Ernesto Cardenal: memoria y poesía

Por: Jorge Luis Arcos

Ernesto Cardenal (1925-2020)
Ernesto Cardenal (1925-2020)

El 20 de enero de este año se celebró el centenario del nacimiento del poeta y sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal, uno de los máximos exponentes en Latinoamérica de la llamada poesía exteriorista o conversacional. Este aniversario fue echado a un lado en su patria por el binomio Daniel Ortega-Rosario Murillo, que detenta el poder, como castigo póstumo por la cívica denuncia que hizo el autor contra la revolución sandinista traicionada. En nuestro país, al que durante décadas estuvo muy vinculado por motivos ideológicos y literarios, las autoridades culturales apenas lo recordaron, de seguro para no afectar las magníficas relaciones existentes entre La Habana y Managua. En ocasión del centenario Espacio Laical reproduce el presente trabajo.1

Lo sereno es el lago

I Ching

«Los recuerdos existen aislados en medio del vasto olvido. Son como picachos o islotes que sobresalen en un mar de olvido», dice Cardenal en Vida perdida. Entonces ¿los recuerdos son como las islas o islotes de la mar dulce de Granada? ¿O como aquella isla de perdón de la película Solaris donde el hijo se abraza al padre en una profética comunión? Los recuerdos se parecen entonces a los deseos. Los recuerdos son como la profecía del pasado, y los deseos como la memoria del futuro. Al leer Vida perdida e Insulas extrañas, dos de las lecturas más inquietantes, más extrañamente significativas que he hecho en los últimos años, junto a algunos libros sobre astrofísica y física cuántica, tuve la sensación de que participaba de un viaje, de una aventura. Extraño viaje, extraña aventura esta a través de la memoria poética o creadora de un poeta, un místico, un revolucionario, un astrónomo, un naturalista, en fin, de una conciencia o un espíritu turbadoramente despiertos. Son estos dos libros de memorias auténticos libros de viajes. O testimonios espirituales de una vida, de una conciencia siempre en vilo, siempre en movimiento. Abrumado por tantas ficciones de viajes fantásticos, por tanta literatura o películas de ciencia ficción, el hombre contemporáneo, tan a menudo inmerso en o compelido por una soledad estéril, se suele olvidar del viaje más significativo de todos: el viaje de su propia vida, de su propia conciencia. Viaje hacia ese hombre interior que apetecía San Agustín o hacia ese hombre nuevo por el que clamaba San Pablo. Pero no hay viaje sin la búsqueda de un sentido trascendente, esto es, sin una transformación o revolución o creación radicales, que comprometan todo el sentido de una vida, todo el ser desde la raíz, que es lo que le sucede a Ernesto Cardenal a partir de su fulminante comunión del mediodía del 2 de junio de 1956. La persona, la conciencia que parte de ese instante está religada con el universo, pues estar unido a Dios, ¿no es estar inextricablemente unido con toda la materialidad de la creación: con lo visible y con lo invisible, con lo conocido y con lo desconocido? Cada hecho, cada recuerdo, cada deseo, cada nostalgia, cada esperanza se resuelven entonces en una como visión omnicomprensiva, abierta, participante y amorosa. Han caído las jerarquías. Se han borrado las fronteras. Se han traspasado los límites. Todo es profundamente alusivo, resonante, simbólico, anagógico. Cada mínimo gesto, cada minúscula criatura es simultáneamente ese gesto, esa criatura y el universo todo. Es como la suprema encarnación: las bodas de la mente-cuerpo, del espacio-tiempo, del pasado-futuro. La conciencia de esa sagrada confusión, de esa arrasadora armonía le confieren a su discurso una sencillez, una naturalidad que lo apartan de toda vocación limitadamente literaria. Entonces el poeta puede sencillamente hacer perpetuamente el amor. Las muchachas que amaba, como iconos de una belleza inmarcesible, son esas muchachas pero también esos lagos y esos pájaros y esas islas y esas estrellas. Porque todo es polvo de estrellas, «polvo enamorado». Incluso hasta esas llamadas trivialidades de la vida. Me explico.

