Dos hombres, dos épocas, un ideal 1

Por: Nelson O. Crespo Roque

Hermanas del Amor de Dios en Cuba.

Hace unos meses, cuando aún las Hermanas del Amor de Dios no habían ocupado esta hermosa Casa, recién remozada por la Oficina del Historiador para su uso por esta Congregación, una de ellas, la herma­na Teresa Vaz, me comentó en nombre de la Comuni­dad la intención de realizar el 17 de mayo, día en que se cumple un aniversario más de la muerte del pa­dre Usera, un encuentro que sirviera para recordar a dos hombres cuyos caminos han convergido para que esta Casa sea una realidad. Nos referimos al padre Jerónimo Mariano Usera y Alarcón, fundador de la Congregación de Hermanas del Amor de Dios, cuya espiritualidad constituye el centro del actuar de esas religiosas y, en consecuencia, la razón de ser de esta Casa, y el doctor Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad, quien no solo tuvo una especial cerca­nía y admiración hacia la misión que ha desempeña­do esta congregación en lo que pudiéramos denomi­nar «sus predios», es decir en La Habana Vieja, sino también una veneración que fue in crescendo hacia el propio padre Usera, cuya labor, ignorada por muchos, incluso por el propio Eusebio en sus inicios, fue ga­nando la atención del historiador cuando las herma­nas retornaron a La Habana a finales de los años 80 del pasado siglo XX.

No obstante, la hermana Teresa me pedía como unidad lo que constituían dos líneas separadas y di­ferentes, una de ellas la trazaba el p. Usera, la otra Eusebio; cada una de estas líneas permitían acercarse a los dos hombres y a las dos épocas, pero existía un problema: estas dos líneas, a pesar de sus curvas, per­ manecían equidistantes y paralelas entre sí, faltaba un punto de intercesión o de convergencia, máxime cuando cada uno de ellos, si bien vivieron en medio de revoluciones, los rumbos y los móviles que guiaron sus vidas resultaban diversos.

¿Cómo aunar, pues, ese «ideal común» que me re­fería la hermana Teresa al pedirme una presentación a modo de conferencia que tuviera como título: «Dos hombres, dos épocas, un ideal»?

La respuesta la obtuve recordando una conversa­ción con el cardenal Jaime Ortega Alamino en el año 2017, a raíz de una llamada telefónica que recibí de Ma­rio Cremata Ferrán, director de Ediciones Boloña, en la cual me refirió que se estaba preparando un libro­com­ pilación para Eusebio, en ocasión de su 75 cumplea­ ños, con el testimonio de 75 personas cercanas a él; y que deseaba un testimonio del cardenal Jaime sobre Eusebio y, sobre todo, sobre su amistad con él.

Cuando le comenté a Su Eminencia sobre el pedi­do que le realizaba el director de Ediciones Boloña se quedó pensativo. Para él no resultaba trabajoso escri­bir, porque era algo que hacía con facilidad, la cues­tión no era qué hablar sobre Eusebio, sino cómo ex­presar con palabras una amistad de casi cinco décadas entre dos personas que no solo provenían de mundos diversos, sino que, en ciertos aspectos, tenían modos de pensamiento no solo diferentes, sino también, en ocasiones, antagónicos, y todo ello en un texto escue­to, dada la propia naturaleza del libro que se estaba preparando.

Lo primero que escribió el cardenal Jaime fue una sentencia latina que, paradójicamente, a pesar de ser lo primero que vino a su mente, la utilizó para con­cluir su escrito. La sentencia era una frase que el his­toriador y político latino Cayo Salustio refiere en su obra La conjura de Catilina, cuya traducción al castella­ no reza: «Querer lo mismo y no querer lo mismo, esa es en verdad una amistad firme» (Idem velle atque ídem nolle, ea demum firma amicitia est).

El recuerdo de esta sentencia fue el punto de con­vergencia que me permitió unir esas dos líneas parale­las y equidistantes que he referido, sobre todo porque percibía que el propio padre Usera no solo hubiera utilizado esa misma sentencia respecto a Eusebio en caso de haber coincidido con él en el tiempo y el es­pacio, y haberlo tratado a profundidad, sino que tam­bién coincidiría en ese punto de convergencia que la hermana Teresa resumía con la expresión «un ideal», tal vez por el hecho de haberlo tratado ella misma con cierta profundidad.

