El poeta Navarro Luna tropieza con los estalinistas cubanos

Por: Jorge Domingo Cuadriello

Durante el siglo XX ocurrieron descubrimientos ex­traordinarios como la penicilina, las oportunidades que brinda la energía nuclear y la importancia de los leucocitos en la salud de los seres humanos. De igual forma se desarrolló ampliamente la tecnología y se realizaron inventos considerados asombrosos, en­tre ellos el radio, el aire acondicionado, la televisión y la telefonía móvil. Pero, por otro lado, ocurrieron confrontaciones militares de gran envergadura como las dos guerras mundiales y el lanzamiento de bom­bas atómicas, acontecimientos que, en su conjunto, causaron millones de víctimas y grandes pérdidas materiales. Otras calamidades más podrían anotar­se: El Holocausto, que perseguía el exterminio de los judíos, los campos de concentración y de trabajos for­zados y la represión por motivos ideológicos, que se presentó bajo diferentes caras: fascismo, nazismo, fa­langismo, estalinismo, maoísmo… Obras literarias y cuadros destruidos, autores exiliados, encarcelados o desaparecidos, movimientos artísticos desarticulados, publicaciones periódicas prohibidas y la repetición de consignas políticas oficiales como demostración ine­quívoca de lealtad al régimen imperante.

El realismo socialista, teoría orientada e impuesta por Andrei Zdhánov, alto dirigente comunista sovié­tico y brazo derecho de Stalin para controlar y encau­zar el movimiento artístico y literario, fue asumido como regla de oro inviolable para sentar las bases del llamado arte proletario. Cualquier desviación de ese rígido patrón podía ser considerada, en el mejor de los casos, un rezago burgués que debía superarse. Fieles incondicionales a esos preceptos, los militan­tes comunistas, tanto en la Unión Soviética como en los llamados países de la Europa del Este como en el resto de los países donde aspiraban a tomar el poder, se convirtieron en sus fieles guardianes. Cuba no fue una excepción y a partir de los inicios de la década de los 40, cuando el Partido Comunista, poco después rebautizado como Socialista Popular, pudo desarro­llar legalmente sus labores, se hizo notar ese interés en guiar a los creadores literarios y artísticos hacia el coto cerrado del realismo socialista, más aún en los casos en que fueran correligionarios. Y cuando algu­no de estos transgredió la directriz ya bien delineada no se hizo esperar la consabida reprimenda. Ese fue el caso del poeta Manuel Navarro Luna.

 

» Noticia biobibliográfica sobre Manuel Navarro Luna

Nació en la localidad de Jovellanos, Matanzas, el 29 de agosto de 1894. Su padre, un joven aragonés per­ teneciente al ejército colonial español, desapareció misteriosamente al año siguiente, tras estallar la contienda independentista. De acuerdo con algunas versiones, fue ejecutado por sus propios compañeros de filas al negarse a combatir a los insurrectos. Ante esta situación, y en medio de múltiples penalidades, la viuda marchó con sus hijos a establecerse en Man­zanillo, donde halló la ayuda de un hermano suyo y transcurrió casi toda la vida de Navarro Luna, quien aprendió las primeras letras en la humilde escuelita fundada por su madre para enseñar a los niños del barrio.

Animado por un intenso deseo de superación, rea­lizó estudios de música, integró la Banda Infantil de Música de Manzanillo y más tarde formó parte de la Banda Municipal. Pero también la precaria situación económica de la familia lo obligó a desempeñar di­versas labores, desde vendedor ambulante y ayudante de cocina hasta barbero. En su escaso tiempo libre se dedicó a cultivar la poesía y en 1915 logró publicar sus primeros poemas en las revistas de esa ciudad Penachos y Orto. Por aquel tiempo, bajo la orientación del dirigente obrero de orientación socialista Agus­tín Martín Veloz (Martinillo), se entregó a las luchas sociales y resultó detenido por la policía en varias ocasiones. También dirigió los periódicos locales La Defensa y La Montaña y en 1921 estuvo entre los funda­dores del Grupo Literario de Manzanillo, importante agrupación que estableció las cenas martianas para rendirle homenaje a nuestro Apóstol y tuvo entre sus miembros al narrador Luis Felipe Rodríguez y al poeta e impresor Juan F. Sariol. Sus primeros libros de versos llevaron por título Ritmos dolientes (1919) y Corazón adentro (1922); pero su consagración nacional como poeta la obtuvo en 1928, cuando publicó Surco, considerado por la crítica el único volumen de poe­mas vanguardistas de las letras cubanas. En corres­pondencia con su orientación ideológica, Navarro Luna en 1929 se incorporó a la organización Defensa Obrera Internacional y al año siguiente comenzó a militar en el Partido Comunista, muy perseguido entonces por la dictadura de Gerardo Machado.

