Honorable Señor Presidente de la República; Excelencias; Honorables Ministros del Gobierno y demás Representaciones oficiales; señor Presidente de la Cámara de Representantes: señores Representantes; señoras y señores: Acaso estos trances de la oratoria sean los únicos en que he visto poner primero la referencia personal sin que se incurra en excesiva inmodestia.
Ciertamente no pudiera yo comenzar este breve discurso sin declarar ante todo mi profundo agradecimiento al Presidente y a los líderes de este alto Cuerpo Colegislador, por honor que tan inmerecido como generosamente me han hecho al asociarme a este acto ejemplar y de tan fecundas incitaciones. Al ponerme en la gratísima compañía de dos eminentes ciudadanos y príncipes de la palabra, de este Pastor del Río, líder elocuentísimo del Partido Demócrata y hombre que, hasta por su propio nombre personal, ¡Pastor del Río! que sabe a égloga, parece inveteradamente destinado a propiciar todas las iniciativas románticas, y al lado también de ese cubano no menos eminente, jurisconsulto destacadísimo, sociólogo cabal, hombre de nítido perfil, con estabilidad ciudadana, en nuestra vida ciudadana y periodista en las oportunidades acaso más difíciles para el periodismo, que es el doctor Germán Wolter del Río.
Como ellos, me siento alborozado, un poco confundido en mi humildad por este honor de que me habéis investido, por haberme dado la oportunidad de participar en este gesto simpático de la Cámara de Representantes, en este tributo que le queréis rendir a uno de nuestros más destacados periódicos. Gesto simpático, he dicho, y no quisiera que se tomase ese calificativo en un sentido convencional, tan usual en estos casos, de cosa, que cae bien, sino que la tomarán en un sentido más estricto y profundo: simpático, aquello qué significa sentir en común, pasión en común, porque esta concepción diferente parece que le da una dimensión más profunda, en efecto, a esta iniciativa de la Cámara de Representantes.
Como muy bien acaba de decir el doctor Pastor del Río; como ha cuidado muy bien de puntualizarlo, no se trata de ninguna lisonja artificiosa y casual. Queremos ver en este gesto vuestro un tributo sincero de respeto a uno de los grandes órganos de la opinión pública cubana y un sentimiento también de solidaridad con todos los ideales que ese periódico representa. Esta iniciativa de la Cámara de Representantes tiene una razón de ser tan evidente y manifiesta que casi parece ocioso subrayarlo, señores representantes. Entre el Congreso y la Prensa, existe, repito, un lugar común, que casi avergüenza tener que destacar, pero muchas veces estamos en el caso de recorrer caminos comunes; entre el Congreso y la Prensa existe una profunda afinidad cuyas raíces se clavan nada menos que en el sentimiento y es la conciencia de la democracia.
Decía muy bien el Honorable Señor Presidente de la República, doctor Prío Socarrás, en la carta en que saludó a El Mundo por su cumpleaños, en el aniversario de su medio siglo, que El Mundo reflejaba aquello que es esencial y característico para la Democracia, que es la expresión de la opinión pública, el régimen de la opinión pública. En efecto, señores, apenas nos es menester detenernos en recordar que, cuando no había Democracia en el mundo, lo que caracterizaba a los gobiernos, mejores o peores, era el carácter inconsulto que esencialmente tenían. Gobiernos de camarillas, de cenáculos o de gabinetes en el peor sentido de la palabra; gobiernos de príncipes y de amigos; gobiernos de rectores que se presumían más o menos autorizados por el linaje, por las circunstancias históricas para asumir la dirección de los destinos de una nación, pero aun en el mejor de los casos, gobiernos que presumían la voluntad popular, que creían que gobernaban en nombre de las necesidades públicas, que creían servir a las necesidades públicas, pero que no habían tenido realmente ni tenían la posibilidad de consultar de un modo efectivo esa voluntad colectiva; gobiernos, por consiguiente, que irremediablemente tenían mucho de arbitrario y de clandestino; gobiernos en que el aplauso no siempre era recibido con la resonancia de gratitud de un pueblo; gobiernos cuyos errores no dejaban tras sí más qué la estela del resentimiento de los pueblos. La Democracia vino a sustituir todo eso y a establecer la consulta pública como carácter de condición esencial para la gobernación. Democracia representa; esencialmente, lo mismo que la Prensa significa, lo mismo que periodismo significa consulta, del sentir popular.
