AÑO 2021 Año 17. Nros 1-2, 2021

Vicente Iriondo: un sabio provinciano e ignorado

por José Gabriel Quintas

Dentro de la oleada de españoles que emigraron a Cuba en el último tramo del siglo XIX, y que se prolongó aproximadamente hasta 1930, estuvo un adolescente de tan solo 15 años de edad que, huyendo de la pobreza, traía sus sueños como principal equipaje. Gracias a su inteligencia, consagración al trabajo y ciertos dones especiales, que comentaré luego, se convertiría no solo en un hombre de fortuna material, sino en un intelectual que gozó de prestigio entre los de su clase. Su nombre: Vicente Iriondo de la Vara.

Comenzaré con una sucinta biografía suya. Iriondo nació en Trinas, un suburbio de Oviedo, Asturias, el 9 de julio de 1863. Sus padres, Andrés y Consuelo, eran de origen vasco y se hallaban allí porque el progenitor, constructor de oficio, estaba encargado de una obra y a su esposa encinta se le presentó el parto. Por eso lo designan como asturiano, por el sitio de nacimiento, aunque su estirpe era vascuence.

A los 7 años quedó huérfano de padre, y ese fue el primer severo golpe de su existencia. Él nos dice en sus memorias que a los 12 años vivía en Oviedo, pero parece que también residió mucho en el País Vasco, en una población llamada Markina­Xemein.1 En España cursó estudios elementales y secundarios y también aprendió francés. Y como adelanté, en 1878 decidió emigrar a Cuba y fijó residencia en La Habana, donde obtuvo empleo como mensajero en la fábrica de cigarrillos de Pedro Antonio Estanillo, ubicada en la calle Pedroso.

Su afán de superación le permitió realizar estudios de contabilidad e inglés, y pronto ascendió en la empresa cigarrera; fue cajero, tenedor de libros y gerente, y devino en el hombre de confianza del dueño. A inicios de 1890 la suerte le sonrió; compró un billete de la lotería que resultó el premio mayor, nada menos que 100 000 pesos de la época.

Vicente, junto a su hermano Manuel, beneficiado también con el premio,2 en lugar de invertir en la capital de la Isla, decidió trasladarse a la región de la Trocha, al recién creado municipio de Ciego de Ávila (1877), e instaló un taller o aserrío en un lugar nombrado Colonias, a 6 kilómetros al sur de la cabecera y frente a la vía del ferrocarril de Júcaro a Morón. En la zona había entonces una gran riqueza forestal y pronto el negocio prosperó. En 1893, apenas instalado, ya se le tenía como uno de los prominentes vecinos, y se ganó una semblanza en verso para el libro Los hombres de Ciego de Ávila, de Andrés de Piña Varona.3

Durante estos años finiseculares sorteó las asechanzas del bandolerismo rural y sobrevivió a la guerra independentista, al bloqueo norteamericano y a la posterior ocupación de los Estados Unidos. En este lapso, mientras convalecía en Ciego por un accidente, conoció a la que sería su esposa por casi cuatro décadas, Carmen Aragón Díaz, con la que se casó en 1897.4

Con el advenimiento de la República se mudó en 1905 a la periferia sur del poblado avileño, compró un par de fincas, construyó una casa de dos plantas y asentó su aserrío en las cercanías. Dos años después adquirió otra finca, que lindaba con Ciego de Ávila, y así continuó su exitosa labor empresarial: fomento del Reparto Iriondo con algunos de esos terrenos, edificación del Teatro Iriondo, y donación también de tierras para fundar el ingenio Ciego de Ávila, del cual fue uno de los principales accionistas y que le deparó muchos dividendos en el período conocido como de «las vacas gordas».

No todo fue felicidad; perdió dos niños pequeños por enfermedad y él mismo, hacia 1922, quedó totalmente ciego tras operaciones fallidas, practicadas en Cuba y en España, para extirpar el padecimiento de cataratas, según nos cuenta con lujo de detalles en sus memorias.5

A pesar de estas desgracias le compensaba que sus convecinos aquilataban su valía como benefactor de la sociedad, pues él siempre estuvo dispuesto a sostener acciones de servicio ciudadano, ya se tratara de apadrinar una escuela, apoyar al Cuerpo de Bomberos, fundar La Cruz Roja, realizar la remodelación del templo parroquial, hacer aportes a la Colonia Española, al Liceo y al Centro Asturiano, o cualquier otra faena en bien común. Así, aún en vida, se designó con su nombre una calle y se le honró con el título de Hijo Adoptivo de la ciudad.