Hombre lleno de afectos y con un alto concepto de la amistad y de la camaradería intelectual, como de­ muestran los testimonios de muchos que lo trataron, artículos de la prensa y la correspondencia que sobre él se conserva en distintas instituciones cubanas, supo ser amigo también de intelectuales que ni de lejos co­mulgaban con su credo ideológico y procuró que mu­chos de ellos visitaran Manzanillo para impartir con­ferencias, efectuar lecturas de poemas y confraternizar con los escritores de esa ciudad, donde llegó a ser una personalidad querida y respetada. Durante el período presidencial de Fulgencio Batista de 1940 a 1944, que contó con el apoyo del Partido Comunista, se desempe­ñó como responsable del Departamento de Cultura de Manzanillo y dirigió con éxito la campaña para resca­tar el acueducto de dicha ciudad, que se encontraba en manos de una empresa norteamericana. Su bibliogra­fía activa de aquellos años estuvo integrada además por poemarios importantes, entre ellos Pulso y onda (1932) y La tierra herida, impreso en 1936. En ese año fue invi­tado a tomar parte en el festival poético convocado por Juan Ramón Jiménez y José María Chacón y Calvo y realizado en el habanero Teatro Campoamor, que cul­minó con el volumen La poesía cubana en 1936. Ya en la segunda mitad de la década del 40 encontramos a Na­varro Luna alejado de la creación poética y entregado, en cambio, a la vida social manzanillera y al abuso de las bebidas alcohólicas, actitud disoluta que fue censu­rada por sus camaradas del partido comunista. Años después puso término abruptamente a esa adición.

 

» Doña Martina, elegía

A lo largo de todo aquel tiempo el poeta se mantuvo muy apegado a su madre, a quien reverenciaba pro­fundamente. Mujer sencilla y laboriosa, entregada a la enseñanza de los niños en su humilde escuelita, para asombro de muchos arribó a la avanzada edad de 104 años dedicada aún a esta noble labor, toda una proeza que fue recogida y divulgada por el periodista nortea­ mericano Repley en su muy leída sección «Créalo o no lo crea», que era reproducida por diarios de varios países y en la cual compilaba hechos asombrosos, pero verídicos. Aquel reconocimiento incrementó aún más el orgullo que Navarro Luna sentía por su madre, que finalmente en abril de 1950, según nuestros cálculos, falleció. En los días siguientes el poeta recibió decenas de mensajes de pésame enviados, entre otros, por sus camaradas Blas Roca, Sergio Aguirre, Salvador García Agüero y Ángel Augier, así como por los escritores Enrique Serpa y José Antonio Portuondo.

La muerte de doña Martina Luna Yero estremeció profundamente al poeta, quien siempre había perma­necido a su lado y ya contaba con 58 años de edad. Así lo corrobora este fragmento de la carta que con fecha 19 de junio le envió a Jorge Mañach, intelectual de conocidas posiciones anticomunistas:

Recibí, hace más de dos meses, tu generosa y fina carta, expresión sincerísima de tu condolencia por la muerte de mi madre. Yo hubiera podido contes­ tarte en seguida (sic), pero preferí dejarlo para des­pués, esperando que se remansaran un poco estos días. Esperando, querido Jorge, lo que, por ahora, no puedo tener.

Porque mi madre vivió muchos años, y, precisa­mente por eso, por eso, todavía no puedo expli­carme su muerte. Estaba tan acostumbrado a su presencia —presencia dulcísima y profunda— que ahora, sin ella, no sé cómo puedo tener sosiego ín­timo para nada.

¿Sosiego íntimo…? Si fuera verdad que yo lo tengo para algo.

Es verdad que por haberme acompañado tantos años, tantos años, mi madre llegó a incorporarse, a fundirse totalmente en mi ser. Es verdad! Pero también es verdad que ahora, acaso cuando más la necesito, no la tengo a mi lado. Porque también es verdad que está muerta.1

 

Manuel Navarro Luna (1894-1966).

