Virgilio Piñera: 1959

Por: David Leyva González

En el fin de año de 1958, Virgilio Piñera, como cual- quier habanero, descorchó su botella de sidra y gritó:

¡Viva la Revolución!, sin sospechar que en aquellos momentos el tirano Fulgencio Batista se estaba marchando de Cuba. Llegaron entonces los días triunfales, el desconcierto, las alegrías, el pueblo volcado a las calles protagonizando lo que él mismo describiera como «la inundación».

Mas, con el júbilo de unos y los temores de otros, también se intensificó la lucha de intereses ante tantos puestos vacantes por ocupar. Piñera apostó por la plaza de agregado cultural en París, y a ese esfuerzo dedicó buena parte de los dos meses iniciales de aquel año, pero finalmente el puesto hubo de ocuparlo la arquitecta Natacha Mella, hija del conocido dirigente comunista, y otra vez la escasez y la incertidumbre marcaron la existencia del escritor.

Una empresa efímera lo entusiasma, el último número de Ciclón, dedicado al triunfo revolucionario. De aquí emerge la crónica memorable sobre su vivencia de aquellos días, el espacio-tiempo sui generis de La Habana en que la muchedumbre toma las calles. El acto de destruir los parquímetros, de romper vidrieras. La escena alucinante donde un soldado le entrega un fusil en San Rafael y Amistad para que lo relevara por un momento. Veinte minutos de situación en que estuvo, sin proponérselo, con un arma en la mano; o la escena que viera en Miramar donde una negra bien cubana se echa encima una estola de visón de los burgueses y se la coloca al cuello sobre su humilde ropa para así encarnar una imagen del grotesco de la realidad, típica de cualquier Revolución triunfante. He ahí la literatura vívida, regada a borbotones por las calles y que el escritor disfruta y registra entusiasmado en su prosa súbita.

Pero el contraste no termina y se acrecientan las desavenencias con José Rodríguez Feo, su amigo y director de la revista, a quien Piñera ve muy autoritario, y casi unilateralmente decide no seguir la continuidad de la gran publicación literaria. El escritor percibe que es momento de tomar partido y le escribe al comandante Fidel Castro el 14 de marzo:

“Sabemos que el Gobierno Revolucionario tiene fundados motivos para tenernos entre ojos; sabemos que nos cruzamos de brazos en el momento de la lucha y sabemos que hemos cometido una fal- ta (…) Utilizando una locución popular, nosotros, los escritores cubanos somos “la última carta de la baraja”, es decir, nada significamos en lo económico, lo social y hasta en el campo mismo de las letras. Queremos cooperar hombro con hombro con la Revolución, mas para ello es preciso que se nos saque del estado miserable en que nos debatimos.

¿Quiere usted un ejemplo entre muchos? Cuando un escritor cubano se dirige al director de un periódico a fin de que éste le publique un artículo, la más de las veces obtiene rotunda negativa y hasta es tildado de raro. Y si acaso es complacido, que ni piense por un momento que su trabajo será pagado. Esta es la verdad y esta nuestra situación. Si como usted ha dicho, el cubano es muy inteligente y si nosotros somos lo uno y lo otro, es preciso que la Revolución nos saque de la menesterosidad en que nos debatimos y nos ponga a trabajar. Créanos, amigo Fidel: podemos ser muy útiles”1.

Se abre entonces la oportunidad de Lunes de Revolución y ya para el segundo número del magazine aparece el primer acto de Aire frío. Tamaña empresa que ha tenido que realizar en el breve período de finales de 1958 al mes de marzo de 1959, con la sombra del desempleo todo el tiempo pegada a su cuerpo. El 11 de mayo sale a la luz el segundo acto de Aire frío con ilustraciones de Mariano Rodríguez, por lo que se debe destacar el papel de Lunes como catalizadora de esta gran obra de teatro, pues Piñera realiza la escritura de Aire frío a la manera folletinesca como los grandes escritores del XIX. El segundo acto es muy extenso y no puede publicarse íntegro en el número del 11 de mayo por lo que los diálogos finales aparecen el 25 de ese mes. Por último, la obra, con el tercer acto incluido, sale impresa por la editorial Pagrán, en la colección Escena cubana (año 1, núm. 3 en 164 páginas).

