Re-Señas de libros

Por: David Leyva

Regreso de Ricardo Vigón. Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco. Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2015. 222 pp.

Los autores que prepararon, documentaron y prologaron el libro Regreso de Ricardo Vigón son nobles personas. A diferencia del matrimonio Le Plongeon no develan desconocidas esculturas mayas, sino a escritores inimaginados con muchas capas de tierra sobre sus obras. Por ellos he sabido de la existencia de Esteban Luis Cárdenas, Carlos Victoria, Guillermo Rosales, René Jordán. Y nadie piense que estos son creadores muy antiguos; la mala memoria moderna es tan cruenta, que ya se necesita de arqueólogos para redescubrir la historia de hace poco más de medio siglo. Pero lo increíble estriba en que esta pareja de investigadores apenas llega a los treinta años y ha estado involucrada en proyectos tan determinantes como Escritores olvidados de la República, La intimidad de la historia, los pintores-escritores cubanos, así como ha realizado un valioso caudal de entrevistas, algunas de ellas recogidas en el volumen Tiempos de escuchar. Gracias a ellos conocí personalmente a Abelardo Estorino, Delfín Prats y a la familia gibareña del tercer cubano ganador del Premio Cervantes, Guillermo Cabrera Infante. Rompen el esquema de las canas como reflejo de saberes. Aunque, lamentablemente, ellos ahora mismo están en la dimensión de los talentos no presenciales, continúan trabajando para beneficio y orgullo de la cultura cubana.

La figura de Ricardo Vigón, el motivo de este título, padeció una sed incontenible y no tomó precauciones ni entendió de riesgos para beber de la cultura europea, aprender de cine y hacerse de una voz crítica desprejuiciada y directa. Supo de música y conoció el arte del violín, era capaz de discutir por horas con un pintor vanguardista que pretendiera decir que la obra de Cézanne es superior a la de Van Gogh, fue amigo conversador de grandes escritores y actores y al final se percata de que sus afluentes de conocimientos pedían desembocar en un director de cine. Después de haber asistido en México a Luis Buñuel, volvió a su patria para cumplir ese sueño. Pero arriba con cuatro meses de retraso, pues el ICAIC ya ha sido fundado. Alfredo Guevara dirige esta importante industria y Tomás Gutiérrez Alea y Julio García Espinosa son las nuevas promesas que cuentan con el apoyo institucional. Unido a esto, llega Vigón con criterios diferentes de los mencionados y con una sinceridad excesiva. Se muestra más entusiasta con los directores de la nueva ola francesa que con los del neorrealismo italiano. Y llevado al reduccionismo más maniqueo, esto era sinónimo de una preferencia pequeño-burguesa por sobre un arte comprometido con el obrero. De manera semejante, mostraba más identificación con el cine polaco de Wajda que con los para él muy académicos directores rusos del momento; y para mayores inconvenientes, había sido pionero, junto a Germán Puig, en establecer una Cinemateca de Cuba antes de la Revolución y sus proyectos fílmicos coincidieron con el tridente antes mencionado: quiso iniciarse con un documental sobre la ciénaga de Zapata y sobre la Reforma Agraria pero ya existían El Mégano (1955) y Esta tierra nuestra (1959). Opta entonces Vigón por hacer crítica de cine en Revolución y acepta un cargo más alejado de sus intereses: Jefe de Propaganda del Teatro Nacional. En medio de esa pugna de poderes culturales su salud se resquebraja, toma fuerza de repente una vieja dolencia que siempre lo acompañó y su cadáver queda en medio de todos como consecuencia irrefutable del celo profesional. Tomás Gutiérrez Alea se materializó en el gran director de cine cubano: La muerte de un burócrata (1966) y Memorias del subdesarrollo (1968), mientras Ricardo Vigón no fue más allá de la condición de una promesa sin obra.

Tengo dos hijas, una come vegetales, otra solamente arroz con frijoles, una quiere hacer las cosas rápido y la otra muestra una lentitud inaudita; como es natural, discuten, me irritan, pero, sobre la base de que son hermanas y viven bajo un mismo techo, cuando logran armonizar, desarrollan juntas juegos de roles increíbles. La cultura, a mi parecer, tiene una estrecha relación con la educación de los hijos. Se trata de un campo abierto de posibilidades que no puede reducirse a una misma línea estética, a un excesivo control del hecho artístico, ni a una invariable política de divulgación o reconocimiento.

