Fundamentalismo y fanatismo religioso en Cuba: una historia casi desconocida

Por: Johan Moya Ramis

El fanatismo y la supeditación a las palabras de supuestos iluminados y redentores pueden conducir a extremos delirantes como el que se recoge en este artículo, basado en hechos recientes ocurridos en La Habana.

En Cuba afortunadamente el fanatismo y el fundamentalismo religiosos no gozan de buena reputación, ni tan siquiera dentro del ámbito de los que profesan algún credo. No es extraño escucharle decir a un creyente, como si se tratara de una declaración de principios: “soy religioso, pero no un fanático”. Históricamente hablando, son muchos los estudiosos de la religión en Cuba que reafirman el hecho de que el cubano, a pesar de tener profundos sentimientos religiosos, no es un practicante sistemático y su fervor hacia lo divino suele ser circunstancial (como dice el refrán, el cubano se acuerda de Santa Bárbara cuando truena).

En el escenario religioso de Cuba predomina la religión cristiana en sus distintas denominaciones, que comparten un importante espacio socio cultural con las religiones afrodescendientes; en menor medida están los judíos, los musulmanes, los grupos budistas, y una amalgama de las representaciones de la llamada New Age o Nueva Era. De manera general, cristianos y no cristianos conviven en clima social de respeto, flexibilidad y tolerancia. A esto sumamos el hecho de que en nuestra estructura social aún existe un generalizado espíritu inclusivista, en el cual puede apreciarse una constante permeabilidad en las relaciones sociales, que en algunos casos llegan a la transgresión de los espacios personales y privados. Esta conjugación de elementos ha hecho difícil la radicalización por parte de sectores sociales en el terreno sociorreligioso. Visto así, el extremismo religioso en nuestro país es algo extraño a la naturaleza psicosocial de los cubanos. Pero el hecho de que nuestra idiosincrasia sirva como una suerte de muro a estas tendencias negativas de fanatismo y fundamentalismo religiosos, no quiere decir que no existan grietas. En Cuba han existido movimientos religiosos de carácter fanático y fundamentalista cuyas consecuencias no han sido nada felices para sus participantes.

En el presente trabajo quiero referirme a tres casos donde el fanatismo y fundamentalismo religiosos adquirieron proporciones de carácter nacional, e incluso internacional. Donde las autoridades gubernamentales tuvieron que intervenir con mayor o menor éxito, y con una medida de justicia altamente cuestionable, ya sea por exceso o por defecto. Dos de estos casos tuvieron lugar antes del año 1959. A pesar de estar alejados en el tiempo, vale la pena traerlos por su significación social y, sobre todo, por expresar en su génesis varios elementos que funcionan como denominadores comunes que se enlazan con el tercer hecho, acontecido en La Habana entre los años 2011-2012.

El primer caso ocurrió a mediados 1930. Se trató de Antoñica Izquierdo, una mujer que vivía en la zona montañosa de Viñales conocida como Cayos de San Felipe, la cual supuestamente recibió la revelación de curar con agua. Los periódicos de la época y el acercamiento posterior de investigadores al respecto coinciden en que el hecho desencadenante de los milagros de Antoñica ocurrió cuando uno de sus hijos enfermó de gravedad y en medio de la angustia ella sintió la voz de la Virgen María que le ordenaba bañar a su hijo agonizante en un arroyo. Antoñica cumplió la orden sobrenatural y la criatura se recuperó. Días después, Antoñica recibiría otro mandato por parte de la Madre de Jesús. Pero en está ocasión la encomienda tenía un carácter más profético y a la vez condicional: se le concedía el don de la sanación por la vía del agua sin cobrarle un centavo a nadie. Esto vino acompañado de la predica y la práctica de no hacer uso de los medicamentos convencionales, no tener vicios, no ir contra el gobierno de los hombres y tampoco tener participación activa en este, ya que era un camino seguro hacia la corrupción y la explotación.

