1898 fue un año de trascendental relevancia para la historia de Cuba, como lo sería con posterioridad 1959. En este caso la significación, bien conocida, no amerita explicación alguna; en cambio la fecha anterior, mucho más lejana en el tiempo, requiere de algunas precisiones. En la alborada de aquel año, con redoble de cañonazos, la corona española declaró oficialmente la autonomía de Cuba. Una nueva circunstancia política, administrativa y judicial se inauguraba, con presencia protagónica de reconocidos intelectuales cubanos como Rafael Montoro, Eliseo Giberga y Rafael Fernández de Castro; pero bajo el ojo vigilante del Gobernador General, Ramón Blanco, y del régimen de Madrid. Mientras tanto en los campos cubanos los mambises continuaban su lucha tenaz por la independencia, sin capitulaciones ni conversaciones de paz de ningún tipo. Habían caído gloriosamente en combate figuras cimeras como José Martí y Antonio Maceo, pero a pesar de muchas adversidades y de casi tres años de guerra transcurridos la voluntad emancipatoria de los combatientes cubanos no había disminuido. En pie se mantenían los generales Máximo Gómez, Calixto García y otros altos oficiales que podían ostentar muy elevados galardones conquistados en el campo de batalla.
Mas resulta obligatorio reconocer que la proclamación del régimen autonómico erosionó en cierta medida la integridad del Ejército Libertador y un número apreciable de combatientes depusieron las armas y se presentaron ante las autoridades españolas. El caso más notorio fue el del general santiaguero Juan Masó Parra, quien el 19 de enero de aquel año firmó su acta de capitulación, así como la de varios oficiales y soldados bajo sus órdenes junto con sus armamentos, víveres y caballos.1
En realidad el gobierno autonómico solo funcionaba en La Habana y en otras ciudades importantes como Santa Clara, Cienfuegos y Puerto Príncipe, mientras carecía de presencia efectiva no solo en los campos de Cuba Libre, sino en las zonas rurales intrincadas. Aquella desesperada solución de la corona española para frenar el ímpetu independentista de los cubanos concitaba el repudio tanto de los mambises como de los sectores integristas más recalcitrantes, quienes solo admitían el mandato de las fuerzas españolas y la política implacable contra los revolucionarios y sus simpatizantes empleada hasta poco antes por el sanguinario general Valeriano Weyler.
En aquel contexto de pasiones contrapuestas exaltadas había comenzado a publicarse en La Habana un semanario titulado El Reconcentrado, dirigido por Ricardo Arnautó y, según algunas versiones, financiado en secreto por Mr. Fitzburg Lee, el Cónsul General de los Estados Unidos en La Habana, para desacreditar al ejército español, en particular el mandato del general Weyler y sus decretos inhumanos de la reconcentración de los pobladores en los campos. Como parte de su campaña beligerante, amparada por cierta libertad de prensa que había establecido el ejecutivo autonomista, en sus páginas apareció el siguiente suelto, sin firma, que a pesar de su brevedad causó un gran revuelo.
Fuga de granujas
En el vapor Montserrat marcha para la madre patria el capitán Sr. Sánchez, ejecutor de aquellas órdenes terribles del Sr. Maruri, que todos recordamos.
El capitán Sr. Sánchez ha tenido la desgracia de perder a su esposa, pero en cambio ha hecho ver- ter mucha sangre y muchas lágrimas a infinidad de madres cubanas.
