Sí, en verdad también lo es. ¿Qué fe es aquella que no se conduele con los afligidos?
Un buen amigo de Costa Rica que sufrió hace poco un infarto y tuvo que permanecer hospitalizado, me contó por WhatsApp esta experiencia de un amigo suyo, escritor católico: un día tomó un taxi cuyo chofer recién venía de enterrar a una hija, joven aún. No pudiendo soportar la tristeza en casa, y siendo el único que podía ganar el pan de su familia, intentaba mediante el trabajo olvidar o mitigar al menos el dolor de la pérdida.
Según me contó, el chofer le pidió una palabra, solo una palabra, para tratar de entender y soportar el dolor. El escritor en aquel justo momento no encontró palabras. Todo argumento, de fe o de cualquier tipo, parecíale vano ante el dolor de aquel padre.
Tuve una pausa momentánea en la conversación con mi amigo, y la única palabra que vino en mi mente fue fe; solo con la fe es posible soportar tales golpes. Recordé lo que en su momento dijo nuestro fallecido Papa Emérito Benedicto XVI: que algunas cosas los cristianos debemos aceptarlas por fe, y que esa aceptación nos permite comprender otras que de ninguna otra manera podríamos comprender.
Siguió nuestra conversación, y mi amigo me hizo saber que el escritor decidió que la palabra buscada era hombro: sí, ofrecería, aunque fuera simbólica mente, su hombro al infeliz padre para que se sintiera apoyado y comprendido. De modo que durante el resto del viaje conversó con él haciéndole evocar los más bellos y felices momentos de la vida de la hija, haciéndolos sentir como en presente, no en pasado.
Al final del viaje le preguntó cuánto ganaba al día, y poniéndole en la mano la tal suma, le aconsejó:
«Basta por hoy; guarda el auto y trata de dormir un poco. Amenaza lluvia y tu mujer te necesita.»
Aunque, por supuesto, el dinero le representaba una buena ayuda al infeliz padre, el escritor sintió que más valían el apoyo y la empatía, y que solo aquel día verdaderamente comprendió cómo expresar la fe: con su hombro.
Asimismo, nuestro párroco nos contó un domingo que le habían llamado para bautizar a una madre joven que estaba muriendo a causa de un cáncer. Claro está que no solo se limitó a bautizar y dar la eucaristía, sino debió consolar y apoyar.
No siempre podemos ayudar con dinero, comida o ropas a quien lo necesita. Puede suceder también que nosotros estemos necesitados. Y claro está que hay sufrimientos que nada tienen que ver con las cosas materiales. Pero siempre podemos darnos nosotros mismos.
Jesús lo dijo por las claras: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos» (Mt ,21). Nuestra fe cristiana no se limita a asistir a misa los domingos, rezar novenas o aprender de memoria cualquier número de oraciones. Tampoco consiste ni se agota en la simple aceptación de que existe un Dios, o por distracción entretenernos razonando cuáles podrían ser sus atributos. Menos aún es la fe algo para acaparar («allá ellos si no creen») sino para compartir. Quien la tiene, ha de apresurarse a compartirla. Que mientras más se comparte, más crece. Es un tesoro que no tenemos derecho a acaparar. Pero compartirlo implica compartirnos.
Sí, compartirnos.
No se es cristiano solo para sí, sino en relación con los demás. Si damos limosna sin una palabra o siquiera mirar al infeliz que la necesita, si ayudamos a cruzar la calle sin un «no se preocupe, que despacito se llega igual», si en nuestra comunidad ponemos un plato de comida ante el necesitado sin siquiera una sonrisa, no compartimos; solo distribuimos.
Malo del todo no es, ciertamente, pero nos quedamos cortos.
El teólogo Romano Guardini, a propósito de Mt 25, 40, nos recuerda en su obra «El Señor» que cuando hacemos la caridad al necesitado, se la hacemos
también a Cristo, aunque no lo veamos, y que ello es lo que distingue y caracteriza a la caridad cristiana. Sin quitarles el mérito -ni mucho menos- sabemos que la Iglesia no es una ONG más. No solamente ayudamos al necesitado; ayudamos a Cristo y con él colaboramos en el mundo.
También el acompañamiento a quienes se adentran con pasos aún poco firmes en el conocimiento de Dios y se inician en la fe es ocasión de brindar el hombro y dar confianza; no se nos vuelva todo regaños y admoniciones.
Mucho se habla de que un mundo mejor es posible, aunque no siempre estemos de acuerdo acerca de cómo ha de ser tal. Aún así, hagamos nuestra parte de modo que merezcamos algún día oír que no estamos lejos del Reino del Señor.

