Convocado por la revista Espacio Laical, el pasado 7 de abril de 2025 se celebró en la sede del Centro Cultural Padre Félix Varela el encuentro «En Diálogo», que en esta ocasión tuvo como título: «La ciencia de la Cruz: un acercamiento al tema desde las ciencias médicas y desde la fenomenología filosófica de Edith Stein». Los panelistas participantes fueron el Dr. Carlos Alberto Fernández Borges y Geam Carlo Rosillo Domínguez; desempeñándose como moderador el Dr. Nelson O. Crespo Roque.
Palabras de apertura
Nelson Crespo Roque: Buenas tardes, bienvenidos sean todos al encuentro «En Diálogo», organizado por la revista Espacio Laical, del Centro Cultural Padre Félix Varela, el cual en esta ocasión tiene como título convocante: «La ciencia de la Cruz: un acercamiento al tema desde las ciencias médicas y desde la fenomenología filosófica de Edith Stein».
En el Símbolo de la Fe afirmamos que el Hijo, consubstancial con el Padre, se hizo hombre, por obra y gracia del Espíritu Santo, en el seno de la beatísima Virgen María. Al respecto el papa Juan Pablo II recuerda que «la concepción y el nacimiento de Jesucristo son la obra más grande realizada por el Espíritu Santo en la historia de la creación y de la salvación: la suprema gracia, “la gracia de la unión”, fuente de todas las demás gracias, como explica santo Tomás (cf. Summa Theol., III, q. 7, a. 13)… A “la plenitud de los tiempos” corresponde, en efecto, una especial plenitud de la comunicación de Dios uno y trino en el Espíritu Santo. “Por obra del Espíritu Santo” se realiza el misterio de la “unidad hipostática”, esto es, la unión de la naturaleza divina con la naturaleza humana, de la divinidad con la humanidad en la única Persona del Verbo-Hijo».1
Ahora bien, nuestro encuentro no se centrará, ni abordará, el misterio de la unidad hipostática, algo que sobrepasa no solo el mero razonamiento humano, para entrar en el terreno de la Revelación, sino también las temáticas en las cuales se adentran nuestros encuentros «En Diálogo»; motivo por el cual (y así se lo hemos pedido y acotado) nuestros ponentes se acercarán al tema de la «Ciencia de la Cruz» solo desde las ciencias médicas y desde la fenomenología filosófica. Es decir, ellos no se adentrarán en el tema desde la Revelación, ni desde la Teología ni desde la Cristología (aun cuando se pueda percibir cierto roce con la Cristología Antropológica), sino que lo harán desde la medicina y desde la filosofía; aun cuando, por razones obvias, deban recurrir a textos de las Escrituras desde el punto de vista de la historiografía.
Ello, evidentemente, no constituye algo que entre en contradicción con el Depósito de la Fe, pues, como acota la Pontificia Comisión Bíblica:
La naturaleza misma de los textos bíblicos exige que, para interpretarlos, se continúe empleando el método histórico-crítico, al menos en sus operaciones principales. La Biblia, en efecto, no se presenta como una revelación directa de verdades atemporales, sino como el testimonio escrito de una serie de intervenciones por las cuales Dios se revela en la historia humana. A diferencia de doctrinas sagradas de otras religiones, el mensaje bíblico está sólidamente enraizado en la historia. Los escritos bíblicos no pueden, por tanto, ser correctamente comprendidos sin un examen de sus condicionamientos históricos. Las investigaciones diacrónicas (aquellas que corresponden a hechos que ocurren cronológicamente en el tiempo)2 serán siempre indispensables a la exégesis.3
Estas investigaciones diacrónicas, por otra parte, resultan ineludibles para evitar aquellos visos de docetismo que aún subsisten en nuestros días; los cuales, a imagen de las ideas que enarbolaban en su momento «los docetas», plantean que Jesús era un hombre «aparente». Es decir, solo «parecía ser un hombre», parecía haber nacido y parecía haber vivido y sufrido; negando, incluso, no solo la realidad de la naturaleza humana de Cristo, sino también la realidad de su cuerpo humano, de su nacimiento y de su muerte.
A nuestro encuentro de hoy, aun cuando somos conscientes de la profundidad del tema, hemos invitado como ponentes a dos estudiantes «en formación», uno de ellos es un seminarista de primer año de Filosofía del Seminario San Carlos y San Ambrosio, el cual es médico, quien nos adentrará en las causas médicas de la muerte de Jesús; y el otro es un estudiante de tercer año de Filosofía del Instituto de Estudios Eclesiásticos P. Félix Varela el cual nos presentará a Edith Stein a partir de la convergencia entre la fenomenología y la fe en el contexto de la Ciencia de la Cruz. Él no nos expondrá (y es una cuestión de justicia acotarlo) un texto preparado expresamente para esta ocasión, sino que leerá, con alguna que otra corrección, el mismo trabajo que presentó (entre otros acápites, en fechas en que aún los organizadores no habían previsto este encuentro), como parte del examen final de la asignatura Filosofía Contemporánea del Instituto de Estudios Eclesiásticos P. Félix Varela.
Estas dos intervenciones, dado que su contenido no fue concebido primigeniamente para su exposición pública, constituyen no solo un faro de esperanza sino también un reflejo nítido de cómo nuestros jóvenes asimilan y utilizan (cuando se lo proponen) las herramientas de investigación, profundización y búsqueda de la verdad que le son proporcionadas en estos dos centros (el primero dirigido a la formación sacerdotal y el segundo a la formación de laicos); con el valor añadido de que estas presentaciones constituyen un ejemplo patente de que debemos superar la tentación de considerar, al hablar de estos dos centros (cada uno con su esencia y razón de ser propia), como lugares en los cuales se imparte una formación «para el mañana», sino, más bien, como dos centros en los cuales se imparte una preparación y una formación cuyos frutos, si utilizamos una hoz adecuada, podemos ir cosechando ya en «nuestro hoy». Constituye esto, a la par, un signo diáfano de que debemos superar el temor de abrir las puertas y los espacios a los jóvenes, pues ellos no son solo «el mañana», ellos son, por derecho propio, parte «del hoy»; y a «ese hoy», que ya está presente entre nosotros, también debemos apelar y recurrir (con el debido seguimiento y acompañamiento), dado que los jóvenes no solo nos retroalimentan, ellos también nos confrontan.
De este modo, a partir de las acotaciones previas, estos dos jóvenes «en formación», nos acercarán al tema de la «Ciencia de la Cruz», hecho neurálgico que no solo atraviesa la historia, sino que constituye, de modo inseparable con la Resurrección (que es la que le da su pleno significado), el centro y la piedra angular de la fe cristiana y de la predicación de la Iglesia.
No nos debe extrañar, en consecuencia, que el tema de la Cruz constituya el elemento esencial y primario de la predicación apostólica. Uno de los ejemplos más claros de ello lo vemos en el quehacer del apóstol Pablo en Corinto. En efecto, frente a una comunidad donde existían desórdenes y escándalos varios, donde la comunión estaba amenazada por partidos y divisiones internas que comprometían la propia unidad de la Iglesia naciente, san Pablo no se presenta ante los corintios con sublimidad de palabras o de sabiduría, sino con el anuncio de Cristo Crucificado. Sus palabras no son, pues, las palabras propias de un lenguaje persuasivo ni las de un lenguaje de fuerza, sino las palabras de la «debilidad» y del temor de aquél que se confía solo en el poder de Dios (cf. 1 Cor 2,1-4); aquellas que san Agustín sintetiza al referir: «Temo al Señor que pasa» (Serm. 88, 14, 13).
