El nacionalismo laboral cubano y los españoles, 1878-1902

Por: Santiago Prado Pérez de Peñamil

» La colonia.

Si bien durante finales del siglo XVIII y las primeras décadas del XIX la clase criolla cubana detentó ciertas prerrogativas económicas y sociales, en el transcurrir del siglo fue disminuyendo su poder. El gobierno colonial español, mediante leyes especiales, comenzó una ofensiva para eclipsar su desempeño. En ese contexto, los españoles emprendieron una ofensiva para apoderarse aún más de la isla. Ya durante la guerra de 1868 a 1878 y las décadas posteriores, los criollos fueron perdiendo propiedades y poderío, tanto por vías de su endeudamiento como por la política de incautación de los bienes de muchos patriotas infidentes.

Con el privilegiado control comercial mayorista y aduanero, la trata ilegal de esclavos, las prácticas agiotistas y la usurpación de la propiedad a los criollos, los hispanos accedieron con celeridad, tanto a los sectores privilegiados del tabaco y del azúcar, como a la incipiente producción industrial urbana y a la gran propiedad inmueble. También ostentaron el comercio minorista. En ese contexto aumentó aceleradamente la inmigración de origen hispano. Vendría, entre otras razones, a sustituir a los esclavos y, de paso, a españolizar y blanquear a la población de la isla.

A los diversos decretos y órdenes reales dedicados a la liberalizar la emigración en España se unieron los esfuerzos de los hacendados de Cuba, en buena me- dida españoles, para fomentarla. Estos hechos reflejaban el interés de españolizar Cuba en medio de una oposición enérgica criolla y un sólido proceso de cubanización de la nación. Hacia la mitad de la década del noventa, la presencia de peninsulares arribados, a pesar de los retornos anuales, mostraba un crecimiento ascendente.1

Tras los acuerdos posteriores a la guerra de 1868- 1878 fue aplicada en Cuba la constitución española de 1876 y, por tanto, adquirieron vigencia las leyes de imprenta y asociaciones. Esto provocó un movimiento organizativo abarcador de todos los sectores y capas de la sociedad. Surgieron esencialmente los partidos políticos Unión Constitucional, regentados

básicamente por el sector hispano, y el Partido Liberal de Cuba, de mayoritaria filiación cubana y autonomista. Se gestaba la centralización de la industria azucarera, el surgimiento de nuevas industrias, un sostenido incremento comercial y el acelerado crecimiento en las más diversas esferas económicas.

Dentro del contexto social, las entidades gremiales, mutualistas, culturales y de otros tipos comenzaron a pulular en el concierto cubano. Los peninsulares lograron agruparse con gran cohesión. Junto a los casinos prosperaron las sociedades de beneficencia y los centros regionales, que por sus características cohesionaron a toda la comunidad. Sus servicios benéficos, educativos y sobre todo de salud atrajeron a toda la masa hispana. Por otro lado, los detallistas y dependientes mancomunaron sus esfuerzos en la Asociación de Dependientes del Comercio de La Habana. Todas estas sociedades conformaron la expresión étnica de la identidad regional y nacional hispana. Los sectores económicamente poderosos estrecharon filas en órganos corporativos como la Cámara de Comercio, Industria y Navegación, el Círculo de Hacendados, La Unión de Fabricantes de Tabaco y la Liga de Importadores, para hacer de los españoles una comunidad altamente significativa.

También creció el movimiento obrero, especialmente en la esfera de la producción del tabaco y del cigarro y en una fuerte industria litográfica. Aumentaron los trabajadores portuarios y ferrocarrileros y una diversidad de renglones artesanales, como carpinteros, albañiles, impresores, cajoneros, zapateros, sastres, herreros, carretoneros y cocheros, cocineros, peones, basureros, sombrereros, carboneros, transportistas en general y otra variedad de esferas artesanales. Además, creció un gran sector de servicios domésticos y comerciales, que abastecía a la creciente población. Pero la progresiva invasión de inmigrantes arribados al país comenzaba a convertirse en una fuerte competencia contra el elemento establecido. La procedencia hispana de un enorme número de propietarios y comerciantes posibilitó la privilegiada incorporación del español en los puestos de trabajo, en detrimento de los cubanos.2

