Palabras pronunciadas en el Aula Magna de la Universidad de La Habana por S.E.R. cardenal Beniamino Stella en ocasión del XXV Aniversario de la Visita Pastoral del Papa San Juan Pablo II a Cuba (La Habana, 8 de febrero de 2023)

Señor Presidente de la República,
Distinguidos representantes de la cultura cubana,
Autoridades Universitarias,
Ilustres Señoras y Señores,

Es motivo de intensa gratitud encontrarme esta mañana entre ustedes en esta prestigiosa Aula Magna de la Universidad de La Habana, que fuera visitada por el Santo Padre Juan Pablo II hace 25 años y donde sostuvo aquel encuentro con el mundo de la cultura, que en estos días hemos rememorado en el Centro Cultural Padre Félix Varela, antigua sede del Seminario San Carlos y San Ambrosio. Agradezco las palabras de bienvenida de la ilustre Rectora de esta casa de altos estudios, así como la fraternal acogida que he recibido de las autoridades aquí presentes.

Han sido intensos estos días de recorrido por las diócesis cubanas, celebrando con fe y con el vigor de la esperanza aquella histórica visita del papa San Juan Pablo II. He podido revivir la experiencia de fe eclesial y la calurosa hospitalidad del pueblo cubano. Cada diócesis visitada ha encendido en mi memoria múltiples y gratos recuerdos que provocan una profunda acción de gracias a Dios al permitirme ser testigo, de primera mano, del esfuerzo constante que ha hecho, y continúa haciendo la Iglesia para llevar a cabo su misión evangelizadora, sobre todo en las actuales dificultades por las que atraviesan. Igualmente, me siento agradecido por haber tenido la oportunidad de estar cerca de este amado pueblo, de escuchar sus alegrías y tristezas, así como sus reclamos, preocupaciones y también sus esperanzas.

En este recinto universitario pudimos ser testigos de un elocuente discurso en el que el Papa nos compartió una definición de la cultura que nos remite a las enseñanzas del Concilio Vaticano II en la Constitución Pastoral Gaudium et Spes.1 Definía el Papa

«La cultura es aquella forma peculiar con la que los hombres expresan y desarrollan sus relaciones con la creación, entre ellos mismos y con Dios, formando el conjunto de valores que caracterizan a un pueblo y los rasgos que lo definen. Así entendida, la cultura tiene una importancia fundamental para la vida de las naciones y para el cultivo de los valores humanos más auténticos».2

San Juan Pablo II estaba siendo escuchado por un auditorio muy diverso y con vivos deseos de acoger lo novedoso de su discurso. La alegría visiblemente manifestada en muchos de los que asistieron también la llevo en mi memoria como valioso tesoro.

Nuevamente me gustaría citar las palabras del recordado Pastor universal, del maestro y hombre li- gado al mundo del arte y la cultura cuando aseveró:

«Toda cultura tiene un núcleo íntimo de convicciones religiosas y de valores morales, que constituye como su “alma”; es ahí donde Cristo quiere llegar con la fuerza sanadora de su gracia. Por ello, la evangelización de la cultura es como una elevación de su “alma religiosa”, infundiéndole un dinamismo nuevo y potente, el dinamismo del Espíritu Santo, que lleva a la máxima actualización de sus potencialidades humanas. En Cristo toda cultura se siente profundamente respetada, valorada y amada; porque toda cultura está siempre abierta, en lo más auténtico de sí misma, a los tesoros de la Redención».3

El cardenal Beniamino Stella en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, 8 de febrero de 2023.

En mis recientes palabras pronunciadas en el Cen- tro Cultural Padre Félix Varela, siguiendo como pre- misa aquellas del Santo Pontífice, expresé que la fe cristiana se encarna en la cultura y de esta forma se convierte también en un hecho cultural y la cultura en un hecho religioso. Por esta razón la fe está en rela- ción constante con la cultura en la cual vive, no es un fenómeno intimista o privado, por lo que libra una lucha constante para que este espíritu de compromiso no se reduzca en concesiones.

Me siento honrado una vez más de poder detener- me ante la urna que guardan los restos mortales del venerable padre Varela. La inscripción en latín de este monumento me impacta de manera especial, pues en ella está impresa la verdadera causa de devoción que suscita en los cubanos y para la fe cristiana el padre Félix Varela: su santidad de vida.

Lo primero que la tarja ilustra es el inmaculado testimonio de vida sacerdotal. «Sacerdote sin tacha, eximio filósofo, egregio educador de la juventud, progenitor y defensor de la libertad cubana, quien viviendo honró a la Patria y quien muerto sus conciudadanos honran en esta alma universidad en el día 19 de noviembre de 1911. La juventud estudiantil en memoria de tan grande hombre». Varela es un abanderado de lo que es medular en la fe cristiana: el olvido de sí mismo en favor de los demás. «Quien guarda para sí su vida la pierde, quien la entrega la gana para siempre». Esta es la principal motivación que llevó al papa San Juan Pablo II a detenerse ante ella y hacer en silencio una piadosa oración.

