¿Cuáles son hoy los paradigmas de los jóvenes cubanos?

Por: Jorge Domingo Cuadriello

Una advertencia preliminar: Este artículo ofrece, desde el título hasta la última oración, más interrogantes que afirmaciones. Tiene su origen en una duda y no aporta conclusiones; más bien aspira a estimular la reflexión acerca de una de las problemáticas presentes en la juventud cubana. Que cada cual haga entonces su análisis de acuerdo con sus principios y con su perspectiva.

Hace ya algunos años me comentaba un viejo abogado de apellido Betancourt: “Cuando yo era un adolescente y vivía en Batabanó, un pueblo muy humilde de pescadores y recolectores de esponjas, veía llegar casi todos los domingos al chulo Marcelino manejando un auto descapotable y vestido con un traje dril cien. Iba a visitar a su familia; pero antes se detenía en la bodega de la esquina, invitaba a sus numerosos amigos a tomar cerveza y a los menores nos compraba dulces y refrescos. Marcelino era alto, apuesto, muy risueño, de unos treinta años; usaba cadena de oro y sortijas y se sabía que controlaba un prostíbulo en el barrio de Colón. Yo lo miraba, admirado, y si alguien me hubiera preguntado entonces como quién yo desearía ser cuando fuese grande le habría respondido sin titubear: como Marcelino. Él era mi ídolo.”

En cada época los jóvenes han tenido sus paradig- mas, sus ejemplos a imitar o a seguir, siempre a partir de un sentimiento de admiración que puede tener diversas causas. Durante el período de la República Española, José Antonio Primo de Rivera (1903-1936), fundador de la Falange, logró reclutar a miles de jóvenes animados por un nacionalismo y un catolicismo extremos, quienes mantuvieron en alto su estandarte y su veneración mucho tiempo después de haber sido fusilado. El famoso cantante Elvis Presley y el actor James Dean, símbolo de una generación, tuvieron en los Estados Unidos a partir de finales de la década del 50 a incontables imitadores. En los últimos años, también en España, el joven profesor y politólogo Pablo Iglesias, quien usa pelo largo y desdeña la etiqueta, ha logrado aglutinar a no pocos jóvenes indignados por la corrupción y la ineptitud de la clase política española. El canadiense Terry Fox (1958-1981), a quien le diagnosticaron cáncer a los 19 años y hubo que amputarle una pierna, dio al mundo un ejemplo de tenacidad en su lucha por la vida a través de las carreras de maratón en que participó, y hoy constituye un ejem- plo para los aquejados de tan terrible enfermedad. Son estos algunos ejemplos que pueden servir para indicarnos que la ideología, el espectáculo, el deporte, el cine, la política, son algunas de las sendas que conducen a que un joven se convierta en paradigma para los de su generación.

En Cuba, a lo largo de su breve historia, cada momento ha tenido también a representantes de la juventud convertidos en modelos a imitar, muchas veces asociados a las luchas patrióticas o a un proyec- to político. En el siglo XIX la juventud camagüeyana sintió devoción por Ignacio Agramonte, El Bayardo, y se lanzó a la manigua redentora tras aquel abogado de solo 27 años. En sus virtudes como cubano, en su ética personal y en su inteligencia había sobrados motivos para la admiración. En el terreno de los autonomistas, no mucho menor nivel de encantamiento logró desde la tribuna el culto orador José Antonio Cortina (1853-1884), también prematuramente desaparecido. Eran tiempos de agitación política y de enfrentamiento de ideas, y esa circunstancia animaba entre los “pinos nuevos” la búsqueda de referentes.

Ya en el siglo XX, y después de instaurada la República, encontramos a Julio Antonio Mella convertido en un paladín para amplios sectores del estudianta- do universitario y de los jóvenes obreros, incluso de aquellos que no compartían sus postulados comunistas. Las ansias de renovación social que lo impulsaban, su comportamiento ejemplar, su denuncia viril de los males del sistema establecido e incluso sus éxitos como deportista le granjearon entonces la simpatía de la juventud, que no mermó con posterioridad a su asesinato. Otro caso similar, pero de características muy diferentes, fue el de Antonio Guiteras, quien decidió predicar no con la palabra, sino con la acción. Era también hombre de pensamiento y tenía un proyecto político definido, como demuestran los pocos escritos que nos legó; pero eludía los discursos tanto como las componendas políticas y los artificios verbales. Su probado valor hizo que lo siguieran en Joven Cuba, como una esperanza cierta, no escasos partidarios, que tras su muerte en combate lo siguieron venerando, aunque algunos torcieron después el camino para caer en el más vulgar gansterismo.

El golpe de Estado de Batista de marzo de 1952, que pisoteó el sistema constitucional, dio paso a un régimen de fuerza y a una desvergonzada marrullería partidista protagonizada por individuos inescrupulosos, entre ellos los ambiciosos elementos que integraban la rama juvenil del batistiano Partido Acción Unitaria, los que solo podrían servir de patrón para aquellos que poseían su misma catadura moral. Ante aquella violación de los derechos constitucionales y la inoperancia o las luchas intestinas de las agrupaciones opositoras se irguió un joven abogado de 26 años y de nombre Fidel Castro que alcanzó a reunir a un amplio grupo de seguidores y llevarlos a la empresa titánica de tomar por medio de las armas la tercera fortaleza militar del país para emprender así la lucha dirigida a derrocar la dictadura. El proyecto fracasó, pero aquel líder de palabra fácil y denuncias contundentes se convirtió en un guía. Esto explica en no poca medida la exitosa trayectoria que lo llevó a tomar la conducción del país cuando solo contaba con 32 años. Tanto para los guajiritos de Niquero como para los imberbes empleados y estudiantes de la capital, Fidel Castro no solo era digno de respeto y de admiración, sino también de obediencia.

