Polémica sobre el aporte de los pensadores españoles exiliados al movimiento filosófico en Cuba

Por: Jorge Domingo Cuadriello

La Guerra Civil en España (1936-1939) y la posterior implantación del régimen represivo del general Francisco Franco (1939-1975) provocaron, además de incontables víctimas y represaliados, un éxodo de carácter político que integraron decenas de miles de perseguidos que se vieron obligados a marchar al extranjero para salvar la vida o no ser remitidos a una cárcel. Militares, profesores universitarios, dirigentes partidistas, intelectuales, masones, sindicalistas, maestros y artistas integraron aquel heterogéneo conjunto de desplazados, de no escaso nivel educacional, que luego en Francia, en México o en Argentina intentaron rehacer sus vidas. A Cuba arribó un número no desdeñable de aquellos “españoles del éxodo y del llanto”, como los llamó el poeta León Felipe. Algunos se establecieron de modo definitivo en tierra cubana y otros residieron en nuestro país durante algunos años, pero de modo general muchos de ellos llevaron a cabo importantes aportes a la cultura cubana que han sido insuficientemente valorados. Dentro de la relación de los españoles del exilio republicano español en Cuba podemos destacar los nombres del educador Herminio Almendros, los narradores Lino Novás Calvo y Antonio Ortega, el poeta Juan Ramón Jiménez, el paleógrafo Jenaro Artiles, la actriz María Valero, el impresor Manuel Altolaguirre, el hematólogo Gustavo Pittaluga y el teatrista José Rubia Barcia. De igual modo resulta un acto de justicia recordar la fecunda presencia entre nosotros de algunos filósofos como José Ferrater Mora, Joaquín Xirau, José Gaos, María Zambrano y Luis Recaséns Sichés, entre otros.

 

» Los filósofos españoles en Cuba

La llegada a nuestro país de estos intelectuales, de sólida formación académica y amplios conocimientos acerca de las corrientes de pensamiento en España y en el resto de Europa, coincidió con un paulatino movimiento de estabilidad política, que en gran medida propiciaron el reconocimiento oficial de los distintos partidos, la proclamación de la Constitución de 1940 y las elecciones presidenciales realizadas a continuación. En este ambiente nacional favorable, que dejaba atrás la turbulencia originada por el derrocamiento de la tiranía de Machado, los aludidos filósofos, aunque se vieron impedidos de ingresar en el claustro de profesores de la Universidad de La Habana, como hubieran deseado, debido a las restricciones impuestas a los extranjeros en la Ley Fundamental, tuvieron la oportunidad de ofrecer sus conocimientos mediante ciclos de conferencias y cursos en la Institución Hispanocubana de Cultura, el Lyceum y Lawn Tennis Club, la Escuela de Verano de la Universidad de La Habana y otras instituciones académicas o culturales. Numerosos ejemplos pudiéramos citar de aquellas disertaciones que contribuyeron a estimular la especulación filosófica en el ámbito cubano, pero solo citaremos las siguientes:

A mediados de 1938 José Gaos, ex Rector de la Universidad Central de Madrid, ofreció en el Anfiteatro de la Escuela de Filosofía de la universidad habanera el curso “Filosofía de la Filosofía”. Dos años después, desde la tribuna de la Institución Hispanocubana de Cultura, Ferrater Mora, quien durante su estancia entre nosotros redactó su valioso Diccionario de Filosofía, leyó varias lecciones sobre Hegel, San Agustín y Vico, así como sobre el individualismo, el colectivismo y otros asuntos filosóficos. Xirau, ex Decano de la Facul- tad de Filosofía de la Universidad de Barcelona, por su parte ofreció en 1942 en nuestro centro de altos estudios los cursos “Grandeza y miseria del mundo moderno” y “El sentido de la Universidad”. También le impartió un Seminario Filosófico a un grupo de estudiantes universitarios.

