¿San Yarini?

Por: Johan Moya Ramis

» El inquietante artículo

Meses atrás, un amigo me puso al corriente de un artículo on-line publicado en la revista digital Cibercuba, titulado «Yarini, “el nuevo santo milagroso” en el Cementerio de Colón». La autoría del texto pertenece a Federico Beltrán, quien se mostraba perplejo ante las palabras de dos testimoniantes, cuyos nombres no se mencionan en el artículo, los que confesaron ir al Cementerio de Colón a pagar promesas ante la tumba del que fuera llamado el Rey de San Isidro.

Al leer la citada publicación no pude menos que compartir el asombro con el colega Beltran. Como teólogo, no podía dejar de preguntarme el origen de tal actitud. Desde los presupuestos de la teología más elemental, pasando por las creencias religiosas populares, la idea de que Alberto Yarini Ponce de León (1882-1910) pudiera ser considerado un santo milagroso me resultó interesante y al mismo tiempo perturbadora. Porque, como bien dice en su texto Federico Beltrán, «si algo nunca fue Yarini en vida, fue eso: UN SANTO»;1 sino todo lo contrario.

» Yarini el vivo y el silencio de la historia oficial

La corta e intensa vida de Alberto Manuel Francisco Yarini Ponce de León no se encuentra recogida en ningún libro de carácter académico-historiográfico publicado antes o después de 1959. Este silencio de la historia oficial sobre Yarini puede obedecer al hecho de que la disipada vida del famoso proxeneta habanero no encaja en la zona moralizante de la historiografía conservadora, ya sea en su versión burguesa-capitalista o proletario-revolucionaria. Un ejemplo de lo que acabo de decir lo evidencia el tratamiento dado a la figura de Yarini por los conocidos sitios referenciales Ecured y Wikipedia. En el primer caso, Alberto Yarini aparece descrito como un «Hombre superficial y ambicioso dotado de gran carisma personal, del don del liderazgo, del gusto por el vicio y el peligro y de una enorme habilidad para manipular a sus semejantes, de todo lo cual usó sin restricciones en la vana función de alimentar su insaciable egolatría, sí, pero también para alcanzar grandes triunfos sociales que, de no haber detenido la muerte, pudieron llevarlo hasta el Palacio Presidencial de la República de Cuba».2 Wikipedia3 lo cataloga de «chantajista y un chulo» de la guerra de independencia cubana (esto último, completamente falso) y como símbolo de la cubanidad para muchos cubanos.4

La documentación primaria que existe en Cuba sobre Alberto Yarini puede encontrarse en la prensa y los archivos de 1910. Los periódicos de la época dieron gran cobertura a los sucesos que rodearon el atentado contra la vida de Yarini a manos de un proxeneta rival y sus secuaces, así como a la procesión fúnebre y su entierro en la Necrópolis de Colón.

De modo que no resulta extraño el hecho de que, hasta el momento, han sido las investigaciones de carácter periodístico las que aportan la información más valiosa sobre la vida de este singular personaje de la historia de Cuba. Entre los textos más relevantes se encuentran el libro San Isidro, 1910. Alberto Yarini y su época (2000), de la poetisa y editora Dulcila Cañizares Acevedo, y un artículo incluido en El viaje más largo (1994) del escritor y periodista Leonardo Padura Fuentes. Para la literatura y la cinematografía cubanas la figura de Yarini tampoco ha pasado inadvertida. Vale resaltar dos obras de teatro, Requiem por Yarini (1978), de Carlos Felipe, pieza teatral que ha tenido más de una versión en la televisión cubana, y El gallo de San Isidro (1964) del dramaturgo José R. Brene. Dentro del género de novela se encuentra Flores para una leyenda (2005) del escritor e investigador Miguel Sabater Reyes, obra de marcado acento testimonial. En la cinematografía encontramos la película Los dioses rotos (2008), opera prima del cineasta Ernesto Daranas, ampliamente laureada por la crítica.

