Ciencia y responsabilidad

Por: Alberto García Fumero

conferencia papa
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En una tarde de calma después de intensos aguaceros, he empezado a leer un magnífico texto sobre el pensamiento de Santo Tomás, adquirido en la librería de la Sociedad de San Pablo,1 y me he topado con este pensamiento: «Dios inscribe un orden en todas las cosas, y el hombre es imagen de Dios2 por buscar el orden de las cosas, tanto en lo teórico como en lo práctico, y tratar de inscribirlo en su ser, alma y cuerpo». Al margen de preguntarme cuánto de esta reflexión es rectamente tomado del Aquinatense (como pienso) o es una conclusión lógica del autor del texto, me he sentido obligado a detenerme especialmente en la primera parte (Dios inscribe un orden en todas las cosas, y el hombre es imagen de Dios por buscar el orden de las cosas).

Ciertamente el salmo 83 reflexiona: «¿qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre para que lo visites? Le has hecho poco menor que los ángeles».

¿Por qué fuimos hechos así?

» Búsqueda de Dios

Si bien entender completamente los designios de Dios no nos es dado, podemos entrever, al menos en parte, de qué va todo esto. Ciertamente sería sobremanera presuntuoso pretender saber a ciencia cierta por qué Dios nos hizo así, pero podemos tentar una posible respuesta: para que, buscando el orden de las cosas, le encontremos a Él.

Si miramos de frente al sol, nos deslumbra y nada vemos. En cambio, vemos con claridad aquello que el sol alumbra. Así sucede con Dios. Sus obras nos hablan de Él.

Sí, esa búsqueda del orden de las cosas, del orden en este universo, búsqueda que constituye el motor de nuestra ansia de saber y fundamenta nuestras ciencias, no es solamente el afán de una curiosidad pasajera. Hay algo más en esa necesidad de buscar el orden de las cosas que el Creador nos ha insuflado. Dios nos ha creado para que lo busquemos, como apuntara en su momento San Agustín. Y que quien busca la verdad, busca a Dios, aun sin saberlo; ya también se ha dicho (Santa Teresa Benedicta de la Cruz).

» ¿Buscarlo por la fe, o por el entendimiento?

Si bien, como dijo el aquinatense, Dios ha provisto las dos vías —la del entendimiento y la de la fe— para que nos acerquemos a Él, ambas no se excluyen; se complementan. La fe sin entendimiento se vuelve simple asentimiento y está expuesta al error; queda indefensa ante cualquier aseveración dicha y recibida con la mejor intención, pero infundada. Por otra parte, como dijera en su momento nuestro fallecido Papa Emérito, mediante la fe podemos llegar a entender otras cosas que la razón sola no alcanzaría, y de esa manera la fe se vuelve en cierto sentido una vía al conocimiento.

Y ya que estamos en eso, también dijo certeramente en su momento que en la pregunta acerca de Dios no nos vale permanecer fuera, como simples observadores; ello no es posible.4 Solo quien decide participar en «el experimento de Dios» recibe respuestas.

» Cuando la ciencia se aparta de la ética

Buscando la verdad en las ciencias encontramos leyes físicas, causas, efectos. Vemos un orden. Ahora bien, donde hallamos orden, esperamos ver una inteligencia. Y si buscamos —y encontramos— un orden en el Universo, podemos suponer una inteligencia detrás de todo ello.

A todo esto, no se debe olvidar que la búsqueda de la verdad mediante la ciencia debe tener como guía la ética,

si realmente se desea hallar la verdad y no meramente satisfacer una curiosidad irresponsable.

Sucede —ya el Papa Emérito lo había advertido— que en estos tiempos la búsqueda responsable de la verdad ya no resulta tan importante como la búsqueda de libertad por sí misma, entendiéndose por tal no estar limitados por nada, hacer cuanto seamos capaces de hacer, ya sea bueno o malo. Lo que interesa es la libertad.

Quiero y puedo, luego hago. La mera noción de responsabilidad, no digamos ya de culpa, se diluye ante esa búsqueda desenfrenada de libertad. La responsabilidad se vuelve otro estorbo.

