve años antes, la noche del 26 de junio de 1947, por el entonces presidente cubano Ramón Grau San Martín. El local contaba con un salón capaz de albergar 18 mesas de ajedrez y un amplio estante de tres piezas que desde el primer día se pobló con la biblioteca de más de 500 libros y las colecciones de revistas de ajedrez del juez Rafael Pazos, que donó su viuda a la institución. Pazos es una de las figuras históricas del ajedrez en la Isla, pues, entre otras cosas, fungió en 1921 como padrino de Emanuel Lasker durante el Campeonato Mundial entre el Gran Maestro alemán y José Raúl Capablanca. Un gran lienzo sobre Capablanca realizado por el pintor Esteban Valderrama decoraba la pared trasera y constituía la pieza central de la institución.

En el Club Capablanca se realizó una recepción de bienvenida a los visitantes y el pareo de los colores, ocasión en que se nombraron los jugadores por el orden del tablero y se informó que las partidas se disputarían a razón de 50 jugadas en dos horas. No habría partidas suspendidas y quedó establecido de manera implícita que los juegos inconclusos se adjudicarían, sin mencionarse tampoco quiénes serían los encargados de ello.

La composición de los encuentros quedó así: Primer tablero del Log Cabin Chess Club, Norman T. Whitaker (ELO 2220, pero en otro anterior publicado en Estados Unidos tenía 2398) contra el campeón de ajedrez de Cuba, el Dr. Juan González, cuyo último rating de la FIDE, cuando ya era una persona cercana a los 80 años, fue de 2232.

Segundo tablero del Club Capablanca, con piezas blancas, José R. Florido, contra Robert J. Fischer. Unos meses antes, en junio de 1955, la revista Chess Review publicó un rating provisional de Fischer al que le calculó 1826 puntos. Pese a cifras tan bajas, era más alto que los 1198 de su promedio en el Ajedrez Postal que apareció en la lista de agosto de 1955 de la misma revista o los 1082 de marzo y agosto de 1956, en momentos en que ya Fischer no participaba más en la modalidad del juego por correspondencia.

Florido era un maestro cubano sin un ELO fiable debido a su escasa participación en torneos oficiales, pero uno de 2250 a 2300 podría ser una aproximación cercana a su fuerza de juego. Era conocido por su habilidad para crear celadas, o «trapitos» (un anglicismo proveniente de la palabra inglesa trap, que en español significa trampa), como él mismo decía jocosamente, así como por la rapidez de sus movidas, aunque no era un jugador que se distinguía por su comprensión estratégica del ajedrez. Debido a su intensa participación en partidas rápidas celebradas en el Club Capablanca, Florido efectuaba la primera jugada que le venía a la mente, lo cual le costó muy caro en su encuentro con el niño Fischer.

Hombre de carácter afable y una sonrisa siempre a flor de labios, Florido era una de las figuras emblemáticas del Club Capablanca, por lo que en numerosas ocasiones ocupó cargos en la directiva de la institución. Una cualidad distintiva de su carácter era que prefería reírse de sus derrotas en lugar de lamentarse por ellas. No era un profesional del ajedrez y se ganaba la vida como contador de una empresa.

El conocimiento teórico de Florido era limitado, pero esto no le impidió obtener ciertos éxitos. En Cuba se le consideraba uno de los 10 mejores jugadores del país en la década de 1950. En los Estados Unidos, compitió al menos en tres ocasiones en torneos abiertos, en los cuales se ubicó siempre en el grupo de cabeza, además de lograr algunas victorias contra figuras de renombre de ese país, como el Maestro Nacional Ariel A. Mengarini, a quien venció en un encuentro amistoso del Club Capablanca versus el Marshall Chess Club en 1951.

En el Torneo Abierto de los Estados Unidos de ese mismo año, celebrado en Fort Worth, Texas, Florido finalizó con 8.5 puntos de 12, empatado del 5to al 8vo puesto, por encima de su compatriota Juan González, así como de Norman T. Whitaker y el futuro Gran Maestro Edmar Mednis, en una competencia en la que tomaron parte 95 ajedrecistas y que ganó el futuro Gran Maestro y cinco veces campeón de los Estados Unidos Larry Melvin Evans.

