AÑO 2021 Año 17. Nros 3-4, 2021

Introducción al folleto Saco, Sagra y el cólera morbo de Adrián López Denis

por Jorge Domingo Cuadriello

La pandemia de la Covid-19 que comenzó a azotar al mundo a fines del año 2019 y que ha causado la enfermedad y la muerte de millones de seres humanos, así como incalculables pérdidas económicas, ha hecho que muchos individuos se lancen a buscar augurios y explicaciones de esta catástrofe en las más diversas fuentes. Algunos, con ese fin, han revisitado pasajes bíblicos, han analizado predicciones apocalípticas de distintas orientaciones y no han dejado de consultar las profecías de Nostradamus y de Zoroastro. Otros han ido en busca de analogías entre esta pandemia, películas realizadas en décadas anteriores y obras literarias como el Diario del año de la peste (1722), del inglés Daniel Defoe, La peste (1947), del francés Albert Camus, y Ensayo sobre la ceguera (1995), del portugués José Saramago. Entre nosotros, hasta donde conocemos, algunos han recordado con ese mismo objetivo el relato del narrador Ramón de Palma El cólera en La Habana (1838), pero nadie se ha acordado de la «Carta sobre el cólera-morbo asiático. Escrita por el Editor de la Revista Cubana a un amigo suyo residente en la Isla de Cuba. Origen, historia, estadísticas e influencia del cólera en las castas, sexos, edades y diferentes estados de la vida. El cólera en La Habana», texto de José Antonio Saco que vio la luz en la Revista Bimestre Cubana Tomo III Nro. 8, La Habana, 1833, páginas 341-464.

Como ya su título apunta, en ese trabajo el insigne ensayista, ideólogo e historiador bayamés Saco (1797-1879) se propuso analizar de un modo apegado a las ciencias las causas de aquella pandemia, que como esta tuvo su origen en Asia, de allí se extendió a Europa y seguidamente al continente americano. Resulta sorprendente encontrar hoy en esas páginas un notable paralelismo entre los efectos provocados en Cuba por el cólera-morbo en 1833 y la Covid-19 en nuestros días. Como en aquellos lejanos tiempos, los cubanos creyeron en un principio que dicha peste no nos afectaría y cuando se hizo presente en la Isla, igualmente en un mes de marzo, no se supo bien cómo enfrentarla, mientras se difundían diversas teorías acerca de su origen y se orientaban varios métodos para combatirla. En esta Carta… hallamos en la actualidad realidades muy cercanas a nosotros como el impacto de la pandemia en la sociedad, la economía y la salud pública, su incidencia sin discriminar sexo, raza ni edad, su repercusión en las relaciones interpersonales y las consecuencias favorables que provocó en las investigaciones médicas. El peligro constante del contagio, el confinamiento individual, la limitación del desplazamiento de las personas, la regulación del intercambio social y la exhortación a la higiene se exponen en este texto, así como el enfrentamiento entre los llamados contagionistas, partidarios del aislamiento y del castigo a sus infractores, y los anticontagionistas, quienes enarbolaban como bandera la limpieza y el orden. En correspondencia con sus intereses particulares, alzaban la voz los partidarios del comercio y la industria, enemigos de las medidas aislacionistas y defensores del derecho de los individuos a desplazarse libremente. El cloro fue empleado como desinfectante, las funciones de teatro fueron suspendidas y se exhortó a no realizar servicios religiosos multitudinarios. También surgió entonces el debate acerca de si la ingestión de bebidas alcohólicas entorpecía el contagio por tener un carácter preservativo o, al contrario, lo favorecía por predisponerlo. De igual modo existieron en aquellos días dudas acerca del número de enfermos y de fallecimientos que se reportaba. Otras analogías más podrían establecerse, a partir de esta Carta…, entre el cólera-morbo que azotó a Cuba en 1833 y la pandemia que hoy padecemos.

Hace más de veinte años el entonces joven investigador Adrián López Denis obtuvo el Premio Vitral, convocado por la revista pinareña homónima, con el breve ensayo Saco, Sagra y el cólera morbo. Tomando en consideración la vigencia que posee este trabajo y la escasa divulgación que alcanzó su libro hemos decidido reproducir en esta sección su primer capítulo.

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La carta de Saco

por Adrián López Denis

En 1831 el cólera era para los cubanos una mera referencia pintoresca; a finales del año siguiente se había convertido en una pesadilla todavía distante, pero ya aterradora. Tres meses más tarde, en marzo de 1833, la aplastante realidad de la epidemia se impondría con toda su crudeza. La Habana fue severamente golpeada. Poco a poco fueron cayendo otras ciudades: Matanzas, Trinidad, Puerto Príncipe. En los campos, la quinta parte de las dotaciones de Occidente debió ser reemplazada. Los precios de los esclavos bajaron muchísimo durante el período epidémico y subieron vertiginosamente después, estimulándose así la inventiva de especuladores, médicos milagreros, falsos profetas y charlatanes diversos. A raíz de la epidemia se fortaleció la red sanitaria insular, se desactivó el ya obsoleto Protomedicato y cambió la relación del Estado con la administración de la salud y las instituciones de «beneficencia». Se escribieron los mejores tratados y monografías médicas de la primera mitad del siglo XIX. La poesía mortuoria y los relatos truculentos invadieron el panorama de la literatura cubana, que sólo necesitaba ese último empujón para volverse romántica. El poder económico se desplazó de quienes poseían la frágil y enfermiza mano de obra, a quienes controlaban los ya por entonces sólidos capitales refaccionistas. Comenzó dentro de la plantación la política llamada «del buen tratamiento», encaminada a proteger y reproducir el valor almacenado en cada dotación. Se generalizaron los barracones, fortaleza, prisión y lazareto al mismo tiempo. En este complejo contexto de cambio, José Antonio Saco y Ramón de la Sagra tuvieron su última, más importante, y menos conocida polémica político-intelectual.1

