Libertad y responsabilidad en Cuba: Unos presupuestos para la libertad de expresión

Por: Dagoberto Valdés Hernández

El joven Luis Robles Elizastigui se manifiesta en el Boulevard de San Rafael el 4 de diciembre de 2020 antes de ser arrestado por la policía.
El joven Luis Robles Elizastigui se manifiesta en el Boulevard de San Rafael el 4 de diciembre de 2020 antes de ser arrestado por la policía.

» Introducción

El mejoramiento humano y la utilidad de la virtud en los que creía José Martí, apóstol de nuestra inde­pendencia, son también hoy las convicciones que me animan a estudiar, a la luz de las enseñanzas sociales de la Iglesia enraizadas en nuestra cultura, el ejercicio y los grados de libertad y de responsabilidad que vivi­mos los cubanos.

Abordo el tema de la libertad pensando en cuan­tos la vivieron y la defendieron, la sembraron y la co­secharon a lo largo de la historia de esta Isla. Quiero acercarme a ella sin reducciones que la encierren en un sistema de ideas o en un proyecto político; y sin exageraciones que hagan de la libertad, sin cauce y sin respeto a los demás, un espacio de nuevas esclavitudes. Desde ahora deseo alejar de esta reflexión el fal­so patetismo de pensar que la falta de libertad puede ser absoluta o que el disfrute de la libertad es total en un momento determinado de la historia: la clave sería comprender que la libertad y la responsabilidad son procesos esenciales en la vida del hombre pero que ocurren con la gradualidad que nos recuerda José Martí: «Como el hueso al cuerpo humano, y el eje a una rueda, y el ala al pájaro, y el aire al ala, así es la libertad la esencia de la vida. Cuanto sin ella se hace es imperfecto, mientras en mayor grado se le goce, con más flor y fruto se vive.» (Obras Completas. Edit. Lex. Tomo I, pág. 1536)

Este artículo está profundamente vinculado con una ponencia presentada en la III Semana Social Ca­tólica de Cuba celebrada en Santiago de Cuba en 1997. Los objetivos de este trabajo son: analizar la situa­ción del ejercicio de la libertad y la responsabilidad en Cuba a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia y de otras ciencias afines, buscar respuestas conceptua­les y prácticas para aumentar los grados de libertad y responsabilidad vividos por el hombre cubano en este contexto específico, y articular los proyectos de participación y de reconstrucción de la sociedad civil con el proyecto de educación para la libertad y la res­ponsabilidad de modo que el futuro de Cuba sea fiel a la justicia, «ese sol del mundo moral» que es la base y fundamento de su eticidad. (cfr. Cintio Vitier. Ese sol del mundo moral. Apuntes para una historia de la eticidad cubana)

 

» Análisis de la realidad: libertad y responsabilidad en Cuba

En el análisis de nuestra realidad sobre el ejercicio de la libertad y la responsabilidad en Cuba debemos tener en cuenta algunos indicadores que señalan el estado de la cuestión:

 

La pérdida de responsabilidad personal en Cuba

La masificación y la inseguridad profunda del hom­bre que ha abandonado su propio yo en manos de nuevos autoritarismos provoca la pérdida de la res­ponsabilidad personal. Muchas veces hemos escu­chado en nuestros centros de trabajo o estudio, en nuestras organizaciones sociales o comunidades ecle­siales, esta pregunta que no siempre encuentra res­puesta profunda: ¿Por qué hay cubanos que son cada vez menos responsables? ¿Por qué la responsabilidad no es asumida conscientemente por las personas? Tanto las autoridades civiles, como los padres de fa­milia, como los pastores de la Iglesia y los maestros de las escuelas se afanan con frecuencia por remediar la falta de responsabilidad personal que inunda nues­tra sociedad. Este afán debe conducirnos a la raíz del problema: no hay responsabilidad sin libertad per­sonal y no hay libertad personal si el hombre tiene miedo a buscar la libertad porque pierde su aparente seguridad.

En efecto, si un hombre masificado se siente una pieza de la maquinaria social que él mismo ha cons­truido con sus manos y sabe que mientras funcione como engranaje y piense, sienta y actúe como se espe­ra de él por parte de la autoridad, esto le traerá una seguridad personal, laboral y social muy cómoda.

