Ciencia ficción y teologías

Por: Alberto García Fumero

Arthur C. Clarke (1917-2008)
Arthur C. Clarke (1917-2008)

Si bien algunos pudieran pensar que la teología —debiéramos más bien decir las teologías— es un campo difícilmente relacionado con la ciencia ficción, lo cierto es que las concepciones sobre el universo, Dios y el hombre en un género tan alertador y lleno de ideas como la ciencia-ficción, donde los peligros de la soberbia humana, la hybris (exceso, desmedida en la tragedia griega) suelen aparecer como motivación.

Claro está que al decir «teologías» no estamos implicando que los autores hayan desarrollado teologías completas ni mucho menos, sino que aludimos a las concepciones sobre Dios y el universo que asoman en sus obras. Y también a los temores y alarmas de su imaginería en relación con imaginadas religiones y corrientes de pensamiento. Y ya que tocamos el tema, debemos tener en cuenta que no todas estas teologías son cristianas.

» Un intento de clasificación

Grosso modo, pudiéramos decir que en relación con el tema existen cuatro grandes corrientes: a) Se da por sentado que Dios (o dioses) existe, y su intervención puede o no ser decisiva dentro del desarrollo de la trama (Julio Verne, C.S. Lewis) b) Dios no existe. El mal es lo natural. Eso nos lleva a los mundos de pesadilla, las distopias. c) No sabemos ni podemos saber si Dios existe. Al mal sí lo vemos. d) Dios no interesa en absoluto para la trama.

Ciertamente la fantasía y lo que pudiéramos llamar fantacienciaficción (un híbrido de ambos géneros)1 se han ocupado más que de la ciencia ficción pura del problema del bien y del mal. Hay poderes mágicos y lucha entre el bien y el mal desde la saga de Harry Potter hasta la saga de Tierramar de Úrsula Le Guin; pero en los mundos mágicos las concepciones globales no me parece que sean frecuentes. A lo más, se deja caer románticamente que el bien tiene un valor intrínseco, pero hasta ahí.

Así pues, tenemos un Harry Potter con todo tipo de seres malignos y un malo poderosísimo, pero no vemos una «contrapartida» buena. Los personajes que son buenos resultan ser por un capricho ético. En ningún momento se da alguna justificación de que valga la pena ser bueno. Da la impresión de que los buenos lo son porque nacieron así, como hubieran podido nacer chinos o rubios.

En la mayoría de las historias de fantacienciaficción y ciencia-ficción el mal aparece dibujado más nítida- mente que el bien. Esto no es nuevo; ya el Dante había mostrado más inspiración en el Infierno que en el Paraíso. Ciertamente tenía más modelos en qué basarse, por desgracia. Las huestes del mal aparecen con mayor fuerza y organización (hablando como los meteorólogos), mientras lo que vendría a ser el principio originante del bien, la justificación de por qué debemos ser buenos y no malos, queda vago e impreciso.

En tanto cristianos, nos resulta de más interés la primera de las corrientes.

» Dios o dioses como elemento de la narración

Como vimos, hay dos tendencias:

1. Presentación de religiones y teologías como un elemento dentro de la narración, que puede ser decisivo en la trama o simplemente folklórico, de relleno. Por ejemplo, los extraterrestres creen en los dioses tales y más cuáles y ello define su comportamiento.

2. Insertar el mundo y los hechos de la narración dentro de un marco teológico ya existente —de cualquier religión— o concebido exprofeso, de manera que se refleje una concepción global del universo y del hombre. Esto, por supuesto, refleja- rá la religiosidad o la irreligiosidad del autor y cae de lleno en el juego de: ¿qué pasaría si…?

La pregunta de si Dios existe o no es por supuesto el tema de algunas obras.

Esa pregunta es el tema de la película de 1980, Estados alterados (William Hurt), en la cual el protagonista se pasa todo el tiempo atormentado por ella, y curiosamente se tranquiliza cuando decide que no hay nada. Que es cuando deberíamos empezar a preocuparnos…

Así podemos ver cómo en la película Señales, donde trabaja Mel Gibson, se teje una tremenda historia de suspenso-ciencia ficción sobre la base de la una afirmación que hace el protagonista, un pastor protestante aplastado por la muerte de su mujer, que dice: «nadie nos está cuidando»… y resulta que sí.

Para un autor clásico como Julio Verne está claro que Dios existe, y en muchas de sus novelas es la pro- videncia quien salva al héroe. El bien termina derrotando al mal, el cual no puede prevalecer. En esta visión la soberbia humana es quizás el peor peligro que puede amenazarnos; que no entendamos que hay límites que no debemos sobrepasar. Y cuando vemos algunas de las locuras que está haciendo lo que lla- mamos ciencia, es para espantarse… (manipulación genética, explosiones nucleares, etc.). Para Julio Verne la ciencia y la tecnología pueden volverse una caja de Pandora si nos apartamos de la ética y dejamos que la hybris nos domine.

El cerebro de Donovan, de Curt Siodmak, donde el cerebro descarnado de un ególatra, mantenido vivo artificialmente, logra dominar a quienes pensaban experimentar con él, es otro ejemplo donde se presen- tan límites que no debemos pasar. Parte del mensaje radica en que siempre hay esperanza si hay fe.