En el proceso formativo de la nación, la desaparición de la esclavitud comenzó a homogeneizar con mayor celeridad el sustrato étnico cubano. Ante la imposibilidad de retorno de los esclavos negros y los chinos a sus respectivas tierras de origen debieron asimilar los rasgos propios del país. En cambio, el propio enfrentamiento cotidiano entre cubanos y españoles mantuvo una sorda tensión, que gravitaría en la futura república. La permanente denigración del cubano para sostener un posible futuro autogobierno y la subestimación de su capacidad para el trabajo permeó todo el ambiente político y, especialmente, el obrero. El apóstol José Martí enfrentó una guerra ideológica permanente para ennoblecer los valores patrios y la estima del cubano.

En el incipiente movimiento obrero cubano emergió el enfrentamiento lógico entre el capital y el trabajo y provocó el surgimiento y desarrollo del reformismo y el anarquismo, tendencias que se desarrollaron con gran fuerza. El colaboracionismo del reformismo, principalmente en la industria del tabaco, penetró como agente al servicio del gobierno español, amparado por los coroneles de voluntarios, usufructuarios de la industria y el comercio en la isla. Por su parte, el anarquismo, proclive al apoliticismo y a desvincularse de todo concepto de patria, devino un movimiento al cual José Martí también se opuso con gran fuerza. En el contexto colonial, a pesar del crecimiento de las huelgas y de la toma de conciencia de la clase obrera contra la burguesía, prorrumpía paralelamente un profundo movimiento independentista y de autoestima nacionalista, enaltecidos por las predicas martianas y por la pléyade de patriotas provenientes de la guerra grande del 68. Por este motivo, el Congreso Obrero de 1892, aunque dominado por los anarquistas, no pudo oponerse a la independencia del pueblo cubano del colonialismo español.3

Sin embargo, es una pena no haberse conocido las posiciones del Congreso con respecto a la inmigración. Ante la ya exclusión de muchísimos cubanos del empleo y la posición privilegiada de los inmigrantes, ¿los anarquistas hubieran defendido a los cubanos o se habrían amparado en su consigna de los obreros no tenían patria para mantener sus derechos? Lo incuestionable es que a partir de esa época tanto reformistas como anarquistas extranjeros defendieron a capa y espada su derecho al trabajo, en detrimento de los nativos. Hacia las últimas dos décadas del siglo apareció ese desafío paralelo, cuasi antagónico, obedeciendo al privilegio de los españoles.

La guerra de 1895-1898 acrecentó la gallardía y dignificación del cubano y polarizó en extremo el conflicto entre los adversarios. Y aunque la contienda no se enfocó contra el español de a pie, según el credo martiano, la gran mayoría de ese origen asumió una posición en defensa del gobierno español. Agrupados en el Cuerpo de Voluntarios y compelidos por el Casino Español, sus coroneles y los centros regionales, asumieron una postura pro hispana que en el período de la intervención yanqui devendría esencial para el mantenimiento de su status quo.

» La intervención de Estados Unidos

Apremiados por la futura victoria de los cubanos en el campo de batalla, el gobierno de Estados Unidos intervino ominosamente en la isla. Llegaba el fin del colonialismo español y comenzaba para Cuba un estado de incertidumbre y frustración, a pesar de los iniciales sentimientos de simpatía a los yanquis. En medio de la derrota, la situación de los españoles fue respaldada por el proceder condescendiente de los norteños en relación con su estatus dentro de la isla. Ante la inicial rendición española, los yanquis los mantuvieron inicialmente en sus puestos, en detrimento de los patriotas cubanos, quienes debieron esperar en sus campamentos por su ingreso en los pueblos y ciudades. Tiempo suficiente para la recuperación hispana del marasmo inicial y su reiniciación en las funciones económico-sociales. El colofón de la guerra lo consolidó el Tratado de París de diciembre de 1898, el cual impidió a los cubanos formar parte de los acuerdos. Además, dejaba explícito el derecho de los españoles a detentar sus bienes y propiedades y mantener su propia ciudadanía, luego de asentarse en el registro de españoles creado para ese fin.

