Lectio inauguralis del curso académico 2025-2026 del Seminario San Carlos y San Ambrosio (19 de septiembre de 2025)
En abril de 2017, en ocasión del 125 aniversario de la creación del Pontificio Colegio Español de Roma, el papa Francisco recibió en audiencia a sus miembros, así como a otras personalidades invitadas para la ocasión. Durante la audiencia el Santo Padre abordó el tema de la formación, dado que este Colegio fue fundado por el beato Manuel Domingo y Sol para, entre otros aspectos, la formación del clero.
Al concluir su mensaje, varios de los presentes se acercaron a saludar al Papa. Entre ellos se encontraba el p. Cristóbal Sevilla Jiménez, director del Instituto Teológico San Fulgencio, de Murcia, el cual refiere: «Cuando me presenté como responsable de los estudios del seminario diocesano, él, con rostro serio, y tomándome del brazo con sus manos, me repitió hasta tres veces: ¡Que estudien!»1
Ante ello debemos preguntarnos: ¿Por qué, de entre tantas posibles interpelaciones a realizar, el papa Francisco se centró solo en una, y repitió lacónicamente un único «pedido» que, por el lenguaje no verbal utilizado, más que una exhortación, representaba un requerimiento, un mandato; «requerimiento-mandato» que no se limitó a manifestarlo en una ocasión, sino que lo repitió tres veces seguidas?: «¡Que estudien!»
Y es que la vocación al sacerdocio no puede entenderse como algo encapsulado en la abstracción de un ideal, ni puede reducirse a una mera actividad práctico-organizativa, ajena a la conciencia de la persona;3 dado que ella no va dirigida a formar «administradores de lo sagrado», o «gendarmes preocupados» por hacer que se respeten las normas religiosas, sino que es una respuesta al llamado realizado por Cristo a los que Él quiso (cf. Mc 3, 13) para ser pastores cercanos a las personas, imágenes vivas de su corazón misericordioso.4 Y ello evitando la tentación de la abstracción, del protagonismo, de la excesiva seguridad en sí mismo, de la autoreferencialidad y de esa frialdad que pudiera convertir a los futuros sacerdotes en meros «profesionales del Espíritu», en lugar de buenos samaritano5 llamados para servir al Pueblo de Dios y a actuar in persona Christi Capitis.
Es por ello que la formación, tal como la entiende la Iglesia, se dirige a toda la persona en su integridad, de modo que, en lo humano, en lo espiritual, en lo intelectual y en lo pastoral, el sacerdote sea un maestro en el «arte de las artes»; aquella que, en palabras de san Gregorio Magno, es la «cura de almas»;6 de ahí que la Iglesia no pueda improvisar a un «curador de almas».
Para intentar dar una respuesta a la importancia que el papa Francisco da al estudio como preparación para el servicio pastoral, es necesario tener en cuenta qué es estudio y qué es pastoral; máxime cuando la nueva Ratio fundamentalis2 para la formación sacerdotal acota, de modo explícito, que la dedicación al estudio no es un suplemento o un añadido a la vocación sacerdotal, sino que el trabajo intelectual personal, en todas las asignaturas, debe ser considerado un criterio de discernimiento vocacional; de modo homólogo a como lo es la vida personal, la vida espiritual u otros criterios condicionantes que se tienen en cuenta de cara al discernimiento vocacional de los candidatos al sacerdocio.
Debido a ello, precisemos qué es pastoral y qué es estudio:
I
Pastoral es todo cuanto hace la Iglesia para prolongar en el mundo la misión de Cristo, Buen Pastor, a fin de conducir el rebaño del Señor, alimentarlo con la Palabra de Dios y colmarlo de vida divina con los sacramentos, hasta llevarlo a los prados de vida eterna. De ahí que la pastoral sea mucho más que una mera técnica o práctica prefijada y válida para todos los tiempos y contextos. Ella es, y debe ser, ante todo, consecuencia directa de la escucha del querer de Cristo, Buen Pastor, que impele a cumplir la única misión que Él confió a su Iglesia: Anunciar el Evangelio, la Buena Noticia de la salvación, a todos los pueblos hasta el fin del mundo (cf. Mt 28, 20).
Es precisamente esta misión la que ha dado origen, en las diversas épocas de la historia de la Iglesia, a prácticas pastorales diversas, dictadas por la voluntad de transmitir la fe, y por la necesidad de anunciar el Evangelio con el lenguaje de los hombres, radicados en sus culturas y en medio a ellos. La acción pastoral es, por ende, la respuesta activa de la Iglesia al sentir de Jesús, quien, al mirar la multitud, tuvo compasión de ella, porque eran como ovejas sin pastor; y comenzó a enseñarles (cf. Mc 6, 34); no como multitud amorfa, sino de un modo personal, hablándole al corazón de cada uno de los miembros de esa multitud, pues el Buen Pastor es Aquél que conoce a cada una de sus ovejas por su nombre (cf. Jn 10, 3).
Debido a ello, la acción pastoral de la Iglesia, aun cuando se hagan «Planes Pastorales» dirigidos a «masas» o grupos varios (útiles para perfilar líneas pastorales), va dirigida a personas concretas; y ello en su integridad: humana, espiritual e intelectual. De modo que podemos hablar de una pastoral humana, de una pastoral espiritual y de una pastoral intelectual; tal y como sintetizan las virtudes cardinales, perfecciones del entendimiento y de la voluntad que son desplegadas por el hombre por medio de las fuerzas humanas para, posteriormente, arraigarse en las virtudes teologales, de modo que esas fuerzas humanas sean ordenadas, según el querer de Dios, a la participación de la naturaleza divina (cf. 2 P 1, 4). Y es que las virtudes teologales son fruto de la gracia, la cual es infundida en el alma de los fieles, tanto para hacerlos capaces de obrar, como para ser signos de la presencia y de la acción del Espíritu Santo en las facultades, en las fuerzas humanas.7
De modo que, hasta aquí, tenemos ya algunas ideas claves que se interrelacionan e interactúan entre sí: Acción, Escucha, Entendimiento, Voluntad y Gracia.
