Es el tiempo de la dolorosa lucidez

Por: Teresa Díaz Canal

Esteban Morales Domínguez (1942-2022).

hay algo que destroza más que el miedo (…) hay cosas que se mueven

entre las gentes y destrozan más que el miedo

ZULEmA GUTIÉRREZ LOZANO, Metralla

 

¿Quiénes son los responsables? Y, sobre todo, ¿tenemos una oportunidad?

DARÍO SZTAJNSZRAJBER, El colapso

» La noche oscura de lo humano

Llevo muchos días intentando sentarme a escribir, pero mi estado de ánimo no es bueno. Nunca me in­teresó ser parte integrante de un grupo de una ma­nera absoluta, pero el hecho de haber formado parte de algunas instituciones me otorgó un cierto sentido de pertenencia a algo, aunque todo fue, al final, una ilusión. Los intelectuales por lo general cuestionan el mundo, pero pocos analizan al mundo intelectual.

Hace unos meses me llamaron por teléfono para integrar un equipo que acompañaría con algunos comentarios la exhibición de una miniserie, la cual está prevista para estrenarla en el próximo período vacacional de verano. Los capítulos tratan acerca del feminismo en EEUU durante los años 70 del siglo XX; su nombre: Mrs. America.

En una primera reunión de preparación de las gra­baciones me asignaron comentar el 2do y el 7° episo­dios de ese producto televisivo. Para estar comunicados entre todos, conformaron ese día un grupo de WhatsApp por donde recibiríamos las informaciones de la direc­tora, quien coordinaría los días que nos tocaría grabar. Pasó un tiempo y comentan por esa vía que ya las per­sonas implicadas en esta actividad sabían el día de la grabación, pues recibieron el cronograma de trabajo.

Resulta que misteriosamente, sin yo saberlo, me excluyeron de la futura presentación, lo cual no me molestó para nada; al contrario, significó un alivio. Lo que resulta bochornoso es la manera insultante del procedimiento utilizado para cancelar la invitación.

Como mismo me molestaron, pues vinieron a mi casa para que revisara el material completo y me hicieron perder toda una tarde en una reunión de coordina­ción, pudieron haberme llamado por teléfono y expli­carme. Hacer eso se llama respeto, ética profesional, decencia. Ante la pregunta que le hice a la directora del programa acerca de la cancelación, la respuesta fue que sobraban personas, lo cual me pareció una argumentación burda, pues por mí pusieron a otra especialista que no había sido invitada inicialmen­te. ¿Por qué no explicarme la verdadera causa de la expulsión? Hay algunas cuestiones que me gustaría analizar sobre el tema de la censura.

En primer lugar, le diría a la dirección del progra­ma que deberían haber realizado un trabajo previo de invitación selectiva (y de rechazo). Según el sociólogo Pierre Bourdieu «La peor censura es la ausencia; las pa­labras de los ausentes se excluyen de manera invisible.» Mi firma en un Manifiesto contra el silencio, por la justicia con el objetivo de pedir la liberación de los presos políticos y que mi nombre apareciera en una lista por la televisión, no es motivo —o no debiera ser— para invalidar una participación en un medio de comunicación. Hecho que si me lo piden hoy y aún dentro de 10 años —si estuviera viva todavía— lo vol­vería a rubricar. No sé si esa sería la razón del descarte, tal vez. También puede ser que ya no me consideran feminista porque no pertenezco al grupo donde sus integrantes siempre se ven la cara en cada encuentro; quizá por ello aplicaron el desdén de las compuertas.

La mexicana Marta Lamas utiliza la palabra femi­nistómetro para considerar quién es y quién no es fe­minista, lo cual tiene que ver más que con cuestiones políticas e ideológicas con cuestiones personales, es el instrumento ideal para ser parte del «barullo» femi­nista. Escuché una intervención de esta antropóloga a propósito de su libro Dolor y Política. A ella misma una vez, en un aula de la UNAM, le prohibieron en­ trar cuando iba a impartir una conferencia, pues la acusaron de ser integrante del neopatriarcado. En esta exposición que la podemos encontrar en youtube cita la frase «razón arrogante» para denominar esas actitudes violentas que se encuentran muy lejos de la sonoridad que propone un pensamiento partidario de la equidad y la justicia. Además, la teórica confir­ma la propuesta de algunas autoras que hablan de la necesidad de un feminismo crítico en continuo apren­dizaje y en estado de alerta.

Me pregunto si todo ese grupo que me excluyó está consciente, no solo en abstracto, de que no existe un solo feminismo, que este si es coherente con su historia, debe respetar la diferencia y lo político está dentro de esa divergencia. Lo importante es estimular el disenso, el debate, la discrepancia y no practicar, cuando les conviene, la política del silencio.

Repito algunos versos de la escritora española Án­ gela Figuera Aymerich.

 

No quiero

que la tierra se parta en porciones,

que en el mar se establezcan dominios, que en el aire se agiten banderas

que en los trajes se pongan señales.