¿Cómo pedirle al hombre cubano de hoy que sea más responsable, si no se le pide al mismo tiempo que ac­ceda a mayores grados de libertad?

«Con lo cual —nos dice Adela Cortina en su obra Ética de la sociedad civil— podemos extraer una clara lección de la prueba: no hemos superado el oscuran­tismo, seguimos caminando en andadores, como a gatas tras el criterio de autoridad… urge pues optar por una moral de la responsabilidad que nos impele a tomar en serio la construcción de nuestra realidad social… pero igualmente es necesario alejarse como de la peste de una moral de la frivolidad y la super­ficie, que desconozca el sabor de la profundidad.» (pp. 97­98)

Así lo reconoció, desde hace más de un siglo, el padre Félix Varela en sus Cartas a Elpidio que, pudié­ramos decir, son las Cartas de la Libertad y la Respon­sabilidad para todos los cubanos: «el más cruel de los despotismos es el que se ejerce bajo la máscara de la libertad… Es muy difícil que la conozcan los pueblos, antes se dejan arrastrar de contrarias apariencias y toda tentativa para contenerla tiene el aspecto de una defección de las banderas de la libertad. Entra, pues, el temor en los buenos y notando este funesto efecto los impíos, cobran ánimo… de este modo se encade­ nan los pueblos, mi querido Elpidio.» (Tomo I, Carta segunda, pag. 39)

Y en otra de las Cartas habla Varela de la supers­tición como otra de las causas de la falta de libertad y de responsabilidad en nuestra sociedad: «¿Quién podría ver sin lágrimas el carácter frívolo e irre­flexivo, superficial, pueril y ridículo en una palabra, monstruoso, que adquiere un pueblo dominado por la superstición? Al paso que desatiende los más sagra­dos deberes de la religión y el patriotismo, le vemos correr tras sombras vanas, que siempre lo engañan, mas nunca lo corrigen, antes parece que cada burla solo sirve de preparativo a otras nuevas. Resiénten­se las artes, gimen las ciencias, víciase la literatura, corrómpese el buen gusto, destrúyese la moral, y al fin, viene a establecerse un nuevo orden de cosas, san­cionado por aplausos por una chusma de ignorantes con pretensiones de sabios, y acobardados los que lo son, queda el pueblo en manos del monstruo de la su­perstición, bendiciéndole como si efectivamente fuese un don del cielo.» (Cartas sobre la superstición. Carta Primera, pp. 27­28)

Tengo la opinión de que es uno de los análisis de nuestra realidad que mayor objetividad y profundi­dad tiene, y porque está libre de todo prejuicio con respecto al presente, lo que lo cualifica más para cues­tionar nuestra actual debilidad y desaliento frente a la tarea de la libertad. Si la descripción del P. Varela se asemeja en algo a lo que estamos viviendo debemos inferir que la superstición, la impiedad y el fanatismo explican por qué muchos de los cubanos se entregan a la frivolidad, a la indolencia y llegan a abandonar su responsabilidad cívica precisamente porque con la creación de este ambiente se degradan las personas que deberían luchar por la libertad y se convence a la masa de que «esto no hay quien lo arregle» por lo que mejor será «no fatigar más» a la gente con «remedios inútiles».

En la Encíclica Veritatis Splendor de San Juan Pablo II, el magisterio pontificio nos presenta la profundi­dad de la libertad y la última instancia de toda falta de responsabilidad cuando dice: «La libertad no es solo la elección por esta o aquella acción particular; sino que es también, dentro de esa elección, decisión sobre sí, y disposición de la propia vida a favor o en contra del Bien, a favor o en contra de la Verdad, en última instancia, a favor o en contra de Dios». (V.S. 65)

 

» ¿Por qué algunos cubanos hacen dejación de su libertad?

La falta de responsabilidad es, en fin, motivada por la falta de libertades, pero sobre todo por la falta de libertad interior en aquellos cubanos que abandonan sus deberes familiares y cívicos. Sin embargo, nos en­ contramos con frecuencia a muchos cubanos que, le­jos de reivindicar su libertad personal y de exigir sus libertades civiles, viven en tal indiferencia y docilidad que nos hacen dudar si quieren o no quieren ser más libres y disfrutar de mayores libertades.