Las fuentes y las investigaciones antes mencionadas brindan una biografía bastante completa de la vida de Alberto Yarini. Era el segundo hijo varón de Cirilo José Aniceto Yarini Ponce de León, un eminente y renombrado cirujano dentista, y Juana Emilia Ponce de León, refinada dama habanera, emparentada lejanamente con los Condes de Pozos Dulces. Alberto Yarini recibió la mejor educación de su época, pero a pesar de tener un abolengo familiar de antepasados y parientes entregados a las ciencias, la cultura y las buenas costumbres, en algún punto del camino en su más temprana juventud algo se torció de forma definitiva, hasta ganar la merecida fama de proxeneta, politiquero y camorrista, entre otros adjetivos poco decorosos.

Según la investigadora Dulcila Cañizares, la costumbre entre los jóvenes de la alta sociedad habanera de principios del siglo XX de tener una o dos mujeres de clase baja como prostitutas al servicio de ellos, pudo haber sido una puerta de entrada para el proxenetismo de Alberto Yarini. A esto se suma el hecho de que las descripciones brindadas por testigos,5 ya fallecidos, que le conocieron, decían de él que era un hombre imponente: gozaba de una envidiable complexión física, era bien parecido y siempre iba vestido de manera impecable. Su forma de hablar resaltaba su educación, aunque sin pedantería. Su tono de voz iba sobre lo bajo y firme. Al mismo tiempo era valiente y arrojado. No tenía ningún reparo en liarse a los piñazos o a los tiros con quien fuera necesario. No menospreciaba a nadie por su condición social y trataba con respeto tanto al senador como al carbonero. Esta mezcla de desprejuicio social y un coraje de acentuada violencia le valieron ingresar en la fraternidad Abakuá.6 Las descripciones recopiladas en testimonios y escritos sobre su vida, apuntan a que Yarini poseía una excelente psicología de masas, que le permitía conectar afectivamente con personas de diversos estratos sociales. Esto último se puso de manifiesto cuando sus amigos vinculados al Partido Liberal —en especial Federico Morales Valcárcel (1880-1976)— le conminaron una y otra vez a que dejara la vida de chulo y abrazara la carrera política, en la cual le auguraban grandes éxitos. Pero Yarini tenía otro destino, el cual se selló en la tarde del 21 de noviembre de 1910, cuando cayó en una emboscada a tiros tramada por su rival francés Louis Letot y un grupo de sus compinches, quienes lo hirieron de gravedad. Yarini murió al día siguiente. Su sepelio fue uno de los más concurridos durante la republica mediatizada. Se dice que parecía un día de duelo nacional, y la procesión no estuvo exenta de violencia.

La combinación de todos estos elementos hizo de Alberto Yarini en vida una suerte de rara avis de su tiempo. La investigadora Dulcila Cañizares sugiere la idea de que él encaja en el arquetipo del antihéroe, al mismo tiempo que su figura, con el devenir de los años, se transformó en un mito social.7 Es precisamente en esta zona nebulosa en la que confluyen el mito, la leyenda con sus múltiples variaciones, las vivencias personales, la narración oral y los testimonios cuyos contenidos escapan al ojo riguroso de las llamadas «ciencias duras», donde tiene lugar el culto religioso creado alrededor de la figura de Alberto Yarini.