Queda para la suposición lo que pudo ser Vigón como director de cine; la historia no cree en suposiciones, sino en hechos. Sin embargo, su labor de crítico nos asombra por el estilo desenfadado, todo un ejercicio de naturalidad, sin ataduras a escuelas de cine o compromiso moral con directores afamados. Nos percataremos, al leer esta recopilación, que estamos ante un gran conocedor del séptimo arte, que nos habla con propiedad del movimiento de la cámara, el montaje, fotografía o dirección de actores, pero a su vez, tiene la habilidad de adentrarnos con gracia en detalles de farándula de festivales, o en asociaciones interpretativas de gran llaneza como la de decir, por ejemplo, que el sheriff de la película de Cyril Endfield desempeñaba su oficio como lo haría un oficinista o un guagüero: «Cumple su deber casi con hastío, sin ninguna rebelión»; o cuando comenta, a manera de memoria histórica, el viernes 6 de noviembre de 1959, que, antes de ver el film El ángel azul, se regó la «infame bola» de que había sido hallado Camilo Cienfuegos, falsa noticia que provocó una alegría que luego se tornó en tristeza de miles de cubanos. Sin dudas, Carlos Velazco y Elizabeth Mirabal, logran regresarnos —a través del prólogo de este libro, de la compilación de estos textos aparecidos en Carteles y Revolución, así como de los testimonios que se escribieron a la muerte del joven intelectual— las pequeñas hazañas olvidadas de este ser para la cultura que no conoció la vejez.

Piñera corresponsal: Una vida en cartas. Thomas F. An- derson. Universidad de Pittsburgh. Serie Clásicos de América, 2016. 256 pp.

Excelente obsequio a la cultura cubana ha realizado Thomas F. Anderson con la presentación, en el Ateneo de La Habana, de su libro Piñera corresponsal: Una vida en cartas. Llega por fin a Cuba buena parte de la información atesorada en The Virgilio Piñera Collection, Firestone Library, Princeton University, de los Estados Unidos.

La imagen de portada del volumen no podía ser otra que el escritor cubano mirándonos fijamente, sentado con las piernas recogidas en el portal de su casa de Guanabo, mientras unas piernas extendidas, las del escritor Humberto Rodríguez Tomeu (1919-1994), quedan como prueba, muy pocas veces reconocida y visible, de una gran amistad y de confidencia.

Aquella casa en la playa representó el paraíso perdido de un creador. Inicialmente, de 1956 a 1957, en que la alquilaron por primera vez ambos en compañía del perrito King, y luego, de 1959 a 1961, cuando ya Piñera inició los pagos para hacerse de la propiedad. Por allí desfilaron multitud de amigos, hubo juegos de canasta, tazas de café con leche, constante repiquetear en horas tempranas para mantener al día las colaboraciones de Revolución y Lunes. Pero una mañana de octubre de 1961 Piñera salió a comprar cigarros y terminó en una unidad de la policía. Pasada la tremenda impresión, le sobrevino otra: a su regreso, la casa estaba con el sello de la Reforma Urbana. Solucionados los malentendidos, las marcas a su persona y a su casa le calaron hasta los huesos. Carga algunas cosas consigo: muebles, toallas y sábanas, que junto a estas cartas rescatadas por Anderson representan el testimonio de una paulatina depresión que culmina en 1979, año de su muerte.

Cuántos detalles no emergen de esta correspondencia: los libros que leía, las llamadas «carnitas», biografías y memorias de «vejeces» francesas del siglo XVIII, la relación de películas que lo deslumbran o narradores que conquistan su exigente gusto —tarea tan complicada como asaltar una ciudad amurallada—; de los pocos que lograron hacerlo, podríamos citar: Gorki, con el primer tomo de su autobiografía, Gunter Grass con su Tambor de hojalata, los cuentos del desdichado Shultz o un par de novelas del ruso Soljenitsym.

