La verdad de la ficción (historia de un esclavo en Cuba)

Por: Víctor Goldgel Carballo

La Habana hacia 1850, por Federico Mialhe.
La Habana hacia 1850, por Federico Mialhe.

El martes 4 de octubre de 1853, un negro se presentó en el consulado de los Estados Unidos en La Habana y dijo haber nacido libre en Charleston. Según su tes­timonio, había llegado a Cuba en 1812, cuando tenía unos doce años. El capitán de una pequeña embarca­ción lo había contratado en la isla de Nueva Providen­cia. Tras unos días en Regla, fue secuestrado y vendido como esclavo. Hasta ese momento, su nombre había sido Ben; al verse esclavizado, se transformó en Juan Criollo. Le tomaría alrededor de cuarenta años entrar al consulado para reclamar su libertad. En torno a esa demora surgen las dos preguntas que exploro en este breve ensayo. ¿Cómo fue posible que su crimen resultase ignorado por cuatro décadas? ¿Y bajo qué condiciones fue posible interrumpir esa ignorancia?

Las ocho páginas que reproducen el testimonio de Ben fueron enviadas al capitán general de la isla y constituyen el primer documento de un expediente más largo, producto de la investigación, que se con­serva en el Archivo Nacional de Cuba (ANC) y en el Archivo Histórico Nacional de España (AHN). Sus pa­labras quedaron también por escrito en inglés como parte de la correspondencia entre el consulado y Wa­shington D.C.1 En su versión en castellano, el testimo­nio empieza así (respeto la puntuación del original):

«Nací libre en la ciudad de Charleston; mis padres eran hombres libres —mi padre se llamaba Joseph (José) y era generalmente llamado “Uncle Joe” (tío Pepe)— el nombre de mi madre era Lizzie (Isabel). Yo tenía un hermano mayor que yo llama[ba] Richard (Ricardo) generalmente llamado “Dick”». Ben tam­bién cuenta que su padre era pescador y nombra los diferentes lugares donde vivieron después de Charles­ton. En el último de estos lugares, la isla de Nueva Providencia, el capitán Jim lo contrató para trabajar en su balandra y lo llevó a Cuba. Así describe Ben el momento de su secuestro:

El capitán Jim y yo íbamos a dormir en casa de un individuo llamado Cordero. Como quince días después, una tarde, el Señor Cordero me llamó y me dijo que le siguiese: yo lo hice así, y me llevó arriba en la Calle Real (esto era en Regla) a una bo­dega, donde un hombre vino por detrás de mí, me agarró, y me arrastró —yo me abracé de Cordero, quien se dejaba llevar de mí, y dijo suéltame, o iré a llamar al Capitán Jim— yo lo solté y fui llevan­do a un cuarto y puesto en un cepo. Esto ocurrió como ya he dicho por la tarde —no he vuelto a ver a Cordero. A medianoche ya estaba yo en cami­no, a cargo de la persona que he presentado aquí hoy (llamada Don José Hernándes que vive en Re­gla y de oficio Albañil), para el sitio donde he sido tenido en la esclavitud y casi todo el tiempo con grillos, hasta ahora dos meses.

El secuestro y esclavización de personas negras nacidas libres era un crimen frecuente que por lo general quedaba impune. Solo tres días antes de que Ben visitara el consulado, la Gaceta de La Habana informaba a sus lectores sobre un niño de cuatro años, Eusebio, recién desaparecido. Un par de días después, el mismo periódico relataría los avances de una inves­tigación sobre el secuestro de Felipa Criolla (Gaceta de La Habana, 1 y 7 de octubre). Que alguien declarase haber estado secuestrado por cuarenta años, sin em­bargo, le daba al caso un cariz espectacular.

En 1853, después de pasar casi toda su vida en los distritos de Peñalver y Arcos de Canasí como propie­dad de la familia de Antonio Pedroso, Ben se vio en manos de Manuel Arete, que lo llevó a La Habana y lo alquiló a una tabaquería ubicada en la Calle Ofi­cios Nro. 12. En ese momento, consiguió que Arete le diese «papel», un documento que lo autorizaba a moverse libremente «en intra y extramuros de esta ciudad, y en el pueblo de Regla» durante tres días para encontrar un nuevo amo dispuesto a pagar 750 pesos. Aunque sería muy difícil reconstruir las redes de solidaridad e intercambio de información en las que se apoyó en esos días, o desde el momento en que empezó a armar su plan, es indudable que esas redes existían (The British and Foreign Anti-Slavery Reporter, 3 de mayo de 1843, 72; Scott, A Common Wind). Ben se las había ingeniado para encontrar a un testigo clave: José Hernándes, un albañil de Regla que había sido el encargado de entregarlo a su primer amo, cuatro décadas atrás, y que fue interrogado por el cónsul y las autoridades coloniales.

La Habana hacia 1850, por Federico Mialhe.