A partir de ese momento comenzó a ser visitada por gentes aquejadas de severos males de salud, muchos de ellos desahuciados por los médicos. Los milagros y curaciones atribuidos a la creencia en Antoñica como persona que poseía un don encomendado por comisión divina mediante el uso del agua atrajeron a toda suerte de personas a la región. Muchedumbres de desesperados comenzaron a subir las lomas cercanas al kilómetro 18 para ver a la “Virgen de los Cayos”. Como suele suceder con estos fenómenos, la voz de que había una curandera muy devota de Dios y de la Virgen que curaba con agua y rezos comenzó a expandirse. La prensa nacional de la época también hizo lo suyo, y muy pronto comenzaron a llegar personas de diversos puntos de la Isla. Un rasgo característico de Antoñica era su frecuente respuesta ante aquellos que trataban de impugnar sus sanaciones y milagros: “recibo órdenes divinas, pero solo Él (Dios) y yo sabemos cómo hago ver a los ciegos y caminar a los cojos, porque Él manda”1. Esta expresión, acompañada de una praxis diaria en su humilde estancia de los Cayos de San Felipe, hizo de Antoñica un personaje de propor- ciones mesiánicas. Si bien es cierto que había muchos devotos sinceros, también este escenario se prestaba para la irremediable llegada de oportunistas y estafadores. El más célebre de los que se aprovecharon de la buena fe de Antoñica fue un individuo conocido como Tony Guaracha2, de quien se dice negociaba con supuestos dolientes para que fueran ante la “Santa”, fingiendo estar enfermos y luego, después que esta les administraba el líquido sanador, presentaban una teatral escena de recuperación del ficticio mal que los aquejaba ante la multitud presente, y de este modo conquistar más crédulos.

Se dice que Antoñica logró tener tal poder de convocatoria que algunas personas que la conocieron y que años después de dichos sucesos fueron entrevistadas, afirmaban que si ella hubiera hecho una carrera política como concejal o alcalde, nadie le habría ganado, lo mismo si hubiese apoyado a algún partido político. Pero Antoñica era reacia a toda idea política y de hecho una de sus principales prédicas fue la prohibición de ejercer el voto o tener cédula de identidad, predica que fue acogida con obediencia por muchos de sus acólitos, lo cual le creó serios problemas con las autoridades políticas, civiles y sanitarias, al punto que en más de una ocasión las fuerzas del orden público tuvieron que tomar cartas en el asunto y el conflicto finalizó con la hospitalización definitiva de Antoñica en el hospital de dementes de Mazorra, donde permaneció hasta su muerte en 1945.

Mi propósito no es analizar si los milagros y sanaciones de Antoñica eran verídicos o falsos3. Lo importante, creo, es dar un repaso a las razones y los juicios que se han esgrimido sobre aquellos sucesos. La visión que prevalece en la mayoría de los investigadores y estudiosos que se han acercado a este hecho tan peculiar de nuestra historia, es de carácter materialista, de modo que lo ocurrido a Antoñica no fue más que una suerte de circo cuyas condiciones históricas objetivas se debieron a la crisis económica y política de los años 30 que sobrevino después del crack del 29 en los Estados Unidos y la violenta salida del dictador Gerardo Machado en 1933. A esto le añaden que Antoñica y sus seguidores eran una recua de analfabetos exaltados, de escasísimos recursos económicos y de mentalidad estrecha, que creían o pretendían creer que se curaban por un milagro y en realidad había una sobredosis de sugestión y estados alterados de la conciencia. Como complemento, en 1971 el cineasta cubano Manuel Octavio Gómez dirigió la película llamada Los días del agua, basada en los hechos citados. A pesar de su excelente factura cinematográfica, este filme también tuvo como propósito exaltar la visión materialista de los acontecimientos. Por otra parte, los acuáticos, la secta religiosa que se derivó de las creencias de la llamada “Virgen de los Cayos”, son hoy un grupo casi en fase de extinción.

El segundo caso es el de Miguel Alfonso Pozo, más conocido como Clavelito. Fue este un caso singular donde el talento artístico se mezcló con las brillantes dotes de psicólogo social de un hombre que conoció muy bien su época y supo cómo mover a la gente. Contrario a Antoñica Izquierdo, Clavelito no era ningún analfabeto ni tampoco había recibido una comi- sión de orden divino. Su talento como comunicador le llevó a un exitoso paso por la radio, al punto de llegar a tener un programa propio llamado “Aquí está Clavelito”, que comenzaba con una copla compuesta por este y que decía así: “Pon tu pensamiento en mí / y verás que en este momento / mi fuerza de pensamiento / ejerce el bien sobre ti.”

