Carlos Márquez Sterling y las elecciones de 1958

Por: Uva de Aragón

Carlos Márquez Sterling y su esposa, Uva Hernández Catá, cuando salían de su casa para votar en las elecciones de 1958.

Durante los primeros tiempos de la República (1902-­1958) se fue desarrollando un sentimiento pe­yorativo sobre la política y quienes la ejercían, debido en gran parte a la frustración que sintieron los cu­banos cuando tras treinta años de luchas se vieron obligados a aceptar la Enmienda Platt impuesta por los vecinos del norte, una banderilla clavada en sus legítimas aspiraciones independentistas. Había otras razones. En casi todos los gobiernos hubo corrupción y abusos de poder. Se destacan menos las numerosas honrosas excepciones. A trancas y barrancas, pese al parto difícil y los problemas que enfrentaba, el país iba avanzando. En todo caso, no era común ser considerado un político honesto en esa etapa de nues­tra historia. Tal era, sin embargo, el caso de Carlos Márquez Sterling,1 que gozaba de merecida fama de hombre íntegro.

Carlos Guiral y Márquez Sterling nació en Ca­magüey el 8 de septiembre de 1898. Muy niño quedó huérfano de padre y madre, y su tío materno, Manuel Márquez Sterling y Loret de Mola lo adoptó, por lo cual Carlos invirtió sus apellidos y usaba primero el de su madre. Don Manuel fue un excelente periodista y diplomático, que habiendo abrazado la causa inde­pendentista, combatió arduamente la Enmienda Platt hasta presidir en su calidad de Embajador de Cuba en Washington las negociaciones que culminaron en su derogación. Inculcó en su hijo adoptivo voluntad de servicio, valores éticos, un sano nacionalismo y amor por las esencias más puras de lo cubano.2

Carlos se inició muy joven en las luchas políticas en las filas del Partido Liberal. Durante doce años fue electo y reelecto a la Cámara de Representan­tes, la cual llegó a presidir con acierto. Tanto fue así que cuando la Asamblea Constituyente de 1940 no avanzaba por la falta de habilidad de Ramón Grau San Martín para aplicar las reglas parlamentarias, acudieron a Márquez Sterling. Su brillante actua­ción en unos de los momentos más hermosos de la historia de Cuba, cuando todos los partidos, sin intervención extranjera alguna, lograron plasmar en un documento una Ley Fundamental que reflejaba las aspiraciones de los cubanos, le trajo gran popula­ridad y prestigio.

Ocupó varios ministerios —el de Educación, el del Trabajo— pero siempre renunciaba en corto tiempo, tal vez porque se tropezaba con irregularidades difí­ciles de combatir y, por su brújula moral, imposibles de aceptar. Comenzó su carrera de abogado junto a Orestes Ferrara, pero pronto tuvo su propio bufete, donde atendía a múltiples clientes. Fue profesor de Economía Política en la Universidad de La Habana. Colaboraba en rotativos y revistas. Publicó varios li­bros, entre ellos biografías de Ignacio Agramonte y José Martí, dos figuras que admiraba.

Un estudio de su trayectoria como legislador y en el ejercicio de su profesión refleja su sentido de justicia social. Uno de sus caballos de batalla fue la defensa de los hijos ilegítimos, que abundaban en Cuba, a quie­nes creía con derecho a heredar. Favoreció asimismo leyes que protegían a los obreros.

En los años 50 era miembro del Partido Ortodoxo, fundado en 1947, entre otros, por Eduardo Chibás, con una plataforma progresista que abogaba por la defensa de la identidad nacional, la independencia económica y la implementación de reformas sociales. Chibás, personalmente, se convirtió en una figurara­ dial y en un índice acusador de la corrupción en el Partido Auténtico.

Fue durante su militancia en el Partido Orto­doxo que Márquez Sterling más trató a Fidel Castro, a quien ya conocía por haber sido alumno suyo en la Universidad de La Habana y compañero de curso de su hijo mayor, que repetía su nombre. A menudo comentaba la hostilidad que siempre hubo entre Chi­bás y Fidel. Además, había aspectos de la personalidad de Castro, observados durante sus años de estudiante, que le inquietaban.