Es natural que esta tendencia se manifieste en el mundo occidental, donde el cristianismo es parte de nuestras culturas.

» Resonancias bíblicas

Las historias bíblicas pueden ser recreadas con resultados espectaculares. La saga del Pueblo, de la escritora Zenna Henderson, tiene una raíz bíblica (Jacob le compró a Esaú su primogenitura por un plato de lentejas). Aquí el pueblo extraterrestre debió renunciar a su identidad cultural y étnica para poder sobrevivir en la Tierra. Algo que —de paso— vemos todos los días en el caso del emigrante que debe asimilar otra cultura para sobrevivir. Job, novela del norteamericano Robert Heinlein, es una reescritura en tono ligero del libro bíblico de Job.

El autor norteamericano Ray Bradbury, amplia- mente conocido entre los degustadores del género de ciencia-ficción por su Crónicas marcianas, presenta en uno de sus cuentos una concepción en la cual existe un Cristo para cada mundo y una representación de él acorde con cada tipo de humanidad.

El eminente escritor inglés C. S. Lewis, de fe anglicana, es una rara coincidencia de un autor de ciencia-ficción que ha escrito también sobre teología. De su autoría son Fuera del planeta silencioso, y Perelandra, con mundos cuidados por ángeles (Oyarsa en el caso de Malacandra, el planeta Marte) y una Thulcandra —el planeta silencioso— que es la Tierra, el mundo donde el mal domina y no deja que impere el bien por el pecado original de Adán. El tema se retoma en Perelandra con el mismo héroe, Ransom, y un sabor adámico, esta vez en el planeta Venus.

Arthur C. Clarke (1917-2008)
Arthur C. Clarke (1917-2008)
Ray Bradbury (1920-2012)
Ray Bradbury (1920-2012)

En nuestro patio la escritora de confesión pentecostal, Ania Yudi Lías, en su interesante noveleta Misión Refugio, lamentablemente aún en busca de editor, retoma el testigo de manos de Lewis y desarrolla una continuación de la saga malacandriana donde los el- dila Pilfrig —ángeles— defienden nuestros mundos contra el enemigo cósmico, el mal, mientras llega la Gran Redención.

» Monasterios, tomismo…

«Y se hizo la luz», cuento de los años 50 del siglo pasa- do del autor Walter Miller jr., ampliado luego hasta la extensión de una novela, plantea un mundo después de una guerra nuclear, donde en los monasterios, al igual que sucedió en la Edad Media, se trata de preservar la cultura y el conocimiento.

Una noción muy interesante aparece en The quest for St. Aquin, del mismo autor, donde hay un robot que es un reflejo de Tomás de Aquino, el cual se ha hecho cristiano porque es la única solución lógica posible para el dilema del Universo.

» Cristianismo agonizante

Este es el tema de El amo del mundo, una impactante novela de 1907 del sacerdote y escritor británico Robert Hugh Benson (1871-1914), hoy casi olvidada. Este autor fue ordenado sacerdote anglicano por su padre, en aquel entonces Arzobispo de Canterbury y jefe de la Iglesia anglicana. Se convirtió al catolicismo en 1903 y al año siguiente se ordenó sacerdote católico.

En esta novela de ciencia ficción, considerada una de las primeras distopías, presenta un mundo con un materialismo triunfante. La Iglesia Anglicana ha abandonado el Credo de Nicea; la Biblia es dejada a un lado como autoridad para la fe. El protestantismo está desaparecido. Solo quedan el catolicismo —minoritario—, el Humanitarismo y las religiones de Oriente. La mayoría de las gentes veía la salvación en un Panteísmo Quietista. En ese mundo los pobres más inútiles eran tratados casi como criminales; no aportaban a la sociedad y en consecuencia estorbaban. Al ocurrir un accidente con un vehículo volador, exceptuando un sacerdote católico que corre a consolar a los heridos y confesar a los moribundos, los primeros en llegar son los operado- res de eutanasia…

Con el desenvolvimiento de la trama, se tiene que el Amo del Mundo decreta el exterminio de la Iglesia Católica y el Papa, oculto en Tierra Santa. Pero no ha contado con Dios…

» La eterna lucha entre el bien el mal

En la saga de ciencia-ficción que arranca con Hyperion, de Dan Simmons, se trata de un mundo cruel y sin esperanza, donde el monstruo Shrike (Alcaudón), personaje totalmente inhumano, con el mal trata de forzar a Cristo para que se manifieste y le enfrente.

En las concepciones del género fantástico pueden darse situaciones aún más fuertes: en una cuerda dramática tenemos la visión aplastante de la película Constantine, donde existe Dios, pero con un trans- mundo, un más allá, que recuerda el Chicago de los años 20 con sus gangsters y sus policías corruptos. Es- tos tipos de visiones suelen ser extremadamente pesimistas y sin esperanza.

