Consideraciones sobre el «pepillismo» cubano

Por: Mariblanca Sabas Alomá

O la República tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio íntegro de sí, y el respeto, como de amor de familia, al ejercicio íntegro de los demás, en fin, por el decoro del hombre, o la República no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros bravos.

José Martí

Mis frecuentes viajes por el interior de la República me han permitido observar las típicas modalidades de una de nuestras enfermedades sociales más extendidas: el «pepillismo». Frívolo y banal en La Habana, espantosamente mediocre en Santiago de Cuba, cazurro y solapado en Camagüey, vulgar en Cienfuegos, desviado en Nuevitas, procaz en Bayamo, cubriendo de un extremo a otro de la Isla —tal una hiedra maldita—, el árbol rozagante de nuestras juventudes, el «pepillismo» se muestra a la mirada investigadora como formidable resquebrajadura de una forma de vida colectiva en pleno estado de depauperación. Su desarrollo guarda una relación estrecha con la carencia cada vez más señalada de un concepto definido de la función social del hogar, de un sentido práctico y fecundo de la responsabilidad individual y colectiva. Sus raíces se nutren en las savias envenenadas de una nefasta política económica, de una moral acomodaticia que se asienta sobre absurdos convencionalismos y torpes prejuicios, de una fatalidad geográfica contra la cual no hemos sabido luchar de modo inteligente, de una organización de la vida de relaciones que mira como secundarios los intereses fundamentales de la cultura y de la espiritualidad. Estudiando las características del «pepillismo» cubano desde puntos de vista singularmente personales, no ha de quedarme otro remedio que hacer referencias previas de mí misma.

No vaya a creerse por esto que me considero tema interesante. Voy a presentarme, más bien, como sujeto social a quien las circunstancias especiales de su niñez y de su primera juventud modelaron con perfiles bien diferentes a los que de modo general condicionaban el medio en que vivía. Yo no fui una niña ni una joven como las demás. Mi hogar fue siempre —lo es todavía— una especie de isla en la isla, regido por normas de educación en desacuerdo casi siempre con las que gobiernan el medio. He marchado, como quien dice, a contrapelo de las manifestaciones exteriores de una vida colectiva que choca con mi modo de ser. Mis hermanos y yo tuvimos siempre un amigo extraordinario, un camarada encantador, un consejero excepcional, en nuestro padre. En una época mediocre y positivista, él sembró en nuestros corazones anhelos de superación y sueños de idealidad. Siendo médico, nos inició con tacto de padre y con delicadezas de pedagogo en los misterios de la fisiología; bebimos en la fuente clara, diáfana y pura del conocimiento oportuno y gradual de las leyes de la naturaleza lo que generalmente aprenden todos los niños en las charcas oscuras de la confidencia maliciosa, la curiosidad clandestina o la lectura pornográfica. Siendo poeta, nos enseñó a amar la belleza en todas sus manifestaciones, cultivando en nuestras inteligencias una feliz disposición para comprender lo bueno y lo bello de la vida. Siendo recto y leal, nos enseñó a amar los valores fundamentales de la humanidad: el hombre vale por justo, por honrado, por sereno, por delicado, por bueno, por generoso, por noble, y no por su raza, su creencia religiosa, su situación económica o su posición social. Nosotros hemos tenido fe, desde pequeños, en la fortaleza de la vida, en la solidez de la amistad, en la pureza y grandeza del amor. Hemos tenido confianza en nosotros mismos; hemos procurado seguir siempre los dictados de nuestra conciencia. Nuestras raíces se han nutrido en savias de cordialidad humana, de espíritu tolerante y comprensivo, de fe en la superación perenne de los destinos del hombre. No desconocemos nuestros defectos, que son muchos, ni nos enorgullecemos de ellos. Procuramos, simplemente, corregirlos y modificarlos.

