El Papa, la Iglesia en Cuba y otros temas

Por: Gustavo Andújar

Que tres papas hayan visitado a Cuba en menos de veinte años —y uno de ellos dos veces— es el resultado de una serie de felices coincidencias.
Que tres papas hayan visitado a Cuba en menos de veinte años —y uno de ellos dos veces— es el resultado de una serie de felices coincidencias.

Tanto antes como después de la visita del papa Francisco a Cuba, pero sobre todo durante el período inmediatamente anterior a su llegada, muchos me preguntaban todo tipo de detalles relacionados con el viaje, su significado, sus posibles implicaciones para Cuba y su pueblo, para su gobierno, la repercusión que tendría para la Iglesia en nuestro país y para el Vaticano, y muchos otros aspectos, a veces no directamente relacionados con la visita como tal, sino más bien con la vida de la Iglesia en Cuba y en el mundo. Algunas de mis respuestas a esas interrogantes aparecieron formando parte de varios artículos publicados en medios extranjeros y cubanos, pero otras no, y me ha parecido oportuno, ya a varios meses de la visita, resumirlas en las páginas que siguen.

 

» Visitados por tres papas

El tema que más interés suscitó fue, sin duda, el propio hecho de que Cuba hubiera recibido tres visitas papales en menos de veinte años. Un periodista en particular me preguntaba “¿qué valor tiene Cuba para la política vaticana y para la cristiandad en general?”

Es cierto que solo dos países, Brasil y Cuba, fueron visitados por los tres últimos papas, y que el entonces arzobispo de La Habana, el cardenal Jaime Ortega, destacaba medio en broma que él era el único arzobispo del mundo que había recibido a tres Sumos Pontífices. No pienso yo que las visitas de los papas Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco se hayan debido a que Cuba tenga alguna importancia especial para lo que el periodista llamaba “la política vaticana”, por más que nuestro país ha mantenido ininterrumpidamente relaciones diplomáticas con la Santa Sede durante 80 años, y el gobierno cubano se esfuerce por mantener esas relaciones a un nivel muy alto, actitud que es correspondida por el Vaticano. A mi entender, se dio una serie de circunstancias afortunadas que hicieron posible este inusitado resultado.

A lo largo de su dilatado pontificado de más de 26 años (el tercero más largo de la historia), san Juan Pablo II hizo 104 viajes fuera de Italia, en los que visitó 129 países. Cuando arribó a La Habana, este era el único país latinoamericano en el que todavía no había hecho acto de presencia. Su visita debió producirse mucho antes, en 1990, pero los preparativos que ya estaban en marcha entonces se cancelaron inesperadamente con una repentina declaración del gobierno, y el proceso no vino a destrabarse sino ocho años después.

Según el propio san Juan Pablo II, el Papa viaja “para anunciar el Evangelio, para confirmar la fe de sus hermanos, para consolar a la Iglesia y para encontrarse con el hombre”. La visita de Benedicto XVI se produjo menos de dos años después de las insólitas conversaciones del presidente Raúl Castro con el cardenal Ortega y el presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Dionisio García, que permitieron resolver la crisis generada alrededor de las Damas de Blanco y que dieron como resultado la liberación de una cantidad importante de presos. Millones de cubanos habían mostrado su devoción a la Virgen de la Caridad participando masivamente en procesiones y celebraciones al paso de la imagen por todo el país. El Papa aprovechó un viaje a México para incluir a Cuba y testimoniar así su cercanía a los obispos que habían demostrado el valor extraordinario del diálogo, y al pueblo que manifestaba ahora públicamente su fe.

La visita del papa Francisco a tierra cubana se organizó añadiendo una etapa a un viaje a Estados Unidos que el Papa ya tenía programado desde hacía algún tiempo. La decisión de unir ambas visitas se articulaba perfectamente en la dinámica de los viajes pastorales que el Santo Padre había realizado hasta entonces, y que lo habían llevado a países y regiones donde quería fortalecer o reanimar procesos dirigidos al establecimiento de acuerdos de paz, como Tierra Santa, o apoyar a aquellos que ya habían logrado tales acuerdos, como Albania, Sri Lanka y Filipinas.