José Antonio Saco (1797-1879)

José Antonio Saco (1797-1879)

Pocos textos han corrido una suerte tan singular como la Carta sobre el cólera-morbo asiático escrita por Don José Antonio Saco á un amigo suyo residente en la isla de Cuba. Los biógrafos y estudiosos de la obra del autor suelen dedicar a este «papel» excepcional unas breves líneas, insistiendo en que revela su profunda erudición y lo ecuménico de sus preocupaciones. Por otro lado, los pocos acercamientos a la historia de la epidemia de 1833 han empleado con generosidad a Saco como fuente. Ambas actitudes demuestran que la apasionada diatriba de Moreno Fraginals, cuando hace 40 años insistía en el carácter eminentemente político de toda la labor intelectual del bayamés, no sólo era muy necesaria entonces, sino incluso imprescindible ahora.2

Mediante una breve nota introductoria, Saco afirma no pretender aproximarse desde el punto de vista médico (es decir cínico-etiológico- terapéutico) al problema que la enfermedad representa. Manteniéndose fiel a este principio logra, sin embargo, construir un objeto cólera bastante preciso. Se sirve de dos herramientas que ya entonces había demostrado saber usar muy bien: la historia (como arma) y el relativismo dialéctico (como escudo). Recogeré pues, cuantos datos han podido venirme a mano, y mezclándolos con mis reflexiones, los derramaré en el papel (…),3 declara con maliciosa ingenuidad. Relata el Origen del cólera-morbo asiático pestilencial, haciendo un despliegue de puntillosa erudición que no le impide extraviarse en el confuso laberinto de las pestes del Medioevo. Presenta luego la Marcha ó historia geográfica de la enfermedad, y para terminar la sección histórica de la monografía, se extiende en un confuso análisis de la Duración y repetición del cólera, a partir de tablas compiladas por Moreau de Jonnes.4 En estos tres acápites, Saco deja establecido que el cólera es un mal en movimiento, algo nuevo, distinto y ajeno. Dice aproximarse a los problemas más complejos de la medicina (…) llevando por antorcha la historia (…) pues considera posible historiar las enfermedades. Esta fe inconmovible en el valor heurístico de la historia, puede compararse sólo con su ciega pasión por la política operativa. Tras los comentarios imparciales que acompañan cada anécdota, se esconden veladas críticas a la incompetencia del gobierno insular. También dispara trabucazos a los negreros y deja sugerido el carácter contagioso de la enfermedad. Cada uno de estos aspectos será desarrollado más tarde, pero llama la atención cómo en las primeras páginas de la Carta, Saco ya prediseña el rumbo de todo el resto. Se cuida de definir previamente todo lo que necesitará luego, y por razones de elemental economía, no adelanta algo si no pretende traerlo después a colación. De aquí las aparentes redundancias (o hasta tautologías) de este y otros muchos textos suyos. Saco quiere hacer creer a sus lectores ciertas verdades, por eso las repite, mientras puede.

El conjunto de acápites siguiente es uno de los más enjundiosos de toda la monografía. Aquí se reflexiona sobre la Influencia del cólera en las castas, sexos, edades y diferentes estados de la vida. El tipo de aproximación hecha por Saco a lo que hoy llamaríamos epidemiología social, tiene el valor adicional en su caso de una notable relativización del saber: Todas las excepciones que hasta aquí se han hecho acerca del cólera, han sido desmentidas por su misma historia. Nada más falible que las reglas y proposiciones absolutas que se quieren establecer en una enfermedad tan caprichosa (…). Ya en la primera página de la Carta había afirmado: (…) no hay sexo ni edad, estado ni condición á quien perdone esta epidemia asoladora. El concepto de predisposición, palabra clave del discurso sanitario decimonónico, preocupa mucho a Saco.5 Esta categoría acudía en la época a un confuso conglomerado de variables innatas nunca bien definidas, al cual se unían factores accidentales de tipo ambiental, y otros vinculados a la cultura o la educación moral. Refiriéndose a la raza negra dice Saco: No cabe duda en que parte de la mortandad que ha experimentado en nuestro suelo, proviene de la escasez e inmoralidad en que vive gran número de ellos: pero cuando se reflexiona que muchos, así libres como esclavos, gozan de mas comodidades que un número considerable de blancos, y que en medio de la juventud y robustez y de todos los auxilios que sus familias o sus amos les han prodigado, han sido cruelmente sacrificados por la enfermedad, hay alguna razón para sospechar, a lo menos hasta ahora, que en la constitución de la raza africana parece que existe algún principio predisponente para el cólera. Si bien había afirmado antes: (…) el europeo cuando no está auxiliado por las reglas de higiene, sucumbe lo mismo que el asiático, para Saco está claro que la categoría de predisposición se vincula en última instancia a una deficiencia, ya sea racial, cultural, sexual o moral. En este sentido resulta muy útil recurrir al relativismo dialéctico, pues sin tomar partido por una determinada deficiencia (en cuyo caso podría ser fácilmente refinado) se sugiere al lector la ventaja de ser hombre, blanco, culto y moderado (como Saco, dicho sea de paso…) para evitar ser víctima del mal.6 Vistas en su conjunto, las reflexiones sobre la mortalidad diferencial en tiempos de cólera tienen un doble signo muy inquietante. Saco está dispuesto a asumir la categoría de predisposición, pues resulta coherente con el carácter discriminatorio de su pensamiento social, pero por otro lado necesita llamar la atención sobre la gravedad de un mal ante el cual no basta ser: hay que hacer. Si alguien se sintiese lo suficientemente protegido como para darle la espalda al problema del cólera, el objetivo político último de Saco se vendría al suelo.

