Meditación de Semana Santa

Por: Ernesto Fernández Arrondo

Ernesto Fernandez
Ernesto Fernandez

I

Solo puede educar quien sea un evangelio vivo, dijo el Maestro de «El Salvador», agregando que educar no era dar carrera para vivir sino templar el alma para la vida.

En este aforismo, como todos los que brotaron del corazón y de la mente de Don Pepe, se concreta una afirmación de altísimo rango pedagógico y moral que va dirigida rectamente al hombre, con exclusión de los medios y del plan para lograr la educación. El aforismo exige el evangelio vivo, es decir, el hombre en situación de calidad, de deber, de aptitud y suficiencia de educar, de presencia y orden evangélicos.

La esencial condición que establecía Don Pepe del hombre dedicado a educar es, como se ve, ajena a los métodos, a los planes, a los preceptos, a la pedagogía de los hombres. Si bien se sirve de la palabra evangelio, ésta de seguro fue tomada de lo que tienen de excelsas las prédicas del Redentor. Nada de alusión, de símil, de reflejo, sino contenido viviente, dinámico. Don Pepe señaló en esa forma, directa, su pensamiento, en el sentido que para aspirar a la perfección moral del hombre -que es el espíritu y la letra de las doctrinas cristianas- había que partir de un punto básico: que fuera el educador una exacta resonancia, un ejemplo, la viva encarnación de aquel ideario.

 

II

¿Y cómo puede ser el hombre un «evangelio vivo» sin interpretar al propio tiempo la voz del Evangelio, sin ajustar su vivir terreno a sus preceptos? ¿Cómo lograría educar el padre a su hijo, el tutor a su protegido, el maestro a sus discípulos, sin servirse de las rutas luminosas trazadas por las palabras de Cristo?

Instruir, ilustrar, enseñar, que es dar carrera para la vida, puede cualquiera, en efecto —estatuye la sentencia de Don Pepe— pero educar es «templar el alma» para la vida —añade.— «Templar el alma para la vida», esto es, hacerla surgir de la oscuridad y darle forma, ungirla de verdad y de bien, hablarle a su intimidad, a su entraña más profunda, para que sea recta, firme y pura; para que todos los hombres resulten el fiel reflejo del educador que puede ser un «evangelio vivo» solo si su conducta, sus sentimientos y pensamientos le convierten en el tipo-humano de las máximas divinas.

 

III

Pero no solo en la escuela recae ni a los maestros únicamente dirigió Don Pepe su célebre aforismo —porque no solo es en el aula donde se templa el alma para la vida. Fundamentalmente es en el hogar, en el seno de la familia, donde se conforma el alma, donde se «hace» moralmente al hombre, donde se le trazan las invisibles líneas de su existencia. Y como la familia, el hogar, son creaciones, instituciones del matrimonio, su asiento y raíz, ¿no aparecen los padres los principales forjadores de esas almas, los responsables de la educación (temple de ellas) que reciban? ¡Qué hermoso, entonces, qué trascendental documento resulta el instante en que tan grave amenaza pende sobre la civilización cristiana debido a que los padres en gran parte no educan en Cristo a la prole, aquella Encíclica de Su Santidad, dirigida a los prelados de la Iglesia en torno a la educación cristiana de la juventud! Más no hay que impacientarse tratándose de rutas a seguir: recuérdese que cuanto hoy llamamos «derechos sociales» los defendió primero que nadie León XIII; mucho antes que irrumpieran con ese rótulo tantas doctrinas disolventes y agrias.

 

IV

Ernesto FernandezPrecisamente, porque son duros y ásperos los tiempos; porque estamos expuestos los cubanos, el mundo, a que desaparezca la familia si continuara la creciente invasión del deleite pecaminoso y el divorcio, antítesis del matrimonio; porque olvida el hombre que su semejante es su hermano, no su enemigo; porque se invierten en frivolidades y cosas superfluas sumas con las cuales muchos tendrían abrigo y techo y comida; porque una absurda y peligrosa acepción de «mujer moderna» y «hombre moderno» hace que aumente el número de los que no tenían «rey ni roque», es más urgente que nunca salvar en lo que podamos las próximas promociones infantiles para que las nuevas hornadas juveniles salgan en defensa del sacramento del matrimonio, en defensa de la familia. ¿Cómo esto se lograría? Educando cristianamente al niño, al adulto, recordando al humano Maestro, templándole el alma para la vida con las palabras del Maestro Divino.

ERNESTO FERNÁNDEZ ARRONDO (Güines, Habana, 1897 – La Habana, 1956). Poeta y periodista. En su juventud desempeñó modestos trabajos como empleado público y, al mismo tiempo, comenzó a cultivar la poesía. Con sus versos patrióticos obtuvo varios premios en los distintos Juegos Florales que se celebraban a lo largo del país. Su libro Poemas del amor feliz recibió el Premio Nacional de Poesía otorgado por el Ministerio de Educación en 1942. Durante casi veinte años, hasta su muerte, integró el equipo de periodistas del Diario de la Marina. Autor además de las obras Bronces de libertad (1923), Inquietud (1925) y Hacia mí mismo (Madrid, 1950). El presente artículo lo hemos tomado del Diario de la Marina Año CXVIII Nro. 83. La Habana, 8 de abril de 1950, p. 4.