El Reconcentrado, 12 de enero de 1898 2
Aquel suelto provocó la indignación de un grupo de jóvenes oficiales españoles reunidos en el café del teatro Albisu, quienes decidieron marchar en tropel hasta la redacción de El Reconcentrado, que se encontraba situado en la concurrida calle Obispo, para darle un escarmiento a su director, el libelista Ricardo Arnautó, y al cuerpo de redacción en su conjunto. Por el camino se unió al belicoso grupo un número considerable de voluntarios e integristas de todos los pelajes, quienes formaron una verdadera brigada de respuesta rápida. Acerca de lo acontecido en el lugar vamos a reproducir la información, no exenta de ironía, que brinda el historiador catalán José María Labraña Oriol
Reconcentrado, El (1898) Habana. Semanario político y de batalla. Fundador-director: Ricardo Arnautó. En línea de combate, un centenar de oficiales del ejército español asaltaron las oficinas de la redacción y la imprenta, destrozando bizarramente cuantos muebles y utensilios indefensos encontraron a su paso. Se supone que fueron propuestos para un ascenso. Enterada Eva Canel en el estado mayor del ejército español de los planes de ese combate, tuvo la gentileza de poner en guardia a su irreconciliable colega Arnautó, gracias a lo cual se salvó de una y buena.3
Aquella horda embravecida después de causar grandes destrozos en El Reconcentrado se dirigió a las redacciones de La Discusión y del Diario de la Marina, publicaciones que apoyaban al gobierno autonómico, con el objetivo también de destruir sus imprentas y su mobiliario; pero los empleados, ya sobre aviso, se parapetaron bien y resistieron la embestida hasta la llegada de las fuerzas del orden, que pusieron fin a aquella salvajada multitudinaria, aunque al día siguiente volvieron los alborotadores a concentrarse delante de estos periódicos con el propósito de asaltarlos y de nuevo tuvieron que hacerse presentes las fuerzas del ejército, en esta ocasión comandadas por el general Arolas. El día 15 retornó la tranquilidad a La Habana, pero se mantuvo en el ambiente una inquietud que abarcó a toda la ciudadanía.
Días después de aquellos sucesos, en la mañana del 25 de enero, arribó a la bahía de La Habana el acorazado norteamericano Maine, en visita de cortesía y de buena voluntad, según se proclamó entonces, aunque no pocos apreciaron aquella presencia como resultado de la preocupación de los Estados Unidos ante las revueltas ocurridas tras la salida de aquel suelto en El Reconcentrado y una amenaza velada, pues consideraban en posible peligro los intereses de los norteamericanos en Cuba. De cualquier forma, la llegada de aquella nave de guerra constituyó todo un acontecimiento y un número considerable de personalidades, periodistas y curiosos se acercaron al acorazado para admirar bien de cerca su estructura. Pero en la noche del 15 de febrero una terrible explosión destruyó casi completamente la nave y gran parte de su tripulación pereció o quedó muy mal herida.

A partir de aquel minuto el contexto político se enrareció e importantes sectores de los Estados Unidos comenzaron a señalar que el siniestro había sido provocado por una mina española colocada debajo del acorazado o por el impacto de dos torpedos, muy grave acusación que fue desmentida de inmediato por las autoridades de La Habana. No obstante la voluntad de estas de crear una comisión, con presencia incluso de expertos de otros países, para esclarecer las causas de la catástrofe, los ánimos de venganza se exacerbaron en el poderoso vecino del norte, impulsados por la notable influencia de la prensa sensacionalista. De nada valió que la Comisión Técnica española demostrase que la explosión había ocurrido de adentro de la nave hacia afuera y no en sentido contrario.
El proceso de lo que ocurrió a continuación resulta conocido: el 11 de abril el presidente de los Estados Unidos, William McKinley, afirmó ante el Congreso que la voladura del Maine había sido causada por un agente externo. Ante ese dictamen las dos Cámaras declararon en una Resolución Conjunta que el pueblo de Cuba era y debía ser libre e independiente y que era deber de los Estados Unidos exigir que el gobierno español renunciase inmediatamente a su autoridad y gobierno en Cuba. Evidentemente era una declaración de guerra. Poco después, el día 22, la Gaceta Oficial dio a conocer una alocución del Gobernador General, Blanco, en la que anunció la ruptura de las relaciones amistosas con los Estados Unidos y el inicio de las hostilidades entre los dos países. Al mismo tiempo hacía un llamado a la movilización de todas las fuerzas militares en Cuba. Los norteamericanos, por su parte, comenzaron un bloqueo naval a la isla, fundamentalmente de sus principales puertos, para impedir la llegada de nuevas tropas procedentes de la Península, así como municiones, víveres y otros productos esenciales. Las primeras escaramuzas entre los antagonistas se sucedieron y en los días siguientes las naves situadas frente al litoral habanero comenzaron a lanzar bombas contra la ciudad, que redobló sus fortificaciones. De nada había servido la mediación del papa León XIII para impedir la guerra.