Con el paso del tiempo y la resignación su dolor se fue remansando. Entonces, poeta al fin, decidió rendir­ le homenaje a su madre a través de una elegía, que llevó por título Doña Martina y fue impresa por la editorial de la revista Orto a mediados de 1952 con un número li­mitado de ejemplares que el autor se encargó de enviar a escritores amigos.2 Este conmovedor poema elegíaco, que consta de 24 décimas y solo 19 páginas, fue recibido calurosamente tanto por la crítica como por personas humildes de Manzanillo. En carta dirigida a Juan Ma­rinello, a quien llamaba amistosamente Juanelo, escri­be Navarro Luna, con una satisfacción desbordada, el 6 de septiembre de 1952: «La elegía a mi madre ha sido un triunfo. Un triunfo redondo. Es conmovedor que vengan los viejos y los niños a la casa a buscar ese libro. Y hay que dárselo con dedicatoria y todo. El espectácu­lo es de veras emocionante. Se hizo una edición de qui­nientos ejemplares. Bueno, pues ya no queda uno.»3

Es muy probable que el primer comentario acerca de esta elegía se haya publicado en algún periódico del oriente cubano; pero, hasta donde conocemos, el primer órgano de prensa de carácter nacional que se encargó de divulgar su salida fue el diario habanero Información a través de la sección «Vida Cultural y Ar­tística», que redactaba el periodista, crítico de arte y dramaturgo de origen catalán y credo católico Rafael Marquina. Su reseña, dada a conocer en el número del 19 de agosto, se iniciaba con un elogio tanto a la personalidad sencilla y abnegada de Martina Luna como al poema en sí, donde «llega la décima humilde a excelsitud de pura esencia metafísica». Y más ade­lante afirmaba: «Si intentáramos analizar la eficacia que deja en potencia la ausencia de la madre en el alma del poeta, hallaríamos, sin duda, en la conclusa pesquisa la luz de Dios, que a todos nos llega en el dolor. También a Navarro Luna.»4

En este mismo diario, pero en el número del si­guiente día 8 de noviembre, el narrador y director de teatro Luis Amado Blanco, de origen asturiano y también creyente católico, se encargó de divulgar su comentario sobre este poema en la sección «Blan­cos», que redactaba. Comenzó con esta aseveración:

«Manuel Navarro Luna, poeta por la gracia de Dios, ha publicado en su ciudad de Manzanillo, una bella elegía en décimas criollas…» Y después de exaltar el valor de algunos versos, siguió adelante con es­tos razonamientos: «Queremos intentar otra na­turaleza, la suponemos gastada y ya inservible, y de pronto un poeta vuelto hacia su pena, volcado humildemente contra su costado abierto, nos hace revivir, sin manoteo innecesario, sin dramatismos excesivos, que por allí transcurre, silenciosa y aban­ donada, la verdad de la que todos perecemos algún día, porque así está descrito en el libro de Dios, en su sagrado misterio.» Y Amado Blanco cierra su re­seña con esta frase: «…Navarro Luna ha vuelto a vivir, “como una piedra de río”, en su mejor tamaño y humildad, divina humildad poética. ¡Que el Señor se lo premie!»5

Tan solo unos días antes, a fines de octubre y principios de noviembre, el erudito e hispanista José María Chacón y Calvo, ferviente católico, de misa casi diaria, había dado a conocer en cuatro partes, en el Diario de la Marina, un elogio entusiasta a esta obra de Navarro Luna, a quien calificó de «un gran poeta». Con respecto a Doña Martina, declaró que era «una pequeña obra maestra de sensibilidad y de ínti­ma poesía», y estableció vínculos entre algunas de las décimas, el cristianismo y pasajes de los Evangelios. Así, por ejemplo, escribió: «Siento en estos versos de Navarro Luna el resplandor de la cruz. Porque hay en esta poesía un profundo sentido de la vida perdurable, paréceme percibir nítidamente esa suave y purí­sima luz». Meses atrás él también había perdido a su madre y, como es de suponer, atravesaba por un momento de gran sensibilidad ante ese desgarramiento familiar, como demostró al año siguiente a través de la publicación del libro íntimo Diario de la muerte de mi madre.