II
Veamos ahora qué es estudio. Respecto al estudio, para intentar calar su verdadero significado, aquél al cual se refirió el papa Francisco en el «requerimiento-mandato» de la anécdota referida, es necesario superar ciertas consideraciones, latentes en no pocos, quienes perciben el estudio como algo netamente académico, una especie de acápite que remite a un conjunto de materias que se estudian, bien para aprobar un examen, y obtener ciertas calificaciones o titulaciones, en su aspecto más reducido; bien, en un aspecto más amplio, como algo propio de intelectuales y académicos ensimismados en una especie de burbuja aséptica ajena a la realidad y al actuar.
Esta visión reduccionista de lo que consiste el estudio es la causante de que en algunos sectores de la Iglesia, incluyendo los seminarísticos, existan aún, en ciertas personas, una falsa noción de pastoral, como opuesta al estudio; y que se escuchen expresiones como: «Más que el estudio lo importante es la pastoral» o «Yo me dedico a la pastoral»; ariete utilizado por algunos para justificar la desidia a la hora de asumir la responsabilidad en los estudios; desidia que tiende a disgregar la formación, y ello a partir de falsos justificativos pastorales.
Consecuencia directa de esta visión reduccionista, que encierra y delimita el estudio a un ámbito particular del ser y del quehacer, es que algunos enarbolan antagonismos como: Estudio Vs. Diligencia, Estudio Vs. Práctica o Estudio Vs. Pastoral.
Este tipo de clericalismo antiacadémico, que minusvalora el estudio, es precisamente el que hace germinar, como todas las absolutizaciones, sus propias antípodas. Una de ellas es el «carrerismo eclesiástico», el cual el papa Francisco no duda en catalogar como «una peste» y, en consecuencia, pide que sea excluido de entre los candidatos al sacerdocio; así como el «academicismo clerical», del cual, según el Pontífice, nacen todas «aquellas ideologías que apestan a la Iglesia», sean del signo que sean;8 incluso con la inclusión en ellas de categorías sociológicas propias de la sociedad civil. Dígase, por mencionar algunos adjetivos recurrentes: la Iglesia de los conservadores o la Iglesia de los liberales; o bien, la Iglesia de los tradicionalistas o la Iglesia de los modernistas y/o progresistas.
Ante estas «corrientes» o «posicionamientos» resulta dilucidador el cuestionamiento realizado por san Pablo a los Corintios: «¿Acaso Cristo está dividido?» (cf. 1 Cor 1, 12). De ahí que sea oportuno recordar que este tipo de adjetivos (u otros afines) no solo pasan por alto qué es la Iglesia, sino, sobre todo, quién es su Cabeza y quién es el que realmente mueve sus hilos, al margen de la humanidad de sus miembros; dígase un simple fiel de una capilla rural, dígase aquél que, de turno, esté ocupando la Cátedra de Pedro y ejerciendo el ministerio petrino. Tanto uno como el otro, cada uno con la misión que le es propia, son instrumentos activos de Aquel que es quien realmente mueve los hilos de la Iglesia: El Espíritu Santo; más allá de la docilidad o de la resistencia de los miembros de la Iglesia a la omnipresencia de su acción. De ahí que ante tipo de adjetivos sociológicos debamos tener siempre presente que en la Iglesia «la unión colegial se manifiesta también en las mutuas relaciones de cada Obispo con las Iglesias particulares y con la Iglesia universal. El Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad así de los Obispos como de la multitud de los fieles».9
No estamos, por ende, refiriéndonos a «adjetivos sociológicos» audibles en la Iglesia en nuestros días, ni a posturas «academicistas» o «antiacademicistas», mucho menos a «corrientes» o «posicionamientos»; estamos hablando de «estudio», respecto al cual debemos tener en cuenta que él (si somos fieles a su etimología latina: «studium») no es exclusivamente el esfuerzo que se dedica para aprobar un examen, ni mucho menos la acción memorística de axiomas; esfuerzos y axiomas que, una vez cumplido su cometido (aprobar un examen), son olvidados casi en su totalidad. Y es que esta consideración de lo que es el estudio, si bien es una posible acepción del término, es algo tan simplista, como simplista pudiera ser considerar el estudio como un mero local, por ejemplo, un estudio fotográfico; lo cual no deja de constituir tampoco una acepción válida del término estudio.
Sin embargo, el estudio, aquél al cual nos estamos refiriendo, es algo mucho más amplio y abarcador, pues él, para que realmente dé frutos, necesita pasar del «aprender» al «aprehender» (con «h»). Y es que, si bien aprender es la adquisición y el procesamiento de conocimientos, ideas, datos, habilidades o informaciones de un modo acumulativo, algo así como llenar una especie de biblioteca mental (praxis propia de la instrucción más que de la educación o de la formación); aprehender mediante el estudio supera la mera adquisición y procesamiento de conocimientos, ideas o informaciones, para atraparlas, capturarlas, asimilarlas. De ahí el conocido aforismo de José de la Luz y Caballero: «Instruir puede cualquiera, educar solo el que sea un evangelio vivo».
Dicho en otras palabras, aprehender por medio del estudio es interiorizar y asumir la esencia de algo de un modo profundo, tangible, totalizador; para, de este modo, pasar de la multidisciplinariedad (como planteamiento que favorece una mejor comprensión de un objeto de estudio al contemplarlo desde diversas aristas), a la transdisciplinariedad; la cual permite la interconexión armónica, como un todo, de aquello que, en el ámbito del conocimiento, el ser humano, por fines prácticos y de cara al cúmulo del saber (que siempre va in crescendo), se ha visto en la necesidad de dividir en disciplinas o especialidades.
Es decir, de cara a la pastoral, dado que el pastor, el «cura de almas», no trata con softwares, chips, u objetos, sino con seres humanos (en su individualidad única e irrepetible, con problemas e historias personales diversas); aquel que tiene una vocación sacerdotal, o lo que es lo mismo, aquel que se siente llamado a ser un «curador de almas», no puede percibir el pensum académico como un conjunto de asignaturas inconexas y autónomas entre sí; ni ceñir una asignatura o una materia, al ámbito impoluto de una competencia determinada, ni a los libros y autores exclusivos de ella.