Mención aparte merece María Zambrano, quien había sido alumna aventajada del pensador Ortega y Gasset en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid, donde más tarde impartió clases de Metafísica. Su estancia entre nosotros fue mucho más extensa y notablemente mayor el número de lecciones sobre temas filosóficos y autores que dictó, tanto en el Aula Magna de la Universidad de La Habana como en el Instituto de Altos Estudios de la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación, en la Institución Hispanocubana de Cultura y en otras entidades académicas o culturales. Solo en la Escuela de Verano de la universidad habanera brindó cursos, sobre temas filosóficos, en los años 1941, 1943 y 1944. El estoicismo, la ética, la metafísica, el freudismo, el cristianismo, la crisis de la cultura de Occidente y la fenomenología fueron algunos de los asuntos que abordó con mirada profunda y dominio conceptual, de igual modo que expuso analíticamente el pensamiento de Séneca, San Agustín, Ortega y Gasset, Hegel, Descartes, Nietzsche y otros pensadores.

Aquellos conocimientos filosóficos, expuestos a viva voz por los pensadores españoles del exilio republicano, quienes muy pronto establecieron relaciones de amistad y de camaradería intelectual con profesores cubanos como Roberto Agramonte, Raúl Roa, Jorge Mañach, Fernando Ortiz, Emilio Fernández Camús y José María Chacón y Calvo, contribuyeron a estimular en el ámbito nacional la especulación reflexiva, el interés por las corrientes de pensamiento, tanto antiguas como de la época, y el clima propicio para la disquisición trascendente. A nuestro entender, resultado de aquella beneficiosa influencia fue la creación en 1945 del Grupo de Estudios Filosófico-Científicos de La Habana, que dio paso dos años después a la constitución de la Sociedad Cubana de Filosofía. Formaron parte esa institución Humberto Piñera Llera, Máximo Castro Turbiano, Jorge Mañach, Rafael García Bárcena, las hermanas Rosaura y Mercedes García Tudurí y José María Velázquez, entre otros, quienes desde puntos de vista diferentes —existencialismo, neotomismo, neokantianismo, etc.— se adentraron en el universo especulativo. Esta agrupación dio vida a la valiosa Revista Cubana de Filosofía (1946-1957), organizó ciclos de conferencias y se hizo sentir en el panorama filosófico hispanoamericano. Debía resultar obvio que aquel movimiento respondía, al menos en parte, a la provechosa semilla sembrada en tierra cubana por los profesores españoles; pero no todos pensaban así.

 

» Surge la polémica

En los primeros días de septiembre de 1946 María Zambrano recibió la preocupante noticia de que su anciana madre se encontraba enferma de gravedad en París. De inmediato hizo las gestiones pertinentes para trasladarse a toda carrera a esa ciudad. Con motivo de su partida, un grupo de amigos suyos le ofreció un almuerzo íntimo de despedida, al que asistieron los escritores Cintio Vitier, Fina García Marruz, Jorge Mañach, Raúl Roa, Elías Entrialgo, Vicentina Antuña, Herminia del Portal y Rafael Suárez Solís, así como unos pocos más. Este último se encargó de ofrecer la información en la crónica social “Resonancias”, que entonces escribía, y, de paso, reconocerle a la homenajeada sus méritos como profesora de filosofía en suelo cubano1. Mañach, quien se desempeñaba entonces en la universidad habanera como profesor de Historia de la Filosofía, en el Diario de la Marina se hizo eco también del viaje de María Zambrano y en su artículo, además de destacar la elevada calidad de sus conferencias y las características de sus exposiciones en la tribuna, afirmó:

“Mediante este regalo espiritual de primer orden, María Zambrano nos dio en estos últimos años el filosofar encarnado. Aquí, donde no conocemos la filosofía sino por la sequedad de los libros (porque en carne y hueso solo tenemos aprendices de filósofos), el paso de maestros como Xirau, Gaos, María Zambrano, nos ha permitido “tocar cuerpo de santo”; les ha dado a nuestros jóvenes ávidos de certidumbre aquella emoción que sentí yo hace muchos años en Harvard, escuchando las lecciones de Levy-Bruhl (…). Ya le debemos a estos transeúntes magníficos la inquietud con que ciertas inteligencias jóvenes están hoy queriendo elevarse a los planos desde donde puedan mirarse las cosas bajo especie de eternidad.”2

