Tristeza de Cuba

Por: Jorge Domingo Cuadriello

Balseros cubanos intentando alcanzar las costas de la Florida.

En 1938 el periodista y narrador Miguel de Marcos obtuvo el codiciado Premio Periodístico «Justo de Lara» con el artículo «Tristeza de Cuba», publicado en el número del diario Avance correspondiente al 17 de noviembre de aquel año. En ese texto nada complaciente ni edulcorado el autor fijó la mirada en los males que a su entender impedían una alegría nacional y provocaban una tristeza oculta, pero innegable, en el pueblo de Cuba. Ya desde el inicio señalaba:

 

El cubano es triste. Los espíritus ligeros, los que no gustan de hacer el viaje desde lo superficial a lo profundo, le han formado, bajo el aguacero de las maracas, una reputación falsa. Le han ensanchado la boca para la carcajada. Le han hundido la pierna en los julepes de la danza. Le han puesto festones caprinos para los impulsos del son. Nadie quiere ver su tristeza, más desgarradora aún, porque en muchos casos está hecha de humillación y de impotencia. Un pueblo que no puede crear su destino con sus propias manos, no es alegre a pesar del cielo azul, de la benignidad de las cosas y de la gracia del paisaje.

 

Seguidamente afirma: el cubano «aplica a la tragedia de hoy, flatulentas declamaciones de ayer. Comprende confusamente que las palabras que pronuncia no son voces sinceras, simples, enjutas, sino que repite consignas de papagayo». Y más adelante señala: «Sentirse inactual en un mundo que anticipa el futuro, en un mundo que es la constante derogación del presente, en un mundo tumultuoso transido de porvenirismo, es una inclemencia, es el dolor del tullido ante el atleta, del valetudinario ante el mozo robusto y sólido, del ciego ante las lumbres del horizonte.» Para Miguel de Marcos, el cubano «se evade con una canción, con una risa hueca, con una palabra resignada que encubre su amargura con un chiste.» Por último sentencia: «Un pueblo que no logra actualizarse, no puede ser apto para una creación y la actualidad no es solamente el automóvil aerodinámico, el frigidaire, la radiotelefonía y el aire acondicionado.»

No pocas similitudes pueden establecerse entre las quejas que anotaba Miguel de Marcos hace más de 80 años y la actualidad cubana. ¿El cubano de hoy puede labrarse su destino con sus propias manos o depende de las remesas monetarias de familiares y amigos establecidos en el extranjero, principalmen- te en los Estados Unidos? La economía del país está muy necesitada de la inversión de grandes capitales procedentes del exterior y como consecuencia de la baja producción en casi todos los rubros el Estado tiene que acudir a la compra de alimentos para poder satisfacer, al menos en una muy modesta proporción, las necesidades de la ciudadanía. Al mismo tiempo, para paliar tantas escaseces, gestiona donativos no solo de organizaciones humanitarias y de potencias mundiales como Rusia y China, sino de países de muy discretos niveles económicos como Nicaragua, Belice y la Isla de San Vicente y las Granadinas. Los turistas extranjeros, procedentes de Canadá, de Rusia y de la comunidad de cubanos en el exterior, constituyen otra fuente muy importante para nutrir las empobrecidas arcas del Estado. Todo esto demuestra, a grandes trazos, que las vías de recuperación económica del país se encuentran más allá de nuestras fronteras.

Miguel de Marcos (1884-1954).

Porque a pesar de la propaganda oficial que enaltece la producción de vacunas y de algunos medicamentos altamente valorados, los resultados de las últimas zafras azucareras vienen a ser risibles, la generación de electricidad sufre constantes caídas, el desabastecimiento de alimentos de primera necesidad —carnes, huevos, leche, pescado, pan— provoca angustia y des- esperación en la ciudadanía, a la que se suma la muy difícil adquisición de medicamentos y artículos de aseo. El número de cabezas de ganado mayor y menor está muy por debajo del que existía en la etapa republicana, al igual que la cría porcina. El transporte urbano, rural y aéreo deja mucho que desear y la calidad del servicio en hospitales y policlínicos ha decaído de forma preocupante. La Libreta de Abastecimientos, establecida en marzo de 1962 de modo temporal, según se dijo entonces, ya ha cumplido más de sesenta años y ahora, bajo el nombre de Control de Ventas para Productos Alimenticios, apenas proporciona un puñado de ofertas que a duras penas satisface un par de semanas de cada mes.

Como consecuencia del mal llamado «Ordenamiento Monetario», llevado a cabo en el peor momento, cuando nos azotaba la pandemia de la Covid-19, desapareció el peso convertible y se impuso el MLC como moneda virtual. Se intentó fortalecer el peso cubano y el resultado ha sido su casi completa desvalorización, que ha dado pie a una inflación galopante y sin freno, ya fuera del control de los gobernantes. Los precios suben por día y hoy constituye casi un lujo comer un platico de arroz con leche, un flan de calabaza o un boniatillo —humildes postres de la gastronomía cubana—, así como tomar una taza de café aceptable, una cerveza o un trago de ron.