En sus años postreros decidió dictarle a su secretario y sobrino político, Manuel Aragón, sus memorias, que revelan las más íntimas inquietudes sobre su vida personal y la realidad del mundo y del universo, al tiempo que confiesa y relata sus insólitas experiencias paranormales. Iriondo falleció en La Habana el 8 de julio de 1936, pero su cadáver fue sepultado en Ciego de Ávila.

» Iriondo intelectual

Inicialmente me referiré al Teatro Iriondo. Este coliseo fue el primero construido especialmente para teatro y sala cinematográfica, pues con anterioridad se utilizaron locales adaptados para esos fines. Fue inaugurado el primero de agosto de 1910 y unos pocos años después, una célebre viajera, la periodista y narra dora asturiana Eva Canel, escribió sobre Iriondo: «al cual debe aquel pueblo muchas bellezas asimismo, contando con que le debe poseer un teatro, cosa no despreciable en parte alguna».6

La primera etapa, entre 1910 y 1922, su escenario contempló el desfile de artistas de la talla de Sarah Bernhardt, Hipólito Lázaro, Florencio Constantino, Giuseppa Galli, María Barrientos, Esperanza Iris y

Consuelo Mayendía, entre otros del ámbito internacional, y del patio lo mejor de los diversos géneros, con prevalencia del teatro vernáculo: Arquímides Pous, Regino López, Sergio Acebal, Raúl del Monte, Ramón Espigal, etc.

Algo sorprendente ocurrió en junio de 1919, cuando impartió una conferencia literaria el escritor andaluz Francisco Villaespesa, al que se sumó un recital poético compartido entre el propio Villaespesa, Gustavo Sánchez Galarraga, Joaquín Aristigueta y Gabriel Jiménez Lamar. El espectáculo fue a teatro lleno, según reflejó el periódico avileño El Pueblo.

La segunda etapa, luego de su remodelación, se inició el 5 de septiembre de 1922, y a pesar de la competencia del Teatro Martí (1922), de efímera vida, y sobre todo del Principal (1927), en él se presentaron figuras internacionales como Prudencia Griffel, Mimí Aguglia, Ernesto Vilches, Lupe Rivas Cacho, Esperanza Iris y Norka Rouskaya, así como los artistas nativos Blanquita Becerra, Rita Montaner, el Trío Matamoros y tantos otros que harían muy largo el listado. Iriondo siempre estuvo presto para traer a Ciego de Ávila a los mejores intérpretes, actores o grupos musicales que llegaran a La Habana, e incluso existe el comentario de que convencieron a Enrico Caruso para actuar en este escenario, pero el famoso tenor italiano se retractó poco después y rompió su compromiso inicial.7

Esbozada su labor como promotor cultural, dígase también que cultivó la poesía y llegó a publicar algunos versos en la revista Vida y Arte, que circuló en Ciego de Ávila entre 1918 y 1920, pero no pasó de ser un simple versificador sujeto a modelos literarios ya bastante atrasados. En el campo intelectual, donde Iriondo brilló más fue en las ciencias, en particular la meteorología y la astronomía, aunque lo esencial de su formación era autodidacta. En la primera de estas disciplinas diremos que alcanzó a dominar las leyes sobre los huracanes dadas a conocer por el famoso padre Benito Viñes, y se conserva un ejemplar suyo de la obra antológica del sabio jesuita donde se observan muchas anotaciones al margen y enmiendas al texto.8 Cuando un meteoro amenazaba a Cuba, las autoridades y los vecinos de Ciego de Ávila lo consultaban con la certeza de que sus pronósticos eran fiables. Por tal motivo los observatorios existentes entonces en el país le facilitaron, gratuitamente, una franquicia telegráfica para mantener comunicación con él e intercambiar criterios. Resulta pertinente citar sobre este tópico un testimonio digno de interés:

Don Vicente Iriondo era un nombre que en aquellos lejanos tiempos era pronunciado cada año con veneración, admiración y respeto por centenares de personas de todos los niveles sociales, cuando las devastadoras fuerzas de la naturaleza asomaban su temible rostro sobre el horizonte, amenazando asolar nuestro pueblo, las cosechas de nuestros campos, el ganado y los humildes caseríos campesinos. Era la temporada ciclónica y nuestra pequeña comunidad volvía hacia él su anhelante atención, pendiente de sus pronósticos sobre el estado del tiempo. Era él nuestro vigía infalible. El único que sabía lo que iba a suceder. Hubo ocasiones en que los partes del Centro Nacional de Observaciones y los de él no coincidían, pero los hechos nunca dejaron de demostrar enseguida que era Don Vicente el que tenía la razón y que sus observaciones meteorológicas habían sido más precisas. Sus palabras disipaban la zozobra entre los avileños o los alertaba sobre las medidas a tomar ante el peligro. Cuando llegábamos a esta época del año oía decir a las personas mayores que aunque ya se conocían los partes del Observatorio Nacional, había que esperar por lo que dijera Don Vicente. No es asombroso entonces que con el decursar del tiempo quedara grabada sobre la plasticidad de mi desbocada imaginación infantil la personalidad de un ser fabuloso, una especie de dios mitológico capaz de habérselas exitosamente con huracanes y tormentas.9

En cuanto a sus conocimientos astronómicos, aún se recuerda lo acaecido en 1910. El cometa Halley hacía una de sus visitas rutinarias a nuestro sistema solar y se acercaría tanto a la Tierra que entonces se temía una colisión que provocara la extinción de la especie humana. En todo el país las preocupaciones y angustias no faltaron, pero en esta ciudad se tenía a don Vicente Iriondo. Este calmó a los pobladores con sus argumentaciones sólidas en la prensa local, principalmente en el periódico El Pueblo, y advirtió que solo serían testigos únicos de un bello espectáculo en el cielo. Cumplía así, como tantas otras veces, un servicio de utilidad pública.

En esta materia fue más temerario todavía, pues consiguió, sufragándolas él mismo, publicar dos obras: Las leyes de la repulsión universal y la evolución de los mundos (1915) y, nueve años después, El mecanismo del universo (1924), donde amplió los juicios y planteamientos de la primera. En honor a la verdad, estos libros, más que de astronomía, son tratados de cosmología, pues su autor intentó desentrañar a través de ellos el origen y evolución del universo.

Como estas disciplinas no son de fácil comprensión para el lector promedio, y confieso que para mí tampoco, trataré de hacerlo más digerible con la enunciación de su hipótesis, que Iriondo ofrece en las memorias. Dice allí: «La distancia que separa a los planetas del sol y a los soles entre sí, está en razón directa de la energía de las radiaciones que emiten en el espacio, como efecto de la actividad de la materia de que están constituidos».10

El momento de inspiración para enunciar esta hipótesis le ocurrió en su residencia de Colonias, el 4 de julio de 1900, cuando disfrutaba de una jornada de calma que pudo dedicar, sin interrupción, al estudio. Luego siguió perfeccionando sus ideas, que desembocaron en los libros antes mencionados de 1915 y 1924.

Desde luego, como siempre ocurre, al publicarlos recibió felicitaciones, críticas y rechazos; pero sus trabajos le abrieron las puertas de la Sociedad Astronómica de España y América, que le nombró Socio Perpetuo, y elogios de académicos del Observatorio Astronómico de Madrid, la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, la Universidad Central y la de Salamanca, entre otras instituciones de la Madre Patria.

Es realmente asombroso constatar cómo Iriondo estaba al tanto de las investigaciones de personalidades científicas como Albert Einstein, Wilhem de Sitte y el abate George Lemaitre, cuyos hallazgos encontraba él muchas veces en sintonía con sus postulados. Y asombra todavía más que un autodidacta, inmerso en la vida provinciana de un país subdesarrollado, y con múltiples ocupaciones vitales, haya sido capaz de esa osadía intelectual, más allá de los defectos e insuficiencias de sus conclusiones, como fuera el defender la existencia del éter, supuesta materia por donde viajaba la luz.

Al respecto su nieto, Javier Iriondo, consultó a un experto, el Dr. Bernabé L. Rodríguez Buenrostro, para que hiciese una valoración crítica de su obra. Este señaló:

Ya para 1897, cuando se demostró experimentalmente que las propiedades del éter «no ejercían influencia alguna sobre la luz» (experimento de Michelson y Morley), se tambaleó la hipótesis del éter, y ya para 1905, con el surgimiento de la Teoría de la Relatividad Especial, de Albert Einstein, fue prácticamente abandonada.