Por ello, sin pretender profundizar demasiado en biografías e historias, resulta necesario adentrarnos en los contextos históricos en que vivió cada uno y en sus respectivos modus vivendi, algo imprescindible para intentar acercarse a la razón, o mejor aún, a los móviles de sus respectivas actuaciones. Comencemos por el p. Usera.2

 

I

 

El p. Usera nació en una familia entroncada con la nobleza y la hidalguía española, familia de valores y práctica religiosa, que tenía en gran estima el cultivo de la vida cultural intrafamiliar. De hecho, el padre de Jerónimo llegó a ser el director de la «Real Aca­ demia Greco­Latina» y miembro de la «Academia de Santo Tomás». Pero, ¿cuál fue concretamente el con­texto histórico en que vivió el p. Usera?

El siglo XIX español comenzó signado por la batalla de Trafalgar, en 1805, en la que el Reino Unido puso fin a la supremacía española en los mares, y la poste­rior invasión napoleónica que destronó a los Borbo­nes para colocar, en 1808, al hermano del emperador francés en el trono español, lo cual desató la Guerra de Independencia Española. A ello se suman las gue­rras de independencia que comienzan a desarrollarse en estos años en los territorios de lo que un día fue el otrora imperio donde no se ponía el sol. Este es el pe­ríodo en el cual, en 1812, se redacta la primera Cons­titución española en las Cortes de Cádiz, una de las más liberales y avanzadas de su tiempo. No obstante, luego de que Fernando VII retoma el trono y suprime la Constitución comienza la persecución de los libera­les y se establece el más rígido absolutismo regio.

A su muerte, en 1833, surge el dilema de la suce­sión al trono, el cual es ocupado por su hija Isabel (la futura Isabel II), en momentos en los que Isabel no había cumplido aún los tres años de edad, motivo por el cual se nombra a su madre, María Cristina, como regente del Reino. Ello provocó un gran conflicto di­nástico con su tío, el infante Carlos, hasta entonces primero en la línea de sucesión a la Corona española.

Ahora bien, la división y el enfrentamiento en­tre isabelinos y carlistas, más allá del hecho de qué persona ocupara el trono español, tenía un trasfon­do mucho más profundo que resume el espíritu de la España decimonónica: los partidarios del infante Carlos eran los defensores de una forma de gobier­no caracterizada por el más puro absolutismo regio, aquel en el cual la Corona no estaba sujeta a ninguna limitación institucional; mientras que, por su parte, los partidarios de Isabel eran los liberales, quienes propugnaban un gobierno que salvaguardara las libertades individuales, la igualdad ante la ley y la limitación de los poderes del Estado, es decir, de la Corona y de la Iglesia, los dos grandes poderes de Es­paña en estos siglos.

Este es el contexto en el cual nace en Madrid en 1810, el p. Usera, es decir, en plena ocupación napoleó­nica. Su adolescencia y juventud se desarrollan en me­dio del absolutismo regio de Fernando VII, en cuyo reinado ocurre su ingreso temprano en el Císter, en el año 1824, sin haber cumplido aún los 14 años de edad. Es ahí donde Usera, el monje cisterciense, recibe la ordenación sacerdotal en 1834, en tiempos convulsos, en el propio año en que Madrid se cubre de sangre con la conocida como «Matanza de frailes» y en toda España se respiran aires de revolución.

Estas son las fechas en que el gobierno de Juan Álvarez de Mendizábal, principal protagonista de la Revolución Liberal Española, suprime las órdenes monacales, decreta la desamortización de sus bienes y en 1835 cierra los monasterios, cuyos monjes quedan errantes y despreciados por las campañas orquestadas por el gobierno, entre ellos el propio p. Usera al año siguiente de su ordenación sacerdotal.