A pesar que desde el mes de marzo Piñera está publicando en Lunes de Revolución, no es hasta septiembre que se estabiliza su situación como colaborador asiduo y aconsejador del magazine, del cual formará parte indispensable hasta su cierre en noviembre de 1961. En el mes de septiembre de aquel año inaugural publica íntegramente, en el número 25, su obra de teatro El flaco y el gordo, por lo que solo en el transcurso de unos meses, Piñera escribe y da a conocer dos obras excelentes del teatro cubano.

El ansiado dinero estable o puesto fijo, por los que venía braceando desde hacía tanto, se concreta el 7 de junio de 1959 y el mismo día, en frase bien cubana, escrita en mayúsculas en carta a su querido amigo y confidente Humberto Rodríguez Tomeu, radicado en Argentina, se lo hace saber lleno de regocijo: «YA ENGANCHÉ en Revolución. Puesto de redactor fijo (sección arte y literatura) 3 artículos de 3 cuartillas 3 veces por semana»2.

Mas como la vida de este escritor es una alternancia constante de ascensos y caídas —aun en sus años más fructíferos—, a la par de la salida de su obra dramática maestra, Aire frío, le sobreviene la muerte de su madre, a quien él llamaba «Mamuma». En tiempos aciagos donde la literatura no hallaba su lugar entre tantas carencias materiales, lo mismo la madre como la hermana fueron heroínas anónimas de la vocación del Piñera escritor.

Sin embargo, el hecho de tener su propia columna en el periódico de mayor circulación en el país, su oasis creativo en la casita de Guanabo y la experiencia de estar formando parte de una publicación tan dinámica como Lunes, le hacen ver la realidad de una forma optimista y festiva, pues por primera vez está escribiendo y cobrando al unísono, sintiéndose parte íntegra de ese proceso de cambio y renovación. A sus dos grandes amigos que aún permanecen en el exilio, Tomeu y Antón Arrufat, los insta a que regresen a La Habana y formen parte también de la experiencia revolucionaria. En el caso de este último le escribe el 27 de agosto:

“A Marré le publicaron los poemas en el Magazine. ¿Sabes que trabaja con Escardó en el INRA en La Ciénaga? Está de contador. Creo que buen sueldo. Es mi opinión que si te hubieras quedado un poco más, el trabajo te habría caído. En Revolución se han colado: Ricardo Vigón, Fausto Masó, Natalio, Bonilla, Branly, Pablo Armando Fernández, Humberto Arenal, Gregorio Ortega, Rosa Hilda Zell, Baragaño (que salió por su carácter intratable) y yo. Tengo la seguridad que a estas alturas, ya tú estarías encajado en Revolución. Te diré que Severo Sarduy pronto empezará la página de plástica. No te animo a venir porque ya sabes que personalmente no tengo influencias, pero si quieres hablo a Guillermo y a Pablo Armando. ¿Quieres? Sería delicioso tenerlos por acá, en Guanabo. Porque vivirían en Guanabo”3.

El entusiasmo virgiliano por la Revolución alcanzó tal punto que, según el crítico Rine Leal, uno de los pocos cubanos citados por la estética marxista fue Piñera: en Fundamentos de la estética marxista (edición española de Progreso, Moscú, 1976, p. 62) E. Zis escribió: «A ‘poner las manillas del reloj por el reloj de la revolución’ llama hoy a sus colegas en el arte el escritor cubano Piñera». Aseveración que tiene que ver en gran parte con la increíble producción intelectual que realizara este autor en el año del triunfo revolucionario, y en los otros dos posteriores, hasta que en 1961 el gobierno cerrara abruptamente el magazine Lunes. Por ello sería pertinente repasar el trabajo del escritor como colaborador de estas publicaciones periódicas, al menos en 1959, momento del cambio de ciclo de la historia de Cuba y en el cual aborda asuntos que todavía perviven y afectan nuestra realidad cultural y cotidiana.

