Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? (A propósito de Mc 8,29)

Cristo Salvador del Mundo, de El Greco (c. 1600)

El evangelio de Marcos, el más antiguo según los exégetas, cuenta cómo Jesús en su momento hizo esta pregunta decisiva a sus discípulos. Pregunta que no admite tanteos ni medias tintas. El resulta­do, lo que pasó después, ya lo conocemos. Fue la fundación de la Iglesia, la roca firme sobre la cual el ser humano se yergue para mirar de frente a su Creador.

La situación se reproduce, con pequeñas variacio­nes, en Mt 16,15 y Lc 9,20. Inmediatamente (Mc 8,39; Mt 16,20; Lc 9,21) Jesús manda que no se mencione en público. A primera vista parece extraño que prohibiese a los discípulos hablar de esto, pero si se conoce cuán cargadas estaban las expectativas de los judíos en relación con el Mesías esperado, se comprende que les pidiera silencio. No era el momento. Por otra par­te, sí, un poco de meditación, era el Mesías, pero no como lo esperaban.

¿Y bien, ya hemos comprendido todo aquí? ¿No hay más enseñanza en este pasaje?

A veces leemos la Biblia más bien ejercitando la memoria; comprobamos que recordamos con exacti­tud tal o más cuál pasaje, y seguimos adelante. Nos contentamos con lo ya conocido. Lo sabido nos resul­ta suficiente, y no sospechamos cuánto de nuevo y sa­bio queda por descubrir.

Ahora bien, a poco que reflexionemos sobre el pa­saje, encontramos ángulos y detalles que lo amplían y hacen verlo bajo una nueva luz. Una lectura más atenta nos advierte que navegamos por aguas insu­ficientemente exploradas. ¡Cosa de maravilla esta, que la Biblia siempre tenga algo nuevo! Mas cuidado; también hallaremos escollos, pasajes difíciles de in­terpretar. Resta mucho por conocer; cual si se tratara de mi caleidoscopio, cada ojeada atenta muestra algo nuevo. En tanto cristianos, no deberíamos cansarnos de volver una y otra vez sobre pasajes que nos enseña­rán siempre algo nuevo. Y por otra parte nos debemos a nosotros mismos estar siempre prestos a dar razón de nuestra fe. Adentrarnos en estas aguas. Hagámoslo ahora, pues.

» Júzguenme por mis obras, no por mis palabras

En su momento, preguntado que fue por los discípu­los de Juan (Lc 7,22) si era Él el Mesías, o debían espe­rar a otro, Jesús los remite a sus obras.

Quien dijo:

«por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,16) no impone nada. Jesús no obliga tampoco a sus discípulos a creer que es el Mesías. Si no son capaces de ver lo que tienen ante sus ojos, de nada valdría una imposición. Cierto es que solo Pedro tiene el coraje de decir lo que quizás todos intuían; tan solo atreverse a pensar tal cosa resultaba muy difícil para un judío.

Pero vista hace fe. Ante tantas señales, Pedro no duda más.

¿Y nosotros? ¿Confesamos a Cristo en nuestro día a día? La pregunta tiene otra arista, que quizás pasamos por alto. Siendo como somos, pálidos reflejos de nues­tro Creador, pero por Él dotados de inteligencia y vo­luntad, pudiéramos adaptar tanto la pregunta como la respuesta a nuestra pequeñez y reformularlas: ¿di­cen mis obras que soy cristiano?

» ¿Por qué no reconocieron las multitudes inmediatamente al Mesías?

¿No hubiera sido mejor?

En Introducción al cristianismo el hoy Papa Emérito y entonces cardenal Joseph Ratzinger se pregunta si no sería preferible que todos tuvieran acceso directo a Dios, sin intermediarios, y se responde a sí mismo diciendo que Dios quiere que el acceso a Él sea a través del diálogo de los hombres entre sí. El ser humano es corporativo. No fuimos concebidos para estar ais­lados. Necesitamos vernos, tocarnos, hablarnos. Con razón uno de los peores castigos es una celda solitaria. También tenemos que nadie es cristiano por sí solo. De alguien recibimos la Palabra, y somos cristia­nos si obramos como cristianos hacia los otros.

