De acuerdo con el criterio del pensador español José Ortega y Gasset, una de las características del subdesarrollo mental es la incapacidad para sostener un sentimiento o un estado de ánimo, y pasar, por ejemplo, de la risa al llanto, o viceversa, del entusiasmo a la apatía, de la concentración mental a la dispersión. Por esa vía el individuo se dice y se contradice, salta de un principio a otro sin aplicar el raciocinio y se interesa o se desinteresa por algo sin un proceso de transición. Posiblemente otros pueblos del mundo padezcan de este tipo de comportamiento; pero podemos asegurar que el cubano se encuentra entre ellos.
A lo largo de nuestra historia, en realidad de solo cuatro o cinco siglos, podemos señalar algunos momentos en que se puso de manifiesto colectivamente esa volubilidad; pero no quisiéramos remontarnos a la época colonial, sino acercarnos a los días finales del período republicano. Resulta muy conocido que en la tarde del 13 de marzo de 1957 un grupo de revolucionarios pertenecientes a la Organización Auténtica y al Directorio Revolucionario asaltaron el Palacio Presidencial con el objetivo de liquidar al dictador Fulgencio Batista, quien había usurpado el poder por medio de la fuerza. La acción fracasó, muchos de los asaltantes cayeron en la refriega o fueron asesinados en días posteriores. La represión policiaca se desbordó y no se contuvo ni siquiera ante el digno senador Pelayo Cuevo, que nada tenía que ver con aquel proyecto insurreccional casi suicida. A continuación los alabarderos del régimen organizaron varios actos para celebrar que Batista hubiera salido ileso del atentado y reafirmarle la lealtad y el cariño que sentían hacia él. Esos actos lacayunos, que se extendieron durante los días 27, 28 y 29 de marzo, así como en los días 1, 2, 3, 4 y 5 de abril de 1957, fueron minuciosamente compilados y ordenados tras el triunfo revolucionario por Marcos Bravo, quien tituló irónicamente esta obra El segundo «asalto» al Palacio Presidencial (1960).1 En sus páginas podemos hallar una larga relación de diversas instituciones, de miembros del gobierno, de funcionarios y de individuos de todo tipo de pelaje que acudieron a la mansión palatina con el fin de arropar al «Mulato Lindo». La Asociación Nacional de Hacendados, la Federación Nacional de Artes Gráficas, la Asociación Nacional de Industriales, el Consejo Nacional de Veteranos de la Independencia, el Banco de China, el Centro Gallego de La Habana, la Confederación de Trabajadores de Cuba, la tienda El Encanto, la Asociación Canaria, la Asociación Nacional de Criadores de Ganado Cebú y hasta la Federación Nacional de Barberos integraron las 175 instituciones que se hicieron presentes en el Palacio. Miles fueron los individuos que asistieron en representación de sus respectivas entidades económicas o sociales, así como los invitados a título personal por su relieve en la sociedad cubana. Resulta lastimoso ver en esa dilatada relación a los generales Carlos Mendieta Montefur y Daniel Gispert, al coronel Francisco Carrillo Vergel y a los teniente coroneles Quirino Zamora Rodríguez y Alfredo Lima Tardiff, entre otros oficiales de nuestra gesta independentista, así como a los descendientes de aquellos que ya habían fallecido: los generales Máximo Gómez, Agustín Cebreco, José Maceo, Francisco Carrillo, Quintín Bandera… Todos en fraternal camaradería con politiqueros desacreditados como Justo Luis del Pozo, Eusebio Mujal, Anselmo Alliegro, Radio Cremata, Rafael Guas Inclán, Generoso Campos Marquetti… Y mientras en las terrazas o en los pulidos salones del Palacio Presidencial se aplaudía a Batista y se brindaba con champán por su salud, en las calles aledañas desfilaba una multitud con participantes habaneros o de varias localidades del país e integrada por miles de individuos humildes que portaban carteles con letreros como «Cosecheros de Papas de Güines Saludan a Batista», «Candelaria Está con Batista», «Por la Paz y el Progreso de la Familia Cubana, Todos con Batista» «Victoria de Las Tunas con Batista», «Obreros de Baracoa Saludan al Presidente Batista»… Aquellos festejos fueron amplificados a través de editoriales, artículos y numerosas fotografías que publicaron todos los periódicos del país. Como es de suponer, se abstuvieron de participar en aquel jolgorio masivo los que militaban en la oposición o por lo menos no simpatizaban con aquel régimen de facto que había pisoteado la Constitución de la República.