Y es que una especialización excesiva en el período de formación de los candidatos al sacerdocio, si bien permite formar expertos formidables en diversas ramas, capaces de dominar a plenitud cualquier tema o discusión en un ámbito particular del conocimiento, es incapaz de propiciar una perspectiva holística, abarcadora, capaz de formar a un verdadero «cura de almas» pues éste ignora a qué, o a quién, se ha de enfrentar cuando tenga ante sí personas concretas y disímiles, de procedencias, edades, vivencias e, incluso, ideologías varias.
Ello es precisamente lo que sintetiza una célebre frase que muchos atribuyen a santo Tomás de Aquino: «Temo al hombre de un solo libro»; frase cuyo trasfondo es el mismo que, ante el oráculo de Delfos, llevó a Sócrates a afirmar su «Solo sé que no se nada» después de interactuar con aquellos que se autoproclamaban «sabios» en un ámbito determinado del saber, en una porción de la realidad, en detrimento de la integridad, de la totalidad de lo real. Algo que estos «sabios», al estar tan imbuidos en sí mismos, y en los cotos circunscritos de aquello que creían conocer, ignoraban incluso ignorar dado que constreñían la totalidad de lo real a una porción específica del ser y del saber.
Es por ello que en el estudio, en la aprehensión, no basta un libro de texto, es necesario que se asuma la transdisciplinariedad como maduración del saber, de modo que se pueda pasar del «saber sobre…», al «estar preparado para…»; máxime cuando este «para» lo constituyen seres humanos concretos. Y es que el estudio, la formación de cada seminarista, es tanto para sí, como para consagrarse a la alabanza de Dios y, haciéndola vida, comunicarla y dar frutos fuera de sí; tal y como prescribe de forma explícita el Ritual de Órdenes en el momento de la entrega del Evangelio: «Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero; esmérate en creer lo que lees, enseñar lo que crees y vivir lo que enseñas».
Consecuentemente, «aprehender» mediante el estudio como preparación para la pastoral, es decir, para cumplir la misión que Cristo ha encomendado a su Iglesia, más que una potencia, es un acto, pues no se trata solo de saber, o de tener información, sino de entender e interiorizar tanto el sustrato como la esencia de aquello que se estudia, algo que supera y trasciende la mera memorización de datos, conceptos o informaciones, para asimilarlas y asumirlas de un modo interconectado e interdependiente entre sí.
Resumamos: Estudiar para aprender es algo acumulativo y racional, estudiar para aprehender es algo intuitivo, profundo y totalizador que lleva hacia sí, incluso por ósmosis, conocimientos, ideas, datos, habilidades e informaciones. No obstante, el aprehender tiene un condicionante: Para que se dé la aprehensión mediante el estudio es ineludible el aspecto instintivo, es decir, tiene que existir un interés, una intención, una vocación. En pocas palabras, si no hay interés, si no hay vocación, no hay aprehensión; y ello es válido tanto para un músico como para un médico como para un sacerdote.
III
De aquí se desprende que el estudio tenga una marcada carga emocional y volitiva que, en su sentido más profundo, implica la aplicación consciente y sostenida de la atención, la conversión del tiempo en competencia; siendo la forma que toman las búsquedas humanas cuando ellas se toman en serio y se convierten en un anhelo que nace de un impulso interno, de una pasión, de una aplicación contentiva, tanto de una preocupación como de un interés.
En consecuencia, el estudio (salvo que la mera intención sea aprobar una serie de exámenes y cumplimentar un pensum académico) no debe, ni puede, ser el resultante de una obligación, sino consecuencia directa de una inclinación, de un interés, de una vocación; trátese del campo del que se trate. De ahí que si el estudio, hablemos del campo del que hablemos, es el resultado de una obligación, y no de un interés o, lo que es lo mismo, de un impulso interno, de una vocación, este constituirá en sí mismo una carga que desembocará, irremediablemente, tanto en el desinterés como en la frustración; lo cual, en el caso que nos ocupa, la vocación sacerdotal, se reflejará, de modo directo e inexorable, en la futura acción pastoral; puesto que ese desinterés y esa frustración es lo que genera, entre otros factores, la futura existencia de lo que el papa Francisco catalogara como «curas avinagrados».10
Y es que, si bien es cierto que el que quiere trabajar, trabaja con lo que tiene y logra algo; mientras más y mejores herramientas se tengan, mayor y mejor será el resultado, algo que ocurre también con el «cura de almas». Pero hay algo que sí es indispensable para ese «querer trabajar»: La existencia de una inclinación, de un deseo, de un interés, de una vocación.
Este es precisamente el motivo por el cual la nueva Ratio fundamentalis precisa en su número 141 que el estudio, el trabajo intelectual personal, en todas las asignaturas, debe ser considerado un criterio de discernimiento vocacional y una condición para el crecimiento gradual en la fidelidad a las responsabilidades ministeriales del futuro;11 pues el estudio no se limita a «lo intelectual», sino que también debe, y tiene, que vertebrar y ahondar en las otras tres dimensiones de la formación: humana, espiritual y pastoral. No se trata, por tanto, de una mera educación del intelecto; ello sería dar nociones intelectuales, que son importantes, pero que sin el corazón y sin las manos no sirven para nada; de ahí que se trate, más bien, tanto de «saber», como de «saber hacer» y, sobre todo, de «saber actuar» y «saber vivir» pues, como recuerda el papa Pablo VI en su Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi: «El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan… (y) si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio».12
Y es que el estudio es un todo monolítico en el cual, si bien cada disciplina se estudia de manera sistemática, debe establecerse un diálogo entre ellas con el fin de enriquecerse mutuamente; aspecto que no excluye que existan talentos, gracias o preferencias vocacionales por ciertas dimensiones, según el carisma al cual cada cual se siente llamado, algo que no anula, sino que fortalece la unidad y la riqueza de la Iglesia en virtud de la diversidad de dones y carismas que laten en los miembros del Cuerpo místico de Cristo; Cuerpo donde cada miembro tiene una misión propia, que no es excluyente, sino que se complementa con aquella que ejecutan los otros miembros del Cuerpo (cf. 1Cor 12, 12-27). Máxime cuando la eficacia de la acción pastoral está determinada por el obrar del Cuerpo, y no por la acción de miembros aislados, quienes, si bien pueden marcar una impronta propia (válida en sí misma), ello puede avivar visos de referencialidad, y aun de autoreferencialidad, que pueden dividir la unidad del Cuerpo.