Alguien hace ya mucho tiempo llamó a la Prensa el Cuarto Poder. Pasó eso entonces como una metáfora más o menos lisonjera, y sin embargo, una ya muy larga experiencia histórica nos ha demostrado cómo efectivamente constituye el periodismo —y acaso vaya ya siendo el momento oportuno de no decirlo, de abandonar el viejo vocablo de Prensa, porque hoy día hay algo más que la prensa impresa, valga la redundancia: hay también la prensa radial y la prensa televisual— la reiterada experiencia histórica, digo, ha demostrado que efectivamente el periodismo, en los ámbitos de la libertad y aun en los momentos en que la libertad se eclipsa, constituye un poder verdaderamente incontrastable.
Un eminente pensador dominicano, Hostos, con la autoridad que le daba su talento egregio, hubo de rectificar la clásica doctrina de Montesquieu de la división tripartita de los poderes y se permitió añadir —bien lo recordáis— en su monumental Tratado de Derecho Constitucional, cómo efectivamente existe un Cuarto Poder: el poder electoral. Pero el poder electoral no es en esencia otra cosa que la consulta periódica de la opinión pública; de esa consulta comicial nacen los Cuerpos Colegisladores. Se limita a pensar, señoras y señores, que la Prensa está efectuando a diario una consulta del sentimiento y del pensamiento públicos.
Vosotros, en cierto modo —y ojalá que estas palabras mías no disuenen en vuestros oídos— representáis una consulta de más amplia periodicidad, venís con un mandato que se os ha otorgado en determinado período, en determinado momento, considerablemente espaciados. En el momento en que recibís ese mandato reflejáis efectivamente el preciso matiz de la opinión pública. El resto de vuestro tiempo, cuando estáis desempeñando vuestro eminente cometido, indiscutiblemente tenéis que presumir lo que rara vez puede presumirse en la avidez de la vida histórica, y es que la opinión pública se ha evidenciado precisamente en el matiz que tenía en el momento electoral, de suerte que la representación congresional descansa de modo inevitable en la presunción del estatismo de la opinión pública, por lo menos dentro de los períodos comiciales.
¿A qué conduce esta reflexión? A hacernos observar, señores Representantes, que si alguna institución hay, y algún orden mismo hay que supla esa inestabilidad de la mecánica constitucional en el orden legislativo, es precisamente la prensa, porque la prensa no representa sólo el matiz del momento electoral, sino que representa el matiz de la cuotidianidad. La prensa es la mirada ávida de la población; es la mirada ávida de la conciencia ciudadana que se va clavando día a día, y a veces hora a hora, en el correr del tiempo histórico que va pulsando a cada momento el sentir popular, y que por eso está siempre en condiciones de colaborar con los organismos del Estado y de colaborar con los demás poderes, con el Ejecutivo, con el Legislativo, y a veces hasta con el Judicial que presume de ser tan estático y eterno; colaborador, digo, de ellos, para recordarles qué matización, qué desviación, qué rectificación o qué corroboración ha tenido la opinión pública en cada momento.
He aquí, por qué, señores, no es ningún artificio nuestro el descubrir la profunda afinidad, la profunda solidaridad entre los Cuerpos Colegisladores en particular y todos los organismos del Estado en general, en una democracia, y la prensa. Que no se me diga que no siempre la prensa cumple ese deber: tampoco siempre los Congresos lo cumplen. Estamos hablando de moldes ideales, de moldes ideales de las instituciones; estamos hablando de aquello que las instituciones quieren ser y deben ser, lo que constituye su razón de ser. No podemos empequeñecer nuestro concepto de estas cosas rebajándolas a la minucia, peripecia de la falible condición humana. Congresos hay buenos, malos y eminentes; periódicos hay que cumplen su deber de ilustrar y orientar a la opinión pública; periódicos hay que saben prenderse a quienes únicamente pueden prenderse lícitamente; y periódicos hay, en cambio, que le venden la conciencia al diablo.
Pero repito, señores, que estamos hablando de las nociones ideales que son las que a todos en definitiva nos gobiernan. No podemos abandonarnos por más tiempo a ese pesimismo deletéreo que consiste en suponer que la ciudadanía ha venido a menos, que se ha vuelto enclenque, o que las instituciones han perdido totalmente su decoro y su capacidad de rubor.