A pesar de que su plaza de articulista en Revolución no se concreta hasta el mes de junio, Piñera tiene una colaboración inicial en el periódico fechada el 15 de enero de 1959, titulada «Nubes amenazadoras» y motivada por el discurso de Fidel Castro que había escuchado en el campamento de Columbia. El escritor pide al pueblo un voto de confianza para el nuevo líder, sin dejar de analizar que los grandes tiranos de nuestra historia han sido el hambre y el temor constante de conservar el puesto de trabajo ante la tambaleante situación política y económica. Advierte además que el sálvese quien pueda y la idea de robo y corrupción han penetrado tanto en nuestra psicología tropical que será gran tarea para el nuevo gobierno subsanar este mal, por lo que pide un hálito de confianza para esa etapa recién comenzada.

Ya instalado en su plaza de articulista y corrector de pruebas, inicia sus colaboraciones el 12 de junio con el texto «La reforma literaria», aprovechando el contexto de la Reforma Agraria. Aquí expone Piñera que en caso de hacerse una reforma en el campo de la literatura esta resultaría más compleja que otras medidas de la revolución triunfante, pues una mejoría de las condiciones del artista, como puede ser el derecho de asociarse o de publicar en una editorial estatal, no necesariamente implicaría un ascenso de la calidad literaria. Porque la buena literatura depende de los buenos escritores, y un buen escritor no se forma de la noche a la mañana; de ahí la importancia de pensar ese oficio con disciplina y seriedad, y no con ligerezas, oportunismos ni entusiasmos circunstanciales.

El 16 de junio escribe «¿Casal o Martí?», texto que le sirve para contraponer los dos grandes poetas del modernismo cubano. Supuestamente, Casal sería el poeta más afín a su persona por su concentración en la obra y la manera de poner la literatura por encima de todo a riesgo de las necesidades más acuciantes. Sin embargo, opta por Martí, pues, según él, es el escritor de más futuridad del siglo XIX y quien realmente establece el puente de la orilla decimonónica con la de los escritores del XX. La prosa y el verso martiano están dotados de una constante que los hace cercanos, acorde con los tiempos agitados del mundo moderno, y esa constante no es otra que el trasfondo de lo revolucionario en su palabra. Revolución en su sentido más libre, que implica protestar, exigir y luchar contra lo injusto en cualquiera de sus manifestaciones.

El 18 de junio publica «Literatura y Revolución», donde plantea que es consciente de que en las repúblicas soviéticas existe una cultura dirigida, pero que según los estetas rusos esta desaparecerá cuando se arribe al comunismo; aunque Piñera no entiende lo que pueda ser una cultura dirigida, duda que le repetirá personalmente a Fidel Castro en su encuentro con los intelectuales en 19614, comprende que ante un nuevo frente político y una nueva realidad en revolución el artista debe cambiar igualmente de aptitud, pues él no concibe los purismos ante cotidianidades tan contingentes, por lo menos en lo que respecta al tema del lenguaje y los elitismos en que suelen caer los intelectuales. Asimismo, en «¿Qué pasa con los escritores?», artículo del mismo mes, pero de día no definido, Piñera opina que la generación que ha arribado con edad creativa al triunfo de la Revolución se muestra algo morosa y sin la formación de lecturas que caracterizó a la generación de Orígenes, por lo que le insta a una posición más activa y concentrada.

El 20 de junio Piñera escribe sobre la importancia de una revista literaria de calidad para la vida cultural del país. Este constituye uno de sus temas más recurrentes, pues el trabajo de una revista dinamiza el pensamiento y significa un paliativo ante la escasez de editoriales y la dificultad de publicar un libro. Para la literatura de una nación la carencia de una buena revista de letras semeja, según el crítico, una guagua sin pasajeros o una cazuela sin alimentos. A pesar de las adversidades, desde finales de la década del 30 siempre hubo en Cuba una revista de valor. Pasado los primeros meses de 1959, salvo el magazine de Lunes, no hay una sola revista de calidad en la calle y se supone que una revolución, a la par del júbilo social, sea además una explosión de escritos, diarios, folletos y revistas, por lo que Piñera concluye que la morosidad sigue siendo una constante nacional en la cual, luego de un impulso inicial apreciable, sobreviene una inercia desesperante.