IV
Debido a ello, el «requerimiento-mandato» del papa Francisco que hemos referido («¡Que estudien!»), no podemos reducirlo (aunque lo incluye) a lo intelectual, a la inteligibilidad academicista de las cosas, sino que es algo mucho más profundo; pues el cristianismo, en palabras del papa Benedicto XVI, «no es un sistema intelectual, un conjunto de dogmas, (ni) un moralismo;… el cristianismo es un encuentro, una historia de amor, un acontecimiento»;13 encuentro, historia y acontecimiento que discurre al unísono con el logos, pues, como recuerda el propio Pontífice, referenciando palabras de Manuel II Paleólogo: «No actuar según la razón, no actuar con el logos es contrario a la naturaleza de Dios»; de ahí su invitación a redescubrir la amplitud de la razón.14
Es decir, la fe cristiana no es una doctrina, una sabiduría, un conjunto de normas morales o una tradición. La fe cristiana es, ante todo, un encuentro, una relación con Jesucristo. Por este motivo, la misión propia de la Iglesia, su accionar pastoral, y su posibilidad de que ese accionar pastoral dé frutos, estará siempre determinada por su empeño en hacer presente e inolvidable a Jesucristo; consubstancial con el Padre según la divinidad, y consubstancial con nosotros según la humanidad,15 tal y como recuerda el Concilio de Calcedonia, el cual, en su definición dogmática, acota un aspecto fundamental del pensamiento cristiano: la categoría «persona». De este modo, la categoría «persona» (el «¿quién es?») se distinguirá de la categoría «naturaleza» (el «¿qué es?»).16
Esta distinción entre el «qué es» y el «quién es», nos lleva directamente de la mano al misterio del hombre, misterio que solo se esclarece a partir del misterio del Logos encarnado; puesto que ese hombre, en la integridad de su ser (personal, comunitario y social), ese hombre que ya no es «un qué», sino «un quién» (porque es «persona»), es el que constituye, como refiere el papa Juan Pablo II en su Encíclica Redemptor Hominis: «el camino primero y fundamental de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo, vía que inmutablemente conduce a través del misterio de la Encarnación y de la Redención».17 Y es que, como refiere el papa Benedicto XVI, «no se puede dar culto a Dios sin velar por el hombre, su hijo, y no se sirve al hombre sin preguntarse por quién es su Padre y responderle a la pregunta (que este realiza) por él».18
De ahí que san Pablo pregunte en su carta a los Romanos: Pero, ¿cómo invocarán a Aquel en quien no han creído? Y, ¿cómo creerán sin haber oído de Él? Y, ¿cómo oirán si nadie les predica? Luego, la fe viene de la audición, y la audición por la Palabra de Dios (cf. 10, 14. 17). Ahora bien, la Palabra de Dios no es una palabra, ni un verbo escrito y mudo, encapsulado en las páginas de un libro, por muy sagrado que sea. La Palabra de Dios es una Palabra, un Verbo encarnado y vivo; de ahí que, para que las Escrituras no queden en letra muerta, es preciso que Cristo, Palabra eterna del Dios vivo, por el Espíritu Santo, abra el espíritu a la inteligibilidad, a la inteligencia de las mismas; dado que la Palabra de Dios es logos que crea «diá»-«logos» y, en consecuencia, comunicación y comunión.19
Por ende, si bien la Palabra oída es la que invita a creer, una vez que ella es oída, es necesario pasar de la pasividad de la audición, a la escucha, la cual, dado su aspecto activo, requiere un movimiento interno, tanto del entendimiento como de la voluntad. Es decir, la escucha, para que realmente se produzca, demanda de un interés o, lo que es lo mismo, de una intención, de una inclinación, de una vocación.
De modo que, así como debemos pasar del aprender al aprehender, también debemos pasar de la audición a la escucha. Y aquí, respecto al estudio y a la escucha, convergemos nuevamente en las mismas ideas claves que habíamos mencionado respecto a la acción pastoral: Acción, Escucha, Entendimiento, Voluntad y Gracia. Es decir, tanto respecto a la pastoral, como respecto al estudio, como respecto a la escucha, las «ideas claves» son las mismas. Y es que ellas no constituyen solo un «hilo conductor» o un «hilo hilvanador», sino que constituyen un reflejo nítido de que en la trilogía «estudio-escucha-pastoral» no solo hay interrelación sino, sobre todo, interdependencia: Cada una de ellas condiciona y determina a las otras.
No es de extrañar, por ende, que Jesús no se ciña a una línea pastoral específica (usando palabras de nuestro hoy) sino que dirige su mirada a la persona en su integridad. En efecto, cuando Jesús nos da el mandamiento de amar a Dios y amar al prójimo como a sí mismo, acota, remitiéndose al «Shemá» de la tradición deuteronómica (cf. Dt 6, 4-5), que ello ha de ser (respecto a Dios), de modo íntegro: Con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas; mientras que, respecto al amor al prójimo, se remite a la tradición levítica (cf. Lv 19,18), pues Jesús no se encarnó para abolir la Ley o los profetas; Él no vino a abolir, sino a revelar y manifestar su verdadero significado (cf. Mt 5,17); Él vino a revelar y manifestar el verdadero rostro de Dios.
Es decir, en el mensaje de Jesús, Dios y prójimo no son dos fórmulas ni dos preceptos. No son preceptos y fórmulas lo que Jesús nos muestra, sino dos rostros; es más, lo que Él nos muestra es un solo rostro: El rostro de Dios que se refleja en muchos rostros, porque en el rostro de cada hombre está presente la imagen misma de Dios.20
Siguiendo esta línea es que la nueva Ratio precisa las cuatro dimensiones formativas de los candidatos al sacerdocio: Humana, Espiritual, Intelectual y Pastoral. De modo que ellas no constituyen «novedades resultantes de los nuevos tiempos» (aquellos a los cuales solemos poner «adjetivos sociológicos»), sino que se remiten a las mismas «dimensiones» que desde antiguo sintetiza el «Shemá» (Dt 6, 4-5); aquél al cual apela Jesús para referir cuál es el mandamiento más importante.