Estamos traicionando a tal extremo los ideales de la nación, que ya no se puede hablar con tal sentido de una institución sin que pensemos que todas nuestras instituciones están incurriendo en un déficit de capacidad. Podemos todavía, debemos todavía, estamos en el deber, ahora que estamos contemplando un cincuentenario que importa más que el cincuentenario de El Mundo, que es el de la República; debemos levantar la mirada, alzar la mejilla sin rubor, y decir que por encima de todas nuestras peripecias; de los altos y bajos de nuestra formación; de las claudicaciones; de la debilidad humana; de las concupiscencias inevitables en ese accidente que es siempre el hombre; por encima de eso, ha habido una voluntad, hay una voluntad ideal que ha estado rigiendo el progreso de la vida cubana y que a los cincuenta años de la República podemos ahora decir: «Mejor, no; pero somos cubanos unidos en una patria decorosa…» (Aplausos).
Esta afinidad, señores, esta afinidad, que en el mecanismo legislativo y en el mecanismo político en general, tiene la prensa y el periodismo, explica también algo que importa mucho que se aluda siquiera esta noche, y es la inevitable pluralidad de opiniones, de matices, de actitudes, de convicciones, de repertorio de principios, por así decirlo, que en la política, al igual que en el periodismo, se refleja cada día. Estoy cada vez más convencido de que lo que constituye de hecho y en la vida práctica la esencia del vivir democrático, no es la mera fórmula generosa y magnífica, acaso un poco astral, del pensamiento que reza: «Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo», porque, desgraciadamente, esas preposiciones «de», «con» y «por» se prestan, como lo hemos visto y lo estamos viendo cada día, a los más diablescos trastrueques en las naciones. Lo que constituye realmente en la práctica la esencia del vivir democrático; lo que constituye la condición misma de la fórmula democrática que otros pueblos blasonan de tener y que efectivamente no tienen, es el respeto a la pluralidad de las opiniones.
No hay democracia en que no haya pluralidad de partidos; no es democracia la que soberbiamente presuma de serlo, gobernando por y para el pueblo en nombre de una entidad política determinada que se aísla de todos los tiempos; no es democracia el soberbio entronizamiento en contra de los más cardinales enunciados del alma y del espíritu humano, de su afán conciencial de libertad. Soberbia, digo, porque el hombre es por naturaleza criatura limitada, y como somos limitados, incurrimos inevitablemente en el error, y lo democrático es admitir siempre la posibilidad de que estamos equivocados y que son los más quienes tienen la verdad. Y un régimen que no consienta la existencia de la minoría, que no deja margen suficiente para la posible verdad del adversario, es un régimen esencialmente soberbio en el orden moral y despótico en el orden político.
También esto, anotadlo bien, nos da otro factor de comunidad y de afinidad entre el mecanismo democrático y la prensa, y así como tiene que haber en el orden político pluralidad de partidos, así también en el orden periodístico ha de haber pluralidad de órganos de expresión. No se concibe una democracia en que no hubiera más que un solo periódico cuya camarilla interna de directores dictara el modo en cuanto a interpretar los sucesos públicos, y antipática y petulante sería semejante soberbia. Tiene que haber pluralidad de periódicos, de opiniones y de conciencias, y hasta contradictorias. Así cómo en el orden técnico habrá periódicos ágiles e impresionistas, de una parte, y de la otra el grave y ponderado; así como, de una parte habrá periódicos ávidos de futuro y por la otra el periódico consciente de la responsabilidad profunda de la tradición; así como inevitablemente en la democracia, —y este es el ejemplo que se palpa en la democracia francesa, donde existen voceros en la calle como la Acción Francesa de Maurras junto a L’Humanité, el periódico comunista, en todas las democracias tiene que haber periódicos de derecha, como tiene que haber periódicos de izquierda y como tiene que haber periódicos de centro.
Creo que es esencial, señoras y señores, incluso para la buena marcha de una colectividad —me permito detenerme en el punto— porque estamos viviendo un momento histórico, en el que estamos excesivamente abarrotados de singularismos totalitarios. Ha de haber periódicos de derechas y periódicos; de izquierdas, periódicos de extrema derecha y periódicos de extrema izquierda. No hay necesidad de justificar ni a unos ni a otros, sino tal vez, invocando las leyes del equilibrio social.
Si pensamos que para poder caminar, para poder marchar físicamente, el hombre necesita apoyarse sobre el suelo, porque sino se apoyase en el suelo, y no le ofreciese resistencia, el hombre se deslizaría o caería; si pensamos que el caminar físico necesita del obstáculo y de la resistencia común como un punto de apoyo, no será excesiva generalización el decir que también la sociedad necesita, en su trajín histórico, para su proceso histórico, no solo del ímpetu, sino también de la resistencia tradicional que la prensa le confiere.
