Acercarse y no acercarse: el juego de las escondidas

Por: Alberto García Fumero

En una de sus obras el teólogo alemán Karl Rahner (1904-1984) decía que «el cristiano del siglo XXI será un místico, o no será».

¿Se apresuró demasiado? Nos hallamos en un siglo en el cual por todas partes resuena, diríamos que retumba ensordecedoramente, la palabra ciencia. Lo que no resulta matemáticamente demostrable no existe. Lo que mediante cualquier acrobacia de la lógica o atrevida interpretación de un juego de datos es al menos plausible, ya es ciencia. No hay lugar para sentimientos sin justificación algebraica. ¿Cómo podría coexistir con esta avalancha, y menos aún florecer, siquiera como flor de invernadero en el apartado rincón donde muchos han dejado a la religión, algo como el misticismo?

Sin embargo, el hombre del siglo XXI tiene sed de espiritualidad. Esta sed puede disfrazarse de búsqueda de sensaciones nuevas, de «unión con la naturaleza», necesidad de tener un punto de referencia fuera de sí mismo… en realidad, es sed de trascendencia. Sed de Dios, aunque no se le sepa dar su verdadero nombre.

En cualquier caso, el misticismo, entendido como el conocimiento experimental de la existencia de Dios, se nos presenta como una realidad que no ha desaparecido aún después de los avatares de dos devastadoras guerras mundiales, bombas atómicas, manipulación genética, máquinas que parecen razonar y crisis económicas incontrolables. Dios ha sobrevivido a todo esto, y aún espera pacientemente por nosotros. La palabra «experimental» aquí no remite a ensayos cuidadosos, en condiciones controladas, de fenómenos reproducibles que pueden probar o echar abajo una teoría. Remite a sentir, experimentar una presencia. Es contemplación, pero de ningún modo pasiva. Para llegar al éxtasis, el acto místico de unión con Dios, no basta con desearlo; hay que merecerlo. Y acogerlo con fe, cuando sucede. Dios es sumamente respetuoso del albedrío humano: llama quedo a la puerta, y no entra hasta que se le dice: «pasa».

Si bien el experimentar de esta forma a Dios es un don libre que Él concede, desde siempre se pensó que mediante el ascetismo y una meditación concentrada puede llegarse a las condiciones favorables; o sea, en cierta medida se aprende a merecerlo. De hecho, así fue con la propia santa Teresa.1

Quisiéramos, siquiera brevemente, meditar sobre esta forma de búsqueda y encuentro con Dios. Puesto que además de su contribución a la Teología y a la vida religiosa el misticismo generó, y seguirá generando, obras literarias de enorme valor, también analizaremos este aspecto. Aunque no es el misticismo un fenómeno exclusivamente católico, ni solamente cristiano, en nuestro mundo occidental el misticismo español (más bien del área de influencia cultural española, pues es casi imposible excluir al catalán Raimundo Lulio), especialmente el literario, es «el» misticismo. A este nos referiremos en el presente trabajo.

» Nacimiento

El misticismo español se origina en el siglo XVI; es un fenómeno del Renacimiento. Castilla, Andalucía y Cataluña fueron las regiones donde tuvo mayor representación. En el aspecto formal, en él se refleja el neoplatonismo. Tres elementos se combinaron para la obtención de este resultado único: la introspección llevada al límite, con un desasimiento total; un pensamiento moldeado por el tomismo y una lengua vernácula ya suficientemente desarrollada. Tal es el criterio de un eminente especialista en el tema.2

Tres son los pasos tradicionalmente propuestos en la mística para la unión del alma con Dios, según el Tratado espiritual de las tres vías, purgativa, iluminativa y unitiva de Bernardo Fontova (Valencia, 1390-1460). Penitencia y oración van preparando el alma; en la medida que estas surten su efecto, el alma se ilumina, hasta recibir (si es merecida) la deseada unión.