De cualquier modo, la imposición norteamericana en los nuevos derroteros de Cuba socavó en gran medida la antigua dominación española. Pero ante los intentos de americanizar Cuba emergió un fuerte movimiento nacionalista conformado durante todo el proceso formativo de la nación. No obstante, existió un paulatino acercamiento a las raíces hispanas, más próximas al tronco común. No fue casual la insistencia de una oportunista Circular del Círculo de Hacendados, apelando a la concordia y exhortando a los españoles a inmigrar a Cuba, a pesar de que muchos de sus dirigentes y miembros fueron coroneles del Cuerpo de Voluntarios. Un borrón y cuenta nueva del pasado, al decir de Moreno Fraginal, solo con las miras puestas en una permanente inmigración española y en la defensa de sus intereses.

Además, el Casino Español apuntalaba la propuesta del Círculo. La Memoria de su nuevo reglamento de principios de 1900 explicaba que siendo extranjeros en Cuba y al no poder apoyar como antes a la monarquía, su labor se centraría «…a más de lo referente Unión Española, La Habana 2 de septiembre de 1899, ed. mañana, año II, no. 208, p. 2 a la instrucción y el esparcimiento de los asociados, a que los intereses morales y materiales de que traten sean sólo los referentes a la colonia española; a que procure, en cuanto fuere posible, auxilio y trabajo a todos los españoles residentes en esta isla, asociados o no, en cuantas situaciones penosas sufriesen y que lo necesitaren.»4

Se gestaba un movimiento de apoyo masivo a la inmigración, amparado en permanentes llamados estratégicos a la concordia y a la abstención política. Los españoles convocaron a fiestas de concordia y, excluidos de la política, centraron su atención en el desarrollo de la industria y el comercio.

Hemos rehuido con todo empeño las cuestiones políticas (…) Nosotros, reconociendo que el Diario ha procedido correctamente, hemos extremado la prudencia, dedicando la atención en nuestros editoriales a la política española, a los anuncios relacionados con la industria y el comercio y o a las cuestiones internacionales.5

El poder económico les permitía maniobrar con cautela para mantener el estatus logrado. Pero la propia inestabilidad política y el estado de indefinición con respecto al futuro de la isla los hacían reaccionar con gran sentido de oportunidad práctica. Estudiando el Registro de Españoles, que vencería el 11 de abril de 1900, nos percataremos hasta dónde analizaron la conveniencia de poseer la ciudadanía cubana o la española. Entre muchas opiniones, decía La Unión Española:

Nosotros únicamente indicamos que, siendo el acto de la inscripción, un acto grave, de trascendencia política enorme, convenía a los españoles pensar bien lo que hacían y esperar a que el tiempo fuera indicando en cada caso concreto lo más prudente. Lanzarse bajo la guía del sentimiento a conservar la nacionalidad española, sin ventaja al- guna positiva para nuestra patria, y con daño tal vez irreparable para el que se inscribiera no podíamos aconsejarlo. Renegar de nuestra bandera tampoco. De aquí se deduce que la cuestión de la inscripción, y por consecuencia de la aceptación o renuncia de la nacionalidad originaria, es para los españoles de Cuba una cuestión de oportunidad, de conveniencia práctica, que no puede resolverse con preceptos generales, sino adaptando en cada caso particular un criterio distinto? 6

La campaña logró gran alcance. Y a pesar de la veleidosa y precaria concordia con los cubanos, el temor ante el proceder futuro de los yanquis y de un posible gobierno de nativos, prestos según ellos a arrebatarle algunos derechos y prerrogativas, los mantuvo en vilo hasta la propia instauración de la república. La duda y la ambigüedad con respecto a la finalización del Registro el 11 de abril de 1900 lo confirmaban.