El ataque a la fortaleza Moncada en julio de 1953 y el desembarco de los revolucionarios del yate Gran­ma en Oriente en noviembre de 1956 causaron en Márquez Sterling una honda preocupación. Se había opuesto al golpe de Estado del 10 de marzo y al go­bierno dictatorial del general Fulgencio Batista, pero rechazaba la violencia revolucionaria, tan enquistada en la cultura política cubana.

Carlos Márquez Sterling (1898-1990).

A menudo se ha dicho que el golpe de Estado de 1952 no encontró oposición. Sin embargo, a nuestro modo de ver, aunque no fue sangriento y contó con el apoyo mayoritario del ejército, desde el inicio creció en la sociedad cubana una amplia aunque difusa in­conformidad. Basta asomarse a las páginas de la revis­ta Bohemia, que daba cabida a una gran gama de opi­niones, para comprobar que ya en mayo se reclamaba un acuerdo mínimo entre el régimen y la oposición para devolver al país el ritmo constitucional que se ha­bía establecido a partir de la Asamblea Constituyente de 1940. Pero si Batista no mostraba ningún interés en tal arreglo, tampoco la oposición ofrecía un fren­te común y perdía fuerzas en divisiones internas. No se lograron las garantías debidas para las elecciones generales convocadas para noviembre de 1954. El ex presidente Ramón Grau San Martín, único candida­ to oposicionista, fue al retraimiento días antes de los comicios y Batista fue electo sin ningún contrincante. En febrero de 1955, pocas semanas después de tomar posesión, indultó a Fidel Castro y a sus compañeros, sentenciados a prisión por el ataque al Cuartel Mon­cada en julio de 1953.

A partir de esa fecha la oposición al gobierno de Batista queda claramente delineada en dos vertientes: la revolucionaria y la política. Márquez Sterling, fer­viente creyente en los Estados de derecho, las insti­tuciones, los compromisos, los plebiscitos, las urnas, fue un constante defensor de una salida pacífica a la crisis que enfrentaba Cuba. En los primeros años, no fue el único.

En 1955 no son pocos los que intentan enderezar los torcidos rumbos que había tomado la República. En febrero un grupo de la Juventud de Acción Cató­ lica funda el «Movimiento de Liberación Radical». El intelectual Jorge Mañach organiza el «Movimien­to de la Nación». El clima electoral y reformista fue avanzando. La Sociedad de Amigos de la República, encabezada por don Cosme de la Torriente, que, con sus 83 años, tenía un largo historial en la vida política del país, intentó persuadir a Batista para que convoca­ra a nuevas elecciones generales en el plazo más breve posible. El régimen respondió con el Plan de Vento y la oferta de unas elecciones parciales. Batista se negó a recibir a don Cosme aduciendo que no ostentaba ninguna representación para hacer tales demandas. El viejo político convocó a un mitin en el Muelle de Luz el 19 de noviembre. Prácticamente toda la opo­sición, menos los comunistas y los partidarios de la vía insurreccional, se hicieron presentes. La multitud llenaba las calles desde la Alameda de Paula hasta el edificio de la Aduana. Los oradores se sucedieron en la tribuna ante un pueblo entusiasta. Pese a que el acto fue interrumpido por pedradas, silletazos y gri­tos de ¡Mueran los americanos! y ¡Abajo el imperialis­mo yanqui!, constituyó uno de los momentos culmi­nantes de la oposición pacífica.

Pero nada sucedió. Batista, cómodamente insta­lado en Palacio, comentó a los periodistas que esas reuniones eran buenas para el país. Mas de elecciones generales nada hasta el 58. El mitin, sin embargo, sacó de sus casillas a Fidel Castro, quien pronunció un dis­curso en Miami ridiculizando a don Cosme y con los peores insultos para los que recomendaban una solu­ción pacífica. De ahí en adelante, la vía electoral ha de tropezar con la férrea y hasta violenta oposición de los revolucionarios más intransigentes. En diciembre, deseosos de ampliar su esfera de influencia más allá del ámbito estudiantil, un grupo de jóvenes funda el Directorio Revolucionario, presidido por José Anto­nio Echevarría.

Tras muchas dificultades, el 5 de marzo de 1956 empezó el Diálogo Cívico con el objetivo de alcanzar un acuerdo mínimo entre la oposición y el gobier­ no para regresar el país a la normalidad política. La primera insistía en una convocatoria a elecciones inmediatas, mientras que el segundo planteaba una Asamblea Constituyente que buscara una fórmula para resolver la crisis. No se pusieron de acuerdo. A Márquez Sterling que creía que no era realista exigirle a Batista que dejara de inmediato el poder, sino que había que negociar garantías para elecciones parciales primero y generales en 1958, no le permitieron parti­cipar en este Diálogo.

