Acerca de Don Luigi Giussani

Por: monseñor Giorgio Lingua

El 21 de junio de 2016 se inauguró en el Centro Cultural Padre Félix Varela la muestra “De mi vida a la vuestra” sobre la vida y obra del P. Luigi Giussani (Desio, 1922 – Milán, 2005), sacerdote y teólogo italiano, fundador del movimiento eclesial Comunión y Liberación (CL). Preparada originalmente por el movimiento en 2015, en ocasión del décimo aniversario de la muerte de don Giussani, la muestra recoge, en textos e imágenes, hitos fundamentales de su vida y algunas de sus enseñanzas más representativas, en particular su insistencia en que “el acontecimiento cristiano, vivido en la comunión, es el fundamento de la auténtica liberación del hombre”.

Organizada por iniciativa del movimiento en Cuba, la muestra fue inaugurada con un sencillo acto conducido por el Sr. Alejandro Mayo Serpa, responsable nacional de Comunión y Liberación, y en el que el Sr. Jesús Carrascosa, quien colaborara con don Giussani durante muchos años en el Centro Internacional del movimiento en Roma, compartió algunas de sus vivencias e impresiones de su trabajo junto al fundador. El Nuncio  Apostólico  en  Cuba,  monseñor  Giorgio Lingua, hizo una reflexión sobre la figura de don Giussani, que reproducimos a continuación:

Palabras del Nuncio Apostólico

Con esta intervención, intento presentar tres aspectos de la figura de don Giussani que me parecen particularmente importantes y actuales, sintetizándolos en tres palabras: autoridad, misericordia y fe. Finalizaré con una conclusión sobre el papel que CL puede desarrollar en Cuba.

 

» AUTORIDAD

Aquellos que escuchaban a Jesús en la sinagoga de Nazaret “estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas” (Mc I, 22), y luego de la liberación de un endemoniado comentaron: “¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y estos le obedecen!” (Mc I, 27).

Jesús enseñaba con autoridad, “no como los escribas”. ¿Cuál es la diferencia entre la enseñanza de los escribas y aquella de Jesús? Más o menos decían las mismas cosas. Jesús mismo afirmaba que no había venido para abolir nada del libre de la Ley. Y, sin embargo, los nazarenos perciben una novedad.

La diferencia no está tanto en el contenido como en la modalidad. Podremos decir que los escribas enseñaban como “profesión”, Jesús como “misión”. Jesús se identifica con el mensaje que anuncia. Se percibe que Jesús es lo que dice. Las enseñanzas de Jesús están acompañadas por los hechos, no solo por las palabras. Hasta el punto que “da órdenes a los espíritus impuros, y estos le obedecen”.

La autoridad no viene otorgada por el diploma, por el currículo de estudios, por los títulos obtenidos, sino por la coherencia de vida. Por el ser eso que se enseña, por vivir aquello que se predica.

Para mí personalmente mis padres gozan de una autoridad superior a la de tantos ilustres y titulados profesores, con todo el respeto y gratitud que siento también por ellos. Mis padres me han enseñado “cómo se vive”, tantos profesores, evidentemente no todos, enseñan más bien “cómo se critica” o, en el mejor de los casos, “cómo se piensa”. Generalmente los padres enseñan “como misión”, mientras que doctos y cualificadas luminarias a veces lo hacen meramente “como profesión”.

Cuando leí la Vida de don Giussani de Alberto Savonara me quedé verdaderamente impresionado precisamente de la autoridad con la que don Giussani enseñaba. Creo que aquellos que lo han seguido, y lo siguen hoy, fueron atraídos por la convicción con que enseñaba más que por el contenido de cuanto decía.

Nosotros adquirimos autoridad en la medida en que vivimos aquello que decimos, ponemos en práctica lo que exigimos a los demás. Solo entonces somos creíbles y, por lo tanto, somos personas con autoridad. Misioneros y no meramente profesionales. Don Giussani no era un profesional de la fe, sino que fue siempre un misionero. Uno que, cada vez que hablaba de Cristo, de la Iglesia, de su Fe, desaprisionaba una gran pasión, una pasión que involucraba.