Y es que la Cruz, por todo lo que representa, es escándalo y necedad. Así lo refiere san Pablo con una fuerza tan impresionante, que es mejor escucharlo en sus propias palabras:
Pues el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden; pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios. Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, frustraré la sagacidad de los sagaces. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el docto? ¿Dónde está el sofista de este tiempo? ¿No ha convertido Dios en necedad la sabiduría del mundo? Y puesto que, en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios por el camino de la sabiduría, quiso Dios valerse de la necedad de la predicación para salvar a los que creen. Pues los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados —judíos o griegos—, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. (1 Cor 1,18-25).
Estas palabras de san Pablo adquieren un especial significado si tenemos en cuenta que Corinto era una ciudad griega en la que existía una población judía bastante grande. El apóstol conoce a griegos y conoce a judíos. Los griegos estaban muy orgullosos de su sabiduría y de sus grandes filósofos. Eran personas que valoraban la lógica, el razonamiento, el lenguaje y, sobre todo, la elocuencia y la brillantez en el habla. No obstante, ellos hacían, como acota san Pablo, su investigación de Dios con recursos humanos y no obtenían ningún resultado; a lo que debemos sumar, por otra parte, la presencia de la gnosis, una corriente de pensamiento muy extendida en la época, que defendía que la salvación se alcanzaba por la obtención de la sabiduría: cuantos más esfuerzos fueran invertidos en conseguir la sabiduría, más posibilidades había de obtener la salvación.
Para el cristianismo naciente ello constituyó un problema con fundamentos patentes en sí mismos. Para los griegos, la cruz, instrumento de ajusticiamiento para gente de baja condición (esclavos y opositores violentos al Imperio), era un absurdo, un sinsentido que iba en contra de toda lógica humana. Mientras que los judíos, por su parte, lo que pedían eran señales, y ello también con fundamentos patentes. En efecto, en los momentos decisivos del Antiguo Testamento Dios había apoyado a los hebreos mediante una serie de señales y prodigios, y el recuerdo de ello se guardaba en el corazón de los israelitas como una prueba diáfana de la elección del pueblo de Israel. De hecho, en su celebración magna, la Pascua, lo que celebran y recuerdan son precisamente las señales y los prodigios del Éxodo y del establecimiento de la Alianza.
Sin embargo, para san Pablo ni la sabiduría humana ni los prodigios constituyen el elemento determinante; de ahí que contraponga a la sabiduría del mundo, a la sabiduría humana (en el texto simplemente «sabiduría»), la sabiduría de Dios. Ahora bien, para la sabiduría humana la Cruz es una «tontería»: ¿Qué sentido tiene que Dios envíe a su Hijo a morir en una cruz? Según los estándares del saber y la sabiduría griega ello no tiene sentido. Pero para san Pablo la sabiduría humana, por atractiva y profunda que pueda parecer, es superficial y en sí misma no tiene el poder de salvar.
Por otra parte, más allá de consideraciones de carácter vario, estamos ante un hecho inapelable: Cristo Crucificado es lo que Dios nos da, y la Cruz escapa a toda lógica humana. Y es que el escándalo y la necedad de la Cruz está precisamente en el hecho de que ahí, donde solo parece haber dolor y derrota; precisamente ahí, en esa aparente debilidad, es donde se manifiesta y se revela el verdadero poder del amor de Dios.
Cristo Crucificado, de este modo, es sabiduría, porque manifiesta en verdad quién es Dios, y nos muestra el amor que salva al hombre de manera gratuita. En esta total gratuidad es donde está la verdadera sabiduría; sabiduría en la cual, en palabras de santa Teresita de Lisieux, «Todo es gracia», todo es don gratuito de Dios. La Ciencia de la Cruz solo puede ser entendida, por tanto, en aquello que constituye la esencia de Dios; esencia que san Juan resume de un modo conciso y categórico: «Dios es amor» (1 Jn 4, 8).
Precisamente por ello la Cruz constituye «el centro del centro» del misterio cristiano. Ciertamente, la Encarnación y la Resurrección son misterios centrales del cristianismo; pero san Pablo ve en la Cruz la manifestación más elocuente del amor de Dios por nosotros. Ese amor que lleva a san Pablo de la Cruz, el gran místico italiano del siglo xviii, a definir la Pasión de Cristo como «la obra más grande y maravillosa del amor de Dios».
Para adentrarnos en este tema desde las ciencias médicas y desde la fenomenología filosófica tenemos dos ponentes: El doctor Carlos Alberto Fernández Borges, médico general, máster en Bioética, seminarista por la diócesis de Santa Clara, estudiante de primer año de Filosofía del Seminario San Carlos y San Ambrosio, quien nos presentara la ponencia «Causas médicas de la muerte de Jesús de Nazaret» y Geam Carlo Rosillo Domínguez, estudiante de tercer año de Filosofía del Instituto de Estudios Eclesiásticos P. Félix Varela, que nos presentará «Edith Stein: La convergencia entre la Fenomenología y la Fe en el contexto de la Ciencia de la Cruz».
Como es habitual en nuestros encuentros, primero daremos la palabra a los ponentes y, con posterioridad, asumirán ustedes el protagonismo, bien para que realicen a nuestros expositores las preguntas que estimen, bien para que expongan, brevemente, sus criterios. Tanto en un caso como en el otro, dado que no estamos adentrándonos en el tema desde el Depósito de la Fe (las Sagradas Escrituras, la Tradición viva en la Iglesia y el Magisterio auténtico de la misma), sino desde las ciencias empíricas y las ciencias humanas, son ustedes totalmente libres para expresar sus opiniones sin otros límites que los que impone el respeto al criterio del otro y la línea de exposición que hemos precisado y acotado. Ese es precisamente el espíritu de los encuentros «En Diálogo» de la revista Espacio Laical; un espacio de reflexividad donde, aprovechando las posibilidades académicas, pueda hablarse libremente como sucedía en esta histórica edificación, otrora sede del Seminario San Carlos y San Ambrosio, durante los mejores tiempos del obispo Espada.
Sin más dilación, reiterándoles a todos nuestra más cordial bienvenida, me complazco en darle la palabra a nuestros ponentes.
Notas
- Papa Juan Pablo II. Audiencia General. 23 de mayo de 1990. https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/audiences/1990/documents/hf_jp-ii_aud_19900523.html
- Nota del autor.
- Pontificia Comisión Bíblica. La interpretación de la Biblia en la Iglesia. 1993. https://www.servicioskoinonia.org/biblioteca/biblica/InterpretacionBibliaIglesia1993.pdf

Causas médicas de la muerte de Jesús de Nazaret
Por Carlos Alberto Fernández Borges
La Pasión de Jesús es, sin dudas, uno de los hechos evangélicos que más interrogantes desata, tanto en cristianos como en ateos. Así se conoce a los sucesos protagonizados por Jesús entre la Última Cena junto a sus apóstoles, la crucifixión y su muerte. Sobre ella se han escrito innumerables textos e investigaciones y es representada en el arte con un sinfín de manifestaciones.
La ciencia no quedó a un lado y puso el centro de atención en estos sucesos. Tanto la historia como la medicina forense realizaron investigaciones para saber qué de aquello que cuenta la Biblia es parte del relato evangélico y qué parte corresponde con la historia. Desde el siglo I se buscan respuestas a los motivos que desencadenaron la muerte de quien, para el cristianismo, es el Hijo de Dios y debió someterse al calvario a fin de cumplir con su misión: salvar a la humanidad.