» Yarini el muerto en la religiosidad popular cubana

¿Cuándo y cómo la figura post mortem de Alberto Yarini se convirtió en objeto de culto religioso? Es difícil saberlo con exactitud. Las historias al respecto se pierden en el laberinto del tiempo. Como todo culto que emerge de la religiosidad del pueblo, la devoción a Yarini es espontánea; de ahí lo imposible de encontrar su origen. La hipótesis más sostenible es que al convertirse en una figura legendaria, en algún momento de la historia pasó de ser humano para transformarse en una suerte de deidad del pueblo. Este hecho remite, salvando los contextos históricos, a la conocida génesis de los semidioses griegos (ya carentes de poder divino) y también de los orichas del panteón afrodescendiente cubano (en pleno apogeo de actividad divina). Por otra parte, la propia espontaneidad religiosa va acompañada por una forma muy personal de creer, lo cual la deja desprovista de fundamento teológico alguno, corpus doctrinal, dogmático o litúrgico, en comparación con los grupos religiosos organizados como los casos del judaísmo, del cristianismo y el islamismo. La fe que actúa en la religiosidad popular, aunque no puede prescindir de Dios, su acción no tiene lugar en el plano de la relación entre el Altísimo y el hombre, sino en la relación del hombre con los obstáculos de la vida cotidiana, repleta de eventos que su mortal y limitada existencia no puede prever. Para ello se vale de signos, objetos, ritos y la relación con los difuntos, que ayudan a la consolidación y continuidad del culto. La combinación de todos estos elementos goza de libertad y flexibilidad, lo cual permite adaptarse sin grandes complicaciones al medio en que se desarrolla. Su límite está en la propia conciencia y experiencia del creyente, ya que es ahí donde se refleja y verifica el resultado de esta fe no canonizada, pero también se vierten los miedos, la incertidumbre y la superstición.

Como expresión de la religiosidad popular cubana, en el culto a Yarini se pone de manifiesto el profundo arraigo de la relación entre los vivos y los muertos. En el caso específico de Cuba, dicha relación está presente en todos los cultos afrodescendientes de la Isla y sus respectivos sistemas oraculares. Es la piedra angular en el espiritismo de cordón, el espiritismo kardesiano y el espiritismo cruzado. Roza con las prácticas católicas acerca del trato a los seres queridos que ya abandonaron este mundo, e incluso dicha relación entre vivos y muertos puede encontrase en el accionar de la quiromancia y la cartomancia en Cuba. Para muchas personas, el contacto con espíritus forma parte indiscutible de su experiencia diaria. No sería un error hacer la afirmación de que en nuestro país es casi imposible hablar de las creencias populares y dejar de lado la relación entre difuntos y vivientes.

Los devotos de Yarini son la prueba viva de dicha afirmación. Realizan ritos espontáneos de carácter sacro-mágico, le hacen promesas y peticiones, que en la mayoría de los casos van acompañadas de una acción religiosa concreta. Las evidencias de este culto pueden verse en la tumba de Yarini en la Necrópolis de Colón: jardineras fúnebres con dedicatorias a su nombre, flores, tabacos, botellas de ron, monedas, entre otros artículos. Fuentes testimoniales confiesan que mediante estas dádivas al espíritu de Yarini, establecen contacto con él y encuentran seguridad y respuestas a sus incertidumbres de la vida cotidiana. Se sienten reconfortados y complacidos por la influencia del célebre muerto a la hora de llevar sus cargas, de modo que para ellos Yarini se ha convertido en una entidad luminosa, un guía espiritual y pagador de promesas para aquellos que acuden a él.

Pero… ¿cómo es posible que Alberto Yarini, que en vida fue un hombre violento, un explotador de mujeres, que murió sin arrepentimiento alguno por la existencia inmoral que ostentaba, pueda ser objeto de culto religioso y/o un ente luminoso?

Por supuesto, muchos de los que se hacen esta pregunta —me incluyo entre ellos—, la lanzan, tal vez sin saberlo, desde un presupuesto escatológico propio del cristianismo. En la concepción cristiana, después de la muerte las almas de los vivos tienen una retribución de acuerdo con sus buenos o malos actos ante Dios. En la escatología cristiana, más allá de la muerte no hay posibilidad de cambiar el destino que el hombre mereció al morir. Después de la muerte nadie puede merecer o desmerecer. Ya no hay tiempo para emendar los errores irredentos cometidos en vida, sobre todo cuando se trata de pecados mortales. Siendo así, al difunto le queda asumir las consecuencias de aquello que no corrigió durante su paso por el reino de este mundo. Solo si abrazó con sinceridad la redención de manos de Dios en la persona de Jesucristo de manera oportuna, estas consecuencias pueden ser erradicadas por la Gracia de Dios. Tomando en cuenta esto, a la luz del pensamiento cristiano, el espíritu de Yarini está muy lejos de la posibilidad de ser un ser luminoso en el «más allá». Más bien está muy cerca del infierno o del purgatorio.