En una comparecencia televisada el 11 de marzo, Batista, al igual que había hecho Castro en su discur­so en Miami meses atrás, ridiculizó las demandas del SAR, y al día siguiente don Cosme dio por termina­ do el Diálogo Cívico. Y antes de que concluyera aquel año, el 8 de diciembre, falleció.3

 

» Carlos Márquez Sterling y el Partido del Pueblo Libre

Ante las divisiones entre los ortodoxos y otros factores de la oposición política, en el verano de 1957 Carlos Márquez Sterling decide fundar el Partido del Pueblo Libre. La formación de un partido político requería la filiación de un número determinado de miembros. Pese a que ya había tenido lugar el desembarco de los expedicionarios del yate Granma en diciembre de 1956 y el ataque al Palacio Presidencial el 13 de marzo de 1957,4 e imperaba en el país un clima de violencia, tanto de parte de los revolucionarios como del régi­men de Batista, Márquez Sterling y sus seguidores, entre los que se encontraban prestigiosas figuras como los conocidos abogados Néstor Carbonell Andricaín y José Antonio Casabuena, la compositora Nena Coll, los hermanos Antonio y Pedro Martínez Fraga, tam­bién doctores en Derecho, el antiguo Rector de la Uni­versidad de La Habana Rodolfo Méndez Peñate, y los jóvenes Eduardo Arango y Ramón Mestre Gutiérrez, fundador de la empresa de construcción NAROCA,5 lograron afiliar al nuevo partido a antiguos miem­bros de los ortodoxos y de los republicanos seguidores de Guillermo Alonso Pujol, así como atraer a grupos de jóvenes que antes habían considerado la vía revolu­cionaria, pero optaron entonces por la electoral. En­tre ellos estuvieron Amalio Fiallo, Manuel Artime y José Ignacio Rasco, de Liberación Radical, y algunos que se habían desprendido de ese grupo como Raúl Martínez Ararás, uno de los principales jefes del asal­to al cuartel de Bayamo en julio de 1953, Carlos Bus­tillo Rodríguez y Orlando V. Castro García, ambos participantes también en las acciones armadas contra los cuarteles de Bayamo y Santiago de Cuba.

Márquez Sterling entendía la necesidad de batallar en cuatro frentes: 1) intentar garantizar la legalidad de los comicios por parte del gobierno; 2) sumar el apoyo del mayor número posible de figuras públicas; 3) defenderse de los ataques tanto de violencia verbal como física de los revolucionarios, y 4) convencer al pueblo cubano de salir a votar, pese a la desconfianza en el gobierno y las amenazas del Movimiento 26 de Julio. Para lo primero tuvo varias entrevistas con Jor­ge García Montes, ministro de Batista, quien al igual que Carlos había sido Representante por el Partido Liberal. Márquez Sterling planteó que antes de las elecciones de 1958 se restituyera el código de 1943 que establecía el voto directo o libre, y que el gobierno se comprometiera a que dichos comicios fueran justos; aseguró a cambio que su partido no sería una fuerza conspirativa. Llegaron a un pacto de caballeros. Ha­bía razones para que Márquez Sterling confiara en la palabra de García Montes. Por una parte, Batista había realizado unas elecciones honestas en 1944 y le había entregado la presidencia al candidato opositor, Ramón Grau San Martín. Por otra, la situación en la Sierra Maestra cada día se hacía más difícil para el régimen, y unas elecciones libres representaban una salida digna para Batista.

Visto desde la perspectiva del presente, al parecer ni Batista ni muchas de las figuras de la política del momento, que como él provenían de la Revolución del 33, comprendieron las señales de los tiempos. El país había cambiado después de la Constitución de 1940 y resentía la ruptura del ritmo constitucional. Por otra parte, Fidel Castro ostentaba características distintas a la de líderes anteriores que también habían utilizado métodos revolucionarios, pero quienes pro­fesaban al menos un respeto, por mínimo que fuera, a las instituciones del país. Un número considerable de políticos abandonaron en un momento u otro la vía de las negociaciones y ofrecieron su apoyo a la lu­cha insurreccional.