Pasaron los meses, el movimiento revolucionario cobró mayor fuerza y se fue extendiendo por todo el país al tiempo que la dictadura incrementaba la represión de un modo ya descontrolado y se resquebrajaba. Al verse sin respaldo, Batista cargó con la fortuna que durante años había acumulado y junto con un grupo de sus incondicionales abandonó cobardemente el país. La Revolución había triunfado y la inmensa mayoría de los ciudadanos se lanzó a la calle para festejar la caída del criminal régimen. Una semana después arribó a la capital la caravana de soldados rebeldes, encabezada por el comandante Fidel Castro, que había puesto en fuga al dictador, y una multitud salió a vitorearla. Cabe preguntarse: ¿cuántos de aquellos que solo unos meses antes habían aplaudido a Batista aplaudían ahora al máximo líder? A nuestro entender la volubilidad del pueblo cubano se puso entonces de manifiesto.
En aquellos días de entusiasmo colectivo y contagioso salió de la clandestinidad el Partido Socialista Popular (Comunista), cuyos miembros y simpatizantes habían sido perseguidos y en realidad constituían un irisorrio número con escasos méritos revolucionarios; pero de inmediato se sumaron a la ola triunfal. Las flamantes autoridades les abrieron sus puertas y les concedieron cargos gubernamentales e incluso grados de comandantes. Sorprendentemente, casi de un día para otro, creció la cantidad de individuos que se declararon comunistas y se hizo popular un porro colombiano que contaba con este estribillo: «Dicen los americanos / que Fidel es comunista / y no dicen que Batista / mató a 20 000 cubanos, / Cuba sí, Cuba sí, / Cuba sí y yanquis no.» También tuvo arraigo el lema: «Si Fidel es comunista, que me pongan en la lista.» Al mismo tiempo desde su programa en la radio el verborreico político José Pardo Llada, hasta días antes de marcharse sigilosamente del país, exigía: «¡Fidel, sacude la mata!»
La radicalización del proceso transformador conllevó el incremento de las posiciones antimperialistas, el acercamiento cada vez mayor a la Unión Soviética y al resto de los países del campo socialista y el descarte de aquellos líderes partidarios de un sistema democrático, pluripartidista y tolerante con las distintas ideologías, como había quedado plasmado en la Constitución de 1940. Pero había llegado la hora de la intransigencia revolucionaria y del acatamiento a las reglas establecidas por los nuevos gobernantes, más aún tras declararse en abril de 1961 el carácter socialista de la Revolución. Entonces comenzó a ser entonada otra canción de carácter ya francamente discriminatorio: «Somos comunistas / palante y palante / y al que no le guste / que se tome un purgante.» En correspondencia con aquel giro ideológico que incluía el anticlericalismo, el ateísmo y la marginación de las creencias religiosas, muchos descolgaron los crucifijos, los cuadros del Sagrado Corazón de Jesús y las imágenes de la Virgen de la Caridad del Cobre. En su lugar pusieron retratos de Lenin, de Carlos Marx o de Mella y en la puerta de entrada una placa de metal que rezaba: «Fidel, esta es tu casa». ¿Cómo pudo ocurrir aquel cambiazo en el seno del pueblo cubano? Creemos que la respuesta se halla en su volubilidad congénita, que explicaría también otras reacciones.