Entonces nos preguntamos: ¿por qué un pueblo con la tradición y la idiosincrasia del nuestro puede llegar a ceder a la tentación de no ejercer y reclamar la libertad? Nos hacemos las mismas preguntas de Fromm: «¿Puede la libertad volverse una carga de­ masiado pesada para el hombre, al punto que trate de eludirla? ¿Cómo ocurre entonces que la libertad resulta para muchos una meta ansiada, mientras que para otros no es más que una amenaza? ¿No existirá, tal vez, junto a un deseo innato de libertad, un an­helo instintivo de sumisión?» (El miedo a la libertad, p. 28)

El presidente Miguel Díaz-Canel en un acto de masas en el Parque Trillo, de La Habana, el 29 de noviembre de 2020.
El presidente Miguel Díaz-Canel en un acto de masas en el Parque Trillo, de La Habana, el 29 de noviembre de 2020.

 

» El miedo a la «soledad moral»

Quizás, la causa más profunda y desconocida del abandono de la libertad y la responsabilidad cívica es el miedo a la «soledad moral». En efecto, para todo hombre y mujer, la necesidad de relacionarse —de co­munión—, de pertenencia a un cuerpo social es como la necesidad de comer. «Las necesidades fisiológicas condicionadas no constituyen la única parte de la na­turaleza humana que posee carácter ineludible. Hay otra parte igualmente compulsiva, una parte que no se haya arraigada en los procesos corporales, pero sí en la esencia misma de la vida humana: la necesidad de relacionarse con el mundo exterior, la necesidad de evitar el aislamiento. Sentirse completamente aisla­do y solitario conduce a la desintegración mental, del mismo modo que la inanición conduce a la muerte.» (E. Fromm, Ob. cit, p. 37)

En Cuba debemos hacer más consciente y urgente esta necesidad de evitar el aislamiento; todos los aisla­mientos que perjudican nuestra libertad y libertades: el aislamiento internacional, el aislamiento por razo­nes geográficas, el aislamiento por el bloqueo y otras medidas económicas, pero sobre todo, el aislamiento y el bloqueo de la persona del cubano cuando intenta presentar alternativas de libertad y responsabilidad. Para que haya cada vez mayor número de hombres y mujeres cubanos que accedan a mayores grados de li­bertad y responsabilidad es necesario evitar la soledad moral, que por supuesto no tiene nada que ver con el aislamiento físico.

Así es, «un individuo puede estar solo en el senti­do físico durante muchos años y, sin embargo, estar relacionado con ideas, valores o, por lo menos, nor­mas sociales que le proporcionan un sentimiento de comunión y pertenencia. Por otra parte, puede vivir entre la gente y no obstante, dejarse vencer por un sentimiento de aislamiento total… Esta falta de co­nexión con valores, símbolos o normas, que podría­mos llamar soledad moral, es tan intolerable como la soledad física; o más bien, la soledad física se vuelve intolerable tan solo si implica también la soledad mo­ral.» (Ídem)

Tengamos presente la reflexión de Nelson Mandela:

Tuve ocasión de aprender que el valor no consiste en no tener miedo, sino en ser capaz de vencerlo… El hombre valiente no es el que no siente miedo, sino el que es capaz de conquistarlo. Jamás perdí la esperanza de que se produjera esta gran trans­formación. No solo por los grandes héroes… sino por la valentía de los hombres y mujeres corrientes de mi país. Siempre he sabido que en el fondo del corazón de todos los seres humanos hay misericor­dia y generosidad. La bondad del hombre es una llama que puede quedar oculta, pero que nunca se extingue. (El largo camino hacia la libertad. Autobiografía, pp. 644­645)

Pero que los cubanos cedamos a veces a la tenta­ción de abandonar el camino de la libertad no debe desanimarnos. El cardenal Roger Etchegaray, quien fuera presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz, nos dice: «La libertad es un fardo que el hombre quie­re descargar entre las manos de los más poderosos. Algunas veces es más confortable ser esclavo que ser libre. La rareza y la fragilidad de los actos libres no deben hacernos dudar de la libertad; así como un eclipse no nos hace dudar del sol.» (Avanzo como un asno. pág. 160)

 

» Falta una educación para la libertad y la responsabilidad.