 

 

II

 

Adentrémonos ahora en el contexto histórico de Eu­sebio Leal: nace en La Habana en 1942, en momentos que, al igual que aquellos en los cuales nace el p. Usera, van a estar marcados por la Constitución. En efecto, en 1940 se aprueba en Cuba la Ley Fundamental, uno de los textos constitucionales más avanzados entre los promulgados hasta entonces en América. El golpe de Estado del general Fulgencio Batista en 1952 interrum­pe el orden constitucional y comienza a desmembrarse la vida política y social que, a partir de la instauración de la República en 1902, había ido institucionalizándo­ se poco a poco, con aciertos y desaciertos, con luces y sombras hasta alcanzar uno de sus momentos cimeros con la aprobación de la Constitución del 40.

De este modo, con el cuartelazo de Batista, comen­zó a acrecentarse, en lo social, un estado de malestar en la población y ciertos sectores fueron nucleándose en un inicio en grupos opositores clandestinos. En 1953, liderados por Fidel Castro, un grupo de jóvenes asaltó los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo. En el in­tento unos fueron abatidos, otros asesinados, y los sobrevivientes juzgados y condenados a prisión. Tras permanecer veintidós meses en la cárcel resultaron li­berados durante la Amnistía General de 1955 y poco después un buen número de ellos se exilió en Estados Unidos y, finalmente, en México.

Cuando Fidel Castro y el resto de los expedicio­narios del yate Granma desembarcan en 1956, en la antigua provincia de Oriente, y se alzan en la Sierra Maestra, una porción considerable de todas las clases sociales en Cuba, desde la burguesía alta y media has­ ta las personas más sencillas, los trabajadores y em­pleados, entre ellos cristianos de variada condición social y no pocos miembros de la jerarquía católica, se sintieron solidarizados con aquel movimiento que prometía sanear la corrupción existente y curar los males de la República. En enero de 1959 el Movimien­to 26 de Julio, dirigido por Fidel Castro, derrocó a Ba­tista, quien huyó hacia República Dominicana, y se instauró el gobierno revolucionario, que llenó de es­peranza a buena parte de la sociedad cubana, la cual le mostró su apoyo.

Poco después el ingrediente marxista se hizo cada vez más presente en la estructuración de aquella nue­va realidad político­social y en 1961 se declaró el ca­rácter socialista de la Revolución cubana. A partir de entonces el proceso revolucionario se radicaliza y el componente marxista­leninista, con fuerte influencia de la Unión Soviética, se vuelve omnipresente para convertirse en la ideología y la praxis que ha de mar­car a la sociedad cubana.

Este es el contexto en el cual se desarrolla la niñez y la juventud de Eusebio, nacido en un hogar pobre, criado por su madre, sin la presencia del padre, y vi­viendo en una casa de vecindad, es decir, en un solar3 de la calle Hospital # 660, Centro Habana. Cuando triunfa la Revolución tiene 16 años y la ve, según sus palabras, «como una respuesta a sus intensas y sufri­das inquietudes sociales».4 Por otra parte, ya él cono­cía de antaño a varios de aquellos jóvenes que cons­piraban contra el gobierno de Batista, pertenecientes a la Juventud de Acción Católica, de la cual también era miembro activo, concretamente en la Iglesia del Carmen, de los PP. Carmelitas, situada en Infanta y Neptuno, donde uno de los animadores más destaca­dos era el propio padrino de Eusebio, Ángel de Albear Zúñiga. De entre aquellos que conoce en la Acción Católica baste mencionar, solo a modo de ejemplo puntual, al doctor Eduardo Bernabé Ordaz, quien era miembro de la Unión de Caballeros Católicos y lue­go alcanzaría los grados de Comandante del Ejército Rebelde.

Pero existe otro aspecto importante a tener en cuenta y es que Eusebio, después de cursar el 4º grado no pudo volver a la escuela,5 es decir, no llegó formal­mente ni siquiera a terminar el 6º grado de la educa­ción primaria.6 De este modo, para alguien que no era Bachiller, ni en ciencias ni en letras, ir a la univer­sidad, más que difícil, era algo imposible por cuestiones elementales. Solo a partir de ciertos exámenes y pruebas de suficiencia fue que, de modo totalmente autodidacta, pudo ingresar en la Universidad en el año 1974 en el curso nocturno, es decir, en un curso para trabajadores. En 1979, ya con 37 años de edad, logró graduarse en la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana.