Veamos: la Ley Fundamental de 1940 abolió la pena de muerte, que había sido aplicada con largueza en algunos gobiernos anteriores, como el de Gerardo Machado. Una excepción lo constituyó el fusilamiento en 1941 del espía alemán Lunning, responsable por sus informes a la Alemania Nazi del hundimiento de varios cargueros cubanos y de la muerte de decenas de marineros. A partir de entonces ningún fiscal pudo solicitar la condena a muerte de un acusado, ya fuese por motivos políticos o comunes, y ningún juez pudo dictar esa sentencia. Así lo establecieron las leyes penales de la República. Aunque, sabido es, tanto la policía como el ejército durante este período se saltaron esa barrera y ocurrieron no pocos crímenes extrajudiciales, en su mayoría durante la tiranía batistiana.

Triunfa la Revolución y de inmediato comienzan a realizarse a lo largo del país juicios con el objetivo de castigar a los asesinos y torturadores que sirvieron al régimen depuesto y eran responsables de verdaderas atrocidades. Muchos son enviados al paredón de fusilamiento o sentenciados a largas penas de cárcel. Pero sin demora alguna, también corren igual destino aquellos que no tenían las manos manchadas de sangre, pero habían desempeñado el papel de delatores. Las sentencias a la pena capital van de un extremo a otro de la isla y a diario se alza tanto en hombres como en mujeres y en jóvenes el grito furioso de «!!Paredón. Paredón!!» Una fuerza exterminadora se había salido de su cauce. Hoy pueden resultar grotescas, de tan desproporcionadas, algunas situaciones que se presentaron entonces. La primera que referiremos fue contada por el dramaturgo y poeta Virgilio Piñera en «Un testimonio del primero de Mayo», texto que vio la luz en el número inicial de la revista Casa de las Américas correspondiente a junio-julio de 1959. Después de anotar que había sido citado el día antes de la manifestación a la fortaleza de La Cabaña para recibir instrucciones, al igual que sus compañeros en el desfile, menciona sus nombres: Guillermo Cabrera Infante, Pablo Armando Fernández, Antón Arrufat, Calvert Casey, Tomás Oliva, José Álvarez Baragaño, Fayad Jamís… Y al exponer los pormenores de la concentración que avanzó por el Vedado, narra el siguiente incidente sin manifestar el menor reproche: «Casi llegando a Paseo sentimos a nuestras espaldas el claxon de una máquina. Sus ocupantes eran un muchacho joven y su compañera. Esta iba abrazada al muchacho; y tocando continuamente el claxon atravesaban nuestras filas mirándonos insolentemente. En mala hora lo hicieron; el pueblo empezó a silbarlos, a amenazar con volcar el automóvil y a dar grandes gritos de ¡Paredón, Paredón!»2
¿Pena de muerte para una pareja de jóvenes por atravesar en su auto con mirada insolente y sonando el claxon un desfile de revolucionarios? Resulta innecesario hacer comentarios; solo anotaremos que entonces Piñera ingenuamente estaba afilando el cuchillo para su propio pescuezo.