Otra de las causas de que la libertad y la responsabi­lidad en Cuba no sean mayores es la falta de una de­bida educación para la libertad. En efecto, el sistema educacional cubano, abrió el acceso de todos a la ense­ñanza, a costa de cerrar a todos la posibilidad de una enseñanza pluralista, participativa, liberadora. Solas quedaron la familia y la Iglesia ante la ingente avalan­cha de un sistema educacional y una política cultural que, apoyados en la utilización de todos los medios de comunicación social, transmiten un modelo de vida, una escala de valores y un estilo de participación social único.

» Propuestas conceptuales

El análisis de la realidad que hemos intentado esbo­zar no debe quedarse, ni en la constatación de los ni­veles de libertad que disfrutamos, ni en la denuncia de aquellas deficiencias de ella que nos hacen menos responsables. Debemos pasar de lo que somos a lo que debemos ser, teniendo en cuenta que la conquista de la libertad y la responsabilidad es un proceso crecien­te y gradual que no termina en la realidad contingen­te de un momento histórico, teniendo en cuenta que todo lo que disfrutamos o sufrimos con respecto a la libertad es una responsabilidad personal de cada uno de nosotros y de todos los cubanos.

Así lo expresaba el cardenal Etchegaray: «Se trata de promover una libertad que no sea únicamente pro­testa, sino responsabilidad. No se da la libertad a los hombres a golpe de libertades.» Las libertades, decía Emmanuel Mounier, «no son otra cosa que oportu­nidades ofrecidas al espíritu de libertad… que incan­sablemente trata de encontrar y reabsorber las situa­ciones en las cuales el hombre se entrega como un objeto a fuerzas impersonales. La libertad es el fruto de un dominio interior, no una subasta de reivindica­ciones». (¿Qué es el personalismo? p. 159)

» Libertad y solidaridad

Esta es la piedra angular de la concepción cristiana de la libertad y la responsabilidad: la solidaridad que abre a los demás el ejercicio del propio ser libre. La libertad cristiana es libertad para el amor y el servi­cio, para la interdependencia entre los miembros de la comunidad humana. Cuando la interdependencia es percibida y reconocida entre los hombres como un sistema determinante de relaciones en el mundo ac­tual en sus aspectos económico, cultural, político y religioso, y asumida como categoría moral, su corres­pondiente respuesta, como actitud moral y social y como «virtud», es la solidaridad. «Esta no es, pues, un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la deter­minación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, porque todos somos verdaderamente responsables de todos.» (San Juan Pablo II, S.R.S. 38)

En Cuba durante largas décadas hemos vivido en un clima donde la solidaridad es promovida y res­petada como un signo de la justicia social y del ca­rácter del cubano. En muchas ocasiones conocemos gestos muy sencillos y cotidianos de solidaridad. Sin embargo, esta solidaridad se veía y se ve limitada en su libertad de acción puesto que la solidaridad que se propugna oficialmente es, con frecuencia, una solida­ridad selectiva que solo podía recibir y dar ayuda a los que profesaban la misma ideología o sistema político. Por eso tienen hoy todavía vigencia estas palabras del apóstol de nuestra independencia habida cuenta que persiste una libertad frenada que limita las soli­daridades entre los cubanos y que para el futuro nun­ca se deberá usar la libertad como una loca sin padre y sin madre: «La libertad no es una bandera a cuya sombra los vencedores devoran a los vencidos y los abruman con su incansable rencor: la libertad es una robusta loca que tiene un padre —el más dulce de los padres— el amor; y una madre —la más rica de las madres— la paz.» (Obras Completas. Tomo II, p. 589)

La dignidad de la persona es el punto de encuen­tro entre la libertad de que goza, las libertades y los derechos que ejerce, y la libertad y los derechos que respeta en los demás hombres.

» Libertad de expresión

La relación intrínseca entre libertad y responsabili­dad, como dos caras de una misma moneda, tribu­ta especialmente a la comprensión ética del derecho universal a la libertad de expresión y a su ejercicio respetuoso y civilista. La libertad de expresión no es libertad para mentir, ni libertad para dañar. Es liber­tad para hablar con honestidad e integridad. Como se deduce, a cada una de las libertades corresponde una responsabilidad específica y a cada derecho humano le corresponde un deber. La responsabilidad que le corresponde a la libertad de expresión es la del cui­dado de las personas, de la convivencia y de la paz. Ese cuidado debe entenderse en el sentido holístico que ahora se le otorga al concepto «cuidado». Esto es que cada persona, grupo de la sociedad civil, institu­ción y Estado deberían proteger la integridad física, psicológica, moral y espiritual de las demás personas, grupos, instituciones y Estados sobre los cuales se ex­presa.