Por esto mismo don Giussani era una persona de autoridad, pero no autoritaria. El autoritarismo es el aprovecharse de la propia posición o de los propios conocimientos para imponerse a los demás, es el uso del poder (que también puede ser un poder cultural) para prevalecer sobre los demás. Empero, la autoridad es servicio. Aquellos que siguieron a don Giussani no lo hicieron por imposición, sino libremente, por convicción. Convencidos de su coherente pasión. Entonces podía pedir, podía exigir, porque cuando la petición, por exigente que fuera, es para el bien del otro, no para el propio interés, es un servicio a los demás. Es un servicio a la comunión. Para que el ejercicio del poder no se convierta en autoritarismo es necesario que aquel que lo detiene adopte una actitud de servicio, exactamente como Jesús hizo: “Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros” (Jn XIII, 14).

Esta es la autoridad que brota del amor, la máxima autoridad.

» MISERICORDIA

Y entonces paso a la segunda palabra: misericordia. Precisamente porque el momento en el que Cristo ejerce la máxima autoridad está estrechamente vinculado con el amor, la máxima autoridad es la más grande misericordia.

Los últimos años de la vida de don Giussani estuvieron marcados por la debilidad y por la enfermedad, tanto que le era difícil ejercitar aquel arte al cual se había dedicado durante toda su vida, es decir, la predicación, el anuncio. Y bien, justo cuando advierte mejor el límite que avanza, torna con mayor frecuencia a sus labios la palabra “misericordia”, como si fuera el testamento de una madre a sus hijos: “La palabra con que se define el Misterio de Dios en Jesús es ‘Misericordia’. Por esto Dios da el tiempo para que Su gracia fructifique en la libertad del hombre”, decía (Apuntes de la intervención de Luigi Giussani en la Jornada de inicio del año de los adultos de Comunión y Liberación de la Arquidiócesis de Milán, 23 de septiembre de 2000).

Una madre no se limita a pensar en un hijo solo, piensa en todos y desea que se quieran, que vivan en paz: “La cosa más bonita a decir —continúo citando a don Giussani— es que debemos ser misericordiosos, y tener misericordia unos con otros… ante todos los pe- cados de la Tierra sería algo obvio decir: ‘Dios destru- ye este mundo’. En cambio Dios muere por un mundo como este, se convierte en hombre y muere por los hombres, tanto que esta misericordia se convierte en el sentido último del Misterio” (Idem).

Estamos ya en el año 2000 cuando don Giussani dice estas cosas. Las fuerzas enflaquecen. La potencia de su palabra permanece intacta, es más, parece inversamente proporcional a la fuerza física. Es el misterio de la cruz. Es la coherencia de la vida. Es conformar la propia vida a la de Cristo.

El Cardenal Bergoglio en el 2001, entonces Arzobispo de Buenos Aires, en la presentación del libro de don Giussani, El atractivo de Jesús, luego de haber hablado sobre la fe como fruto de un encuentro, punto central de las intuiciones de don Giussani, comentaba: “No se puede entender esta dinámica del encuentro que provoca el estupor y la adhesión y armoniza todas las potencias en unidad, si no está gatillada —perdonen la palabra— por la misericordia. Solamente quien se encontró con la misericordia, quien fue acariciado por la ternura de la misericordia, se encuentra bien con el Señor”. El papa Francisco relaciona muy a menudo misericordia y ternura. “La moral cristiana —continúo citando al Arzobispo Bergoglio en la misma ocasión— no es el esfuerzo titánico, voluntarístico, esfuerzo de quien decide ser coherente y lo logra, desafío solitario frente al mundo. No. La moral cristiana simplemente es respuesta. Es la respuesta conmovida delante de una misericordia, sorpresiva, imprevisible, “injusta” (…). Misericordia, sorpresiva, imprevisible, “injusta” de alguien que me conoce, conoce mis traiciones e igual me quiere, me estima, me abraza, me llama de nuevo, espera en mí y de mí. De ahí que la concepción cristiana de la moral es una revolución, no es no caer nunca sino un levantarse siempre”.