Toda esta situación nacional compleja —como suelen calificar los periodistas oficiales, los dirigentes políticos y los «asalariados dóciles» de las Mesas Redondas de la televisión cubana, porque el término crisis solo se reserva para el sistema capitalista, que, claro está, se encuentra al borde del precipicio— ha provocado en los últimos dos años un éxodo descontrolado de cubanos, principalmente jóvenes, decididos a abandonar definitivamente su país y buscar fortuna en otros territorios. Rumbo a Nicaragua, México, Rusia o Panamá, cruzando la temible selva del Darién, en dirección a los cayos de la Florida en débiles embarcaciones improvisadas, miles de cubanos han arriesgado la vida con el fin de salir de Cuba y, paradójicamente, solicitar amparo en los Estados Unidos, país considerado durante décadas por las autoridades de La Habana el enemigo. Si por largo tiempo se anunció la amenaza de que los norteamericanos invadieran militarmente a Cuba, ahora son los cubanos los que están invadiendo pacíficamente a los Estados Unidos. Mientras tanto el número de habitantes en el país decrece, al igual que el índice de la natalidad, y aumenta el envejecimiento poblacional. Para los próximos años se anuncia que la cuarta parte de los habitantes en Cuba tendrá más de 60 años.

Y ante esta coyuntura nacional, que hemos tratado de sintetizar brevemente, ¿hay motivos para que reine la alegría en el seno del pueblo cubano o, por el contrario, hay razones para que en él prevalezca la tristeza? A tantas estrecheces materiales y limitaciones de todo tipo no se les puede contraponer consignas obsoletas ni falsas esperanzas ni glorias pasadas.

¿Acaso pueden hoy mover el entusiasmo popular el triunfo revolucionario del 1º de enero de 1959, que implicó el derrumbe de la sangrienta dictadura de Batista, la Campaña Nacional de Alfabetización en 1961, las dos medallas de oro conquistadas por el corredor Alberto Juantorena en los Juegos Olímpicos de Montreal 1976, el viaje al cosmos en 1980 del guantanamero Arnaldo Tamayo Méndez, primer cosmonauta de América Latina, los 109 litros de leche producidos en un día de enero de 1982 por la vaca Ubre Blanca y la reciente oferta de helados con sabor a catibía?

No se atisba una luz en el horizonte nacional, un rayo de esperanza, un asidero firme para soportar esta tormenta implacable, agravada internacionalmente por la criminal invasión de Rusia a Ucrania y por la amenaza de un enfrentamiento con armas nucleares. La propaganda oficial achaca todos nuestros males al embargo/bloqueo de los Estados Unidos contra Cuba, que es real y limita el avance de la economía, pero no se admite el fracaso demostrado de la Empresa Estatal Socialista y de la economía planificada, ni las trabas burocráticas que padece el país, ni las regulaciones que sufre la iniciativa privada. Los gobernantes cubanos están muy lejos de proclamar, como lo hizo en China Deng Xiaoping: «enriquecerse es un honor». Fue el punto de partida para el fortalecimiento de la economía socialista de mercado y el vertiginoso desarrollo del gigante asiático.

Las madres cubanas que lloran la desaparición en el mar de sus hijos, los familiares que sufren por las condenas impuestas a algunos de sus miembros que tomaron parte en las protestas del 11 y 12 de Julio del 2021, los ancianos que trabajaron toda la vida y ahora reciben una jubilación que apenas les alcanza para cubrir las necesidades más apremiantes, los jóvenes que están deseosos de marcharse de su patria porque no ven en ella un futuro promisorio, los que, tras vender sus propiedades, han sido devueltos a Cuba por ser emigrantes ilegales, los que contemplan impotentes la creciente diferencia de las clases sociales en el país, ¿tienen razones para sentirse dichosos, disfrutar de dulces sueños y estar orgullosos de este presente?

Balseros cubanos intentando alcanzar las costas de la Florida.

En noviembre de 1938, cuando Miguel de Marcos publicó «Tristeza de Cuba», existían al menos algunos aspectos para albergar optimismo: el país, después de un largo período de agitación político-social y de crisis económica surgidos a raíz de la etapa final del régimen de Machado, derrocado en 1933, daba muestras de recuperación. El año anterior había reabierto sus puertas la Universidad de La Habana tras haber sido clausurada en 1935 y se promulgó una amplia amnistía que permitió la salida de las cárceles tanto a represores que habían servido a la dictadura como a revolucionarios que habían cometido actos violentos. En septiembre de 1938 había sido legali- zado el Partido Comunista, que ya contaba con un diario propio desde el mes de mayo, y tomaba fuerza a nivel nacional el movimiento dirigido a convocar a una Asamblea Constituyente que redactara una nueva Ley Fundamental, como así se hizo poco después. Muchos «hombres de acción» habían decidido marchar a España a defender la causa republicana en medio de la guerra civil y en el ámbito político nacional las diferencias comenzaban a ser dirimidas por cauces más pacíficos. En el pueblo cubano había tristeza, pero también un poco de esperanza.

En cambio hoy, ¿cuáles son nuestras esperanzas?

¿cuáles nuestras alegrías? ¿Que llegó un paquete de arroz de donación, que en este mes van a vender por la cuota dos huevos más, que llegaron las papas al puesto de viandas? No era de imaginar tan honda caída, que viene a demostrar que siempre se puede des- cender un escalón más en la escalera del infortunio.

Aquellos que alimentamos una fe religiosa albergamos otras esperanzas, creemos en otra vida; pero no podemos obviar esta realidad que se nos presenta en el plano tierra y, concretamente, en el país que habitamos, donde no hay repique alegre de campanas y sí, en cambio, tristeza en el corazón de los cubanos.