En efecto, el capítulo 12 del evangelio según san Marcos refiere que un escriba preguntó a Jesús: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» (v. 28). Jesús le responde con el mandamiento del amor a Dios y al prójimo; y lo hace citando la profesión de fe con la que cada israelita abre y cierra su día, y que empieza con las palabras: «Escucha Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es» (Dt 6, 4). De este modo Israel custodia su fe en la realidad fundamental de todo su credo: Existe un solo Señor y ese Señor es «nuestro» en el sentido de que está vinculado a nosotros con un pacto indisoluble, nos ha amado, nos ama y nos amará por siempre. De esta fuente, de este amor de Dios, es que emana el doble mandamiento21 que Jesús profiere: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón (dimensión humana), con toda tu alma (dimensión espiritual), con toda tu mente (dimensión intelectual) y con todas tus fuerzas (dimensión pastoral). El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos» (cf. Mc 12, 29-32; Dt 6, 4-5; Lv 19,18; Ratio fundamentalis, No. 1).22
De modo que, como acota el Eclesiastés: «Lo que fue, eso será, y lo que se hizo, eso se hará; no hay nada nuevo bajo el sol. ¿Hay algo de que se pueda decir: Mira, esto es nuevo? Ya existía en los siglos que nos precedieron» (cf. 1, 9-10). Es decir, aunque cambien los tiempos, los contenidos esenciales que desde siglos constituyen el patrimonio de todos los creyentes tienen necesidad de ser confirmados, comprendidos y profundizados de manera siempre nueva, con el fin de dar un testimonio coherente en condiciones históricas distintas a las del pasado23 pues, como recuerda santa Teresa de Ávila: «Dios no se muda».
V
De ahí que el mandato de Jesús a los apóstoles de predicar el Evangelio, de hacer discípulos de entre todos los pueblos, haya dado origen, en las diversas épocas de la historia de la Iglesia, a prácticas pastorales diversas, dictadas por la voluntad de transmitir la fe, y por la necesidad de anunciar el Evangelio con el lenguaje de los hombres, radicados en sus culturas y en medio a ellos. Y es que la comunidad eclesial, como refiere el papa Francisco, necesita del trabajo de quienes tratan de interpretar la fe, de traducirla y retraducirla, de hacerla comprensible y de exponerla con palabras nuevas; un trabajo que debe repetirse siempre, en cada generación. La Iglesia, acota el Papa, alienta y apoya este compromiso, el esfuerzo por redefinir el contenido de la fe en cada época, en el dinamismo de la tradición. Por eso el lenguaje teológico debe ser siempre vivo, dinámico, no puede dejar de evolucionar y debe preocuparse por hacerse entender.24
Por otra parte, no podemos pasar por alto que estamos viviendo en un cambio de época con el gran y loable salto tecno-científico de las últimas décadas, pero la posmodernidad arrastra sus propios lastres: El fin de los grandes relatos enarbolados por la Modernidad, y aun por la Contemporaneidad, el relativismo, la posverdad, la renuncia a principios universales, el predominio de un pensamiento débil y un largo etcétera que podemos resumir en pocas palabras: En nuestros días, más que en una época positivista o cientificista (la cual ha ido diluyéndose), vivimos en una época posmetafísica (o, si se quiere, posontológica), en la cual se ha intentado (y en cierta forma se ha logrado), alienar al hombre en cuanto ente, en cuanto «ser» cuya esencia es ser un «ser»-«humano», para engendrar una transgeneración degenerada (ontológicamente hablando), menguada en su identidad, la cual, en lugar de actualizar sus potencialidades superiores, se ha estancado en los estados inferiores del ser, priorizando lo sensible sobre lo inteligible, lo aparente sobre lo real; y todo ello regido por una especie de adolescentismo cultural.
De este modo, el gran desafío que tenemos ante nosotros, el gran desafío pastoral de la Iglesia, aquél cuyo camino primero y fundamental es el hombre,25 es el desafío antropológico. En efecto, a nuestro alrededor hay muchas cosas que están dañadas, hay muchas cosas que hay que edificar y que reedificar, demasiadas…; pero esas «cosas» dañadas, esas «cosas» que hay que edificar y reedificar, en cuanto «cosas», pueden ser corregidas, pueden ser edificadas, pueden ser reedificadas; a fin de cuenta, «son cosas». Pero, ¿y el hombre?: ¿cómo corregir el daño más profundo que nos lacera en nuestros días que es el daño antropológico? ¿cómo edificar y reedificar a ese ser humano que está dañado en su propio ser? ¿cómo edificar y reedificar a ese hombre que está dañado en su interioridad, en su espíritu?
Ese es, pues, el gran desafío: Los daños materiales, aunque complejos, es posible corregirlos con soluciones varias, que pueden ser más o menos complejas, tanto respecto a su ejecución como respecto al tiempo, pero ellos se pueden corregir e, incluso, aunque complejos, son los más fáciles de corregir. Pero, ¿y el hombre? ¿y el daño antropológico? ¿cómo corregir, cómo edificar, cómo reedificar antropológicamente a un hombre profundamente dañado en su propio ser? Ese es el verdadero desafío pastoral de «nuestro hoy», un desafío que no se corrige con un plato de lentejas, como en el caso de Esaú (cf. Gn 25, 29-34), pues ni siquiera podemos apelar a «derechos de primogenitura» cuando estamos hablando del olvido y el quebranto del ser, del olvido y el quebranto de la propia dignidad ontológica.