Pero dentro de las creencias animistas y sacro-mágicas cubanas, en particular aquellas que están estrechamente relacionadas con los ritos y cultos a los difuntos, esta concepción retributiva cambia. Pero dado el eclecticismo de la religiosidad popular cubana, toda explicación escatológica sistemática es casi imposible. En este punto, solo podemos poner de manifiesto los aspectos que más sobresalen en las prácticas de dicha religiosidad.

En la religiosidad popular la muerte es un paso hacia la trascendencia. El muerto entra en una dimensión de autocomprensión que va acompañada de posibilidades y poderes que nunca tuvo en vida. Adquiere un conocimiento que está por encima de toda regla temporal. De forma tal que pasado, presente y futuro son para este una misma cosa. El muerto está fuera del tiempo y sus ataduras. Libre de las limitaciones de la corporeidad humana, al morir, «el muerto gana en amplitud expresiva individual, alcanza el auto reconocimiento muchas veces ni siquiera intuido en vida».8

No obstante, esta libertad no es total. El difunto está confinado a una dimensión en la que se encuentra tras su deceso, dimensión esta que tiene sus propios límites. A esta dimensión solo tienen acceso los vivos a quienes les es dado el «don» o la «gracia» de penetrar en ella.

Sin embargo, según algunas creencias espiritistas, el muerto carece de comunicación directa con Dios, no ignora la existencia del Altísimo, pero no le es dada esa posibilidad, a pesar de que en su sustancia hay una pequeña chispa de divinidad. Esto se debe a que en determinados sectores de la religiosidad popular, Dios es un ser pasivo e inaccesible. Sin él no se puede hacer nada, por eso se pide su venia para cualquier acto, pero no debe ser molestado para resolver los problemas más cotidianos. Para eso están los espíritus de los difuntos, más cercanos a las inquietudes y desvelos de los vivos. De modo que los vivos constituyen el punto de contacto del muerto con Dios, al mismo tiempo que ayudan a paliar la soledad del muerto, ya que este último, como bien dice el reconocido investigador y etnólogo cubano Joel James Figarola (1942-2006): «al carecer de filiación social, al no tener opciones de intercambio por sí solo con sus semejantes de ultratumba, es un ente vivo pero carente entre los suyos de toda posibilidad de expresar o de recibir solidaridad; es por definición y como contrapartida de lo que ha ganado como individualidad, un ser abrumadoramente solitario. Trágicamente solitario, horriblemente solitario. Y de esta triste condición solamente lo pueden salvar los vivos».9 Así, entre el difunto y el viviente se va creando una simbiosis condicional donde ambas partes salen beneficiadas: el vivo obtiene respuestas a sus incertidumbres, puede adelantarse y neutralizar (de ser posible) la acción negativa que se interpondrá en su camino, y el muerto gana en progresión y luminosidad. Esta misma complementariedad entre vivos y muertos es lo que ha hecho relevante y ha dado forma al culto de Yarini. Su pasado irredento no afecta en lo absoluto su actual y notable dimensión escatológica. Durante la preparación del presente artículo tuve la oportunidad de entrevistar a personas que van a la tumba del Rey de San Isidro a rendirle homenaje y ofrendas. Estas personas no tienen ningún conflicto con la historia de dudosa moralidad que en vida tuvo Yarini, sino que su contacto con este llega a través del mundo de las creencias espirituales más allá de la muerte.

