[…] no se puede vivir como persona si se tiene la conciencia de «pesar» sobre otras personas a quienes les está negado hasta el mínimo de satisfacciones a sus necesidades vitales.
María Zambrano, Persona y democracia
Hace unos años pasé por esa experiencia que en Sociología se nombra serendipia, que significa hallazgo valioso. Ese asombro lo sentí cuando me informé acerca de la vida de América Arias, quien fue esposa del presidente de la República de Cuba entre 1909 y 1913, el general de la Guerra de Independencia José Miguel Gómez, y madre de otro presidente después, Miguel Mariano Gómez, en 1936. Un hospital de maternidad habanero lleva su nombre y en una de sus áreas exteriores se le erigió incluso un monumento. También en un parque situado a un costado del antiguo Palacio Presidencial existe un busto suyo para rendirle tributo. Después de 1959 alguien cuestionó el nombre de esa instalación hospitalaria y consultó con el entonces Historiador de La Habana, Emilio Roig de Leuchsenring. El hospital no lleva su nombre por ser la esposa y madre de dos expresidentes; está ahí por su historia de vida, le aclaró el conocido intelectual. Resulta que esta mujer, durante la gesta independentista, realizó, entre otras relevantes misiones, la de correo de los mambises. Me quedé un poco extrañada, ¿una simple mensajera con tanto mérito?
Resulta que esa labor de mensajería se hacía, en primer lugar, con gran riesgo para la vida de quien la realizaba. Fue muy importante llevar a lugares intrincados de la manigua, además de determinados bienes materiales, las cartas de las familias e informaciones militares. Esta labor les permitía saber a los patriotas acerca de sus seres queridos y a los oficiales los movimientos del enemigo o el desembarco de expediciones. Entonces comprendí la grandeza de esa cubana.
Recuerdo las décadas de aislamiento tremendo a que fue sometida la sociedad después de 1959, la separación férrea entre los miembros de las familias por la prepotencia política del gobierno cubano. El que abandonara el país era considerado un traidor y sus parientes en la Isla no podían tener relaciones con la emigración; escribir una simple carta a la madre en los Estados Unidos era considerado una debilidad ideológica y una deslealtad a la Revolución. Otro corte familiar y afectivo inaudito, otro desgarramiento, otra destrucción de las relaciones humanas entre los miembros de la sociedad cubana.
Hoy, en pleno siglo XXI, una medida absurda y cruel atenta de nuevo contra la comunicación de los seres más humildes de nuestra población, en particular a los vulnerables, los enfermos, los adultos mayores, con su emigración. El que quiera tener noticias de la situación de su gente en el extranjero, conversar con amistades y familiares, debe hacerles pagar a los emigrados las recargas del móvil, y punto. No hay otra opción para nosotros. Otro derecho perdido, otra humillación, otra de las muchas manifestaciones de la violencia.
Hay quien dice: pidan libertad. Pero es que pedir comida, electricidad, medicamentos, gas, agua y ahora comunicación, es pedir libertad, es pedir derechos, es pedir disfrutar de una vida decente, es pedir un cambio. No por gusto quien se atreva a protestar por cualquier motivo es condenado a prisión.
Las nuevas tarifas de esa institución llamada ETECSA atentan contra la solidaridad desplegada hace años en las redes sociales para ayudar a enfermos, a necesitados, a ancianos abandonados. ¿Cuántos activistas sociales a través de las redes despliegan un conjunto de iniciativas para aliviar el dolor y el sufrimiento de gente necesitada? Ellos —como José Martí— saben bien qué es la pobreza: la manera de vencerla. Y en esta difícil situación en que todo amenaza y nada promete, en que no podemos quitarnos esta pesadumbre, este sentir del tiempo como cárcel, hasta que el poder se desprenda —o sea desprendido— del poder. No es posible elegirse a sí mismo como persona, sin elegir, al mismo tiempo, a los demás.