Antes de reunirse con el cónsul, William H. Ro­bertson, Ben conversó con alguien de menor rango, el secretario comercial, Thomas Savage. En el muy incli­nado campo de juego donde luchaba por su libertad, este fue probablemente un factor favorable. Aún sin ser abolicionista, Savage llegaría a tener cierta fama como enemigo de la trata. No es absurdo suponer que Ben hubiese oído hablar de este funcionario, que había nacido en La Habana y quedaba al frente del consulado cuando los cónsules generales estaban au­sentes (Howard, American Slavers, 113­4). A esa altura, tenía claro que las autoridades coloniales harían lo posible por no ayudarlo, y probablemente considerase que una persona blanca que trabajaba para el gobier­no de los Estados Unidos tendría la capacidad de ejercer algún tipo de presión. Por otra parte, su caso te­ nía elementos que podían traducirse en un conflicto diplomático durante una etapa de fuertes tensiones. En marzo de 1853 se había iniciado lo que un histo­riador llamó alguna vez el «temor a la africanización de Cuba», un temor basado en las presiones británicas para que España pusiese fin a la esclavitud, y utiliza­do por los intereses proesclavistas para fomentar la anexión a los Estados Unidos (Urban, «The Africani­zation Scare»). A la vez, estaba todavía fresca la me­moria de las expediciones filibusteras lideradas por Narciso López. Para muchos cubanos en el exilio, de­jarse absorber por el expansionismo norteamericano era un precio aceptable para poner fin al dominio de España.

El cónsul Robertson, de hecho, haría su modesta entrada en los anales de la historia por sus esfuerzos anexionistas. A diferencia de la administración an­terior, el presidente norteamericano Franklin Pierce estaba a favor de la adquisición de la isla. William L. Marcy, su Secretario de Estado, autorizó al embajador de su país en España a ofrecer 130 millones de dóla­res para la compra de la isla, mejorando la oferta de 100 millones que se había hecho durante la presiden­cia de James K. Polk. Robertson, por su parte, estaba convencido de que los intereses esclavistas cubanos favorecían una intervención militar. En abril de 1854 redactaría un borrador proclamando la invasión y asegurando a los cubanos que «el Águila Americana los defenderá de la rapacidad y venganza, porque los Hijos de Washington son sus hermanos. El Águila protegerá sus vidas, sus familias, sus propiedades y la condición social de su país» (Foner, A history, II, 80; Pérez, Cuba, 45­46). Al hablar de «condición social» se refería en gran parte al supremacismo blanco y la continuación de la esclavitud. En ese borrador el cón­sul también se lamentaba de «la creciente insolencia de los negros». Como señalaría con desdén en mayo de 1854, los negros se referían al recién nombrado capi­tán general Juan González de la Pezuela «como “tití Juan”, o “Papá Juan”, el Protector de la Libertad y la Igualdad» (Manning, Diplomatic Correspondence, XI, 787). A pesar de que proteger la esclavitud en Cuba y los Estados Unidos era uno de sus principales pro­pósitos, Robertson y otros propulsores del anexionis­mo probablemente calculasen que la tragedia de Ben podía servir para desprestigiar a España. Según ese cálculo, la historia de un niño estadounidense naci­do libre, secuestrado y esclavizado por décadas bajo los auspicios de una metrópolis criminal podía, por ejemplo, convencer a algunos abolicionistas de los estados del norte de los valores morales de una inter­vención militar en Cuba.

El 6 de octubre, el periódico Weekly Herald de Nueva York publicó un artículo titulado «Late and Interesting from Cuba» [Reciente e interesante desde Cuba] que contaba cómo Ben había logrado llegar al consulado y pedir «protección como un ciudadano de los Estados Unidos nacido libre». Desde La Habana, el corresponsal del periódico decía que se trataba de un «caso del carácter más extraordinario, de los muchos que sin duda existen», que estaba saliendo a la luz «después de permanecer oculto por cuarenta años». La tensión entre lo extraordinario y lo cotidiano, o entre la espectacularidad y el sufrimiento generali­zado, era un rasgo típico de literatura abolicionista. Basta con recordar dos grandes best-sellers de la época: las memorias de Frederick Douglass, publicadas en 1845, de las que hacia 1850 ya se había vendido 30.000 copias, y La cabaña del tío Tom, de Harriet B. Stowe, novela de 1852 de la cual se habían vendido 300.000 ejemplares en apenas un año. Al mismo tiempo, la ley conocida como «Fugitive Slave Act», de 1850, había puesto la figura del cimarrón en la mente del públi­co norteamericano. Imponiéndose por sobre las leyes de los estados libres, la norma no solo criminalizaba cualquier tipo de ayuda que se ofreciera a un esclavo fugado, sino que, en la práctica, promovía el secuestro de negros libres. En este contexto, la historia de Ben resonaba con otras.

Artículo del Weekly Herald, 6 de octubre de 1853.

El factor fundamental de su historia, sin embargo, era el hecho de que había sabido contarla: su capaci­dad narrativa, que incluía su capacidad de inventar. Como veremos, la historia de Ben tenía bastante de ficticio, aunque probablemente él no lo supiese. Y esa ficción, que lo acercó a la verdad y a la posibilidad de verse libre, lo condujo, sin embargo, a un lugar donde la verdad y la justicia podían ser devoradas una vez más por el interés económico. El testimonio que dio en el consulado aquel martes de octubre de 1853 fue lo suficientemente verosímil como para impedir que lo devolviesen a su supuesto dueño. Tan pronto se le informó del caso, el capitán general Valentín Cañedo inició una investigación, y el mismo jueves ordenó que Ben fuese trasladado al depósito de la Junta de Fomento. Los presos del depósito, cimarrones captu­rados, eran puestos a trabajar en la construcción de caminos, ferrocarriles y otras obras públicas. Pero también corrían el riesgo de ser vendidos a nuevos dueños (Díaz Martínez, «Trabajo y negocio», 239).