Se busca ser libres. En esa dirección van leyes y filosofías, arrollándolo todo a su paso. Todo lo que se vea como estorbo en el camino a esa ansiada libertad, es echado a un lado. Pero en esa dirección se termina por quedar libre hasta de la razón. Es el desenfreno de no reconocer otros límites —mucho menos morales— al humano accionar, salvo los que impone lo que pueda hacer la tecnología.

Encontramos propuestas como la de un artículo publicado por el colegio Médico Colombiano —que hubo de disculparse por ello— de utilizar los cuerpos de mujeres con muerte cerebral5 para gestación subrogada, para «ayudar a las parejas sin hijos»… verdaderamente no se encuentran palabras para calificar esto.

Cuando la Iglesia pronuncia la palabra responsabilidad todos le caen encima.

El ser humano ha llegado hasta a rebelarse contra su propia naturaleza, como es el caso de la ideología de género; a ir a contrapelo de la naturaleza, como si ser hombre o mujer fuera cuestión de elección o simple capricho. En casos como este, aún siendo un sinsentido toda la cuestión, se ha pretendido determinar las verdades mediante votaciones, complaciendo a la mayoría. Peor aún: se tacha de retrógrado y se busca silenciar a quien llama la atención sobre este despropósito. Y ello mientras alardeamos de aceptar solo lo que la ciencia ha demostrado… Al no ser ya tan importante la verdad por sí misma, vale más el consenso.

A todo esto se suma el relativismo. No se acepta que existan verdades absolutas; ello limitaría la libertad.

» Centinela, ¿Cuánto queda de la noche?

Estas palabras, que aparecen en Isaías 21, 11, tienen resonancia aún hoy.

Vemos armas cada vez más letales, experimentos genéticos sin suficiente control, manipulación de virus, intentos de clonación humana, devastación de bosques, daños al medio ambiente, extinción de especies… como el hijo pródigo, (Lc 15, 11 y siguientes) estamos dilapidando

nuestra herencia. Definitivamente, ¿Estamos respondiendo a lo que Dios espera de nosotros? Difícilmente.

Cuando en el Génesis leemos sobre el jardín (realmente un huerto) del Edén, además de la enseñanza que se quiere transmitir sobre cómo el hombre pierde su privilegiada relación con Dios, muchas veces pasamos por alto otra: ese huerto es para cuidarlo y hacerlo fructificar; somos responsables de él. Se nos ha dado esa responsabilidad, de la cual depende nuestra propia supervivencia. Y no se está aceptando.

Entonces, ¿no hay nada que hacer? Pues sí. Mucho se puede hacer. Y los laicos tenemos esta tarea por delante.

Nuestro Papa Francisco nos da una guía en Laudato Sí; la exhortación apostólica postsinodal Vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo, de San Juan Pablo II, nos llama a hacer presente dónde podemos encontrar la respuesta a los problemas y dificultades que nos plantea la sociedad: «Los fieles laicos —debido a su participación en el oficio profético de Cristo— están plenamente implicados en esta tarea de la Iglesia. En concreto, les corresponde testificar cómo la fe cristiana —más o menos conscientemente recibida e invocada por todos— constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas a cada hombre y a cada sociedad. Esto será posible si los fieles laicos saben superar en ellos mismos la fractura entre el Evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar cotidiana, en el trabajo y en la sociedad, esa unidad de vida que en el Evangelio encuentra inspiración y fuerza para realizarse en ple-

nitud».6

Manos a la obra, pues.

Notas:

1 Filosofía y teología en Santo Tomás de Aquino. Mauricio Beuchot, Ediciones Paulinas 2017. 2 Gen 1,26; 5,1 3 Salmo 8, 4-5.

  • Aunque estrictamente hablando, en las ciencias siempre de algún modo somos parte del experimento, ya sea por cómo lo concebimos o cómo lo interpretamos, o porque inevitablemente influyamos en los resultados.
  • Información aparecida en la página web del periódico español El País del 2 de febrero de 2023.
  • Documento citado, página 96 (editorial San Pablo 2018).