Con respecto a los revolucionarios, hicieron varios intentos de asesinar a Márquez Sterling;6 uno de ellos ocurrió en febrero de 1958. En medio de la violencia e incertidumbre que se vivía, el Partido del Pueblo Li­bre llevó a cabo su convención para que los delegados proclamaran la candidatura presidencial de Carlos Márquez Sterling con Rodolfo Méndez Peñate, respe­tado profesor, como Vice Presidente. En cuanto Már­quez Sterling, su esposa e inevitables guardaespaldas llegaron a la Asociación Artística Gallega, cuyos sa­lones se habían podido alquilar para el evento, les advirtieron que había un gran número de fidelistas y comunistas sentados entre el público. La policía le ofreció sacarlos del local, pero Carlos se negó. Estaba al micrófono Antonio Martínez Fraga como Secre­tario del Partido cuando un grupo de unos treinta o cuarenta hombres se pusieron en pie con banderas rojas y negras del Movimiento 26 de Julio, gritaron mueras a las elecciones y sembraron el pánico. Los «Libres» pelearon a piñazos y lograron arrebatarles al menos uno de los banderines y expulsarlos del acto.

Carlos Márquez Sterling y su esposa, Uva Hernández Catá, cuando salían de su casa para votar en las elecciones de 1958.

Uno de los guardaespaldas bajó del fondo de la tri­buna a uno de los agresores cuando este se hallaba próximo a alcanzar a Márquez Sterling, quien iba ar­mado y disparó a lo alto para asustarlos y restablecer el orden. Pese al mal rato, la asamblea continuó con un acalorado discurso de Amalio Fiallo, gran orador, y del propio Márquez Sterling, quien advirtió una vez más de la necesidad de derrocar a Batista, pero tam­bién de cerrarle el paso al triunfo de la Revolución, que traería funestas consecuencias al país.

Ya en la casa, cuando Márquez Sterling se fue a cambiar de ropa, su esposa se dio cuenta de que el traje y la camisa que llevaba estaban rajados, e incluso él tenía un arañazo en la espalda, al nivel de los riño­nes. El hombre que habían bajado de la tribuna había tratado de apuñalarlo. El plan había sido asesinarlo. Pronto se confirmaron estos temores, pues la policía logró apresarlos. Tal vez porque no quería ninguna complicidad con el gobierno de Batista, o por temor a represalias mayores de parte del 26 de Julio, Márquez Sterling prefirió no acusarlos.

El ensañamiento contra los que buscaban solucio­nes políticas fue tal que incluso los revolucionaron dictaron la Ley 2 de la Sierra Maestra que pedía la pena de muerte a los candidatos a las elecciones, que fueron amedrentados, amenazados y sufrieron atenta­dos contra sus vidas, en varios casos fatales. «Nicolás Rivero Agüero, candidato a concejal por Santiago de Cuba, y hermano del candidato a la presidencia por la coalición gubernamental, fue ultimado por la espal­da.»7 También fueron asesinados el sindicalista Felipe Navea, el ganadero Rosendo Collazo, y Aníbal Vega, hermano de Víctor Vega, presidente provincial del Partido del Pueblo Libre. Este caso fue especialmente dramático, pues lo ultimaron en su casa en Camagüey y las balas quedaron incrustadas en los barrotes de la cuna de su hija pequeña, a quien el padre acababa de acostar, lo cual hizo que se salvara milagrosamente.8

Márquez Sterling ofreció a los revolucionarios una amnistía general, restitución de garantías constitucio­nales que les permitiría organizarse como partido po­lítico y elecciones generales en dos años, en las que no se presentaría como candidato. Es decir, brinda­ba un gobierno de transición que lograra uno de los postulados que esgrimía entonces tanto la oposición política como el 26 de Julio: el restablecimiento de la Constitución de 1940. Al pueblo de Cuba le explicó, en numerosos manifiestos y comparecencias televisi­vas, el significado de su lema de campaña: «Ni con botas ni con balas sino con votos». La República se había debatido desde su fundación hasta 1940 entre la fuerza de los generales y el gatillo alegre de revolucio­narios y ganstercillos. Márquez Sterling representaba la continuidad electoral y el estado de derecho que ha­bía comenzado con la Asamblea Constituyente que él mismo había presidido brillantemente.9