Cuba tiene, en el venerable padre Varela, un magnifico paradigma en la relación fe y cultura, pues ya en él se nos desvela que la cultura cubana y la fe cristiana no brotaron en sus orígenes como dos realidades distantes o antagónicas, sino bien articuladas entre sí.4

En mis años de servicio diplomático como nuncio apostólico me pude nutrir de la inmensa riqueza y diversidad de esta linda nación que tiene una cultura propia que la hace peculiar por las múltiples influencias que Cuba posee, sea por su geografía, que la hace punto de encuentro, como por su historia y el legado de aquellos próceres patrios que la conforman. Cuba es el único país de América que puede esperar que un día sea llevado al honor de los altares el hombre que sembró la semilla de libertad del pueblo cubano en las mentes y corazones de los fundadores de la Patria. Es una inmensa bendición que no haya, en las luchas cubanas por la independencia, nada que parezca a un anticlericalismo feroz, ni mucho menos el desprecio de lo sagrado o la ofensa a Dios. Muestra de ello ha sido la veneración de la Virgen de la Caridad, Patrona de Cuba, por los patriotas en las guerras de independencia; y que hoy sigue siendo para todos un factor de unidad y de reconciliación nacional.

El Papa argumentó en su mensaje: «La superficialidad o el anticlericalismo de algunos sectores en aquella época no son genuinamente representativos de lo que ha sido la verdadera idiosincrasia de este pueblo, que en su historia ha visto la fe católica como fuente de los ricos valores de la cubanía que, junto a las expresiones típicas, canciones populares, controversias campesinas y refranero popular, tiene una honda matriz cristiana, lo cual es hoy una riqueza y una realidad constitutiva de la nación».5

En aquella ocasión el Papa hizo referencia a esa raíz cristiana de la cultura cubana y los animó a en- contrar en aquellos fundadores de la nacionalidad una inspiración para seguir trabajando por un porve- nir en el que los cubanos puedan alcanzar una civilización de la justicia y de la solidaridad, de la libertad y de la verdad, una civilización del amor y de la paz, que como decía el padre Varela, sea la base del gran edificio de nuestra felicidad.6

Una hermosa y providencial coincidencia en la historia de Cuba suscita en mí, como en todos los cubanos, asombro y a la vez una renovada esperanza en el futuro. Esta coincidencia está dada por el hecho del relevo generacional que representó el paso de la antorcha de la libertad del padre Félix Varela a José Martí. El padre Varela murió el 18 de febrero de 1853 y seis días antes, el 12 de febrero en la misma Iglesia del Santo Ángel Custodio, en La Habana, sería bautizado el Héroe Nacional. Será Martí el mayor exponente de ese anhelo de independencia, libertad, justicia y amor entre los cubanos que soñaron los primeros constructores de la Patria. Que, con el aporte de todos, y sobre todo de las nuevas generaciones, continúen procurando, en esta bendita nación, el camino que le lleve a un futuro de bienestar y de libertad plena.

José Martí, hombre de virtud y alma cristiana, colocó siempre el amor en la cúspide de su obra literaria y patriótica; y quiso que este fuera el cimiento de la Cuba nueva, por la que ofreció su vida; una Cuba «con todos y para el bien de todos». En sus «Versos Sencillos», que dan cuerpo al conocido canto «Guantanamera», se puede percibir la fragancia del Evangelio de Jesús cuando el poeta quiere cultivar en su corazón de hombre sincero las rosas blancas, tanto para sus amigos como para sus enemigos. Sentenciará el apóstol: «Por el amor se ve. Con el amor se ve. El amor es quien ve. Espíritu sin amor no puede ver».7

La historia del pueblo cubano ha tenido la dicha de que la independencia y la libertad surgieran juntas en el pensamiento de los fundadores de esta amada nación. No se puede subordinar la libertad a ningún cálculo de intereses o coyunturas o esperar a mejores tiempos para propiciarla. Esta verdad está sustentada en la enseñanza del padre Varela y de Martí. Justamente en estos tiempos de transformaciones económicas, el aprendizaje de la libertad favorecerá el crecimiento material, ético y espiritual del pueblo. «La libertad nada teme cuando la virtud está segura», afirmó el venerable padre Varela.8 Ciertamente, Cuba debe ser libre de toda injerencia y sujeción, así como debe ser también una Cuba donde sus hijos sean hombres y mujeres libres. No dejamos de hacer memoria de lo que nos dijera el Papa «…No olviden que la responsabilidad forma parte de la libertad. Más aún, la persona se define principalmente por su responsabilidad hacia los demás y ante la historia».9