Al respecto refiere la doctora María del Carmen Barcia Zequeira: «Recuerdo muy bien ese momento porque, a pesar de que yo también era muy joven, es­taba al frente de la Escuela de Historia de la Univer­sidad de La Habana, que entonces pertenecía a la Fa­cultad de Humanidades. Las normativas son siempre cerradas y excluyentes, pero Eusebio se había ganado el derecho, con su exitoso trabajo, a la excepción. Se convocó un tribunal, probó sus capacidades y comen­zó, como un estudiante más, una carrera de cinco años en el curso nocturno…».7

Por todo lo antes dicho, resulta evidente la razón y la convicción con la cual Eusebio se declara «hijo de la Revolución».8 Al respecto refiere: «La estructura cultural mía se formó en la disciplina de la Iglesia»,9 para mí «fue muy difícil compatibilizar religiosidad y Revolución…, eso pasó por (las) incomprensiones (de aquellos que me rodeaban), eso pasó por malos momentos, para mí nunca existió esa incompatibili­dad… Todo eso pasó, y desde mis convicciones ingre­sé en el seno del Partido Comunista de Cuba, creyen­do en el programa del Partido,… más que marxista fui fidelista…, yo soy lo que he sido, con mis luces y mis sombras, con mis errores y con mis aciertos».10

«Patria y fe, eso ha sido una divisa personal».11

 

III

 

Pero retornemos a 1959, fecha en que Eusebio comien­za a trabajar en el entonces Gobierno Municipal de La Habana, el Ayuntamiento, que tenía su sede en el otrora Palacio de los Capitanes Generales; lugar don­de conoce y comienza a interactuar con el que lue­go sería su predecesor, Emilio Roig de Leuchsenring, Historiador de la Ciudad, quien ve un gran potencial en él y empieza a canalizar la avidez de Eusebio por los libros. Allí nace su gran vocación: conservar y tra­bajar por el Patrimonio Nacional. A partir de enton­ces comienza una relación profunda no solo con Emi­lio Roig, sino también con arquitectos, historiadores, arqueólogos… Solo le faltaba lo que él denominaría «una circunstancia favorable para empezar».12

Esa circunstancia la creó el propio Eusebio, bien al salir por las calles de La Habana para explicar la histo­ria de la ciudad, bien en el antiguo Palacio de los Ca­pitanes Generales. En 1967, le llegó esa «circunstancia favorable» que él esperaba, cuando se decidió que se restaurara la vetusta edificación del entonces Gobier­no Municipal para convertirla en Museo y escuchó a modo de mandato: «Tú debes quedarte».13

Al respecto, la mejor anécdota que resume su que­hacer, e incluso su espíritu quijotesco frente a determi­nados esquemas, es aquella perteneciente a 1967, cuan­do con 24 años de edad detuvo el proceso de asfaltado de la calle de madera, ubicada frente al Palacio de los Capitanes Generales, al acostarse en plena vía pública para obstruir con su cuerpo el paso de los camiones y de la brigada de trabajadores, los que hubieran destrui­do esos escasos metros de calle que él defendió como si se tratase de la mismísima Acrópolis de Atenas.

Allí comenzó Eusebio en 1967, con solo 5 o 6 hom­bres, el gran desafío que constituía la restauración del antiguo Palacio. Esta etapa de su vida fue valo­ rada tempranamente por alguien que ni siquiera lo conocía y que se topó con él casualmente en plena vía pública. Me refiero a Alejo Carpentier, quien en una ocasión vio al desconocido joven mientras avan­zaba por una calle con una carretilla llena de piedras. Carpentier preguntó quién era y le respondieron:

«un muchacho que está restaurando el Palacio de los Capitanes Generales». Entonces el famoso novelista expresó proféticamente: «Bueno, pues con esa carretilla llegará lejos».14

Fue allí, en las obras de aquel palacio, donde le pusieron un apelativo que, si bien en otros hubiera podido resultar denigrante, en él permitió vislum­brar las cotas que alcanzaría su obra. Al respecto re­fiere el propio Eusebio: «En esa época me colocaron el dictado que generalmente se le da en Cuba a todo el que hace grandes cosas, o quiere hacerlas, o se las propone, o comparte su sueño de hacerlas alguna vez: loco».15

 

IV

 

Retornemos ahora al p. Usera, quien, luego de su ex­claustración forzosa por parte del gobierno liberal, comienza como párroco de Pedrezales, una aldea de apenas 50 habitantes. Más tarde se traslada a otros pueblos hasta que llega a Madrid, donde el Arzobispo de Toledo, bajo cuya jurisdicción se encontraba la ca­pital española en esa fecha, no lo acepta en el servicio parroquial y solo le concede licencia para predicar y confesar.