El período comprendido entre 1812 y 1853 se puede resumir en dos palabras: muchísimo tiempo. ¿Cómo fue posible ignorar, año tras año, a una per­sona que decía haber sido secuestrada? Para quienes están familiarizados con este momento de la histo­ria, la pregunta puede parecer improcedente. Lo que le estaba ocurriendo a Ben era bastante común, y el hecho de que las víctimas de la esclavitud ilegal pro­testasen estaba muy lejos de ser suficiente para pro­ducir su liberación. «Casi todos en aquellas inmedia­ciones sabían y saben mi historia», declaró Ben en el consulado. Ahora bien, ese saber, que él mencionaba para demostrar que no mentía, tenía un sentido muy peculiar: lo que «casi todos» sabían era cómo hacer oídos sordos, o por lo menos cómo seguir con sus vi­das a pesar de que los años pasaban y Ben continuaba esclavizado. El saber se confundía, entonces, con lo que hoy describiríamos como la normalización del crimen o la naturalización de la violencia. El «con­trato racial» (para citar el libro que el recientemente fallecido filósofo Charles W. Mills publicó en 1997, a su vez basado en El contrato sexual de Carole Pateman) hacía que el crimen pasase desapercibido. Ser negro, desde el punto de vista del poder blanco (blanco cuba­ no) era prácticamente sinónimo de haber nacido para esclavo, más allá de que la enorme población de color libre demostrase diariamente lo contrario, volviéndo­ se incluso blanca, y más allá también de que tanto la esclavitud como la libertad fuesen en la práctica co­sas muy distintas en las diferentes regiones de Cuba (Adriana Chira, Patchwork Freedoms). Otras personas quizás percibiesen el crimen, pero con resignación. Por su parte, sin el privilegio de poder ignorar lo que le ocurría, y sin tampoco resignarse, Ben articuló un reclamo que presuponía la posibilidad de encontrar oídos menos sordos.

Lo que mantuvo a Ben esclavizado por varias déca­das fue una forma muy peculiar de no saber o desco­nocer que la era de la esclavitud ilegal y la expansión de los ingenios azucareros afectó a cientos de miles de víctimas. Podríamos llamarla agnosia (del griego ἀγνωσία, «desconocimiento»), un término utilizado en la medicina moderna para explicar la pérdida de la habilidad para reconocer ciertas cosas (rostros, por ejemplo). En el contexto cubano del siglo XIX, la agno­sia era un dispositivo social estrechamente asociado a la indiferencia, la complicidad, la hipocresía, la repre­sión y el secreto a voces. Este dispositivo apuntalaba estructuras de poder racistas, clasistas y patriarcales, dándole legitimidad al crimen y ayudando a desco­nocer las innumerables injusticias, legales o no, con las que se sostuvo en pie la esclavitud hasta finales de siglo. Lejos de ser monolítica, la agnosia tomaba las formas variadas de lo que permitía ignorar, en contex­tos diversos y a través de diferentes clases de personas —desde oficiales de alto rango que recibían altos so­bornos para permitir los desembarcos clandestinos de bozales, pasando por los torreros que hacían la vista gorda y todas las demás personas que ganaban algo de dinero durante el traslado de los cautivos a los inge­nios, hasta llegar a los más pobres dueños de esclavos, que a veces necesitaban documentación falsa que pro­tegiera su propiedad, y a los mismos esclavos, que te­nían mucho que perder si testificaban en contra de sus dueños (Meriño y Perera, Contrabando, 103)—. Ben es un buen ejemplo de esto último. Según declaró, cada vez que mencionaba su historia delante de sus amos era castigado. La mera existencia de su testimonio, sin embargo, demuestra que la agnosia a veces fracasaba, o que el poder que la constituía se enfrentaba a varias formas de contrapoder. De hecho, solo es posible per­cibirla y estudiarla gracias a esos fracasos. O, dicho de manera inversa, gracias a victorias como la de Ben.

Las formas de contrapoder con las que las perso­nas esclavizadas respondían a la agnosia pueden ser definidas a través de un segundo término: la anag­nórisis. Central en la Poética de Aristóteles, la anagnó­risis consiste en reconocer o volver a saber. Como la agnosia, existía de manera capilar y dinámica, toman­do las miles de formas que dictaban las capacidades tácticas de quienes querían ser reconocidos o quienes querían que cierto saber se tradujese en acción: desde las grandes rebeliones en los ingenios o las reclama­ciones de libertad en los tribunales, hasta llegar a las situaciones cotidianas en las que, por ejemplo, una madre ahorraba algunas monedas para comprar la libertad de su hijo.

 

» La verdad de la lengua

Como señaló Ben aquel 4 de octubre de 1853, hablar sobre sus orígenes lo exponía al castigo: «Cuando cre­cí, le dije una vez a mi amo que yo era libre —me puso grillos y me tuvo con ellos unos seis meses —cuando me soltaron, a los pocos días dije otra vez que yo era hombre libre —otra vez me pusieron los grillos— de este modo se me ha tenido con grilletes casi toda mi vida […].»