La meditación es causa; la contemplación, efecto:

«la meditación hiere con el eslabón el pedernal, la contemplación hace brotar la chispa», según Pedro de Alcántara. Para san Juan de la Cruz la primera es llamar a la puerta, y la segunda verla abrirse. También es necesario el vaciamiento de todo deseo y ambición; Francisco de Osuna OFM (1497-1540) expresa el vaciamiento del corazón del siguiente modo: «cuando los príncipes y grandes reyes vienen a posar en alguna casa, luego se desembaraza toda la casa, solo queda el casco de la casa vacío, porque el rey trae consigo todo lo que es necesario para su servicio y compostura… Un vaso, mientras que está en alguna mano que tiembla no puede ser del todo lleno sin se derramar; así nuestro corazón mientras el pensamiento que tiembla y no tiene sosiego lo tuviere, no es perfectamente lleno del Señor hasta que del todo lo aseguremos para que sea lleno de su plenitud».

En el desposorio espiritual el alma recibe nuevas y mejores alhajas; no vale pues la pena conservar las anteriores: «…comunica Dios al alma grandes cosas de sí, hermoseándola de grandeza y majestad, y arreándola de dones y virtudes, y vistiéndola de conocimiento y honra de Dios, bien así como a desposada en el día de su desposorio». Así nos dice en su Cántico Espiritual san Juan de la Cruz (1542-1591).

Pudiéramos pensar además que en ese renunciamiento ascético se ve una interpretación del desprendimiento de todo como kenosis, imitando al Creador en el acto de despojarse de todo (Flp 2,7) para ser solo un instrumento: «Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). Mirándolo desde otro ángulo: quien no se hace niño de nuevo, quien con toda confianza no se deja llevar de la mano del Padre, no entra en el Reino de los Cielos.

» El juego de las escondidas

Presencia inasible que en todas partes está, ciervo incapturable: ora se siente cercano, ora se siente lejano. Dios parece jugar a las escondidas, según el pensamiento de los místicos.

Ahora bien, ¿es posible esto, esta «captura»? ¿Es posible esta comunicación? ¿No está acaso todo dicho ya en los Evangelios? ¿A qué más?

Ciertamente, lo esencial dicho está; mas no se excluye esta comunicación personal. El hombre es el evento de una libre, gratuita e indulgente autocomunicación absoluta de Dios, nos dice la doctrina de la gracia santificante. Esta forma de comunicación es un misterio personal y absoluto para el hombre. De nuevo según Rahner: la autocomunicación está dada bajo el modo de cercanía, y no solo bajo el modo de una presencia que se ausenta.

Pero, ¿pudiera ser que esa comunicación se recibiera, dijéramos, como información? ¿Saber algo «sobre» Dios, que en verdad no es «recibir a Dios»? No, en absoluto. La unión mística con Dios no con- siste en el conocimiento de Dios mediante el pensamiento, sino el acto de experimentar la unidad con Dios por la fe y el amor. Autocomunicación significa que lo comunicado es Dios mismo, en su propio ser. Y autocomunicación divina significa además que puede comunicarse a sí mismo sin dejar de ser la realidad infinita y el misterio absoluto. El donador es en sí mismo el don.3

» La lenta aceptación

No siempre y en todas partes fueron aceptados de buen agrado los místicos; en ocasiones fueron calumniados, despreciados e incluso encarcelados, como ocurrió con san Juan de la Cruz. En algunos casos, dada la fuerte confrontación con las corrientes de pensamiento surgidas con la Reforma, se vio con sospecha todo lo relacionado con los místicos y el misticismo. Estos incidentes no podemos en absoluto medirlos con el criterio de ahora; conviene situarlos en el ambiente de la época.

Las lágrimas, pues, fueron lluvia que lava el alma y la preparó; en ocasiones para el sufrimiento. Peor era el caso si se trataba de mujeres. Aun mucho después, refiriéndose a este tema (la mujer opinando sobre cuestiones de religión), la ilustrada Sor Juana Inés de la Cruz sintió necesario, en la «Respuesta a Sor Filotea de la Cruz», tocar el tema mencionando explícitamente a la santa («… y ahora vemos que la Iglesia permite escribir a las mujeres santas y no santas, pues la de Ágreda y María de la Antigua no están canonizadas, y corren sus escritos; y ni cuando Santa Teresa y las demás escribieron lo estaban».)