No va, pues, a hacer algunas observaciones en torno al «pepillismo» una «furibunda panfletista», como esperarán unos, ni una «mujer de letras», como esperarán otros; sino una criatura simplemente humana, deseosa de contribuir en alguna forma a la dignidad de la vida del espíritu y al reflorecimiento de la cultura ciudadana. Ofrecerá primero una definición general de lo que yo entiendo por «pepillismo». Téngase bien presente que ni la agradable y atrayente coquetería de las muchachas ni el espíritu ligero y divertido de los jóvenes constituyen, a mi juicio, síntomas de «pepillismo». «Pepillería» es otra cosa; es una especie de «cocktail» donde se mezclan dosis diversas de ignorancia, de mediocridad, de vulgaridad, de petulancia, de inconsciencia y de irresponsabilidad. Se es «pepilla» o «pepillo» en la medida en que se vive una vida sin contenido ético ni estético de ningún género. Una muchacha coqueta puede dignificar su coquetería con mil detalles de buen gusto que lograrán hacer de ella una criatura encantadora; una «pepilla», por el contrario, convierte la coquetería femenina en recurso vulgar que solo tiene por objeto llamar la atención de los demás hacia los aspectos menos interesantes de su persona. La «pepilla» carece del instinto natural de la elegancia tanto como de los sentimientos legítimos del buen gusto. Es siempre inoportuna, fanfarrona, estridente y cursi. Pero lo es, aunque parezca paradójico, sin darse cuenta. Piensa de sí misma que es graciosa, cuando es simplemente burlona; que es elegante, cuando es simplemente llamativa; que es maliciosa, cuando es simplemente procaz. Le parece de buen tono romper con las normas de educación más elementales. Egoísta en el fondo, vive por sí y para sí, sin que le importen un comino los dolores, las bellezas o las alegrías del mundo que la rodea. Oscila como un péndulo entre virtudes que solo conoce de oídas, en sus aspectos menos agradables, y vicios que casi nunca practica, pero que le proporcionan una suerte de goce cerebral.

«Pepillismo» es algo equidistante de la virtud austera y del vicio desenfrenado. «Pepillismo» es, sustancialmente, carencia del sentido de la responsabilidad, falta de comprensión frente a la vida, ausencia absoluta de vida del espíritu, atrofia del carácter y catalepsia de la voluntad. El «pepillo» y «la pepilla» se desconocen a sí mismos; para ellos la gravedad se confunde con la pesadez, la seriedad con la pedantería, la gracia con la burla. No comprenden que se pueda, en ciertos momentos de la vida, ser graves sin ser pesados, ser serios sin ser petulantes, ser finos y graciosos sin caer en extremos de chabacanería. Han florecido, desde pequeños, en jardines que no les han cultivado sus inteligencias ni sus corazones; no saben sentir, no saben amar. Por regla general, no han vivido en verdaderos hogares —concreción de ternuras, de cooperación inteligente, de tolerancia, de fe, de confianza, de estimación y de cariño—, sino en «casas» donde las relaciones de familia se desarrollan en medio de rencillas, de egoísmos, de durezas, de ambiciones mezquinas y de ejemplos poco edificantes; madres buenas, tal vez excesivamente buenas, pero sin carácter, sin voluntad, resignadas, escépticas, despreocupadas, incapaces de convertirse en las mejores amigas de sus hijos, padres indiferentes, despóticos, egoístas, que los mantienen con mayor o menor liberalidad, pero que no son sus mentores ni pueden casi nunca servirles como altos ejemplos; hermanos carentes de ese profundo sentido de la fraternidad que se elabora compartiendo juntos penas y alegrías, triunfos y fracasos, sueños de mejoramiento o ideales de superación. Los «pepillos» y las «pepillas» son, de este modo, la floración inútil y sin trascendencia de organismos sociales en pleno proceso de descomposición.