No es este pensamiento de la modesta palabra a quien honráis tanto con vuestra atención: es de José Martí, que decía que «los pueblos necesitan del freno o del caldero». Y ya que a Martí invoco, como no podemos dejar de invocarlo, señor Presidente y señores Representantes: está ahora un poco de moda cierta quejumbre, cierta cuita, de que tenemos demasiado a Martí, para usar una expresión criolla, «a pupilo» en nuestras alusiones oratorias más o menos sinceras; pero yo creo que hasta cuando insinceramente se invoque a Martí, es fecunda la invocación, porque la alusión que se trae a la lengua casi determina de inmediato que en ese momento sea mejor la conciencia de quienes tales invocaciones hacen.
¿En qué nos podemos apoyar? Es en el hombre que nos legó nuestro caudal máximo de pensamiento y de orientación pública en los momentos de angustias e indecisiones, cuando nos sentíamos trajinados por todo ese cúmulo de doctrinas, ideología y principios contradictorios, y queríamos apoyarnos en algo que fuera punto sereno de equilibrio, como un legado sagrado al cual debíamos atenernos en la medida en que la evolución histórica nos lo permitía, y por eso, nos apoyamos en el fecundo pensamiento de Martí. (Aplausos).
Por eso, señor Presidente y señores Representantes, yo he querido traer hoy del ideario martiano, una página para la cual solicito vuestra atención, atención que ha de ser cuidadosa, porque el estilo de Martí, bien lo sabéis, no es ese estilo fácil y simplista que puede contentarse con una atención frívola. Es el estilo cuajado de pensamientos, es el estilo complicado en sus incisos; en sus intenciones y hasta en sus reservas. Es el estilo en que cada palabra pesa, y yo diría que hasta la colocación de cada palabra.
Escuchad lo que alguna vez dejó escrito sobre lo que debe ser la prensa:
«No es el oficio de la prensa periódica informar ligera o frívolamente sobre los hechos que acaecen. Es reseñarlos con el mayor cuidado y atención. Toca a la prensa encaminar, explicar, enseñar, guiar, dirigir; tócale examinar los conflictos, no irritarlos con un juicio apasionado, no encarnizarlos con alardeos de pasión a veces extemporánea; tócale proponer soluciones, madurarlas y hacerlas fáciles; someterlas a consultas y reformarla según ellas. Tócale, en fin, establecer y fundamentar enseñanzas si pretende que el país la respete, y que conforme a sus servicios y merecimientos la proteja y la honre.
«Tiene la prensa periódica altísimas misiones. Es la una explicar en la paz, y en la lucha, fortalecer y aconsejar; es la otra, hacer estudios de las grandes necesidades del país, fundamentar sus mejoras, facilitar así la obra de la administración que rige, y ya que tantas graves cuestiones preocupan en una nación que asciende de una situación vacilante y anómala a la de tierra nueva y libre, ayuda la prensa periódica a los que gobiernan, señalando, presentando y estudiando las cuestiones que han menester más serias y urgentes reformas. La prensa —termina el Apóstol— no es la aprobación bondadosa, oída o insultante: es la prensa proposición, estudio, examen, consejo». (Aplausos).
Pues bien, señor Presidente y señores Representantes: hemos venido aquí esta noche a honrar a un periódico que ha sabido, a través de todas sus vicisitudes históricas, que han sido las vicisitudes de la República, mantenerse esencialmente fiel a estas consignas de Martí. No creo que me corresponda a mí, hablando como hablo en nombre del periodismo cubano, secuestrar lo que acaso debe ser el turno del doctor Germán Wolter del Río, haciendo una evocación de la historia del periódico El Mundo, pero acaso me permitáis referirme rápidamente a los grandes trazos de su ejecutoria.
Recuerdo el momento difícil de su fundación. Se liquidaba la colonia; estaba, la economía cubana en crisis; se carecía de líderes propiamente civiles, debidamente acreditados. No teníamos más que los nombres gloriosos de la República. Sobre los líderes de la civilidad se proyectaban sombras. Estaba la patria, aquella patria todavía encaminada en proyectos, por hacer. Salíamos del caos fuerte de una guerra, sobrepuestos al caos deliberado de una larga etapa colonial, hora difícil, y por eso de acuerdo con ese momento, hay que meditar en lo que significa la ejecutoria del periódico El Mundo.