 

» Para escuchar tienes que callarte

Quieres hablarle, y no comprendes que ya te respondió antes de que abrieras la boca. Dios llega como en un rapto, que no por anticipado se prevé; es un estar en guardia para dejarse atrapar. Pero hay más: el sujeto es un dato implicado en el conocimiento. Se conoce y experimenta con todo el ser. Esto es lo que significa el recogimiento activo de santa Teresa de Jesús. La comunicación es algo infundido, no entendido.

Santa Teresa lo expresa divertidamente, en su forma tan particular, tan directa: «El entendimiento, si entiende, no se entiende cómo entiende, al menos no puede comprender nada de lo que entiende; a mí no me parece que entiende, porque como digo, no se entiende; yo no acabo de entender esto». Y en palabras de San Juan de la Cruz:

Este saber no sabiendo Es de tan alto poder

Que los sabios arguyendo Jamás le pueden vencer. Que no llega su saber

A no entender entendiendo.

Solo la fe puede guiarnos en esta comunicación más allá de la comprensión humana; fuera de la fe (lo cual implicaría permanecer fuera de la gracia) no hay nada que pueda o deba ser una mediación para la visión de Dios. La mística es una teología «hecha de rodillas», que no se cansa de mirar hacia arriba.

Ahora bien, no es condición necesaria para el misticismo hacer un «sacrificio del entendimiento»; no es cerrarse a la razón y buscar un asidero en otra parte, cosa sin dudas menos fatigosa para la mente. A fin de cuentas la misma santa escribió en otra parte: «Es cosa muy conocida el conocimiento que da Dios para que conozcamos». Se trata de otra cosa. Es descubrir que el suelo cede bajo los pies y caemos hacia arriba.

¡Pero nada te espante! Lo expresa el conocido poema atribuido a la santa:

Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia

todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta.

¡Sólo Dios basta!

Diríase que la santa dialoga consigo misma. Como niño que teme a la oscuridad, como el salmista que no temió andar en valle de sombra de muerte, se dice a sí misma: Dios está aquí, no temas. Por otra parte, ritmo y concisión: dos nadas se usan en el poema para llegar a un todo; un todo que desemboca en un nada que finalmente todo abarca. Un contraste de absolutos para expresar lo Absoluto.

» Ciencia de amor para capturar a Dios

La mística del amor ya existía desde san Agustín, san Bernardo, san Buenaventura. La comunicación de Dios obra indefectiblemente para un entendimiento y amor inmediatos. «He pensado espantada de la gran bondad de Dios y regaládose mi alma de ver su gran magnificencia», en palabras de santa Teresa. De amor, pues se trata todo esto, no de un «saber» frío e intelectual que calienta el cerebro pero no llega al corazón. San Pablo ve ciencia de amor en el seguimiento de Cristo (2 Cor 10,5; Flp 1,9; Efe 3,19); para san Juan de la Cruz la ciencia de amor se redondea en la contemplación. Es la ciencia de las ciencias, la ciencia última. Osuna en su Tercer Abecedario Espiritual y Raimundo Lulio (1232-1316) habían explorado antes este camino. Para este último la contemplación se reduce a tres paradojas: es ciencia de amor, es amor de Dios condicional y a la vez desinteresado, y es un encuentro de amor que anuda juntos a Dios y al alma. También santa Teresa usará más tarde esta imagen de nudo:

¡O ñudo que así juntáis Dos cosas tan desiguales No sé por qué os desatáis, Pues atado fuerza dais,

A tener por bien los males! Juntáis quien no tiene ser Con el Ser que no se acaba; Sin acabar acabáis,

Sin tener que amar amáis, Engrandecéis vuestra nada. (O Hermosura que excedéis)

Esta acertada expresión: «juntáis quien no tiene ser con el Ser que no se acaba» da la justa medida de este nudo amoroso: en su condición de criatura y no obstante su pecado, el hombre se siente llamado constantemente por Dios, porque este se comunica y abre al ser espiritual del hombre de manera totalmente íntima; y así introduce todo su mundo espiritual en el horizonte del existencial sobrenatural (Heribert Fischer, Diccionario Teológico Sacramentum Mundi).

