Conversación con el poeta Yanier H. Palao

Por: Laura Domingo Agüero

Yanier H. Palao.
Yanier H. Palao.

Escritor y artista plástico, el holguinero Yanier H. Palao (1981) ha publicado, entre otros, los libros Sombras del solo (Holguín, 2005), Peces en bolsas de nylon (Ciego de Ávila, 2009), A la intemperie (Holguín, 2011), Vaciados (Matanzas, 2011) y Esteros (La Habana, 2013). También ha recibido numerosos reconocimientos, como el «Premio Calendario» en Poesía, 2012 y la beca de creación literaria que otorga el proyecto «Torre de Letras», 2016. En el 2018 la Editorial Letras Cubanas le publicó Óxido. Recientemente ha salido a la luz por Ilíada Ediciones, de Alemania, País excéntrico.

Con respecto a sus exposiciones sobresalen Grito para que se me escuche, Báguanos, Holguín, 2009, y Rastros, en 2011 en la biblioteca Benito Juárez de la Universidad Politécnica de Holguín. Ese mismo año expuso en La Casa de Iberoamérica Ejercicios: apuntes de cuadernos. Participó en el evento Babel 2013 de las Romerías de Mayo con una intervención pública que consistió en limpiar los monumentos de los héroes que están emplazados en la ciudad del Holguín con algodones mojados en agua oxigenada. También ha realizado numerosas ilustraciones para libros infantiles, y revistas. En el 2019 expuso en la cervecería Viva cerveza, de Quito, su muestra Ofrezco mi fragilidad. Su obra engrosa numerosas colecciones particulares, en La Habana, Ecuador, México, Argentina, EUA, España, Reino Unido, y Australia. En el 2023 fue finalista del concurso internacional de pintura Josefina de Bakker, que convoca la galería TCC Collector S Club de Cumbaya, en Quito. Obras suyas fueron incluidas en la exposición colectiva Bauhaus Reverberada, organizada por el Colegio de Arquitectos de Pichincha. Es miembro del consejo editor de la revista española Tras de mar, especializada en la promoción de la cultura de los países insulares. A continuación reproducimos la entrevista que nos concedió:

¿Cómo empezó a desarrollarse tu sensibilidad lírica en Cuba? ¿Alrededor de qué temas y en qué circunstancias?

No sé si es exactamente poesía lo que escribo, a veces tengo duda y esa duda me gusta. Es una duda brumosa que me agrada, le da ese aire de indefinición, pero a la que, por fuerza de clasificaciones, es necesario poner un nombre. Siendo así, de mis siete libros hasta ahora publicados, seis son de poesía.

El tema de mis primeros textos fui yo, yo como tema, el barrio, la gente, una especie de ultrasonido para reconocer el lugar donde vivo. Ahora que vivo en Quito sigo tratando de reconocer mi entorno con palabras, como si poner por escrito lo que veo, lo que siento, le diera cuerpo, forma y terminara de conformar las imágenes, los sabores, los olores, el goce, los días. Con el tiempo se ha sumado el tema de la propia escritura, que hago para no abandonar la palabra, las lecturas, los cuadros, los pintores que me fascinan. Lo que me fascina está ocupando un lugar muy importante en mi escritura y en mí. Lo que me fascina, con frecuencia, no exactamente me gusta. No lo sé. Estoy dando espacio a lo que me hechiza, al embrujo, a la estupefacción, aunque esta sea efímera.

Desde una perspectiva literaria, ¿qué ha sido o es lo más difícil de sobrellevar desde el inicio de tu emigración?

La emigración en mi caso ayudó a la escritura. He escrito tres libros desde que llegué a Quito y de eso ya han pasado seis años. La soledad, la falta de un trabajo fijo, la ausencia de amigos, ha favorecido mi producción literaria. Escribí, además, un libro dedicado en específico a Ecuador, titulado País excéntrico.

