Capablanca en el imaginario nacionalista de la primera República (1909-1914)

Por: Félix Julio Alfonso López

José Raúl Capablanca (1888-1942)
José Raúl Capablanca (1888-1942)

En su magnífica biografía de José Raúl Capablanca, el periodista e investigador Miguel Ángel Sánchez postula que el joven prodigio del ajedrez había significado algo muy importante en el sentimiento patrio de la república nacida el 20 de mayo de 1902, cuyos dirigentes e intelectuales lo veían «como un símbolo de la nueva Cuba».1 Pocos deportistas, con la excepción quizás del campeón olímpico de esgrima Ramón Fonts o el pelotero Adolfo Luque, concitaron la atención y elogios que recibió Capablanca en las dos primeras décadas del siglo xx, en que invariablemente su nombre apareció asociado a narrativas nacionalistas. En el presente texto comentaré dos ejemplos literarios: un soneto y el capítulo de un ensayo, donde los argumentos referidos al ajedrecista como símbolo de la nación aparecen expresados de manera indirecta en el caso del poema o abierta en el ensayo.

El primer semestre de 1909 resultó consagratorio en la vertiginosa carrera de Capablanca. Con apenas veinte años el príncipe de los tableros era ya un consumado ganador en partidas rápidas disputadas en el Manhattan Chess Club, cuyo dueño era el acaudalado cubano Arístides Martínez, y su renombre como jugador iba en ascenso en el estado de Nueva York. En los meses iniciales de 1909 había logrado «686 victorias, veinte empates y solo catorce derrotas en un total de 720 partidas entre simultáneas y encuentros de exhibición contra los rivales más fuertes de cada localidad».2

Este fue el prólogo de su enfrentamiento con Frank Marshall, campeón de los Estados Unidos, iniciado el 19 de abril de 1909 en el hotel Ansonia de la Babel de Hierro. Los expertos coinciden en que el estadounidense subestimó la destreza del criollo, pero las consecuencias de su menosprecio fueron letales, pues el match concluyó con abrumadora superioridad de Capablanca de ocho partidas ganadas, catorce tablas y una solitaria derrota.

Antes de este resonante éxito, solamente Emanuel Lasker, campeón del mundo, y el sagaz polaco Tartakower habían logrado derrotar a Marshall. Un conocedor contemporáneo, el español Juan Corzo, testigo directo del nacimiento de Capablanca como jugador extraordinario en el Club de Ajedrez de La Habana, había predicho su victoria sobre Marshall en artículo donde lo llamó con el admirable calificativo de «Una gloria de Cuba», y ratificaba la profecía hecha en las páginas de la revista El Fígaro de que antes de un lustro «Capa», como lo llamaban coloquialmente en el Manhattan Chess Club, sería campeón del mundo.3

El galardón motivó numerosas reseñas y comentarios elogiosos en la prensa especializada mundial, acaparó titulares en los diarios de la capital cubana y en lo personal produjo un efecto benéfico en su vida privada, pues le permitió reconciliarse con su progenitor, junto al que apareció retratado en el acreditado estudio fotográfico del portugués Alfredo P. Taveira, en la misma pose de una fotografía anterior donde se le ve de niño enfrentando al padre.4 El triunfo también conmovió a la poeta y pedagoga Rosa Trujillo Arredondo, directora de la revista Letras Güineras,5 importante publicación de corte feminista y ademán católico, quien le dedicó el siguiente soneto:

A Raúl Capablanca

(Ajedrecista cubano, con motivo de su triunfo en los Estados Unidos, 1909)

Capablanca genial, príncipe hermoso

De nuestra regia Antilla encantadora,

Tu triunfo sin igual, será la Aurora

De tu talento, sol esplendoroso!

 

La tierra de Roosevelt, ese coloso,

Cuya alma noble, fuerte y bienhechora

Quiso que nuestra Cuba triunfadora

Luciera al fin su pabellón glorioso.