Días más tarde, según parece tras haber rumiado lar- gamente estas palabras de Mañach, el poeta y profesor adscrito de la Cátedra de Filosofía de la Universidad de La Habana como instructor de Filosofía Moral y Sociología, Rafael García Bárcena, le respondió desde las páginas del diario El Mundo por medio del artículo “Sobre la filosofía cubana”. Comenzó por admitir que en Cuba “solo tenemos aprendices de filósofos”, pero seguidamente rechazó reconocerle mérito alguno en el proceso del despertar de la conciencia de los más jóvenes y su acercamiento a la filosofía a dichos profesores extranjeros, “porque su tránsito por nuestro país ha sido tan efímero y de tan poco contacto con nuestra juventud estudiosa, que no ha habido tiempo suficiente para la promoción de los discipulados”. De acuerdo con su criterio, “la justicia obligaría a conceder ese galardón con más motivo a los profesores cubanos que han impartido materias filosóficas en nuestra Universidad”. Consideró además que la afirmación de Mañach contribuía a “reforzar la falsa creencia de que todo lo positivo nuestro ha de venir del exterior y por cuanto tiende a remachar nuestro complejo de inferioridad nacional, ya de suyo hipertrofiado. Tales falsedades nocivas al país en que nacimos y vivimos deben ser denunciadas a voz en cuello, por mucha consideración que en el orden intelectual puedan merecernos aquellos que las emiten.” Por último, en su afán de invisibilizar el aporte de aquellos académicos exiliados, llegó a denominarlos, ya en divorcio con la verdad, “…dos o tres ilustres profesores europeos que han permanecido entre nosotros unos instantes”.3

Sin pérdida de tiempo, Mañach le respondió a García Bárcena al día siguiente: “Antes de 1939, hubo en Cuba socilogismo, psicologismo, biologismo, his- toricismo filosófico, descriptivismo ético. De lo que hubo muy poco era Filosofía, que no se enseñaba directamente ni en su manifestación general e histórica siquiera.” Y después de anotar la importancia que tiene para la cultura cubana los aportes que puedan brindar los intelectuales extranjeros, afirmó: “Si al Dr. G. B. le parece peligroso para el espíritu nacional ese criterio mío, me ha de permitir que le diga que a mí me parece mucho más peligrosa aún la aldeanidad soberbia. Está bien que aceptemos nuestro vino, aunque sea agrio; pero antes sería conveniente cuidar de que sea efectivamente vino. Lo cual supone mucha cepa de fuera, o mucha semilla nuestra cultivada en buenos viveros para su oportuno trasplante. No, no hace falta que el Dr. G. B. me denuncie mi “falsedad” a voz en cuello, como dice; basta que piense un poco, dejando a un lado el himno.” Y ya para terminar: “No nos engallemos con kikiriquís prematuros. No demos gato por liebre, ni aproximaciones por accesos. Y sobre eso de “una filosofía cubana” —tesis que el Dr. G. B. viene proponiendo con mejor voluntad que argumentación—, bueno sería que no nos precipitáramos demasiado y siguiéramos todavía aprendiendo un rato.”4 En estas palabras finales el autor de Martí, el Apóstol aludía, y refutaba, no solo el título de la respuesta de García Bárcena, sino su empeño en declarar la existencia de una “filosofía cubana”, que ya había expuesto meses antes en una conferencia impartida en el Aula Magna de la Universidad de La Habana. Esa tesis suya había sido reseñada por el ensayista Antonio Sánchez de Bustamante y Montoro en el primer número de la Revista Cubana de Filosofía, publicado a mediados de 1946. Acerca del origen de la “filosofía cubana”, precisa de un modo rotundo el profesor Alexis Jardines: “El acto fundacional de la filosofía cubana lo he localizado en la Edición Extraordinaria del número 17 de la Revista Cubana de Filosofía, correspondiente al trimestre Octubre-Diciembre, de 1957”5, que contó con textos de Máximo Castro Turbiano y Mercedes y Rosaura García Tudurí. Como puede apreciarse, este autor fija la fecha de ese alumbramiento más de diez años después de la disertación en la universidad habanera de García Bárcena.