Como complemento, Clavelito tuvo una idea que a todas luces fue la clave de su éxito: les recomendó a sus oyentes que pusieran un vaso de agua sobre el aparato de radio para poder canalizar las buenas energías que él transmitía. La cantidad de seguidores y fanáticos que comenzaron a dar crédito a las palabras de Clavelito por la vía del “agua magnetizada” fueron legión. Se convirtió en toda una leyenda urbana. Se le atribuían milagros, curaciones, solución de conflictos matrimoniales, incluso se dice que practicaba extrañas cábalas para adivinar los números de la lotería. Es importante aclarar que Clavelito nunca aseveró haber recibido una orden divina o una visión sobrenatural para ello. Sus seguidores tenían características distintas de los de Antoñica Izquierdo. Pudiera decirse que era un fanatismo al estilo pop, y hasta con un poco de glamour y frivolidad. Era como seguir a un gurú emocional que utilizaba el vaso de agua —elemento muy común en el espiritismo, grupo animista de profunda tradición en Cuba— para ganar más admiradores que adeptos. Por otra parte, no todos los seguidores de Clavelito estaban en condiciones económicas paupérrimas, como los acólitos de Antoñica. Él gozaba de una audiencia que rompió records de envío de correspondencia. Según algunas cifras, llegó a recibir 50 000 cartas en una semana. Entre los remitentes había personas de todos los estratos sociales: pobres y poco letrados, pero también gente con una cultura elemental y hasta de holgada posición económica. Clavelito también recibió fuertes críticas. La más popular que ha trascendido hasta nuestros días procedió del poeta Nicolás Guillén, quien le dedicó estas décimas picarescas:

“Mi  querido  “Clavelito”/  me  perdonarás  seguro/ que te ponga en un apuro/ mas tu opinión necesito./ Si tu poder es bendito/ (como asegura la gente)/  dime,  amigo,  urgentemente,/  dónde  pudiera encontrar/ el modo de trabajar/ sin llegar a delincuente./ El agua “magnetizada”/ que usé según tu consejo,/ debo confesarte, viejo,/ que no me sirvió de  nada./  En  la  cocina  apagada/  ni  un  mal  caldo hierve ahora/ y yo igual que mi señora/ te juramos que hace un mes/ ¡ay! no sabemos lo que es/ comer comida a su hora.”

Contrario a Antoñica, a Clavelito si le interesó la política, y gracias al amplio voto popular de sus fervorosos radioescuchas, logró ser elegido Representante a la Cámara en las elecciones del año 1954, a pesar que su programa había sido cerrado dos años antes debido a una demandada de sus competidores por falta de ética radial. Después de esta fecha, la vida de Miguel Alfonso Pozo fue como la de cualquier otro mortal. Murió en La Habana en 1975 y quienes lo recuerdan en buenos términos lo hacen con nostalgia y hasta conmiseración. La evocación que suele hacer de él la prensa cubana de los últimos años es la de un pícaro que timaba a la gente aprovechándose de su credulidad.

La historia ha demostrado que las crisis económicas y sociales influyen notablemente en la búsqueda de un elemento de trascendencia al cual aferrarse, sobre todo cuando el individuo siente que la realidad en la cual vive le agobia y no le ofrece soluciones o respuestas a sus necesidades materiales y espirituales más apremiantes. Un vivo ejemplo de ello es el llamado boom de las religiones en Cuba tras el inicio del Período Especial, en el que también intervinieron otros factores. Pero también están las crisis espirituales dentro de los propios grupos religiosos, que, por supuesto, no están para nada divorciadas de la realidad económica y social. Sin embargo, estas crisis están relacionadas con procesos de estancamiento de la propia fe en su dinámica social. Las crisis espirituales son cíclicas y suelen venir de la mano de una figura icónica, un líder espiritual que funge como una suerte de guía y que no tarda en asumir poses mesiánicas. Los casos más célebres que se conocen al respecto son los de David Koresh y Jim Jones. El primero creó una secta de seguidores fundamentalistas llamada los Davidianos. Este grupo tenía su sede en un rancho de la localidad de Wako, estado de Texas, y despertó las sospechas de la Agencia de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos (ATF en sus siglas en inglés) por posesión ilegal y acumulación de armamento fuera de la ley. El operativo policial terminó con un asedio de 51 días y la intervención final dejó un saldo de 76 muertos. Jim Jones es también uno de esos personajes tristemente célebres. El final de su secta en Jonestown, una comunidad creada y liderada por él en Guyana, está en los records como el autor del suicido en masa más grande de la historia, cuando convenció a sus adeptos a tomar cianuro bajo la prédica de que la muerte solo era un tránsito a otro nivel superior.