Durante estos años me he hecho una misma pregunta sin cesar: ¿por qué estoy aquí, qué es lo que busco? Y sigo escribiendo porque aún no encuentro la respuesta.

¿Sientes que hubo una ruptura en tu producción, un incremento de la misma, o una continuidad?

Una continuidad. Sigo siendo el mismo, solo que ahora miro a los quiteños, trato de entenderlos, como trato de entender a los cubanos, a Cuba, La Habana, su gente, pero desde los Andes y a 2800 metros sobre el nivel del mar. Ha cambiado la geografía y eso es importante en mi escritura, el paisaje, el clima, el ritmo de la gente al hablar, al caminar, mi propio ritmo al decir las cosas y cómo debo decirlas y no sonar tan directo, tan hiriente. Aquí hay una ternura a veces empalagosa, pero que no deja de ser ternura y he empezado a disfrutar de ella.

¿Cómo ha sido tu relación con el nuevo idioma o acento (en el caso de quienes emigraron a otro lugar de habla hispana) de la cultura que te acogió?

Pienso que en cuestiones culturales la región del Caribe es la disidencia en Latinoamérica. No estamos conectados a la masa continental, no tenemos poblaciones indígenas, el otro no es tan otro. Todos hablamos en Cuba el mismo idioma aunque con registros diferentes, pero en realidad la diferencia es mínima en comparación con Ecuador, México, Perú, Guatemala o Bolivia, (seguro hay otros países) que cuentan con nacionalidades y pueblos autóctonos que tienen su propio lenguaje.

Voy a los mercados para ver a los campesinos hablarse entre ellos y es hermoso oírlos. Tienen un lenguaje para los suyos. Eso me ha marcado. Me han marcado los diminutivos, el exceso de respeto y la formalidad, el no mirar a los ojos, el no hablar con las manos. Para mí fue raro, después de vivir en Centro Habana, La Habana Vieja o Lawton, acostumbrarme a ver personas que no gesticulan al hablar. No existe aquí ligereza en el lenguaje. Hay regodeo, encubrimiento. Hay ciertos temas tabú, como el sexo, el cuerpo, la familia. Otro asunto es el amor a la tierra como algo real, y también a la agricultura. Será por eso de la Pachamama.

Todos somos latinoamericanos, pero los caribeños nos alejamos de lo que se cree unifica la cultura Latinoamérica. Todos hablamos español, pero la velocidad y cierto tinte de vulgaridad le dan un calor, un color, un sabor, que es irresistible. Hago todo lo posible por pasar cerca de una barbería, donde trabajan unos dominicanos, me quedo cerca del establecimiento solo para oírlos hablar. Estoy seguro de que no quiero ser amigo de ellos, visten shores casi siempre, hablan alto, con aguaje… Es raro para mí. Yo criticaba esa forma de hablar y ahora la busco, busco esos elementos tan populares para recordar, para traer, un país. Es muy probable que un país sea un ritmo, una cadencia al hablar.

¿Qué impacto ha tenido (si lo ha tenido) el cambio de paisaje y de entorno en tu obra?

He empezado a ser más permisible con lo bonito, ese término tan kitsch y para muchos superfluo, porque sí, porque lo agradable no es malo. En Cuba todo tendía a ser intelectual, profundo, militante. Aquí también las luchas sociales están a la orden del día, pero he conectado con un grupo de artistas visuales a los que les interesas estos y otros temas, y yo me siento bien con ellos. Antes, la extrema politización de la producción artística e intelectual en Cuba me llegó a saturar, porque es un terreno demasiado conocido.

¿Te has cuestionado tu identidad personal y literaria desde la emigración? De ser así, ¿de qué manera?

No soy el mismo Yanier, pero sigo siendo el mismo. Ecuador y, en específico, Quito, ha despertado algunos intereses que de seguro ya estaban en mí, pero dormidos.