Por aquel tiempo el poeta recibió también con re­gocijo otros saludos afectuosos dirigidos a su elegía. En carta enviada desde La Habana el 21 de octubre de 1952 le escribe Emilio Ballagas, de reconocida fe católica:

 

Vamos ahora a tu «Elegía». Es toda ella un canto secreto a la resurrección de la carne, de la carne a través del espíritu, del espíritu a través de la carne. Una confirmación también del credo de José Mar­tí que dijera «la vida humana no es toda la vida. La tumba es vía y no término!» Sin embargo su ma­yor encanto es que no está hecha al modo moralis­ta y sentencioso de los clásicos sino al modo fuerte y emocionado de los románticos, en una corriente que fluye purificando hasta el mejor presente. Es el dolor anclado en la esperanza.6

 

Días después Navarro Luna le escribe muy alboro­zado al historiador y ensayista manzanillero Luis A. de Arce: «Te acompaño, con la dedicatoria que mere­ces, el ejemplar tuyo de mi elegía a mi madre. Es libro que ha tenido —cómo lo agradezco, Luis— éxito gran­ dioso. ¿Leíste el ensayo, en cuatro partes, que publicó Chacón y Calvo en Diario de la Marina? Cosa bellísima, penetrante y fuerte.»7 Otros importantes intelectua­les, como el pensador y hematólogo Gustavo Pittalu­ga, también se sumaron a la relación de aquellos que elogiaron el poema. Su autor se podía considerar muy honrado con todos aquellos reconocimientos.

 

» Llega el tirón de orejas de los estalinistas

Muy mal sabor debe haberle dejado a los estalinistas del patio los aplausos a Doña Martina que le dedicaron públicamente los escritores católicos Marquina, Ama­do Blanco y Chacón y Calvo, en el caso de este desde las páginas del Diario de la Marina, publicación que tachaban de anticomunista, reaccionaria y franquis­ta, y, sin embargo, no había tenido a menos recono­cerle en sus páginas méritos a la creación poética de un activo militante comunista de larga trayectoria. A este desagrado posiblemente se sumó el elogio verti­do por Ballagas en su carta a Navarro Luna, que este habrá dado a conocer con sumo orgullo, según supo­nemos, en el amplio círculo de sus amistades. Además de ensalzar la obra, estos comentaristas entusiastas señalaban analogías entre los versos de las décimas y la doctrina cristiana, grave falta que consideraban inadmisible los militantes comunistas. Entonces de seguro analizaron minuciosamente la elegía con su vara inflexible y corroboraron las desviaciones ideológicas. Muy similar fue el resultado de la revisión críti­ca que hicieron de algunos textos divulgados también en aquellos días por varios camaradas del partido. Y entonces decidieron tomar cartas en el asunto públi­camente, para que sirviera de escarmiento.

Juan Marinello Vidaurreta (1898-1977)

La reprimenda colectiva llegó a través del «Infor­me a la Reunión de los Intelectuales», que vio la luz en la revista Fundamentos (1941­1953), «órgano de ex­presión del Partido Unión Revolucionaria Comunista, después llamado Partido Socialista Popular»,8 en su número correspondiente a diciembre de 1952. Esta pu­blicación era dirigida por Blas Roca y el informe fue redactado por Juan Marinello como miembro de la Comisión Especial del PSP, encargada de considerar el trabajo de sus escritores e integrada también por los dirigentes César Vilar, Carlos Rafael Rodríguez y La­ dislao González Carbajal, quienes junto a Aníbal Es­ calante, Severo Aguirre, Edith García Buchaca y Jacin­to Torras —la crema y nata del PSP— conformaban el Consejo de Redacción de Fundamentos. En el largo fragmento dedicado al poeta manzanillero se expresó lo siguiente: «El compañero Manuel Navarro Luna acaba de publicar en un folleto la Elegía a Doña Martina (sic). El poema es expresión del hondo amor que sintió por su madre (…) Pero atenazado por su honda pena, es indudable que el c. N. L. expresó en su poema orientaciones ideológicas incompatibles con su ideología y militancia. En su Elegía el c. N. L. exterioriza concepciones, en relación con la vida y con la muerte, enteramente opuestas al materialismo dialéctico que fundamenta toda nuestra concepción filosófica.» Y después de reconocer que el autor es «desde hace mu­chos años trabajador firme por nuestros principios», pasa a comentar los siguientes versos del poema: «La luz mía, pura y tierna / más de cien años brilló. / Como era una madre, yo / llegué a pensar que era eterna. / La sombra que nos gobierna / desde su sombra infinita / un luminar necesita / para la muerte alumbrar / y ya tiene el luminar / de mi dulce viejecita. Y más adelante, dice Navarro: ¡Yo espero que ella despierte / en las sombras, algún día! Y después: yo siento que ella me nombra / de la sombra en cada trecho. Y más aún: donde, sin muerte, mi madre / yo sé que me ha de esperar.