El 27 de junio aparece la ansiada publicación literaria que esperaba Piñera: La Nueva Revista Cubana. Pero el crítico sufre un desengaño y plantea que más que nueva se le podría llamar «La Vieja Revista Cuba- na», pues presenta el mismo estilo de floritura de los años de la República y el mismo olor a rapé. Siente en sus páginas una similar falta de compromiso con la realidad y la archiconocida postura de nuestros escritores de no meterse en «camisa de once varas».

El 30 de junio, y con la presencia ya de Raúl Roa al frente del Ministerio de Relaciones Exteriores, Piñera escribe sobre la necesidad de que el nuevo ministro —quien por suerte es un intelectual con todas las de la ley— evite de una vez por todas que los cargos diplomáticos sean ocupados por personas de escaso nivel intelectual que buscan abiertamente intereses materiales, sobre todo en el apartado del agregado cultural. Piñera se lamenta de la herida de principio de año ante la negativa ministerial de que marchara a París, así como de su experiencia en Argentina, donde hubo de soportar a funcionarios pedestres que con sus muestras de ignorancia y desfachatez, lo martirizaron en el consulado de Cuba en esa nación. También expresa la necesidad de que un agregado cultural sea en sí mismo un mediador cultural y, por ende, domine a la perfección tanto el español como el idioma del país donde desempeñe su cargo, y conozca las culturas que ha de hermanar y difundir por medio de su labor.

El 13 de julio se acrecienta su lucidez en un texto irónico y revelador titulado «Las plumas respetuosas», en el cual analiza esa costumbre ancestral de nuestra literatura de no decir las cosas por las claras en críticas donde la alabanza se confunde con el cinismo, y expresa su deseo de que la Revolución extienda un influjo renovador en el terreno de la cultura, cuyo exceso de respetuosidad paraliza la actividad creativa. El 22 de julio explica la penosa impresión que le causó visitar la Biblioteca Nacional y ver la escasez de lectores en comparación con otras capitales de Latinoamérica. Esto lo lleva a señalar la necesidad imperiosa de que el pueblo cubano se acerque de una vez por todas a la gran literatura y el papel que en esa tarea debe desempeñar nuestro más importante recinto bibliotecario.

El 27 de julio sale a la luz «El baquerismo literario», que no es exactamente una crítica individual al periodista y poeta Gastón Baquero, ya exiliado en España, sino a la habilidad alcanzada por algunos escritores de instaurar la filosofía del confusionismo, el arte de pasar «gato por liebre» o de asumir cierta postura camaleónica al cambiar de color de acuerdo con las circunstancias. En particular se refiere a que febrero de 1958 un grupo de intelectuales había sido condecorado por Batista con la orden del mérito intelectual y, pasado el año, algunas de estas figuras cambiaron de bando con rapidez. Explica entonces de un contrato no escrito en nuestra literatura que consiste en «elógiame, que yo te elogiaré», y donde lamentablemente y, a despecho del verso sencillo de Martí, la sinceridad no es lo que prima. A partir de ese artículo y a solicitud de Carlos Franqui, director del periódico, Piñera empieza a firmar sus entregas con el seudónimo El Escriba, posiblemente para esconder su conocida condición de homosexual relacionada con su nombre, lo que constituirá, ya desde esa temprana fecha, la primera censura visible a su persona.

Entre los intelectuales laureados por Batista en 1958 se encontraba Medardo Vitier, y aunque este destacado filósofo tuvo el tacto de no asistir a la entrega de la distinción en el Palacio Presidencial (como sí lo hicieron Fernando Ortiz y Chacón y Calvo, entre otros), a solo seis meses del triunfo revolucionario, desde su puesto de articulista del Diario de la Marina, hablaba de los excesos de poder del nuevo gobierno. De ahí la crítica que le hace Piñera el 31 de julio: en siete años de dictadura batistiana, y desde el mismo periódico, no había tenido el valor de aludir a los excesos de Batista; pero en menos de un año sí se lanzaba abiertamente a juzgar los abusos de poder del joven proceso revolucionario, contradicción esta que no comprende Piñera y que expone con claridad humorística.