Es pertinente el comentario sobre la creación del libro, que realizó en la provincia cubana de Ciego de Ávila, en el año 1915; en aquella época la información sobre los avances de la ciencia llegaban, cuando así ocurría, con un retraso tremendo a Latinoamérica. Fuera de lo anteriormente expuesto sobre el éter, es incuestionable la gran cantidad de conocimientos de don Vicente Iriondo de la Vara sobre los fenómenos naturales, lo cual causa gran admiración considerando la enorme lejanía espacial entre Ciego de Ávila, Cuba, y el mundo europeo o de Norteamérica, aunado a la lentitud del correo, o sea de la comunicación escrita en ese tiempo.

Su obra constituye un fabuloso ejemplo, por su carácter integrador, de los constantes esfuerzos de los humanos por entender y comprender los fenómenos naturales, con la noble finalidad de aplicarlos para su beneficio individual y colectivo.11

El Teatro Iriondo en la actualidad.

El Teatro Iriondo en la actualidad.

Junto a la opinión acreditada del Dr. Buenrostro podría agregarse que en Ciego de Ávila, en los años que Iriondo pergeñó sus obras, no existía ni biblioteca pública ni un Instituto de Segunda Enseñanza, pues se dependía de la entonces capital provincial, o sea, Camagüey, pero incluso en Cuba, hasta donde conozco, tampoco había una institución especializada en la ciencia astronómica y solo en la Universidad de La Habana se contaba con un Gabinete de Astronomía y una cátedra homónima.

A pesar de esas limitaciones de la época, no me cabe duda de que Iriondo fue un hombre excepcional, y ahora penetramos en la órbita de un tema escabroso y polémico: sus facultades paranormales. La parapsicología es una disciplina que el mundo científico no le concede todavía carta de ciudadanía, a pesar de que existen cátedras en algunas universidades y hasta se le ha intentado utilizar en los ámbitos criminológicos y militares. No ha logrado desasirse nunca del parentesco con el esoterismo o las denominadas «ciencias ocultas».

Pero una mentalidad científica como la de Iriondo no evitó tratar de explicar en sus memorias, más bien confesiones, sus muchas experiencias precognitivas, o sea anticipaciones de hechos futuros, que le sucedieron desde pequeño, algunas desagradables o trágicas, como la muerte de seres queridos o que sería invidente en la vejez, y también gratas, entre ellas ganar el premio mayor de la lotería o triunfar en varios negocios.

Lo que me resulta valioso en las descripciones de estas experiencias es que Iriondo no las explica por la presencia de espíritus o entidades ajenas que le toman como canal o médium, sino que se trata de una voz interior, dentro de sí, una facultad innata que le propicia conocer aspectos de su futuro, la cual se manifiesta en estados de total vigilia. Y está presente siempre esa necesidad, propia de un hombre de ciencias, por entender y develar ese misterio que le acompaña y a veces le atormenta. Así se encuentran varias veces estas preguntas taladrantes que se hace:

¿De dónde vienen aquellas palabras sin sonido, que los oídos no perciben y sin embargo retumban sonoras dentro del pecho como si las pronunciara una potente voz, y hubiera dentro de la cavidad torácica oídos para percibirlas? ¿Quién las pronuncia? ¿Un ser extraño a mí que habla mi propio idioma? ¿Un yo inteligente, pudiéramos decir omnisciente, que ve lo pasado y lo porvenir y es parte integrante de mi propio ser? Lo íntimo y personal de estas revelaciones, de escasa importancia algunas veces, pero relacionadas casi siempre con la vida e intereses del sujeto que las oye nos inclinan a esta última hipótesis.12

O esta otra interrogante:

¿Cómo explicar estos sorprendentes fenómenos en que adelantándonos al tiempo y a través del espacio podemos ver lo que sucederá más tarde? Aquí no cabe la hipótesis de la telepatía, ni de la lectura del subconsciente, ni la intervención de los espíritus siquiera. Creo que es forzoso admitir una facultad supra­normal del alma humana que cuando nos encontramos en determinadas condiciones no son necesarios los ojos para ver ni los oídos para oír ni la presencia del objeto para que sea visto u oído.13

Los fenómenos paranormales siguen siendo, a despecho de los avances científicos, una asignatura pendiente, y podemos calibrar bien la zozobra de Iriondo ante estas manifestaciones, de las cuales él no era mero observador, sino protagonista.