Mi identidad la he cuestionado siempre, sobre todo por esa carga, a veces una condena, de ser cubano, para cuestiones migratorias, cuestiones de visa. Presentarse como una persona de Cuba significa estar asociado a una revolución, a favor o en contra de ella. Se ha romantizado demasiado ser cubano, y la verdad es que yo he sido en gran medida un extranjero en mi propio país, desde que salí de la casa de mis padres para Báguanos, de Báguanos para Holguín, de Holguín para La Habana, y de La Habana para Quito. No he permanecido por mucho tiempo en los lugares y creo que seguirá siendo así.

Cuando llegue a La Habana fui «el palestino», el oriental, al que discriminaban por su acento, por haber nacido en el Oriente de la Isla. Aquí en Quito soy el emigrante, el extranjero, incluso, por cinco años fui el indocumentado. También soy el que no cumple con los requisitos de ser un «buen cubano», el que no fuma, no baila salsa, no va a los restaurantes de comida cubana. Y después de todo, pienso que probablemente estoy en el sitio para el que estaba preparado.

¿Qué representa ahora Cuba para ti?

La Cuba que tengo en mi mente es la de Esther Borja cantado «Siboney», y yo, de niño, mirándola en un televisor en blanco y negro. Ella con una bata bordada a mano llena de flores. La Cuba que está en mi mente es la de las fiestas interminables en La Habana, esas noches de música electrónica, de amor, sexo y amistad, cuando no se sabía distinguir esos tres sentimientos. La Cuba que recuerdo es aquella de cuando salíamos a las 6 de la mañana a la cafetería de la entrada del túnel de Miramar a comer panes con queso y refresco instantáneo en vasos de botellas de cervezas recortadas. La Cuba que conservo en mi memoria está en las fiestas en la casa de Katherine Bisquet, en la compañía de Yanelis, de Luis Manuel y de otros tantos, que soñábamos hacer arte, escribir poesía y transformar el país.

La Cuba que conservo es la de un amanecer que nos sorprendió ebrios a un grupo de jóvenes artistas después de dormir apilados en un sofá. El sol entraba por la persiana que se había quedado abierta, yo fui el primero en despertar —como siempre—, para hacer café para todos. La Cuba que tengo está en los cuadros de Antonia Eiriz. Llovía, se acercaba un frente frio, y yo sentado frente a un cuadro en el Museo Nacional de Arte Cubano. El cuadro tiene micrófonos, un podio, figuras humanas grises-verdosas y blancas que me inquietan.

La Cuba que retengo está a tu lado, Laura, caminando juntos. Contigo me permitía ser triste y melancólico. Caminábamos por 23 hasta Paseo y teníamos conversaciones que nunca más he vuelto a tener. La Cuba en mi recuerdo está contenida en la etiqueta de una chaqueta de la tienda El Encanto, en los videos de las mujeres con sombrero caminando por la calle Galiano, en las fotos de los bohíos, de las vegas de tabaco de Vuelta Abajo. Por último, la Cuba que tengo hoy está en la moneda de 25 centavos dólar, de Celia Cruz, que le pedí a un amigo que viajó a los Estados Unidos que me trajese. Y es todo.

Regalo

No puedo dormir

no sé cómo cerrar los ojos y descansar.

Yo le había dicho: quiero un bosque de flamboyanes

y él me entregó un puñado de semillas.

Esto fue lo que nos faltó:

dónde, cómo sembrarlas, en qué terreno,

lugar,

base,

germinación,

nacimiento.

No puedo dormir

no sé cómo cerrar los ojos.

A mi lado las semillas,

la amenaza de sembrarlas en terrenos que no son propios.

La amenaza de crear un bosque

y no poder caminar por él,

no poder adentrarme en mi propio deseo.

No puedo dormir, no sé cómo cerrar los ojos y descansar.

Tomo las semillas,

las aplasto, ya no con tristeza,

sino seguro que

ante esta incertidumbre

es mejor la aniquilación.