Luego de una insulsa exposición sobre la Influencia del cólera en los animales, Saco entra de lleno en otra sección apasionante: Congeturas sobre las causas del cólera. Con el típico recurso expositivo de plantearse y responderse decenas de preguntas, en un tono de evidente catequesis físico-natural, se descartan una a una todas las propuestas causales de los científicos europeos. Tanto las Emanaciones de la tierra como la influencia del Aire (temperatura, presión atmosférica, humedad, electricidad, vientos o alteraciones químicas) son pacientemente rechazadas.7 Los factores de corte climático son desechados porque su comportamiento relativamente uniforme no explica la explosividad de los brotes coléricos. También se hace uso de las pruebas negativas y de la falta de evidencias. Resulta muy notable, sin embargo, que Saco se muestre (prudentemente) conforme con la idea de considerar ciertos Bichos ó pequeños insectos venenosos como agentes causales del cólera. Esto cuadra muy bien con sus propios presupuestos ideológicos. Para el publicista obstinado, opuesto a todo fatalismo telúrico o celeste que limite las posibilidades humanas de respuesta, un mal diminuto (peligroso por invisible, no por aplastante) es siempre preferible a un mal mayor, más poderoso o superior. No debe extrañar a nadie, desde esta óptica, que se oponga a encontrar en la Influencia del sol y de la luna, o en los Cometas la causa del cólera. Algo que no se pueda enfrentar, envuelto en los designios de una providencia demasiado rígida, será siempre rechazado por el hombre russoneano oculto tras de Saco. Resulta muy reveladora su crítica al supersticioso: (…) que siempre está dispuesto á leer en los cielos la esplicación de los fenómenos cuyas causas no encuentra en la tierra (…)

Aceptando la hipótesis de los pequeños insectos invisibles como responsables del mal, que (…) adheridos á las personas y efectos, pueden viajar con el hombre (…), Saco está listo ya para preguntarse: ¿El cólera es contagioso? A esas alturas del texto, la respuesta es obvia; sin embargo, dedicará 40 páginas (casi un tercio del total) para construirla.8 Sin ser médico, Saco es un contagionista convencido, capaz de construir una serie argumental de muy largo aliento sólo para acumular Pruebas positivas del contagio. Siguiendo las sugerencias de Delaporte, puede verse en esta obsesión del publicista un reflejo del contagionismo como ideología de quienes solicitan una limitación de los desplazamientos, una regulación de los intercambios y un control de los cuerpos.9 Si los hombres son los portadores del mal (idea cara, en última instancia, a todo reformador social) entonces actuando sobre los hombres puede atajarse el mal. Los anticontagionistas proponían una utopía de la limpieza, pretendiendo sanear el medio, erradicando los llamados focos de infección. Pero los contagionistas proponen una utopía del orden, basada en la segregación, el aislamiento y la represión. Ambos programas, muy tentadores desde el punto de vista político, compartieron juguetonamente a sus adeptos durante gran parte del siglo XIX.

La opción de Saco es clara: del mismo modo que prefiere una enfermedad diminuta (inferior), sobre la cual pueda actuarse, está dispuesto a enfrentar un cómodo enemigo humano (el ser portador) a quien puede detenerse, encerrarse o rechazarse. Desde su limitada posición el editor de la Revista Bimestre Cubana se reconoce incapaz de limpiar una ciudad, pero se ve a sí mismo como un digno campeón de la reforma social. Deseoso siempre de intervenir en los destinos insulares, está dispuesto a luchar contra el mal, representado ya no sólo por el cólera, sino también por quienes, invocando los mezquinos intereses del comercio, se oponen a las medidas aislacionistas. Luchar contra quien impida el establecimiento de regulaciones sanitarias segregadoras; castigar a quien, luego de establecidas, ose violarlas. No le importa si entre los médicos más prestigiosos de París de entonces predominan las ideas anticontagionistas: En materias controvertibles, no debe atenderse al número de los opinantes, sino á la fuerza de los hechos en que se fundan para pensar de aqueste o del otro modo. Llama mucho la atención que Saco, tan prudente y relativista durante todo el texto, toma partido en esta materia controvertible, sumamente complicada. Como bien ha señalado Julio Ramos, para Saco la identificación entre enfermedad y comportamiento antisocial está muy clara ya desde 1830.10