 

Ante ti se descubre, y en tu frente

Nevada, pensadora, adolescente,

Hoy coloca el laurel de la victoria;

 

En tanto, con orgullo tus hermanos,

Unen tu nombre al grupo de cubanos

Que son y han sido de su patria gloria!6

 

El 28 de enero de 1909, mientras Capablanca destrozaba a sus contrincantes neoyorquinos, el general José Miguel Gómez había tomado posesión del cargo de presidente de la república, después de vencer en el agitado tablero político insular a su adversario el también general y antiguo compañero de armas Mario García Menocal, lo que ponía fin a casi tres años de ocupación militar norteamericana. En paralelo se produjo el cambio presidencial en los Estados Unidos con la elección de William Howard Taft —quien en 1906 había sido designado gobernador temporal de la Isla— en sustitución del polifacético y exuberante Teodoro Roosevelt.

Es en este contexto de júbilo por el éxito del ajedrecista y recuperación de la soberanía del estado republicano, que deben leerse los versos aparecidos en la revista Letras Güineras, donde asoma el discurso de gratitud a la nación norteña y en particular a la figura de Roosevelt, considerado por muchos un paladín y protector de la independencia cubana, opinión compartida por intelectuales y patriotas del fuste de Enrique José Varona, Manuel Márquez Sterling, Fernando Ortiz, Cosme de la Torriente y Manuel Sanguily.7

Las estrofas del soneto resaltan que el laurel victorioso había sido colocado en la frente de un jugador «adolescente» —lo que sin dudas constituía un mérito adicional—, en la poderosa «tierra de Roosevelt», que se descubre de admiración ante su ingenio tras someter de modo inobjetable a un rival de gran autoridad como Marshall. Se producía de este modo un efecto compensatorio en el imaginario nacionalista de aquel momento, pues la retirada de las tropas estadounidenses ocurría de manera simultánea al triunfo del excepcional trebejista sobre el primer jugador del país ocupante.

Al mismo tiempo, su ambición vencedora lo igualaba con la cohorte de cubanos que habían dado gloria a su patria en otros ámbitos, elevándolo al pedestal de ídolo de la nación. Se afirmaba así la leyenda de Capablanca como prócer deportivo, cuyas hazañas trascendían más allá del espacio competitivo. Esta representación encuentra resonancia en un texto reflexivo del periodista y escritor José Sixto de Sola, titulado de manera elocuente «El deporte como factor patriótico y sociológico. Las grandes figuras deportivas de Cuba».

Sola había nacido en el mismo año que Capablanca, 1888, y formaban parte de la primera generación de intelectuales republicanos. Ambos recibieron parte de su educación en academias estadounidenses y tenían predilección por los deportes. En el caso de Sola practicó fútbol, beisbol y softbol en su etapa de estudiante universitario, donde fue vocal de la Asociación Atlética de la Universidad de La Habana; tras graduarse de abogado se desempeñó como secretario de la Liga Nacional y presidente de la sección de beisbol de la Liga Amateur de Cuba.

El ensayo de Sola apareció en las páginas de la influyente revista Cuba Contemporánea en junio de 1914. Su discurso reivindicaba la emoción patriótica que significaban para el pueblo cubano las coronas obtenidas por sus deportistas en diversas lides atléticas. El premio adquiría mayor relieve, desde el punto de vista de la exaltada retórica nacionalista, si se alcanzaba en otras tierras, de manera particular en los Estados Unidos y contra oponentes de ese país:

¡Qué cubano que haya asistido a un juego de base ball entre el equipo Almendares, por ejemplo, y alguna de las grandes novenas norteamericanas de primer orden que nos han visitado en estos últimos años, no se ha sentido ligado a nuestros jugadores y al resto del público por un vínculo poderoso! (…) ¡Qué es lo que produce entusiasmo tan intenso, tan delirante, tan unánime! Ah! Es el sentimiento nacional. Todos son cubanos y se sienten cubanos. (…) Y ese mismo sentimiento, esa misma unanimidad se ha producido cada vez que un cubano ha triunfado en el extranjero ¿Quién no se ha sentido cubano, a quién no le ha palpitado el corazón de alegría, de sentimiento cubano, al saber las victorias de un Capablanca, de un Fonst, de un Narganes, de un Alfredo de Oro, de un Marsans y de tantos otros? Así es como los deportes contribuyen a fortificar el sentimiento nacional. Ese es el aporte que ellos llevan a la corriente nacionalista.8