El segundo ejemplo pertenece a los mismos días y al Diario Libre, que comenzó a publicarse con enérgico vigor revolucionario en enero de 1959. Además de denunciar el pasado batistiano de no pocos políticos, comerciantes e industriales que aún permanecían en Cuba, exaltó las ejecuciones que entonces se estaban llevando a cabo en el país y creó una sección fija con el elocuente título de «Paredón». Su director, Luis Martínez Paula, escribió editoriales incendiarios que proponían con vehemencia la aplicación de la pena de muerte sin ningún tipo de contemplaciones. Uno de ellos se tituló «Carteristas al paredón», dirigido a liquidar a los ladrones al descuido en las guaguas.3 Aquella euforia sanguinaria también llevó entonces al joven escritor camagüeyano Severo Sarduy a publicar en las páginas de este diario el cuento «El torturador», que tiene como centro la ejecución de un esbirro batistiano.4
Lejos de aplacarse, la ola de fusilamientos continuó con gran fuerza en los días sucesivos y llevó a ser abatidos por las descargas de fusilería lo mismo a militares del anterior ejército, entre ellos el comandante Sosa Bravo, como a Jesús Carreras, William Morgan y Humberto Sorí Marín, quienes ostentaban el mismo grado; pero dentro de las filas del Ejército Rebelde. ¡Paredón! siguió siendo a partir de entonces una consigna popular ya arraigada y un grito de guerra estimulado por las autoridades. En marzo de 1966, siete años después de la victoria revolucionaria, un ingeniero de vuelo intentó secuestrar un avión civil cargado de pasajeros y dirigirlo a los Estados Unidos. La acción criminal fracasó y resultaron asesinados el piloto y un guardia de seguridad; el protagonista de aquel hecho logró escapar momentáneamente. Muchos revolucionarios se lanzaron entonces a la calle y comenzaron a exigir: ¡Paredón! ¡Paredón! para el pirata áereo, antes incluso de que el sujeto fuese capturado y llevado a juicio. Pocos días después fue detenido en el convento de San Francisco y la revista Bohemia publicó el reportaje titulado «Capturado el asesino», que comienza de la siguiente forma:
Era la mañana del lunes 11. La Habana Vieja bullía de pueblo en los alrededores de la iglesia-convento de San Francisco.
Pero aquel no era un episodio más de la crónica religiosa. Gritos de indignación rebotaban contra los altos muros del templo situado en Aguiar entre Amargura y Teniente Rey.
—¡Paredón para el asesino! ¡Paredón…! ¡Paredón…! ¡Paredón…!5
Así de activa se encontraba esta consigna en la (enferma) conciencia de tales ciudadanos, que posiblemente unos años antes no hubieran reaccionado de esa manera.
Muchos ejemplos más pudieran citarse de las veleidades del cubano, que a veces se enmascaran bajo el argumento de «la simulación en la lucha por la vida», para emplear una frase acuñada por el pensador positivista argentino José Ingenieros. Pero quisiéramos cerrar este rápido recorrido con una reciente demostración. Aproximadamente un año atrás numerosos residentes en la ciudad de Santiago de Cuba salieron a la calle para protestar por la falta de electricidad y de agua y por la demora en la entrega de los artículos de la llamada «canasta básica». Aquellas demandas no fueron satisfechas y a la población solo se le ofreció, como ya es habitual, justificaciones y promesas. Pocas semanas después salió por las calles santiagueras una conga para celebrar un nuevo aniversario del triunfo de la Revolución y allá fueron tras ella a arrollar numerosos santiagueros, de seguro muchos de los que habían tomado parte en la protesta, que para ellos ya pertenecía al olvido. Así son las volubilidades del pueblo cubano. Y con esas volubilidades, al parecer hereditarias, no se puede avanzar.
Notas y Referencias
- Marcos Bravo era el seudónimo empleado por Pedro Manuel Rodríguez L., de quien no tenemos más información. De este libro hemos visto dos ediciones con su contenido idéntico e impresas en el mismo año, pero muy distintas desde el punto de vista tipográfico.
- Piñera, Virgilio «Un testimonio del primero de Mayo». En Casa de las Américas Año I Nro. 1. La Habana, junio-julio de 1959, p. 33.
- «Carteristas al Paredón». En Diario Libre, La Habana, 28 de julio de 1959, p. 9.
- Sarduy, Severo «El torturador». En Diario Libre, La Habana, 5 de julio de 1959, p. 2. Después de haber animado con gran entusiasmo los fusilamientos, el director de este diario, el «comecandela» Luis Martínez Paula, nacido en Cuba en 1918, se marchó del país. Murió en Puerto Rico en el año 2008. Un ejemplo individual de las veleidades del cubano.
- Pérez, Ciro «Capturado el asesino». En Bohemia Año 58 Nro. 15. La Habana, 15 de abril de 1966, p. 68.