Los médicos a través de los años llegaron a dramáticas conclusiones sobre su larga agonía y las despiadadas torturas que sufrió. Los sucesos de la muerte de Jesús no son únicos de su persona sino que eran métodos muy comunes en el ejercicio de la autoridad del imperio romano. Es por ello, que se encuentran documentados innumerables actos de crucifixión antes y después de Jesús, todos con un mismo modus operandis y solo pequeñas variaciones.1
Así pues, se han podido establecer simulaciones y secuencias lógicas de los procesos fisiopatológicos que ocurrían en los organismos de los crucificados. Muchas son las ciencias auxiliares que complementan la interpretación de los sucesos, como la historiografía, la arqueología y la tanatología. Con esa ayuda se ha podido obtener una visión muy detallada de la muerte de los crucificados. En el caso especial de Jesús, todos los sucesos y secuencias de procesos fisiopatológicos inferidos son sustentados por los relatos de la Biblia, la Sagrada Escritura, siendo esta la bibliografía principal, así como la literatura histórica contemporánea. Dado el caso e inexistencia de estudios necrológicos, los eventos fisiopatológicos presentados a continuación, constituyen solo una teoría inferida.
Marco teórico
Jesús de Nazaret constituye una de las personalidades más polémicas y controvertidas de la historia. Su persona y su estilo de vida, sin duda alguna, son el referente religioso más extendido y aceptado. Así pues, el cristianismo resulta ser la religión con mayores implicaciones en la vida de los fieles, tendiendo estos a imitar la vida del Hijo de Dios.
En consecuencia, el arte y la ciencia también se han adherido a las influencias del cristianismo, esta última con marcado interés. El hombre del siglo xxi suele cuestionarse la veracidad y características de su entorno, incluso del ámbito subjetivo o de las creencias religiosas. Es por ello que la persona de Jesús ha sido también objeto de estudio para las ciencias.
Siendo Jesús verdadero Dios y verdadero hombre, dogma de fe de la Santa Iglesia Católica, es susceptible a la aplicación de métodos de las ciencias naturales como la Medicina. Precisamente en esta investigación se pretenden abordar las causas médicas de la muerte de Jesús. Dadas las innumerables teorías al respecto e incluso la negación de su muerte, resulta necesario un acercamiento histórico-científico a la misma.
No se trata de buscarle explicaciones racionales a lo que se cree por Revelación Divina, ya que esto sería absurdo, dado el oasis del misterio de la fe que trasciende los límites del hombre. Es más bien un intento por comprender la naturaleza humana del Verbo de Dios hecho hombre, sujeto también a los procesos fisiopatológicos inherentes al ser humano, como es el proceso de la muerte.
Comienzo de la agonía y primeros traumatismos. Jesús suda sangre
Después Jesús salió y se fue, como era su costumbre, al monte de los Olivos, y lo siguieron también sus discípulos. Llegados al lugar, les dijo: “Oren para que no caigan en tentación.” Después se alejó de ellos como a la distancia de un tiro de piedra, y doblando las rodillas oraba con estas palabras: “Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.” (Entonces se le apareció un ángel del cielo para animarlo. Entró en agonía y oraba con mayor insistencia. Su sudor se convirtió en gotas de sangre que caían hasta el suelo.2
Podemos situar esta escena en el comienzo de la agonía y primeros traumatismos sufridos por Jesús. Hablan los evangelios que Jesús comenzó a sudar sangre cuando oraba en el monte de los Olivos, específicamente en el jardín del Getsemaní. Esta situación es una condición médica llamada «hematidrosis», o sea, sangre en el sudor, que no es común pero suele darse cuando hay un alto porcentaje de sufrimiento psicológico en la persona, como fue el caso de Jesús, correspondiendo a un estado psíquico de extrema angustia y ansiedad.
La ansiedad severa hace provocar una secreción de mediadores químicos que rompen los vasos capilares en las glándulas sudoríparas y causan fragilidad capilar a nivel local. Por tal condición, se presenta una cantidad de sangrado en las glándulas y el sudor sale mezclado con sangre. Esto provoca que la piel quede frágil, de modo que cuando Jesús fue flagelado posteriormente, su piel ya estaba muy sensible.3
La flagelación
Entonces Pilato tomó a Jesús y ordenó que fuera azotado.4
Las flagelaciones romanas eran conocidas por ser terriblemente brutales, ya que de una manera general consistían en treinta y nueve latigazos. El verdugo usaba un látigo con tiras de cuero trenzado en cuyos extremos estaban adosadas bolas de metal entretejidas. Cada vez que el látigo golpeaba la carne, las bolas generaban mayúsculos hematomas y contusiones, las mismas que se abrían con los demás golpes.5
En relación con el látigo, este tenía fragmentos de huesos afilados, huesos de ovejas, los que tenían como misión cortar la carne. La espina dorsal quedaba expuesta, ya que la espalda terminaba desgarrada debido a cortes profundos. Los hombros recibían los latigazos, que pasaban por el nivel de la espalda, los glúteos, y las piernas. Durante el tiempo que duraba la flagelación, las laceraciones alcanzaban hasta los músculos y generaban espasmos y movimientos tónicos de los músculos que sangraban. En esta condición, las partes internas quedaban al descubierto, conjuntamente con los músculos, tendones y las entrañas.6
El cuerpo de la víctima, podía experimentar un dolor tan grande que terminaría con una conmoción hipovolémica; la persona sufre los efectos de la pérdida de una gran cantidad de sangre. Esto trae consigo que el corazón aumente su ritmo de latido como un mecanismo de compensación para tratar de bombear la mayor cantidad de sangre posible; así también comenzará a desencadenarse un conjunto de respuestas compensatorias en el resto de los órganos. La bajada de presión sanguínea provoca en estas circunstancias un desmayo o colapso conocido como lipotimia, con la consabida afección de los riñones, ya que al disminuir el flujo renal, dejan de producir orina para mantener el volumen restante y la persona comienza a sentirse sedienta porque el cuerpo ansía fluidos para reponer el volumen de sangre perdido.7
La corona de espinas
Los soldados hicieron una corona con espinas y se la pusieron en la cabeza.8
Tras la flagelación, los soldados romanos solían burlarse de sus víctimas y como en Palestina abundaban los arbustos espinosos, utilizaron el zizyphus o azufaifo (llamado luego Spina Christi), de espinas agudas, largas y curvas,9 para armarle una corona que, irónicamente, por proclamarse rey de los judíos, le clavaron en la frente. Colocada sobre el cuero cabelludo, irritaba gravemente los nervios más importantes de la cabeza, en especial el trigémino, causando un dolor (neuralgia trigeminal) que se volvía más intenso y agudo con el paso de las horas.10
Camino al Calvario
Se llevaron a Jesús, cargando con su propia cruz, salió de la ciudad hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se dice Gólgota.11
Se conoce esta escena como el camino de la Cruz o Via Crucis, trayecto desde el centro de la ciudad de Jerusalén hasta sus márgenes, donde se situaba el Monte Calvario, teniendo que atravesar irregularidades y ciertas elevaciones en el terreno, ambas condiciones adversas. Jesús tuvo que cargar su propia cruz por casi dos kilómetros. La cruz pesaba cerca de 30 kilos, solo en su parte horizontal. Sabemos que a estas alturas Jesús se hallaba en una condición hipovolémica mantenida, conforme ascendía por la pendiente hacia el Calvario con la cruz a cuestas; esto implicaba un esfuerzo físico enorme para un organismo en pésimas condiciones.12
Ese estado mantenido predisponía a Jesús a un shock hipovolémico con la consecuente disminución de la perfusión a los tejidos, hipoxia tisular, trastorno del metabolismo y de las funciones de los órganos. Por ello debieron aparecer en él síntomas como la taquicardia, taquipnea, hipotensión sistólica, oliguria, piel pálida, fría y sudorosa y obnubilación.13
Tambaleante, Jesús se desplomó por primera vez y un soldado romano le ordenó a Simón de Cirene, un hombre que se encontraba en la misma ruta, que llevara la cruz por él. En la tradición del Via Crucis, se meditan tres estaciones referentes, cada una, a las tres caídas que sufrió Jesús camino al Calvario, cada una más violenta que la anterior y con mayor dificultad para incorporarse.