«Hay aquí una invocación en repetidas ocasiones al más allá, a poderes sobrenaturales: la sombra que nos gobierna desde su sombra infinita; yo espero que ella despierte en las sombras algún día; yo siento que ella me nombra de la sombra en cada trecho; donde sin muerte, mi madre yo sé que me ha de esperar, no son más que invocaciones a poderes extraterrenos, que llevan a situar a Navarro Luna en el campo de la filosofía idealista, prácticamente de la invocación a Dios.

«A la luz del materialismo dialéctico, que nos en­ seña que el mundo se desarrolla con arreglo a las leyes que rigen el movimiento de la materia sin necesidad de ningún “espíritu universal”, ni sombras eternas que nos gobiernen desde el infinito, estos versos no son admisibles.

«Hoy, cuando el arte burgués atraviesa una crisis profunda, cuando los ideólogos burgueses rechazan con animosidad furiosa el materialismo filosófico del siglo XVIII o el realismo en el arte de los siglos XVIII y XIX, nosotros tenemos que reafirmarnos más en el método del realismo socialista para todas nuestras obras.»

Y sigue más adelante la regañina: «No le está per­ mitido a un viejo comunista que tantas pruebas tiene dadas de su enraizamiento en la vida, este renuncia­ miento ni esta capitulación. Si su dolor es fuerte —y ha de serlo sobre toda medida para un hombre justo y batallador por el común mejoramiento— tal dolor debe servir para otorgarle más fuerza, más energía, más perspicacia, más confianza en sus luchas y más fe en el futuro de la humanidad, en el triunfo indefecti­ble de la clase obrera y en la instauración del comunis­mo en toda la tierra. La instauración del comunismo es la seguridad de que todas las madres tendrán el res­peto merecido y estarán defendidas definitivamente contra los dolores que la miseria y la opresión capita­lista comportan.»

Y ya para terminar, le dice Marinello a Navarro Luna: «Tu Partido quiere que tu legítimo dolor se transforme en acción, en optimismo revolucionario, en servicio a la más noble de las causas humanas. No­ sotros sabemos que tú oirás la voz de tu Partido.»9

 

» ¿Escuchó Navarro Luna la voz de su Partido?

Suponemos que, dados sus firmes principios ideológi­cos y su entereza como hombre, aceptó la reprimen­ da que le hizo la cúpula de su organización política. De acuerdo con la información que ofrece el ensayis­ta e investigador Virgilio López Lemus, después de afirmar que Doña Martina es «uno de los más bellos textos elegiacos que se han escrito en Cuba», como consecuencia de la «crítica que recibió en la década de 1950», (…) «Navarro Luna realizó una muy dura autocrítica en la que afirmaba que volvía en este poe­ma a “etapas de la interpretación espiritualista del mundo”, porque, alejado de los trabajos del partido de los comunistas advino el “debilitamiento ideológico”».10 Es muy probable que esta haya sido la reacción inmediata del poeta, pero ponemos muy en duda que en realidad haya asumido la amonestación de sus camaradas hasta el punto de renegar de la elegía que le dedicó a su madre y de los «conceptos idealistas» que vertió en esas décimas. ¿Qué nos mueve a arri­bar a esta suposición? Pues el siguiente hecho muy concreto: en 1954, dos años después de la divulga­ción del informe de Marinello, Navarro Luna volvió a reimprimir en la Editorial El Arte, de Manzanillo, Doña Martina, esta vez con los comentarios de Chacón y Calvo en el Diario de la Marina como complemento final y, como preámbulo, el siguiente fragmento de una carta personal que precisamente Marinello, por entonces presidente también del Partido Socialista Popular, le envió al salir impresa por primera vez la elegía, meses antes de que asombrosamente le detec­tara esas desviaciones ideológicas que plasmó en su informe:

Me gusta muchísimo tu Elegía a Doña Martina. Tiene décimas bellísimas, en verdad antológicas, décimas que estoy seguro quedarán como realiza­ción técnica y hondísima sugestión. Es una gran hazaña esa de hacer una elegía en décimas. Porque a la verdad no es el molde más natural y adecuado. La décima obliga a una claridad de martilleo, for­zada por el consonante preciso y reiterado, que no es lo mejor para decir un dolor sincero y hondo. No se trata de un obstáculo insalvable, sí de una fuerte dificultad que solo puede salvarse, como has hecho tú, con mucho talento y mucha emo­ción. Te felicito.11

 

En realidad el arrepentimiento de Navarro Luna lo hemos encontrado en una extensa carta personal, no pública, que mucho tiempo después, el 12 de mar­zo de 1955, le dirigió desde Manzanillo a su «queridí­simo Juan» Marinello, como respuesta a una solicitud formulada por este. Por su importancia nos vemos obligados a reproducir algunos de sus párrafos:

Ahora, a lo que tú me pides en tu carta.