En su Memoria sobre la vagancia, la metáfora del cuerpo social enfermo es empleada repetidas veces. Mal social es sinónimo de enfermedad, debe ser curado para que no se agrave. La Memoria es en ese sentido paradigmática. Comienza diciendo: Tan graves son algunas de las enfermedades morales que padece la isla de Cuba (…), y termina: (…) pero á los ojos del observador imparcial, mi cara patria no presentará sino la triste imagen de un hombre, que envuelto en un rico manto, oculta las profundas llagas que devoran sus entrañas. Entre estas dos frases duramente clínicas se teje una espesa red de reflexiones similares: el juego es un cáncer devorador, de todas las dolencias morales, que padece el país, es quizá también la de mas difícil curación. Según Saco, los jugadores que no den esperanza alguna de mejora (…) como miembros corrompidos, deben cortarse para que no infesten el cuerpo social, aunque de paso admite que esta pasión es una enfermedad casi general. Refiriéndose a la vagancia en su conjunto, propone: Dese al pueblo instrucción y ocupación, aliéntese la industria, persígase la indolencia, ármese la ley para herir á todo delincuente, y en breve quedará purgado nuestro suelo de la plaga que hoy le infesta. Para él, la terapéutica social debe ser radical, continuamente propone amputaciones, soluciones quirúrgicas. La vagancia es una epidemia (una plaga que nos corrompe y arruina), debe curarse a los enfermos e impedir el contagio de los sanos. Pero el mal puede hacerse incurable gracias a la indisciplina carcelaria, y se perpetúa (por la indolencia) una de las plagas más funestas que puede caer sobre los pueblos. Saco no deja, sin embargo, un resquicio al fatalismo:

Creen algunos que este mal es incurable; pero si se les pregunta por qué, jamás dan una respuesta satisfactoria. Tales hombres no reflexionan, que muchas de las enfermedades morales son más susceptibles de medicina que las físicas, y que si descubren un carácter rebelde, es porque ni se atina con el remedio, ni tampoco se le sabe aplicar. Para impedir la transmisión del mal se recomienda siempre el aislamiento: los niños depositados en la Casa de Beneficencia serán buenos y laboriosos artesanos, porque están exentos muchos de ellos del contagio que pudieran comunicarles las preocupaciones de los padres. Por último, para Saco: Sucede con el cuerpo social lo mismo que con el humano, que cuando es robusto y bien constituido, puede preservarse por sí solo sin el socorro de la medicina; pero cuando es débil y achacoso, necesita de remedios para sacudir la enfermedad.11

Resulta simbólica la insistencia en la drástica intervención quirúrgica: a los vagos recalcitrantes la sociedad debe arrojarlos de su seno como miembros corrompidos. Para comprender la Carta sobre el cólera, debe tenerse en cuenta que Saco se halla exactamente en su terreno al hablar de enfermedad epidémica, pues para él lo son todos los males sociales. Saco fue contagionista porque siempre se opuso a buscar fuera de los hombres la causa de sus males, pero también a resultas de una creencia casi fanática en el valor omnipresente y supremo del orden.

Los anticontagionistas, partidarios de una libertad de movimientos afín al espíritu del capitalismo moderno, encuentran sólidas evidencias clínicas para soportar sus doctrinas. Saco selecciona inteligentemente algunos de estos Argumentos contra el contagio y manejando con soltura un copioso arsenal de contraejemplos y silogismos, los reduce a poco menos que disparates. Para él, los cómplices de la epidemia moral (v.g. el juego) son, entre otros, los funcionarios indolentes de la Hacienda (v.g. Villanueva) que promueven formas legales del vicio (v.g. la Real Lotería). Y si, por otro lado, estos mismos funcionarios mandan a suspender las cuarentenas, entonces se cierra el círcu lo y se abre la clave: quienes niegan la posibilidad del contagio buscan justificar su indolencia, o peor aún, tratan de obtener así oscuras ventajas económicas. Jamás hizo Saco una acusación política tan grave como esta. La incapacidad ignorante, o la imprevisión indolente (o incluso el frío cálculo) ha permitido, con el levantamiento de las cuarentenas, la entrada del cólera a la isla, causándose así miles de muertos inocentes. No debe extrañar a nadie que se dediquen tantas páginas a probar el carácter contagioso de la enfer medad, la necesidad de las cuarentenas y lo terrible de las consecuencias económico-demográficas del brote epidémico. Cuando expone la Historia de la aparición del cólera en la isla de Cuba en 1833 se cuida de fijar las precisiones espacio temporales necesarias para sostener su acusación. Deja claro que la enfermedad vino de los Estados Unidos, descartando así un posible origen africano. Sin embargo, aprovecha la oportunidad para el ya típico zurriagazo antitratista, pues si bien los negros no traen consigo el cólera, llegan a Cuba tan debilitados y predispuestos que se convierten en foco de contagio difundiendo la epidemia a su paso.12 Promete finalmente escribir, cuando termine la epidemia, (…) una página, que agregada al pequeño volumen de nuestra historia, consignará á la posteridad la justa alabanza de las buenas acciones, y la severa reprobación de las malas. Desafortunadamente, esta fue otra de las promesas que no pudo o no quiso cumplir.