La Crucifixión
Allí lo crucificaron y con él a otros dos, uno a cada lado y en el medio a Jesús.14
El final de Jesús fue todavía peor que la crucifixión común. En aquella época, no a todos los criminales condenados (como era considerado Jesús por el Sanedrín, consejo con carácter religioso-judicial de la época) se los clavaba en la cruz; muchos, más bien, eran amarrados. Jesús fue acostado y clavaron sus manos en posición abierta en el madero horizontal, que era conocido con el nombre de patibulum. El madero vertical estaba clavado al suelo en el lugar de la crucifixión de forma permanente.
Los romanos usaban clavos que eran de entre trece a dieciocho centímetros de largo, afilados en una punta aguda y se clavaban por las muñecas. El nervio mediano era atravesado. Este es el nervio mayor de la inervación de la mano y quedaba triturado por el clavo que lo martillaba. Se pudiera plantear además la posibilidad de padecer Jesús un shock neurogénico debido al dolor tan intenso que sufrió de forma continua y de intensidad creciente; pero no se cuentan con evidencias clínicas para sustentar esta posibilidad, tales como la cuantificación de mediadores químicos, monitoreo eléctrico de la actividad neurológica o el análisis patológico del tejido neuronal.
Esta posición obligaba a Jesús a forzar todos los músculos de su espalda para poder respirar. El dolor era tan insoportable que literalmente no existían palabras para describirlo. Se tuvo que inventar una nueva palabra, «excruciante» (que significa «de la cruz») para describir semejante dolor.15
Cuando Jesús fue alzado para unir el madero con el poste vertical se procedió a clavarle. Nuevamente los nervios de los pies fueron triturados y eso debe haberle causado un dolor similar al de las muñecas. En el instante de estar en posición vertical, sus brazos se estiraron brusca e intensamente, quizás unos 10 centímetros de largo y ambos hombros deben de haberse dislocado.16
Cuando la persona está colgada en posición vertical, la muerte es lenta, muy dolorosa y terriblemente agonizante por la asfixia, debido a que la presión ejercida en los músculos pone el pecho en la posición de inhalación. Para poder exhalar, en principio, el individuo debía apoyarse en sus pies, que para este instante estaban fijos con clavos al madero, para que los músculos tensionados, se alivien por un instante al menos. Cuando esto se hacía, el clavo desgarraba el pie hasta que quedaba fijado e incrustado en los huesos tarsianos.
Después de este enorme esfuerzo para exhalar, la persona podría relajarse en cierta forma y descender para intentar inhalar otro bocado de aire. Este drama lo repetiría mientras tuviera vida para exhalar, magullando su lacerada espalda en forma reiterada contra el áspero madero de la cruz, hasta que ya no pudiese y entonces moría. Jesús soportó este «sobrevivir» por tres horas aproximadamente.17
Jesús muere en la cruz
Jesús gritó muy fuerte: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y dichas estas palabras, expiró.18
Una persona, a medida que reduce el ritmo respiratorio, pasa a una etapa que se conoce con el nombre de acidosis respiratoria: el dióxido de carbono de la sangre se diluye como ácido carbónico, lo que causa un aumento de la acidez de la sangre. Esta situación conlleva en cuestión de un corto período a un pulso irregular. Es necesario mencionar que al sentir que su corazón latía de forma errática, Jesús hubo de darse cuenta de que estaba a punto de morir y es entonces que pudo decir: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu», y murió.
Incluso antes de morir la conmoción hipovolémica debe haber causado un ritmo cardíaco acelerado y sostenido, el cual debe haber contribuido al paro cardíaco, lo cual dio por resultado la acumulación de fluido en la membrana que rodea al corazón llamada efusión o derrame pericárdico, que llega al taponamiento cardíaco, situación en la cual el corazón es incapaz de contraerse para latir, pues el espacio donde se haya contenido, o sea, el pericardio, se llena de sangre, al igual que alrededor de los pulmones, lo que es llamado efusión o derrame pleural.19
El corazón de Jesús es traspasado
Uno de los soldados le abrió el costado con la lanza y al instante salió sangre y agua.20
Por aquellos tiempos, los soldados quebraban las piernas de los crucificados para acelerar la muerte. Usaban para ello una especie de lanza romana con el fin de descolgar los huesos de la parte inferior de las piernas. Esta acción impedía que la persona se empujara hacia arriba con las piernas para poder respirar. Y sin este movimiento la muerte llegaba en poco tiempo.21
Leemos en el Nuevo Testamento que los huesos de Jesús no fueron quebrados o rotos como sí ocurrió con los otros crucificados. Esto sucedió porque los soldados confirmaron que Jesús había muerto. Para confirmar esta muerte, un soldado romano le clavó la lanza en el costado derecho, atravesando el pulmón y penetrando su corazón. Por ello cuando se retiró la lanza, salió un fluido claro como el agua seguido de un gran volumen de sangre, conforme lo describe San Juan Apóstol, uno de los testigos presentes, en su Evangelio.
Estos dos signos de sangre y agua corresponden a las situaciones del derrame pericárdico y el derrame pleural en Jesús, anteriormente explicados. Al abrir ambas cavidades con la lanza, sale al exterior el líquido contenido en ella y con cierta presión. Es similar al procedimiento médico que se realiza cuando se presentan estas urgencias, o sea, la pericardiocentesis o la pleurocentesis.22
Cronopatograma de la muerte de Jesús
Clasificación legal de la muerte: criminal.
Causa básica de la muerte: Politraumatismos (Sintomatología: múltiples heridas inciso-contusas, equímosis, erosiones, excoriaciones y hematomas en la parte anterior y posterior del tronco).23 Causas contribuyentes: síndrome de estrés agudo, hipertensión arterial psicosomática. Causas inmediatas de la muerte: shock hipovolémico (Secuencia de patologías: asfixia, insuficiencia respiratoria mecánica, acidosis respiratoria, derrame pleural, hemopericardio, arritmias heterotópicas, taponamiento cardíaco e insuficiencia cardíaca). Causa directa de la muerte: parada cardiorespiratoria.24
Conclusiones
La Pasión de Jesús de Nazaret consistió en una sucesión de traumatismos extremadamente dolorosos e inadmisibles a sufrir por un ser humano, dando lugar a una agonía continua que terminaría en su muerte. El agobio psicológico, la flagelación, la coronación de espinas, el camino al Calvario y el proceso de la crucifixión menoscabaron progresivamente su integridad física y por ende su equilibrio orgánico, desencadenando la aparición e interrelación de eventos fisiopatológicos que causaron daños irreversibles a varios sistemas de órganos y que desencadenaron su muerte, debida directamente a una parada cardíaca.