Hermanas del Amor de Dios en Cuba.

Tiempo después, en 1841, el padre Usera comienza a impartir clases de griego en la Universidad Literaria de Madrid y se integra poco a poco a la vida cultural de esa ciudad hasta llegar a ser miembro­ profesor de la Academia de Ciencias Eclesiásticas e ingresar en la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País; hecho determinado, en gran medida, por su apertura al diálogo entre los diversos modos de pen­samiento que definen lo que los estudiosos han deno­minado «las dos Españas»; aspecto no superado aún y que, con sus matices, llega a nuestros días.

Es precisamente en aquellos días cuando ocurre un hecho que marca un antes y un después en la vida del p. Usera: mientras desempeña su docencia univer­sitaria, el gobierno le encomienda la formación cívica y religiosa de dos jóvenes guineanos: Quir, de 22 años, y Yegüe, de 21. Dos meses después estos jóvenes son pre­sentados por el padre Usera en la Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, donde sus miembros lo sometieron a preguntas varias. Tiempo después estos jóvenes serán bautizados en la Capilla del mis­mísimo Palacio Real de Madrid. La madrina de Quir, quien recibirá el nombre de Felipe, será la Reina Isa­bel II, mientras que la madrina de Yegüe, que pasará a nombrarse Fernando, será la Reina Madre María Cristina. Con posterioridad ambos son recibidos por Sus Majestades, mientras que su formador, el p. Usera, quien previamente había pedido ser enviado a Cuba o a Puerto Rico, se convertirá en el primer capellán de la expedición a las islas del Golfo de Guinea, en África.

He querido adentrarme en el contexto y en los primeros pasos del p. Usera y de Eusebio, porque los considero determinantes para comprender sus rum­bos posteriores. En el caso del primero, de noble cuna e inmerso en la Iglesia, la España que él conoció de­ saparecía y surgía una realidad nueva cuya implosión alcanzará su verdadera magnitud en los años 30 del siglo XX. Respecto a la Iglesia, ella siempre ha temi­do a las revoluciones, tal vez por el hecho de haber presenciado muchas. Baste mencionar que el período histórico de la Iglesia en el cual dicho padre desarrolla su misión se corresponde con el proceso de la reuni­ficación italiana, que implicaba el desmembramiento de los Estados Pontificios y la terminación del po­der temporal del Papa. Empezaba entonces a relucir como nunca antes el verdadero poder de la Iglesia, el de santificar, más que el de reinar o de gobernar. Es decir, estamos hablando de los años en que se desarro­lla la llamada «Cuestión Romana», durante la cual el Papa, desde mediados del siglo XIX hasta 1929, se decla­ra prisionero en el Vaticano. Eran, pues, tiempos de cambios y de revoluciones telúricas, tanto en el caso del padre Usera como en el caso de Eusebio.

 

V

 

Para el p. Usera, su ida a África le permitirá desarro­llar aquello que luego la Iglesia, sobre todo a par­tir del Concilio Vaticano II, denominará «incultu­ración»; un intento de, antes de actuar, lograr una comprensión previa de la cultura y del mundo al cual es enviado como misionero: en este caso África. Pero ello no se limitará a su andar por las islas de Fernando Poo, de las cuales tiene que regresar víc­tima de la malaria para, tiempo después, ya parcial­mente recuperado, trasladarse primero a Cuba y lue­go a Puerto Rico; retornar temporalmente a España y regresar finalmente a tierra cubana, donde pasará sus últimas décadas de vida. Murió en La Habana en 1891.

En nuestro país este religioso, siempre y ante todo sacerdote, abrió aún más su campo de acción para de­sarrollar su vocación humanista, que comenzó por las catequesis y pasó después por la educación, la defensa del negro, de la niñez y de la mujer. Ese humanismo tuvo en él un denominador común: la promoción hu­mana.