Unión Española, La Habana 2 de septiembre de 1899, ed. mañana, año II, no. 208, p. 2
Unión Española, La Habana 2 de septiembre de 1899, ed. mañana, año II, no. 208, p. 2

Los americanos se han conducido de suerte que estando a punto de expirar el plazo concedido a los españoles para declarar su deseo de conservar su nacionalidad, el problema cubano, dicho sea sin ánimo de mortificar á nadie, permanece tan oscuro y problemático como el día que se suspendieron las hostilidades. Y esto es una grave dificultad. El gobierno estable ofrecido por los Estados Unidos no se vislumbra todavía, y para colmo de desventuras, en el campo de la prensa cubana, elementos que algún día pudieran llegar a ser gobierno si la intervención terminase, propagan en repetidos artículos ideas de intransigencia tales, que sería de temer para ese día la iniciación de una campaña de cortapisas y vejámenes contra los españoles des- de las esferas oficiales. Ya que no se les permitiera ejercer determinadas profesiones (…) Ya que con la misma muletilla decretarán la expropiación forzosa de sus bienes raíces y otras limitaciones y trabas por el estilo.7 (sic)

De hecho, ante tal temor, un gran por ciento dejó de registrarse. El censo de 1899 exhibió la cifra de 129,240 españoles. Y en el Registro la cifra total de ciudadanos de esa procedencia fue de aproximada- mente 63, 646, mucho menor a la cantidad de hispa- nos contabilizados en la isla.8 No obstante, a los españoles convertidos en cubanos la situación también les permitiría prerrogativas políticas. Los hispanos estaban logrando acomodarse al nuevo escenario. De inmediato accedieron a puestos en las alcaldías y en la administración pública como policías, miembros de la guardia rural, carteros, serenos, trabajadores del cementerio y de las oficinas administrativas, entre otras ocupaciones. Además, en la esfera laboral ocuparon cuantos puestos les fue posible. Y a pesar de la incertidumbre y de la cesión de algunas marcas famosas de tabaco a firmas inglesas y norteamericanas y la venta de otras propiedades, el capital hispano continuó su carrera inversionista en las diversas esferas de la economía. También las sociedades regionales españolas se encargarían del recibimiento y ubicación laboral de sus inmigrantes.

El arribo de españoles continuó. Influyó además la petición expresa de los recién creados partidos políticos cubanos abogando por la inmigración deseada, referida a la europea, pero en particular la española. La herencia de la esclavitud, con todas sus secuelas, gravitaría durante mucho tiempo. El prejuicio y la subvaloración a la raza negra y mestiza estarían presentes en cada acto de la vida del país. Por eso la inmigración deseada blanca se convirtió en emblema y hasta en clisé de la prensa nacional, tanto cubana como española, aunque al alentarla no solo perjudicaba a la raza negra, sino a la población cubana en general.

Y aunque en las selectivas y elitistas elecciones de 1900 y 1901 muchos patriotas cubanos predominaron al frente de las estructuras de los gobiernos locales por el prestigio ganado en la guerra, la situación de los trabajadores cubanos mantuvo los signos discriminatorios de la colonia. Las tendencias reformistas y, especialmente anarquistas, continuaron gravitando en el ambiente laboral. Las huelgas fueron el síntoma principal de las necesidades obreras. Pero un nuevo fenómeno comenzaba a hacerse visible en el panorama obrero. Ante la derrota de España, los cubanos aumentaron su autoestima nacional y abogaron por prevalecer en el concierto público en medio de tensiones con los interventores y con los robustecidos españoles. Desde varios periódicos, o desde cualquier otro modo de manifestación, asumieron el lema de Cuba para los Cubanos, como expresión auténtica de los tiempos. El periódico Patria expresaba permanentemente este criterio, al igual que otros medios comunicativos.

En ese difícil lapso conciliativo con los españoles prevaleció la idea de la Cuba cubana, apelando en lo posible a la hermandad entre los antiguos contendientes. Aunque realmente en el plano laboral esa ideal concordia fue acaso circunstancial. En el proceso antagónico entre el capital y el trabajo, la tendencia Unión Española, La Habana, 23 de febrero de 1900, ed. tarde, año III, no. 47, p. 1. anarquista alcanzó niveles extraordinarios. Los anarquistas aumentaron, sin dudas, la capacidad de lucha de los obreros para enfrentar a los propietarios, pero su estrecha percepción de los objetivos los mantuvo alejados de cualquier otro empeño político. Salvando las diferencias de procedimientos, tanto el reformismo como el anarquismo conservaron un perfil economicista evidente. La contienda por la reducción de las horas laborales y otros beneficios los mantenía alejados de un alcance mayor de sus propósitos. Si bien los cubanos asumieron esas posiciones dentro de estas tendencias obreras, fueron muchos españoles quienes llevaron el protagonismo. Por otro lado, mientras en 1900 el periódico La Unión Española recomendaba a propietarios, comerciantes y profesionales españoles actuar de acuerdo con sus intereses en el Registro, en el caso de los peones y los obreros de ese origen los exhortaba a inscribirse como ciudadanos españoles sin riesgo alguno. Y con profunda subestimación hacia ese sector, expresaba: «Con respecto al proletariado, condenado a la indigencia en todas partes, y no exigiéndoseles condiciones políticas para labrar la tierra y demás faenas mecánicas, dicho se está que se encuentra en perfecta aptitud de seguir el consejo del Casino de Cienfuegos.»9