El último caso que deseo analizar se trata de un hecho de carácter reciente. Tuvo lugar hace apenas unos cuatro años en la iglesia Evangélica Pentecostal Fuente de Vida de la denominación Asambleas de Dios, situada en el cruce de las calles de Santa Marta e Infanta, esta última una concurrida arteria de la ciudad de La Habana. No puedo dejar de anotar que llama muchísimo la atención cómo este hecho ha pasado peligrosamente al olvido. Digo peligrosamente porque considero que es un caso donde el fundamentalismo y el fanatismo religiosos se dieron estrechamente la mano como nunca antes había sucedido en Cuba. Por otra parte, los sucesos que allí ocurrieron y sus respectivas consecuencias, no han salido a la luz pública, ni se ha hecho un debate esclarecedor sobre ello.

De acuerdo con los hechos recopilados por diversas fuentes, a finales de agosto de 2011 casi un centenar de fieles, se encerraron en el citado templo con su líder, el exreverendo Braulio Herrera Tito. Los antecedentes de este suceso son los siguientes: Desde el 2010 Herrera Tito venía presentado problemas con la sede de su denominación. La causa del conflicto era la prédica y proclamación con carácter profético de una doctrina llamada de “la perfección”, la cual es contraria al corpus doctrinal de su Iglesia. Cuando se le interrogaba al respecto, esgrimía el mismo argumento de Antoñica Izquierdo: que era un mandato divino, y escuchaba la voz de Dios mismo, que le hablaba y le revelaba mensajes.

Sin embargo, no todos los miembros de la congregación hasta ese momento liderada por Herrera Tito estaban de acuerdo con las visiones de su pastor, de modo que sus profecías comenzaron a crear problemas y divisiones internas en el seno de los feligreses. El asunto se agravó al punto que las máximas instancias de su Iglesia tuvieron que intervenir y emitir un veredicto. El fallo estuvo dirigido contra Braulio Herrera Tito, a quien le fueron retiradas sus credenciales como pastor y se le dijo que él y su familia (esposa y tres hijos) debían abandonar la vivienda que ocupaban, situada en los altos del templo, ya que el inmueble era propiedad de la denominación religiosa.

Pero él se negó a abandonar la casa pastoral bajo el alegato de que seguía órdenes estrictas de parte de Dios. Aquí los problemas de orden escatológico del líder profético se mezclaron con sus problemas terrenales. Braulio y su familia no eran de La Habana y su única residencia hasta ese momento en “la capital de todos los cubanos” era la casa pastoral. ¿Estaba defendiendo Braulio un mandato divino o protegiendo sus intereses más básicos en el reino de este mundo, como el de un techo donde vivir? Sea por mandato divino o necesidad material, Braulio y su familia plantaron plaza firme en la casa que debía pasar a ocupar el próximo pastor de turno. Lo único que pudieron hacer las autoridades eclesiásticas, que ya lo habían expulsado, fue retirarle el servicio telefónico.

Por otra parte, el ya ex pastor no estaba solo en su decisión. Contó con el apoyo incondicional de aquellos miembros de la congregación que si creían en sus mensajes proféticos y, según algunos rumores, llegaron a escribir a la Oficina de Asuntos Religiosos del Comité Central del Partido Comunista para ratificar que Braulio siguiera siendo su legítimo líder espiritual, y no otro.

A partir de este punto la situación se puso muy tensa. La congregación quedó abiertamente divida entre los seguidores de Herrera Tito y sus doctrinas, y los otros que no estaban de acuerdo con tales doctrinas. Una de las fuentes testimoniantes declaró que hubo fuertes discusiones y encontronazos entre ambas facciones, y que incluso en ocasiones se llegó a la agresión física. Pero ni aun esto detuvo a Braulio Herrera Tito y a sus acólitos, quienes estaban adquiriendo los rasgos fisonómicos de una secta. La prueba de ello es que el propio Braulio comenzó a ser tenido como un profeta que recibía visiones de Dios mismo, y sus criterios eran incuestionables. Otro rasgo distintivo de estos grupos que no tardó en aparecer fue el del mensaje tremebundo impregnado de catastrofismo. Los seguidores de Braulio se hicieron voceros de una prédica apocalíptica en la cual se anunciaba una suerte de cataclismo inmediato sobre Cuba por sus pecados y pactos con el demonio. A pesar de que no habían puesto una fecha límite para el Armagedón, que estaba por venir, los seguidores de Braulio comenzaron a almacenar en el templo agua, provisiones, ropas y demás avituallamientos para poder sobrevivir al evento venidero, en el que morirían millones de personas a largo de la Isla. Luego tendría lugar una conversión masiva por parte de los sobrevivientes que no habían escuchado el mensaje de salvación de los labios del propio Braulio. Aquello sería el punto cero de una nueva era cristiana global.