Junto con la historia de su secuestro, el dueño probablemente buscaba reprimir el acto de rebeldía implícito en cualquier invocación de la libertad. Al ordenar la inmovilización de su cuerpo, sin embargo, también reconocía el poder de Ben para sobreponer­ se simbólicamente a su condición de esclavo. Desde esta perspectiva, su liberación podía producirse en un terreno verbal y psicológico tanto como en el físico y el social. Su forma de hablar, de hecho, fue presenta­ da como evidencia de sus orígenes. Ben, señalaría el cónsul al dirigirse al capitán general, «habla todavía suficiente inglés como para hacerse entender», y con el mismo acento de las personas negras del sur de Es­ tados Unidos. Aunque otros esclavos también habla­ban inglés, la mayoría provenía del Caribe británico o había aprendido el idioma de personas nacidas allí, de modo que el acento de Ben era una evidencia sig­nificativa (Robertson, carta al secretario de Estado, 8 de octubre de 1853, Despatches from United States Consulsin Havana, pp.277 y 285).

Al final de su testimonio, Ben señala que, desde el año de su secuestro hasta su llegada a La Habana dos semanas después, «[n]o he visto ni hablado con persona alguna que hablase inglés». Al día siguien­ te, el corresponsal del Weekly Herald escribe: «Dice que evitó perder el conocimiento de la lengua ingle­sa que tenía a los doce años repitiéndose a sí mismo constantemente la historia de su vida, enumerando cada incidente y los nombres de su familia y ami­gos». Esta escena íntima no es parte del testimonio. Sin embargo, incluso si hubiese sido inventada por el periodista, resulta tan plausible que pasarla por alto nos alejaría de la verdad. Específicamente, la escena sugiere que la lengua materna de Ben fue percibi­da (si no por él, al menos por otros) como una y la misma con su subjetividad. Verse esclavizado en una isla española había hecho mella en su inglés, pero sin destruirlo. A falta de interlocutores anglófonos en el lugar donde se vio forzado a vivir por décadas, Ben se desdobló en narrador y público, en alguien que daba testimonio y lo recibía. El inglés era una metonimia de sus orígenes y de su libertad. Hablarlo le permitía estar en contacto con ambos. Y ya fuese en inglés o en español, el mismo acto de hablar acerca de su pasado tenía algo de liberador. Cada vez que mencionaba su historia frente a sus amos era encadenado, como si la mera mención de sus orígenes fuese una forma de huida. Y tal vez lo fuese. A menos que malinterprete­ mos lo potencial como irreal, las fugas físicas de Ben deberían entenderse como parte de un continuum con la libertad en potencia que le permitió seguir contan­do su historia. Tal como temían sus amos, contar su historia era una forma de fortalecer su autonomía.

La esclavitud había transformado al niño secues­trado en Ben/Juan: alguien que era a la vez él mismo —el que seguía repitiéndose sus orígenes— y la pro­piedad de otro —la cosa fungible que podía ser rebau­tizada a voluntad—. Y si tenía una historia que casi todo el mundo conocía, pero a la que nadie quería prestar atención, ¿bajo qué condiciones podía contarla de forma que lo acercase a la libertad? Llegar a La Ha­bana era claramente un paso fundamental. Si no hu­biese sido por su lengua, sin embargo, probablemente habría logrado poco. Como Juan Francisco Manzano, Ben se estaba alejando de su condición de siervo por sus capacidades lingüísticas. Sus órganos del habla se habían formado antes de su cautiverio y, en ese senti­do, trascendiendo todas las farsas de la esclavitud ile­gal, mostraban quién era realmente. Su origen estaba indeleblemente inscrito en su cuerpo: en la fuerza y en la forma de los tejidos de sus labios, de su lengua y de su paladar, así como en las partes de su sistema ner­vioso con las cuales había aprendido, de niño, a coor­dinar los movimientos de los órganos del habla. Como cosa, no podía tener voz. Como evidencia corporal, sin embargo, su voz podía transformarse en una prueba objetiva y contundente, demostrando que antes de ser Juan, había sido Ben; que antes de que palabras como «Criollo» o «Pedroso» la definiesen, su vida había es­ tado entrelazada íntimamente a nombres extranjeros: «Joseph», «Lizzie», «Charleston».

El Bahama Herald anuncia el hallazgo de la familia de Ben.

Es difícil exagerar la importancia de la mentira en esta etapa de la esclavitud. La agnosia se sostenía sobre la base de documentos falsificados, sobornos y el más cínico «hacer como si». Cuando le pregun­taron si había visto el documento que probaba que Ben era legalmente un esclavo, su amo de entonces declaró que no, «por la confianza que le inspiraba el conocimiento de la familia de Pedroso». Y cuando su dueña inmediatamente anterior, Guadalupe Pedroso, debió contestar una pregunta similar, lo que declaró fue que el recibo de la venta del entonces niño de doce años «se extravió con otros papeles en un temporal». Su cautiverio, como el de miles de otros, ni siquiera requería fraguar documentos. Hacer de cuenta que alguna vez habían existido podía ser suficiente.