Al año siguiente, en Tampa, Florido terminó con 7.5 puntos en los lugares del 10 al 16, empatado con Mednis y Herman Steiner (Maestro Internacional desde 1950). En el abierto de 1953 en Milwauke, una competencia más fuerte y concurrida, finalizó con 8.5 de 13 posibles, empatado del puesto 13 al 26 con los futuros Grandes Maestros Bisguier, Arthur William Dake (Gran Maestro Honorario desde 1986) Evans y William Lombardy (Desde 1960), Hans Berliner (Campeón Mundial por Correspondencia 1965-68), y los Maestros Nacionales Mengarini y Anthony Santasiere.

Cuando Alberto García, director de competencias del Club Capablanca, le informó a Florido que jugaría en el segundo tablero y que su rival sería el niño Fischer, el cubano mostró su desagrado, pues si ganaba, nadie pensaría que su victoria tendría valor. Pero si perdía sería objeto de burlas. En esto se equivocó, pues si se le recuerda hoy en día se debe a su derrota de aquella noche. El orgullo hizo que Florido reaccionara así ante la noticia de quien sería su rival de esa noche. No le importó mucho que en el ejemplar de enero de 1956 de la revista Chess Review Fischer apareciera retratado en la portada, imagen que se correspondía a su exhibición de simultáneas contra niños del Yorktown Chess Club.

Florido abrió con 1. e4 y cuando Fischer le respondió con 1… e5, la partida transitó por los senderos de la Apertura Italiana o Giuoco Piano, el sistema que siempre utilizaba el cubano en esta situación. Tal parecía que eso era lo único que se recordaría de tal encuentro, el sistema de apertura empleado, que pareció corroborado diez años más tarde, durante la Olimpiada de Ajedrez de 1966 en La Habana, en el momento en que Fischer y Florido se encontraron en la escalera que conducía desde el lobby al piso de la sala de juegos.

El coautor de este libro, Jesús Suárez, se hallaba en el piso del salón de juego, cerca de la parte alta de la escalera, y oyó cuando Florido, cerca de él y también en la parte alta, le decía a un amigo: «No se va a acordar de mí». Fischer, quien subía a pasos vivos, escuchó la conversación, reconoció de inmediato a su viejo rival y le dijo en español, sin dar tiempo a la pregunta: «Florido, me acuerdo de usted. Jugamos un Giuoco Piano», tras lo cual el amigo de Florido los invitó a Las Cañitas, un bar contiguo a la piscina del hotel.

Suárez, quien entonces contaba con 18 años y era un estudiante de Licenciatura en Química, ha lamentado toda su vida su falta de curiosidad en ese momento cuando los dejó alejarse al sentirse algo intimidado. Tampoco se ha perdonado nunca que no le preguntara luego a Florido sobre lo que habló con Fischer, ni que le pidiera al cubano que le mostrara las jugadas de aquella confrontación.

Pero todo esto cambió de manera dramática cuando el Maestro Internacional John A. Donaldson sugirió a los autores que preguntaran a Gary Robert Furman, ex director de la junta de gobernadores del Marshall Chess Club. Furman respondió que conocía esa partida y que haría lo posible por obtener permiso para que fuera utilizada, en el libro, promesa que cumplió.

Según muestra una de las fotografías sobreviviente del encuentro, no hay dudas de que ésta fue la partida más emotiva del match, lo que atestigua el grupo de personas que se reunió alrededor de la mesa, entre ellas Ramón Bravo, vicepresidente del Club Capablanca; y Alberto García, quien dirigió el certamen, pero el valor del encuentro no guarda relación con el internso interés de los que la presenciaban, pues Florido comenzó a entregar piezas sin ton ni son y tras su auto matanza no le quedó más remedio que rendirse.

A pesar de su expulsión del ajedrez organizado de los Estados Unidos en 1954, la revista Chess Life (agosto de 1965, página 521) hizo un amplio panegírico de Whitaker en el que expresó frases laudatorias tales como que «vivió una vida increíblemente activa en el ajedrez», aunque objetó que «Fuera del juego, Norman no se distinguió mucho y estuvo envuelto en demasiadas cosas por debajo de las leyes que estudió». «Descanse en paz, amigo Norman», fue como Chess Life terminó su tributo final a Whitaker.