Este le ripostó a Mañach, también desde El Mundo, con un artículo en el que reiteró el título anterior, “Sobre la filosofía cubana II” y en el que pasó a intercalar entre los argumentos la ironía, la burla y el ataque personal. Si bien comenzó su escrito retirando el término falsedad, que empleó en su primera respuesta para referirse a los criterios de Mañach, pasó después a decir que este no “tiene a menos, en filosofía como en política, andar por el ABC”, frase en la que combinó el carácter elemental del abecedario y el partido en el que este ocupaba cargos relevantes. A continuación declaró que ya había inquietud en las conciencias juveniles cuando llegó a Cuba José Gaos, quien, según sus palabras, solo estuvo en tierra cubana un mes e impartió apenas siete conferencias sobre Filosofía de la Filosofía en las que repitió conceptos ya conocidos aquí a través de la Revista de Occidente. Y seguidamente afirmó con cierto tono machista: “María Zambrano, que vino después de Gaos, no creemos que haya influido grandemente en el despertar filosófico de nuestra juventud, y lo atribuimos, entre otras razones, a lo que Mañach llama certeramente “la femineidad intelectual” de María Zambrano. El talento de la profesora María Zambrano no creó discípulos en las inteligencias masculinas jóvenes. Quizás pudo hacerlo en inteligencias femeninas…”, criterio desacertado si tomamos en consideración la huella dejada por la profesora andaluza en el pensamiento de José Lezama Lima, Cintio Vitier y Agustín Pi, por solo citar a tres intelectuales cubanos.

Más adelante García Bárcena se puso como ejemplo al decir que ya antes de la visita de Gaos, en 1938, él había publicado en la revista Universidad de La Habana el ensayo “Individualización de la ética”, sin haber tenido contacto alguno con profesores extranjeros, sino con los cubanos que pertenecían a la Facultad de Filosofía y Letras de nuestra universidad. Mencionó además el caso de Máximo Castro Turbiano, quien a pesar de ser un autodidacta había publicado en el primer número de la Revista Cubana de Filosofía, y en un plano de cubanidad exacerbada, y con sorna, expresó: “Si al Dr. M. le parece aldeanidad soberbia el tratar sencillamente de reclamar lo que culturalmente nos pertenece en justo derecho, nos ha de permitir que le digamos que lo más peligroso de todo es aquello que más atenta contra el sentimiento de conservación nacional: la humilde adoración por todo lo extranjero y el arrogante desprecio por todo lo cubano.” Y ya desde un patrioterismo desbocado y exultante remató: “¡Si siempre que nos entregáramos a las responsabilidades del pensamiento lo hiciéramos con el himno y la bandera en el corazón, para no traicionar ni subconscientemente los intereses de nuestra patria!”6

Mañach, quien a lo largo de su intensa vida intelectual se vio envuelto en incontables polémicas literarias, políticas e ideológicas y siempre mantuvo una actitud de respeto personal hacia su oponente, se abstuvo de descender al ruedo cenagoso al que pretendió llevarlo García Bárcena. Tres días más tarde publicó en el Diario de la Marina el artículo de significativo título “Punto y aparte” y que en realidad constituyó un comentario al libro de Avelino Cañal Historia y destino, especulación filosófica sobre el momento histórico. Así dice el primer párrafo: “Una discusión so- bre un tema de cultura, por desavenida que sea, debe ser siempre (y por lo menos), una discusión culta, es decir, en el plano superior e impersonal de las ideas. Lo que no debe ser nunca es un despliegue de vanidades y de alusiones oblicuas. Como veo que el señor García Bárcena ha preferido situarse en otro terreno, ahí le dejo.”