Esto nos lleva a hacernos otra pregunta de rigor. Además de la actitud de fe de los devotos, ¿existen pruebas de la manifestación del propio Yarini como espíritu? Dulcila Cañizares recoge un interesante testimonio,10 que tuvo lugar durante una conversación telefónica de la citada investigadora con María Basterrechea Zarduendo, hermana de José (Pepito) Basterrechea, quien fuera íntimo amigo de Yarini. En esta conversación la hermana de Basterrechea hizo referencia a dos anécdotas que quizá respondan a nuestra interrogante. La primera de ellas es que al poco tiempo de la muerte de Alberto Yarini, Pepe Basterrechea tuvo un sueño con su caro amigo fallecido. En el sueño Yarini le dijo: «Pepe, dile a Papá que te diga lo que yo le dije que te dijera». Al día siguiente Pepe fue a ver al padre de Yarini y le pidió que le dijera el recado que Yarini le había dejado. El padre de Yarini se sorprendió y le preguntó a Pepe de dónde había sacado esa información. Él le respondió: «Yo soñé que Alberto me lo decía». Al escuchar esto el padre de Yarini se echó a llorar y respondió: «No, lo que Alberto me dijo que te dijera me lo llevo a la tumba». El segundo hecho tuvo lugar en cierta ocasión que Pepe Basterrechea estaba solo, sentado en el portal de un hotel y llegó un hombre y le dijo: «Usted está muy bien acompañado. Ese que ahora está al lado suyo nunca lo abandona y lo cuida y lo ayuda». En este mismo orden de lo onírico, está el testimonio de Norberto Cabrera y Páez, trabajador del Cementerio de Colón desde hace más de veinte años. Más conocido por «Bigotes», Norberto es el custodio de la célebre tumba de La Milagrosa. Durante una conversación con él me contó que en cierta ocasión había dado mantenimiento al panteón donde reposan los restos de Alberto Yarini y esa misma noche soñó que estaba frente a la tumba abierta de Yarini, y le llevaba flores y una botella de ron. Al despertar el día siguiente, Norberto llegó a la conclusión de que Yarini estaba demandándole estas ofrendas, y sin dilación compró un ramo de flores y una botella de ron y los depositó en la tumba.

Ya en un segundo plano que cae en el terreno de lo sugerido, Leonardo Padura da entender en su libro El viaje más largo que al espíritu de Yarini se le ha visto vagando por las calles del barrio de San Isidro.11 En la película Los dioses rotos uno de los personajes ostenta una nganga o prenda en la cual el muerto que la preside no es otro que el mismo Yarini.12 Sé que a la luz de las llamadas ciencias duras, escépticos, ateos y agnósticos pueden no darle ningún crédito a lo antes dicho, pero en la actualidad, las ciencias exactas han demostrado no ser tan exactas como pretendían ser. Por otra parte, el acto de fe y las manifestaciones que lo mueven no pueden ser medidos o aquilatados por ningún instrumento científico.

No obstante, las razones o causas objetivas de análisis no deben, bajo ningún concepto, ser dejadas de lado. Dentro de los aspectos constatables, está el hecho de que las creencias religiosas populares, aunque estén extendidas en todos los estratos sociales, tienen su núcleo en los grupos humanos menos favorecidos en la escala jerárquica de cualquier sociedad. Se asientan en los grupos que padecen desigualdad, pobreza o experimentan diversas formas de exclusión social que les dejan al margen. Esto se acentúa en medio de períodos de crisis e inestabilidad económico-social, como es el caso de nuestro país. No quiero decir con esto que la pobreza o vivir en un estatus de latente incertidumbre e inseguridad socioeconómicas, es la única causa posible para que las personas se abran a una creencia religiosa que ayude a enfrentar los malos momentos de la vida. La fe, los sentimientos religiosos y cualquier otro rasgo de espiritualidad en general, son fenómenos que se dan por múltiples causas en la interioridad del hombre. Establecer dicotomías en este territorio tan íntimo y lleno de complementariedad e interdependencia dentro del ser humano, es un grave error epistemológico.

» Yarini ¿un santo?