Es decir, inscribirse como españoles. Este fenómeno patentizó el gran número de ciudadanos españoles establecidos en los sectores laborales del país. Era inevitable la nueva contradicción, prácticamente antagónica, entre españoles y cubanos. Sus primeras y más indudables manifestaciones aparecieron en la huelga de los albañiles, tan temprano como agosto-septiembre de 1899. Aunque la petición inicial dirigida por los anarquistas concibió la reducción del horario laboral y el aumento salarial dentro del sector de la construcción, la huelga evolucionó hacia un sentimiento nacionalista al extenderse la protesta a mu- chas más ramas obreras. El retorno de los emigrantes cubanos de Estados Unidos en busca de trabajo luego de la guerra comenzó a gravitar de modo creciente en los medios laborales. El enfrentamiento fue inevitable. Y en medio de la huelga nació la Liga General de Trabajadores Cubanos, creada precisamente por muchos cubanos retornados. Aunque en su seno existían elementos reformistas, anarquistas y socialistas, sus bases programáticas evidenciaron la defensa a ultranza a los nativos, en especial a los retornados del exilio, patentizado en un llamado general a los obreros del país. Entre ellas formulaba

Primero – Que los obreros cubanos en general disfruten de las propias ventajas y garantías de los extranjeros empleados en las distintas industrias del país.

Segundo – Gestionar por todos los medios cuánto tienda a proporcionar ocupación en los talleres a los emigrados cubanos, cuya repatriación se hace necesaria.

Quinto – Estar preparados a la defensa contra todo elemento nocivo que por algún medio pretenda obstaculizar la buena marcha de la República de Cuba.10

En su primer manifiesto, «Al Pueblo de Cuba», la Liga hacía referencia al desplazamiento del cubano en variadas esferas laborales. Inicialmente comentaba de la rama del tabaco, donde los españoles poseían grandes propiedades y conservaban con absoluta preferencia a los trabajadores de ese origen. Y ampliaba:

Al trabajador cubano, en algunas de las más importantes industrias del país, se le cierra el paso a su actividad y a su aptitud en favor exclusivo de elementos extranjeros que la monopolizan en provecho propio. (…) El comercio en su alta y baja esfera es campo cerrado para ellos. (…) El calzado fino hecho en el país es en su mayor parte obra de extranjeros. El aprendiz cubano es casi desconocido en ese ramo. Para este queda la baja industria, la vaqueta. En la panadería, la artesa. En talleres de lavado, solo la humilde y esquilmada lavandera. En el corte y modelo de prendas de vestir, la tarima, o séase la aguja. (…) Una nueva amenaza se cierne sobre el obrero cubano. La contratación en países extranjeros de obreros constructores, albañiles, carpinteros, etc: profesiones en las cuales no ha penetrado todavía, aunque algo existe, el virus del proteccionismo extranjero. Los viejos elementos del integrismo español, batidos por sus propias torpezas en el campo político, se yerguen altivos y dominadores en el campo económico social. (…) Nosotros queremos unión, paz, concordia, pero con dignidad. No pedimos, no pediremos nunca, exclusiones; pero no estamos dispuestos a tolerar por más tiempo que se nos excluya…11

Evidentemente, este documento mantenía viva la llama nacionalista, no solo en el campo laboral, sino en aspectos que comenzaban a incidir en la dependencia del cubano en relación con todo el capital extranjero. Ante la irrupción de la Liga y en medio de la huelga cada vez más amplia, el gobernador interventor en La Habana, general William Ludlow, emitió un informe al general John R. Brooke, comunicándole su desaprobación y patentizando su subestimación por el pueblo de Cuba. Después de describir algunas ramas laborales en huelga y de comentar su improcedencia, decía:

Contemporáneo con estos acontecimientos, indicadores de la prontitud con que los obreros cubanos estaban acostumbrándose a la idea de coaccionar al público como un medio de asegurarse ventajas, se fueron formando bajo el título de «Ligas» y otras semejantes organizaciones políticas,12 comprobándose en muchos casos, que los líderes políticos y huelguistas eran los mismos individuos, aunque estos hechos no eran necesariamente dados a la publicidad. Estas organizaciones políticas fueron evidentemente estimuladas por las medidas propuestas para asegurar un censo con la subsiguiente perspectiva de la creación de un gobierno exclusivamente integrados por nativos para la isla.13

En ese contexto, algunas organizaciones anarquistas arremetieron contra la Liga por pretender dividir a los obreros. Ante tales hechos, Enrique Messonier, a la sazón líder de esa organización obrera, rechazó la intervención del general Ludlow y reafirmó su defensa al derecho al trabajo del elemento nacional nativo. Entre otras razones, aseguraba que los protestantes hispanos pertenecían a esos privilegiados y por eso les amarga

…que aquí, en país cubano, tenga que organizar- se una asociación para ver si puede abrirle paso al obrero nativo, en las distintas industrias, que, en fin, por el solo hecho de ser cubano se le rechaza. (…) Nuestra actitud no, es pues, perniciosa; es justa y además, hasta equitativa porque sólo nos limitamos a pedir que los obreros cubanos disfruten de las mismas ventajas y garantías que los obreros extranjeros, empleados en las distintas industrias del país.14

Luego de la emisión del informe del general Ludlow todo cambió. La huelga comenzó a disiparse y los periódicos que la celebraron como Patria y La Discusión cambiaron su actitud. Las esferas patrióticas cubanas temieron por la estabilidad política y por un posible aplazamiento de la salida de los yanquis del país. Evidentemente, el entramado laboral propiciaba garantizar sin grandes tropiezos el ingreso masivo de los españoles. Los cubanos, de hecho, debieron enfrentar simultáneamente la intervención yanqui y la ofensiva de una presumida concordia hispana. Otra huelga, ahora de tabaqueros, en febrero de 1900, vino a corroborar la pujanza de los españoles, cuando las pretensiones cubanas volvieron a chocar con la realidad. Un editorial de La Unión Española comentaba con acritud el hecho. Para iniciar su ataque, citaba al periódico Patria en extenso:

¡En las fábricas de Cuba no quieren que trabajen los cubanos! Se defiende el antiguo privilegio, por el cual el venido de fuera era el dueño de esta tierra y el maldito hijo de esta debía morir de inanición o vivir como paria o vagabundo. Los soberbios provocan el conflicto á la descubierta, declarando urbi et urbi que en esta tierra de Cuba en donde se están enriqueciendo, no habrá una migaja de pan para el cubano. ¡Nada de aprendices cubanos!

¡Nada de futuros trabajadores cubanos! ¡Vengan niños de Asturias y de Galicia! Cuba es de ellos, de todo el mundo menos de sus hijos.

Luego de esta cita, La Unión Española, con cinismo, humillaba a Patria.

Nadie más abonado que el elemento español para recibir semejantes rociadas, pues no es cosa de reconocer todos los días que la inmigración peninsular es la más conveniente para Cuba, ni que los braceros que llegan a estas playas no vienen a robar nada a nadie, sino a fecundar esta tierra, tan fértil como inculta, con el sudor de su frente y a emplear útilmente su actividad en beneficio de todos. Tiempo es que los cubanos que piensan como Patria salgan de su error y sepan que el hecho del nacimiento puede dar determinados derechos políticos sobre los que hayamos nacido en otras tierras, pero que dentro de sus casas, de sus establecimientos, de sus fábricas (…) son tan soberanos como ellos en las suyas, y que si los capitalistas concedieran alguna preferencia a sus compatriotas, no procederían mal ni se harían acreedores por ello a censura alguna, pues eso sucede en todos los países del mundo. (…) La huelga de tabaqueros tiene su origen exclusivamente en el antagonismo entre el capital y el trabajo…15 (sic)