Bibliografía
García, G., «Fisiopatología en la muerte de Jesús. Apuntes» [acceso: 12.10.2023]
Guerrero, D., «¿Qué podemos saber de la muerte de Jesús? Las fuentes y los datos históricos» [acceso: 2.10.2023], www.ucv.es
Jara, F., «Cómo murió Jesús: el peritaje definitivo de su calvario y el análisis forense sobre su final en la cruz» [acceso: 22.09.2023], www.jara.muertedejesus.com
Lorente, J., «Análisis médico del dolor y muerte de Jesús» [acceso: 28.09.2023], www.universidaddegranada.es
Ruiz, M., «Formas y métodos de tortura en el imperio romano» [acceso: 2.10.2023]
Sagrada Escritura
Notas
- Jara, F., «Cómo murió Jesús: el peritaje definitivo de su calvario y el análisis forense sobre su final en la cruz» [acceso: 22.09.2023], www.jara.muertedejesus.com
- Cf. Lc 22,39-44
- Lorente, J., «Análisis médico del dolor y muerte de Jesús» [acceso: 28.09.2023], www.universidaddegranada.es
- Cf. Jn 19,1
- Lorente, J., «Análisis médico del dolor y muerte de Jesús» [acceso: 28.09.2023], www.universidaddegranada.es
- Lorente, J., «Análisis médico del dolor y muerte de Jesús» [acceso: 28.09.2023], www.universidaddegranada.es
- Guerrero, D., «¿Qué podemos saber de la muerte de Jesús? Las fuentes y los datos históricos» [acceso: 2.10.2023], www.ucv.es
- Cf. Jn 19, 2a
- Ruiz, M., «Formas y métodos de tortura en el imperio romano» [acceso: 2.10.2023]
- Jara, F., «Cómo murió Jesús: el peritaje definitivo de su calvario y el análisis forense sobre su final en la cruz» [acceso: 22.09.2023], www.jara.muertedejesús.com
- Cf. Jn 19, 17
- García, G., «Fisiopatología en la muerte de Jesús. Apuntes» [acceso: 12.10.2023]
- Lorente, J., «Análisis médico del dolor y muerte de Jesús» [acceso: 28.09.2023], www.universidaddegranada.es
- Cf. Jn 19, 18
- García, G., «Fisiopatología en la muerte de Jesús. Apuntes» [acceso: 12.10.2023]
- Lorente, J., «Análisis médico del dolor y muerte de Jesús» [acceso: 28.09.2023], www.universidaddegranada.es
- Lorente, J., «Análisis médico del dolor y muerte de Jesús» [acceso: 28.09.2023], www.universidaddegranada.es
- Cf. Lc 23, 46
- Lorente, J., «Análisis médico del dolor y muerte de Jesús» [acceso: 28.09.2023], www.universidaddegranada.es
- Cf. Jn 19, 34
- Ruiz, M., «Formas y métodos de tortura en el imperio romano» [acceso: 2.10.2023]
- Lorente, J., «Análisis médico del dolor y muerte de Jesús» [acceso: 28.09.2023], www.universidaddegranada.es
- Jara, F., «Cómo murió Jesús: el peritaje definitivo de su calvario y el análisis forense sobre su final en la cruz» [acceso: 22.09.2023], www.universidaddegranada.es
- Lorente, J., «Análisis médico del dolor y muerte de Jesús» [acceso: 28.09.2023], www.universidaddegranada.es

Edith Stein: La convergencia entre la Fenomenología y la Fe en el contexto de la Ciencia de la Cruz1
Por Geam Carlo Rosillo Domínguez
Amor y Verdad: Edith Stein, Pasión Filosófica y Revelación de la Santidad
La pasión por la verdad, emoción esencial del saber filosófico, impulsa a la razón a profundizar en el misterio humano; esta misma pasión se expresa de manera singular en la figura del filósofo y encuentra su plenitud en la experiencia de la santidad, donde fe y razón se entrelazan como dimensiones inseparables de una misma realidad personal.
En la figura de Edith Teresa Hedwig Stein, posteriormente Santa Teresa Benedicta de la Cruz, se encarna esta síntesis viviente de amor a la verdad y revelación espiritual, donde la búsqueda racional se funde con la experiencia mística, mostrando así cómo el intelecto y la fe coexisten en una búsqueda indivisible de sentido y trascendencia. Fue filósofa, teóloga, mística, carmelita descalza, mártir y santa alemana. Su pensamiento se caracterizó por una reflexión profunda sobre el amor divino entendido como la esencia misma del ser humano.
Nacida el 12 de octubre de 1891 en Breslau (actual Polonia), durante la sagrada celebración del Yom Kippur, Edith Stein mostró desde muy joven un interés filosófico intenso. La coincidencia de su nacimiento con esta festividad, símbolo de expiación y sacrificio, marcó su vida profundamente, impregnándola de un sentido inquebrantable de entrega. En ese momento sagrado parece prefigurarse su destino como alma llamada al holocausto, una víctima propiciatoria en la búsqueda incansable de la verdad eterna.
En la Universidad de Breslau inició su formación intelectual al matricularse en la Facultad de Artes y Letras para cursar estudios de Psicología Experimental y Filosofía. Sin embargo, su insatisfacción con la psicología la llevó a trasladarse a la Universidad de Gotinga, atraída por la fenomenología, el método fundado por Edmund Husserl, que influyó de manera decisiva en el desarrollo de su pensamiento.
«¿Pero qué es la fenomenología? Husserl partía de un concepto muy sencillo: lograr ver a las personas, las cosas, los acontecimientos, no como aparecen ni como se cree deban aparecer, sino más bien como son en su verdadera realidad.»2 La intuición, en este contexto, se entiende como la forma en que aprehendemos la realidad, logrando una aproximación al ser de las cosas a través de una porción de verdad. En esa realidad encontramos los entes, que en lenguaje común serían las cosas. Para el ser, como yo intuitivo, existen cosas de particular importancia.
A través de la intuición, el ser se aproxima a la luz y descubre una nueva experiencia de conocimiento de aquello que permanece fuera de su alcance. En esta experiencia se constata la existencia de otros seres, de un «tú» como «yo».
Edith Stein se convirtió en la primera mujer en obtener un doctorado en Filosofía, pero su condición de judía le impidió acceder a la habilitación para la docencia. Su tesis doctoral, realizada en la Universidad de Friburgo, versó sobre el Einfühlung (el problema de la empatía), exploración del don intuitivo que permite comprender la interioridad del otro. Este concepto estuvo presente a lo largo de su obra y se mantuvo ligado a su vida hasta su muerte.
Separada de las ideas de su maestro y por su acercamiento al idealismo, el conocimiento de Edith Stein encuentra nuevas referencias en la filosofía tomista. En esta filosofía, ella recupera la analogía que Husserl había perdido al regresar a un horizonte idealista, sin alcanzar la analogía entis-intencionalidad.
La filosofía de Edith, entonces, es una combinación de la escuela fenomenológica y el pensamiento tomista. Del primero tomó los aspectos realistas del mundo y del segundo recibió los aspectos de las cuestiones espirituales. Solo en el marco de un realismo filosófico se encuentra el diálogo con Aristóteles y Santo Tomás de Aquino. La síntesis de esta combinación se da entre razón y fe, tiempo y eternidad; existencia y esencia. A Edith le interesa un Santo Tomás que coincide con Husserl, en la confianza radical que ambos tienen en la capacidad intelectual del hombre. La diferencia estriba en que para su maestro la verdad absoluta era asequible por la sola razón, mientras que para el Aquinate esta verdad se daba por esfuerzo racional y gratuidad Divina. (Solís, Céspedes Pablo, 9).
Al estallar la Primera Guerra Mundial, Edith ingresó en la Cruz Roja, donde obtuvo la Medalla al Valor. Afiliada al Partido Demócrata Alemán, defendió los derechos, la formación y la profesión de la mujer como elementos fundamentales en el desarrollo del activismo político. Crítica del nacional-socialismo alemán y del marxismo, para 1919 la joven Edith Stein decanto su activismo y feminismo radical a los acontecimientos que estarían por marcar su vida. «Joven estudiante, yo era una feminista radical. Después, esta cuestión perdió interés en mí. Ahora estoy buscando soluciones puramente objetivas».3
La autobiografía de Santa Teresa de Jesús iluminó su búsqueda de la verdad; el recorrido por la vida de la santa carmelita marcó un gran paso que pronto develaría la promesa de un nuevo horizonte. En 1922 abrazó la fe católica al recibir el bautismo,4 adentrándose así de manera definitiva en la profundización de la fe. En 1937 Edith Stein, decidida a comenzar su camino por el sendero de la vida religiosa, recibió los votos perpetuos el 2 de abril de ese año. El horror del antisemitismo nazi y las experiencias de dos guerras mundiales catalizaron la relación entre su vida y su obra.
Profundizó en los estudios teológicos y filosóficos, lo que culminó en obras como Ser finito y ser eterno. En agosto de 1941 comenzó a escribir Scientia Crucis (La ciencia de la cruz). Sin embargo, al año siguiente fue arrestada por la Gestapo5 junto a su hermana Rosa. Ambas fueron enviadas al campo de concentración de Auschwitz, donde resultaron asesinadas en las cámaras de gas, y sus cuerpos arrojados a una fosa común.