Había otro aspecto que preocupaba a Márquez Sterling: el apoyo de Estados Unidos. Para ello sostu­vo entrevistas con el Embajador Earl T. Smith, quien a su vez recomendó al Departamento de Estado que res­paldara el proceso electoral. Estas recomendaciones, sin embargo, cayeron en oídos sordos, como tampoco fue atendida la petición de Márquez Sterling de que la OEA enviara observadores internacionales a monito­rear las elecciones.10

La posible victoria de Márquez Sterling sin duda preocupaba a Fidel Castro, cuyo movimiento no sólo intentó asesinarlo, sino quien le envió un recado, ofreciéndole la presidencia de la República cuando la Revolución triunfara a cambio de que se retirara del proceso electoral. Márquez Sterling rechazó la oferta. Un segundo recado solicitando su apoyo al proceso revolucionario le llegó de nuevo en marzo de 1958 a través de un sorprendente mensajero, el periodista Herbert Matthews de The New York Times.11 Documen­tos de la época confirman las constantes arengas ra­diales de los más importantes líderes revolucionarios amenazando a los candidatos y atemorizando a los votantes para que no votaran el 3 de noviembre.12

La violencia llegó en 1958 a tales extremos que hubo nuevas gestiones de negociar una tregua, esta vez promovidas por la más alta jerarquía católica, pero también fracasaron. Las garantías se suspen­dieron de nuevo y las elecciones fijadas para junio se pospusieron para el 3 de noviembre. El gobierno hizo cambios en su gabinete y nombró para presidirlo a Emilio Núñez Portuondo, ex Embajador de Cuba en la ONU y hábil diplomático. Aseguró que se acepta­rían observadores internacionales.

Pero la violencia no cedía; los observadores no llegaban; las asociaciones cívicas nunca se reunieron ni tomaron partido; la gran mayoría de los políticos tradicionales apoyaron abierta o tácitamente a Fidel Castro; Grau, postulado por los auténticos para la presidencia, fue al retraimiento al igual que en 1954; Alberto Salas Amaro, candidato del Partido Unión Cubana y director del diario Ataja, no era conocido a nivel nacional; y en noviembre 3 de 1958, se en­ frentan en los comicios Andrés Rivero Agüero, can­didato oficialista, y Carlos Márquez Sterling, por la oposición.

Pasquín electoral de Carlos Márquez Sterling por el Partido del Pueblo Libre para las elecciones de 1958, y el texto que aparecía en el reverso.

A pesar de las amenazas de los revolucionarios y la falta de fe en que el gobierno respetara las urnas, un porcentaje relativamente elevado salió a votar. Tanto fue así, que en los primeros días el gobierno admi­tió la victoria de Márquez Sterling en las provincias de Pinar del Río, La Habana, Matanzas y Camagüey. Anunciaron como ganador a Rivero Agüero en Las Villas y Oriente,13 y adujeron que había obtenido un mayor número de votos populares, por lo cual lo pro­claman presidente electo. Para el 20 de noviembre el gobierno anunció los resultados, que otorgaban a Ri­vero Agüero más del 70% de los votos, 16% a Márquez Sterling, 12% a Grau y menos de 2% a Salas Amaro.14

Aunque los representantes del Partido del Pueblo Libre en los colegios electorales fueron testigos del «cambiazo» de boletas y hasta se fueron a los puños con representantes oficialistas, Carlos Márquez Ster­ling, con mentalidad legalista, presentó un recurso de inconstitucionalidad retando el resultado de los comi­cios. El esfuerzo fue inútil. Como él mismo había va­ticinado, a partir del fracaso electoral el movimiento revolucionario ganó más adeptos. El 31 de diciembre, menos de dos meses después de las elecciones, Ful­gencio Batista, a quien los norteamericanos habían retirado su apoyo, huyó de Cuba con sus más íntimos seguidores, entre ellos el supuesto presidente electo Andrés Rivero Agüero.