Más adelante intercaló este otro párrafo, que de modo evidente iba dirigido a rechazar los postulados ultranacionalistas de García Bárcena: “Si /la/ aldeanidad es irritante cuando de alguna manera nos roza, resulta sobre todo patética como espectáculo. Es la cultura “de medio pelo”, muy sana, a lo mejor, en sus intenciones y regodeos, pero ayuna de toda aquella calidad exportable por la cual un pueblo puede insertarse en el comercio del pensamiento y de la sensibilidad con los pueblos mayores. De donde resulta que entraña un nacionalismo negativo por lo contentadizo y en definitiva frustráneo y deprimente.”7

Una semana después García Bárcena publicó “Sobre la filosofía cubana III”, texto en el que no mencionó a Mañach, pero en el que flota, no solo a partir de su título, la polémica de los días anteriores. Tras considerar que con la promulgación de la Constitución de 1940 se llevó a cabo “el inicio formal de este nuevo ciclo cultural cubano”, el autor pasó a exaltar los éxitos obtenidos por los cubanos en la música, el teatro y los estudios filosóficos. Y dejándose llevar por un apasionado nacionalismo llegó a declarar: “Es después de 1940 que nuestra pintura acude a las grandes exposiciones internacionales y se hace valer como una de las mejores del mundo —y que algunos señalan como la mejor del mundo y los más responsables críticos como la primera de América.”8 Nos preguntamos nosotros: ¿es seria esta afirmación? ¿Acaso en algún momento de la historia la pintura cubana ha sido superior a la pintura mexicana, por solo citar un ejemplo aplastante?

Tres días más tarde irrumpe en la polémica, también desde las páginas de El Mundo y sin mencionar el nombre de Mañach, un individuo llamado José Méndez Pontigo, de quien solo hemos podido conocer que en 1957 era periodista colegiado y residía en La Víbora. Lo más sustancioso de su escrito se concentra en el siguiente párrafo, en el que se combinan cursilería, nacionalismo, rechazo al aporte de los profesores españoles y espíritu guerrero: “García Bárcena quiere regar la simiente de un futuro mejor en el surco esplendorosamente bello y fértil de esta América que impulsada por el amor y la justicia salvó a Europa del caos, aunque la complacencia inexplicable le pueda colocar en una encrucijada peligrosa: la del materialismo histórico. Pero García Bárcena lo quiere hacer con amplitud, con ambición, quiere un tipo de literatura filosófica que disimule el largo aprendizaje, pero que tenga mucho de lo nuestro, que en esto Bárcena tiene razón: nada debemos a los eminentes profesores europeos que nos dispensaron el honor de dedicarnos varias conferencias. ¡Adelante, Bárcena!”9

En este punto, de muy bajo nivel intelectual, concluyó la polémica.

 

» Comentarios de otros autores acerca del tema

¿En realidad los profesores españoles exiliados contribuyeron a estimular el movimiento filosófico en Cuba? Para responder esta pregunta de un modo acertado consideramos necesario conocer el criterio de otros destacados intelectuales. Veamos algunas apreciaciones.

Con motivo de la trágica muerte en México de Joaquín Xirau, ocurrida en 1946, la revista Universidad de La Habana insertó en una nota necrológica esta afirmación: “Xirau, en tres ocasiones profesor y disertante de en nuestra Universidad, dejó en Cuba un nutrido grupo de amigos, simpatizadores y en especial de discípulos, que de manera efectiva supieron aprovechar sus enseñanzas y muy especialmente su sabia orientación filosófica.”10 De un modo indudable, al menos a este profesor se le reconocía la significación de sus disertaciones filosóficas en tierra cubana.