Leyendo el maravilloso libro de Frey Betto, La obra del artista, me topé de repente con esta pregunta: ¿qué sentido tienen las trivialidades de la vida? Desde entonces esa pregunta me producía un escozor y un desasosiego enormes. Y un día, como al azar, compré en México un libro nada menos que de Ciorán. Caminaba por un pasillo de la Feria de Guadalajara con mi amigo Enrique Saínz y abrí el libro por cualquier parte y lo primero que leí fue lo siguiente: «Sólo intimamos con la vida cuando decimos —de todo corazón— una trivialidad». A menudo, mientras leía Las ínsulas extrañas y, sobre todo, cuando concluí su lectura, me sobrevenía esta pregunta: ¿por qué Cardenal no nos comunica explícitamente su experiencia mística? ¿Por qué ese tan significativo silencio? Más allá de todo lo que se ha escrito sobre la imposibilidad de verbalizar esa comunicación, yo esperaba que el autor aludiera de alguna manera a ella. Imaginaba o veía a Cardenal una de las tantas noches en su isleta de Solentiname, solo, frente al lago, bajo la noche salpicada de estrellas, oyendo al viento mover las frondas de los árboles, los sonidos diversos de los peces en el lago, los pájaros, los insectos, pensando en qué, sintiendo qué, ¿cosas esenciales, cosas triviales? Y de repente comprendí que ese silencio era un clamor, como la música callada, la soledad sonora de San Juan de la Cruz; que ese silencio era justamente el testimonio más insondable de su unión mística. Y entonces todo se llenaba de una imprevista espiritualidad, y sentía las diversas vicisitudes de su vida, al parecer muchas de ellas del todo alejadas de un sentido místico, como inundándose de una extraña materialidad: llena, colmada, traspasada por el soplo del espíritu. Y entonces comprendía que todo, su hambre de belleza, su sed de justicia, su confusión con los pobres de la tierra, su amor perdido por las muchachas en flor, los amigos muertos, los pájaros, el lago con sus alucinantes isletas y la noche estrellada y él mismo y la vida misma con sus complejidades o, como alguien dijo, con «las benditas sencilleces», con sus sufrimientos o sus trivialidades, en fin, todo y más, como diría Martí, eran lo mismo, eran el testimonio más sencillo y a la vez más profundo, más natural y más extraño, más carnal y más espiritual de su Amor. Viaje místico, pues, o viaje de amor. Viaje de religación amorosa con el prójimo, el cosmos o Dios.

Encuentro de Ernesto Cardenal con el papa Juan Pablo II, el 4 de marzo de 1983 en Managua
Encuentro de Ernesto Cardenal con el papa Juan Pablo II, el 4 de marzo de 1983 en Managua

Mas, para continuar con mi experiencia de lector, que no otra cosa quiero que sean estos breves comentarios, no puedo dejar de referirme a una experiencia personal que se me entreveraba con la lectura de sus memorias. En 1986 hice un viaje a Nicaragua. Era, además, mi primer viaje fuera de Cuba, de la isla. No sé porqué —o tal vez sí pero no lo he podido nunca explicar— ese viaje, a diferencia de tantos otros que he hecho después, fue y es para mí el Viaje. En el único poema que escribí y publiqué allí, decía al comienzo: «Como una luz extrañamente inmóvil / Todo viaje en un punto que vuelve», y al final: «Si como reyes creemos que viajamos / Como mendigos regresaremos siempre / Y la belleza eternamente afuera / Como una luz extrañamente inmóvil». Y todavía, cuando escribí ese poema, no había visitado el lago de Granada, como hice después, al final de mi viaje, en una tarde inolvidable, cada vez más envuelta para mí en un misterio luminoso: el lago con sus isletas, nada más, y una piedra que lancé a sus aguas como esperando una respuesta suya. Cuando regresé a La Habana algo había cambiado para siempre dentro de mí. Escribí entonces los poemas que se agrupan en el cuaderno «Las islas griegas» que son, sin embargo, en lo más profundo, aquellas isletas del lago de Granada. Pero también tuve por primera vez la noción exacta de vivir en una isla. E incluso de poder mirar a mi patria, a mi isla, desde una lejanía y una intimidad diferentes. Cuando yo leía Las ínsulas extrañas, de Cardenal, era como si realizara un segundo viaje a esas extrañas isletas, como si fueran la cifra de un universo en miniatura.