Fenomenología steniana
Frente al idealismo trascendental husserliano, el desacuerdo de Edith Stein respecto a las posturas filosóficas sobre la posibilidad del sujeto y la profundización del ser cognoscente destaca la distancia que toma con su maestro.
No admitía la doctrina husserliana de una trascendencia sin Dios. Tampoco estaba de acuerdo con Heidegger que ponía todo el peso de la existencia en sí misma. Edith no creía que el ser humano era un «ser arrojado» (Feldmann, 1999, p. 109) al mundo de la nada y de la indiferencia. El ser no está solo en la existencia, sino que el Eterno irrumpe constantemente nuestra historia. Para Edith en el «Encuentro personal» el hombre encuentra el sentido de la vida, que no termina con la muerte sino todo lo contrario. El sentido del ser en Edith es contrario al pensamiento heideggeriano. (Solís, Céspedes Pablo, 10).
Su crítica a Heidegger se centra en la interpretación que Stein ofrece sobre la incompatibilidad entre el ser y la obra heideggeriana. Edith discrepa del concepto de Dasein y del presupuesto del ser arrojado a la nada, que se revela ante la angustia; el existir se convierte en un remedio ante lo oscuro y trivial del mundo.
El sentido steniano del ser es un diálogo constante que demanda una interpretación desde el entendimiento profundo que caracteriza su existencia por analogía. La existencia no posee grados; en cambio, el ser sí los tiene. La propia existencia se da, pero el ser, en tanto realidad existente, supone una realidad subsistente donde el ser sigue siendo el mismo. En Heidegger y Husserl, el ser y el existente se diluyen en la existencia. Edith no creía que el ser humano fuera un «ser arrojado». El ser dota a la realidad de significado; la esencia subsistente se manifiesta en el existente. Si se separa el ser del existente, este último termina por diluirse.
Stein desarrolla un horizonte investigativo centrado en la naturaleza humana, abriendo así un espacio para las dimensiones del alma, cuerpo y espíritu. El hombre que observa, conoce y orienta su capacidad reflexiva hacia su interior es verdaderamente libre. Este enfoque da lugar al desarrollo de una antropología fenomenológica que no rechaza la metafísica; para Stein, la bondad es una revelación ontológica de Dios sobre el fin último del hombre y su realización. El bien se presenta como la manifestación de la perfección del ser humano como persona singular e irrepetible.
El análisis fenomenológico en la conciencia permite un desarrollo que pone en evidencia el entrelazamiento del cuerpo, el alma y el espíritu en su unidad. A lo largo de la descripción de tal estructura, Edith Stein pone de manifiesto lo peculiar de la persona humana, haciendo ver que lo que la especifica es precisamente el modo como se interrelacionan dichos elementos y el modo como están unificados en un «núcleo interior». La centralidad del yo, como fuente y origen de las acciones y como el continuo fluir de las vivencias, posibilita la comprensión de la unidad de la acción humana en su relación necesaria con otra conciencia, es decir, en su relación con el tú, y en la formación del nosotros. (Monjaraz Fuentes, Paulina, 18).
La investigación de Edith Stein sobre la empatía como don intuitivo es uno de los aspectos más significativos de su vida, que se encuentra enmarcado en su obra. La empatía permite descubrir en el otro una dotación de subjetividad similar a la que se tiene en uno mismo; esta autopercepción del yo, en relación con el tú, es la respuesta que compromete cómo se autopercibe el yo al participar en el significado de la realidad. En un grado elevado, solo Dios coincide con el ser; el otro tiene un modo de ser que se asemeja al mío, de manera que el yo puede explicarse a través del tú.
Etimológicamente, la empatía proviene del vocablo griego antiguo εμπαθεια, formado εν, «en el interior de», y πάθος, «sufrimiento, lo que se sufre». Significa, literalmente, ponerse en el lugar del otro, y sentir en uno mismo al otro.6 Este acto de sentir surge cuando el yo toma conciencia del otro en su interior y reconoce la valiosa dignidad que lo caracteriza. En el momento en que descubro su alegría y tristeza, angustia y esperanza, felicidad y dolor, se establece una conexión profunda.
El itinerario steniano surca tres etapas: la fenomenológica, la tomista y la mística, sin que los límites o divisiones en estas áreas estén del todo claras. Gracias a este recorrido, la santa alemana, pudo convergir en una pedagogía empática. Rehabilita un realismo que retoma la confianza en el ser y en el fin teleológico, idea que incide claramente en su pedagogía. «La empatía le demuestra […] que el hombre es un ser espiritual, trascendente, abierto, llamado a realizarse en lo más profundo de sí, pero sin dejar de confrontarse con el otro. Es un paso decisivo en ese camino ascendente hacia la comprensión del problema hombre y hacia la disposición a encontrarse con el otro» (Muñoz Céspedes, 13).
El concepto de Einfühlung constituye una fenomenología de la experiencia religiosa que requiere la aprehensión de los sentimientos. En este sentido, el yo individual contempla en el otro un espejo de la mismidad; el reflejo de vivenciar la alteridad necesaria en el encuentro se convierte en la relación con el acto espiritual de apertura hacia Dios.
Ave crux, spes unica.7
El sufrimiento ha adoptado la forma del ser humano y el símbolo triunfante que lo representa es la Cruz. La espiritualidad desarrollada por Edith Stein en relación con la Pasión de Cristo se manifiesta en su obra final, que la comprometería irrevocablemente con su destino. Al ingresar en 1937 al Carmelo, Sor Teresa Benedicta de la Cruz encontró en la satisfacción del nuevo nombre una totalidad que une vida, obra y pensamiento. El misterio del sufrimiento fue una constante en su existencia. En agosto de 1941, a solicitud de sus superiores, y en conmemoración del cuarto centenario de la celebración de san Juan de la Cruz,8 comenzó a escribir Scientia Crucis, un libro sobre este gran místico español. La teología de la Cruz empezaba a tomar forma en la mente de la religiosa carmelita, lo que subraya la relevancia de llevar su nombre como imitación de su sacrificio.
La encarnación hace que lo divino se manifieste en lo humano; al comprender la propia divinidad de Cristo, que también es hombre, se concreta en la experiencia de la vivencia del otro por analogía. En el sacrificio de la cruz se realiza la experiencia misma del ser humano.
El sentido purificador del sufrimiento representa la oportunidad que brinda la sabiduría divina para acceder a la revelación del conocimiento. La inmolación de Cristo, el sufrimiento que atravesó durante su Pasión y el silencio divino hasta su crucifixión simbolizan una derrota ante la muerte. «La noche oscura»9 se convierte en una preparación del alma para el encuentro con Dios, ya que el sufrimiento ha entrado en el hombre, como el Eterno se ha revelado en el amor.
«Spe salvi facti sumus». Si en la esperanza cristiana la salvación plantea la redención del hombre, el sufrimiento y el abandono que san Juan de la Cruz describe en su poema: «En una noche oscura, / con ansias en amores inflamada / ¡oh dichosa ventura! / salí sin ser notada, / estando ya mi casa sosegada»,10 representan la redención del dolor que redime al hombre y un amor que es otorgado en la sabiduría de Dios como dominio de lo eterno.
La Ciencia de la Cruz traza, en la imitación de Cristo, el dolor propio de su pasión. Entender el objetivo de la existencia del ser humano es conocer la inmensidad de la sabiduría divina que espera la purificación del hombre como complementariedad de su existencia por medio de la fe en el Hijo de Dios que se entregó por nuestros pecados.