Ambos argumentos de La Unión Española reflejaban la fortaleza de la comunidad hispana en Cuba. Por un lado, si el Tratado de París les permitió amplias prerrogativas; por la otra, les posibilitaba poder emplear en cualquier sector, sin impedimento alguno, a todos los compatriotas arribados al país. Otro ejemplo de imposición hispana. Ante la creación de un supuesto partido obrero, creado en la ciudad de Cienfuegos en octubre de 1901, el Diario de la Marina citaba al periódico La Correspondencia y reflejaba la discriminación hispana. Previendo la constitución futura del estado cubano, el partido creado planteaba entre sus bases: Quinta: «Protección por parte del estado de las industrias agrícolas, manufacturera y comercial, ejercidas en el país por los cubanos nativos, y a la marina mercante destinada a la navegación internacional.» Octavo: «Reglamentación del trabajo desempeñado por extranjeros en los establecimientos industriales.»

Unión Española, La Habana, 23 de febrero de 1900, ed. tarde, año III, no. 47, p. 1
Unión Española, La Habana, 23 de febrero de 1900, ed. tarde, año III, no. 47, p. 1

Ante tal hecho, el periódico respondió autosuficiente, ofendido y un tanto exagerado. Comentaba que esa ley imposibilitaría a los ciudadanos españoles o a los convertidos cubanos, de acuerdo con el Tratado de París, acceder a sus industrias y bienes, si los cubanos formaran un gobierno. Entonces …tendrán que cerrar sus fábricas y sus comercios, asediados por la guerra oficial que le hará el Estado (…) Para la inmigración española no habrá cuartel… (…) Hay aún quien ignora o quiere ignorar que el 90 por ciento de las industrias y el 75 por ciento de la riqueza general del país, está en poder de los españoles y que arrancar de Cuba esas fuerzas vitales equivaldría a cortarle las piernas y los brazos a un hombre que tuviera necesidad imprescindible de esos miembros para ganarse el sustento. (…) Ahí se ve una emboscada al elemento español con objeto de ahuyentarlos de aquí, y nada más, sin tener en cuenta que eso es tan absurdo como querer tocar el cielo con la mano.16

La imposibilidad cubana de controlar el capital hispano constituía el reflejo de su debilidad y del so- metimiento a los dictados de la potencia interventora. La propia contradicción de los cubanos entre el interés por posesionar al nativo frente de los destinos del país y su propio empeño por atraer la inmigración blanca, con todas sus exageradas prerrogativas, era una muestra más de su impotencia y su desajuste estructural. Pero no sería todo. Los yanquis, antes de marcharse del país, luego de imponer la Enmienda Platt, emitieron la Orden Militar 155, conocida como Ley de Inmigración, que afianzaba la entrada indiscriminada de españoles al país. Al no permitir la contratación de colonos ni la inmigración china, consintió la entrada de los hispanos. Emergían las condiciones para el establecimiento en grande del capital extranjero en general y, el hispano en particular, y se abrían aún más las puertas a una continuada inmigración española.

Con el advenimiento de la república, los cubanos asumieron el poder político mediatizado por la Enmienda Platt yanqui. Aumentó en gran escala la inversión extranjera, limitando aún más la independencia alcanzada. Los españoles lograron sobreponerse y su política abroquelada en una autonomía defensiva los convertía en una fuerza poderosa, permitiéndoles crear lo que el historiador Jorge Ibarra calificó de un estado dentro del propio estado cubano.17 Los cubanos quedaron atrapados entre dos grandes poderes, la abusiva intromisión yanqui, que impuso su dominio, y el incremento económico y poblacional de los españoles. Más que concordia, realmente predominó un inevitable conformismo de los cubanos ante la nueva realidad impuesta.