Ya durante su estancia en Santiago de Cuba, con la Iglesia en la Isla bajo el «desgobierno del Patronato Regio», en palabras de monseñor Pedro Meurice, el p. Usera declara, mientras está inmerso en la refor­ma del Seminario de San Basilio, «que los padres de familia preferían desembolsar diez pesos mensuales mandando a sus hijos al Colegio particular de San­tiago, que exponerlos a ser corrompidos gratis en el eclesiástico de San Basilio».

Sabedor de que el mejor servicio que se le puede ofrecer a un pueblo es su educación integral, no duda en presentar al Capitán General, quien de cara a la Iglesia ostentaba el Vice­Patronato Regio en la Isla, un plan «acomodado a las necesidades de la época y adelantos del siglo… (queriendo párrocos preparados) al nivel de los progresos que últimamente han hecho las ciencias físico­matemáticas… (para que pudiesen anunciar) con dignidad la Palabra de Dios…». Mien­tras que para los estudiantes civiles proponía «habili­tar a la juventud cubana para la agricultura, la indus­tria, la mecánica y el comercio; fuentes de inagotable riqueza para el país…, (porque quería conseguir) no solo los adelantos y prosperidad… (de Cuba, sino tam­bién) arrancar de la ociosidad a una porción de los jóvenes llenos de disposición e ingenio que se creen degradados, si se entregan a aquellas profesiones». Incluso, introdujo un curso de botánica, «tanto más necesario, como que se vive en un país riquísimo en vegetales».

Este sacerdote apostó por el desarrollo de todas las potencialidades humanas y tecnológicas, pero no a cualquier precio; para él el desarrollo y la actividad económica serán auténticos si tienen rostro humano, si están al servicio de la persona integral, de la afir­mación de sus derechos y de la solidaridad entre los pueblos.

Esta es, pues, la razón de ser de su proyecto de educación religiosa y social en Cuba, de la fundación, a modo de ejemplo, de la Sociedad Protectora de los Niños de la Isla de Cuba o la creación en La Habana, a favor de la mujer, de la Academia de Tipógrafas y Encuadernadoras.

He referido al inicio que no es nuestra inten­ción hacer biografías o historias, aunque hemos te­nido que adentrarnos en ellas, sino acercarnos a las líneas que trazan estos dos hombres en su actuar. De ahí que no nos detengamos en la fundación por par­te del p. Usera de la Congregación de Hermanas del Amor de Dios, dado que ello necesitaría una incur­sión particular en el tema, por lo que nos remitimos, para concluir con la línea que traza este sacerdote, al Primer Catálogo de las obras sociales Católicas en Cuba, de 1953, el cual recoge, de cara al asunto que nos ocu­pa, que «fundó la Sociedad Protectora de Niños y, al amparo de la misma, un Asilo infantil, en 1890, al que en otros lugares se llama Casa Refugio… una casa­cu­na, (y) la primera guardería establecida en La Habana, [la cual] se destinaba a los hijos de las obreras y cria­das durante las horas de trabajo».

 

VI

 

Retornando a Eusebio, luego de su obra primigenia en el Palacio de los Capitanes Generales en 1967, en un solo edificio, después extendió su obra restaurado­ra a otros. Ya en el año 1978 el Centro Histórico de La Habana Vieja fue declarado Monumento Nacional y en 1982 la UNESCO le otorgó la condición de Pa­trimonio de la Humanidad, junto con el sistema de fortificaciones de la ciudad. En esta década se rehabili­taron varias decenas de edificaciones y en 1993 la Ofi­cina del Historiador pasó a ser una entidad atendida directamente por la presidencia de la República y se dictó el Decreto Ley 143, por medio del cual esa Ofi­cina comenzó a disponer de una serie de facultades extraordinarias.

El Dr. Eusebio Leal junto a las hermanas Teresa Vaz y Antonia (Toñi) Valverde. Foto tomada el 27 de junio de 2020 en la residencia de Eusebio, tal vez la última realizada al Historiador de la Ciudad.