La verdadera grandeza se oculta en el vencimiento de los propios dolores a través del hombre y en el insondable misterio con que enfrentamos el plan divino. El último capítulo de su vida nunca se escribió en un libro; contrariamente a lo que se piensa, Santa Teresa Benedicta de la Cruz sabía perfectamente dónde escribirlo. Las líneas de la eternidad lo completaron en su ausencia; decidida a ofrecerse y a abrazar el amor divino de Cristo por amor a su pueblo, el martirio ya estaba sellado, y Edith lo sabía.
Siete días después de su arresto, Edith Stein encontró su consumación en las cámaras de gas de Auschwitz. La certeza de la vida deja huellas profundas en el auténtico testimonio del ser. Su ciencia de la cruz no fue un saber teórico, sino un conocimiento nacido del sufrimiento vivido: «solo se puede adquirir la ciencia de la cruz si se empieza a sufrir verdaderamente el peso de la cruz». En sus propias palabras, «En un primer instante, tuve la convicción íntima y dije desde lo más hondo de mi corazón: “Ave Crux, spes única”», demostrando en el abrazo del dolor, la esperanza más pura y la verdad eterna más profunda.
En el ocaso de un siglo marcado por sombras, el 11 de octubre de 1998, el papa Juan Pablo II concluyó el proceso de canonización de Santa Teresa Benedicta de la Cruz, sellando así su destino eterno y coronando con rigor filosófico el legado de Edith Stein. En sus páginas vivas, el escrutinio implacable de su pensamiento ilumina la fragilidad y la grandeza de lo humano: ese valor inalienable de ser persona, forjado en el crisol de totalitarismos rampantes, dos guerras que devoraron mundos enteros y el abismo del genocidio que engulló a su pueblo. Así, en la convergencia entre fenomenología y fe, emerge la grandeza de la Cruz; no solo desentrañamos la ciencia del sufrimiento, sino que nos topamos con nosotros mismos, llamados a una existencia que se rinde al misterio. Y en esa rendición, la historia —redimida al fin— nos urge a habitar con dignidad el vasto silencio de lo divino.
Agradecimientos
Al profesor Dr. Nelson Crespo por los materiales brindados para la investigación del ensayo.
Bibliografía
Previati, Anna. Edith Stein. Fiel a la estrella de David y a la cruz de Cristo. Traducción de Armando Aguirre Muñoz. México: Editorial Alba, 2011.
Monjaraz Fuentes, Paulina. Ser persona humana: ser en relación. Una aproximación fenomenológica según Edith Stein. 1ª ed. Madrid: Editorial Sindéresis Venancio Martín, 2019. [Formato Digital].
Céspedes Solís, Pablo. Fenomenología de la fe y antropología en Edith Stein. Madrid, 2014.
Sánchez Muñoz, Rubén. Fenomenología de la expresión en Edith Stein. Facultad de Filosofía, UPAEP, Universidad. [Formato Digital].
Salinas, Guillermo. (2021). Fenomenología de la experiencia religiosa según Edith Stein. Analysis 29, pp. 63-72. [Formato Digital]
Mirabel Elisabeth. (mayo de 2012). Comme l’or purifié par le feu. Editions du Cerf. p. 284. ISBN 2-259-01126-8. Consultado el 22 de marzo de 2017.
Méndez Martínez, Roberto. La música callada. Páginas escogidas. San Juan de la Cruz. Editorial Arte y Literatura. 2009.
Notas
- Trabajo final de la asignatura de Filosofía Contemporánea. Este texto ha sido sometido a correcciones y se ha modificado el título original (Edith Stein: La ciencia de la cruz y el acercamiento fenomenológico)
- Anna Previati, Edith Stein. Fiel a la estrella de David y a la cruz de Cristo, traducción de Armando Aguirre Muñoz. México: Editorial Alba, 2011. pp 22 y 23.
- Vaticano.va (1998). «Biographie officielle d’Édith Stein sur le site du Vatican». Vatican.va. Consultado el 5 de marzo de 2017 (Fuente tomada de Wikipedia).
- Muchos intelectuales cercanos a la joven Edith habían abrazado el cristianismo, entre ellos los esposos Reinach y la filósofa Hedwig Conrad-Martius, también alumna de Husserl. Estos ambientes favorecieron su reflexión y moldearon su futura actitud. Hedwig, quien fue su madrina de bautismo, dejó un testimonio en una carta donde escribe: «Edith era buena y sabia […] pero permanecía muy silenciosa y reservada […] Siempre parecía concentrada, como absorbida por una meditación incesante» (Fuente: Anna Previati, Edith Stein. 45). A su nombre de bautismo, añadió el de Teresa en honor a la santa, así como el de Hedwig, quien fue su amiga y ocupó el lugar de madrina.
- Las religiosas del Carmelo envían a dos jóvenes de Echt con un encargo de alimentos y suministros para Edith y su hermana. Edith relata lo difícil que ha sido el trato y el sufrimiento que han padecido los demás, omitiendo su propio dolor. Sin embargo, les envía un mensaje pidiendo que se mantengan tranquilas: «Por favor, díganles que sigo llevando el hábito y que mi intención es llevarlo hasta el final…» (Fuente: Previati, Anna. «Edith Stein», pág. 145)
- Rubén Sánchez Muñoz, Fenomenología de la expresión en Edith Stein, Facultad de Filosofía, UPAEP, Universidad [Formato Digital]. pp 13.
- Salve Cruz, única esperanza.
- San Juan de la Cruz: Santo y místico y poeta español, que colaboró junto a Santa Teresa de Jesús en su empeño por reformar la Orden del Carmelo.
- «La noche oscura del alma» es un poema religioso con un profundo contenido místico de San Juan de la Cruz. Sus versos expresan de manera metafórica los momentos de soledad y vacío espiritual en los que el silencio de Dios conmueve el espíritu del individuo. Este es un paso necesario en el encuentro íntimo y personal con Dios, que sigue a la purificación del alma.
- Méndez Martínez, Roberto. La música callada. Páginas escogidas. San Juan de la Cruz. Editorial Arte y Literatura, 2009, pp 5.

Intervenciones
Nelson Crespo Roque: Muchas gracias Carlos y Geam Carlo por vuestras presentaciones. Ahora damos la palabra a los presentes para que realicen a los ponentes las preguntas que estimen.
Padre Yosvany Carvajal Sureda: Yo quiero felicitar a los dos ponentes por sus presentaciones, y además me alegra mucho que uno sea seminarista, médico de profesión y candidato al sacerdocio ministerial, y el otro estudiante de este Instituto que, como bien decía el profesor Nelson, da las herramientas para que el estudiante investigue, profundice, busque la verdad, porque el futuro siempre es indiscutiblemente de ustedes, es decir, el futuro es de ellos, de poder crecer con estas herramientas que da el Instituto.
Yo veo que hay una cierta compensación entre lo que uno hizo y el otro. Solamente me quedaron algunas dudas de tipo metodológico en el caso del doctor, ¿cómo usted dice que es una teoría lo que ha presentado de cómo muere Jesús? Usa textos de los evangelios a veces de una manera objetiva, sin tener en cuenta el presupuesto de la fe. ¿Ve legítimo usted el paso de la parte teológica a la parte médica, es decir, la ciencia de la fe con respecto a las ciencias médicas? No sé si me explico. ¿Ve legitimidad en usar un texto bíblico, en el caso del evangelio de Juan, para argumentar un pensamiento médico, científico, desde el punto de vista de las ciencias exactas?
Carlos Alberto Fernández Borges: Muy interesante su pregunta, Padre, y quisiera responder no con palabras mías sino con palabras de Albert Einstein, atribuidas a él por lo menos: «Un poco de ciencia nos aleja de Dios, mucha ciencia nos acerca a Dios».