Los cinco grandes de San Petersburgo 1914. De izquierda a derecha, Emanuel Lasker (campeón mundial), Alexander Alekhine, Capablanca, Frank Marshall y Siegbert Tarrasch.
Los cinco grandes de San Petersburgo 1914. De izquierda a derecha, Emanuel Lasker (campeón mundial), Alexander Alekhine, Capablanca, Frank Marshall y Siegbert Tarrasch.

El relato sobre Capablanca ocupa un apartado específico dentro del ensayo, que se inicia con la rotunda afirmación de que se trataba del «primer ajedrecista del mundo». Respaldaba este criterio su exitoso desempeño durante la primera fase del torneo de San Petersburgo, que se desarrollaba en paralelo a la escritura del texto de Sola.9 Lo notable de esta competencia radicaba en el hecho de que se otorgarían los primeros títulos de Gran Maestro, concedidos por el zar Nicolás II a los ocupantes de los cinco primeros lugares y que recibieron Emanuel Lasker, José Raúl Capablanca, Siegbert Tarrasch, Alexander Alekhine y Frank Marshall.

Un elemento adicional en la perspectiva nacionalista era que Capablanca desempeñaba en aquel certamen un cargo diplomático como canciller encargado del consulado de Cuba en San Petersburgo. Desde del año anterior, el hijo predilecto de Caissa había sido recomendado por el alcalde habanero Fernando Freyre de Andrade al ministro de Estado Cosme de la Torriente, para que ocupara un lugar en el servicio diplomático de la república «en uno de los centros europeos que le permita hacer méritos para su vida, y a la vez que le sea posible contender en los torneos ajedrecísticos, en los que hasta ahora ha obtenido triunfos ruidosos».10 La petición fue aprobada por el presidente Mario García Menocal con destino a la capital del imperio zarista, devenida en 1914 epicentro del ajedrez mundial cuando se reunieron por primera vez los tres grandes del ajedrez internacional: Lasker, Capablanca y Alekhine.

El ensayista subraya la agudeza mental de Capablanca con el argumento de que se trataba de una especie de Mozart del ajedrez, pues lo había aprendido a muy temprana edad de manera absolutamente instintiva, sin que mediara ninguna enseñanza previa. Este tipo de genialidad congénita era en su opinión de naturaleza semejante a la de otro notable deportista criollo, el esgrimista Ramón Fonst, múltiple campeón olímpico, y esto le permite conjeturar: «Parece ser privilegio de esta tierra, que sus hijos que en los diversos órdenes de actividades han de sobresalir, nazcan ya con sus facultades latentes tan desarrolladas, que produzcan resultados extraordinarios a la edad en que parece imposible que se empiece siquiera a ejercitar esas actividades».11

En Capablanca, según la percepción de Sola, coincidían varios de los atributos del héroe clásico, que demostraba precocidad y eficacia en sus cualidades intrínsecas y poseía gran capacidad para «morir» y «renacer», es decir, en momentos críticos podía realizar una jugada magistral que transformaba la derrota en victoria. Así sucedió en la temporada siguiente a la de su éxito sobre Marshall, en la cual: «El cansancio del viaje y las fatigas de la excursión le hicieron quedar mal al principio; pero, habiendo recuperado sus fuerzas, ganó los últimos seis juegos seguidos y terminó en segundo lugar, medio punto por debajo de Marshall».12

Otra narrativa épica era la de su temperamento despreocupado y espontáneo, cuyo idealismo romántico y desdén por el estudio del juego podían ser corregidos por su inusual talento. Cuando era derrotado, en cambio, ocurría por causas irracionales que escapaban a cualquier reflexión, se trataba de una debilidad incomprensible que conllevaba a que el héroe rectificara su conducta y restableciera su reputación. Este sería el motivo de que tras su fracaso en el torneo habanero de 1913, Capablanca hubiera decidido publicar un libro con el análisis de cada una de sus partidas.