La palabra «ubuntu» tomada de la lengua zulú y que ha dado nombre a una popular distribución del sistema operativo informático Linux, expresa el concepto de «humanidad hacia los otros», «soy humano porque so­mos» (o sea, porque no estoy aislado). ¡Gran enseñanza!

Si llevamos un poco más allá estas consideracio­nes, pudiéramos decir que la proclamación se hace imprescindible para la transmisión de la fe. Solo pue­do convencer de aquello que estoy dispuesto a pro­clamar sin vacilación. Con razón en la misa se nos pide responder en voz alta cuando nos es preguntado solemnemente: «¿Creen en …?».

Lo que en su momento fue revelado se expande y transmite posteriormente por la comunicación, no porque cada quien, de forma aislada, razone por su cuenta y quizás descubra que existe Dios. No se en­tendería entonces la exhortación de Mt 28, 19 (vayan y hagan discípulos entre todos los pueblos…). No se entendería la Iglesia.

 

» ¿Qué es eso de las puertas del infierno?

Sigamos remando en aguas profundas. El Evangelio según Mateo nos da más detalles, y a la vez, nos pone frente a otras preguntas.

Mt 16, 17­18 expresa: «Entonces, respondiendo Je­sús, le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás; porque no te lo reveló carne ni sangre, mas mi Padre que está en los cielos. Mas yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.» El Nuevo Testamento y Salmos con Lectio Divina ponen «el imperio de la muerte». En las notas corres­ pondientes de la versión Nácar­Colunga de la Biblia se coloca entre paréntesis «puertas (poder)». «Y ni si­ quiera el poder de la muerte podrá vencerla» es la tra­ducción que hace la Biblia de Estudio Dios Habla Hoy. Las puertas simbolizan poder. Potestad de entra­da y de salida. Puertas tienen las casas, los templos, las escuelas, los hospitales; pero también las cárceles. Grandes puertas guardaban la entrada de las ciuda­des; puertas infranqueables impedían la salida del reino de los muertos.

Porque se trata en este caso de la muerte.

En años convulsos en El Salvador, el beato monse­ñor Romero, en respuesta a la pregunta de un feligrés sobre qué pasaría si mataran uno a uno a todos los fieles y curas, respondió: «Mientras haya un solo cris­tiano hay Iglesia. Y ése que quede es la Iglesia y tiene que seguir adelante». Jesús dice más; proclama que aún más allá del umbral de la muerte existe la Iglesia; y tanto santo da testimonio de ello.

 

» Quítate de delante de mí, Satanás (Mt 16,23)

Cristo Salvador del Mundo, de El Greco (c. 1600)

Duras palabras, estas. ¡Y Jesús las dice a quien mo­ mentos antes le había reconocido como el Mesías!

¿Cómo es esto?

Sucede que Pedro, aterrado al oír cómo Jesús anuncia su martirio, trata de disuadirlo. La respuesta que recibe: «No entiendes lo que es de Dios sino lo que es de los hombres» no solamente le recuerda que los designios de Dios son inescrutables, sino que nos lleva a graves preguntas: ¿era necesario su martirio?

¿No pudo ser de otra manera?

Una respuesta es que «Era necesario que Cristo sufriera todo eso para entrar en su gloria (Lc 24,26)». Bruno Forte dice que eso queda en gran parte envuel­to en la profundidad de Dios (1Cor 2,10); que sola­ mente podemos apuntar algunas posibilidades. (Jesús de Nazaret. Historia de Dios. Dios de la Historia, página 260). Se ha visto en ello un sacrificio de redención (Heb 9, 1­10, 18; Rom 3, 25; Jn 2,2; Lc 22,20; 1 Cor 11, 25). San Anselmo de Aosta elabora en detalle la idea de satisfacción de justicia; una ofensa a un Dios infinito es una ofensa infinita, y en consecuencia solo puede ser reparada por Dios mismo. Otras interpreta­ciones hablan de solidaridad con el ser humano hasta el punto de entregar a su propio Hijo, de acompaña­miento en el sufrimiento. También podríamos pen­sar que la entrega fue necesaria porque solo de esa forma, con ese ejemplo ante nuestros ojos, entraría en nuestras duras cabezas la idea de que Dios nos ama, y no andaríamos quizá demasiado descaminados.

Y bien, habiendo meditado un poco sobre todas estas cosas, ¿quién decimos nosotros que es Jesús?