Fue en ese contexto que, como un shibbolet y un acto de habla performativo, el testimonio de Ben en su lengua materna coronó décadas de pacientes lu­chas por la anagnórisis y lo transformó de nuevo en Ben, un hombre libre. Cuando el cónsul informó del caso al capitán general, afirmó que le creía y señaló que lo mínimo que se le podía ofrecer, además de su libertad, eran los salarios correspondientes a sus 41 años de trabajo. Al escribir a Washington, subrayó su «franqueza y sinceridad». El Weekly Herald, del mismo modo, informó que «su lengua estaba evidentemente marcada por el fuego de la verdad, dado que todos los que lo escucharon le creyeron». Dado que todo el mundo conocía el modus operandi de los corredores y dueños de esclavos en la era del tráfico ilegal, este fuego verbal tenía un valor de verdad superior al de cualquier documento.

El problema, claro, es que no todos compartían esta perspectiva. En un sentido, como señalé recién, su acto de habla transformó a Juan en Ben. Bajo el peso de la innegable evidencia de su lengua materna, la agnosia y la falsificación finalmente dieron paso a la anagnórisis. Sin embargo, esto solo ocurrió para quie­nes estaban dispuestos a que ocurriera. Si su acto de habla fue eficaz en presencia de algunos, convencien­ do a Thomas Savage o a los lectores del Weekly Herald de que su verdadero nombre era Ben, en la investiga­ción encargada por el capitán general Ben sigue sien­do «Juan Criollo» o «Juan Pedroso», incluso cuando su pertenencia a la «nación inglesa» o a los Estados Unidos se da por totalmente cierta. Y lo mismo había pasado medio siglo antes, en 1827, el día de su segun­do bautismo, cuando el sacerdote se refirió a él como «Juan Antonio de la Asunción, adulto de nación In­glés, esclavo». Sin importar cuántas veces lo intentase o cuánto fuego de verdad hubiese en su lengua, sus palabras pesaban muy poco en pleno ciclón esclavista. Según su testimonio, el sacerdote se había mostra­do indiferente a su identidad anterior: «a los cuatro años de estar yo en el sitio se me dijo que iba a ser bautizado —yo dije que había sido bautizado en Char­ leston, pero se me contestó eso no sirve. Por lo tanto fui bautizado en el pueblo de Peñalver y nombrado Juan. Mi nombre primitivo era Ben». Blanquear a los esclavos del comercio ilegal a través de documentos de bautismo era un procedimiento común, que borra­ba su origen clandestino. Al imponerle una nueva identidad jurídica, la sociedad esclavista se proponía hacer desaparecer a la persona que había sido antes y dejar establecido que, de ahí en más, solo se hablaría de un tal Juan. En ese sentido, los actos de habla de Ben importaban bien poco. Pero la escena del segun­do bautismo muestra también la profunda interde­ pendencia entre anagnórisis y agnosia: en el mismo acto de borrarla, el ritual hacía evidente la existencia de una identidad previa.

Si en su Poética Aristóteles define la anagnórisis como un cambio dramático de la ignorancia al co­nocimiento (como cuando Edipo se da cuenta de que se ha casado con su madre y asesinado a su padre), la historia de Ben muestra que, en situaciones de do­minación extrema, la revelación no necesariamente disipa la ignorancia. Hacia 1849, tres años después de la muerte de Antonio Pedroso, el hombre que había sido su amo la mayor parte de su vida, Ben se escapó, buscó al teniente del partido y le contó su historia. La escena, en teoría, podría haber sido una de anag­nórisis, con el representante de la ley reconociendo la verdadera identidad de Ben, o por lo menos su dere­cho de buscar otro dueño. Sin embargo, el teniente se mostró escéptico. Contactó a sus propietarias, las hijas de Pedroso, quienes le hicieron saber a Ben que «no me podrían dar el papel que yo pedía, porque no era posible». Con esta tautología dejaban estable­cida la fuerza de la agnosia. Al margen de las leyes (el Reglamento de esclavos de 1842 había dejado estable­cido por escrito el derecho a «pedir papel») y de lo convincente que pudiese ser su reclamo, el teniente fue impasible y la familia Pedroso solo tuvo que decir no. De ese modo, según cuenta Ben, «me dieron un bocabajo y me pusieron grilletes con los cuales me tuvieron dos meses o más; pero cada vez que se presentaba la ocasión sostenía yo que era hombre libre, y se me ponían los grilletes».

En este sentido, su historia resuena con la de mu­chas otras personas esclavizadas por al menos dos ra­zones. Por una parte, porque las leyes que supuesta­ mente los amparaban solo podían volverse efectivas si Ben se familiarizaba con su lógica y tenía suficientes recursos, movilidad, apoyo y suerte para dirigirse a alguna autoridad dispuesta a escucharlo.2 Por otra, porque los dueños tenían derechos consuetudinarios, que protegían manipulando cualquier ley que los estorbase. Cuando la prohibición de la trata volvió a cada bozal un potencial riesgo, esta manipulación au­mentó exponencialmente, extendiendo la agnosia. En ese sentido, la experiencia de Ben con el sistema legal como poco más que una farsa fue similar a la de miles de otros, ya que en apenas un par de décadas la expan­sión del azúcar trajo más esclavos a Cuba que en toda su historia previa. Desde los inicios de la colonización hasta 1812, según la base de datos de SlaveVoyages, cerca de 130.000 africanos fueron desembarcados a la fuerza en la isla; en solo diez años ese número se duplicó y para 1853, fecha en la que Ben fue al consu­lado, el total llegaba a 645.000. Su condición de suje­to introducido ilegalmente en la economía esclavista anticipó la de la mayoría de los cautivos durante ese período (a partir de 1820, todos los africanos que se trajeron a Cuba —casi 419.000 hasta 1853— debieron ser desembarcados de forma clandestina).