Cuando se celebró la reunión de intelectuales en La Habana, hace ya muchos meses, yo te llamé por teléfono, desde aquí, y sostuve contigo una conver­sación larguísima sobre la Elegía. Si no recuerdo mal, creo que te dicté, y tú recogiste, unas cuantas palabras de autocrítica sobre ese poema, que tú me prometiste leer en la reunión, como leíste, seguramente. Mis palabras de aquella conversa­ción telefónica fueron, acaso con algunas varian­tes, las siguientes:

La Elegía no es, desde el punto de vista político, la obra que ha debido realizar un escritor y poeta marxista, que tiene el orgullo, la honra y la alegría de serlo, frente a la muerte de su madre. No lo es. Pero, ¿por qué no lo es? En primer término, por­ que la reacción de un poeta, de un escritor comu­nista que tiene ligada su vida, desde hace tantos años, a la causa del proletariado frente a la muerte de un ser querido como la madre, en manera al­ guna puede ser de aniquilamiento y de derrota, por mucho que sea el dolor que esa muerte repre­sente. Y nadie puede sentir más la muerte de una madre, de un hijo o de cualquier otro ser adorado como los comunistas. Nadie. El aniquilamiento, la derrota, el pesimismo, son reacciones románticas, de índole burguesa, ajenas, en lo absoluto, a la sen­sibilidad y el ideario comunista.

En segundo y último término, porque una inter­pretación espiritualista de la vida y de la muerte, tampoco tiene correspondencia alguna con aque­lla sensibilidad y con aquel ideario, sobre cuya sus­ tentación materialista —no material, en el sentido primario de la palabra— encuentran cabal y me­ ridiana explicación todos los fenómenos, incluso, desde luego, el de la muerte.

Claro está que no todos los momentos poéticos de la Elegía son iguales. No. Pero la mayor parte de sus centros descansan sobre una interpretación es­ piritualista. Y, dominados por ella, sus reacciones no pueden ser otras que las reacciones a que se alu­de anteriormente. Reacciones de índole burguesa, como digo antes, que nada tienen que ver con la dialéctica marxista.

A continuación rememora su infancia desdicha­da, la pobreza que su familia padeció, y su formación autodidacta, burguesa, no proletaria. Y más adelante expone:

 

Cuando muere mi madre, yo estoy casi totalmen­te desligado del trabajo diario del Partido. Realizo algunas tareas, concurro a alguna reunión; pero todo eso sin sentido orgánico de ningún género. Cuando un miembro del Partido no realiza los trabajos del mismo y se desliga de sus organismos —sea quien fuere ese miembro— acaba por debili­tarse ideológicamente. Y debilitada, en esa forma, su militancia, está a merced de de todos los riesgos y de todos los peligros.

En cuanto a la segunda edición de la Elegía, aun­ que me sería fácil explicar no sé cuántas cosas para justificarla y disculparme, lo cierto es que yo no debí, en realidad, permitirla. Pero de ningún modo debe entenderse que esa publicación se de­bió a una posición mía contraria a la posición del Partido. Eso no. Porque el Partido está para mí por encima de todo. Si yo no me opuse fue por mi postura un poco indiferente frente a la misma y por entender que esa publicación no hacía ningún daño. A ese error mío contribuyeron no pocos compañeros —del Partido incluso— de Cuba y del extranjero. Y contribuyó la ingenua solicitación de mucha gente del pueblo que fue a la Editorial «El Arte», espontáneamente, y que vino y viene a mi casa, todavía, en busca del poema.12

¿Fue sincera esta autocrítica del poeta o solo de dientes para afuera? Según nuestro criterio no resul­tan muy convincentes las razones que expone para justificar la reimpresión de Doña Martina. Navarro Luna tenía motivos para seguir sintiéndose orgulloso del aplauso que había continuado cosechando su ele­gía. En enero de 1953, desde Valparaíso, Chile, el gran poeta e igualmente militante comunista Pablo Neru­da había estampado en una carta personal: «Te escribo bajo la impresión inmediata que me causó la lectura de su hermosa y justa Elegía. Hermosa por los sucesi­vos hallazgos poéticos, verdaderamente asombrosos; y justa pues traduce con maestría y hondura insupera­bles el más legítimo y torrencial dolor humano»13