Del clamoroso triunfo obtenido en el torneo de San Sebastián en 1911, donde tomaron parte varias de las principales luminarias del ajedrez universal, Sola extrae la conclusión de que no solamente acrecentó su celebridad competitiva, sino que lo había hecho «asombrando al mundo del ajedrez y cubriendo de gloria a su patria».13 A su regreso, en actitud de astuta «generosidad» política, el presidente José Miguel Gómez promovió una colecta nacional para obsequiarle una casa propia.

Capablanca entretanto hizo un recorrido por todo el país desde La Habana hasta Santiago de Cuba, con paradas en Matanzas, Cárdenas, Colón, Caibarién, Cienfuegos y Sagua la Grande, donde realizó numerosas partidas de exhibición contra jugadores locales, «siendo muy agasajado y recibido con gran entusiasmo en todas partes».14 En Santiago de Cuba se celebró un partido de beisbol, deporte al que era aficionado y lo había practicado en su época de estudiante, cuya recaudación le fue entregada como parte de la campaña nacional «para que tenga un hogar el hijo pródigo».15

El argumento de Sola, según hemos dicho antes, fue escrito de manera sincrónica al reto de San Petersburgo, en el que Capablanca había dominado con relativa facilidad a sus contrarios durante la ronda preliminar. Se permite incluso sarcasmos en el caso de Lasker, cuyo pretexto para no visitar la Isla era que el clima tropical afectaría su salud. En este sentido ironizaba: «La primera parte del actual torneo de San Petersburgo, nos hace ver que tenía razón Lasker al pensar que el “clima cubano” no le hacía bien».16

Con desbordado entusiasmo Sola pronosticaba la supremacía del príncipe del ajedrez, quien había alcanzado ocho de diez puntos posibles en el primer tramo de la justa y proclamó la convicción, anunciada por Juan Corzo cinco años atrás, de que pronto sería también campeón del orbe. El vaticinio del comentarista en ese instante no podía ser más promisorio: «Y toda Cuba espera ansiosamente que en la segunda parte del torneo pueda conservar Capablanca la ventaja ya adquirida, y en su oportunidad retar y derrotar al Dr. Lasker y obtener oficialmente lo que tanto merece: el Campeonato del Mundo».17

Como pudo comprobar Sola pocos días después, su predicción no se cumplió y Capablanca fue derrotado por Lasker en una de sus partidas más brillantes, quien al final resultó ganador medio punto por delante del cubano.18 En vísperas del adverso desenlace, Juan Corzo consolaba a sus seguidores con la certeza de que «aunque Capablanca quede en segundo lugar, habrá hecho un lucidísimo papel y merecerá las felicitaciones de sus admiradores en Cuba. Nuestro país tiene la seguridad de estar dignamente representado donde él acuda llevando el pabellón».19

Se ha conjeturado que cierta hermosa dama rusa habría contribuido con sus encantos a propiciar este fracaso, pero Miguel Ángel Sánchez pone en duda esta fábula, más allá de la notoria devoción del ajedrecista por el sexo femenino. Virtuoso como jugador e imperfecto en su existencia galante, tales inconvenientes podían ser perdonados ante la brillantez de su genio.

Los textos que hemos comentado, tanto el soneto de Rosa Trujillo Arredondo como el ensayo de José Sixto de Sola, son piezas literarias que demuestran la enorme importancia que los deportes, en particular el ajedrez, tuvieron para el imaginario nacionalista de la primera república. La fama universal y el prestigio deportivo de José Raúl Capablanca, embajador por partida doble del ajedrez como juego de inteligencia superior y de la diplomacia republicana, podían ser mostrados como ejemplos notables de fervor patriótico, en medio de querellas domésticas y amenazas foráneas. Al decir de un poema de Nicolás Guillén años más tarde, en que destacaba la trayectoria de varios deportistas cubanos de la primera mitad del siglo xx: «Así pues Capablanca / no está en su trono, sino que anda / camina, ejerce su gobierno / en las calles del mundo».20