El resto del match careció de interés dado la desproporcionada diferencia entre los integrantes del equipo cubano y los visitantes. En el tercer tablero, Carlos Calero derrotó con negras a E. R. Glover, quien tenía entonces un rating promedio de 1976 y era el presidente del Club de Ajedrez de la Biblioteca Mercantil de Nueva York. Calero había triunfado cinco meses antes en el Torneo Eliminatorio Nacional para escoger al retador del Dr. Juan González, que ostentaba la corona en la Isla. En esta última competencia, Calero superó a Eleazar Jiménez, Miguel Alemán, Rogelio Ortega y Francisco Planas, otras figuras clásicas del país, pero perdió el match con González 5-1 con 3 empates.

En el cuarto tablero, Eldis Cobo, (2420), ganador del Abierto de los Estados Unidos en 1958, venció a Wyn Walbrecht, quien tenía un rating promedio de 1736. En el quinto, Rogelio Ortega con un rating superior a 2300 (luego llegó a 2472) venció a Ted Miller, que ni siquiera tenía puntuación. Lo mismo sucedió con el ex campeón cubano Miguel Alemán (cuyo único rating conocido fue de 2178 y que formó parte junto a Capablanca en el equipo de Cuba en la Olimpiada de Buenos Aires y luego también compitió en la de Helsinki 1952), quien derrotó a Richard Houghton. El Dr. Rosendo Romero, otro ex campeón nacional, tampoco debió tener problemas en imponerse a Forry Laucks, con un coeficiente de apenas 1726.

El Club Capablanca estaba integrado entonces por jugadores que hubieran podido formar parte de un equipo olímpico de Cuba, como efectivamente lo hizo la gran mayoría en más de una ocasión. Por ejemplo, Eldis Cobo estuvo en una selección olímpica en 8 ocasiones; Eleazar Jiménez, en 7; Rogelio Ortega, en 5; Miguel Alemán y Juan González lo hicieron en 2; mientras que Calero integró la selección nacional una vez. El único que no representó a Cuba en tal tipo de competencia fue el Dr. Romero, pero no por falta de talento, sino porque su profesión y sus aspiraciones políticas le demandaban mucho tiempo.

Al día siguiente de la llegada a La Habana de Fischer y el resto de los «cabañeros», en el importante matutino Diario de la Marina, (página 5-B), apareció la primera información pública de la visita a Cuba del Log Cabin Chess Club, escrita por el Dr. González, que, sin embargo, no ofrecía los resultados del match jugado la noche anterior, ni tampoco hacía mención alguna al joven prodigio.

AJEDREZ

Por Juan González

Cuando estas líneas vean la luz, ya se encontrarán entre nosotros los siete representantes del equipo de ajedrez que más viaja en el mundo, el Log Cabin Chess Club de New Jersey. Esta simpática institución que preside Mr. [Elliot] Forry Laucks, no sólo celebra matches de ajedrez en todos los centros importantes de Estados Unidos, sino que ha celebrado encuentros en Alaska e innumerables encuentros en Europa y países de la América Latina.

Esta será sin duda alguna una brillante oportunidad para nuestros jugadores de celebrar un match a una o dos vueltas con un fuerte equipo de jugadores norteamericanos ya que con Mr. Laucks viajan siempre estrellas del Marshall C.C., del Manhattan C.C., del Washington Chess Divan y otros clubes importantes de Estados Unidos. Las partidas se celebrarán en el club de ajedrez Capablanca de Infanta 54 en horas de la tarde de hoy domingo. Viene con el equipo N.T. Whitaker maestro internacional de magnífico récord.

El equipo del club Capablanca estará representado por Carlos Calero, Eldis Cobo, Eleazar Jiménez, R. Ortega, Francisco Planas, Miguel Alemán, J. R. Florido y el que estas notas redacta.

La información propiciada por González muestra que en el momento en que la redactó, muchas cosas todavía no estaban definidas. Mientras que él escribió que la primera parte del encuentro se celebraría el domingo, en realidad los miembros del Log Cabin dijeron que no se sentían cansados por el viaje y que estaban dispuestos a enfrentar a los locales la misma noche de su llegada a La Habana.

La decisión también tomaba en consideración el deseo de Laucks de mostrar a los habaneros el talento del joven Fischer en una actividad protagónica, como fue su simultánea contra 12 jugadores la tarde del domingo 26 de febrero. En ese intercambio de opiniones tras desembarcar en Cuba, ambas instituciones acordaron que la segunda parte del match, tras las simultáneas de Fischer, sería un match a cuatro vueltas de partidas rápidas a cinco minutos por jugador en cada una (aunque Palacio informó en una crónica periodística del 28 de febrero que sería a doble vuelta).