Todo lo expuesto, si bien es de ineludible mención, no requiere de un mayor análisis dado que la obra de Eusebio y de su equipo en la Oficina del Historia­dor está ahí, a ojos vistas. Esa obra, visible para todos, constituye una especie de vitrina de alto valor histó­rico y patrimonial en medio de una ciudad destruida, necesitada toda ella de restauración, tanto por el paso del tiempo como por el abandono y la desidia que ha padecido.

Porque intentar abarcar la obra de Eusebio re­sulta difícil. Él, retomando las palabras de María del Carmen Barcia, «puede ser percibido desde diferen­tes aristas: como excelente orador, gran historiador, gestor incansable, o promotor fecundo, pero sobre todas esas cosas, aunando sus capacidades, (él) es un hombre político en el más alto significado que esta frase tiene. Piensa y trabaja por el futuro de su país, se vincula a las gentes simples, escucha sus demandas y se esfuerza por solucionarlas, tiene la sencillez de los grandes porque expone, expresa y hace realidad las demandas de su pueblo con el sentimiento más profundo de la cubanía… (Pero hay otro aspecto que no podemos obviar y que constituye una especie de hilo conductor en su actuar: su humanismo; aspecto en el cual Eusebio) debiera ser imitado por sus resul­tados, (al respecto baste mencionar) la creación de la Escuela Taller Gaspar Melchor de Jovellanos, la cual ha recuperado oficios y profesiones perdidas y ha en­ cauzado a cientos de jóvenes que habían cerrado sus estudios con el nivel medio de enseñanza… Menos divulgada, pero más trascendente aún, desde el punto de vista humano, es la labor social que se desarrolla en (el Casco Histórico de) la ciudad. Desayunos para los ancianos, atención humana y de salud en el Con­vento de Belén, un centro para las embarazadas con factores de riesgo, programas para la vacunación de los animales afectivos que pululan por las calles cita­dinas, y muchas otras actividades en beneficio de la población».16

Y es que para Eusebio, quizás por su extracción humilde, restaurar una porción de la ciudad, el Casco Histórico concretamente, era algo más que rescatar edificios o estructuras. En él la obra social va de la mano de la recuperación patrimonial, a diferencia de la praxis que practican otros, quienes limitan su ac­tuar a una función concreta y restrictiva para hacer solo aquello que por oficio «les toca». Al respecto aler­ta Eusebio: «Cualquier proyecto de restauración que no considere el tema social, y se dice que eso tienen que hacerlo otros…, (es estar) de espaldas al dilema principal, y nos vamos corriendo hacia un ángulo pe­ligroso que es el de (restaurar) solamente la ciudad para verla y no para vivirla».17 Y además advierte que «no hacemos nada restaurando las piedras si no res­tauramos las almas».18

 

VII

 

Este humanismo, ese estar al tanto de las necesidades de ámbitos y sectores culturales y políticos múltiples, al unísono con su estar al tanto de las necesidades de los más vulnerables de la sociedad, ese buscar el bien común, constituye, pues, el punto que entrelaza y hace converger las líneas trazadas por el p. Usera y por Eusebio. El humanismo raigal que existe en ambos nos permite explicitar la sentencia de Cayo Salus­tio que citaba el cardenal Jaime: «Querer lo mismo y no querer lo mismo, esa es en verdad una amistad firme», afirmación que hemos tomado como punto de intercesión o de convergencia para unir esas dos líneas paralelas que trazan las vidas y el actuar de estos dos hombres, máxime si tenemos en cuenta las opciones vida tomadas por cada uno de ellos: en el caso del p. Usera como sacerdote, como depositario, más que de un poder o de una autoridad, como en­ viado a una misión espiritual de la cual emanaba su actuar; en el caso del segundo, si bien el rasgo que lo identifica es el de Historiador de la Ciudad, no pode­mos olvidar que estamos hablando de alguien que fue miembro del Comité Central del Partido Comu­nista de Cuba y diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular.

Estas son, pues, las dos líneas que mencionaba al inicio, aquellas que, a pesar de sus curvas, permane­cían equidistantes y paralelas entre sí: una de ellas di­rigida al ejercicio de una misión espiritual, la otra al ejercicio de una misión política. A partir de estas dos misiones u opciones de vida, tenemos el «no querer lo mismo» de la frase de Cayo Salustio, mientras que en el humanismo que subyace en el actuar de ambos emerge «el querer lo mismo» que recoge la senten­cia, y que une a estos dos hombre en un ideal común que los identifica a pesar de los matices que impri­men en ellos sus respectivas épocas y sus respectivas directrices de vida: nos referimos a la primacía del ser humano por encima de otras realidades de carácter ideológico, siempre temporales y coyunturales, aun cuando uno de ellos se valiera para ello del trono y el otro del altar.