Cualquier persona racional —sea cristiana o no— cuestionaría tales argumentos. Es importante resaltar el hecho de que los seguidores de Braulio Herrera Tito no eran analfabetos ni ignorantes, muchos de ellos habían cursado estudios universitarios y se desempeñaban como profesionales en distintas labores. Aquí el criterio materialista de la ignorancia, la pobreza y el analfabetismo queda descartado. Los investigadores y estudiosos de los casos de Antoñica y Clavelito, cuyo argumento estaba sustentando en los puntos ya mencionados, se van a tierra. Entonces se impone una pregunta, si la Revolución, como fenómeno social, resolvió todos esos problemas, ¿qué pasó con las personas que se acantonaron en Santa Martha e Infanta? Los estudiosos de los grupos milenaristas y sectarios coinciden en el criterio que detrás de estos hay una gran decepción por el orden sociopolítico y económico bajo el cual se desarrolla la vida de estas personas, así como una crisis de fe, que reclama una trascendencia en el plano espiritual. Pero estos aspectos son solo la mecha y la pólvora, listas para que se active la chispa o el detonante, papel que recae en el líder espiritual, investido de un mensaje profético. Una vez que estas condiciones están creadas, y los creyentes cruzan la línea que confunde la fe con lo que no lo es, en el nombre de un arrobamiento divino que se desliga de la realidad, es muy difícil dar marcha atrás.

De modo que bajo las órdenes de Braulio, además del almacenamiento de víveres, se emprendieron labores constructivas de reforzamiento y seguridad del templo con el propósito de dejarlo listo para cuando llegara el cataclismo. Los seguidores trabajaron con denuedo día y noche en turnos rotativos. Mientras esto ocurría, la doctrina de Braulio iba evolucionado a un estado de completo autoritarismo. Una vez metido de lleno en su rol de profeta, consideró que solo él y sus más cercanos “tenían el discernimiento espiritual para determinar qué persona estaba desechada sin remedio por Dios y condenada fatalmente al infierno, y cuál no.4 Así como también distinguir qué cristiano poseía en su interior el Espíritu Santo y cuál no”. Su proclamada doctrina de la perfección dio un giro radical hacia una versión irreconocible de la “Doctrina de la Predestinación” del eminente teólogo protestante Juan Calvino. Esta versión torcida en boca de Braulio y sostenida por sus seguidores alimentó la idea de que toda condenación pronunciada por el propio Braulio era irreversible, dado que Dios hablaba por su boca. De modo que todo juicio condenatorio era inapelable, sin la necesidad siquiera de aportar prueba alguna de pecado cometido por el inculpado, “bastaba con que la voz que guiaba a Braulio y los suyos  indicara que a  alguna persona:

´Dios  lo  ha  desechado  eternamente´  para  que  se  le negara colectivamente la palabra y se le separara incluso de su familia”5. Como consecuencia lógica de esta torcida interpretación de las Sagradas Escrituras y la fe, muy pronto el estudio sistemático de la Biblia quedó suprimido. No eran necesarias ya la hermenéutica y la exégesis bíblicas, si Braulio Herrera Tito tenía, como dice el viejo refrán, “a Dios tomado por las barbas”.

El domingo 21 de agosto de 2011 fue la fecha elegida por Braulio para obedecer la “orden divina” de encerrarse en el templo junto con sus seguidores. El juicio final se acercaba. El desastre que venía sobre Cuba estaba a las puertas. Los sectarios abandonaron sus trabajos, muchos de ellos rompieron sus nexos familiares, otros vendieron sus casas. Según los datos oficiales había 60 personas, entre ellas 4 mujeres embarazadas y 19 menores que debían comenzar el curso escolar, pero no lo hicieron. En pocas palabras, los acantonados cortaron todo vínculo con la realidad, se encerraron en una turbia burbuja de exaltación y pretendida iluminación divina. Una versión vernácula y aberrante del Arca de Noé.

Por si fuera poco, para mayor incentivo de los sectarios, el periódico Granma publicó el lunes 22 del mismo mes una nota del Instituto de Meteorología donde se advertía que la tormenta tropical Irene iba camino a convertirse en el primer huracán de esa temporada ciclónica y su rumbo estimado podía afectar a las provincias orientales del país. ¿Fue coincidencia o cálculo premeditado por parte de Braulio y sus sectarios? Es difícil de esclarecer este dato. Lo cierto es que los quiliastas cerraron filas, creyendo que su redención estaba cerca. El martes 23 el Centro de Pronósticos del Instituto de Meteorología declaró la fase informativa para las provincias orientales. El día 24, otra nota emitida por la misma instancia decía que Irene se había convertido en un huracán categoría 3, suficiente para crear una expectativa de desastre inminente; pero la nota también informaba que el meteoro se desplazaba hacia el norte, alejándose de las costas de Cuba. Al día siguiente Granma publicó que no había peligro, y que todo regresaba a la normalidad. Pero ni aun después de este chasco premonitorio, los sectarios cesaron en su propósito.