 

» FE

¿Quién es el que siempre es capaz de levantarse? Aquel que es movido por la fe en la misericordia. Quien cree que el amor de Dios es más grande que nuestras miserias. Una fe que no se basa sobre una teoría o una convicción, sino sobre un hecho, un advenimiento: la muerte de Cristo por mí. Lo tenía muy presente este don Giussani y lo repetía a menudo: la fe como encuentro, con una persona que me ama y que me atrae. A los participantes a la Asamblea General de la Fraternidad Sacerdotal de San Carlos Borromeo, el 6 de febrero de 2013, cinco días antes de abdicar, el papa Benedicto XVI dijo: “Me acuerdo bien de mis visitas al Palacio Borromeo, al lado de Santa María la Mayor, donde conocí personalmente a don Giussani; conocí su fe, su gozo, su fuerza y la riqueza de sus ideas, la creatividad de su fe”.

El papa Benedicto se quedó con “la creatividad de la fe” de don Giussani. ¿Qué significa?

Nos tenemos que preguntar: ¿Cuál es la raíz de la experiencia nacida en torno a don Giussani? No es difícil responder: su fe. La fe nos hace creativos, no porque se quiera inventar algo nuevo, sino porque nos fiamos de Dios, el Creador. Creatividad deriva directamente de Creador, una fe creativa es aquella que deja espacio a la creatividad de Dios. Él tiene un proyecto único e irrepetible para cada uno, basta dejarlo actuar en nuestra vida y así somos creativos.

“Vosotros haréis cosas mayores de las que yo hago” dijo Jesús (Io XIV, 16). ¡Tenemos que creerlo! Pero no porque seamos mayores que Él, sino porque Él conti- núa en el tiempo a vivir y a operar en nosotros.

Con el nacimiento de cada uno de nosotros ha venido al mundo algo nuevo, que no había jamás existido, algo “único e irrepetible”, usando la expresión tan querida por san Juan Pablo II. Cada uno de nosotros lleva consigo una novedad, mayor de cuanto pudiéramos imaginar.

Para tener una fe creativa, basta ser fieles al proyecto que Dios tiene sobre nosotros. No quiere decir, por tanto, sentarse en el escritorio para pensar qué novedad podemos realizar, sino ser fieles al diseño de Dios. ¿Cómo? Abandonándonos a Su Voluntad, no del modo pasivo del que razona: “las cosas tendrían que ir mejor, pero desgraciadamente van así, hágase Su Voluntad”. No, esta sería simple resignación, sería fatalismo. No tenemos que pensar en resignarnos a la Voluntad de Dios. Tenemos más bien que creer que podemos cumplir Su Voluntad, sintiéndonos de esta manera partícipes de la obra creadora de Dios.

La grandeza de don Giussani, en mi opinión, es que ha sabido transmitir a los demás esta convicción suya, dejando a quien le seguía la libertad de realizar aquel maravilloso proyecto que Dios tiene sobre cada uno. Por esto lo podemos definir como un gran educador, porque no ha intentado “hacer de patrón sobre vuestra fe”, sino que ha sido “colaborador de vuestro gozo”, como escribía san Pablo a los Corintios (cf. II Cor I, 24).

Cuando se cumple la Voluntad de Dios, nos realizamos como hombres y se experimenta la unión con Dios. Si después cada uno de nosotros vive unido a Dios, en consecuencia vive en comunión con los her- manos, porque todos se reencuentran en Dios. Entonces la comunión no es algo artificial o impuesto, sino que es una consecuencia de la libre elección de cada uno de cumplir la Voluntad de Dios. He aquí las dos palabras clave del movimiento que don Giussani ha suscitado: comunión y liberación. Comunión como consecuencia de la liberación de la esclavitud del pecado (de sí mismo y del propio egoísmo) para convertirse una sola cosa en la Voluntad de Dios, es decir, para que cada uno sea otro Cristo.

Esta relación entre fe —libertad del hombre que responde (cumpliendo la Voluntad de Dios)— y comunión, explica también por qué podemos decir que el movimiento fundado por don Giussani no es para algunas élites, para personas escogidas o consagradas, sino que es un movimiento de masa, para todos. Todos, en efecto, en cada momento, en cada circunstancia, son llamados a creer y a responder cumpliendo Su Voluntad. Lo que no está reservado a los santos, a los héroes de la espiritualidad, a los sacerdotes: padres e hijos, profesores y obreros, guardias y encarcelados, todos pueden cumplir la Voluntad de Dios y de esta manera testimoniar, concretamente, la propia fe en Su Amor misericordioso.