En la mañana del domingo 26, Fischer inauguró su día no con una partida de ajedrez, sino con un juego de béisbol callejero cuando vio a otros niños de su edad bateando la bola y corriendo las bases en la explanada frente al mercado de Cuatro Caminos, entonces el más grande de La Habana.

El director de programas de radio y TV Humberto Bravo, quien durmió ese fin de semana en la casa de su hermano mayor Ramón, fue testigo del hecho y unos 25 años después se lo contó a Jesús Suárez durante un descanso de un programa radial de ajedrez, del cual Bravo era su director y Suárez el escritor. «Se fue a jugar pelota con los negritos», fue la frase exacta (y no dicha con un tono despectivo) de Humberto Bravo a Suárez.

En 1966, Luis Escobar, un futuro periodista del Wall Street Journal y de la agencia noticiosa Associated Press, quien entonces era un chiquillo mulato de 12 años que acudió a la sede de la Olimpiada junto con un grupo de amigos de su barrio, fue testigo inusitado de un deseo de Fischer. Cuando el joven Luis se acercó tímidamente al norteamericano en busca de un autógrafo, el gran maestro estadounidense lo complació de inmediato tras reconocer en él algo del pasado, y le pidió que le indicara cómo podía llegar al popular cruce de calles habaneras conocido como Cuatro Caminos. No fue hasta muchos años después que Escobar supo que el «extraño» interés de Fischer por visitar ese pobre barrio se debía a que el norteamericano vivió en esa zona de La Habana durante su corta visita de 1956 y posiblemente recordaba con nostalgia esos instantes.

En la tarde del domingo 26, una docena de jugadores, entre ellos el propio Laucks, se enfrentaron a Fischer, quien ofreció la primera exhibición de partidas simultáneas de su vida contra adultos y algunos adolescentes. El número de rivales, 12, no parece que fue fortuito, sino como consecuencia de la edad del joven prodigio.

Un poco más de medio siglo antes, la noche del 24 de octubre de 1901, en la misma ciudad de La Habana, los organizadores no dejaron a un José Raúl Capablanca de 12 años enfrentarse a más de ocho rivales. Capablanca venció a siete de sus adversarios y perdió su única partida contra Augusto Valle.

Fischer, quien estaba vestido con la misma ropa con que hizo el viaje: una camiseta de franjas horizontales de dos colores, un pantalón de pana (corduroy en inglés) y zapatos tenis, venció a 10 de sus contrarios e hizo tablas con los dos restantes, uno de ellos un joven llamado José Arango Casado, quien con el transcurso de los años se convirtió en un prominente cirujano en Cuba, antes de emigrar a otras tierras.

El otro participante que hizo tablas a Fischer fue Ramón Menéndez, que al igual que Arango era de Guanabacoa, un poblado cercano a La Habana con una antigua tradición ajedrecística que databa desde la primera mitad del siglo XIX, época en que residió allí Félix Sicre, considerado el primer campeón de ajedrez de Cuba.

Después de finalizada la exhibición de Fischer, comenzó la segunda parte del match entre los visitantes y los locales: un enfrentamiento de partidas rápidas (blitz) a cuatro vueltas, en el que los representantes del Club Capablanca ganaron por el amplio margen de 21 a 7.

El lugar de Florido en el segundo tablero lo ocupó Eleazar Jiménez y el de Rosendo Romero en el séptimo, Carlos A. Palacio. Debido a que el propio Palacio en su crónica para el rotativo El Mundo del 28 de febrero no menciona los resultados individuales, no hay otra manera posible de saber lo que pasó, excepto especular sobre ello y asumir que siguieron el mismo patrón de la primera parte, en la que los dos primeros tableros del Log Cabin Chess Club ganaron sus partidas respectivas, y el resto de los visitantes fue barrido, menos quizás una victoria o dos empates de González contra Whitaker.