Con pena de mi alma, yo he visto a la «pepillería» de mi país vegetar como parásitos de un medio social que nada le debe, que nada recibe de ella. «Pepillos» y «pepillas» ignoran que hay algo superior a la vulgaridad de sus maneras: la encantadora delicadeza espiritual de los buenos modales; que hay algo muy superior a su procacidad sin raíces entrañables:

la delicia finamente sensual de los amores puros y le- gítimos. Prefieren una falsa camaradería a la amistad de buena ley, una despreocupación irresponsable ante las vastas complicaciones de la vida al profundo y cordial sentimiento de la solidaridad humana que fortalece nuestro carácter, depura nuestro espíritu y vigoriza nuestra conciencia. Respiran en una atmósfera de chismes, de intrigas, de calumnias y de mal gusto, no en la atmósfera de las finalidades nobles y levantadas de la existencia. La vida es bella, y ellos la desconocen. La vida es generosa, desesperada, fecunda, trágica, intensa, voluptuosa, humana, divina, y el «pepillo» y la «pepilla» la sienten solamente como un vacío que no saben cómo llenar, como una amargura que decididamente no quieren sufrir.

Siento vergüenza por el «pepillismo» cubano, un lastre más entre los tantos que pesan como plomo sobre la vida paupérrima de la República. El «pepillismo» constituye un espectáculo triste y es el índice pobre de la cultura y la espiritualidad de un pueblo digno de mejores destinos. Inunda al país, lo agobia, lo hunde. El «pepillo», ignorante, chismoso y descortés, se pasa la vida en las aceras de los establecimientos comerciales, en los parques públicos y en las mesas de los cafés hablando mal de las hermanas de sus amigos, de sus propias hermanas; el único deporte que practica es el de calumniar a todas las mujeres, y aún a todos los hombres; ve un espectáculo de miseria física y moral a su alrededor y es incapaz de preocuparse por él, no se le ocurre siquiera que podría remediarlo; gasta el dinero de su familia, si es rico, o pesa gravosamente sobre sus sacrificios, si es pobre; no es vicioso, pero le encanta parecerlo, oculta su desoladora cobardía moral bajo una máscara que a nadie engaña de frivolidad y de fanfarronería. La «pepilla» confunde el «flirt» sin elegancia espiritual con el amor verdadero que, suave y confortante como un oasis de paz o delirante y dramático como un torrente avasallador es, siempre, la primera ley de la vida; asiste a los actos sociales solo para poner de manifiesto su tontería y su malacrianza; presume de una libertad que apenas si se manifiesta en los detalles intrascendentes del cigarro y del whisky; se burla de todo; ostenta, junto con las baratijas del Ten Cent que convierten en muestrario de bisutería barata sus manos, sus brazos, su pecho y su cuello, modales groseros, fraseología vulgar, risas intempestivas y carencia de cultura; siendo, en el fondo, buena e inofensiva, adopta actitudes de vampiresa cursi y trata de aparentar vicios que solo conoce de oídas. Un hombre bueno le parece un tonto; un hombre caballeroso y correcto le parece «poco hombre». Los «afeminados» la divierten. Los «pepillos» le encantan. Carece de ideas propias; en general, carece de ideas. El mundo se destroza, y ella no se da cuenta. Mujeres de toda la tierra sufren la espantosa tragedia de esta hora apocalíptica del mundo, y ella lo ignora. Cuando aparece en la pantalla el cuerpecito destrozado de un niño chino, de un niño abisinio o de un niño español, la «pepilla» se sonríe y pronuncia en voz alta una frase mordaz. Vegeta en paz de Dios. Hace daño sin saberlo. Vierte veneno sin darse cuenta. Contribuye al afianzamiento de la vulgaridad y de la mediocridad sin sospecharlo. Mientras una parte honesta y heroica de la juventud cubana lucha contra un medio hostil en su afán de instruirse y educarse, superando y dignificando los valores totales de la vida del espíritu, el «pepillo» y la «pepilla» no hacen otra cosa que poner de manifiesto una de las más tristes lacras de nuestra sociedad.