Por este motivo, aquel que tiene una vocación sacerdotal no puede actuar como el avestruz y meter la cabeza en la arena fingiendo que nada ocurre, ni ignorar la realidad, ni colorearla con otras realidades pastorales «menos complicadas» y más «trilladas»; pero para ello hay que estar preparados, hay que estudiar esa realidad, hay que conocerla para poder desplegar en ella aquello que el papa Benedicto XVI definiera como «una ecología del hombre», una «ecología humana».26
Por otra parte, no olvidemos que no es gratuito, ni mucho menos algo que sea fruto de la ingenuidad, que los ideólogos y los adalides del pensamiento posmoderno estén dispuestos a «perdonarle la vida al cristianismo» (por decirlo de algún modo), que estén dispuestos a «perdonarle la vida a la Iglesia», si el cristianismo, si la Iglesia, renuncia a su pretensión de ser la verdad y acepta ocupar un estante más en el supermercado de las «tradiciones», «espiritualidades» o «creencias», junto al tarot, el yoga o el New Age. Ante ello el papa Benedicto XVI refiere: «¿No podríamos limitarnos… a entender el cristianismo como una tradición entre otras, sin plantear su pretensión de ser la verdad?… (De hacerlo así la fe pertenecería) al ámbito de la costumbre, (y) no al de la verdad… Ya Tertuliano había acuñado esta bellísima afirmación: “Cristo no dijo ‘Yo soy la Costumbre’, sino ‘Yo soy la Verdad’… El cristianismo (por tanto), quiere ser creído (y entendido) como el camino, la verdad y la vida».27
Sin embargo, a pesar de estos intentos de los pensadores posmodernos, hay algo que ellos han pasado por alto: La mera intelectualización, la mera tecnologización, no son capaces de generar (ni generarán nunca), una «autotransustanciación» del ser. Es decir, enúnciese lo que se enuncie, hay algo que no ha cambiado, aun en medio del enorme daño antropológico que estamos viviendo: El hombre.
VI
Y así, ni la Edad Media fue tan religiosa, ni la contemporaneidad, y aun la posmodernidad, es tan agnóstica ni tan atea; porque el hombre, en su esencia, permanece siempre el mismo y se hace siempre las mismas preguntas, y sufre, y necesita amar, y que lo amen, y busca seguridades, y reclama consuelo en su desvalimiento. Cuando pasa el frenesí de una época todos vuelven a darse cuenta de que somos barro, hechura de la mano de un Dios que nos ha modelado y, al decir de san Pablo: ¿Puede una vasija volverse hacia su hacedor para decirle: por qué me has hecho así? (cf. Rom 9, 20-21). Llega entonces el momento de dejarse encontrar por Dios.
En esta línea el papa Pablo VI afirma: «El hombre moderno tiene el hambre y la posesión de los medios, pero no tiene el ansia de los fines. Es un gigante ciego». Hoy la caridad intelectual debe suscitar en la persona un «pensar a lo grande». Es en la unidad armónica de conocimiento y de amor, de fe y de razón, que el hombre puede encontrar paz en su búsqueda y puede realizar modelos culturales y sociales capaces de responder verdaderamente a sus propias necesidades.28
Pero… ¡cuidado!: El hombre posmoderno, hastiado de discursos, se muestra con frecuencia cansado de escuchar y, lo que es peor, está inmunizado contra las palabras. Por otra parte, las ideas de numerosos psicólogos y sociólogos afirman que el hombre posmoderno ha rebasado la civilización de la palabra, ineficaz e inútil en estos tiempos, para vivir hoy en la civilización de la imagen.29 Es por ello que en nuestros días, tal vez más que en períodos históricos precedentes, se necesita tener presente el imperativo del apóstol Pedro cuando exhorta a los cristianos a estar siempre dispuestos a dar explicación a todo aquél que les pida el logos, la razón de su esperanza, de su fe (cf. 1 P 3,15); algo para lo cual el estudio es ineludible, pues estamos hablando de dar logos, de dar razón. Y ello con el gravamen de que, ante el tedio que provocan hoy tantas promesas y discursos vacíos, «el predicador (en palabras de san Gregorio Magno), debe mojar su pluma en la sangre de su corazón; (ya que solo) así podrá llegar también al oído del prójimo».30
De modo que, como advertía san Buenaventura, «Nadie crea que le baste la lectura sin la unción, la especulación sin la devoción, la búsqueda sin el asombro, la observación sin el júbilo, la actividad sin la piedad, la ciencia sin la caridad, la inteligencia sin la humildad, el estudio sin la gracia divina, la investigación sin la sabiduría de la inspiración sobrenatural».31
Y es que, para responder a los estribillos paralizantes de nuestro hoy se necesita que tanto la pastoral como el estudio sean candentes y actualizados, y también lo suficientemente flexibles como para poder responder a los muchos cambios que el siglo xxi nos plantea dado que, si no se invierte el tiempo suficiente en los estudios no se podrá realizar una pastoral acorde con los nuevos tiempos, sino que se actuará siguiendo los mismos patrones de antaño; válidos en su momento, pero que no responden a plenitud a los desafíos reales de nuestro hoy.
Al efecto resulta iluminadora la anécdota y la respuesta que diera santo Domingo a un estudiante que, impresionado por su conocimiento de la Sagrada Escritura, le preguntó qué libros había estudiado. La respuesta de santo Domingo fue: «He estudiado en el Libro de la Caridad más que en otros; de hecho, este libro enseña todo».32
Y es que el acto de caridad no es solo dar una limosna para limpiar la propia conciencia. Es cierto que la fe se manifiesta en la caridad humana, espiritual, intelectual y pastoral, pero una caridad sin una fe vivida y transmitida, una caridad sin docilidad al Espíritu, sería una especie de filantropía que convertiría a la Iglesia en una especie de ONG (anhelo latente en no pocos ideólogos). De ahí que la fe y la caridad en el cristiano se demanden recíprocamente, dado que una sostiene a la otra, de modo que incluye una atención de amor puesta en el otro, al que considera como un igual, como uno consigo, y desea compartir la amistad con Dios. La caridad, consecuentemente, es, y debe ser siempre, el centro de la vida de la Iglesia, dado que la caridad es su verdadero corazón; solo a partir de la caridad es que se puede ser todo, tal y como recuerda santa Teresita de Lisieux.