«Dos Hombres, dos épocas, un ideal» convergen, de ese modo, en estos dos grandes hombres y en la ra­zón de ser de esta Casa de las Hermanas del Amor de Dios. A ellas, sus hijas, el P. Jerónimo Usera y Alarcón les repite aquellas palabras que él eligió como lema de su vida: En todo, y sobre todo, «decir la verdad y hacer el bien»; mientras que el doctor Eusebio Leal Spengler les recuerda lo que en una ocasión expresó y que, a modo de leyenda, aparece al pie del cuadro que preside una de las paredes de esta Casa: «Esta con­gregación tendría la misión futura de enjugar lágri­mas y proclamar valores que no se adquieren en (el) mercado: (esos valores que) son fruto de la vigilia, el desprendimiento y la fe».

 

Referencias:

 

  • Conferencia pronunciada el 17 de mayo en la Casa Pa- dre Usera en ocasión del 131 aniversario del fallecimiento en La Habana del venerable Jerónimo Usera.
  • Gómez Ríos, M. (2000). Jerónimo Mariano Usera. La belleza de hacer el Madrid: Luis Rodrigo EDITABOR.
  • Rescatando La Habana, Documental de CNN en Es- pañol, 13  de  mayo  de  2018  https://www.youtube.com/ watch?v=pjqKye9ThhM, minuto 7:20
  • Entrevista a Eusebio Leal en «Con 2 que se quieran», noviembre  de   2010   https://www.youtube.com/watch?v=t- tzUMswLaE, minuto 22:42
  • Documental «Leal  al  tiempo»,  2007  https://www. youtube.com/watch?v=wwh3_-xgElo, minuto 12:37
  • Rescatando La Habana, Documental de CNN en Es- pañol, 13  de  mayo  de  2018  https://www.youtube.com/ watch?v=pjqKye9ThhM, minuto 3:21
  • Cremata Ferrán, M. (2017). Nuestro Amigo Leal. La Ha- bana: Ediciones Boloña. (pág 35)
  • Entrevista a Eusebio Leal en «Con 2 que se quieran», noviembre de  2010,  https://www.youtube.com/watch?v=t- tzUMswLaE, minuto 21:42
  • Entrevista a Eusebio Leal en «Con 2 que se quieran», noviembre de  2010,  https://www.youtube.com/watch?v=t- tzUMswLaE, minuto 22:20
  • Entrevista a Eusebio Leal en «Con 2 que se quieran», noviembre de  2010,  https://www.youtube.com/watch?v=t- tzUMswLaE, minuto 22:51
  • Entrevista a Eusebio Leal en «Con 2 que se quieran», noviembre de  2010,  https://www.youtube.com/watch?v=t- tzUMswLaE, minuto 30:26
  • Documental «Leal  al  tiempo»,  2007  https://www. youtube.com/watch?v=wwh3_-xgElo, minuto 7:47
  • Documental «Leal  al  tiempo»,  2007  https://www. youtube.com/watch?v=wwh3_-xgElo, minuto 8:20
  • Entrevista a Eusebio Leal en «Con 2 que se quieran», noviembre  de   2010   https://www.youtube.com/watch?v=t- tzUMswLaE, minuto 10:15
  • Documental «Leal  al  tiempo»,  2007  https://www. youtube.com/watch?v=wwh3_-xgElo, minuto 8:34
  • Cremata Ferrán, M. (2017). Nuestro Amigo Leal. La Habana: Ediciones Boloña. (pág 38)
  • Rescatando La Habana, Documental de CNN en Español, 13  de  mayo  de  2018  https://www.youtube.com/ watch?v=pjqKye9ThhM, minuto 10:10
  • Rescatando La Habana, Documental de CNN en Español, 13  de  mayo  de  2018  https://www.youtube.com/ watch?v=pjqKye9ThhM, minuto 26:14