Y qué extraño, pensaba, que un poeta, un místico y un revolucionario, apenas con nada, encarnara en una de esas islas la esperanza de Thomas Merton, ya hecha suya también, como una profecía de un futuro posible para la humanidad. Si dicen que los monjes del Tibet equilibran el mundo con sus oraciones, esa isleta fue como el sueño profético de toda vida y revolución verdaderas, nunca perdidas, o perdidas a la manera de San Juan: «Que andando enamorada, / Me hice perdidiza y fui ganada». Como salieron de las lecciones espirituales del padre José Agustín Caballero muchos de los futuros mambises cubanos, de la experiencia contemplativa de Solentiname salieron muchos de los muchachos y de las muchachas que dieron su vida en la lucha contra el dictador Somoza. Eran también esas muchachas en flor que alguna vez cantó el poeta, ahora bañadas por una belleza distinta. Porque todo se corresponde. No he leído el tercer tomo de las memorias de Cardenal, Revolución perdida. Solentiname también fue destruida, pero ¿perdida? Solentiname como toda auténtica Revolución podrá desaparecer, ser tragada incluso por las aguas del lago o de la historia, pero el sueño que allí se cumplió, esa suerte de poesía en acto, perdurará siempre para la imaginación creadora esperando por su resurrección.

Memoria y poesía. ¿No es la poesía la memoria de lo desconocido? De lo desconocido e invisible que sin embargo sustenta lo conocido y lo visible ¿Memoria de una naturaleza perdida? ¿Memoria o profecía? No en balde las memorias se adueñan de una sugerencia indecible cuando Cardenal se detiene en la contemplación de la naturaleza, que a veces recuerda momentos equivalentes del Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos, de José Martí. Porque es la naturaleza carnal y espiritual. La naturaleza que se mira a sí misma. Que se ama a sí misma. «Es el amor quien ve», dijo Martí. Martí en un bote, aproximándose a Cuba, mirando la noche estrellada. Cardenal frente al lago, mirando la noche estrellada. Y las estrellas mirándolos (mirándonos). Y las estrellas como picachos o islotes, como recuerdos o deseos, (como nosotros) como Cardenal o Martí.

Nota del director

  1. El poeta nicaragüense Ernesto Cardenal (1925-2020) fue un sacerdote trapense, ex ministro de Cultura sandinista (1979-1987) y ferviente defensor de la Teología de la Liberación.

Por hacer política partidista y formar parte, como ministro, del gobierno de su país (algo que el Código de Derecho Canónico considera incompatible con el ministerio sacerdotal —canon 285.3—) fue suspendido a divinis (inhabilitado para ejercer las facultades asociadas al ministerio sacerdotal) por el papa Juan Pablo II en 1984.

Alejado del Frente Sandinista, al que renunció públicamente en 1994 en protesta contra la dirección de Daniel Ortega, se convirtió en uno de los mayores críticos de éste después de su regreso al poder en 2007.

Ernesto Cardenal no dudó en anteponer sus ideales políticos a las normas de la Iglesia. No obstante, en el último tramo de su vida, Cardenal vuelve a su vocación sacerdotal en medio de la decepción política.

El 18 de febrero de 2019 la Nunciatura Apostólica en Nicaragua emitió el siguiente comunicado: «El Santo Padre (Francisco) ha concedido con benevolencia la absolución de todas las censuras canónicas impuestas al Rev.do Padre Ernesto Cardenal, acogiendo la petición que éste le había presentado recientemente, a través del Representante Pontificio en Nicaragua, de ser readmitido al ejercicio del ministerio presbiteral».

«El Padre Cardenal ha estado 35 años bajo suspensión del ejercicio del ministerio debido a su militancia política. El religioso aceptó su pena canónica que le fue impuesta y se ha atenido siempre a ella, sin llevar a cabo ninguna actividad pastoral. Además, había abandonado desde hace muchos años todo compromiso político», concluye el comunicado.

Ernesto Cardenal falleció el 1 de marzo de 2020 a los 95 años.