Al derecho de expresarse libremente le correspon­de el deber de expresarse responsablemente. Esta res­ponsabilidad en la comunicación interpersonal y so­cial concierne tanto al contenido como a la forma. En cuanto al contenido, es decir a «qué» se dice, la res­ponsabilidad se refiere a buscar la mayor objetividad posible, a no usar ataques a la persona sino el debate de las ideas, con argumentos, «caridad y buena lógi­ca» como recomendaba el padre Varela. En cuanto a la forma es necesario el correcto uso del lenguaje, des­terrar la violencia verbal, eliminar las vulgaridades y ofensas, evitar la adjetivación y los epítetos denigran­tes, así como asumir el lenguaje del respeto, el diálogo y el civismo.

» La última de las libertades humanas

Al llegar al final de estas propuestas conceptuales sobre la libertad personal y las libertades sociales deseo expresar la magnífica consideración del psi­cólogo austríaco Viktor Frankl cuando a partir de su propia experiencia personal reafirma su fe en el hombre, en su capacidad «de conservar un vestigio de la libertad espiritual, de independencia mental, incluso en las terribles circunstancias de tensión psí­quica y física». «Los que estuvimos en un campo de concentración —dice el profesor vienés— recorda­mos a los hombres que iban de barracón en barra­cón consolando a los demás, dándoles el último tro­zo de pan que les quedaba. Puede que sean pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas: la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino.» (El hombre en busca de sentido, p. 69.)

Esta libertad interior es la que jamás puede ser alienada totalmente en todos los hombres. Es esta una razón última para los que no creen en la posi­bilidad de reconstrucción moral y espiritual de un pueblo. Es esta una razón superior para los que de­sesperan ante la dejación de la libertad por muchos coterráneos. No debe haber espacio para el desaliento y la parálisis, por muy grandes que hayan sido y sean los sufrimientos de nuestro pueblo. Dostoievski dijo en una ocasión: «solo temo una cosa: no ser digno de mis sufrimientos». Esta es la última e inalienable libertad interior del hombre: la capacidad de elegir su actitud ante el sufrimiento.

El joven Luis Robles Elizastigui se manifiesta en el Boulevard de San Rafael el 4 de diciembre de 2020 antes de ser arrestado por la policía.
El joven Luis Robles Elizastigui se manifiesta en el Boulevard de San Rafael el 4 de diciembre de 2020 antes de ser arrestado por la policía.

La libertad interior puede empobrecerse y las libertades exteriores aplastarse hasta grados insos­pechados para la civilización contemporánea, pero aquellos que han sabido vivir con dignidad y con se­ renahidalguía este despojo doloroso de sus posibili­dades, han alcanzado un logro interior genuino. «Es esta libertad espiritual, que no se nos puede arreba­tar, lo que hace que la vida tenga sentido y propósito. El modo en que un hombre acepta su destino y todo el sufrimiento que éste conlleva, la forma en que car­ga con su cruz, le da muchas oportunidades —incluso bajo las circunstancias más difíciles— para añadir a su vida un sentido más profundo. Puede conservar su valor, su dignidad su generosidad. O bien, en la dura lucha por la supervivencia, puede olvidar su dignidad humana y ser poco más que un animal… aquí reside la oportunidad que el hombre tiene de aprovechar o dejar pasar las ocasiones de alcanzar los méritos que una situación difícil puede proporcionarle. Y lo que decide si es merecedor de sus sufrimiento o no lo es.» (Ibídem. p. 71)

» Propuestas operativas

De las anteriores reflexiones sobre la realidad cubana y sobre el modo en que concebimos la libertad y la responsabilidad iluminados por las enseñanzas socia­les de la Iglesia, surgen las siguientes propuestas ope­rativas:

  1. Priorizar la educación ética y cívica: Imple­mentando un programa de formación en las virtu­des y valores humanos y cívicos que conduzca a la verdadera educación para la libertad y la responsa­bilidad, mediante una pedagogía participativa y li­beradora. Educar la conciencia crítica de modo que se ejerza el criterio ante las alternativas que presen­ta la vida. En esta formación de la conciencia mo­ral no solo hay que adecuar la verdad subjetiva a la verdad objetiva, sino que hay que ganar en transpa­rencia y en certeza de conciencia. Estimular la je­rarquización de una escala de valores que priorice el «ser» sobre el tener, el poder y el saber. Fomentar el discernimiento ético para hacer una opción fun­damental que oriente un proyecto de vida personal que dé sentido a la existencia y pueda favorecer la entrega generosa y solidaria. (Cfr. Educación liberadora de Paulo Freire y Cursos del Centro de Estu­dios Convivencia CEC­Cuba. Disponibles en centroconvivencia.org)
  2. Aplicar el personalismo comunitario trascen­dente a nuestra realidad.

Propongo que se estudie profundamente ese «mo­ vimiento» llamado personalismo al que su padre, En­ manuel Mounier, no quería que lo encasillaran ni en un sistema filosófico, ni en una ideología, ni en un sistema socio­económico. Cuba, que ha experimenta­ do las crisis del capitalismo y del socialismo real, debe atender a esta corriente de pensamiento que pudiera iluminar y potenciar nuestra búsqueda de un proyec­to futuro para la nación cubana sin falsos regresos al pasado. Escuchemos al mismo Mounier cuando decía:

«ante la crisis, de la que muchos se ocultaban la gra­vedad, se proponían dos explicaciones. Los marxistas decían: crisis económica clásica, crisis de estructura. Operad sobre la economía, el enfermo se restablece­rá. Los moralistas oponían: crisis del hombre, crisis de costumbres, crisis de valores. Cambiad al hombre y las sociedades sanarán. De nuestra parte afirmába­mos: la crisis es a la vez, una crisis económica y una crisis del hombre.» (Mounier, E. ¿Qué es el personalismo?, p. 20)

Martín Buber, uno de los exponentes del perso­nalismo, anunciaba proféticamente en medio de la II Guerra Mundial:

Veo asomar por el horizonte, con la lentitud de todos los acontecimientos de la verdadera historia humana, un descontento tan enorme cual no se ha conocido jamás. No se tratará ya, como hasta ahora, de oponerse a una tendencia dominante en nombre de otras tendencias sino de rebelarse contra la falsa realización de un gran anhelo de co­munidad, el anhelo de su realización auténtica… Su primer paso ha de consistir en desbaratar una falsa alternativa que ha abrumado el pensamiento de nuestra época, la alternativa entre el individua­lismo y el colectivismo. Su primera indagación se enderezará a la búsqueda de la alternativa genuina excluida. (Buber, M. ¿Qué es el hombre?, pp. 145­146)

 

Esa alternativa excluida es el personalismo que re­sulta todavía hoy «inaprehensible para algunos, por­ que buscan en él un sistema, cuando es, en cambio, perspectiva, método, exigencia.» (Cfr. Mounier, E. Ob. cit. p. 175)

Perspectiva: porque opone al idealismo y al mate­rialismo un realismo espiritual, en un esfuerzo por conseguir la unidad de la persona que estas dos pers­pectivas dislocaron. El destino del hombre se contem­pla desde este nuevo ángulo bajo todas las dimensio­nes: material, interior y trascendente.

Método: rechaza al mismo tiempo el método de­ductivo de los dogmatismos de todo tipo y el método empirista primario de los «realistas». Nuestro destino inmediato es avanzar en la historia y hacer historia, en una perspectiva eterna donde todo el trabajo hu­mano tuviera su fin supremo más allá de sí mismo. Por otro lado, no pueden describirse las constantes de la condición humana bajo la forma de un esquema definitivo que solo habría que aplicar sobre la acción. La norma de la acción se organiza para el encuentro con una filosofía del hombre y un análisis directo de coyunturas históricas, que son las que rigen en última instancia lo posible y lo real.

Exigencia: el personalismo es exigencia de com­promiso a la vez total y condicional: Compromiso to­tal, pues solo es válida la lucidez que realiza y que no se deja reducir a simple crítica. Es comprender para transformar. Compromiso condicional, pues si no conservamos el timón en nuestras manos, el desacuer­do interno del hombre hace oscilar periódicamente el equilibrio de las civilizaciones, ya sea hacia la com­placencia solitaria, ya hacia el aturdimiento colectivo o hacia la evasión idealista. No es que se proponga un mito, una imagen del hombre que es un sueño, se trata de que el trabajo humano, la perpetua invención de una síntesis que nunca puede realizar una época: que el hombre sea más hombre; tal es la tarea donde para nosotros tradición y cambios, dialogan y se im­pulsan sinérgicamente.