 

No quiero

que mi hijo desfile,

que los hijos de madre desfilen

con fusil y con muerte en el hombro; que jamás se disparen fusiles

que jamás se fabriquen fusiles

 

No quiero

que me manden Fulano y Mengano, que me fisgue el vecino de enfrente, que me pongan carteles y sellos

que decreten lo que es poesía.

 

No quiero amar en secreto, llorar en secreto

cantar en secreto

 

No quiero

que me tapen la boca cuando digo NO QUIERO

 

Hannah Arendt (1906-1975).

Los académicos y académicas se la pasan impar­tiendo conferencias, hacen intervenciones en múlti­ples eventos, pero no se «exponen» mucho. Sin em­bargo, hay algunos que hacen escandaloso algo que ya sabemos acerca de las cosas de la vida, de la coti­dianidad, de la cruda realidad. Cuando a alguien se le ocurre discrepar así, desentonar, se convierte en un sujeto inoportuno y, por ello, se rompe la relación de connivencia. Una de las frases más tristes de la histo­ria la dijo Baruch de Spinoza: «no hay fuerza intrín­seca de la idea verdadera», ello significa que la verdad es muy débil, muy frágil. Los que nos dedicamos a hablar, enseñar, escribir, tenemos una tarea esencial en esos quehaceres, el deber de comunicar la verdad.

Hay un texto que llevaré a la biblioteca del Insti­tuto Varela en forma digital y que para mí ha resul­tado de una importancia capital, pues trata de una biografía de Hannah Arendt.1 Esta filósofa alemana tenía una noción muy elevada de la amistad. Sin em­bargo, colocaba a un lado a aquellas personas que solo se preocupaban de sí mismas. Durante la etapa de la segunda Guerra Mundial se fraguó en la autora de la obra maestra Los orígenes del totalitarismo una fuer­te aversión hacia los intelectuales elitistas y oportu­nistas. Sus amigos eran considerados outsiders, al mar­gen, extraños, a veces por elección y otras por destino. Arendt consideraba que el inconformismo social era la condición sine qua non del logro intelectual.

 

En estos días se presenta una telenovela cubana (Tan lejos y tan cerca) que es digna de ver, pues recrea la pri­mera etapa de la pandemia en el país, entre otros sub­tramas. Solo algo me incomodó en ella: la parte donde algunos personajes hablan de las colas, incluso colocan a dos parejas escondidas en árboles de madrugada, pues en ese tiempo a quien encontraran en la calle a esa hora, la policía lo multaba, aunque el motivo fuera adquirir en la mañana algún producto alimenticio. Lo sorpren­dente es la manera jocosa, cordial, alegre incluso, en que los actores presentan la terrible realidad cubana actual. Es obvio que si la guionista juzga la terrible situación que vive la población, la novela no hubiera salido al aire. No se trata de reflejar en la pantalla un realismo chismo­so, pero otra cosa es suavizarlo de tal manera que hacer fila para lo más mínimo, resulta un hecho pintoresco. Claro que el arte no puede ni debe reproducir tal cual lo cotidiano, eso se sabe, pero el mensaje que llega a los espectadores es la naturalización de algo cruel para una gran parte de la sociedad. Flor Loynaz desplegó una cla­se magistral de vínculo entre arte y realidad con un sen­tido crítico cuando escribió estos versos refiriéndose a la escasez, testimonio indiscutible de su expresión vital.

Esteban Morales Domínguez (1942-2022).

 

A una hoja de papel que me regaló Dulce María, regalo inconcebible en estos tiempos

El 18 de mayo pasado falleció en Medellín, Colom­bia, el ensayista y profesor cubano Esteban Morales Domínguez. Muchas personas e instituciones cubanas reaccionaron a este lamentable hecho por toda la trayec­toria del destacado investigador, quien fuera miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), director por muchos años del Centro de Estudios sobre Estados Unidos (CESEU), Profesor Titular de la Univer­sidad de La Habana, etc. … No obstante, fui testigo del severo silencio y aislamiento al que fue sometido du­rante un tiempo por atreverse a decir lo que pensaba acerca de la corrupción presente a altos niveles en Cuba. Por eso me sorprende tanto el desbordamiento de pesar por la pérdida del eminente intelectual.

Como he tocado el tema de la muerte, menciono también la del querido investigador Jorge Lozano, es­pecialista en la obra martiana. El día antes de fallecer mucha gente lo pudo escuchar en la Mesa Redonda de­dicada al Apóstol. Al otro día de esta intervención, en camino a una cafetería cerca de su casa donde venden hamburguesas, le dio un infarto y cayó fulminado en la calle. Allí permaneció tirado durante tres largas horas hasta que apareció el transporte adecuado para trasla­darlo. En ese tiempo, alguien fue a buscar una sábana al policlínico más cercano, ningún muerto merece es­tar al descubierto como espectáculo público. El centro sanitario se negó a entregarla para cumplir un acto de respeto: el trapo supuestamente blanco era «medio bá­sico» de esa instalación. ¡Qué ironía! Esa indiferencia fue una forma específica y burocrática de mancillar el cadáver de quien fuera un profundo estudioso de la figura de Martí, como mismo hicieron —con otros procedimientos— en el tiempo colonial, con el hombre que hizo de la patria un absoluto, quien después de su caída en Dos Ríos fue vilipendiado varias veces.