Es por ello que el estudio como preparación para el servicio pastoral debe partir del estudio fiel y orgánico de la enseñanza de la Sagrada Escritura, de la Tradición viva de la Iglesia y del Magisterio auténtico; así como de la herencia espiritual de los Padres y de los santos y santas de la Iglesia. Ahí está «lo nuevo y lo viejo» (cf. Mt 13, 52), pues la fe es siempre la misma, y es siempre fuente de luces nuevas, y ello al unísono con una necesaria e imprescindible visión de todas las ramas del saber, teniendo siempre presente no solo cómo ello afecta al mundo, sino también cómo el mundo afecta tanto al estudio como a la pastoral de la Iglesia, en virtud de los aspectos cambiantes y de los retos inesperados que se presentan en el día a día.
Por este motivo no podemos limitarnos a ofrecer respuestas preconcebidas, aun cuando ellas hayan sido válidas en el momento en que fueron enunciadas, ni resistir la acción del Espíritu Santo apelando a la recurrente y paralizante expresión del «siempre se ha hecho así»,33 máxime cuando ni siquiera sospechamos cuáles van a ser los imperativos, las preguntas y los retos pastorales de mañana.
VII
De este modo, el estudio (humano, espiritual e intelectual), preludio indispensable de la acción pastoral, sirve para hacerse preguntas y enrumbar la acción pastoral, y no ser anestesiados por la banalidad, ni dejar que prevalezcan los camuflados y disímiles cantos de sirenas de nuestro hoy. Ante estos noveles cantos de sirenas tenemos dos opciones que siempre tienen actualidad: Actuar como Ulises o actuar como Orfeo.
En efecto, Ulises, para no rendirse ante el canto de las sirenas, que seducían a los marineros, y los hacían estrellarse contra las rocas, se ató al mástil de su barco y taponeó con cera los oídos de sus compañeros de viaje. En cambio, Orfeo, para contrastar el canto de las sirenas, hizo una cosa más audaz: Cantó con más dulzura y eclipsó a las sirenas con los acentos de su lira.
Estas dos opciones son las que están latentes ante ustedes, estimados seminaristas, solo de ustedes, y de vuestro discernimiento, depende cuál opción elegir, la primera es ver y escuchar todo cuanto acontece en vuestro entorno, y autoatarse ustedes mismos las manos para no sucumbir ante el canto de las sirenas, y así autosalvaguardarse de su asecho, tal y como hiciera Ulises. La segunda opción es actuar como Orfeo y lograr, con vuestra vocación, con vuestros talentos, con vuestro ejemplo de vida, con vuestra docilidad a la acción del Espíritu, con vuestra consagración total a Dios, con vuestro estudio y con vuestro actuar pastoral, responder, sobrepasar y eclipsar los disímiles cantos de sirena de nuestro hoy. Y ello con la garantía de que ustedes tienen una voz y una lira más afinada, más audaz y más poderosa que la de Orfeo: Vuestra voz y vuestra lira es la promesa de Jesús: No teman, pequeño rebaño mío; yo hago todas las cosas nuevas; yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo (cf. Lc 12, 32; Ap 21, 5; Mt 28, 20).
De vuestro discernimiento vocacional, de vuestra madurez y crecimiento humano, espiritual, intelectual y pastoral dependerá cuál opción elegir, pero no olviden que, como expresara Jesús: El discípulo no es más que su maestro; pero todo discípulo, después de que se ha preparado bien, puede ser y puede obrar siguiendo los pasos de su maestro (cf. Lc 6, 40).
¿Qué hacer pues?: La respuesta de Jesús es escueta y precisa: Ve y haz tú lo mismo (cf. Lc 10, 37).
Mientras que vuestra tarea, estimados Padres Formadores, es acatar y hacer que se acate, y que se viva, el «requerimiento-mandato» dado por el papa Francisco al p. Cristóbal Sevilla en ocasión del 125 aniversario de la creación de vuestro Colegio en Roma: «¡Que estudien!», que se preparen, que se formen, y ello en todas las dimensiones: Humana, Espiritual, Intelectual y Pastoral.
Muy estimados todos, en el año 2010, en la inauguración de esta nueva sede del Seminario San Carlos y San Ambrosio, el cardenal Jaime Ortega Alamino refería que esto «no es una escuela, (esto) es un Seminario y esta palabra significa semillero, siembra que fructifica. Aquí se sembrará el amor a Dios y a nuestro pueblo en los futuros sacerdotes de Cuba… Porque el Seminario, en efecto es, en una Iglesia determinada, el corazón de ese cuerpo eclesial».34 Máxime cuando, como recuerda el papa Juan Pablo II: «No se construye ninguna comunidad cristiana si ésta no tiene como raíz y centro la celebración de la sagrada Eucaristía… (y) el Misterio eucarístico no puede ser celebrado en ninguna comunidad si no es por un sacerdote ordenado, como ha enseñado expresamente el Concilio Lateranense IV».35
De modo que, como concluyera san Juan de Ávila: «Si la Iglesia quiere buenos ministros, ha de proveer que haya educación de ellos».36
Notas
- Sevilla Jiménez, Cristóbal. La dimensión intelectual en la formación de los sacerdotes. Un comentario a la nueva Ratio. https://www.seminariosdigital.es/index.php/RevistaSeminarios/article/view/92/61
- Congregación para el Clero. El don de la vocación presbiteral. Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis. 8 de diciembre de 2016. https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cclergy/documents/rc_con_cclergy_doc_20161208_ratio-fundamentalis-institutionis-sacerdotalis_sp.html
- Ibídem
- Papa Francisco. Viaje apostólico a Kazajistán. Encuentro con los obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados, seminaristas y agentes pastorales. 13-15 de septiembre de 2022. https://www.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2022/september/documents/20220915-kazakhstan-clero.html
- Congregación para el Clero. El don de la vocación presbiteral. Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis. 8 de diciembre de 2016. https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cclergy/documents/rc_con_cclergy_doc_20161208_ratio-fundamentalis-institutionis-sacerdotalis_sp.html
- Papa Juan Pablo II. Viaje apostólico a España. Celebración de laudes en el Seminario Mayor. Madrid. 16 de junio de 1993. https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/homilies/1993/documents/hf_jp-ii_hom_19930616_lodi-madrid.html