Toca a los cubanos interesados en una alternativa que no se parezca al pasado aplicar esta perspectiva, este método y este compromiso en las actuales circuns­tancias de nuestro país y buscar alternativas persona­ listas­comunitarias en el ámbito de la economía, de la política, de la sociedad, de la cultura, de las familias, de las organizaciones de la sociedad civil, de las estruc­turas estatales. El pensamiento humanista de Martí y el personalismo cristiano tienen la misma raíz. Recor­demos solamente la frase del Maestro que dice: «Yo quiero que la ley primera de la República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre».

  1. Reconstruir la sociedad civil: como escuela de libertad y responsabilidad.

En tal sentido se vincula esta reflexión con el pro­yecto de reconstrucción de la sociedad civil que pro­pusimos para Cuba en la II Semana Social Católica de 1994 (Cfr. Memoria pág. 57 a la 105). Este proyecto es urgente de cara a una auténtica democracia par­ticipativa para cerrarle el paso a nuevos autoritaris­mos. Pero sobre todo es esencial para que las personas dispongan de los espacios necesarios para ejercitar la libertad en un ambiente de pluralismo respetuoso y para entrenarse en las responsabilidades en un grupo donde se compartan las tareas y proyectos. No puede haber libertad y responsabilidad crecientes a nivel de la nación, si estas no se entretejen, desde lo pequeño, en el entramado de la sociedad civil. Por tanto, liber­tad, responsabilidad y sociedad civil, son como sus­tancia y laboratorio, como matriz y criatura, binomio sin el cual no surge normalmente la vida. Esto perte­nece al más genuino magisterio eclesial, en los térmi­nos en que lo postula Juan XXIII en la encíclica Pacem in Terris y sería muy bueno que fuera conocido por los cubanos: «Como ya advertimos con gran insistencia en la Mater et Magistra, es absolutamente preciso que se funden muchas asociaciones u organismos inter­medios capaces de alcanzar los fines que los particula­res por sí solos no pueden obtener eficazmente. Tales asociaciones y organismos deben considerarse como instrumentos indispensables en grado sumo para de­fender la dignidad y libertad de la persona humana, dejando a salvo el sentido de la responsabilidad.» (San Juan XXIII, P.T. 24 y M.M. 60­65)

  1. Abrir los espacios eclesiales: signo y sacramento de libertad y responsabilidad.

En efecto, dada la situación peculiar de nuestro país, creo que la Iglesia debe priorizar la apertura de sus espacios tradicionales y de nuevas experien­cias para que puedan servir no solo a los cristianos, sino a todos los hombres de buena voluntad que se acerquen, como «signos y sacramentos» de libertad y responsabilidad, como matrices y escuelas de libertad y responsabilidad. En verdad han crecido los servicios de culto, asistencia, y formación cristianas, pero como en cualquier lado del mundo la Iglesia debe dis­ponerse más a promover servicios cuyos destinatarios puedan ser hombres y mujeres de nuestro pueblo sin distinción de credo, filosofía, opinión política, etc. Es­ tos espacios de participación y reflexión, de estudio y acción social como los grupos de trabajadores, los economistas, los educadores, los escritores y artistas, etc. ya son una experiencia vivida y compartida por algunas diócesis. Deben extenderse los que existen y crearse nuevos. Sin estas pequeñas y genuinas es­cuelas de comunión y participación pluralista, quizá las únicas de este tipo a las que pudieran tener acce­so la mayoría de los cubanos, no podremos avanzar mucho en el largo camino hacia mayores grados de libertad y responsabilidad. Desde 1986, el ENEC re­comendaba una Iglesia participativa y corresponsable porque: «Esta posibilidad de participación y corres­ponsabilidad dentro de la Iglesia constituye además un precioso testimonio y un anuncio de cómo llevar a cabo el compromiso social de los cristianos, su misión política en el contexto en que viven y su aporte a lo que debe ser la dinámica de toda la comunidad civil.» (ENEC 1133)

  1. Una ética en las comunicaciones: hacia una li­bertad de expresión responsable.

Siguiendo el ejemplo del periodismo de Varela en El Habanero y el de Martí en Patria. La propuesta po­dría ser:

 

1­ Aprender a evaluar como ciudadanos, con estas herramientas, y otras más, la calidad de nuestra prensa, del uso de las redes, del uso de los medios tradicionales.

