La palabra exacta con el tono justo

Por: Teresa Díaz Canals

Estudiantes en la etapa de escuela al campo
Estudiantes en la etapa de escuela al campo

No fue el mío el pecado primaveral de la cigarra, aquel que se comprende y hasta se ama. Fue el pecado oscuro, silencioso, de la hormiga; fue el pecado de la provisión y de la cueva y del miedo a la embriaguez y a la luz.

Ese fue el pecado…

Dulce maría loynaz Poema LV

Cuando tengamos que escribir la historia de este problemático período de Cuba, deberemos tener en cuenta que no existe la gran Historia con mayúsculas, sino las muchas historias, los relatos, los trayectos, las diversas y complejas biografías. Estoy cansada, agotada. Ayer viví una experiencia triste, otra prueba más de lo que pasamos una parte de los cubanos en la actualidad. Tuve que llamar a la policía, pues mientras dormía en la madrugada —después de un largo apagón— entró alguien a mi comedor. El ladrón se llevó «solo» algunos alimentos. Hubo vecinos que me dijeron: «eso no es nada, lo malo es que te hubieran llevado equipos eléctricos», pero eso no lo podían hacer de manera fácil en mi caso. Además, es que los alimentos los venden ahora de manera inmediata: aceite, leche, etc. Y, por otra parte, aunque te lleven apenas un pan, entraron a tu casa y te pudiste haber encontrado con el ladrón cara a cara, hecho que hubiera sido muy impresionante y, sobre todo, peligroso. Solo el que atraviesa por ese tipo de situación sabe verdaderamente qué es lo que se siente cuando invaden de manera agresiva el espacio propio. Es semejante a cuando se juzga injustamente a las cuidadoras y a los cuidadores sin haber vivido sus condiciones. Lo que más siento es que lo que tomaron en este caso no fue para mitigar el hambre, sino por un asunto de droga.

Jóvenes estudiantes en labores agrícolas.

Estimo que ya estamos en un contexto límite en nuestro país debido a la violencia, al deterioro de valores, a la vida de sobrevivencia que llevamos desde hace más de sesenta años. He escuchado no pocas veces que hemos llegado a estos extremos debido a que mi generación, los que hoy somos ya adultos mayores, lo hemos soportado todo, es decir, que si estamos así de mal, es por causa de que cuando fuimos jóvenes no hicimos nada que no fuera apoyar al sistema en el poder. Con mis criterios aspiro a abrir un debate, escuchar otras reflexiones para que podamos comprender la vida que nos impusieron. Expongo entonces algunas ideas sobre el tema. Recuerdo que cuando éramos jóvenes y hacíamos alguna petición como una vivienda decente, algún bien necesario, algo muy normal para la vida de cualquier persona, la respuesta era: ustedes no lucharon en la Sierra Maestra. La culpa consistía en no haber participado en la guerra, porque no existíamos cuando eso sucedió o éramos muy pequeños. Ese estilo de juzgar a quien tenía méritos de guerra y quien no, se extiende hasta hoy. La semana pasada murió un señor de noventa años, aproximadamente; en un barrio de elevada jerarquía social de La Habana. En la cuadra del difunto vive un general. Se mandó a buscar porque lo conocía. El militar de alta graduación expresó que si el fallecido hubiera sido combatiente tenía derecho a que le enviaran un carro inmediatamente y a determinadas prebendas de acuerdo al protocolo establecido por la meritocracia en el poder. Hasta para morirse aquí hay que pasar trabajo.

Es importante tener en cuenta que los niños que nacieron y crecieron en esa etapa —paralelo a eso que se denomina revolución— en sus primeros tiempos lo hicieron en medio del entusiasmo revolucionario, de la esperanza de un cambio para una vida mejor en nuestra sociedad, de justicia, de igualdad, de desarrollo. El pueblo creyó en general; lo que vino después es el precio que se paga por el compromiso incondicional a un gobernante.

Los hijos de esa revolución que prometía un futuro con un proyecto social triunfante estuvimos siempre a la espera. Unos no siguieron, se apartaron porque sus familias no coincidieron con el camino trazado por la cúpula gobernante, pudieron alejarse a tiempo; otros se involucraron y creyeron, obtuvieron ciertas raciones oportunistas. Hasta la maldad se hace monótona. Otros trabajamos y callamos. Como escribió José Martí: «los respetos ciegos irracionales no se han formado para las criaturas dotadas de razón».1 Cuando hacía mi tesis doctoral aprendí algo sustancial de la teoría ética en la obra de Ludwig Wittgenstein en su obra Tractatus, algo así como que lo más importante de lo que había escrito, era lo que no escribió. Me pareció genial esa afirmación y así es, pues lo que se dice se capta a través de lo que no se ha dicho. Incluso lo que se transmite no se puede explicitar. El maestro, por ejemplo, muestra, da testimonio, sugiere, evoca. El silencio constituye un momento intenso de la comunicación.

Mi generación no tuvo internet y hasta muy tarde pudo contar con computadoras; las redes no existían. Lo que pasaba en un sitio no se difundía como ahora que mientras sucede ya se tiene la información. Y de lo que no se habla, no existe.

Se grabó en el pueblo que los privilegios que tienen los dirigentes eran justos, pues ellos habían «luchado» y para dirigir, para mandar, necesitaban comodidades. Nunca se cuestionó que estas prerrogativas de vida multimillonaria también pasaban por herencia a manos de los familiares que «no lucharon». No tuvimos claridad en que son solo servidores y tampoco nadie cuestionaba el mantenimiento del poder hasta la muerte.

No vivimos ni asumimos la idea de la democracia martiana. A la gente se galvanizaba con espasmódicos enardecimientos, embriagada por discursos que servían de soporte en paradas, marchas y desfiles. Hoy es muy diferente el contexto social. No hay alimentos, ni medicinas, ni agua, ni electricidad, ni transporte.

La mente también es estática. Acostumbraron a la población a una especie de inercia social, exigiendo ante todo quietud y confundiendo a esta con el orden. La vida cambia y se teme a esa multiplicidad. Inculcaron que la realidad era inmóvil; por eso hay cubanos que siguen con ese comportamiento. Sin embargo, el modelo estatista burocrático agotó sus posibilidades. Hoy son otros jóvenes desprejuiciados los que están en el escenario, sin esa culpa que nos impusieron a nosotros un día. Los jóvenes —en general— hoy son muy diferentes, saben muy bien que necios son los que se someten a la aprobación o censura de los necios.

La gran novedad de una visión democrática de la vida es que ha de ser creada entre todos en cuanto persona. Igualdad no es uniformidad. Nos queda emplear la «palabra exacta con el tono justo», y también habría que añadir: «y teniendo presente las circunstancias».2

Notas:

  • Martí, José: «A la colonia». En: Obras Completas Edición Crítica 1862-1876, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2009, Tomo 1, p. 274.
  • Zambrano, María: Persona y democracia. Ediciones Siruela, Madrid, 2004, p. 186.