La interpelación ética que produjo y sigue pro­duciendo el testimonio de Ben nos exige considerar cómo la agnosia y el silenciamiento de su historia modularon su vida y su lucha por la libertad. Por­ que la agnosia, cabe insistir, no fue monolítica, como tampoco lo fueron los discursos y las acciones que lo acercaron a la anagnórisis. La historia de Ben consis­tió, en realidad, en varias historias en paralelo: la que sus dueños no querían escuchar pero casi todos cono­cían; la que le impusieron a través del nuevo bautis­mo; la que el consulado envió al capitán general y a Washington, D.C.; la que cada autoridad encargada de alguna parte de la investigación creyó que complace­ría a sus superiores; y la «interesante» que la prensa presentó en los Estados Unidos, entre muchas otras. En algunas, el protagonista era Ben —en particular, a los ojos de testigos que sentían o fingían sentir simpa­tía—. En la mayoría, era apenas Juan, un esclavo. En todas, sin embargo, su identidad estaba definida por la posibilidad de ser alguien más.

Reconocer la presencia de estas historias en com­petencia es clave porque las personas que recono­cieron a Ben no solo lo hicieron a pesar de su nueva identidad como Juan y como propiedad de otros, sino también gracias a ella. Dicho de otro modo, el oculta­ miento de sus orígenes fue la razón por la que su vida se volvió «interesante». La de Ben es la historia de un niño que nació libre, fue secuestrado y vivió en cauti­verio el resto de su vida. Pero también, y sobre todo, es la historia de la fascinación y la reticencia que pro­vocaba en una multiplicidad de personas atravesadas por las motivaciones más variadas —la solidaridad, el egoísmo, el cálculo político, el voyerismo masoquis­ta—. Muchas de ellas se esforzaron por ignorar los orígenes de Ben. Algunas seguramente eran capaces de ignorarlos sin hacer ningún esfuerzo. Y otras, por último, estaban dispuestas a la anagnórisis —a aquel momento decisivo en el que Ben por fin sería reco­nocido como una persona que nunca habría debido perder su libertad—.

 

» La verdad de la ficción

Como lo demostrase en 1996 Gloria García Ro­dríguez con los textos recogidos en La esclavitud desde la esclavitud, los archivos de Cuba preservan muchos testimonios de esclavos. Esa abundancia, evidente en el campo de la historiografía, suele ser invisible para quienes estudiamos literatura. ¿Qué sucedería si, como críticos literarios, prestásemos más atención a esas zonas del archivo, como lo hizo Julio Ramos en esa misma década en su ensayo «La ley es otra»? Un primer paso tal vez sería preguntarnos si, atravesan­ do la densa capa de mediaciones a través de las cuales quedaron escritos los testimonios, es posible decir algo acerca de su primera narración. Esto exigiría además indagar en las conexiones entre esclavitud y ficción, empezando por las ficciones legales (el esclavo como cosa, en la tradición del derecho romano), pasando por las ficciones ilegales, pero generalizadas (la posesión de cautivos producto del contrabando) y llegando a las que se podría denominar ficciones emancipatorias (las creadas por los esclavos para acercarse a la libertad).

La pregunta por la narración es clave porque, como es bien sabido, toda historia resulta siempre dos: lo que ocurrió y cómo se lo cuenta. Y esto fue tan cierto para Ben, al relatar su vida, como lo es hoy para quien se proponga escribir sobre ella. La distinción entre res gestae (los hechos) e historia rerum gestarum (la narración de los hechos) es quizás la manera más clásica de pensar el problema. La ingenuidad positi­vista derivaría de esta distinción la idea de que los he­chos hablan por sí mismos. Marx, Nietzsche y Freud, por su parte, se convertirían en puntos de referencia para quienes buscan demostrar, por el contrario, que las interpretaciones son inseparables de los hechos y la verdad es un campo de batalla ideológico. De este modo, una vez llegada la época del giro lingüístico, Hayden White haría una célebre intervención en el campo de la historiografía al señalar lo quijotesco del esfuerzo por separar ficción de historia, argumentan­ do que lo imaginario y lo ideológico no pueden ser eliminados de nuestros relatos del pasado. El escri­tor argentino Juan José Saer, por su parte, llegaría a definir la ficción como «antropología especulativa», enfatizando que hay verdades a las que sólo tenemos acceso si nos permitimos ir más allá de lo verificable.