El 4 de agosto, bajo la firma de El Escriba, vuelve a remover el tema del acomodamiento y el poco espíritu crítico de los escritores noveles, que están llamados a reflejar activamente la realidad del momento. A partir de este artículo, titulado «Algo pasa con los escritores», surge la idea de que los jóvenes autores cubanos envíen sus textos a Lunes de Revolución para que reciban consejos y sean publicadas sus obras de mayor calidad. Este trabajo suyo fue la semilla de la futura sección «A partir de cero», que posteriormente habría de dirigir en el famoso magazine.

Piñera realiza un balance cultural de los primeros seis meses del año 1959 en su colaboración del 31 de agosto. Destaca el gran valor que representa el que muchos artistas cubanos hayan superado el hambre y cuenten con una entrada regular de dinero a través de los nuevos empleos creados. Analiza cómo el trabajo intelectual es tan merecedor de pago como el del obrero o el campesino, pero que en nuestro país esto comúnmente choca con la falta de profesionalidad de nuestras revistas e instituciones culturales, a las cuales el escritor debe exigir, y a veces casi hasta mendigar, el pago de la colaboración. Él piensa que este espíritu amateur de nuestras publicaciones promueve una literatura igualmente amateur en que la calidad y el rigor no es lo que prima. Profesionalizar el sistema de pago es una tarea imprescindible para el desarrollo literario del país y por ello se ilusiona con un megaproyecto que lanza Alejo Carpentier por esta fecha, llamado Editorial Sudamericana, pero que lamentablemente nunca se llegó a materializar5.

El 9 de septiembre Piñera da a conocer un texto motivado por una urgencia cultural que considera indispensable atender. A pesar del distanciamiento que había ocurrido en los primeros meses del año entre él y Rodríguez Feo, utiliza su columna periódica para exhortar al viejo amigo a que retome su proyecto de la revista Ciclón. Resalta la significación que ha tenido José Rodríguez Feo para la cultura cubana del siglo XX, lo valora a la par de Domingo del Monte, el gran mecenas del XIX, y lo insta a que reviva esta publicación cultural, en un momento de libertad y efervescencia revolucionaria. Como ya sabemos, esa exhortación no surtió efecto en el mecenas de Ciclón. Sin embargo, Rodríguez Feo correspondió a esta sinceridad piñeriana y se puede afirmar que fue uno de los pocos críticos cubanos que, en vida del autor, destacó los valores trascendentales de su obra, específicamente a través del ensayo «Hablando de Piñera», que sacó a la luz en 1962.

El número del magazine Lunes de Revolución del 14 de septiembre, a petición del narrador Severo Sarduy, fue dedicado a Emilio Ballagas. Según cuenta Pablo Armando Fernández: «Virgilio se apareció con un escrito donde narraba cómo en París se enteró de la muerte de Emilio, cómo se lanzó a la calle en un acto de confusa, irredimible desesperación»6. Este dato aparece en el polémico ensayo de Piñera «Ballagas en persona», de 1955. Sin embargo, según Pablo Armando Fernández, «unos días después me pidió le devolviera aquel texto para entregarme otro: ‘Permanencia de Ballagas’»7. Este ensayo, sin contar el desaparecido que entregara primeramente a Pablo Armando, viene a ser el tercero que le dedicara al poeta camagüeyano, si sumamos en esta lista: «Dos poetas, dos poemas, dos modos de hacer poesía», de 1941. También se conservan cartas intercambiadas entre ambos escritores, y algunas de ellas recientemente fueron publicadas en La Gaceta de Cuba por los investigadores Ricardo Hernández Otero y Pablo Argüelles. Esto indica que la figura de Ballagas se erige como otra de las amistades complejas de Piñera, al igual que la que sostuviera con otros escritores como José Lezama Lima y Guillermo Cabrera Infante. En «Permanencia de Ballagas» rememora la conmoción que suscitó en La Habana el poema «Elegía sin nombre» y coloca a Ballagas como uno de esos admirables, milagrosos, pequeños grandes poetas de América, utilizando esta categoría de una frase de Víctor Hugo sobre Charles Baudelaire y de una definición de Edmund Wilson acerca de los minor writers.