A la pérdida de la casa donde pensaba morir, se van sumando las muertes de los familiares y amigos, que como sofisticados relojes mecánicos anuncian de alguna manera la propia muerte del escritor: La madre, Ricardo Vigón, Rolando Escardó, el padre, Gombrowicz (por cierto, ambos nacieron un 4 de agosto y murieron a los 67 años) y José Lezama Lima, a quien le expresara con graciosa claridad en «El hechizado»:

«Por un plazo que no puedo señalar / me llevas la ventaja de tu muerte: / lo mismo que en la vida, fue tu suerte / llegar primero. Yo, en segundo lugar». Pero a estas pérdidas se entremezclan las continuas separaciones: la temprana salida de René Jordán, la partida hacia Europa de los directores de Lunes, Cabrera Infante y Pablo Armando a misiones diplomáticas o el cierre de Revolución y Carlos Franqui marchando hacia Italia con el tomito de Cuentos fríos.

Estas salidas no solo implican un vacío existencial, sino que sumen al escritor en una precariedad material que va agudizándose paulatinamente en la década de 1970. Olvidemos el vuelo intelectual o el idealismo, Piñera es un escritor acostumbrado a duras condiciones que no duda nunca en esconder o disminuir. Su llegada a Cuba en 1958 es desdichada, su suerte cambia cuando logra los puestos en las dos publicaciones emblemáticas de inicios de la Revolución. Increíble período para él en que puede comprar ropa, pagar sus deudas, abrir una cuenta en el banco, ayudar con dinero a su familia y a amigos cercanos; pero, al fracasar magazine y periódico, solo le queda el frugal sueldo de traductor. Como un viejo disco de acetato que nos deja escuchar la triste melodía nacional, el lector cubano podrá reconocer este mural de carencias nacidas de un diferendo y desarrollado por un embargo económico casado con la corrupción.

Esta pobreza existencial sumerge al escritor en un mundo de soledades, semejante al que camina por el desierto y cae al efecto de los espejismos, se ilusiona con breves oasis y luego vuelve a caer en la desesperanza de la explanada sin pozo que alivie su sed. Al hecho de que su producción teatral realizada después de 1965 (El no, Dos viejos pánicos y Una caja de zapatos vacías) no encuentra posibilidades de representación en Cuba, y que su último libro publicado por una editora nacional fuera su poemario La vida entera, —diez años anterior a su muerte— se unen los desengaños de intelectuales foráneos o editoriales europeas que piden sus manuscritos y luego se desentienden de ellos. Sartre, por ejemplo, prometió puesta en escena en París de Electra Garrigó y publicación de Aire frío. Valerio Riva fue el encargado de garantizar una traducción inexistente y publicación de la obra de Piñera por Feltrinelli (Italia). Juan Goytisolo recomendaría traducción y publicación por Gallimard (Francia), Ángel Rama se llevó Muecas para escribientes para una edición fantasma en Arca (Uruguay), mientras José Yglesias se encargaría de traducir y publicar en Estados Unidos. Solo el leal amigo argentino José Bianco prologó e hizo realidad en vida del autor el tomo de cuentos por Editorial Sudamericana, y es por ello que las últimas cartas a Rodríguez Tomeu son las tragicómicas peticiones de hacer llegar ese dinero de Buenos Aires a La Habana —ya sea en transferencia bancaria o en artículos— y así enfrentar los gastos de un fiesta de quince. Acaso pueda encontrarse una situación familiar más típica y teatral que esta que recuerda de alguna forma su pieza La niñita querida. Si Piñera hizo universal el drama de la familia cubana a través de Aire frío, estas cartas —sin poses ni edulcorantes— constituyen un valioso documento histórico y sociológico del período 1958-1976.

Existe otro momento particularmente engañoso, dramático y decisivo en la vida de Piñera que no se debe pasar por alto, el 26 de octubre de 1964. Se encuentra en Europa, último viaje fuera de la isla; sus amistades de Lunes le aconsejan quedarse; Humberto lo reclama en Argentina; le han dado 800 dólares como adelanto de su contrato en Feltrinelli. Ayuda a su amigo músico Natalio Galán. Nosotros, como lectores a destiempo, podemos enviarle el imposible consejo «no creas en la palabra de esas editoriales, sé más ahorrativo, no sabes lo que se te viene encima». En fin, terminando de leer una carta de malas noticias que le llega desde La Habana, no lo piensa dos veces y admirablemente decide ayudar a su hermana, cuidar a su padre y colocar su esperanza profesional en una segunda oportunidad que nunca llegó.