«[E]s justamente por haberse puesto al margen de lo verificable», señala Saer, «que Cervantes, Sterne, Flaubert o Kafka nos parecen enteramente dignos de crédito» (El concepto de ficción, Seix Barral, 2014, p. 16). La aproximación a la verdadera histórica de las personas esclavizadas, sin embargo, enfrenta una di­ficultad específica: los archivos conservan sobre todo los puntos de vista de quienes trataban a los esclavos como cosas, y quienes los leemos hoy lo hacemos in­mersos en un universo ideológico en el que lo impor­tante es considerar a las personas esclavizadas como seres humanos. Respondiendo a esta dificultad, la in­vestigadora norteamericana Saidiya Hartman propu­so hace algunos años un método que cada año gana nuevos adeptos en las academias anglófonas: la «fabu­lación crítica». Según observa Hartman en su artícu­lo «Venus in Two Acts» [Venus en dos actos], escribir historias «en la intersección de lo ficticio y lo histó­rico» permite aproximarse a vidas que fueron siste­ máticamente silenciadas. Aunque Hartman señala la importancia de mantenerse dentro de lo verosímil, o de «los límites de lo decible que dicta el archivo», su propuesta enfatiza la posibilidad de «imaginar lo que no puede ser verificado» (Saidiya Hartman, «Venus in Two Acts», p. 12). Aunque cualquier reconstrucción del pasado exigió siempre algo de imaginación, la pro­puesta de Hartman le confiere autoridad y orgullo a eso que antes debía su eficacia a pasar desapercibido.

La historia de Ben pone de relieve varios aspectos importantes de esta discusión (que, como es eviden­te, ameritaría más páginas, si no bibliotecas enteras). En primer lugar, su testimonio nos recuerda que el archivo también conserva los puntos de vista de las personas esclavizadas (y, por extensión, que enfocar­ nos únicamente en la violencia o el silencio impues­tos por el archivo nos aleja de la verdad). En segundo lugar, nos invita a preguntar en qué medida no fue­ron esas mismas personas quienes primero desarro­llaron estrategias para enfrentar el silenciamiento, incluyendo las ficciones con las que tal vez aspiraban a contrarrestar las que se les habían impuesto. La ag­nosia esclavista cercenó la libertad de Ben, amenazan­do con eliminarla incluso de los registros históricos. Pero justamente por eso, Ben fue no solamente un historiador positivista de su libertad, sino también su poeta. Contó muchas de las cosas que le habían pasado. Algunas las recordaba. Otras las inventó. Las imaginó todas. Se acercó así a una verdad que no ter­minaba junto con la evidencia empírica, una verdad que era más importante que su propia memoria y qui­zás incluso que su pasado: su liberación. Al acercarnos a su testimonio, conviene por lo tanto considerar su carácter verídico a través de su dimensión ficcional.

Esto implica dos peligros. Uno de ellos es el de negarnos a considerarla evidencia; por ejemplo, limi­tarnos a hacer una declaración anacrónica de buena voluntad, considerar a Ben como a un hombre libre y pasar por alto el hecho de que siguió siendo Juan y esclavo durante toda su vida. Dado que lo que él bus­caba era su liberación real, ¿qué sentido tendría ofre­cerle una imaginaria? El segundo peligro es depender en exceso de lo que las fuentes prueban de manera explícita, dado que esto traería consigo la obliteración de lo que existía en potencia. Después de todo, ¿no fue su voluntad de ser Ben lo que lo condujo al consu­lado? ¿Y no sería esto cierto incluso si nunca hubiera sido Ben, o libre? La historia que contó ese día hizo que algunos viesen el mundo desde su punto de vista. Libre o no, Ben o Juan, su lengua fue capaz de mo­vilizar a varias personas hasta el punto de ayudarlo. Y aunque ya nadie pueda hacer nada por él, la fuer­za de su relato sigue vigente, obligándonos a precisar que al superar el segundo peligro quedamos en una mejor posición para reevaluar el primero. Porque, en realidad, tal vez sí tenga sentido tratar a Ben como a un hombre libre, y no solamente por la autonomía y la capacidad de agencia que tuvo durante su vida. Si lo consideramos nuestro contemporáneo, su lucha contra el cautiverio ilumina tanto las formas actuales de la agnosia, ligadas a nuevas formas de dominación, como las estrategias de anagnórisis con las que infi­nidad de personas superan la tentación de resignarse.

El Bahama Herald sobre la familia de Ben.

Cuando nos enfocamos en Ben como narrador, las fuentes disponibles demuestran tanto su fuerza como su impotencia. Si enfatizamos la primera, corremos el riesgo de oscurecer la segunda. De igual modo, si nos limitamos a decir que su historia fue silenciada, corre­mos el riesgo de minimizar el poder de su relato como ficción emancipatoria. En los inicios de esta investi­gación, consideré la posibilidad de que Ben hubiese inventado partes de su historia. Gracias al trabajo de Aisnara Perera y María de los Ángeles Meriño, tenía presente que la esclava Bárbara Falero había hecho precisamente eso en 1832, al hacerse pasar por otra mujer africana del mismo nombre para conseguir su libertad (Meriño y Perera, Del tráfico, 244­298). Como la mayoría de quienes estudian el pasado esclavista, me hubiese gustado encontrar rebeldía en ese escena­rio de opresión y dolor. Y, como mínimo, razonaba que creer al pie de la letra lo que Ben había dicho po­día llevarme a ignorar quién había sido realmente, y cuánto valor podía extraer de las palabras. Aunque sin descartar del todo esta posibilidad, el expediente que pude consultar luego en Madrid me obligó a avanzar en una interpretación bastante más triste: Ben inven­tó, pero porque no recordaba, y quizás incluso lo haya hecho sin darse cuenta. Como era de esperar de al­guien secuestrado de niño y mantenido en cautiverio durante casi toda su vida en una nación en la que se hablaba otra lengua, Ben había olvidado varias cosas que solemos considerar importantes. Por ejemplo, el nombre de su padre, su lugar de nacimiento y los años en que había nacido y había sido secuestrado.