Para la «pepillería» es de buen tono usar lenguaje de carreteros, desobedecer a los padres, no respetar a nadie, burlarse del amor, caminar, sentarse y gesticular groseramente, sin el menor asomo de comedimiento o elegancia. No me atrevo, sin embargo, a asegurar que deba recaer sobre la «pepillería» el peso de la culpa. Cabría preguntar a los hombres y a las mujeres que los trajeron a la vida: ¿Estáis seguros de que no es vuestra, principalmente vuestra, sino la culpa, por lo menos la responsabilidad? ¿Cómo habéis educado a vuestros hijos? ¿Qué ejemplos de dulzura, de tolerancia generosa, de respeto mutuo, de estimación y de amor les habéis ofrecido? Savia de vuestra savia, raíz de vuestra raíz, los «pepillos» y las «pepillas» han ido creciendo a vuestro lado, bajo vuestra sombra. ¿Qué habéis hecho por enderezar sus vidas, por dignificar sus almas, por fortalecer sus voluntades, por cultivar sus almas, por cultivar su inteligencia y por dulcificar su corazón?

Observo enternecida y preocupada el panorama del «pepillismo» cubano; no me inspira repugnancia ni desprecio, ni siquiera antipatía, sino más bien una afectuosa lástima. «Pepillos» y «pepillas» ajan su belleza, desfiguran su hermosura, empequeñecen su calidad humana. El veneno de sus calumnias los envenena a ellos mismos. Sus burlas y sus vulgaridades caen sobre sus propias cabezas. No respetan a la ancianidad, no aman a la niñez, desconocen los placeres sanos y normales de la juventud. Por el beso furtivo y la caricia procaz de la sala oscurecida del cinematógrafo, pierden la plenitud exaltadora de un beso de pasión honda y sincera, de una caricia intensa y delicada. No se dan cuenta de que nadie aplaude las expansiones de su mediocridad. Completan el cuadro desolador de mi país; son su negación, uno más de sus lastres, una más de sus vergüenzas. No saben que hay una vida: la del amor, la de la serenidad, la de la comprensión, la de la tolerancia, la del perdón. No saben que hay una vida: la de la conciencia. No saben que hay una vida: la del espíritu. No tienta a su audacia de pacotilla la sólida aventura de convertirse en hombres cabales, en mujeres verdaderas. Cierran los ojos para no ver el esfuerzo titánico que viene realizando nuestro pueblo para superar su destino; se tapan los oídos para no escuchar el grito lacerante de los que padecen hambre y sed de justicia. Irresponsables, inconscientes, esgrimiendo sus armas favoritas, la burla y la calumnia, el «pepillismo» cubano cubre, tal una hiedra maldita, el árbol rozagante de nuestra juventud.

Ignora que le aguarda, le reclama y le necesita, una vida mejor.

MARIBLANCA SABAS ALOMÁ (Santiago de Cuba, 1901 – La Habana, 1983). Poetisa, periodista y dirigente feminista. Formó parte del Grupo Minorista, de la Liga Antimperialista y del Club Femenino de Cuba. Perteneció a la redacción de las revistas Bohemia y Carteles y tomó parte en la lucha contra la dictadura de Machado. En 1934 participó en la fundación del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico). También fue periodista de los diarios El País y Avance. En 1939 resultó elegida delegada suplente a la Asamblea Constituyente por el PRC y participó en el Congreso Nacional Femenino como delegada. Fue Sub-Directora de la Dirección de Protección y Defensa del Niño (1942-45) y durante el gobierno de Carlos Prío se desempeñó como Ministro Sin Cartera. Recibió la Orden Nacional de Mérito Carlos Manuel de Céspedes con el grado de Gran Oficial. Tras el golpe de estado de Batista cesaron sus cargos oficiales. Después del triunfo revolucionario ingresó en la redacción de El Mundo; más tarde colaboró en las revistas Romances y Mujeres. Autora de los ensayos La rémora (1921) Feminismo. Cuestiones sociales, crítica literaria (1930) y de Lectura comentada de prosa y verso de Gabriela Mistral (1931). El presente artículo fue localizado en Revista de la Asociación de Viajantes del Comercio de la República de Cuba número 134. La Habana, agosto de 1939, pp. 13-15, por el investigador Ricardo Luis Hernández Otero, quien lo puso a nuestra disposición.