La gran lección de toda esta correspondencia está en su fe en la escritura. Por más «palos que le dio la vida», parafraseando a Fayad Jamís, no hay nada más sanador para él que el acto creativo y así se lo recalca una y otra vez a su amigo y confidente. Estas cartas nos hablan del proceso de gestación de El no, de Dos viejos pánicos, de la legendaria Autobiografía, del hecho de reescribir La carne de René, en 1972 (para alegría de Antón Arrufat, a quien se le achacaba injustamente modificaciones al texto de 1952). Así como referencias a manuscritos sin paradero. Queda para los detectives las desconocidas novelas Tierra Incógnita, El deslizamiento y las piezas teatrales Objetos perdidos y El Cristo sexual. No deje el lector de atender el estudio introductorio de Anderson: con lucidez llena los espacios vacíos en las misivas y justifica los momentos en que Piñera no tiene ánimos de escribirle al amigo y guarda energías para una extensa conversación que nunca pudo acontecer.

La ciencia de la historia no puede llenar todos los espacios, pues se alimenta de lo corroborado. Por ello, de un acontecimiento a otro, de una carta ilustre a un valioso documento, o de una guerra a un tratado de paz, se disuelven las mil y una anécdotas que solo pueden ser atrapadas por la imaginación del artista. Una obra de arte histórica es entonces como el arcoíris que sorpresivamente vuelve mágico y diferente el paisaje estático del cielo. Y en cuanto a quietud se refiere: qué visión más inamovible que la de José Martí. Pareciese que no dejaran bajarlo del estrado donde discursaba a los cubanos del exilio con la bandera nacional al fondo. A veces, cuánto se agradecería una alfombra voladora para aliviar la pesantez de su figura. Encontrar las zonas menos exploradas de su escritura, descubrir parajes donde estuvo, hombres y mujeres de la tierra que pudo conocer. No congelar su palabra, sino polemizar y dialogar con ella. Aprender de su increíble ilustración y genio y tratar de apoyarnos en su obstinado sacrificio y espíritu creativo para ser mejores personas, menos mezquinos y egoístas. Sería tan beneficioso que la poesía que irradia su nombre y su obra venciera por algún tiempo el uso y abuso de su persona como símbolo político. Por ese camino se ha dirigido una variante de trabajo no tradicional, alejada de un canon establecido, que intenta dialogar con Martí desde un realismo cercano, artístico y cotidiano y no desde una postura retórica, estatuaria o conveniente. Ejemplos recientes en plástica, escultura, y cine lo demuestran, y por esa misma línea descontaminada de dogma y enriquecedora de imagen estuvo la premiada novela Infidente de Nelton Pérez.