Son varios los desafíos que se presentan en el camino y eso es común en todas las naciones y más aún en este cambio de época, al decir del papa Francisco. Es necesario promover una auténtica reconciliación y fraternidad, no sustentadas en la similitud de ideas, sino aquellas que salen al encuentro del otro en su diversidad. Para esto es imprescindible que todos sigan empeñándose en educar en valores y en reforzar la madurez ética en los jóvenes. Que ellos se comprometan con su realidad y realicen sus sueños y proyectos en Cuba; que no haya odio ni enfrentamientos entre hermanos, sino que se construya una «Cultura del Encuentro» que proporcione puentes por donde podamos transitar en pos del bien común, del cual somos responsables todos.

El venerable padre Varela advertía en sus Cartas a Elpidio de tres peligros que se pueden encontrar en la sociedad cubana. Esta obra, aunque dirigidas al ficticio Elpidio, fue redactada para todos los jóvenes cubanos a fin de ayudarlos a enfrentar esas amenazas: la impiedad, la superstición y el fanatismo.

Si bien sentenció que no puede haber Patria sin virtud, ni virtud con impiedad; hay un peligro igualmente preocupante, y es el de una religiosidad ritual y mágica despojada de compromiso personal. Se trata de un ser religioso anclado en primitivismos mágicos, solo interesado en descifrar el porvenir, y que no obliga a pensar en la historia, ni actuar en ella, sino que se transforma únicamente en vía de escape de la realidad por medio de ilusiones. A esto el padre Varela lo llamaba superstición.

La fe siempre es beneficiosa en la medida que comporta una transformación de la vida. No es de temer una fe religiosa que enseña a pensar para que la vida esté orientada según la verdad, el bien, la justicia y el amor. Puede ser peligroso aquello que queda únicamente en sensaciones. Los tres Papas que han visitado a Cuba en estos 25 años han sido impulsores del papel que tiene la fe cristiana y la religión en la vida y el quehacer social.

Es gratificante para mí y para mis hermanos cubanos constatar que a partir de aquella visita del papa San Juan Pablo II, sin duda algunos días memorables, se le dio un nuevo impulso a la misión evangelizadora y a la pastoral social. Se consolidaron las publicacio- nes y bibliotecas diocesanas, se fueron haciendo habituales las procesiones en los pueblos y ciudades. Se fue fortaleciendo el trabajo de la pastoral familiar y la pastoral carcelaria, y también se ha venido profundi- zando en el camino del ecumenismo.

En este día, ante la urna que guarda los restos mortales del venerable padre Félix Varela, es mi deseo que los cubanos puedan hacer realidad sus anhelos y esperanzas. Que la Iglesia continúe su misión. Que los gestos y palabras de San Juan Pablo II no se queden en una evocación nostálgica, sino que constituyan una referencia estimulante para traducirlos en vida y compromiso con el hoy del pueblo cubano.

Al concluir mis palabras quiero reiterar que he venido a celebrar y revivir junto a ustedes el legado del papa San Juan Pablo II, mensajero de la verdad y la esperanza. A pocas horas de mi partida hago mía las palabras del recordado Pontífice en su despedida:

«me llevo el recuerdo de los rostros de tantas personas, que he encontrado a lo largo de estos días. Les estoy agradecido por su cordial hospitalidad, expresión genuina del alma cubana».10

Muchas Gracias.

Notas:

 

  • Gaudium et Spes, 53.
  • San Juan Pablo II, «Encuentro con el mundo de la Discurso del Santo Padre», La Habana, 23 de enero de 1998.
  • Cardenal Jaime Ortega Alamino, «Palabras de acogida al Santo Padre», La Habana, 23 de enero de 1998.
  • San Juan Pablo II, «Encuentro con el mundo de la Discurso del Santo Padre», La Habana, 23 de enero de 1998.
  • Ibid.
  • José Martí, Obras Completas, Tomo 21, La Habana, Ciencias Sociales 1991, p. 419.
  • Félix Varela, «Cartas a Elpidio», Obras, Tomo 3, La Habana, Biblioteca de Clásicos Cubanos, Editorial Cultura Popular y Ediciones Imagen Contemporánea, 2001, 36.
  • San Juan Pablo II, «Mensaje del Santo Padre a los jóve- nes cubanos», La Habana, 23 de enero de 1998; Cf. Gaudium et Spes, 55.
  • San Juan Pablo II, «Ceremonia de despedida. Discur- so del Santo Padre», La Habana, 25 de enero de 1998.