Cuba y Estados Unidos habían anunciado el 17 de diciembre de 2014 el inicio de un proceso de normalización de relaciones que había sido promovido por el propio papa Francisco y se había gestado mediante pacientes negociaciones con el acompañamiento diplomático de la Santa Sede y Canadá y la colaboración de la Iglesia cubana en la persona del arzobispo de La Habana, cardenal Jaime Ortega.

Tales fueron las dinámicas que ocasionaron que tres Papas visitaran nuestro país, pero habría que añadir todavía algo más: en febrero del presente año, el papa Francisco pisaría por segunda vez suelo cubano en apenas cinco meses, en esta ocasión para encontrarse con el patriarca ortodoxo ruso, Kirill. De nuevo, tres felices circunstancias concurrirían: primero, el Papa tenía un gran empeño en encontrarse con el patriarca; segundo, el Estado cubano mantiene una relación muy cordial con la Iglesia Ortodoxa Rusa y en particular con el patriarcado de Moscú; y tercero, el Papa viajaba a México, y podría hacer una escala de unas pocas horas en Cuba sin apenas alterar su plan de viaje.

 

» Quién ganó y quién perdió

Muchos me pedían que evaluara la visita del Papa en términos de ganancias para la Iglesia o para el gobierno. Siempre me negué a hacer tal evaluación. Me parece improcedente evaluar las visitas papales en términos de ganancias y pérdidas para unos y otros. Son hitos en la vida religiosa del pueblo, momentos de enorme valor espiritual en los que se promueven valores fundamentales para el alma nacional. Recibir una visita papal beneficia a todos.

 

» La Iglesia católica en Cuba

¿mermando hasta desaparecer?

Me sorprendió especialmente una pregunta que partía de que, a pesar de que cerca del noventa por ciento de la población cubana “mantiene algún tipo de religiosidad”, los católicos practicantes son una pequeña minoría. ¿Será —continuaba— que, debido a la emigración de fieles hacia el extranjero, la migración interna hacia otras confesiones y el crecimiento de las religiones llamadas populares, la propia existencia de la institución católica está comprometida?

Cuba es, indudablemente, un país creyente. Quienes participamos de algún modo en las multitudinarias procesiones y celebraciones al paso de la imagen de la Virgen de la Caridad por todos los núcleos poblacionales del país en 2011 y 2012, en ocasión de los 400 años del hallazgo de la imagen, en las que participaron según diversos estimados entre 5 y 6 millones de cubanos, tuvimos una clara evidencia de que esa fe de nuestro pueblo tiene raíces católicas. Ciertamente el número de católicos que van a misa todos los domingos, reciben asiduamente sacramentos y participan activamente de la vida de alguna comunidad católica en Cuba, es pequeño, pero la atención pastoral de la Iglesia no se limita exclusivamente a ellos. En Cuba la mayoría de los niños reciben el bautismo en la Iglesia católica (en La Habana, por ejemplo, es la gran mayoría, con años durante los cuales la proporción de niños bautizados ha sido cercana al 80 % de los nacidos) ; entre las dos terceras y las tres cuartas partes de todos los entierros pasan por la capilla del Cementerio de Colón para un responso católico y la Iglesia católica es apreciada y respetada por la gran mayoría del pueblo cubano, no solo como una institución creíble que anuncia un mensaje positivo y de valores, sino también como depositaria de lo sagrado, un papel que, por ejemplo, le reconocen abiertamente los practicantes de la santería. Presumo que cuando el periodista se refería a “las religiones llamadas populares” estaba refiriéndose a la santería. Pues bien, cuando los santeros acuden a un templo entran a una iglesia católica, y lo hacen con recogimiento y respeto; allí bautizan a sus hijos y ofrecen misas por sus difuntos. Por otra parte, mucha de la religiosidad católica más tradicional, que llamamos “piedad popular” —las devociones a San Juan Bosco, Santa Teresita del Niño Jesús, Jesús Nazareno, San Judas Tadeo o Santa Rita de Casia, por solo mencionar algunas— se manifiesta sobre todo en personas —muchas personas— que no tienen una “práctica católica” asidua. Por todo ello puedo afirmar con certeza que no, que la Iglesia católica en Cuba —que, dicho sea de paso, no es una “institución” aunque tiene necesariamente una vis institucional— no está, ni remotamente, en vías de desaparición.