Luis de León habla del «lazo con que se añuda Cristo a nuestra alma…» describiéndolo como «ñudo dulce y estrecho». Osuna llama a esta forma de oración sabiduría, y sabroso placer, porque permite al hombre «saber a qué sabe Dios».

 

» Mi Dios ¿cómo te describo?

Si miras al sol de frente, a causa de tanta luz no ves nada. Así es también con Dios. Deja que Él te muestre qué ilumina y entonces verás. El mar no cabe en la palma de la mano; una gota sí.

El misticismo ha de expresar la Trinidad económica (idéntica con la Trinidad inmanente), en la que Dios, permaneciendo idéntico consigo mismo, se comunica enteramente en forma personal, y no solo a manera de apropiación. ¿Cómo describir esta experiencia tan personal? La búsqueda de formas de describir esta comunicación llevó a los místicos a usar todo tipo de imágenes, y como consecuencia no buscada, pero inevitable, llevar a grandes alturas la literatura. Ya hemos visto «El Ser que no se acaba», y las metáforas del nudo (ñudo); claro está que no son las únicas. Muchas otras formas aparecen en los escritos de los místicos.

El símbolo de la fuente cuyo fondo es insondable y es origen de todo abarca desde la necesidad de saciar la sed que motiva al viajero a buscarla, hasta la idea de que al mirarse en sus aguas no se ve uno mismo, sino que ve el reflejo de Dios, y resulta eco inevitable de la lectura del Evangelio de Juan, tan caro a san Juan de la Cruz (Jn 7, 37-38). Puede ser una fuente de agua viva de tres caños (la Trinidad), abundosa o tranquila; la noche oscura del alma (el no haber llegado aún a Dios o sentirlo lejano luego de una experiencia mística) quizás impida verla en su totalidad, pero por la fe se sabe que está ahí:

Que bien sé yo la fonte que mana y corre, Aunque es de noche.

Aquella eterna fonte está escondida, Que bien sé yo do tiene su manida, aunque es de noche.

En esta noche escura de mi vida, Que bien sé yo por fe la fonte frida, Aunque es de noche.

Su origen no lo sé, pues no le tiene, Mas sé que todo origen de ella viene, Aunque es de noche.

Bien sé que suelo en ella no se halla Y que ninguno puede vadealla, Aunque es de noche.

Sé ser tan caudalosos sus corrientes Que infiernos, cielos riegan y las gentes, Aunque es de noche.

El corriente que nace de esta fuente Bien sé que es capaz y tan omnipotente, Aunque es de noche.

El corriente que de estas dos procede Sé que ninguna de ellas le precede, Aunque es de noche.

 

Para san Juan de la Cruz la imagen de la noche resulta inseparable aquí del proceso de purificación, es la vía purgativa: «Que, por eso, como después diremos, pone Dios en la noche oscura a los que quiere purificar de todas estas imperfecciones para llevarlos adelante» (Subida al Monte Carmelo). Así como Dios es fuente, puede también ser llama; llama que consume y no da pena, más bien acaricia:

 

¡Oh llama de amor viva Que tiernamente hieres,

De mi alma en el más profundo centro! Oh lámparas de fuego

En cuyos resplandores

Las profundas cavernas del sentido Que estaba oscuro y ciego

Con extraños primores Calor y luz dan a su querido!

(San Juan de la Cruz, «Oh llama de amor viva»)

 

Esta llama hace que el alma, humilde madero, «se pone mucho más candente e inflamado hasta centellear fuego de sí y llamear». Ora el alma que busca a Dios es cazador, y el Creador la caza: «El ánima prende y arrebata a Dios con lazos de caridad y amor, porque Dios no se sabe negar al amor; antes luego se da por vencido como la garza cuando el halcón la prende» escribe Osuna, quien no olvida la recomendación (una lección de ascetismo) de tapar los ojos del halcón para que no persiga presa menos digna (Tercer Abecedario).

Similares ideas maneja san Juan de la Cruz. Y santa Teresa también usa el símil de la captura, presentando atrevidamente a un Dios prisionero:

Esta divina prisión

Del amor con que yo vivo Ha hecho a Dios mi cautivo, Y libre mi corazón;

Y causa en mí tal pasión, Ver a Dios mi prisionero,

Que muero porque no muero.