De manera simultánea, otras fuerzas huracanadas de un carácter más emocional se fueron moviendo en torno a la situación de los sectarios. Familiares y parientes de algunos de los acantonados habían ido a la policía a denunciar lo que estaba pasando allí, incluso alegando locura y hasta secuestro. Según algunos testimonios orales, familiares y amigos de los acantonados se acercaban a la iglesia para contactar con sus seres queridos y rogarles que salieran de aquel estado de demencia y fanatismo. A esto se sumaron las quejas de los vecinos que vivían cerca del templo, ya que la música y los exaltados cantos de adoración y alabanza no tenían un horario fijo ni respetaban la madrugada. Pero ni las denuncias, ni las peticiones afectivas hicieron desistir de su propósito a los miembros de la secta apocalíptica.

Finalmente, las autoridades gubernamentales decidieron tomar cartas en el asunto. El operativo desplegado era digno de un thriller cinematográfico: cordón policial bloqueando la manzana, ambulancias, personal de Tránsito y de la Policía Motorizada apostados en puntos estratégicos, más un sinfín de agentes de la Seguridad del Estado merodeando el lugar a pie o con sus clásicas motos marca Suzuki.

Quien escribe este artículo vio a altos oficiales del Ministerio del Interior y personal análogo vestido de civil frente a la puerta del templo con rostros circunspectos y dubitativos, como quienes no daban crédito ni comprendían bien lo que estaba pasando. Su estupefacción era comprensible, un hecho semejante no estaba contemplado en el banco de problemas del Realismo Socialista, y mucho menos encajaba en el ideal del hombre nuevo preconizado por el Che.

En Internet el asunto fue, como suele decirse hoy en día, viral. Miles de comentarios y especulaciones al respecto fluyeron por diversos sitios. Se hablaba de un posible allanamiento de la policía contra indefensos cristianos, otros, más desinformados, confundieron el asunto con las Damas de Blanco, aunque debe decirse que de la llamada disidencia hicieron aparición allí los blogueros (en aquel entonces) Yoanis Sánchez y Orlando Luis Pardo Lazo. Otros internautas más desinformados aún y, al parecer, dados a dejarse llevar por cualquier habladuría, llegaron a decir que Braulio Herrera Tito y sus sectarios en realidad querían irse del país, de modo que estaban creando aquella situación para que les dieran transportación segura a los Estados Unidos o Canadá.

Como siempre suele suceder, los medios nacionales le dedicaron una nota oficial en el Noticiero Nacional de Televisión y en el periódico Granma, casi quince días después que la noticia había saturado las redes sociales del mundo. La nota fue publicada en la edición de Granma correspondiente al lunes 12 de septiembre. El tratamiento del lenguaje en la nota oficial fue, como dice la expresión popular, con pinzas. El texto hablaba de una “situación inusual” y de un “retiro a puertas cerradas”6. En ningún momento se mencionaban términos como: sectarismo, fanatismo religioso o fundamentalismo. La nota del diario concluía resaltando la preocupación de las autoridades por los menores y las embarazadas, y reiterando la buena disposición del gobierno de “continuar las gestiones necesarias para una solución favorable a este hecho, cuyo origen es ajeno a las autoridades”7.

Y así fue, el gobierno cubano cumplió su palabra al pie de la letra y ante la opinión pública quedó como “el bueno de la película”. Sobre todo cuando a finales de septiembre de 2011 el circo mediático en torno a la sospecha de una posible conjura religioso-contrarrevolucionaria quedó esclarecida tras varias entrevistas vía telefónica realizadas a William Herrera, hijo del líder religioso y vocero del grupo, quien declaró que ellos no tenían nada que ver con los Derechos Humanos, sino que habían formado un nuevo grupo cristiano al que no se habían decidido ponerle nombre y, lo más interesante, negó el hecho de que estaban esperando un cataclismo8. Para finales de ese mismo año, el asunto casi era agua pasada. Nadie se molestaba en prestarle atención, ni dentro ni fuera de Cuba.