Muy pronto el bloqueo incidió en el comercio y los precios de los alimentos se dispararon. Las donaciones de víveres que habían llegado tan solo unas semanas antes, procedentes de España y de la colonia hispana en México, desaparecieron. A pasos agigantados creció la especulación, el acaparamiento y la bolsa negra mientras ocurría un pánico financiero. Ya nadie se aventuraba a comprar acciones y la peseta española se devaluó aparatosamente; el dólar, la libra esterlina y el franco aumentaron su cotización. Una gran incertidumbre ante el futuro inmediato invadió a la ciudadanía, que en modo alguno se confió en la propaganda optimista de las autoridades ni en las exclamaciones patrioteras de los más animosos integristas, quienes aseguraban que los yanquis recibirían en Cuba una tremenda paliza. La hambruna se hizo más acentuada aún, en particular entre los sectores más humildes, y hasta constituyó un escándalo que por las calles se vendieran tamales no con carne de cerdo, sino de perro.4 También en muchas cafeterías habaneras se estableció la regla de que para comprar un panecillo había que solicitar una taza de café y consumir obligatoriamente el panecillo en el establecimiento.5 Pero en el Palacio de Gobernación no disminuían los banquetes de platos exquisitos y vinos españoles o franceses para el disfrute de la camarilla más encumbrada, los militares de elevada categoría, los que ostentaban títulos nobiliarios o estaban bien situados en el aparato administrativo o el judicial.
Aquel nuevo giro de la historia provocó, por un lado, el reforzamiento del ideal emancipatorio de los cubanos a partir de la contienda ya iniciada entre los Estados Unidos y España. Llenos de optimismo, vie- ron mucho más cerca la tan ansiada libertad de Cuba y la total ruptura de las amarras coloniales con la Metrópolis. Y como consecuencia de aquel entusiasmo retornaron a la manigua numerosos combatientes que habían depuesto las armas meses antes junto a otros que se iniciaban en la brega libertadora.6 También aquel giro histórico inesperado provocó, por otra parte, miedo colectivo y el deseo, incluso entre los sectores más hispanófilos, de escapar de cualquier forma de Cuba a través de aquellos barcos que, al no enarbolar la bandera española, podían sortear el bloqueo de los estadounidenses.