Al año siguiente, 1947, el ensayista Medardo Vitier, autor de un texto fundamental, Las ideas en Cuba (1938), expresó su opinión sobre el tema, pero ya en términos de conjunto:

“El paso por La Habana de algunos profesores españoles, como Xirau, Fernando de los Ríos, Gaos, Recaséns, María Zambrano, Ferrater Mora, ha contribuido mucho (quizá no lo apreciemos todavía bastante) a avivar la apetencia filosófica. María Zambrano, por haber residido aquí algún tiempo, ha influido más que los otros, ya en cursos universitarios, ya en disertaciones sueltas o en conversaciones con grupos de jóvenes. Hemos de agradecerle la lección, así por el estímulo como por la enseñanza en sí, que en ella es de envidiable riqueza.

De Gaos y de Xirau hemos recibido también muy vivas corrientes en series de conferencias. Fernando de los Ríos y Recaséns, no cultivan la Filosofía en sí, centralmente, pero nos han aportado no poca doctrina. Ferrater Mora, el más joven de todos, escribió en La Habana su excelente Diccionario de Filosofía…”11

En 1952, en su valioso recorrido literario La República de Cuba al través de sus escritores, afirmó el pintor, ensayista y narrador Marcelo Pogolotti: “…el contacto con los intelectuales desterrados por la guerra civil española, que arribaron a nuestras playas, despertó en la juventud cubana un nuevo interés por la filosofía.”12

Humberto Piñera Llera, por su parte, al hacer el balance analítico “Los estudios filosóficos en la República”, publicado en 1960, declaró: “Y ¿después de 1940? ¿Ha pasado realmente algo que justifique hablar de «antes» y «después» de esa fecha? En rigor de verdad, sí. A partir de entonces vemos a un grupo cada vez más numeroso, entregado con fervoroso afán al culto de la filosofía en sus diferentes manifestaciones, con loable perseverancia. En esto hay que reconocer la influencia decisiva de los desterrados españoles y de otros países europeos.”13

Añadiremos, por último, esta valoración mucho más reciente expresada por el investigador Félix Valdés García: “Pero en todo este despertar del interés por la especulación filosófica en el país, hay un aspecto de gran importancia, y es el contacto directo con los filósofos españoles emigrados como consecuencia de la guerra civil española a finales de los años treinta. Tal es el caso de José Ferrater Mora, José Gaos, Joaquín Xirau, Eduardo Nicol, Luis Recaséns Siches y María Zambrano en el proceso de reanimación de la actividad filosófica nacional.”14

Ya con todos estos elementos podemos preguntarnos: ¿le asistía la razón a García Bárcena al negarle toda relevancia a las enseñanzas, incluso a la presencia física en Cuba, de los pensadores españoles exiliados? De acuerdo con nuestro criterio, en lo absoluto.

 

» Trasfondo de la polémica

Como lamentablemente suele ocurrir, tras esta polémica cultural se ocultaban desavenencias personales, en primer término de García Bárcena contra Mañach, quien ocupaba en la Cátedra de Filosofía de la Universidad de La Habana un escalón muy superior al suyo, además del prestigio intelectual que disfrutaba no solo a nivel nacional, sino internacional. Ambos habían tomado parte años atrás en la lucha contra la dictadura de Machado, pero desde barricadas diferentes: Mañach en las filas del ABC y García Bárcena, más joven, en las del Directorio Estudiantil Universitario. Pero hay algo más esencial: este, al iniciar la polémica, era uno de los principales dirigentes del Frente Cubano, una organización política de carácter ultranacionalista y posiciones xenófobas, como prueban los documentos y las declaraciones que dio a conocer. Veamos este ejemplo:

En enero de 1944, dos años antes, Frente Cubano presentó al Congreso de la República un Proyecto, respaldado por 26 000 firmas, que solicitaba, entre otros puntos: que el 90% de los puestos de trabajo fuesen ocupados por nativos del país; que solo el cubano pudiera determinar en asuntos públicos; reconocer como cubanos a solo los que lo fueren por nacimiento, no a los de naturalización; anular las cartas de ciudadanía cubana concedidas después de septiembre de 1933, cuando se dictó la Ley de Nacionalización del Trabajo o Ley del 50%; una rigurosa legislación restrictiva de las inmigraciones; que ningún extranjero pudiera ocupar cargos públicos ni integrar el ejército, siquiera como soldado; cesantear a todos los profesores extranjeros; que los miembros de todos los cleros solo pudieran estar integrados por cubanos y la disolución de los centros y casinos españoles, así como de toda organización política que se halle enlazada con gobiernos extranjeros. Frente Cubano declaraba no ser ni comunista ni fascista, se basaba en El Credo Yarista, nombre tomado del Grito de Yara, y exigía “la aplicación de la pena de muerte a toda persona que conspire para mermar nuestra independencia”.15 Entre los máximos dirigentes de esta organización se encontraban además el ingeniero Rafael Fiterre, igualmente profesor de la Universidad de La Habana, y Alfredo Valladares, doctor en Filosofía y Letras. Sus postulados nacionalistas y su xenofobia, incompatible con la idiosincrasia del pueblo cubano, al que pretendía defender y representar, no lograron arraigo entre las masas y resultaron repudiables algunas actitudes asumidas por sus líderes. Sirva para demostrarlo esta anécdota: en agosto de 1946, días antes de iniciarse la polémica, García Bárcena sostuvo en la universidad habanera un cruce de criterios, en realidad de poca relevancia, con el profesor, poeta, ensayista y narrador Juan Chabás, exiliado español en Cuba y miembro de la llamada Generación del 27. El primero, para cerrar la controversia, no tuvo reparos en espetarle a la cara al autor de valiosos estudios sobre la literatura española: “Usted es un extranjero pernicioso y debe ser expulsado de Cuba por indeseable.”16

En fin, el nacionalismo estrecho del poeta güinero, quien posiblemente no había puesto un pie fuera de Cuba, resultaba incompatible con la visión cosmopolita de Mañach, quien había residido de niño en España y había cursado después estudios en Harvard y en París.

 

» Final (abreviado) de esta historia

María Zambrano no llegó a ver a su madre con vida; falleció dos días antes de ella arribar a París. En 1948 retornó a Cuba y volvió a impartir conferencias y cursos sobre filosofía en la Universidad de La Habana, en la Sociedad de Estudios Superiores de Oriente, en el Lyceum y Lawn Tennis Club y en otras instituciones. Estrechó aún más sus vínculos con los poetas agrupados en la revista Orígenes, en cuyas páginas apareció su conmovedor texto “La Cuba secreta”. En junio de 1953 se marchó definitivamente de Cuba para establecerse en Roma. Publicó a continuación otras obras fundamentales, como Persona y democracia (1958) y Claros del bosque (1977). Tras la desaparición del régimen de Franco regresó a su patria. En 1988 recibió el Premio Cervantes y murió en Madrid tres años más tarde.

Rafael García Bárcena fue el primer director de la Revista Cubana de Filosofía y en 1950 obtuvo con su ensayo La estructura del mundo biofísico el Premio Nacional de Filosofía. También publicó otro texto relevante, Redescubrimiento de Dios (Una filosofía de la religión) (1956). Se opuso a la dictadura de Batista, fundó el Movimiento Nacional Revolucionario y en abril de 1953, al frente de un grupo de jóvenes, organizó un complot para tomar por la fuerza el Campamento Militar de Columbia. Por ese hecho fue detenido, torturado y sancionado a dos años de prisión. Tras el triunfo revolucionario fue nombrado Embajador de Cuba en Brasil. Murió en La Habana en julio de 1961.

Jorge Mañach, tras la disolución del ABC, ingresó en el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo). También relanzó el programa radial educativo La Universidad del Aire, que dirigió. Se opuso a la dictadura de Batista y a través de métodos pacíficos, como el Movimiento de la Nación, intentó hallarle una solución a la crisis política nacional. En 1955 marchó a España, donde permaneció hasta el triunfo revolucionario, cuando volvió a su patria y a su puesto de profesor de la Universidad de La Habana. Respaldó al nuevo gobierno, pero sus posiciones opuestas al socialismo hicieron que fuese marginado. En desacuerdo con el rumbo tomado por el movimiento revolucionario, marchó al exilio. Murió poco después en San Juan de Puerto Rico, en junio de 1961.