Para el 28 de septiembre Virgilio Piñera reservó la reseña de la celebración del Primer Festival del Libro Cubano, uno de los antecedentes de la hoy conocida Feria Internacional del Libro de La Habana, y donde se vendió a la población una colección de diez títulos por el módico precio de tres pesos, en la cual se encontraban obras de Cirilo Villaverde, Alejo Carpentier y Nicolás Guillén, entre otros autores. La colección tuvo un éxito de venta increíble, pues según Piñera es propio del cubano perseguir día a día esas ofertas y esos chances, sea de libros, frijoles o ropa, porque a la hora de comprar en él no prima lo estrictamente cultural, aunque el resultado a la larga pueda volverse cultural si se mantiene y se da seguimiento a otras oportunidades de adquirir buenos libros a bajos precios. El escritor, como era tan de su gusto, salió de la élite y de los espacios concurridos estrictamente por intelectuales, y se entremezcló en las colas y los quioscos puestos para la ocasión. Allí pudo ver cómo una robusta matrona pujaba y se abría paso para hacerse de sus libros como si estuviese en la bodega. Y ante la pregunta de una amiga sobre si sabía quién era Cecilia Valdés, contestó: «Cecilia fue la mulata del otro tiempo».

El 9 de octubre publica un hermoso ensayo titulado «Veinte años atrás», en el cual rememora las reacciones ocurridas en La Habana ante la divulgación y lectura del poema «Enemigo rumor» de José Lezama Lima. En este curioso estudio analiza las primeras metáforas gastronómicas de la poética de Lezama, como si su antiguo amigo y entonces adversario estuviera inmerso en una peculiar cocina en la que adereza y mezcla sus platos con los más increíbles ingredientes. Aquel ensayo provocó la reacción del poeta Heberto Padilla, quien no entendía la inconsecuencia del escritor de «La isla en peso» de criticar y admirar al unísono la poesía de Lezama. Piñera le contestó con todo su ingenio característico el 14 de diciembre, en el texto titulado «Cada cosa en su lugar», publicado en Lunes de Revolución. Aquí asumió el papel, un poco para mantener su rivalidad con los escritores jóvenes, de lobo feroz de nuestras letras, y concluyó con el criterio de que, guste o no, Lezama con aquel poema había llevado a cabo un cambio radical en la poesía cubana, aunque, lamentablemente para él, no hubiese seguido más tarde revolucionándose, criterio este que, con posterioridad, ha de matizar cuando realice la lectura de Paradiso (1966) y aprecie entonces que el genial poeta pudo conciliar en una misma obra sus tres grandes dones: el de conversador, el de poeta y el de novelista.