 

» CONCLUSIÓN

Para concluir, se me ha pedido que pronuncie alguna palabra sobre la utilidad, el papel, de un Movimiento como Comunión y Liberación en Cuba. Me detendría a comentar el mismo nombre del Movimiento: “Comunión y Liberación”. Creo que hay necesidad de los dos conceptos y que ambos estén estrechamente relacionados. No hay verdadera liberación sin comunión y no hay comunión sin libertad. Esto en síntesis.

La liberación cristiana es aquella que libera del propio yo, del egoísmo, del mal, la que lleva a no pensar en sí mismo sino a buscar el bien de los demás, el bien de todos, el bien común, es decir, la comunión. La libertad no es “hacer lo que me plazca”, sino poder libremente ponerme al servicio de los hermanos y así ser hacedor de comunión.

Creo que un Movimiento como CL podría ofrecer una preciosa contribución a la materialización de cuanto el papa Francisco dijo a los jóvenes cubanos el 20 de septiembre pasado, cuando habló de la necesidad de construir la amistad social. Lo hizo contando la anécdota que recuerdo aquí para quien la hubiese olvidado:

“En Buenos Aires —en una parroquia nueva, en una zona muy, muy pobre— estaba construyendo unos salones parroquiales un grupo de jóvenes de la universidad. Y el párroco me dijo: “¿por qué no te venís un sábado y así te los presento?”. Trabajaban los sábados y los domingos en la construcción. Eran chicos y chicas de la universidad. Yo llegué y los vi, y me los fue presentando: “este es el arquitecto —es judío—, este es comunista, este es católico práctico, este es…”. Todos eran distintos, pero todos estaban trabajando en común por el bien común. Eso se llama amistad social, buscar el bien común. La enemistad social destruye. Y una familia se destruye por la enemistad. Un país se destruye por la enemistad. El mundo se destruye por la enemistad. Y la enemistad más grande es la guerra.

Y eso es lo que yo les pido a ustedes hoy: sean capaces de crear la amistad social” (Saludo del Santo Padre a los jóvenes. La Habana, domingo 20 de septiembre de 2015).

Esta es la Iglesia “en salida”: una Iglesia que no se repliegue sobre sí misma, autorreferencial. Una Iglesia libre para salir, para ir al encuentro del otro, del diverso, sobre todo del pobre. De esta manera se crea la comunión sin exclusiones, en el respeto de la libertad de cada uno.

Si la comunión no respetara las diferencias de los otros sería algo impuesto, y por lo tanto, no liberadora. No respetaría los tiempos de maduración y de desarrollo de las iniciativas personales y correría el riesgo de crear títeres en lugar de personas.

Me arriesgo a decir que veo hoy a la Iglesia y a la sociedad de Cuba empeñadas en este camino hacia la amistad social, hacia la comunión en la libertad. Para esto se requieren fuerzas, movimientos, asociaciones, como Comunión y Liberación, que tengan experiencia de este binomio y que la puedan ofrecer a los demás.

Aquí no se trata de creerse superiores a nadie, de querer enseñar algo, sino de ofrecer, como don, la contribución de una gracia recibida. Es muy impor- tante no juzgar y, sobre todo, no condenar. En las rea- lizaciones concretas de las relaciones sociales ningu- no tiene la verdad en el bolsillo.

He apreciado la valiente y directa intervención del presidente Raúl Castro en la apertura del VII Congreso del Partido Comunista. Concretamente, me ha marcado la capacidad de autocrítica, que refleja el deseo de mejorar y de cuestionar a sí mismo, de cotejarse con los otros para encontrar soluciones más adecuadas a los problemas actuales. El mismo Presidente, en la conclusión de dicho Congreso, dijo: “es imprescindible escuchar, razonar y tener en cuenta la opinión de la militancia y del pueblo en general”.

Ahora, Comunión y Liberación puede ofrecer su contribución formando personas que escuchen, que reflexionen y que sepan tener en cuenta la opinión de todos, porque esto es precisamente el ejercicio de la comunión en la libertad.

Estamos insertos en una sociedad que tiene características y dinámicas propias, que hay que respetar, con el derecho y el deber de presentar la pequeña experiencia personal que pudiera ser útil a quien sea, sin pretensiones ni miedos.