 

» Las relaciones Iglesia-Estado

Otro tema abordado con mucha frecuencia fue el de las relaciones Iglesia-Estado. Cuando se enuncia de esta manera, generalmente se llama “Iglesia” más bien a lo que propiamente debería llamarse “Jerarquía”, que es el conjunto de los pastores: obispos y sacerdotes. “Iglesia” llamamos al conjunto de todos los bautizados católicos: obispos, sacerdotes, diáconos, religiosas y religiosos (consagrados que han hecho votos en diversas congregaciones, como las monjas y frailes) y los laicos, que son la gran mayoría de los miembros de la Iglesia.

Aunque por razones de brevedad es imposible entrar aquí en su análisis, debe mencionarse en este contexto la dura etapa de confrontación de los primeros años del proceso revolucionario entre la Iglesia y el Gobierno, y los largos decenios de Estado confesional ateo. Si bien a mi entender pueden considerarse actualmente superadas esas confrontaciones, no pueden simplemente borrarse sin más, y hacer como si no hubieran ocurrido.

Muchas de las tensiones que se han experimentado, incluso en épocas recientes, tienen su origen en una incomprensión básica de la naturaleza y misión de la Iglesia, y en el afán por interpretarla en términos políticos, considerándola aliada o enemiga, según sus actuaciones o pronunciamientos se considere que la ubican en un lado u otro de la confrontación partidista. Nunca está de más precisar el papel de la Iglesia jerárquica en cuanto a la política. La Iglesia, inserta en el mundo, no puede ser ajena a la política, que es consustancial a este, pero a su Jerarquía solo le corresponde involucrarse en ella a un nivel no partidista, en el sentido de la gestión de la polis, de los principios éticos que deben regir la búsqueda del bien común. No le corresponde implicarse en la política partidista, relacionada con la adhesión a proyectos políticos específicos y la participación en la lucha por el poder.

Los católicos pueden compartir plenamente los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, como el destino universal de los bienes, o los principios de solidaridad y subsidiaridad, relacionados todos con la política no partidista, y diferir radicalmente entre sí en cuanto a las vías concretas para alcanzar el cumplimiento pleno de esos principios, con arreglo a programas políticos concretos, partidistas.

La Iglesia jerárquica tiene todo el derecho, e incluso el deber, de criticar o elogiar los pronunciamientos o declaraciones que hacen, en medio del debate político, quienes participan en la lucha, pero no puede legítimamente respaldar a un bando en detrimento del otro, ni mucho menos indicar a los fieles en qué partido militar, o por cuál candidato votar en las elecciones. La Iglesia no puede ser ni un partido de la oposición, ni el “ministerio de la moral” del gobierno. Los obispos cubanos han respetado estrictamente estos principios en todos sus pronunciamientos de los últimos casi 50 años, especialmente en sus cartas pastorales y mensajes. Pienso que por parte del Estado va habiendo una comprensión creciente de estos principios.

 

» El compromiso con los pobres, con los más débiles y con la paz

Para concluir, no resisto la tentación de transcribir literalmente una pregunta que me enviaron como parte de una entrevista, y que se hace eco de varios clichés en relación con la Iglesia católica, que no por antiguos y gastados son menos repetidos hoy. La pregunta se formuló así:

“Un papa como Francisco ha traído de vuelta la esperanza de una iglesia más comprometida con los pobres, los débiles, la paz, la ecología, la decencia del clero y el ecumenismo. ¿Cómo esas opciones franciscanas son correspondidas en Cuba y si el ecumenismo proclamado desde Roma también alcanzaría, en la isla, para solventar un diálogo con las religiones populares?”