Lo fundan dos hombres que por sus conexiones con los Estados Unidos, más de una vez muchos cubanos agudos y superficiales los acusan de que si no serían hombres que estaban un poco influidos o impregnados de una conciencia extraña. Importa ya decir aquí que esos dos hombres, Rafael Govín y José Manuel Govín, pertenecían a una familia matancera, si no recuerdo mal, que se vio obligada a expatriarse por las circunstancias mismas de la guerra, habiendo logrado en la expatriación, como suele al hombre bien nacido, conservar viva la imagen de su propio suelo, habiendo logrado centrar en el ejemplo de una cultura extraña su imagen de lo que debía ser la patria.
No cometamos la injusticia de pensar que porque Rafael Govín incorporó los mejores años de su vida a lo que había en una cultura extranjera, que por eso le fue infiel a la patria en que nació. Evidencia en contrario hay de que en todo momento siguió atendiendo a las vicisitudes de la República, en un afán generoso de servirla, manteniéndose en íntimo y estrecho contacto con aquel primo suyo, José Manuel Govín, que ostensiblemente parecía el único animador de aquella prensa.
Es tal vez hasta una circunstancia afortunada que los fundadores de El Mundo hubiesen vivido tanto tiempo en los Estados Unidos porque nos trajeron lo que había de ser en definitiva la fórmula característica del periódico al captar aquellas incitaciones de carácter técnico, de carácter periodístico; en el sentido profesional de la palabra, que incorporaron al periodismo cubano hicieron que El Mundo estableciera, constituyera escuela inmediata. Fue aquella tipografía ágil, fue aquella difusión codiciosa de la noticia, un modo sintético de presentarla ante el público, fueron aquellas amenidades de orden ilustrativo; fue aquel despliegue, un poco aparatoso del comienzo de páginas en colores, etc., fueron aquellos columnistas, no ya sesudos y filosóficos y graves, sino columnistas ágiles, incisivos y nerviosos, que reflejaban a diario la actualidad cotidiana. Todo eso fue la aportación, la gran innovación de El Mundo, en la vida cubana; pero detrás de ese decoro externo, había un decoro interno que es lo que constituye su gran peculiaridad.
No estamos aquí celebrando esta noche a un periódico que haya sido simplemente un modelo de factura material. Estamos celebrando a un periódico que ha sido un modelo de factura espiritual. Ese periódico se fundó el 9 de abril de 1901; en el primer año del siglo y en la primavera del año en el mes de abril. Todavía no es la primavera de la República; la República en aquellos momentos parecía estar en esos últimos días mortecinos del otoño, en que no se sabe qué lumbres, qué luces van a alumbrar nuestro derrotero. El Mundo fue el preludio de la República y asistió a todas aquellas trabajosas consideraciones en qué había tantos momentos sombríos en que parecía que iba a naufragar el ideal republicano. En aquellos momentos en que se cernía sobre la conciencia cubana, aquella conciencia orgullosa de haber triunfado en las lides de la guerra, la sombra de la Enmienda Platt, el periódico El Mundo se inicia con una campaña vigorosa, con una campaña activa y al mismo tiempo prudente y discreta. En aquellos momentos en que parecía que se iba a ensombrecer el espíritu cubano, que un hondo derrotismo lo habría de cubrir, fue la voz de El Mundo la que mantuvo inhiesta la gran afirmación de la Joint Resolution: «El pueblo cubano es y de derecho debe ser libre e independiente».
Ya fue aquella, señores, una enorme tarea. Vino la Constituyente del año 1; vinieron las primeras elecciones; se pasó por todos aquellos gobiernos candorosos, y a veces, si cabe la paradoja, ligeramente maliciados de Estrada Palma; se plantearon las primeras grandes convulsiones republicanas; vinieron las guerras civiles en que volvió de nuevo a regarse sangre cubana y a ensombrecerse su horizonte; y siempre fue la voz de El Mundo, una voz serena, la que insistía, como en un ritornelo, en el deber en que los cubanos estaban de solidaridad; el deber en que los cubanos estaban de unirse por encima de todos sus credos, de salvar todas sus peripecias, y de vencer todos esos obstáculos, de vencer todas sus intransigencias para salvar una cosa sagrada, que no era de ningún Partido, que era de la Patria, que era la historia, la solidaridad y la existencia de la nación.