En enero de 2012 el periodista Roberto de Jesús Guerra Pérez, de la agencia Hablemos Press publicó la noticia “Feligreses comienzan a abandonar Iglesia Infanta y Santa Marta”, donde aseveró haber visto al líder de los sectarios despidiendo a una docena de feligreses. El propio periodista declaró en su artículo que las mujeres y hombres que vio estaban “muy delgados, reblandecidos y barbudos, también vi mujeres con niños de brazos que tienen pocas semanas de nacidos”.9 Pero el resto del año continuó sin que se supiera nada más de los sectarios que continuaban acantonados. Incluso, el cordón policial, tan recio al principio10, se fue aflojando hasta no quedar más que dos o tres policías bostezantes, que fueron retirados después del desalojo del grupo en diciembre de 2012. Para esa fecha ya el caso “Santa Marta e Infanta” había dejado de ser noticia para convertirse en historia. Pero ¿qué ocurrió durante todo ese tiempo a intramuros, entre los miembros del grupo? Una vez que los sectarios dejaron de ser el centro de los curiosos y que en las redes sociales el asunto quedara en el olvido, comenzó la historia no contada de la secta.

Una fuente testimonial dice que los acantonados, a pesar del fracasado evento apocalíptico que traería el huracán Irene, continuaron a la espera del juicio divino contra Cuba. Como la historia ha demostrado en estos casos, los sectarios fueron postergando la fecha del Juicio Final. Cuando el líder de la secta se dio cuenta que en la bóveda celeste todo permanecía tranquilo y constelado, que no iba a ocurrir ningún fenómeno apocalíptico de orden meteorológico, decidió reformular de manera ingeniosa sus doctrinas escatológicas alegando que “el juicio contra Cuba se había cumplido en el mismo momento en el que todos los encerrados en el templo al fin habían llegado a la perfección absoluta en la tierra”11. De este modo, el juico divino se había cumplido, pero en el plano metafísico.

De acuerdo con las doctrinas de Braulio, la perfección era posible aquí en la tierra, al igual que quedar libre de toda influencia de pecado. De esta forma los fieles seguidores de este, creyendo fielmente que era un profeta y que Dios hablaba mediante él, se declararon perfectos y libres de todo tipo de arrepentimiento. En la medida que el tiempo fue transcurriendo, la autoridad de Braulio sobre sus fieles fue creciendo de manera ostensible y peligrosa. Como Dios hablaba por su boca, toda decisión del “mensajero divino” era incuestionable. Por su mandato se decidía si los matrimonios podían continuar juntos, o debían romperse para rehacerlos a su capricho. Dado que para el grupo Cuba estaba sumida bajo la influencia satánica, decidieron que los niños no fueran a la escuela. A los padres y esposos se les orientó, por revelación especial, que tenían derecho a castigar físicamente a los niños o a sus esposas.

Cuando las provisiones comenzaron a escasear, Braulio autorizó a algunos miembros a trabajar en la calle, pero con la condición de entregar sus ganancias al líder. “Salarios completos comenzaron a ser entregados por parte de los pocos que, luego del largo encierro, aún conservaban sus empleos, y a cambio la secta les aseguraba la alimentación”12.

Por otra parte, al verse libres de todo límite terrenal y sentirse en plena libertad de perfección divina, los quiliastas se dieron a probar la victoria sobre el mal por medio de prácticas exhibicionistas. Comenzaron a escuchar música popular bailable, la cual iba en contra de los principios de santidad sostenidos por la secta y estaba muy lejos de prestarse para la adoración y la alabanza de Dios. Cambiaron su vestuario por modas contra las que antes habían predicado como obra del demonio. Dado que, en su formato original, este grupo tenía a la religión afrodescendiente como satánica, pues decidieron demostrar su exultante convicción de estar más allá del bien y del mal haciendo uso de símbolos asociados con este sector religioso. También se dieron a excesos sexuales de toda índole. Todo ello era orquestado por las revelaciones que recibía el profeta Braulio. Pero las cosas no terminaron ahí.

En el paroxismo de su“influjo divino”, Braulio decidió declararse la encarnación de Dios en la tierra. La adoración y la reverencia divina fueron dirigidas a su persona. Su autoridad decidía sobre todo y sobre todos dentro del templo. Se dice que hubo castigos, represalias y avasallamiento, entre otros desmanes. Pero ningún atropello de estos fue denunciado a la policía. Como prueba de su divinidad, Braulio Herrera Tito declaró que sus seguidores eran la Palabra de Dios viva, de modo que los invitó a la destrucción de todas las Biblias que quedaban en el templo. La orden se llevó a cabo en el acto. En un día casi un centenar de Biblias fueron destruidas por el fuego encendido por aquellos que un día abrazaron la fe que predicaba el Evangelio de Jesucristo en el nombre de Dios.