No escasean los testimonios que recogen la estampida que ocurrió entonces, fundamentalmente en La Habana, principal bastión del integrismo español. Veamos este recuento que ofrece el periodista gallego Waldo Álvarez Insúa, observador presencial de aquel hecho, en su novela histórica Finis. Los últimos días de España en Cuba (Madrid, 1901):
(…) innumerables españoles y cubanos marchaban a México, a Francia, a España, a los Estados Unidos; (…) entre los expatriados voluntariamente había Diputados a Cortes, Senadores, Diputados provinciales, altos empleados de la Administración colonial, Concejales del Ayuntamiento, Jefes de voluntarios, Médicos, Abogados, Ingenieros, hacendados, dentistas, comerciantes y profesores del Instituto y la Universidad; (…) este éxodo del terror o de la complicidad con el enemigo… (p. 187)
Y más adelante reafirma esta aseveración:
Cuantos barcos había disponibles en bahía para transporte de personas, salían materialmente llenos. Magistrados que no podían abandonar sus puestos; Catedráticos que estaban obligados a no faltar de su clase, y Diputados electos de la Cámara insular, escapaban aterrados de la ciudad, dirigiéndose a Santo Domingo, a New-York, a Jamaica y a donde querían conducirlos los consignatarios de las naves. La dispersión en los criollos era general. Todo el que podía, aunque no contase más que con un centén, se marchaba. (p. 199)
Y ya para concluir:
(…) contestaban los banqueros más respetables, las Condesas más aristocráticas, los Diputados provinciales y Senadores de mayor prestigio, los empleados mejor retribuidos, escapándose a México y a Santo Domingo, en balandros desvencijados, lanchones sin gobierno y goletas que amenazaban irse a pique al más ligero movimiento del mar. Y escapábanse pagando mil y mil quinientos pesos oro por cada pasaje, comiendo rancho de la tripulación y durmiendo en amigable consorcio con esta. (pp. 264-265)
Los más timoratos, temerosos de recibir el menos- precio de los que decidían permanecer en Cuba, preferían marchar calladamente al puerto de Sagua la
Grande para abordar la goleta Chateau Lafitte, que los llevaría a las Bahamas, a Jamaica o a otras posesiones inglesas en el Mar Caribe. Y ante aquella desbandada que protagonizaban incluso hombres que el día antes vociferaban públicamente su fidelidad a la Madre Patria, a un bromista se le ocurrió la idea de decir de aquellos fugitivos «que se habían puesto el camisón», una prenda femenina que se usaba entonces para dormir o para permanecer dentro del hogar. Así, en las tertulias en los cafés o en las reuniones de amigos en los parques se hizo habitual la noticia burlona: «¿Ya se enteraron? Fulano de Tal se puso ayer el camisón.»7 El desenlace de la llamada guerra hispanocubana- norteamericana ocurrió semanas después, cuando el gobierno de Madrid decidió enviar a Cuba la endeble flota española para enfrentar a la poderosa escuadra de Norteamerica. Las aguas que bañan la ciudad de Santiago de Cuba fueron testigos de un sacrificio inútil que le costó la vida a cientos de marinos españoles y la destrucción de casi todas las naves comandadas por el almirante Cervera. De nada sirvió la quijotesca acción de este valiente oficial como tampoco la brava resistencia del general Vara del Rey en El Caney. Fue el principio del fin de la dominación colonial española no solo en Cuba, sino también en Puerto Rico y en Filipinas. Después vendrían la firma del Tratado de Paz de los Estados Unidos y España en París y la paulatina evacuación del ejército y de los funcionarios administrativos y judiciales de la ya exMetrópolis. Al iniciarse el año 1899 la bandera de España fue arriada en toda Cuba y en su lugar se colocó la de los Estados
Unidos. Así se inició la primera intervención norteamericana en nuestro país. El expansionismo yanqui había triunfado.
Posdata: En realidad los motivos de aquella estampida que sucedió en 1898 eran infundados. Los ocupantes norteamericanos no pasaron a cuchillo a nadie ni cometieron saqueos ni violaron mujeres, y los fugitivos pocos meses después pudieron regresar tranquilamente a Cuba e incluso recuperar sus cuentas bancarias, bienes inmuebles, terrenos e industrias, en el caso de que los tuvieren, gracias al resguardo que les proporcionaba el Tratado de Paz de París.