El expediente que se conserva en Madrid permite reconstruir con bastante detalle cómo avanzó la in­vestigación entre diciembre y abril de 1854. Informa­do por su par de La Habana, el cónsul de los Estados Unidos en Bahamas hizo publicar avisos en los perió­dicos para ubicar a los familiares de Ben. En diciem­bre, logró entrevistar a la madre y el hermano, Eli­ zabeth Newton y Robert Newton. La madre declaró no haber estado nunca en Charleston. También dijo que Ben había nacido en 1810 (no hacia 1800, como él había dicho), que había sido secuestrado en 1819 o 1820 (o sea, casi diez años después de la fecha propor­cionada por Ben) y que su padre también se llamaba Ben (no Joseph). Sin embargo, tanto el testimonio de Elizabeth como el de Robert parecían probar no solo el parentesco sino también la veracidad de casi todos los demás hechos relatados por Ben. El magistrado de policía de Nueva Providencia, Felix MacCarthy, con­sideró que las declaraciones de Elizabeth y Richard eran «más bien confirmatorias que contradictorias a la veracidad del relato». Dicho de otra manera, más que refutar la versión de Ben, la corregían y la con­ firmaban.

La opinión del magistrado, que Robertson dio por cierta al comunicarse con el capitán general, se alineaba además perfectamente con la dimensión discursiva del asunto. El testimonio de Ben tenía muchas de esas zonas de duda y de esos recuentos generales y comprimidos del pasado que los acadé­micos han definido como constitutivos de la prosa documental y, por extensión, como indicadores retó­ricos de verdad (Toker, «Toward a Poetics», 193 y 197­ 198). «Era tan chico cuando salí de Charleston», dice Ben, por ejemplo, «que no recuerdo claramente nada de allí, excepto que el caballero que governaba [sic] aquél punto era alto y ciego de un ojo». La misma de­bilidad de su memoria funcionaba como evidencia, porque no recordar con gran detalle podía ser más convincente que lo contrario.

Lo crucial, en cualquier caso, es el hecho de que Ben supo conmover y cautivar a varias personas con su historia. Aunque no fuese del todo verídica, aunque debiese inventar lo que no recordaba, su relato lo acer­có a la libertad. El destino no le sonreiría. La primera vez que el cónsul fue a buscarlo, al enterarse de que sus parientes habían sido localizados en enero de 1854, no lo encontró. Supuso «que había ido o sido manda­do fuera a trabajar en alguna parte». Tampoco lo en­ contró la segunda vez, la mañana del 20 abril, cuando además se le informó que el esclavo había muerto el 7 de marzo. Cuando la noche del mismo día el capitán general Pezuela le escribió para decirle que los testi­monios enviados desde Bahamas no eran evidencia suficiente, y que sería necesario traer al hermano para hacer una prueba de reconocimiento, el cónsul quedó bastante sorprendido. Escribió una respuesta de inme­diato, suplicando a Pezuela que tuviese «la bondad de establecer averiguaciones, a fin de descubrir si el infor­me que se me ha dado es correcto». Aunque no la ex­plicitase, es posible que su sospecha, al no poder locali­zarlo desde enero, fuese que alguien se había llevado a Ben del depósito. La respuesta del capitán general fue que en realidad Ben había enfermado el 23 de marzo y fallecido a comienzos de abril, «por lo cual reconocerá la inexactitud de las noticias que adquirió».

No es aventurado suponer (aunque este tipo de fabulación crítica no sea la más agradable) que las au­toridades mentían al decir cuándo había muerto Ben, o incluso al decir que había muerto; después de todo, no sería el primer ni el último esclavo bajo custodia del Estado en ser vendido de manera clandestina. Mintieran o no, podían ampararse en la agnosia ra­cial para refrendar las verdades del interés y la indife­rencia: la economía funcionaba en gran medida gra­cias a la trata ilegal, que a su vez era tolerada debido al color de la piel de las víctimas. La posición de Ben había sido muy distinta. Para lograr su libertad había tenido que contar una historia impactante, con la que demostró, como Cervantes, Sterne, Flaubert y Kafka, que la verdad está por encima de lo verificable y que la ficción puede a veces ser la única forma de llegar a la anagnórisis.

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Notas:

 

  • «Expediente sobre haberse presentado el negro Juan Criollo esclavo de Martitegui y al agente comercial en- cargado del Consulado de los Estados Unidos, exponiendo ser natural de Charleston, de condición libre habérsele re- ducido a esclavitud desde muy pequeño». Archivo Nacional de Cuba, Gobierno Superior Civil, 948/33475, 1853. William
  1. Robertson al secretario de Estado William L. Marcy, La Habana, 8 de octubre de 1853 (en Despatches from United States Consulsin Havana, Cuba, 1783-1906). «El Cónsul de los Estados Unidos en la Habana reclama la libertad del negro Juan Criollo», Estado 8047, caja 2, exp. 19,1854, Archivo His- tórico Nacional (España).

Existen excelentes estudios sobre las frecuentes acciones legales de las personas esclavizadas durante esta etapa de la esclavitud en Cuba. Véanse por ejemplo Aisnara Perera Díaz y María de los Ángeles Meriño Fuentes, Estrategias de libertad; Camillia Cowling, Conceiving Freedom; y Adriana Chira, Patchwork Freedoms.