Si, como indican las cosas, Fischer derrotó a Jiménez en cuatro ocasiones en las partidas rápidas, esto no ha sido debidamente destacado, pues Jiménez era en esa época el segundo mejor jugador de Cuba. Ya en el Torneo Internacional de La Habana de 1952, había finalizado por encima de Herman Steiner (Maestro Internacional desde 1950) y Edward Lasker (Maestro Internacional desde 1961), y logrado importantes empates, como el que obtuvo contra el Gran Maestro yugoslavo Svetozar Gligoric, uno de los mejores del mundo por al menos dos décadas.

En 1957, tras vencer en el torneo nacional clasificatorio, Jiménez derrotó 6 a 4 al Dr. Juan González en un match por el campeonato de Cuba para ascender al primer puesto en la Isla, posición que ocupó por más de una década. El único indicio de su resultado con Fischer se lo dio el propio Jiménez a Jesús Suárez cuando años después, mientras analizaban las aplastantes victorias de Fischer sobre Mark Taimanov y Bent Larsen en el Torneo de Candidatos de 1971, Suárez le preguntó a Jiménez si se acordaba cómo jugaba Fischer cuando tenía 12 años de edad.

«¡Una maravilla! ¡Imagínate un niño de 12 años que se sabía de arriba a abajo la India del Rey!», destacó Jiménez.

Pero aquí Jiménez se detuvo y no dio otros detalles.

Sin embargo, recordemos algunas cosas: 1) En la partida contra Florido, Fischer jugó un Giuoco Piano con negras.

  • En las simultáneas que dio al día siguiente, Fischer jugó todas las partidas con blancas.
  • Por tanto, Fischer tuvo que haber jugado la India del Rey en su match de partidas rápidas. Y como es difícil estar mirando a otros tableros en este tipo de encuentros, es casi seguro que Jiménez jugó con Fischer en enfrentamientos en que el norteamericano tuvo al menos dos veces las piezas negras y en alguno jugó la India del Rey.

Según la crónica de Palacio antes citada, Fischer no perdió ninguna partida de las que jugó en La Habana, lo cual lleva a la conclusión de que Jiménez las perdió todas o casi todas. A partir de esos encuentros, Jiménez jugó cuatro partidas de torneo con Fischer. Hizo tablas en dos ocasiones consecutivas: en la Olimpiada de Leipzig, República Democrática Alemana, en 1960; y en el Capablanca in Memoriam jugado en 1965 en La Habana. Perdió en la Olimpiada de La Habana, 1966. Y volvió a entablar en el Torneo Interzonal de Palma de Mallorca, España, disputado en 1970.

El que Fischer desde temprana edad hiciera de la India del Rey su defensa favorita contra el Peón Dama queda comprobado en varias de sus partidas. Por ejemplo, contra Albert Humphrey en el Campeonato Nacional de Aficionados de los Estados Unidos que se celebró en Lake Mohegan, Nueva York, en mayo de 1955. El encuentro terminó en tablas en 33 jugadas. A continuación, en el Campeonato Nacional Juvenil de los Estados Unidos de 1955, celebrado en Lincoln, Nebraska. Allí Fischer empleó de nuevo la India del Rey y entabló contra William Whisler (en 25 jugadas) y venció a Jimmy Thomason (en 23 movimientos).

El martes 28 de febrero, cuando ya Fischer y el resto del Log Cabin se encontraban de vuelta en los Estados Unidos, Palacio publicó la siguiente crónica en el periódico El Mundo, de La Habana:

Notas de Ajedrez por Carlos A. Palacio

El acontecimiento más notorio del fin de semana pasado, conjuntamente con la agradable visita que hicieron al Club Capablanca de La Habana el grupo de ajedrecistas del Log Cabin Chess Club de West Orange, New Jersey, capitaneados por su presidente Mr. Forry Laucks, fue la impresionante personalidad del niño de doce años (y no diez como consignamos en nuestra nota anterior), llamado Bobby Fischer, acompañado de su mamá la señora Regina Wender Fischer.

Desde el primer momento, cuando comenzó a vencer o superar con relativa facilidad a los jugadores más fuertes de nuestro club con los que se enfrentó, y verlo brindar el domingo pasado una sesión de 12 partidas simultáneas, ganando diez y entablando dos, pudimos confirmar las referencias que ya teníamos de las condiciones asombrosas de este muchacho.

