El idilio de un vampiro

Por: Enrique José Varona

¿Qué es la revolución?, se preguntaba Carlyle, después de haber evocado, como en siniestra pesadilla, las convulsiones de la sociedad francesa desquiciada por los terroristas. Y se contestaba: Es la locura que habita en los corazones de los hombres (It is the Madness that dwells in the hearts of men.)

Sí, era la locura, pero no de un hombre, sino de millares, de millones, de todo un pueblo. La locura convertida en tempestad deshecha, que arrastraba en torbellino de sangre las vidas de los mortales míseros, como débiles hojas secas de una floresta en otoño.

La locura, que ponía un velo carmesí sobre los ojos y conducía a los hombres, sonámbulos del fanatismo, sin el menor alto, sin la menor vacilación, a perpetrar los crímenes más horribles, con los nombres de amor y fraternidad en los labios. La tremenda locura del doctrinario, que santifica sus pasiones criminales, porque las envuelve en el resplandor intenso de una idea que toma la fuerza formidable de la obsesión. Entonces se siente el odio como una religión, y el crimen monstruoso llama a sí con la atracción del deber. Entonces es preferible vivir entre lobos hambrientos y sierpes venenosas a vivir entre los hombres. En todo el vasto mundo no hay alimaña feroz comparable al fanático.

Sin embargo, durante esos periodos de general demencia, si no hay hombres más crueles e indiferentes al dolor que los fanáticos, los hay más viles, más fríamente dañinos y ponzoñosos; los que trafican con el fanatismo de los otros. Los que a sangre fría avientan sus pasiones; los que siembran en sus espíritus perturbados la simiente maldita de la calumnia en que no creen, para convertirlos en instrumento de logro; los envenenadores de la conciencia pública, que mienten a sabiendas, para hacer de su mentira la muleta que enfurece a la fiera, y de esa furia y de los destrozos que ocasiona la fuente impura de su fortuna.

Entre los logreros que chapoteaban en la sangre humana, y pregonaban su mercancía de difamación obscena subidos sobre montones de cadáveres, ninguno, durante el crepúsculo y el pleno día del Terror, se empinó más alto, ni aulló con voz más estentórea sus juramentos canallescos, para señalar víctimas a la multitud, que el libelista Jacques René Hébert, le Père Duchesne. Hébert, le sac à ordures del periodismo, como lo llama Taine, más brutal, chabacano y perverso que Marat, no era un fanático, sino un mero explotador de las pasiones furiosas del pueblo.

Aquel hombre, burgués de nacimiento, de manos tan cuidadas como su traje, que había hecho desfilar en la carreta infamante de su hoja, que olía a camero y muladar, al conde de Artois, al príncipe de Condé, al arzobispo de Paris, al rey y la reina, a los miembros de la Asamblea legislativa, a los de la facción de Brissot, a los generales de la República, a la comisión de los Doce, a Chabot, a Bacire, a Mme. Roland, a Fabre d’Eglantine, a Danton, a Robespierre, se limitaba a ejercer a conciencia un oficio lucrativo.

Las pacientes investigaciones de los historiadores de la nueva escuela francesa han rastreado los pormenores íntimos de la vida de más de un terrorista, los cuales han servido para poner más al descubierto la estupenda complejidad de esta máquina tan sutil que llamamos el alma humana. Fouquier Tinville, el fiscal sanguinario que debíamos suponer perseguido por más espectros lívidos que King Richard en su tienda, era un excelente padre de familia, preocupado siempre de su bienestar, y que sólo este desvelaba.

El desaforado Père Duchesne no salía de una cloaca para lanzar a diestro y siniestro sus inmundas patochadas, sino de un saloncito limpio y apacible, donde acababa de mecer en sus rodillas el primer fruto de una unión idílica. Mme. Hébert, la Mère Duchesne, era una mujer sensible, nada varonil, que adoraba a su marido, y había formado para él un hogar envidiable. En carta a una de sus cuñadas decía «Si M. Hébert es bastante bueno para colocar su felicidad en mi posesión, soy yo, señorita, la que, sin ningún mérito, puedo certificar que soy perfectamente feliz con él, que no cesa de darme diariamente nuevas pruebas de su ternura. De ella llevo en mi seno una preciosa prenda, hace tres meses. Él quiere que se me parezca y yo lo quiero semejante a su padre».

Esto se estampaba pocos días antes de las matanzas de septiembre; ese padre, modelo del hijo por nacer, era el jefe de los rabiosos, de los hebertistas, el que había de recibir una corona cívica, por su cons- tante excitación al pillaje, al asesinato, con formas judiciales o sin ellas, el mismo que habla de ser a su vez lanzado al cadalso por la voz sarcástica de Saint Just, que lo llamaba malvado traficante de su pluma y su conciencia y reptil que se arrastra al sol; y que fue realmente a la guillotina, chorreando aún con la sangre de sus víctimas, como un verdadero reptil, trémulo, que se enrosca para tratar de huir el golpe que lo aplasta.

Y ese monstruo era realmente bueno con su mujer y con su hija pequeñita, a las que hacía dulce la vida, mientras removía con la pluma un pantano infecto, de donde subían, cada vez más espesos vapores de sangre caliente.

Tiene razón Carlyle: We live in a fertile world.

 

Enrique José Varona (Puerto Príncipe, 1849 – La Ha- bana, 1933). Pensador, educador, sociólogo y periodista. En la Universidad de La Habana obtuvo el título de Doctor en Filosofía y Letras. Militó en las filas del autonomismo, pero más tarde se incorporó al movimiento independentista y tras la muerte de Martí asumió en Nueva York la dirección del periódico Patria. Tras el cese de la dominación española regresó a Cuba y fue nombrado por el gobierno interventor norteamericano Secretario de Hacienda y de Instrucción Pú- blica y Bellas Artes. Llevó adelante entonces un plan de modernización de la enseñanza en nuestro país.

En 1912 resultó electo vicepresidente de la República. En sus últimos años tomó parte activa en la oposición a la tiranía de Machado. Entre sus principales obras se encuentran Artículos y discursos (1881), Estudios literarios y filosóficos (1883) y Violetas y ortigas (1917). El presente artículo suyo fue publicado en marzo de 1903 y lo hemos tomado de Enrique José Varona, prólogo y notas de Salvador Bueno. La Habana, Pablo de la Torriente, Editorial, 1999, pp. 115-117.