Y así fue atravesando El Mundo los 50 años iniciales de la República; y así se enfrentó con todas las crisis, con una ilusión que a veces parecía de fría independencia, pero que en el fondo era de noble prudencia; con una preocupación constante por ser un factor de perduración y de integración y no de disolución en la vida cubana. Así atravesó la última y más sombría hasta ahora —y quiera Dios que la historia no nos tenga reservado momentos análogos—; con un sentido de su propio decoro, con una sinceridad en «que a su vez reflejaba el decoro de todos los ciudadanos, que nos dejó perdurablemente comprometidos a él.»
Este es, señores, el periódico ejemplar, el periódico de orientación liberal, el periódico volcado al futuro y un poco impaciente de la tradición y del pasado. Periódico independiente que, fuera de unos breves momentos iniciales de su historia, no se casó jamás con ningún partido, porque su gran partido era la totalidad de los cubanos. Este es el periódico que acaba de cumplir 50 años de existencia, y que Vosotros, en un gesto simpático —que ahora se ve bien el sentido profundo que esa palabra tiene— habéis querido honrar esta noche y al hacerlo así, de una manera generosa habéis querido extender este homenaje a toda la prensa cubana.
En nombre de esa confraternidad periodística he venido yo a dejaros oír mi modesta palabra, y no sé que la prensa haya sido consultada; no sé por consiguiente si podré realmente hablar en nombre de toda ella; si mis 25 años de periodista, apenas interrumpidos por una breve temporada de legislador novato, me autorizan a decir, por todos los periodistas de Cuba, su más profunda gratitud a la Cámara de Representantes. Os aseguro que todos los periódicos: los impresos, los radiales y hasta los televisuales, comparten esa admiración vuestra, ese aprecio que hacéis del periódico El Mundo. Todos lo consideramos, no diré nuestro padre, porque hay alguno qué tiene mayor abolengo, pero sí nuestro hermano mayor; y ya que incidentalmente he aludido a ese que tiene mayor abolengo, viene a cuento que os diga que tengo encargo muy especial del Decano de la Prensa Cubana, del Diario de la Marina, en cuyas filas me cuento, para testimoniar del modo más vehemente su solidaridad con este tributo vuestro, su respeto y su afecto fraternal a ese periódico El Mundo, que vosotros hoy honráis.
Gracias, señores Representantes, por el estímulo que este tributo, vuestro representa. A veces a la Prensa se le da por cosa natural y convencional, como el aire que respiramos; nos olvidamos que hasta esas cosas que parecen incorporadas a la naturaleza y al tiempo, necesitan también de los estímulos, de la calorización de aquellos que están en puestos de autoridad y representan, como representa la prensa cubana, a la opinión pública. Pero vosotros, señores Representantes, representáis consignas y mandatos aún más específicos que los generales de la prensa, y de ahí que vuestro testimonio de aprecio tenga tanta importancia.
Legisladores y periodistas se han unido siempre en una común responsabilidad. Aludí hace unos instantes —y con esto quiero ya terminar— al momento inminente de honras nacionales que la República pide. Estamos en las vísperas de la celebración de su Cincuentenario. Vamos a trabajar todos, señores Representantes: ustedes, los políticos de la acción legislativa o ejecutiva, y nosotros, los periodistas, -los que en algún momento somos también políticos en la más amplia acepción del vocablo, de la «polis» en la letra de molde vamos a trabajar por que al confrontar los 50 años de la República y los 50 años del periódico El Mundo, todos podamos, como antes decía, levantar la frente a la altura del horizonte y decir: ¡Cuba, bendita seas! (Grandes aplausos).
Jorge Mañach (Sagua la Grande, Las Villas, 1898 – San Juan, Puerto Rico, 1961). Ensayista, periodista, profesor universitario, crítico literario y conferencista. Fue uno de los más prestigiosos intelectuales cubanos del período republicano. Autor de las conferencias La crisis de la alta cultura en Cuba (1925) y de Indagación del choteo (1928), así como de la biografía Martí, el Apóstol (Madrid, 1933) y del ensayo Historia y estilo (1944). Resultó electo Representante a la Cámara y se opuso a las dictaduras de Machado y de Batista. Inconforme con el rumbo comunista del gobierno revolucionario, se marchó del país. Este discurso suyo lo hemos tomado del diario El Mundo Volumen 50, Nro. 15986. La Habana, 9 de noviembre de 1951, p. 12.