Pero existen otros elementos más que ratifican nuestro criterio de que Navarro Luna en modo algu­no abjuró de esta obra, ni le restó carga de espiritua­lidad y trascendencia a algunas de sus décimas ni mo­dificó uno solo de sus versos: en el año 1961 salieron a la luz, esta vez en La Habana, dos reimpresiones de Doña Martina, una por la Editorial Tierra Nueva (Pa­tronato del Libro Popular), con una edición de cinco mil ejemplares, y otra realizada por Rafael Humberto Gaviria. A pesar de los obstáculos que sectores extre­mistas de nuestro espectro ideológico trataron de po­nerle delate y del trago amargo que le hicieron beber a su autor, esta elegía de hondo contenido humano se ha abierto paso y no podrá ser borrada de la poesía cubana contemporánea.

 

» Noticia final

El triunfo de la revolución en 1959 reactivó los ím­petus poéticos y comunistas de Navarro Luna, quien poco después dejó atrás Manzanillo para establecerse en una habitación del Hotel Colina, frente a la Uni­versidad de la Habana. A partir de aquel momento impartió lecturas de sus poemas y charlas político­li­terarias tanto en unidades militares como en centros docentes, cooperativas campesinas, instituciones culturales y agrupaciones obreras. A esta etapa final de su vida pertenecen los libros de versos Los poemas mambises (1959) y Odas mambisas (1961). Con mayor tesón asumió la poesía de combate y de carácter pa­triótico a partir de los homenajes que les dedicó a nuestros héroes independentistas. En 1962 conoció la dicha de visitar su admirada Unión Soviética como integrante de la delegación cubana al Congreso Mun­dial por el Desarme y la Paz. También disfrutó en­tonces del reconocimiento que le tributaron poetas de la nueva hornada como Heberto Padilla, Manuel Díaz Martínez, Roberto Branly y Roberto Fernández Retamar. El primero se ocupó incluso de hacer una selección de su obra, que apareció en 1963 bajo el tí­tulo de Poemas. A inicios de 1966 recibió la condición de Socio de Mérito de la Unión de Escritores y Artis­tas de Cuba. Meses después, el 15 de junio de dicho año, falleció Manuel Navarro Luna en esta capital. Su amistad con Marinello y con el resto de los escritores comunistas, como Nicolás Guillén y Raúl Ferrer, se mantuvo inalterable hasta el final, según se despren­de de las cartas que se cruzaron con posterioridad a la aparición de aquel informe y también de los artículos que sobre el poeta manzanillero estos dieron a cono­cer en la prensa.

Con carácter póstumo han visto la luz algunas se­lecciones de sus poemas y se le han dedicado varios estudios que incluyen la elegía Doña Martina. Pero en ninguno de ellos hemos encontrado referencias precisas a la amonestación que le dirigieron sus camaradas del partido comunista. Joaquín G. Santana en Furia y fuego en Navarro Luna (1975), que pretendió ser un recorrido abarcador y profundo de la vida y la obra de este autor, obvia por completo el tema. Igual actitud asumió Xiomara Garzón en su compilación En torno a Navarro Luna (Santiago de Cuba, 1975). El crítico y poeta Juan Nicolás Padrón Barquín en la introduc­ción a Elegías y otras ausencias (1994), de Manuel Nava­rro Luna, pasa de puntillas sobre tan delicado asunto con esta frase: «Doña Martina. Elegía (1951) resultó un escándalo formal para ciertos críticos y una decep­ción para algunos de sus compañeros de militancia política. Era un poema sincero y elocuente…»14 Ya se­ñalamos en líneas anteriores el comentario impreciso de Virgilio López Lemus sobre este peliagudo tema. Que sirva entonces el presente trabajo para arrojar luz sobre un penoso incidente, marcado por la intole­rancia, de nuestra historia literaria.

Notas y Referencias

 

  • Carta de Manuel Navarro Luna a Jorge Mañach fechada en Manzanillo el 19 de junio de 1950. En Archivo Literario del Instituto de Literatura y Lingüística «José Antonio Portuondo Valdor». Fondo Manuel Navarro Luna. Carpeta 1010.
  • No hemos logrado tener en nuestras manos un ejemplar de ese folleto, pero no dudamos de su existencia porque, además de otras pruebas, fue recogido por el destacado bibliógrafo Fermín Peraza en su Anuario Bibliográfico Cubano correspondiente a
  • Carta de Navarro Luna a Marinello con fecha 6 de septiembre de 1952 en En Archivo Literario del Instituto de Literatura y Lingüística «José Antonio Portuondo Valdor». Fondo Manuel Navarro Luna Nro. 750.
  • Marquina, Rafael «Doña Martina». En Información

Año XVI Nro. 197. La Habana, 19 de agosto de 1952, p. 6.