No sin una justificación altamente demostrada es que una revista de la categoría y circulación mundial como el «Chess Review» publica en la portada de su número de enero pasado una foto de Bobby Fischer brindando una sesión de partidas simultáneas en el famoso Manhattan Chess Club de Nueva York contra oponentes cuyas edades fluctuaban entre los 7 y los 12 años de edad, venciéndolos a todos, por cuya labor recibió como presente un reloj con su nombre grabado y un cheque del Yorktown Chess Club. No sin aunar méritos muy admitidos es que un periódico tan íntegro y parco en los elogios como el «New York Times» destacara el talento de este novel aficionado.

A pesar de su corta edad, ya Bobby podría recopilar las primeras páginas de su «carrera de ajedrez»; y cuando lo calificamos de aficionado, lo es en el sentido literal del vocablo, ya que para él, el ajedrez constituye una afición tan poderosa como delirante (esto y el base-ball).

Natural y residente de Brooklyn (N. A. En realidad nació en Chicago), su iniciación tuvo lugar en ocasión de formar parte del grupo de muchachos a quienes el doctor Harold Sussman, con su hijo entre ellos, les enseñaba los rudimentos del juego ciencia.

Esto ocurrió hace poco más de un año, cuando en el club de ajedrez de Yorktown se fundó el primer Grupo Juvenil que dirige Mr. Joseph Brooks, integrado por jóvenes de 8 a 12 años de edad. Hoy cuenta con más de 80 miembros de la misma edad, y si a cada uno se preguntara quién es el campeón, contestarían al unísono: Bobby Fischer.

Entre los elogios más autorizados que se han emitido con respecto a su pericia y técnica ajedrecística constan el de los señores Hans Kmoch, árbitro internacional, Hyman Rotkins y Joespe Davia, presidente y vice, respectivamente, del Yorktown Chess Club.

Agreguemos además la opinión de todos los que tuvieron ocasión de verlo jugar en los salones ampliamente colmados del Club Capablanca hace dos días.

El sábado anterior se jugó la primera partida del match en la que los visitantes fueron vencidos con puntuación de 5 por 2

Mencionando primero a los integrantes del Log Cabin Chess Club, el resultado fue el siguiente:

Norman Whitaker 1, doctor Juan González 0. Bobby Fischer 1, José R. Florido 0. E. R. Glover 0, Carlos Calero 1. Wyn Walbrecht 0, Eldis Cobo 1. Ted Miller 0, Rogelio Ortega 1. R. Houghton 0, Miguel Alemán 1. Forry Lauks 0, doctor Rosendo Romero 1.

El domingo se efectuó un match torneo a doble vuelta (N. A. En realidad fue a cuatro vueltas) en forma de «rapid-transit» contra los mismos oponentes, con la excepción de los señores Florido y Romero del Club Capablanca, que fueron sustituidos por Eleazar Jiménez y C.A. Palacio. El resultado volvió a ser favorable para el club sede, con puntuación de 21 por 7.

En las simultáneas de Bobby Fischer participaron los señores doctor Raymundo Plasencia, Sergey Pavol, Rogelio Ferrer, E. Houghton, Forry Laucks, doctor Luis F. de Almagro, Antonio Higuera, doctor Armando Bermúdez, Alberto Reyes, Raúl Martín, José Arango y doctor Ramón Menéndez Bermúdez. Solamente hicieron tablas el señor Ramón Menéndez, y el joven José Arango Casado, de Guanabacoa. Estos actos estuvieron bajo la dirección del señor Alberto García. Los señores Mario Figueredo y Ramón Bravo, presidente y vice del club, respectivamente, colmaron de atenciones a los visitantes, que partieron de regreso ayer llevando una agradable impresión de su corta estadía en La Habana.

En la mañana del lunes 27 de febrero, los miembros del Log Cabin abandonaron Cuba. El pasajero número 23, Robert Fischer, se sentó esta vez en un lugar distante de la tienda de recuerdos, al extremo de que Pedro Urra ni siquiera se percató de su presencia en el barco.

Fischer hizo posteriormente un resumen de su viaje a La Habana con elogios para los ajedrecistas de la Isla: «Los cubanos parecen tomarse el ajedrez más en serio… Lo consideran más en la forma en que yo me tomo el ajedrez. El ajedrez es como una lucha, y me gusta ganar. A ellos también».