No es este un texto narrativo equilibrado. La persistente moda de las tramas paralelas casi siempre provoca que uno como lector opte por una de las historias y se desencante un poco por la forma menos lograda de las otras. Curiosamente muchas veces es lo más cercano a la contemporaneidad lo más tendiente al naufragio; todo lo que huele a cotidianidad conocida se vuelve más intrascendente. De ahí, la hazaña de Mijaíl Bulgakov en El maestro y Margarita, donde pasado y presente despiertan gran interés de lectura, aunque, el genial escritor ruso se auxilió de lo fantástico para ser aún más atractiva la trama de la contemporaneidad. Sin embargo, la idea subyacente que ronda las dos narraciones paralelas vale por sí misma el reconocimiento de esta novela de Nelton Pérez: El infidente, aquel personaje que en cualquier época o lugar le pierde confianza y fe al poder que lo dirige. Martí, nacido de padres españoles, jura total deslealtad a los métodos de gobernación colonial. Mandy, estudiante universitario de la Cuba de los 80, observa con tristeza y distanciamiento, cómo una mayoría de cubanos tildan de «gusanos» a aquellas familias que optaron por abandonar el país. Muchos de los voluntarios que encarcelan a Martí con 16 años o que gritaron paredón por los ocho estudiantes de medicina eran criollos que querían estar a bien con el régimen, semejante a los fanáticos que ante Pilatos gritaron por la crucifixión de Jesús. Falsa desfachatez colectiva que en el fondo no es más que la cobardía de ser marcado como diferente. Dicen que recientemente un emigrado cubano volvió a la casa de su infancia y preguntó si cierto vecino vivía en el mismo lugar de siempre. Ante la respuesta afirmativa, fue y le puso delante un cartón de huevos: «No te preocupes —le dijo— no vengo a tirártelos, aquí te los dejo porque sé que los necesitas más que nunca». Estas actitudes de perdón y conciliación son cada vez más necesarias para nuestro pueblo. Cuántos agravios y críticas de españoles, autonomistas, anexionistas y veteranos de guerra recibió Martí en vida y, sin embargo, nunca el odio y el rencor se apoderaron de su personalidad y nada le hizo dejar de desear una república inclusiva con todos y para el bien de todos. Las formas de gobierno son cambiantes, pero la cubanidad es única y donde quiera que estemos, sea próspera o no la suerte que hayamos corrido, nos marca el hecho de haber nacido en esta isla, y el irrespeto y el maltrato entre nosotros nos afecta como nación. Hermanos enemistados, madre dolida.

El lector entonces descubrirá en esta obra una detallada investigación de época sobre los días que estuvo el héroe cubano en la finca El Abra, de Isla de Pinos. Una acertada recreación epistolar martiana a la madre y un círculo de personajes históricos y ficticios elaborados con buena mano. Aunque en ocasiones, las estrategias empleadas para conocer el pensamiento de Martí no resultan del todo convincentes; tal es el caso de las parrafadas del cochero Casimiro para relatarle a su ama lo que expresó el joven infidente en sus recorridos por Nueva Gerona. Existe en esta narración un gusto y una sensibilidad por las descripciones del paisaje cubano, y en su conjunto la novela es una prueba creativa más de que Martí, personaje literario e icono plástico, tiene todavía mucho que brindar a la cultura y el futuro de Cuba.

Qué increíble imagen: ver el cuerpo poético de un gran poeta expuesto a la vista de los académicos. Ahora, no cabe duda, ha sido levantado aún más el sudario de Raúl Hernández Novas. Queda apenas una pequeña porción tapada de su anatomía: negros poemas satíricos y punzantes historias en torno a su suicidio, pero con este volumen, descubierto por Jorge Luis Arcos, Novás yace sin idealizaciones, con sus vísceras y su magnificencia.

Los naufragios, el barro que no cuece y los caminos mal tomados ayudan tanto como los aciertos, los grandes viajes y los descubrimientos. Veremos aquí el trabajo inédito, lo reservado, lo sorpresivo. Puede que lo social y lo político no fraguara en su escritura, pero gracias a esta operación en su papelería, cuántos buenos textos han sido ahora mostrados en minuciosa lección de anatomía.

Sorprendente experiencia esta: el más querido exégeta del poeta, como atestiguan las cartas que el lector encontrará en la parte final del libro, va en busca de lo que puede quedar oculto; y con esa valentía y lucidez característica de Jorge Luis Arcos, abre y disecciona el cadáver manuscrito del poeta admirado. Y luego, bajo la mirada cómplice de otros buenos amigos de Novás, como Enrique Saínz y Vitalina Alfonso, muestra sin delectaciones lo acabado y lo informe de su obra guardada.

Bastiones de lectores y críticos ya pueden hacerse ahora de cabalgadura, estandartes y buenas armas para enfrentarse a este monstruo poético. Todo lo escondido de nuestros clásicos literarios ha de ser expuesto sin tapujos. Más se humanizan sus obras y más se agradece el análisis. Semejante a los cuadros de Velázquez que junto a la luminosidad de Baco, Apolo y Atenea, se distinguen borrachos, herreros e hilanderas que casi pueden tocarse, a tal punto llega su realismo y cercanía.