Notas

  1. Miguel Ángel Sánchez, Capablanca, leyenda y realidad, La Habana, Ediciones Unión, 2017, p. 387.
  2. Ídem, p. 104.
  3. Juan Corzo, «Una gloria de Cuba», El Fígaro, año XXV, no. 27, 25 de abril de 1909, p. 219.
  4. Ambas fotografías pueden verse en la biografía de Miguel Ángel Sánchez, Capablanca, leyenda y realidad, pp. 64 y 110.
  5. Sobre la trayectoria literaria de la revista Letras Güineras véase el revelador texto de Jorge Domingo Cuadriello: «Letras Güineras: no solo una revista de señoritas», Espacio Laical, nos. 3-4, 2016, pp. 60-63. En sus páginas aparecieron textos de destacadas personalidades de las letras hispanoamericanas: Gabriela Mistral, Rubén Darío, José Enrique Rodó, Manuel Gutiérrez Nájera, José Santos Chocano, Juana de Ibarbourou, Agustín Acosta, Mariano Brull, Enrique José Varona, Ramiro Guerra y Medardo Vitier.
  6. Rosa Trujillo Arredondo, Álbum de Letras Güineras. Poesías, artículos y medallitas publicados en la Revista «Letras Güineras», 1908 a 1911, Güines, Imprenta Valdés, 1911. Sobre la estética lirica de Rosa Trujillo afirma Domingo Cuadriello que «estaba formada al gusto de la poesía española e hispanoamericana de carácter grandilocuente y retórico al estilo de Salvador Rueda, Santos Chocano y Fernando Villaespesa», op. cit., p. 61.
  7. El discurso de gratitud a Roosevelt aparece resumido en el libro de Ramiro Guerra, Teodoro Roosevelt, un Rough Rider que luchó por Cuba libre, La Habana, Editorial Lex, 1958. El llamado «mito de Roosevelt» ha sido estudiado por Jorge Ibarra Cuesta en su libro Cuba: 1898-1921. Partidos políticos y clases sociales, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1992.
  8. José Sixto de Sola, «El deporte como factor patriótico y sociológico. Las grandes figuras deportivas de Cuba». En Cuba contemporánea, Habana, año II, tomo V, junio, 1914, pp. 128-129. Fue incluido en el libro póstumo Pensando en Cuba, introducción, ensayo biográfico-crítico y notas por Carlos de Velasco, La Habana, Editorial «Cuba Contemporánea», 1917, pp. 71-146.
  9. El ensayo aparece fechado el 12 de mayo de 1914, mientras transcurría el torneo de San Petersburgo, que se desarrolló en dos fases, la primera del 21 de abril al 6 de mayo, ganada por Capablanca de manera abrumadora; y la segunda del 10 al 22 de mayo en una doble ronda de todos contra todos.
  10. Miguel Ángel Sánchez, Capablanca, leyenda y realidad, p. 136.
  11. José Sixto de Sola, «El deporte como factor patriótico y sociológico. Las grandes figuras deportivas de Cuba», p. 146.
  12. Ídem, p. 142.
  13. Ibídem.
  14. Ídem, p. 144.
  15. Miguel Ángel Sánchez, Capablanca, leyenda y realidad, p. 128.
  16. Ídem, p. 143.
  17. José Sixto de Sola, «El deporte como factor patriótico y sociológico. Las grandes figuras deportivas de Cuba», p. 145.
  18. El desquite del cubano llegaría siete años después, cuando derrotó a Lasker de manera categórica en el certamen del orbe celebrado en La Habana entre el 18 de marzo y el 28 de abril de 1921. El resultado final fue de cuatro triunfos y diez tablas. Luego de la partida catorce Lasker abandonó el match y Capablanca fue proclamado Campeón del Mundo de ajedrez.
  19. Juan Corzo, «La semana terrible», El Fígaro, año XXX, no. 21, 24 de mayo de 1914, p. 235.
  20. Nicolás Guillén, «Deportes», en Obra poética, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2002, tomo II, p. 11.