En el acápite siguiente se pretende determinar la Mortandad en la Habana ocasionada por el cólera en 1833. Conviene, a los fines de este ensayo, detenerse en el problema de la cuantificación, pues será el centro aparente de discrepancias entre Saco y Sagra. Para el cubano la estimación de la mortalidad es la búsqueda de una cifra que permita graduar una culpa. Ya desde la primera parte de la Carta ha insistido en las dificultades (a su juicio insuperables) de todo intento serio en este sentido. Según Saco, fijar algún orden en medio del caos epidémico, sería como admitir una posibilidad de reparación racional después de la irreparable falta cometida con la suspensión de las cuarentenas. El resentimiento político le impide ser objetivo cuando juzga las estadísticas de Sagra. Por otra parte, sus propios cálculos son tan enrevesados que describirlos resulta una tarea titánica. Baste saber que bajo diversos criterios, a veces contradictorios, hace oscilar la cifra total de mortalidad a lo largo de casi diez páginas, buscando una escrupulosa «exactitud» desautorizada por continuos estimados y ajustes demográficos. No tiene sentido entrar ahora en una bizantina discusión al respecto; el propio Saco se encargó de emprenderla contra Sagra.13 El gallego venía a proponer una cuantificación de los hechos humanos demasiado novedosa, y las limitaciones culturales (pero sobre todo ideológicas) del bayamés le impidieron apreciarlo. Cuando éste reflexiona sobre la Mortandad en varios pueblos y campos de la isla no supera las deficiencias anteriores, pero hace una interesantísima observación sobre el significado del fallecimiento de los esclavos, que por su trascendental importancia será discutida con cuidado después.

Saco logra acumular las revelaciones más interesantes al final del texto, donde dedica un acápite a responderse la pregunta: ¿Muerto que haya el cólera en Cuba, si es que llega á morir, resucitará para atormentarnos? Tiene entonces la oportunidad de hacer explícita la moraleja de la Carta, pero todavía procede prudentemente: no se espere de mí una respuesta decisiva ¿ni quién será tan osado que pretenda darla en materia tan incierta? Rechaza con decisión que el clima de la Isla, por una supuesta similitud con el de la India, condene fatalmente a los cubanos. Ni son tan similares los climas, ni es tan absoluta esta relación: Delante de los ojos debemos tener siempre la terrible verdad de que el cólera no respeta climas, y que en los cálidos donde ha llegado á entrar; repite con frecuencia sus ataques. Cierto es que contribuye a tan funesto resultado la indolencia de los gobiernos de Asia y la barbarie de aquellos pueblos; pero nadie se atreverá á negar la acción poderosa del clima, así en esta como en otras enfermedades.14 Saco se sabe ya dueño de sus lectores, los ha llevado donde ha querido, quien lo haya seguido hasta aquí estará dispuesto a creer cualquier cosa. Discute sobre la influencia que se da a las localidades, manteniéndose opuesto al fatalismo y dispuesto a la crítica. No hace concesiones al «destino», rebatiendo a quienes fundan en la temperatura o las características del suelo una supuesta «protección local» frente a la enfermedad: Aun no es llegado el tiempo de sacar conclusiones generales: el cólera sigue corriendo nuestros pueblos y campos; y presentando cada día nuevos fenómenos; va destruyendo los cálculos y las esperanzas que se habían formado.

A lo largo de toda la Carta, Saco ha insistido en lo que podría llamarse la destrucción del saber. Su posición frente al conocimiento importado, hace del bayamés un iconoclasta, y llevado de ese escepticismo suyo tan característico, arremete contra todo intento de encontrar una regularidad o establecer una ley en esta materia controvertible. Al hacerlo, acaba con cualquier posibilidad de controversia: el cólera de Saco es sólo terrible y contagioso, nada más puede predicarse de él. Frente al cólera todo intelectual que se respete debe encogerse de hombros. De 1823 a 1833 Saco ha ido apartándose de las ciencias naturales, y dedicando su atención, cada vez más, a la política operativa. Siempre se mostró orgulloso de no haber publicado sino textos científicos durante el convulso trienio constitucional. Pero en 1829 diría: La Sabiduría, no contenta con reunir bajo sus alas a todos los que la cultivan, parece que también ambiciona el imperio universal, y llamando a su seno el poder y el valor, los honores y las riquezas, el patriotismo y demás virtudes, quiere fijarlos en su santuario para presidirlos y dominarlos. Saco ya no está dispuesto a soportar el imperialismo del saber. Levanta la bandera del escepticismo erudito, y arremete contra el conocimiento como tal. Le molestan las leyes y los determinismos. Tropieza con quienes tratan de encontrar un orden natural allí donde él quiere imponer el orden de la razón (de su razón). Y ataca a esos sabios atrevidos desde sus mismas posiciones. Saco se sabe cortando la rama en la que está sentado, pero aspira a quedar en el extremo más cercano al tronco, pues el tronco del árbol social es para él eminentemente político. No volverá nunca más al reino de las ciencias naturales. La Carta sobre el cólera es el manifiesto de un intelectual a quien la ciencia queda ya chiquita. Es todavía un texto contaminado de reflexiones físico-naturales, pero es un texto político, en mucha mayor medida incluso que la Memoria sobre caminos.