Las décadas transcurridas desde el inicio del proceso revolucionario en 1959 han visto ascender, desfilar y no pocas veces esfumarse a distintos jóvenes que en su momento, por la intachable conducta política que demostraban y por su incondicional entrega a la construcción del socialismo, según se decía entonces, parecían destinados a servir de ejemplos a las nuevas generaciones, arcilla del hombre nuevo. Uno de los primeros fue Joel Iglesias Leyva, el más joven Comandante del Ejército Rebelde, con solo 18 años, quien había sido herido varias veces en combate. En enero de 1960 fue designado presidente de la Asociación de Jóvenes Rebeldes y como tal tomó parte en numerosos actos públicos; pero tras la constitución de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) dos años más tarde su imagen se difuminó al compartir responsabilidades con otros dirigentes. Luis Orlando Domínguez y María Victoria Velázquez, llamados cariñosamente Landy y Vicky, de modo respectivo, así como Otto Rivero Torres, de voz muy maltratada de tanto gritar consignas, desempeñaron en etapas sucesivas la más alta responsabilidad de la UJC hasta ser luego defenestrados, en causas independientes, y caer en la invisibilidad. El muy locuaz Hassan Pérez Casanova con solo 18 años recibió el carnet de militante del Partido Comunista de Cuba y más tarde se graduó de Li- cenciado en Historia en la Universidad de La Habana con un índice académico astronómico: 5,21 puntos, lo que le valió ser elegido el alumno más integral de su graduación en esta casa de altos estudios. En 1999 fue elegido Presidente Nacional de la Federación Estudiantil Universitaria. Su voz se alzó en numerosos actos de reafirmación revolucionaria y sus discursos en la Tribuna Antimperialista José Martí y sus intervenciones en el programa televisivo La Mesa Redonda fueron compilados en el volumen de más de 500 páginas Palabra en combate: uno más (2001). Su figura se acrecentaba por día y todo parecía indicar que el destino le reservaba elevados puestos en el aparato político del país; sin embargo, un día apareció en una nota del periódico Granma que Hassan Pérez pasaba a “iniciar su vida laboral” y desde aquel momento su imagen pública se esfumó. Algo similar puede decirse de Roberto Robaina, Felipe Pérez Roque y Carlos Valenciaga. Todos ellos alcanzaron gran preponderancia en organizaciones juveniles, tomaron parte incluso en eventos nacionales e internacionales como dignos representantes de la nueva hornada de jóvenes cubanos y como relevo generacional de los que protagoni zaron el movimiento revolucionario. Mas escaso fue el tiempo que la estrella de cada uno de ellos brilló, y de haber sido en su momento tomada como norte por algunos, muy decepcionante habrá resultado el modo en que esta se apagó.

Arribamos entonces a la pregunta medular de estas líneas: ¿cuáles son hoy los paradigmas de los jóvenes cubanos? ¿Los nuevos dirigentes de la UJC y de la FEU, casi desconocidos? ¿Los famosos reguetoneros que ostentan varias cadenas de oro y bíceps musculosos, que aparecen siempre rodeados de bellas muchachas en ropas muy ligeras, tripulando un auto confortable o en una piscina haciendo movimientos pélvicos constantemente? ¿La bella mulata que logró conquistar a un italiano o a un mexicano y ahora envía fotos paseando por Roma o disfrutando de la playa de Acapulco?, o el mismo caso, pero invirtiendo el género: ¿el mancebo que casó con una alemana o una gallega y ahora está cómodamente instalado en Munich o en La Coruña?, ¿será Baby Lores, cantante de éxito que se tatúa la imagen de Fidel Castro y al mismo tiempo declara abiertamente que prefiere dedicar sus actuaciones a “la gente VIP” y que para él “la fama lo es todo”? ¿O acaso, para esos jóvenes que padecen de tantas carencias materiales y espirituales, el amigo de la infancia que viene de visita de Miami, donde se ha instalado, y deslumbra con su cargamento de ropas y regalos? Peor aún, ¿el que hace dinero a través del tráfico de drogas?

Si para aquel adolescente de Batabanó el proxeneta Marcelino constituía un ejemplo a imitar, muy triste sería que hoy, al cabo de sesenta años y después de tantos programas educacionales masivos y gratuitos, pasase a convertirse en un paradigma para sus antiguos compañeros de escuela, de Guantánamo o de Bolondrón, un joven que ha ido a vivir a La Habana y ahora explota sexualmente a dos o tres muchachas en el Parque de la Fraternidad o en la calle Monte.

Resulta impensable que un joven cubano, con al menos un poco de raciocinio, asuma como patrón a igualar a un playboy de Manhattan, al campeón de golf de Australia, a una modelo sueca o a un gigoló de la Riviera Francesa. Esos paradigmas se buscan por lo general en el entorno inmediato o cercano, donde estos ejercen una mayor influencia. Un joven profesional cubano —médico, arquitecto, veterinario—, por muy brillante que fuere, difícilmente sea tomado como ejemplo por otros de su edad debido a las limitaciones que nuestra circunstancia le impone al progreso material del ciudadano. Contados son los casos de profesionales jóvenes que solo con su esfuerzo personal pueden disfrutar de un apartamento propio, un auto, una semana en un hotel de Varadero. ¿Pasarán entonces a ocupar la posición de patrones juveniles aquellos que triunfan sin tomar en consideración los procedimientos y los valores éticos? Alguna institución, algún centro de investigación social, algún psicólogo tiene respuesta a esta pregunta que reitero: ¿cuáles son hoy los paradigmas de los jóvenes cubanos?