En los últimos tiempos nuestro país ha conocido una estampida mucho más multitudinaria. En verdad se inició en 1959, y en los años siguientes alcanzó momentos de mayor o de menor intensidad; pero las cotas observadas en fechas más recientes resultan alarmantes y han provocado incluso un notable descenso de la población. La crisis nacional, que abarca la alimentación, el transporte, la electricidad, los medicamentos, la higiene ambiental, los servicios médicos, la vivienda, ¡el agua!…, ha impelido a decenas de miles de cubanos a marcharse del país. En improvisadas embarcaciones rumbo a la Florida, a través de Nicaragua, cruzando la peligrosa Selva del Darién o arriesgando la vida en territorios mexicanos controlados por la delincuencia organizada, intentan desesperadamente arribar a los Estados Unidos, mientras otros emigrantes acuden a vías menos peligrosas y se dirigen a España, a Uruguay, a Italia, a Colombia… Este éxodo, protagonizado principalmente por jóvenes deseosos de alcanzar una vida más plena, también está integrado por niños y por ancianos que creyeron tener asegurados sus últimos años en Cuba y en cambio deberán enfrentar circunstancias muy diferentes lejos del suelo patrio y soportar, como diría el poeta turco Nazim Hikmet, el «duro oficio del exilio». Mención aparte merecen otros que sin el menor escrúpulo echan al cesto de la basura su militancia comunista, rompen los diplomas de reconocimiento que les otorgaron en su día los Comités de Defensa de la Revolución, la Federación de Mujeres Cubanas, el Ministerio del Interior o las Fuerzas Armadas Revolucionarias, reniegan del compromiso inquebrantable con el socialismo y con la Revolución que enarbolaron en el pasado y también «se ponen el camisón».
El filósofo Karl Marx estampó en su obra El 18 Brumario de Luis Bonaparte (1869) una frase que ha hecho fortuna: «La historia ocurre primero como tragedia y después como farsa». En el caso que nos ocupa, la estampida ocurrida en Cuba en 1898 y la que presenciamos en nuestros días, me atrevo a considerar que hay que invertir dicha sentencia. En aquella lejana ocasión prevaleció la farsa, sin dramas ni mayores consecuencias; en cambio esta que presenciamos consiste en una verdadera tragedia cuyo final no se avizora a pesar de la reiteración de viejas consignas y promesas infundadas.
Notas:
- Diccionario enciclopédico de historia militar de La Habana, Ediciones Verde Olivo, 2001. Tomo I, pp. 247-248.
- Tomado de la página web Remember the www.eldesastredel98.com. Pablo Maruri de la Portilla era el alcalde de Guanabacoa y según varias versiones, en complicidad con el comandante Narciso Fonsdeviela, ordenó cometer numerosos abusos contra los sospechosos de ser infidentes o colaboradores de los mambises. El caso más execrable fue la matanza efectuada en el barrio La Jata el 26 de diciembre de 1896. No hemos podido precisar el nombre completo del capitán Sánchez y los crímenes que cometió.
- Labraña, José M. «La prensa en Cuba». En Cuba en la Enciclopedia popular ilustrada. La Habana, Úcar, García y Cía, 1940, p. 729. La periodista y narradora asturiana Eva Canel sostenía una férrea posición integrista, hispanófila y conservadora, pero al menos en esta ocasión se comportó dignamente y con sentido de compañerismo. Semanas más tarde Arnautó logró sacar de nuevo su publicación, que con salidas irregulares sobrevivió hasta 1915, aproximadamente. Fogoso polemista, se vio involucrado en numerosas controversias políticas y periodísticas, como atestigua el poeta y narrador asturiano Alfonso Camín en su deliciosa autobiografía Entre palmeras (Vidas emigrantes). México, Revista «Norte», 1958, pp. 407-409. En esta evocación asegura que había nacido en Veracruz, México. Los últimos años de Arnautó transcurrieron de modo mucho más plácido y murió en La Habana el 13 de septiembre de 1943.
- Véase el capítulo «Tamalitos calientes» en El bloqueo de La Habana. Cuadros del natural. La Habana, Imprenta Rambla y Bouza, 1905, de Isidoro Corzo, pp. 187-195.
- «Panes y panecillos». En ídem, 111-113.
- Véase la excelente investigación de Francisco Pérez Guzmán Radiografía del Ejército Libertador 1895-1898 (2005).
- «Camisones para hombres». En El bloqueo de La Haba- Cuadros del natural. Obra Citada, pp. 117-123.