- Catecismo de la Iglesia Católica. https://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p3s1c1a7_sp.html
- Papa Francisco. Discurso al Pontificio Colegio Español de San José. Roma. 1 de abril de 2017. https://www.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2017/april/documents/papa-francesco_20170401_collegio-spagnolo.html
- Concilio Vaticano II. Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, capítulo III, No. 23. https://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html
- https://www.youtube.com/shorts/bRDH8n9qecw
- Congregación para el Clero. El don de la vocación presbiteral. Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis. 8 de diciembre de 2016. https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cclergy/documents/rc_con_cclergy_doc_20161208_ratio-fundamentalis-institutionis-sacerdotalis_sp.html
- Papa Pablo VI. Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi. 8 de diciembre de 1975. https://www.vatican.va/content/paul-vi/es/apost_exhortations/documents/hf_p-vi_exh_19751208_evangelii-nuntiandi.html
- Papa Benedicto XVI. Homilía, Misa Funeral de Mons. Luigi Giussani. 24 de febrero de 2005. https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_20050224_homily-giussani_sp.html
- Papa Benedicto XVI. Viaje Apostólico a Munich, Altötting y Ratisbona. Encuentro con el mundo de la cultura. Universidad de Ratisbona. 12 de septiembre de 2006. https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2006/september/documents/hf_ben-xvi_spe_20060912_university-regensburg.html
- Catecismo de la Iglesia Católica. https://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p1s2a3p1_sp.html
- Verdadero Dios y verdadero hombre. 27 de diciembre de 2015. https://nihilobstat.dominicos.org/articulos/verdadero-dios-y-verdadero-hombre/?page=
- Papa Juan Pablo II. Carta Encíclica Redemptor hominis. 4 de marzo de 1979. https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_04031979_redemptor-hominis.html#-3T
- Papa Benedicto XVI. Viaje Apostólico a Santiago de Compostela y Barcelona. 6 – 7 de noviembre de 2010. https://press.vatican.va/content/salastampa/it/bollettino/pubblico/2010/11/06/0679/01541.html
- Papa Benedicto XVI. Carta Encíclica Caritas in veritate. 29 de junio de 2009. https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20090629_caritas-in-veritate.html
- Papa Francisco. Ángelus. Plaza de San Pedro. 26 de octubre de 2014. https://www.vatican.va/content/francesco/es/angelus/2014/documents/papa-francesco_angelus_20141026.html
- Papa Francisco. Ángelus. Plaza de San Pedro, 4 de noviembre de 2018. https://www.vatican.va/content/francesco/es/angelus/2018/documents/papa-francesco_angelus_20181104.html
- Congregación para el Clero. El don de la vocación presbiteral. Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis. 8 de diciembre de 2016. https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cclergy/documents/rc_con_cclergy_doc_20161208_ratio-fundamentalis-institutionis-sacerdotalis_sp.html
- Benedicto XVI. Carta Apostólica en forma de Motu proprio Porta fidei. 11 de octubre de 2011. https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/motu_proprio/documents/hf_ben-xvi_motu-proprio_20111011_porta-fidei.html#_ftnref19
- Papa Francisco. Discurso a los miembros de la dirección de la revista teológica La scuola cattolica. 17 de junio de 2022. https://www.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2022/june/documents/20220617-rivista-scuolacattolica.html
- Papa Juan Pablo II. Carta Encíclica Redemptor hominis. 4 de marzo de 1979. https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_04031979_redemptor-hominis.html#-3T
- Sínodo de los Obispos. XIII Asamblea General Ordinaria. La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Instrumentum laboris. Vaticano. 2012. https://www.vatican.va/roman_curia/synod/documents/rc_synod_doc_20120619_instrumentum-xiii_sp.html
- Papa Benedicto XVI. Benedicto XVI y la verdad. Revista de libros. https://www.revistadelibros.com/benedicto-xvi-y-la-verdad/
- Papa Francisco. Mensaje al segundo encuentro internacional «La ciencia por la paz». Teramo 30 de junio – 1 de julio de 2023. https://www.vatican.va/content/francesco/es/messages/pont-messages/2023/documents/20230531-messaggio-meeting-teramo.html
- Papa Pablo VI. Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi. 8 de diciembre de 1975. https://www.vatican.va/content/paul-vi/es/apost_exhortations/documents/hf_p-vi_exh_19751208_evangelii-nuntiandi.html
- Papa Benedicto XVI. Audiencia general. 4 de junio de 2008. https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/audiences/2008/documents/hf_ben-xvi_aud_20080604.html
- Papa Juan Pablo II. Exhortación Apostólica postsinodal Pastores dabo vobis. 25 de marzo de 1992. https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/apost_exhortations/documents/hf_jp-ii_exh_25031992_pastores-dabo-vobis.html
- Papa Francisco. Visita Pastoral a Cesena en el tercer centenario del nacimiento de Pío VI y a Bolonia para la clausura del Congreso Eucarístico Diocesano. Encuentro con los estudiantes y el mundo académico. Bolonia. 1 de octubre de 2017. https://www.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2017/october/documents/papa-francesco_20171001_visitapastorale-bologna-mondoaccademico.html
- Papa Francisco. Misas matutinas en la Capilla de la Domus Sanctae Marthae. El Dios de las sorpresas. 8 de mayo de 2017. https://www.vatican.va/content/francesco/es/cotidie/2017/documents/papa-francesco-cotidie_20170508_dios-sopresas.pdf
- Cardenal Jaime Ortega Alamino. Inauguración de la nueva sede del Seminario San Carlos y San Ambrosio. 3 de noviembre de 2010.
- Papa Juan Pablo II. Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia. 17 de abril de 2003. https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref61
- Papa Juan Pablo II. Viaje Apostólico a España. Celebración de Laudes en el Seminario Mayor. Madrid. 16 de junio de 1993. https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/homilies/1993/documents/hf_jp-ii_hom_19930616_lodi-madrid.html