Como ninguno de los pensadores españoles antes mencionados comulgaba con la filosofía marxista-leninista, un manto de olvido cayó sobre ellos tras la implantación del sistema socialista en Cuba en 1961. Solo en el caso de María Zambrano ha ocurrido en los últimos años un proceso de recuperación, en gran medida asociado a la influencia que ella ejerció en varios de los poetas que integraron el grupo Orígenes. Y casi la totalidad de los integrantes de la Sociedad Cubana de Filosofía —Máximo Castro Turbiano, Humberto Piñera, Mercedes y Rosaura García Tudurí, Mañach, Roberto Agramonte, Pedro Vicente Aja, José María Velázquez— se marcharon de Cuba a partir de 1959. Desde entonces otros, adscritos a la filosofía marxista, han ocupado su lugar.

 

Referencias:

 

1 Suárez Solís, Rafael “Un vaso de bon vino”. En Información Año X Nro. 212. La Habana, 7 septiembre 1946, p. 12. 2 Mañach, Jorge “Despedida de María Zambrano”. En Diario de la Marina Año CXIV Nro. 213. La Habana, 6 septiembre 1946, p. 4.

  • García Bárcena, Rafael “Sobre la filosofía cubana” En El Mundo Año XLV Nro. 14 389. La Habana, 17 septiembre 1946, 10.
  • Mañach, Jorge “De filosofía y humildad”. En Diario de la Marina Año CXIV Nro. 224. La Habana, 18 septiembre 1946, 4.
  • Jardines, Alexis Filosofía cubana in Ensayo de historia intelectual. Madrid, Editorial Colibrí, 2005, p. 156. Asombrosamente, en este estudio, valioso por otra parte, ni siquiera se menciona a uno de los pensadores españoles exiliados que estuvieron en Cuba.
  • García Bárcena, Rafael “Sobre la filosofía cubana II”. En El Mundo Año XLV 14394. La Habana, 22 septiembre 1946, p. 18.
  • Mañach, Jorge “Punto y aparte”. En Diario de la Marina Año CXIV 229. La Habana, 25 septiembre 1946, 4.
  • García Bárcena, Rafael “Sobre la filosofía cubana III” En El Mundo Año XLV Nro. 14402. La Habana, 2 octubre 1946, 10.
  • Méndez Pontigo, José “Nacionalismo filosófico”. En El Mundo Año XLV Nro. 14405. La Habana, 5 octubre 1946, 10.
  • “El homenaje al profesor Joaquín Xirau”. En Universidad de la Habana, núms. 64-69, La Habana, enero-diciembre de 1946, 367.
  • Vitier, Medardo “Los estudios filosóficos en Cuba”, en Informaciones Culturales Año I, Nro. 2. La Habana, marzo-abril de 1947, 3.
  • Pogolotti, Marcelo “Corrientes de pensamiento en la República”, en su La República de Cuba al través de sus escrito- La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2002, p.285.
  • Piñera Llera, Humberto, “Los estudios filosóficos en la República”, en Historia de Cuba Republicana y sus antecedentes favorables y adversos a la independencia. XIII Congreso Nacional de Historia, La Habana, Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, 1960, 132.
  • Valdés García Félix “Influencia del pensamiento español del exilio en la filosofía cubana de la década del cuarenta del siglo XX”. Ver en https://elsudamericano.wor- dpress.com/2015/04/08/influencia-del-pensamiento-espanol-del-exilio-en-la-filosofia-cubana-de-la-decada-del-cuarenta-del-siglo-xx/ Consultado el 10 junio 2016.
  • “Proyecto al Congreso presenta el Frente Cubano, pidiendo 90 por ciento del trabajo para el nativo”. En Prensa Libre Año IV 866. La Habana, 20 enero 1944, pp. 1

y 5.

  • En “Comentando la actualidad”. En Tiempo en Cuba

Año 2 Nro. 32. La Habana, 25 agosto 1946, p. 5.