Paradójicamente, el carácter liberal en los asuntos domésticos del nuevo gobierno constituyó un agravante, porque «…la intervención limitada del estado en la economía (…) abrió espacios significativos para que la discriminación operara libre de obstáculos en el mercado laboral.»18 Todo repercutió en el movimiento obrero. Además de la inevitable contradicción capital-trabajo, con sus secuelas permanentes por las demandas obreras, el conflicto cubano-español mantuvo vigencia en los medios laborales en las tres primeras décadas del siglo XX. Y aunque el movimiento obrero alcanzó durante la década del veinte un formidable radicalismo e, incluso, una gran unidad multiétnica, el conflicto gravitó de modo soterrado durante todo ese tiempo. Solo comenzaría a resolverse parcialmente durante el período de la crisis de principios de los años treinta con la emisión de la controvertida Ley de Nacionalización del Trabajo o del Cincuenta por Ciento. Esta ley vino a otorgarle a los cubanos nuevas posibilidades laborales, en un momento de gran expectativa social durante el gobierno de Grau-Guiteras, conocido también como el gobierno de los Cien Días. Fue el comienzo de un periodo de cubanización que culminaría con la Constitución de 1940, donde se plasmó definitivamente el derecho prioritario del cubano al trabajo.

 

 

Notas:

 

  1. Juan Pérez de la Los recursos humanos de Cuba al comenzar el siglo: inmigración, economía y nacionalidad (1899- 1906), pp. 7-44 y a Fe Iglesias García. «Características de la inmigración española en Cuba 1904-1930», en Nicolás Sánchez Albornoz (comp.). Españoles hacia América. La emigración en masa, 1880-1930; María de Carmen Barcia. «Un modelo de inmigración “favorecida”. El traslado masivo de españoles a Cuba», en Catauro, año 3 no. 4, pp. 36-54, La Habana, 2001
  2. La cifra de españoles civiles pasó de 193 970 en 1890 a 223 225 en diciembre de 1894, sin contar las decenas de miles de militares y funcionarios de ese origen, en Juan Pérez de la Riva. Ob. cit., tabla 8, páginas 34-35
  3. Instituto de Historia del Movimiento Comunista y de la Revolución Socialista de Cuba. Historia del movimiento obrero cubano, 1865-1958. Tomo 1, páginas 21-95.
  4. Reglamento del Casino Español. La Unión Española, La Habana, 22 de febrero de 1900, ed. mañana, año III, 45, p. 2.
  5. La Unión Española. La Habana, 21 de enero de 1900, ed. mañana, año III, no. ilegible, p. 2.
  6. La inscripción de los españoles. La Unión Española. La Habana, 22 de febrero de 1900, mañana, año III, no. 45, p. 2.
  7. «La Inscripción en el Registro.» La Unión Española. La Habana, 7 de marzo de 1900, año III, no. 57, p. 2. Entre algunos periódicos procubanos se encontraban Patria, El Reconcentrado, El Cubano, La Discusión…
  8. Archivo Nacional. Fondo Secretaría de Estado y Gobernación. Índice de Actas de Españoles que han optado por su nacionalidad en conformidad con el artículo IX del Tratado de París de 10 de diciembre de 1898.
  9. Libertad de La Unión Española. La Habana, 11 de marzo de 1900, ed. mañana, año III, no. 60,
  10. 2.
  11. Instituto de Historia del Movimiento Comunista y de la Revolución Socialista de Cuba. Historia del movimiento obrero cubano, 1865-1958. Tomo 1, 128.
  12. Primer Manifiesto de la Liga General de Trabajadores Cubanos. Instituto de Historia del Movimiento Comunista y de la Revolución Socialista de Cuba. El Movimiento Obrero Documentos y Artículos. Tomo 1, p. 177-183.
  13. Ya en esta fecha Diego Vicente Tejera había creado el Partido Socialista Cubano y el 7 de noviembre, durante la huelga, daba a la luz el programa del continuador Partido Popular, que pretendía incidir en la lucha de los obreros.
  14. Hortensia Pichardo. Documentos para la Historia de Tomo 2. p. 46-50.
  15. «Los obreros. Habla Messonier». La Lucha, La Habana, 30 de septiembre de 1899, año XV, p. 8.
  16. «Error Inveterado». La Unión Española. La Habana, 7 de febrero de 1900, ed. mañana, año III, no. 32, p. 3.
  17. «La Prensa». Diario de la La Habana, 25 de octubre de 1901, año LXII, no. 254, p. 2.
  18. Jorge Ibarra: Cuba: 1898-1021. Partidos políticos y clases p. 183.
  19. Alejandro de la Una nación para todos. p. 126.