«(Vivo sin vivir en mí)»

 

Si bien en otros versos invierte los términos y ahora es el alma la prisionera y Dios el cazador:

Cuando el dulce cazador Me tiró y dejó rendida, En los brazos del amor Mi alma quedó caída.

Tiróme con una flecha Enerbolada de amor,

Y mi alma quedó hecha Una cosa con su Criador.

(«Yo toda me entregué y di»)

 

La absorción en Dios, y por Dios, no es aniquilación: «el alma vive muriendo hasta que matándola el amor la haga vivir vida de amor, transformándola en amor» (San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual). Para santa Teresa es «muerte do el vivir se alcanza» «(Vivo sin vivir en mí)».

» No solo ensoñación y sentir

Se engaña quien piense que los místicos se limitaban a la contemplación: las matemáticas, la geometría y la lógica podían también modelar su pensamiento. Raimundo Lulio, autor reconocido de 280 obras, de quien no se sabe que haya citado alguna vez a Aristóteles, concibe una máquina lógica: proyecto de años, es una suerte de regla de cálculo filosófica (y al mismo tiempo una lengua universal) mediante la cual extraer verdades de fe con las cuales convencer a los musulmanes para que abracen el cristianismo. Busca vencer con sus propias armas a los creadores del álgebra y maestros de las matemáticas de su tiempo. Su instrumento, bautizado por él como Ars Generalis Ultima (se le conoce más comúnmente con el nombre de Ars Magna, Arte Magna) permitiría determinar certezas y errores en proposiciones teológicas y filosóficas. Si bien en su pensamiento filosofía y teología se fundían en una misma cosa, error ya señalado por sus contemporáneos, la sola concepción de una máquina tal, y su justificación lógica, fue una tarea de tal magnitud como la invención del cálculo.4

Por otra parte, algunos de estos místicos, además de santos, son hoy día Doctores de la Iglesia, como san Juan de la Cruz (por Pío XI, 1926), san Juan de Ávila (por Benedicto XVI, 2012), santa Teresita del Niño Jesús (por san Juan Pablo II, 1997) y santa Teresa de Jesús (por Pablo VI, 1970).5

» Finalmente

Y… ¿terminó el misticismo en aquella época? ¿No hay místicos hoy en día?

Afortunadamente el misticismo no desapareció: místicos fueron santa Bernardita (1844-1879), Carlos de Foucald (1858-1916) y san Pío de Pietrelcina (1887-1968), canonizado en 2002 por san Juan Pablo II. También podemos mencionar a la laica mexicana Concepción Cabrera de Armida (1862-1937), en proceso de beatificación, y la beata portuguesa Alejandrina de Balazar (1904-1955). En fin, es una larga lista.

¿Y qué nos dicen los místicos hoy, en fin de cuentas? ¿Nos cuentan solo una parte y se reservan para sí lo mejor de ese Dios que han encontrado? No, realmente: nos invitan a descubrirlo junto con ellos, aún en nuestros días, en este siglo XXI.

 

Notas:

 

  • La propia santa Teresa de Jesús cuenta cómo el Tercer Abecedario de fr. Francisco de Osuna, libro que «trata de enseñar oración de recogimiento» le mostró un horizonte nuevo: «no sabía cómo preceder en oración ni cómo recogerme y ansí holguéme mucho con él y determinéme a seguir aquel camino con todas mis fuerzas» (Vida, 4,6).
  • Helmut Hazfeld, Estudios literarios sobre mística españo- Madrid, Gredos, 1955.
  • Karl Rahner, Curso fundamental sobre la fe (introducción al concepto de cristianismo), Madrid, Editorial Herder, 2007, pp. 152 y ss.
  • En algunos casos pudieran generarse proposiciones lógicas inaceptables; para lo cual él proponía reglas especiales. Un análisis detallado de la máquina, en lenguaje actual, puede verse en La búsqueda de la lengua perfecta, del semiólogo italiano Umberto Eco.
  • En el caso de Lulio, san Juan Pablo II reconoció la beatificación que de mucho antes le había sido concedida «por tradición», junto con Duns Scoto, Fra Angélico y Junípero Serra (hoy santo).