Padre Yosvany Carvajal Sureda: Mi pregunta es por el hecho de que el evangelio va a ser catequesis de la comunidad cristiana, va a ser un libro de la fe y para la fe, y en muchas ocasiones parte usted de la parte médica, del dato médico, de la ciencia, y por otra lo argumenta con textos bíblicos, pasa muy fácil del uno al otro y me quedó esa duda metodológica.
Carlos Alberto Fernández Borges: Claro, la parte médica es más bien una parte histórica. Nosotros nos basamos para elaborar esta presentación en investigaciones históricas fundamentalmente donde se describe la secuencia de eventos fisiopatológicos atribuidos a condenados a la crucifixión. Los mismos eventos en diferentes individuos se pueden generalizar y formar una teoría, con la salvedad de algunas cosas que sí fueron propias de la persona de Jesús.
La medicina lo que hace en este caso es explicar la secuencia de eventos fisiopatológicos en cualquier individuo condenado a muerte por crucifixión en el Imperio Romano. Y como Jesús sufrió esta suerte, entonces es que se le pudiera atribuir a Él, por eso comencé diciendo que lo hacía solo presentando una teoría. La Universidad Católica de Valencia, que es la mayoría de la bibliografía que utilizo para esta presentación, ha tomado este tema muy en serio y desde el año pasado muchos de los autores que cito se han dedicado al examen minucioso de la historia y de ahí es que se han sacado estas teorías.
Padre Yosvany Carvajal Sureda: Bueno, sí, las veré cuando salgan publicadas en Espacio Laical, pero sí, me interesaría mucho conocerlas también. Yo recomiendo una que sintetiza muy bien esto de los datos médicos e históricos del Crucificado y el dato de la fe propio de la ciencia bíblica, es Raymond Brown en «La Muerte del Mesías», que tiene dos tomos, que son una joya, y los recomiendo para todos, el digital creo que debe estar aquí en la Biblioteca del Instituto. «La muerte del Mesías» es una gran obra que puede servir mucho, incluso para enriquecer mucho más la ponencia presentada por usted.
Nelson Crespo Roque: Aquí hay un detalle en el cual hice énfasis a ambos ponentes cuando se estaba preparando este encuentro, y a Carlos en especial: que no tocara datos referidos a la Revelación, ni aquellos que implicaran cuestiones teológicas. Es decir, que se limitara a reseñar datos médicos, apoyándose en la historiografía a la hora de citar las Escrituras, pero sin inmiscuirse en cuestiones que fueran propias o referidas al Depósito de la Fe.
Padre Yosvanny Carvajal: Muy bien. Con respecto al otro ponente, qué importancia tuvo, para que quede bien claro, quizás también para otros que como yo tuvieron la duda, el estudio de santo Tomás en el pensamiento filosófico de Edith Stein. ¿Cómo lo ve usted? ¿Qué importancia para Edith Stein tuvo el estudio del pensamiento tomista?
Geam Carlo Rosillo Domínguez: Está la citación que tiene Edith Stein en el diálogo entre (Edmund) Husserl y Santo Tomás donde ella planea entre la fenomenología y el tomismo, y ver la forma del desarrollo, y en recuperar la analogía que se había perdido. O sea, ir a la esencia y a ese diálogo entre fe y razón, esas dos alas que no se contraponen en el caminar del hombre en la búsqueda de la verdad, como diría san Juan Pablo II en «Fides et Ratio».
Padre Yosvany Carvajal Sureda: Una vuelta a la Metafísica, es muy importante la Ontología para hacer filosofía y para pensar. Edith Stein recupera una parte importante del pensamiento ontológico, y eso es propiamente también lo que este Instituto trata de recuperar en el pensamiento filosófico, e incluso el estudio, la recuperación de la Metafísica en la filosofía.
Jorge Domingo Cuadriello: En primer lugar felicitarlos a los dos. Me parecieron muy buenas las intervenciones de ustedes y solamente a modo de información quisiera decirte, Gean Carlo, lo siguiente: precisamente unos minutos antes de subir para esta aula, rastreando en las noticias me encontré un artículo que acaba de salir hace dos días en un canal informativo que se llama Infobae sobre Edith Stein precisamente. Casi no me dio tiempo de leerlo, nada más que por arriba, te lo digo como información, yo se lo pasé a Nelson, Nelson te lo podrá pasar a ti, y me parece que hay mucha sustancia que podrías aprovechar, e incluso una entrevista a un tal Ginzberg (Siegmund Ginzberg) que creo que fue el prologuista de uno de sus libros, no recuerdo bien, un hombre ya mayor, y creo que todo eso te puede resultar de provecho para tu trabajo, para que tengas esta fuente también.
Padre Luis Javier Reyes, osa: Quiero felicitar a los dos por las respectivas presentaciones, y todo lo interesante que han comentado, sobre Stein has comentado y sobre esa divergencia, esa crítica que va haciendo cada vez más constante y más firme precisamente de (Martin) Heidegger. Tristemente en la historia de la filosofía contemporánea no queda la crítica que va haciendo Stein a Heidegger y, sin embargo, es de las más sólidas que se le hacen. Es realmente interesante. Y simplemente recordar o preguntar, ¿cuál sería en tu opinión el punto central de esa crítica que hace Edith Stein a Heidegger?
Geam Carlo Rosillo Domínguez: Edith se opone completamente al «Dasein», a ese ser arrojado; para Edith Stein el ser no se encuentra solo en el mundo, sino que el Eterno irrumpe constantemente en nuestra historia.
Padre Juan Carlos Galindo: Una pregunta desde la curiosidad y el hecho de los clavos, tanto en las manos como en los pies. ¿Pudo haber algún desencadenante, o tuvo alguna influencia en esa lista de sintomatologías que has mencionado la cuestión del tétano?
Carlos Alberto Fernández Borges: Pudo haber influido, por supuesto, en una herida abierta en contacto con un metal siempre está el riesgo de tétano. Estamos hablando de una época donde no contamos con prevención, con medidas preventivas. Por supuesto que pudo haber sido importante y significativo. Ahora, ¿por qué no lo consideramos en estos momentos?, porque no existe bibliografía para certificarlo. Pero la posibilidad, sí.
Padre Yosvany Carvajal Sureda: Sí, pero, ¿con el tiempo que estuvo en la cruz?
Carlos Alberto Fernández Borges: Para ese tipo de bacterias no sería muy difícil hacerlo. Sí, sí existe la posibilidad, pero ¿cómo lo demostramos sin un análisis microbiológico? Ahora, lo que usted planteaba, la cuestión del tiempo, es que el tiempo que estuvo en la cruz no fue el suficientemente necesario para que se manifestaran al exterior las manifestaciones clínicas de ese tipo de infección. Eso sí no, pero el contagio, y desde el comienzo de la replicación en ARN, sí, por supuesto.
Nelson Crespo Roque: Muchas gracias a todos por su presencia en este encuentro, muchas gracias de modo especial a Carlos y a Geam Carlo.
Este encuentro nos deja una gran enseñanza cargada de esperanza: los jóvenes no son un agregado ni una utopía ni una conjeturada esperanza de futuro, ellos son también parte de nuestro hoy, y en ese hoy ellos tienen que tener un espacio, un lugar, una voz, pues ellos son, en palabras del P. Félix Varela, «la dulce esperanza de la Patria», palabras que alcanzan sus reales quilates si tenemos en cuenta que, como acota el apóstol Pablo: «la esperanza no defrauda». De ahí la convicción del P. Varela, retomando la cita que cercené, de que «no hay Patria sin virtud, ni virtud con impiedad».
Estas palabras del P. Varela adquieren hoy una especial relevancia de cara al tema que nos ha convocado, tema que estos jóvenes, aún en etapa de formación (primer año en el caso de Carlos y tercer año en el caso de Geam Carlo), han desarrollado de un modo magistral e, incluso, me atrevería a decir, magisterial.
Muchas gracias nuevamente a ellos, y a todos ustedes. Los esperamos en el próximo encuentro.