No fue hasta años después, ya fallecido Márquez Sterling, que se han confirmado detalles del fraude electoral con la publicación de Palabras esperadas. Memorias de Francisco H. Tabernilla Palmero, por el pe­riodista colombiano Gabriel E. Taborda, quien lo en­trevistó. Conviene citar extensamente el testimonio de este estrecho colaborador de Batista sobre el pro­ceso electoral de 1958: «Batista designó a uno de sus ayudantes más cercanos, el Comandante Atorresagas­ti para que llevara a cabo el fraude. (…) Atorresagasti utilizó la llamada “Casa de Salazar” como centro de operaciones, que estaba situada en el Campamento Militar de Columbia y el terreno que ocupaba la Fuer­za Aérea del Ejército de Cuba. Allí solo podían entrar, además del Presidente, el imprentero del Tribunal Su­premo Electoral de apellido Sotomayor, su ayudante y su secretario. Todas las noches, después de elaborar durante el día las boletas oficiales en la imprenta na­cional, se transportaban a esa casa las matrices, las tintas y los cuños electorales.»15

Añade Tabernilla: «Todo el material para las elec­ciones se hizo en duplicado, siendo tan bien planeado el fraude, que hasta el papel para la impresión de las boletas, la tinta que se utilizaría y todo lo demás se compró a una empresa norteamericana en el doble de la cantidad requerida, asegurando con ello que todo se iba a hacer con papel y tintas oficiales (…).

Una vez elaboradas las planillas fraudulentas, estas eran llenadas por personal disciplinado desde la ofi­cina de Atorresagasti con el nombre oficial al sena­do, la cámara y la presidencia, siguiendo un patrón previamente acordado. De esa manera, la elección de Rivero Agüero y los candidatos oficiales quedaba ase­gurada.»16

Dato curioso: unos meses antes del libro de Taber­nilla, se publicó en Cuba Batista. Últimos días en el poder, en que con frases casi idénticas se narra el fraude electoral de 1958, e incluso se opina que si los comi­cios hubieran sido legítimos, los norteamericanos hu­bieran tenido «un argumento válido para enfrentar la intransigencia de la parte rebelde.»17

Hay por igual testimonios sobre el temor de Fidel Castro de que la victoria de Márquez Sterling hubie­ra eliminado la razón principal de su lucha: derro­car el régimen ilegítimo de Batista. El embajador argentino en Cuba, Julio Amoedo, reveló que en un vuelo de La Habana a Buenos Aires en 1960, Castro tuvo un raro momento de candidez y le reveló que si Márquez Sterling hubiera ganado en las urnas, otro hubiera sido el destino de la revolución. También an­tiguos ayudantes del comandante Castro han narra­do la celebración que se llevó a cabo en la Sierra al enterarse del resultado de las elecciones del 3 de noviembre de 1958.18

La importancia que dio la Revolución a estos co­micios se refleja en que por muchos años en los largos cuestionarios, conocidos popularmente como «Cuén­tame tu vida», requeridos para acceder a empleos im­portantes, estudios superiores y al ejército, se pregun­taba si se había votado en las elecciones de 1958. El nombre de Carlos Márquez Sterling ha sido silenciado de la «historia oficial», incluso cuando se han lleva­do a cabo actividades conmemorando la firma de la Constitución de 1940, vigente en Cuba, aunque con reformas, hasta 1976.

Al triunfo de la Revolución, Márquez Sterling fue arrestado. Se le mantuvo luego bajo reclusión domi­ciliaria durante varios meses. A la escuela de perio­dismo se le quitó el nombre de Manuel Márquez Ster­ling, quien tanto había luchado contra la injerencia extranjera. Las cajas bancarias de Carlos y su esposa, Uva Hernández­Catá, fueron intervenidas por el Mi­ nisterio de Recuperación de Bienes Malversados. En el de ella encontraron algunas prendas que le había regalado su padre y su primer esposo, el doctor Er­nesto R. de Aragón, fallecido en 1954; en la de él, solo cuatro viejos folletos. Una resolución gubernamental lo privó de su pensión como congresista. Cuando en junio la revista Combate publicó copias de cheques del gobierno pagaderos a C.M.S., lo acusó de recibir dinero para ir a las elecciones y «hacerle el juego» a Batista y pidió la intervención de todos sus bienes, muchos amigos le aconsejaron que se fuera del país. Después que su esposa e hijas menores salieron por vía legal, Márquez Strling pidió asilo en la Embajada de Venezuela el 13 de julio de 1959. Pocos días más tarde llegó a Estados Unidos, donde se desenvolvió como periodista y profesor universitario hasta su re­tiro y muerte en Miami el 3 de mayo de 1990. Aun­ que nunca se amargó ni sintió odios o rencores, vivió hasta sus últimos días preocupado por los destinos de Cuba. El dinero que lo acusaron de recibir nunca apareció en Cuba ni se hizo evidente por su estilo de vida en el exilio.