» A modo de epílogo

Todavía Vicente Iriondo de la Vara es un desconocido, salvo algunas excepciones.14 Y duele que como científico no se le mencione nunca. Su patria natal le reconoció y le criticó, no le fue indiferente; pero su patria adoptiva lo cubrió con el desdén y el silencio, ni siquiera le concedió la categoría de personaje curioso o atípico.15 Pero ahí está su legado, con aciertos y desaciertos, y todavía hay tiempo de corregir el error. Estas páginas son una incitación y también un homenaje a este hombre extraordinario.

Notas y Referencias:

  1. Este poblado se localiza a 38 kilómetros de Bilbao y a 58 de San Sebastián, en la provincia de Vizcaya, pero casi fronterizo con Guipúzcoa. Para mayor conocimiento, no siempre acertado en los datos, está la autobiografía de su nieto mexicano Javier Iriondo. Ver Monterrey, México, La Naranja Editores, 2011.
  2. Varios hermanos Iriondo emigraron a Cuba, pero Manuel y Vicente fueron, a todas luces, los más cercanos, al extremo de que se casaron con dos hermanas y fueron socios en los negocios.
  3. Se considera la primera obra impresa en Ciego de Ávila que se conserva. Existe un ejemplar en la Sala Cubana de la Biblioteca Nacional José Martí.
  4. Procrearon varios hijos y cinco de ellos llegaron a la adultez: Andrés, Consuelo, Carmen, Vicente y Manuel. Solo Carmen, al parecer, permaneció en Cuba y aquí falleció. Todos sus descendientes directos, nietos y bisnietos, viven en Estados Unidos y México.
  5. La revista cultural Videncia, de Ciego de Ávila, publicó por partes estas memorias, en los números 15-24, entre 2008 y 2011. En total 10 números. El que esto escribe preparó el texto completo, con introducción, notas y breve glosario, que fue aprobado para su publicación por la Editorial Ávila, pero está pendiente de la decisión final del Instituto Cubano del Libro.
  6. Canel, Eva Lo que vi en Cuba (a través de la Isla). La Habana, Imprenta La Universal, 1916, pág. 339. La estancia de esta autora transcurrió entre el 2 y el 6 de agosto de 1915.
  7. Alude a este supuesto acuerdo el Dr. Alejandro Armengol Vera, autor de una «Historia de Ciego de Ávila», mecanuscrita e inédita, que se conserva en el archivo familiar.
  8. Ese ejemplar fue adquirido por el Museo Provincial «Simón Reyes» de Ciego de Ávila, junto a las memorias mecanuscritas de Iriondo. Su título es Investigaciones Relativas a la Circulación y Traslación Ciclónica en los Huracanes de las Antillas (1894).
  9. Sócrates Ruiz Orozco en «Mis recuerdos sobre Don Vicente Iriondo de la Vara». En El Fortín de la Trocha 41. Año VII. Miami, Florida, septiembre-octubre de 1988. pág. 23.
  10. En Videncia 18. Ciego de Ávila, 2009, pág. 51.
  11. Javier Iriondo. Op. Cit. pp. 19 y 20. Tanto el peticionario como el experto yerran al mencionar «la provincia cubana de Ciego de Ávila», cuando esta solo se creó en 1976, segregándose de la primitiva provincia de Camagüey.
  12. En Videncia 16. Ciego de Ávila, 2009, pág. 43.
  13. No. 17, pág. 50.
  14. Fuera de Ciego de Ávila se puede encontrar alguna información sobre Iriondo en Ecured y en el documentado Diccionario bio-bibliográfico de escritores españoles en Cuba. Siglo xx. La Habana, Letras Cubanas, 2010, pág. 128, del colega Jorge Domingo Cuadriello.
  15. Una mirada a varios textos sobre historia de la ciencia en Cuba confirman la ausencia del nombre de Iriondo. Como ejemplos se pueden citar la Historia de la Ciencia y la Tecnología en Cuba (2005), del Dr. Pedro M. Pruna, y en el campo específico de la meteorología Huracanes. Desastres Naturales en Cuba (2009), de Luis Enrique Ramos Guadalupe, así como el número de Catauro dedicado a la ciclonología cubana (Año 12. No. 22, del 2010).