No, Alberto Yarini no clasifica como santo, ni aun en el seno la religiosidad popular. Sin embargo, su legitimación como muerto luminoso y guía espiritual, para algunos, es incuestionable ¿Es milagroso? De acuerdo con los entrevistados que van a ponerle ofrendas a su tumba, sí lo es.

El culto a Yarini cierra una triada de otros dos muertos célebres por sus milagros que reposan en el Cementerio de Colón: Amelia Goyri, conocida como La Milagrosa, y Leocadia, famosa médium que canalizaba al espíritu del hermano José o «Taita José», como también le llaman sus creyentes. En comparación con estos dos, la devoción a Yarini es discreta, y aunque ha pasado prácticamente inadvertida por la mayoría de los periodistas e investigadores que han dedicado su estudio a la riqueza cultural del Cementerio de Colón, se está comenzando a ver cierto interés por parte de personas que, al parecer, desean aunar a los creyentes en Yarini.13 Es difícil ver ante su tumba grandes grupos de personas como en los casos de Leocadia o La Milagrosa, pero Norberto, el custodio de la célebre Madonna, me aseguró que el flujo de visitantes en la tumba de Yarini es constante, lo cual quiere decir que este culto tiene vitalidad. Llama la atención que los difuntos que han devenido en objeto de devoción fueron personas ejemplares en vida. Sin embargo, Alberto Yarini es una llamativa excepción. La entronización espiritual de un personaje como él provoca múltiples interrogantes y amerita una investigación más profunda, dirigida a esa zona del tejido social subterráneo cubano que ningún proceso social en la Isla —ni antes de ni después de 1959— ha podido transformar. Pero esta tarea supera la extensión y el propósito de este artículo. En el orden socio-religioso, el culto a Alberto Yarini evidencia que la religiosidad popular cubana tiene derroteros insospechados y tal vez hasta desviados, porque desplaza lo canónico, elimina fronteras moralizantes, recodifica el pasado de manera heterodoxa y destrona toda jerarquización teológica. Ante este fenómeno, y todo lo que dentro de él pueda resultar contradictorio o paradójico, solo me resta decir que los caminos del Señor son misteriosos, como insondables son sus designios, sobre todo para un humilde mortal como yo.

 

Notas:

 

1 https://www.cibercuba.com, visto el Jun 22, 2016. 2 https://www.ecured.cu/Alberto_Yarini,  visto  el

14/02/17.

  • https://en.wikipedia.org/wiki/Alberto_Yarini visto el 14/02/1
  • Debo resaltar el hecho de que tanto las fuentes de Ecured como las de Wikipedia son poco fiables por su ca- rácter Ninguno de los citados sitios referenciales se tomó el trabajo de buscar fuentes primarias y bien documentadas a la hora de elaborar el artículo.
  • La obra citada de Dulcila Cañizares es bien rica en estos testimonios.
  • «Yarini el Rey» Leonardo Padura Fuentes, en El viaje más largo, Ed. Unión, 1994, pp. 181.
  • Ver «Yarini ¿mito o antihéroe?» Dulcila Cañizares, en La intimidad de la historia, ICAIC, La Habana, 2013.
  • V. A. A. «La vida y la muerte en el espiritismo de cordón» En Religión y muerte. Ed. Oriente, Santiago de Cuba, 1994.
  • Cañizares, San Isidro 1910. Alberto Yarini y su época. Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2000, p. 62.
  • Padura Fuentes, Leonardo Cit. p. 182.
  • Tuve la oportunidad de dialogar vía e-mail con el cineasta Ernesto Daranas, quien confirmó que durante la investigación para la realización del film tuvo acceso a fuentes de información que fueron claves para la realización del guión.
  • De ello da testimonio Jorge Domingo Cuadriello, jefe de redacción y editor de Espacio Laical, quien el 5 de marzo de 2017 vio una nota dejada en la tumba de Yarini en la cual sus redactores solicitaban entrar en contacto con los que «sintieran afinidad con la historia de Yarini» e incluso aportaban dos direcciones de correo electrónico para facilitar la comunicación.