No es el propósito de este trabajo especular cuál hubiera sido el destino de Cuba si la oposición políti­ca, y no la revolución, hubiera triunfado, sino traer a la luz un capítulo poco conocido de la historia cuba­na que merece mayor análisis y divulgación. De igual forma, sería saludable para el alma de la nación resta­blecer la reputación de tantos cubanos, como Carlos Márquez Sterling, injustamente calumniados en las últimas décadas e incluso eliminados de los anales. La historia no es inmutable, sino que se reforma con la visión de las distintas generaciones. Ojalá estas líneas sirvan para estimular nuevos estudios y nuevos pun­ tos de vista sobre nuestro pasado.

Notas:

 

  • Carlos Márquez Sterling contrajo matrimonio con mi madre, Uva Hernández-Catá, el 28 de septiembre de 1956. (Mi padre, el Dr. Ernesto R. de Aragón, había fallecido en enero de 1954.) Desde entonces Carlos se convirtió en un magnífico segundo padre para mis hermanas y para mí. Esto presenta ventajas y desventajas al escribir este trabajo y otros similares que he publicado. Me favorece haber vivi- do desde dentro el proceso político a tratar. Mis vínculos afectivos podrían impedir que fuera Para evitar que la subjetividad reste valor histórico a este esfuerzo he intentado sustentar mis vivencias en otras fuentes y documentos.
  • Ver Carlos Márquez Sterling, A la ingerencia extraña, la virtud doméstica: biografía de Manuel Márquez Sterling. Miami: Ediciones Universal,
  • Ibarra Guitart, Jorge Renato. Sociedad de Amigos de la República: historia de una mediación, 1952-1958. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, (Es curioso que aunque no estemos de acuerdo con la interpretación de los datos o algunos adjetivos utilizados, el libro más documentado sobre este proceso ha sido escrito en Cuba.)
  • Para un testimonio de cómo la policía de Batista fue a buscar a su casa a Carlos Márquez Sterling ese día, ver Uva de Aragón, «Mis recuerdos del 13 de marzo» Miami: Diario Las Américas, 8 de marzo de
  • Para breves biografías de estas personas, así como otros datos sobre la época, ver Uva de Aragón, El reino de la infancia. Memorias de mi vida en Cuba. Miami: Eriginal- Books,
  • Para una relación de los atentados contra Márquez Sterling, ver carta de CMS al Dr. Eladio Ramírez León fe- chada en Nueva York el 31 de enero de 1962, reproducida en Manuel Márquez Carlos Márquez Sterling. Memorias de un estadista, Frases y escritos en correspondencia. Miami: Ediciones Universal, 2005, 103-104, y depositada en los ar- chivos de Cuban Heritage Collection, University of Miami, Miami, Florida.
  • García Montes, Jorge y Antonio Alonso Ávila. Historia del Partido Comunista de Cuba. Miami, Ediciones Universal, 1971, 572.
  • Ver también Carlos Márquez Sterling. Historia de Cuba. Desde Colón hasta Castro. Nueva York: Las Américas Publishing Company, 1970, p. 423.
  • Ver artículo de primera plana de Carlos Márquez Ster- ling en Diario de la Marina, La Habana, 9 de agosto de 1958 10 Smith, Earl T. The Fourth Floor, Random House, 1962.
  • Márquez  Sterling,        Historia    de    Cuba… 428-429.
  • Castillo Bernal, Andrés. Cuando esta guerra se acabe. De las montañas al llano. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 2000, 267
  • Ver  https://www.britannica.com/event/Cuban-Re- volution/The-rise-of-Castro-and-the-outbreak-of-revolu- tion#ref1256656
  • Bonachea, Ramón y Marta San Martín. Cuban In- surrection 1952-1959. New York: Transaction Publishers, 1974 15 Taborada, Gabriel E. Palabras esperadas, Memorias de Francisco H. Tabernilla Palmero. Miami, Ediciones Universal, 2009, pp. 139-40
  • Padrón, José Luis y Luis Adrián Betancourt Últimos días en el poder. La Habana: Ediciones Unión, 2008, pp. 16-19.
  • Manuel Márquez Sterling, «Carlos Márquez Ster- ling…» carta de M. S. de diciembre 15, 1965, pp. 107-108.