» Notas

La excursión ajedrecística del Log Cabin Chess Club se mencionó en la página 26 del The New York Times, marzo 5, 1956, cuando el diario informó que la gira de tres semanas por varios estados había finalizado tras haber celebrado encuentros en las ciudades de Miami, Tampa, St. Petersburg y Hollywood, todas en la Florida; La Habana; y Clinton, Carolina del Norte, con el resultado de 23.5 puntos ganados contra 26.5 perdidos. En la nota se destacó que Norman T. Whitaker jugó en el primer tablero, en el que alcanzó cinco victorias, una derrota y un empate; y que Fischer había obtenido exactamente el mismo resultado en el segundo tablero.

En 1947, el maestro cubano Gilberto García ganó el Torneo Internacional de Ciudad de La Habana, en el que participaron los estadounidenses Donald Byrne (2do. lugar) y Edward Lasker (3er. lugar), quien compitió en el legendario Torneo Internacional de Nueva York 1924, fue autor de muchos libros famosos y campeón de las ciudades de Berlín y Nueva York. Luego de ellos quedaron José Ramón Florido (4to. lugar); Juan Quesada (5to. lugar); el Dr. Rosendo Romero, otro de los personajes históricos del ajedrez cubano, (6to. lugar); y en los dos últimos lugares quedaron Carlos Calero y el Dr. Juan Carlos González, quien, aunque quedó mal en el torneo, venció a Edward Lasker.

Dos días después de que Marlon Brando arribara a La Habana, Guillermo Cabrera Infante, cronista de espectáculos de la revista Carteles, lo entrevistó en el Hotel Packard. Tras un comienzo frío, pues el actor quería permanecer incógnito bajo el nombre de Barker, Brando aceptó la invitación de conocer los lugares de música más populares de La Habana, como en la playa de Marianao, donde tocaba el famoso percusionista Silvano Shueg Hechevarría, más conocido por sus nombres artísticos de «El Chori» o «La Choricera».

El Log Cabin Chess Club regresó una vez más a Cuba en diciembre de 1958, pero en esa ocasión su jugador estrella fue William Lombardy, entonces Campeón Mundial Juvenil.

En la primera vuelta del encuentro, jugada el 13 de diciembre, los visitantes ganaron con resultado de 3 a 2, cuando Lombardy venció a Eleazar Jiménez en el Primer Tablero y Edward Thomas McCormick a José Ramón Florido en el Quinto. La única derrota del Log Cabin en esta vuelta fue de Saul Wanetick contra Rogelio Ortega en el Segundo Tablero, mientras que empataron Weaver Adams con el Dr. Juan González (Tercer Tablero) y Norman T. Whitaker, relegado al Cuarto Tablero, con Carlos Calero.

En la segunda vuelta, disputada el 14 de diciembre, los visitantes se impusieron 3.5 a 1.5 cuando Wanetik venció al Campeón Juvenil cubano Enrique Velazco en el Segundo Tablero y McCormick derrotó a Marcelino Siero en el Quinto Tablero. Las otras tres partidas resultaron tablas: Jiménez con Lombardy en el Primer Tablero, González – Adams en el Tercero y el Dr. José Alfredo Broderman con Whitaker en el Cuarto.

Esto llevó a los jugadores del Log Cabin Chess Club a una victoria 6.5 a 3.5 sobre los representantes del Club Capablanca.

Previamente se jugó el 12 de diciembre un encuentro de partidas rápidas en donde cada jugador del Log Cabin se enfrentaba dos veces (alternando blancas y negras) a un representante del Club Capablanca. Los locales se impusieron por 47 – 25.

Por los cubanos, el mejor fue González con 11 – 1, seguido por Jiménez con 8.5 – 3.5, Ortega 8 – 4, Jesús Rodríguez 7.5 – 4.5, Palacio 7 – 5 y Florido 5 – 7.

Lombardy obtuvo el mejor resultado entre los visitantes, con 9.5 – 2.5, seguido por Adams con 6.5 – 5.5, McCormick 5.5 – 6.5, Wanetik 2.5 – 9.5, Whitaker 1 – 11 y Forry Laucks 0 – 12. (Chess Review, febrero 1959. Página 36).

Nota:

1 Primer capítulo del libro homónimo, que ha sido publicado recientemente en los Estados Unidos y en Brasil. Los autores nos lo enviaron para su divulgación a través de Espacio Laical.