Las últimas páginas de la Carta están dedicadas a establecer las Medidas que se deben tomar en Cuba contra el cólera, y en ellas se revela la importancia ideológica de la destrucción del saber. Con un primer párra fo magistral, Saco resume la esencia misma de sus preocupaciones:

No ofreciendo hasta ahora ninguna garantía el clima ni los terrenos, es forzoso que la busquemos en nuestros propios recursos. Mas no vendré yo á escribir aquí un código sanitario, enumerando una por una todas las precauciones que se deben tomar. V. no las ignora, mi buen amigo; y conoce tan bien como yo, que para libertar á ese pueblo de la calamidad que le amenaza, de nada vale publicar reglamentos, si estos no se ejecutan con anticipación. Hechos son hechos, y papeles son papeles. Estos sirven muchas veces para alimentar la vanidad y otras pasiones rastreras; pero aquellos y solo aquellos son los que siempre socorren las públicas necesidades. Hay sin embargo algunas medidas que nunca me cansaré de recomendar, y ojalá que se cumplieran en todos los puntos de la isla.

Las medidas de Saco son más bien reproches. Propone reunir fondos de la caridad pública (…) para emplearlos, no tanto en auxiliar á los enfermos pobres cuando en prevenir que estos sean atacados del mal. Según él, debían nombrarse, en cada barrio o manzana, comisiones de vecinos honrados y amantes de la humanidad, para que visiten las chozas del infeliz. De este modo se podrían graduar sus necesidades y tratar de remediarlas antes de la aparición del cólera. En este sentido no considera prudente hacer excepciones que comprometan la estabilidad dogmática de la regla. Sin embargo advierte: Al recomendar el aseo personal y doméstico no se estienda V. á sacar la consecuencia, de que todos los países limpios siempre sufrirán ménos que otros sucios. Esto sería demasiado sencillo, en opinión del bayamés, quien tampoco cree en la ilimitada utilidad de los cloruros, tan recomendados entonces. Para él las emanaciones de cloro quitan el mal olor, pero no por eso desinfectan la atmósfera librándola del cólera.15 Duda de la efectividad de los desinfectantes químicos, pero nunca del valor de la profilaxis social. En este sentido recomienda evitar las reuniones numerosas en tiempo de epidemia, consejo muy extendido también en la época, y que sirve a Saco para criticar los raros excesos del fervor católico insular: Enhorabuena que se implore la protección del cielo en los días de calamidad; enhorabuena que se le rindan fervientes adoraciones desde el silencio de los hogares, o desde el retiro de los templos solitarios; pero las efusiones públicas de la piedad, y la pompa solemne de un culto religioso, resérvanse para tiempos de menor turbación y conflicto. En las horas de luto que vive la nación tampoco se debe, según recomiendan las teorías, abrir los teatros y proponer alternativas de diversión a los ciudadanos. A decir de Saco, sólo hay y debe haber lugar para sufrir y llorar.

Cuando se trata de la salud del pueblo, todos los intereses deben callar, afirma el publicista en una vigorosa arenga final a favor de las cuarentenas. Acude a la opinión del Rey de España para reforzar su posición. Cuarentenas, mi buen amigo, cuarentenas; de ellas depende la salvación de ese pueblo. Nosotros estamos aquí llorando con lágrimas de sangre los tremendos efectos de su suspensión; ¿Pero se remediarán los estragos con nuestro tardío arrepentimiento? No se deje V. alucinar con las vanas declamaciones de que las cuarentenas destruyen el comercio entre nosotros: ellas lo favorecen, porque impiden el trastorno de sus bases: lo aseguran, porque alejan la peste; y alejándola se conservan ilesos los brazos y capitales que constituyen nuestra riqueza.

La cuestión de las cuarentenas es trascendental para Saco. Se trata de una medida cuya base es científico natural (el carácter contagioso del cólera), de cuyo cumplimiento depende el destino socioeconómico insular (la salvaguarda de vidas y capitales) y cuya única garantía es de orden político (el patriotismo). La Carta es un texto doblemente mesiánico: por la vocación apocalíptica del autor y por la oportuna acumulación de circunstancias adversas que el cólera conlleva o implica. Para Saco la suspensión de las cuarentenas ha condenado a la nación (y para Saco existe, sin lugar a dudas, una nación cubana). Cree necesario todavía clamar por cuarentenas porque esta le parece la mejor manera de acusar a quien las suspendió. Si son útiles, necesarias y económicamente justificables, suspenderlas fue una especie de pecado mortal que no tiene perdón.