Finalmente, las instancias superiores de la iglesia a la que pertenecían Braulio y sus acólitos decidieron poner punto final a la estadía de los sectarios en el templo. Una fresca madrugada de diciembre de 2012 un grupo de civiles acompañado por la policía —la presencia de esta era para evitar violencias y resguardar el orden— tomaron el templo y la casa pastoral. Braulio y sus seguidores no los esperaban; fueron sorprendidos y sacados del lugar. De acuerdo con la información recabada, no hubo golpes ni agresiones físicas, y todo se filmó para que quedara constancia de la forma pacífica en que se desalojó a los sectarios.

Una testigo declaró que al día siguiente William Herrera se dirigió hacia la Plaza de la Revolución, seguido por un grupo de acólitos. El hecho fue tomado por escándalo público y el grupo permaneció detenido durante una noche. Al día siguiente quedó en libertad libre de cargos. Después de este hecho la secta se fue diluyendo hasta eclipsarse. Aunque hay fuentes que aseveran que todavía persisten algunos seguidores de Braulio Herrera Tito, a pesar de que su reconocimiento como pastor y supuesto profeta cayó en el descrédito. En la actualidad una parte de los implicados en los sucesos de la Iglesia de Infanta y Santa Martha ha renegando del cristianismo, varios matrimonios han quedado severamente dañados y muchos se encuentran en un precario estado psicológico.

Los hechos anteriormente citados son la triste evidencia de que la fe puede ser desviada de su propósito trascendente y convertirse en un producto nocivo para la vida. La fe autentica conecta al ser humano con algo o alguien que está más allá de su comprensión psicológica, material e incluso racional. No condena sino que busca reconectar al hombre con Dios y ayudarlo a salir de cualquier pensamiento o actitud errática. La fe verdadera no secciona, o parte o divide, aunque su objetivo sea apartar al ser humano del mal. La fe no apuesta por el proselitismo religioso fundamentalista, ni pretende establecer meros ritos supersticiosos, sino que encamina a las personas hacia la trascendencia. Comprende la religiosidad con todo su conjunto de símbolos como una cuestión vehicular. Pero cuando dichos símbolos pierden esta cualidad, se transforman en ídolos, y la idolatría es también una forma de fanatismo. Abre las puertas al fetichismo religioso y trastoca el valor y la interpretación de los símbolos que un día pertenecieron a la fe. Cuando esto se hace realidad, se pierde el sentido del límite entre lo que es fe y lo que se le parece, pero no lo es. Tras la difuminación de esta frontera, el creyente corre el riesgo de extraviarse y perder el contacto con la realidad.

Ojalá que acontecimientos como estos no vuelvan a repetirse en nuestro país, pero como reza el espíritu de la connotada Ley de Murphy: todo lo que puede suceder mal, sucede. Sobre todo, si ya ocurrió una vez, es muy probable que vuelva a ocurrir. Tenemos que estar alertas.

 

Notas:

 

  • “En el hospital de Mazorra todas la quieren por su carácter bueno”, Avance, La Habana, 31 de diciembre de 1938. Año 5, 312, p. 9.
  • Personaje magistralmente recreado e interpretado por el actor cubano Mario Balmaseda en la película Los días del agua (1971).
  • De hecho, si damos crédito a las investigaciones del ya fallecido investigador japonés, Masaru Emoto, ampliamente difundidas en los inicios del nuevo milenio y quien quiso demostrar que la positividad o negatividad de palabras, oraciones, sonidos y pensamientos dirigidos hacia un volumen de agua influenciaban la estructura molecular del H2O, entonces Antoñica se adelantó setenta años a las debatidas teorías de
  • Cita textual de una fuente confidencial. 5 Ídem.
  • “Nota Oficial”. Granma, La Habana, 12 de septiembre 2011, Año 47, 218. p.1.
  • Ídem.
  • Ver en, «No tenemos nada que ver con los grupos de derechos humanos» _ Diario de Cuba.htm, 12 de septiembre
  • Ver en http://www.cihpress.com/2012/01/feligreses-co- mienzan-abandonar-iglesia.html.
  • Quien escribe este artículo, al ser vecino del lugar, tuvo que padecer en más de una ocasión las molestias de la presencia de los agentes policíacos, a quienes había que darles explicaciones una y otra vez, en cada ocasión que se necesitaba pasar cerca del
  • Cita textual de una fuente confidencial. 12 Ídem.