Fe, sí; ideología, no

Por: Alberto García Fumero

Esta fue, en esencia, la advertencia que en una de sus últimas entrevistas hizo el difunto Papa Emérito Benedicto XVI en respuesta a preguntas de un periodista de la revista alemana mensual Herder Korrespondenz. El Pontífice respondió por escrito: «La idea de una “fuga hacia la doctrina pura” me parece completamente irreal». Se trata de que la fe no es algo completamente «hecho» e inamovible: para Benedicto «Ante todo, pues, el creyente es una persona que se interroga a sí misma, una persona que debe encontrar continuamente la realidad de esta fe detrás y en contra de las realidades opresivas de la vida cotidiana. En este sentido, la idea de una “fuga hacia la doctrina pura” me parece absolutamente irreal. Una doctrina que solo existe como una especie de reserva natural, separada del mundo cotidiano de la fe y sus exigencias, representaría en cierto modo una renuncia a la propia fe. La doctrina debe desarrollarse en y a partir de la fe, no junto a ella».

» El ser humano necesita la duda

En su libro Introducción al cristianismo, el entonces cardenal Ratzinger nos recordó que la fe puede también ser de cierta forma una vía al conocimiento. Y de paso nos advierte que la fe no es algo que se logre de un golpe, y ya, asunto concluido. Algo así como tocar un botón, y ya, para entendernos. En ese sentido, el teólogo Hans Urs von Balthasar razonó en uno de sus libros, que solo el cristiano que duda e indaga es un

«cristiano maduro».

Estamos tejidos de dudas. Las dudas y las preguntas, y sí, la propia fe, pertenecen a aquello que define al ser humano. En entrevista concedida a Peter Seewald (publicada con el título Dios y el mundo, en 2001) el entonces cardenal Ratzinger aseveraba que la fe es un camino. No es posible decir en un momento definido que alguien la posee, y otro no. Toda la vida se trata de un viaje, y por tanto la fe está siempre amenazada y en peligro.

Francisco ha dicho más, en la misma cuerda: «Es bueno que haya desafíos, porque nos hacen crecer; son signos de una fe viva, de una comunidad viva. (…) los desafíos nos ayudan a evitar que la fe se vuelva ideológica…». La fe no puede ser como agua estancada, sino—retomando aquello que dijo San Juan XXIII en una ocasión sobre la Iglesia— agua fresca, agua de una fuente de la cual bebió el abuelo, el padre y beberán algún día los hijos y nietos.

» Las ideologías tienden a ser rígidas…

…y pueden incluso llegar al extremo del absurdo, como la ideología de género. Rigidez, dificultad para la adaptación a situaciones concretas, incomprensión de que «el otro» pudiera tener una pizca de razón, son estigmas, puntos dolorosos de las ideologías.

Y qué decir de los fundamentalismos. Los fundamentalismos religiosos, como los políticos, son peligrosos. Un puño levantado mientras se gritan consignas, aún si se desea el bien común, no deja de ser un puño. Y poca cosa se puede hacer con el puño cerrado; mayormente golpear. Solo abriendo las manos se puede empezar a trabajar. O estrechar la mano de otro hermano. La mente solo se abre si abrimos las manos.

Tampoco debemos olvidar que la verdad no se obtiene por votaciones. No pertenece sin más a los que hacen mayoría, como si se tratara de un Parlamento; hoy se aprobaría una verdad, y mañana la oposición la derogaría. La verdad hay que encontrarla, como dijo en otra ocasión el Papa Emérito.

Volviendo a lo que nos interesa, se comprende el pensamiento de Benedicto, el por qué la religión debe evitar volverse una ideología; Dios ya no estaría allí.

» … creen tener la verdad absoluta…

En ocasiones escucho —y me entristece— a hermanos católicos razonar como si la teología se hubiera quedado estancada en el siglo XIII. Sí, la ideología acecha. ¿No se ha avanzado nada desde entonces? ¿No hemos aprendido nada más sobre Dios y nuestro papel en este mundo por Él creado? ¿Y el mundo? ¿No ha cambiado?

En tanto ciencia, la teología es algo que evoluciona, que investiga, y que, sin dejar de defender las mismas verdades, sin negar lo que ya se ha alcanzado, busca cómo hacerlas más comprensibles en épocas y circunstancias disímiles, y fundamentar con más solidez nuestra fe.

» Ecumenismo y diálogo interreligioso

Una objeción que se hace en ocasiones al diálogo ecuménico e interreligioso es que debería por encima de todo buscarse la conversión del otro. Que a no dudar- lo, quizás se haya propuesto lo mismo… pero quienes plantean tal objeción olvidan entonces que esa actitud conduce inevitablemente a un diálogo entre sordos. El afán proselitista malogra lo que pudiéramos lograr con un diálogo sincero.

Tampoco ha de quedar el ecumenismo en rezar un poquito juntos, y luego cada cual a casita. El trabajo de instituciones como la comunidad de Sant’ Egidio muestra cuánto se puede lograr si juntos buscamos a Dios en la ayuda al prójimo necesitado.

¿No es preferible entonces buscar juntos la verdad? En el instituto ecuménico donde estudié nos sentábamos ante una misma mesa personas de diversas confesiones, cuyas opiniones, en otro ambiente menos amistoso, harían convulsionar a cualquier católico sincero. Sin embargo, el deseo de comprender —no necesariamente compartir— el punto de vista «del otro» y buscar juntos la verdad sobre Dios, era muchísimo más importante.

Si bien está claro que no da igual cuál religión se profese, el afán sincero por encontrar a Dios es vía de salvación para todos. Para que todos seamos uno. Recordemos lo que en su momento nos dijo Juan XXIII:

«Unidad en lo necesario; libertad en lo dudoso y la caridad ante todo».