En los dos párrafos finales de la Carta se hacen explícitos el carácter de la misma y la posición ideológica de su autor. En esos dos párrafos está todo Saco: el racista antinegrero, el promotor de la emigración blanca, el antianexionista hemipléjico y el «patriota» íntegro. Pero además, se respira en ellos la atmósfera profètica que supo insuflarle a sus mejores textos, y la vocación íntimamente política de su quehacer intelectual:

Aún tenemos otra causa que es y debe ser objeto de los temores de las personas sensatas. A varios puntos de nuestras costas arriban cargamentos de negros africanos. Su introducción clandestina burla las medidas sanitarias; y á ella se debe muchas veces la aparición de la viruela, del sarampión y sabe Dios de cuántas otras dolencias que aquejan la especie humana. Es verdad que el cólera no ha entrado todavía en las costas occidentales del África; ¿pero quién negará la probabilidad de que las invada, cuando se hallan en relación con tantos países infestados, y particularmente con nosotros, que quizá tendremos la desgracia de ser sus introductores en aquel desventurado pueblo? Y si tal llega á suceder ¿qué será de sus habitantes, y que será de nosotros, que arrancándolos de sus hogares, los traeremos á infestar nuestros pueblos y nuestros campos? Aun sin suponer que la peste los ataque en su propio territorio ¿no corremos el inmenso riesgo de que, arribando sanos a nuestras playas, pisen las cenizas del incendio que nos ha devorado; y que saltando una chispa, prenda de nuevo en su naturaleza predispuesta, y encendiéndose otra vez la llama fatal, arda Cuba por largo tiempo hasta convertirse en pavesas?

Tremenda es la crisis en que nos hallamos. Males físicos nos destruyen, y males de otra especie amagan los restos de existencia que nos pudieran quedar. Un torrente despeñado por la naturaleza y por la política viene sobre nosotros. Nuestras fuerzas son insuficientes para resistirle. La voz de la razón, las lecciones de la esperiencia, los cálculos del interés, todo conspira para decirnos que la marcha que llevamos, nos conduce á la perdición. Si pasada esta primera borrasca, el cólera repite, ¿qué será de nuestra agricultura?. Y sin agricultura, ¿qué será de nosotros?. Pero aún sin cólera ¿qué será de nosotros, vuelvo a decir, cuando rompa la nube que se está tendiendo sobre los campos de Cuba? Los esfuerzos de una nación poderosa, apoyados en la opinión general de la Europa ahogarán nuestras débiles voces; y volviendo entonces de su delirio los que se han alimentado de quimeras, reconocerán la amarga verdad, de que si hubiésemos promovido la introducción de otros brazos, cesarían los temores del porvenir, florecería la agricultura, los padres de familia morirían con el consuelo de dejar á su posteridad un patrimonio seguro; y sentada la patria sobre bases sólidas é indestructibles, premiaría con el lauro de la inmortalidad á los hijos que le dieran una existencia perdurable.

Notas:

  1. La única panorámica general sobre el tema puede encontrarse en Delgado García, Gregorio. (1993) «El cólera morbo asiático en Cuba. Apuntes históricos y Bibliográficos» Cuadernos de Historia de la Salud Pública, 78:4-44. Debo a la exquisita amabilidad del Dr. Delgado, muchas y muy valiosas sugerencias.
  2. Como ejemplo de la primera postura puede consultarse la biografía preparada por Fernando Ortiz para el prólogo de Saco, José Antonio. (1974) Contra la anexión. Editorial de Ciencias Sociales, instituto Cubano del Libro. La Habana, p.32. Un análisis de la epidemia basado en la Carta de Saco puede hallarse en López Sánchez. José. (1964) Tomás Romay y el origen de la ciencia en Cuba. Academia de Ciencias. La Habana, pp. 120-32. La crítica citada véase en Moreno Fraginals, Manuel (1960) José A. Saco, estudio y bibliografía. Universidad Central de Las Villas, Dirección de Publicaciones, p. 14.
  3. Saco, José Antonio. (1833) Carta sobre el cólera-morbo asiático escrita por el editor de la revista cubana a un amigo suyo residente en la isla de Cuba. Imprenta del gobierno por S.M. Esta fue la edición utilizada, separata del texto publicado originalmente en la Revista Bimestre Cubana (1833, N°. 8, p. 341-464). Tiene la ventaja de no haber sido tan brutalmente alterada por Saco como la reedición de los A lo largo del acápite se citará tan a menudo esta obra, que salvo indicación explícita, deben considerarse extraídas de ella todas las frases en cursiva, cuya localización exacta no se indicará, pues hacerlo recargaría de notas el texto. Por las mismas razones expuestas, el procedimiento será repetido en otras secciones, sin las necesarias disculpas, pero con las inevitables molestias que ocasiona. El autor lamenta profundamente las segundas y adelanta desde ahora las primeras.
  4. Véase Moreau de Jones, Alex. (1832) Monografía o tratado completo del Cólera-Morbo Pestilencial, Esta puede haber sido la edición utilizada por Saco. Es la obra más citada en la Carta, aunque el publicista bayamés se apoyó en otros muchos textos, algunos irreconocibles por lo vago de las referencias. El contagionismo militante de Moreau de Jonnes sedujo por completo a Saco, quien utilizará muchos de sus argumentos en las enconadas disputas posteriores.
  5. «El mal parece que respeta hasta cierto punto á los europeos y sus descendientes, pero que se encarniza contra los asiáticos y africanos. ¿Y nacerá tan notable diferencia de una predisposición funesta que la naturaleza ha dado á estos últimos? ¿Será que la suma de conocimientos que posee la raza europea le proporcione ventajas sociales con que hacer frente á la enfermedad, y ya que no puede destruirla, puede a lo menos debilitarla?».
  6. En relación a los géneros el tiro sale por la culata al bayamés, pues las estadísticas se empeñan en mostrar que mueren más hombres: «Si esto proviene del distinto temperamento de los sexos, ó del género sosegado de vida de ellas, ó de ambas causas reunidas, son cosas que se infieren, pero que no se saben con certeza». Según Saco el cólera ataca indistintamente a los adultos de todas las edades, pero a los niños sólo durante epidemias especialmente intensas. Con respecto a la mortalidad diferencial de Clases y profesiones hace la relación común en la época de oficios peligrosos (médicos, sepultureros) o relativamente inmunes (carboneros, trabajadores del ramo de la cal, etc…) pero descarta que la distinción propuesta tenga algún valor real. Tampoco se anima a tomar partido en la espinosa discusión sobre el carácter «predisponente» o «preservativo» del consumo de bebidas alcohólicas.
  7. El estilo de esta parte de la Carta nos recuerda al profesor del Seminario, y sería interesante cotejarla con sus Esplicaciones de algunos tratados de Física de 1823.
  8. Este es, sin dudas, el problema fundamental que propone la Todo lo anterior (otras 40 páginas) está ahí para preparar a los lectores que se enfrentarán a la cuestión del contagio. En el último tercio de la monografía se aprovechará de la brecha abierta por el contagionismo para «derramar en el papel», con el ardor de costumbre, una de sus más atrevidas y vitriólicas denuncias sociopolíticas.
  9. Delaporte, François. Disease and Civilisation. The cholera in Paris, 1832 (1985) The MIT Press, Cambridge, Massachusetts. En el capítulo 7, uno de los más sugerentes, este discípulo confeso de Foucault hace una aproximación novedosa al problema epistemológico representado por la transmisión de las enfermedades. Como saludable contrapeso merece la pena consultar el clásico Ackerknecht, Erwin H. (1948) «Anticontagionism between 1821 and 1867». Bulletin of the History of Medicine, 22: 562-93. Y en esta misma línea, pero desde el punto de vista de la historia social, puede verse Briggs, A. (1961) «Cholera and society in the nineteenth century». Past and Present, 19: 76-96. Por último, para un lúcido balance de toda la cuestión, resulta imprescindible Rosenberg, C. E. (1987) The Cholera Years, The United States in 1832, 1849, and 1866. The University of Chicago Press, Chicago. Aunque este libro fue publicado originalmente en 1964, el epílogo añadido a la edición citada pasa revista a todo el debate, desde una perspectiva de envidiable frescura.
  10. Se trata de la más interesante aproximación analítica a la epidemia: Ramos, Julio. (1994) «Citizen body: Cholera in Havana (1833)» n. XIX, 46, pp. 179-95. El autor ha contraído con Julio Ramos una deuda personal muy grande, por sus valiosas sugerencias, su generosidad bibliográfica y su apoyo entusiasta. Y por supuesto, no pretende pagarla con esta pobre nota.
  11. «Memoria sobre la vagancia en la isla de Cuba» (Revista Bimestre Cubana, marzo-abril de 1832, t. 2, pp. 19-65).
  12. «De aquí los justos temores de los habitantes del campo á los contrabandos de negros, y de aquí también la resistencia que algunas veces opusieron á su desembarco. Resistencia digna de elogio, y que ojalá siempre se hiciera, pues con ella no solo aseguraríamos a la patria un sólido porvenir, sino que lavaríamos el relato que nos envilece a los ojos del mundo».
  13. Moreno Fraginals ha dejado establecido, en frase lapidaria: «Del mismo modo que Saco ignoró las corrientes historiográficas de su época, ignoró también sus doctrinas sociales y económicas. Una vez más actuó en él el mecanismo psicológico defensivo frente a un proceso vital que destruía todo su mundo conceptual». La afirmación, con toda su crudeza, es aplicable a este caso. Ver ob. cit. (nota 3) pp. 25-6.
  14. De nuevo la misma posición, ambigua pero coherente, con la cual se asegura llamar la atención hacia las cuestiones sociales. De nuevo la crítica a los «gobiernos indolentes» y los «pueblos bárbaros», disfrazada, pero no tanto.
  15. Considera necesario aquí destruir de paso el valor heurístico de la analogía, pues : «(…) en algunos casos es el suplemento de la ignorancia humana, y no sería difícil de probar, que á veces, la analogía del hombre es la anomalía de la naturaleza».

 

Adrián López Denis (La Habana, 1970). Biólogo, investigador y profesor. En la Universidad de La Habana se graduó de Licenciado en Biología y en Información Científico-Técnica. En Carleton University, de Canadá, obtuvo el título de Master of Art in Economics en 1998 y en la Universidad de Los Ángeles, California, el de Doctor en Filosofía y Letras. Fue instructor adjunto de Sociología y Antropología en The College of New Jersey y en la actualidad imparte clases de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Princenton. Con el ensayo Saco, Sagra y el cólera morbo alcanzó el Premio Vitral 1999, obra que fue impresa en Pinar del Río al año siguiente. Este, su primer capítulo, se extiende desde la página 9 hasta la 21.

Adrián López Denis

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