  • Amado Blanco, Luis «Doña Martina». En Información

Año XVI Nro. 266. La Habana, 8 noviembre 1952, p. 4.

  • Tomado de En torno a Navarro Luna. Compilador: Xiomara Garzón. Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 1975, 212-213.
  • Carta de Manuel Navarro Luna a Luis A. de Arce fe- chada en Manzanillo el 17 de noviembre de 1952. En Archivo Literario del Instituto de Literatura y Lingüística

«José Antonio Portuondo Valdor». Fondo Manuel Navarro Luna. Carpeta Nro. 1010.

  • Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba Diccionario de la literatura cubana. La Habana, Editorial Letras Cubanas, Tomo I, p. 359. Resulta muy llamativa la propaganda prosoviética y estalinista de esta publicación. No solo reprodujo discursos e informes de Stalin, sino que le dedicó un número laudatorio cuando este murió en 1953. Uno de los trabajos que insertó entonces en sus páginas fue «Stalin y la Paz», de Juan Marinello.
  • Marinello, Juan «Informe a la Reunión de los Intelectuales». En Fundamentos Año XII Nro. 129. La Habana, diciembre de 1952, pp. 1111-1112. Otros intelectuales comunistas amonestados en este informe fueron el historiador Jorge Castellanos Taquechel por dos artículos publicados en la revista La Última Hora en los que se dejó llevar por

«el pensamiento de ideólogos burgueses» y cayó en el pesimismo, el periodista y psiquiatra Diego González Martín debido a haber elogiado «la medicina burguesa cubana» a través de entrevistas publicadas en Bohemia y el poeta y ensayista Ángel Augier por haber divulgado, también a través de este semanario, «un panorama casi idílico de nuestro proceso histórico durante el último medio siglo». El primero de ellos cantó la palinodia por medio de una carta enviada a César Vilar y publicada en este mismo número 129 de Fundamentos, en la cual reconoció su error al «no haber aplicado las leyes fundamentales de la dialéctica marxista» y prometió incrementar «su educación en las doctrinas marxistas-leninistas-stalinistas». Mas Jorge Castellanos no cumplió esta promesa. Posteriormente rompió con su militancia comunista y en 1961 marchó a establecerse en Miami, donde publicó, junto con su hija Isabel, en cuatro tomos, la obra monumental Cultura afrocubana y murió en 2011. Hasta donde conocemos, los otros dos autores prefirieron aceptar disciplinadamente la amonestación. González Martín se incorporó al proceso revolucionario cubano, ejerció la psiquiatría, publicó La psicología y los problemas religiosos (197?) y murió en La Habana en 1998. Augier siguió adelante con su intensa labor literaria, publicó varios ensayos, investigaciones y poemarios, recibió el Premio Nacional de Literatura en 1991 y falleció en La Habana en 2010.

  • López Lemus, Virgilio «Manuel Navarro Luna y Doña Martina». En Oro, crítica y Ulises o creer en la poesía. Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2004, pp. 22 y 29, res- El autor no ofrece la referencia de esas citas entrecomilladas y en diálogo que sostuvimos con él a través del correo electrónico en marzo de 2022 para esclarecer este punto nos dijo que la autocrítica de Navarro Luna había sido verbal, no por escrito.
  • Esta segunda edición de Doña Martina, según reza en el reverso de su contraportada, también fue impresa por Ediciones Orto, de Manzanillo, y aunque no cuenta con una fecha de terminación aparece recogida en el Anuario Bibliográfico Cubano, de Fermín Peraza, correspondiente al año
  • Carta de Navarro Luna a Marinello escrita en Manzanillo el 12 de marzo de 1955. En Archivo Literario del Instituto de Literatura y Lingüística «José Antonio Portuondo Valdor». Fondo Manuel Navarro Nro. 756.
  • Tomado de En torno a Navarro Luna. Cit., p. 185. 14 Padrón Barquín, Juan Nicolás «La elegía como carácter». En Elegías y otras ausencias de Manuel Navarro Luna. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1994, p. 8. Como podrá apreciarse, ofrece una información errónea sobre el año de publicación de esta obra.