El 14 de diciembre, en el magazine Lunes de Revolución, acrecienta su sinceridad humorística —en este caso se podría decir satírica— con el texto «Un asalto frustrado», crítica implacable al poemario de Samuel Feijóo Himno a la alusión del tiempo. El escritor no cuestionó abiertamente la poesía de Feijóo, conocida por su cubanía y belleza, sino la existencia de un prólogo no poco pretencioso en el que su autor declaró ser un verdadero poeta revolucionario. A lo largo de 1959 Piñera había buscado lo revolucionario en todas partes, y al venderse una colección de poemas con ese calificativo en el prólogo, su entusiasmo no tuvo límites. Sin embargo, vuelve a padecer de decepción al observar en esta ocasión que la poesía de Feijóo no aporta nada renovador. Esto lo lleva a emplazar al escritor con su originalidad característica: «Feijóo, estamos esperando que usted asalte el Moncada de los falsos poetas como Fidel asaltó el Moncada de los falsos militares. No es posible que después de haberlo prometido, después de haberlo proclamado a voz en cuello, nos deje usted empantanados en las rimas cobardes de su poema temporal»8. Si a esta crítica sumamos una anterior que le hiciera al mismo poeta en 1945 —específicamente al libro Camarada celeste, del cual dijo que llegaba con diez años de retraso a la poesía cubana—entenderemos que Feijóo se convirtió en uno de los enemigos jurados de Piñera, y su reacción homofóbica contra este puede leerse en el libro testimonial de Antón Arrufat: Virgilio Piñera: entre él y yo. El autor de Electra Garrigó cierra el año 1959 a lo grande, escribiendo un texto para Lunes de Revolución titulado «Once consejos a un turista ávido», en el cual describe de un modo muy vívido la Plaza Vieja, los vendedores de la calle Muralla, la voluptuosidad y el modo incomparable de caminar de la mujer cubana, y reserva un recorrido nocturno para ver las grandes edificaciones de La Habana Vieja desde la Plaza de Armas hasta el Palacio Aldama. Sin dudas este texto es una de las joyas de su periodismo literario.

Después del repaso de aquel año en la vida de Piñera, lleno de trabajo intelectual, corroboro lo dicho por el esteta ruso del realismo socialista E. Zis, pues, Virgilio Piñera, símbolo de la literatura subversiva y tildado por algunos obtusos e insidiosos de artista contrarrevolucionario, puso verdaderamente las manillas de su reloj por el reloj de la revolución triunfante y se colocó a la vanguardia de nuestros escritores más comprometidos con el nuevo cambio político de la nación. Pero si él dijo que la Revolución había sobrepasado a los escritores, su escritura y su persona en poco más de tres años sobrepasaron el margen de permisibilidad de la propia Revolución Cubana, y así lo demuestra el hecho de cerrarse el magazine Lunes de Revolución a finales de 1961 y de desaparecer el periódico Revolución a la altura de 1965 para cederle su espacio al periódico Granma.

Según Pablo Armando Fernández: «Nicolás Guillén distinguía la presencia de Virgilio Piñera en Lunes de Revolución. A él atribuía la variada imaginación que estructuraba este suplemento literario, que sin dudas —según Guillén— se asentaba en las ganancias de Orígenes y Ciclón»9.

Pero a esto hubo de sobrevenir el barroco sentimiento del desengaño, y ocurrió entonces lo que Piñera había alertado en uno de sus artículos: «retrasar el reloj cultural»10. Ese retroceso significó el ostracismo de su obra en la década de 1970 y el hecho de privar a la Revolución Cubana —y disculpen la paradoja y la redundancia— de uno de sus más revolucionarios escritores.

 

Notas:

 

  • Órbita de Virgilio Piñera. La Habana, Ediciones UNEAC, 2011, 294.
  • Virgilio Piñera de vuelta y vuelta. Correspondencia 1932- Ediciones Unión, La Habana, 2012, p. 228.

3 Ibíd, p. 229.

  • “Como Carlos Rafael [Rodríguez] ha pedido que se diga todo, hay un miedo que podíamos calificar de virtual que corre en todos los círculos literarios de La Habana, y artísticos en general, sobre que el Gobierno va a dirigir la Yo no sé qué cosa es cultura dirigida, pero supongo que ustedes lo sabrán”. (Órbita de Virgilio Piñera. Ob. cit., p. 313).
  • En 1962, a través del Decreto núm. 3174, Carpentier es nombrado Director Ejecutivo de la Editorial Nacional de Cuba, cargo que ocupa hasta
  • Pablo Armando Fernández. «El otro Virgilio». República de las letras, Madrid, núm. 114, octubre de 2009, 197.
  • Ibíd.
  • Virgilio Piñera: «Un asalto frustrado». Lunes de Revolución, La Habana, núm. 39, 14 de diciembre de 1959, p.16.
  • Pablo Armando Fernández: cit., p.197.
  • Ver «Balance cultural de seis meses». Revolución, La Habana, 31 de agosto de 1959, 18.