La pregunta sugiere que ya se había desahuciado a la Iglesia católica como incapaz de asumir estas actitudes que, dicho sea de paso, no son exclusivamente franciscanas, sino quintaesencialmente cristianas. No sé quiénes serían esos que habían dado por perdida a la Iglesia por su supuesta falta de compromiso con los pobres y los débiles. Ciertamente no los católicos. En 1979, cuando Jorge Mario Bergoglio todavía no había cumplido diez años como sacerdote y debía esperar todavía 13 años para ser ordenado obispo, 21 para ser creado cardenal y 34 para ser elegido Papa, ya los obispos latinoamericanos, reunidos en su III Conferencia General en Puebla, México, proclamaron como su primera prioridad pastoral la opción preferencial por los pobres. La Iglesia en América Latina ha mostrado muchas veces durante estos años su fidelidad a esa opción.

La vitalidad de la Iglesia en África, Asia y el Pacífico es fruto del trabajo abnegado de muchos misioneros católicos que dan testimonio compartiendo las difíciles condiciones de vida de sus fieles en esas regiones. La Santa Sede tiene una larga tradición como promotora y aun garante en numerosas conversaciones y acuerdos de paz, y muchos católicos, laicos y pastores, han muerto en defensa de causas loables como esta. Si “la decencia del clero” hace referencia a los escándalos por abusos sexuales cometidos por sacerdotes católicos, hay que aclarar que la condena más decidida de tales abusos y el establecimiento de normas estrictas orientadas a prevenirlos correspondieron a Benedicto XVI. El papa Francisco lo que ha hecho es reafirmar esas normas y continuar su aplicación.

En cuanto a los pecados contra la pobreza, es cierto que no pocos pastores, sobre todo en países ricos, han asumido estilos de vida acomodados, incluso a veces rodeados de lujos, y que el estilo austero, llano y directo del Papa Francisco, y su llamado a rechazar la “mundanidad” como extraña y aun hostil al modelo evangélico, ha traído un aire fresco a la Iglesia y provocado simpatía y apoyo generalizados. Él mismo reconoce que todos somos pecadores, susceptibles de redención, y promueve la hermosa imagen de la Igle- sia como hospital de campaña, que ofrece sanación a los enfermos del cuerpo y el alma.

La Iglesia en Cuba es una Iglesia pobre, que sirve a los más pobres. En muchas parroquias se organiza el lavado de ropa o se sirve cada día un almuerzo para los ancianitos del barrio; la extensa red de voluntarios de Cáritas presta en todos los rincones del país numerosos servicios a ancianos, minusválidos y personas con necesidades educativas especiales; los asilos de ancianos atendidos por la Iglesia son instituciones ejemplares por la calidad de la atención y el óptimo aprovechamiento de los recursos.

Por último, se llama propiamente ecumenismo al empeño por superar la separación entre las diversas confesiones cristianas. La mención hacia el final de la pregunta de un diálogo con “las religiones populares” me sugirió que el periodista usó “ecumenismo” queriendo decir realmente “diálogo interreligioso”.

¿Cómo vive la Iglesia en Cuba el diálogo interreligioso? Pues la Comunidad de San Egidio, un movimiento católico, organiza cada año una amplísima reunión —única de ese tipo que se hace en Cuba— de numerosos grupos religiosos (cristianos de muy diversas denominaciones, judíos, musulmanes, budistas y otros), para orar juntos por la paz, siguiendo el modelo de la gran reunión mundial de religiones organizada en 1986 (¡hace casi 30 años!) en Asís, la cuna de san Francisco, por san Juan Pablo II.

No hay borrón y cuenta nueva. El papa Francisco ha traído un nuevo aire de sencillez a la Iglesia y un renovado énfasis en la misericordia y el perdón, pero, pese a sus muchas deficiencias y pecados, la Iglesia católica lleva más de 2 000 años anunciando, no desde Roma, sino por todos los rincones del mundo —también en Cuba—, a ese mismo Jesucristo que vino a anunciarnos el Papa.