Max Weber (1864­1920), el conocido sociólogo ale­mán, se irritaba cuando constataba una tendencia en algunos profesores a elegir colegas mediocres para nombramientos académicos. También aborreció el ser­vilismo político y la timidez que obstaculizaban la can­didatura de sabios con convicciones socialdemócratas. Por esta razón apoyó a Robert Michels, quien fuera re­chazado por las universidades alemanas y no tuvo más remedio que buscar trabajo en el extranjero. Después, el discípulo de Weber se colocó al lado del fascismo, pero hay algo digno de atender en su obra: todo parti­do político se convierte en un fin en sí mismo.

Dice el poeta holguinero Ghabriel Pérez que «esta­mos ante la generación cubana de mayor paz interior, pues ha sido la menos cómplice, la más cívica» cuando elogia el cuaderno de la escritora, también oriunda de la ciudad de Holguín Zulema Gutiérrez, denominado Metralla.2 Otro hecho significativo, digno de un pro­nunciamiento cargado de reflexión, es la palabra gri­tada al unísono por los espectadores presentes en un concierto que tuvo lugar en el Coliseo de la Ciudad Deportiva, durante la celebración del Festival Haba­na World Music: ¡Libertad! Los científicos sociales deben de concientizar que esto constituyó un mensaje, el cual, aclamado de manera espontánea, tuvo poder vivificante porque tan solo su anhelo refresca, sana e ilumina todo. Como dijera José Martí: ¡Libertad, es tu hora de llegada! […] Ese ruido es el del triunfo que des­cansa.3 Hay que vivir con los tiempos y no contra ellos.

Un conocido comunicador y abogado exhibió una muestra de cárceles cubanas donde algunos privados de libertad expusieron las maravillosas posibilidades de estos establecimientos. En Cuba se sabe muy bien que esas explicaciones que notificaron por la televi­sión son falsas. Un ejemplo de tal fingimiento, nada más que trasladar a un presidiario de una provincia a otra del país, es ya un inmenso castigo al preso y a su familia por las condiciones tan complejas del trans­porte en el país. Todas estas cuestiones deben estar en la agenda de los intelectuales.

Una vez tuve la oportunidad de asistir a una de las reuniones de la UNEAC en la Sección de Escritores. Quedé sorprendida cuando escuché a este grupo de­fender con mucha energía sus intereses, como lo poco que se paga por derecho de autor, también criticaron el funcionamiento de la organización, cualquiera que se paraba expresaba abiertamente el malestar que sentían por situaciones que le preocupaban dentro del ámbito de su sección. Sin embargo, no me ha llegado que como colectivo un compromiso con la nación que no sean arengas revolucionarias, así como con la po­ breza, las desigualdades, la injusticia. No pido inmo­lación, pero es una vergüenza la aparente neutralidad hipócrita. Ante este mundo de ganadores vulgares, estafadores, deshonestos, de oportunistas, de los neu­róticos del figurar, del pretendido éxito, ante este afán de sentirse ganador, opto por la esperanza.

Hace poco asistí al acto de graduación de los estudian­tes que culminaron sus estudios en el Instituto de Estu­dios Eclesiásticos Padre Félix Varela. A mi lado se sentó una muchacha que fue mi estudiante y ahora es profe­sora de la misma institución en la que estudió y hace su doctorado en Italia. No tuvimos esa relación de cercanía estrecha que a veces se establece entre profesor­alumno. Pero en ese momento fue muy especial conmigo. La jo­ven y yo iniciamos una conversación donde le comenté que no sabía si continuaría en la docencia, pues ya me sentía cansada. Me objetó lo siguiente con seguridad:

«Profe: Usted nunca se va a ir de aquí, aunque no im­parta más clases. Usted siempre va a ser de aquí.» Otro detalle: llegó el momento de la foto colectiva y ella se levantó para ubicarse donde ya se congregaban los gra­duados con profesores y la dirección del Instituto. Quise evadir ese momento; no soy nada fotogénica. «Pues si usted no va, yo tampoco me retrato», expresó de mane­ra categórica. Me quedé tan sorprendida que acepté la invitación. Lo que no sabe la talentosa profesora, es que con su luz, su dulzura, su prudencia, salí con mucha paz de ese recinto. Sabe muy bien que la grandeza no viene del espectáculo, sino de la profundidad insondable de los vastos pensamientos y de esa levedad inmensa de un gesto. Ya me puedo alejar definitivamente; ese día ha pasado a formar una parte importante del premio mayor que determinadas personas me han otorgado.

Notas:

 

  • Véase Young-Bruehl, Elisabeth Hannah Arendt Artes Gráficas Soler A., Valencia, 1993
  • Consultado en árbol com el 25 de mayo de 2022. 3 Martí, José “Fiestas de la Estatua de la Libertad” En: José Martí Obras Completas T 24 Edición Crítica, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2012, p. 310