2­ No usar en el derecho a réplica los mismos méto­dos que criticamos.

3­ Lo que equivaldría a entrar en una dinámica que rompa la cadena del oprobio:

  • Ante la mentira, actuar y responder siempre con la verdad.
  • Ante la represión de las libertades y ante las irres­ponsabilidades, actuar y responder siempre con libertad de conciencia y con responsabilidad cí­
  • Ante el uso de un lenguaje irrespetuoso, incen­ diario, conspiranoico, actuar y responder con un lenguaje respetuoso, ético y pacífico.
  • Ante la falta de objetividad, el sensacionalismo y la manipulación, actuar y responder con la ma­yor objetividad posible, la mesura y el respeto al criterio discrepante.
  • Ante la descalificación de las personas, actuar y responder con argumentos y buena lógica basan­do la respuesta en las ideas no en las personas y sus historias privadas.

 

Solo rompiendo la cadena de mentiras, sataniza­ciones, violencia verbal y gestual y ataques a las per­sonas obviando los argumentos, Cuba podrá salir de esta crisis hacia una sociedad libre, responsable, justa, próspera y feliz.

» Conclusiones

Cuba se encamina hacia una nueva etapa de su historia. No lo hace ni sola, ni en masa. Este camino es un reto a nuestra capacidad de ser cada vez más li­bres al mismo tiempo que debemos ser cada vez más responsables. Ni la obcecación, ni la falsa transición hacia el pasado, facilitan el camino pacífico hacia un futuro de mayor libertad y mayor solidaridad. Este camino, por qué no llamarle así, de auténtica tran­sición hacia una sociedad verdaderamente nueva, no debe pasar ni por el liberalismo individualista, ni por el colectivismo despersonalizante. Debe pasar por el mejoramiento humano y la justicia social. Debe pasar por la eticidad y la fraternidad de la vida de la nación cubana. El centro de este camino debe ser la persona humana en todas sus dimensiones.

Este camino se hace de pasos de libertad y recon­ciliación, de pasos de responsabilidad y participación democrática. Este camino se hace con gestos y signos de amor. «Quien ama dice: espero de ti y para noso­tros, porque lo que se espera atañe siempre al que es­ pera y a aquel de quien se espera. La esperanza es un acto de fe en el otro. La esperanza es paciente, confía en lo bueno, pero al mismo tiempo acepta y ama la realidad, sea ella la que fuere. Por eso el esperanza­do vive en disponibilidad a lo real, está abierto a la realidad porque, en cualquier caso, cree en su posible bondad… Espera y confianza son los elementos bá­sicos de la estructura antropológica de la esperanza. El pesimista es impaciente, no tiene fe en la realidad y desespera. Ni rebelión contra la realidad ni acepta­ción pasiva de ella, tal es la fórmula de la esperanza.» (Valverde C. Génesis de la modernidad, p. 370)

Según esa fórmula de esperanza he intentado acer­carme, con espíritu abierto, a la realidad de mi Patria. Porque la amo, estoy aquí; porque confío en su mejo­ramiento, espero; y porque tengo fe, hago lo posible para contribuir a la transformación de la realidad que compartimos. Entre el diagnóstico de la realidad y la utopía de lo irrealizable se encuentra ese espacio de lo pequeño, de lo posible hoy, de lo que se adelanta paso a paso al mañana, eso es lo que nos mantiene, en vilo, aferrados a la esperanza: A la esperanza en Dios. A la esperanza en Cuba y en los cubanos.

 

Bibliografía

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Centro de Estudios Convivencia. «Programa de Educa- ción cívica para Cuba». www.centroconvivencia.org Concilio Ecuménico Vaticano II: «Const. Gaudium et

spes». Edit. San Pablo. Bogotá,1995.

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CORTINA, ADELA: Ética de la sociedad civil. Madrid, Gru­ po Anaya, 1994.

DE LA BROSSE, O. et. alt: Diccionario del cristianismo.

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