Como lector inexperto y fugaz que detiene la mirada atónita en Otros poemas no podría dejar de mencionar: de la primera recopilación, de 1968 a 1969, el texto que le da título a la misma: «El pájaro, la rama y la ceniza». Pareciese que la poesía filosófica de Emerson y Martí —que pone a la naturaleza en la cúspide del altar poético y que a su vez se alimenta de los descubrimientos de Darwin y Humboldt— reencarnara en estos versos de Novás.

En relación con las llamadas «Canciones y figuras decimadas» (1981-1985) destaco las «Glosas» I y VII. Aquí ya se puede apreciar con mejor nitidez ese don intertextual, intermedial y métrico de este autor que debió poseer un lujoso almacén de versos ajenos e imágenes fílmicas. Y, en estas glosas que menciono, existe un juego magistral con Lope de Vega, Sindo Garay y José Martí. De este último, por cierto, hay un símil en forma de cuarteta que, a no ser por la lectura de este libro, nunca le hubiera dado una real atención por su belleza, color y movimiento: «Y pasan las chupas rojas, / pasan los tules de fuego, / como delante de un ciego / pasan volando las hojas».

Dentro de esta etapa creativa de Novás, donde la estrofa de diez versos se adueña del estilo poético, resalta un grupo de composiciones nombradas Glorieta de amistad. Se trata de versos íntimos a variadas amistades, la mayoría, aún vivas. Por ejemplo, en la de Basilia Papastamatíu, existe un cariño cotidiano anunciado por el verso repetido: «Mientras hablas en griego con tu madre». Y en las décimas a Enrique Saínz se logra trasmitir esa sensación tan común e inexplicable como los deseos de conversar y escuchar el metal de voz del amigo.

Aparecen, además, en la vasta selección, algunos textos que pertenecían al famoso poemario Sonetos a Gelsomina (1982-1985). Qué influjo tremendo representó este personaje cinematográfico en la religiosidad de Novás, especie de Cristo contemporáneo que lo lleva a escribir: «¿Ves, Gelsomina? Tú a tu desastrado / esposo sigues, yo al esposo mío. / Los dos por el camino hemos vagado, / por la región del tránsito baldío».

La zona más extensa y dispar de este volumen se nombra Otros poemas (1964-1971). De aquí ilustro dos autorretratos tan duros y descarnados como los que hicieron Rembrandt y Goya en su vejez. Uno se titula «Yo» y el otro «Memorias de un hombre triste», en el cual los lectores que gustan de la psicología podrán adentrarse en los traumas de infancia, las depresiones y germinaciones de la idea del suicidio y la dejación de sí mismo.

Otro acápite llamado «La columna de seda» contiene un experimento sui géneris: Volver coloquial y aún más conversacionalista el poema «Yugo y estrella» de José Martí. Cuánto amor escondido, conflictivo, declarado y definitorio se intuye y se corrobora en las relaciones de Martí, Lezama y Novás con sus respectivas madres. Hasta qué punto ellas marcan su existencia, sensibilidad y dimensión creadora. Por cierto, el lector leerá in extenso insólitas confesiones de Novás al propio Arcos que ya el ensayista había adelantado en su prólogo de Amnios. A qué extremo llega esa decisión del crítico de mostrar a todos el interior del poeta. Más, no solo de intimidades se hace valioso este libro. Hacia la parte última se podrá estudiar y constatar el taller intertextual e intermedial del complejo poema «Without Candy» basado en el film One Flew Over the Cuckoo’s Nest, de Milos Forman, exhibido en las salas cubanas como Atrapado y sin salida, así como la lograda traducción que realiza Novás de T.

  1. Eliot.

Se cierra así el tríptico: Amnios (1998), Poesía (2007) y Otros poemas (2015), semejante al «Jardín de las delicias» del Bosco. Los dos primeros libros son como un «paraíso terrenal», conformado por los poemarios publicados en vida por el autor y este último es como un «Infierno musical», extraído de su papelería más resguardada y de publicaciones en revistas. Guste o no es ya un hecho editorial y no hay vuelta atrás. Confieso, en lo personal, mi admiración por el conjunto. El agradecimiento por palpar sin escondrijos el empeño y el talento de esta individualidad creativa.