En una novela cuyo título he olvidado un sacerdote misionero se encuentra con la realidad de un mundo donde no se tiene noción alguna de lo que es peca- do ni se reconoce que pueda existir el mal… y solo un exorcismo (¡al planeta entero!) permite descubrir que en realidad es una creación del Adversario.

» Ciencia-ficción espiritista

El astrónomo y divulgador científico francés Camilo Flammarion en su novela Urania refleja una concepción espiritista clásica y muy romántica del mundo. No he encontrado otro ejemplo de ese corte tan interesante. En esa obra de 1889 un personaje hace la predicción: «métodos hoy en día desconocidos permitirán conocer la composición de los planetas (entiéndase desde aquí, sin viajar allá)» y no fue hasta 1895 que esto se logró, cuando se encontró el elemento he- lio en la Tierra y se confirmó que las rayas espectrales que se habían observado en el Sol correspondían real- mente a este elemento.

Por cierto, Flammarion, tiene un libro muy interesante sobre la Astronomía en el Antiguo Testamento, que leí hace muchos años.

» Otras concepciones

Las narraciones enmarcadas en culturas no occidentales ocupan un menor espacio, pero no dejan de ser cautivadoras. Existe un cuento donde solo un médico hindú está preparado por su cultura para entender por qué de pronto empiezan a nacer niños «vacíos», esto es, niños que no reaccionan en absoluto a su medio; no hablan, no piensan. En una cultura de creencia en la reencarnación ocurre que al superpoblarse el mundo, sencillamente ya no existen almas disponibles para esos niños. Este es un caso raro y muy su- gerente de mostrar con mucho respeto una visión no occidental que al mismo tiempo sirve para crear una pequeña obra maestra.

En Los 9000 millones de nombres de Dios, del autor inglés Arthur Clarke, se plantea el fin del mundo como un proceso natural cuando el hombre supuestamente ha cumplido su misión. En este cuento unos monjes tibetanos contratan los servicios de una supercomputadora para que les facilite, haciendo millones de permutaciones de letras, encontrar todos los posibles nombres de Dios, hasta que se establece que son nueve mil millones. Cuando el proceso termina y se encuentra el último nombre, las estrellas empiezan a apagarse una a una… Desde el punto de vista teo- lógico es una idea interesantísima plantearse si la mi- sión del ser humano es precisamente esa. Aquí Clarke juega con el «qué pasaría si…» de la idea, aunque no necesariamente la compartía, pues era agnóstico.

El mismo autor tiene otra narración —yo diría que una tomadura de pelo— en la cual una supercivilización nos controla para que no hagamos locuras y destruyamos el mundo, pero no se deja ver. Solo se le oye. Por supuesto que el héroe del cuento halla una forma, un poco drástica, de ver al asesor que han destinado para la Tierra, y comprende por qué no se deja ver. Es lo más parecido a un diablo que se pueda imaginar…

» ¿Y si… ?

Otra pregunta que han planteado algunos autores es:

¿si Dios no existe, a qué le estamos llamando Dios? Aquí caben las historias en las cuales los dioses son en realidad extraterrestres: De Tulán la lejana, Qué difícil es ser Dios de los Strugatsky, Stalker, el Cristo de la narrativa del cubano Arnaldo Correa, y otros.

Tenemos casos como el del español José A Benítez con su saga, que arranca con la novela Caballo de Troya (Caballo de Troya 1: Jerusalén (1984) Caballo de Troya 2: Masada (1986) Caballo de Troya 3: Saidan (1987) Caballo de Troya 4: Nazaret (1989) Caballo de Troya 5: Cesarea (1996) Caballo de Troya 6: Hermón (1999) Caballo de Troya 7: Nahum (2005) Caballo de Troya 8: Jordán (2006) Caballo de Troya 9 (2010). El autor in- venta una máquina del tiempo para ir a la época de Cristo a ver si todo lo narrado en los Evangelios ocurrió realmente, y se las arregla para poner un platillo vo- lador flotando sobre el Gólgota. Al final concluye que todo ha tenido que ver con extraterrestres. Se basó en documentación de la Fundación Urantia, que mucha gente considera hechos probados, y ha tratado deliberadamente de mantener esta ambigüedad.

J. B. Campbell en El Supercerebro nos presenta mentes brillantes mandadas a secuestrar por un cien- tífico con pocos escrúpulos, en una crudelísima dictadura, para crear una batería de cerebros con la cual descubre que los fenómenos psíquicos, paranormales, y todo aquello que se ha llamado Dios a lo largo de los siglos, es una superinteligencia extraterrestre que está tratando de hacer contacto con nosotros.

» Al fin de nuestro viaje

Hemos podido apreciar la enorme variedad de concepciones presentada por los autores, reflejo de sus temores y esperanzas, que quizás también en cierta medida sean temores y esperanzas nuestras. Sirva todo ello para tomar conciencia de nuestra responsabilidad en tanto hijos de Dios y guardianes de Su Creación.

Nota:

1 No siempre es fácil delimitar entre ambos géneros: te- nemos ocurrencias como la de Stephen King en Salem’s Lot donde el médico mordido por un vampiro se lava la herida con un desinfectante y se inyecta un suero antitetánico.